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Hay un libro  publicado en 1936 que relata parte de la historia de una especial y muy sufrida región de nuestro país. El libro es el “Álbum Monográfico”, la región  es el Estado de Quintana Roo y su autor el periodista Gabriel A. Menéndez. El libro es  de obligada consulta para quienes quieran hurgar en la historia de esta región de la patria, cuna del mestizaje y último reducto de la sublevación indígena, sublevación también llamada la “Guerra de Castas”. Así mismo el libro es valioso para los que quieran saber de la vida y las vicisitudes de Quintana Roo, desde su creación como territorio federal en 1898.

Dada su importancia recomiendo su lectura porque contiene interesantes y documentados artículos, relatos y entrevistas. El álbum resulta ser uno de los escasos documentos periodísticos que dan a conocer parte de nuestro pasado y aporta invaluable información sobre: el Rio Hondo y  sus poblados, la fundación de Payo Obispo, Othón P. Blanco y el pontón Chetumal, Bacalar y sus epopeyas, Chan Santa Cruz, Vigía Chico, la Guerra de castas, y la relación bilateral con la Colonia Inglesa,  ahora  el país de Belice. También nos relata pasajes y acontecimientos anteriores a la revolución armada de 1910 en los que esta región del país fue gobernada a sangre y fuego por el General Ignacio A. Bravo. Así mismo nos cuenta de los años posteriores a la revolución armada  en los cuales fuimos gobernados por breves lapsos,  por todo tipo de personajes de la vida política de esa convulsa e inestable  época posrevolucionaria de México como país independiente..

El libro resulta ser también un tesoro fotográfico por la cantidad de material que contiene y porque nos muestra imágenes poco conocidas de establecimientos comerciales, calles, funcionarios, personas, así como  acontecimientos de la época sucedidos en las principales localidades del Territorio como, Payo Obispo, Xcalak, Bacalar, Santa Cruz y Cozumel. Leerlo es viajar al pasado recorriendo la historia y las costumbres; percibiendo como era la vida en estas lejanas tierras de México,  descubriendo cosas sepultadas en el olvido, libando el sabor de nuestras raíces y alimentándonos del conocimiento de lo que consideramos nuestro. Leerlo es  en suma, informarse  de todo aquello que fue la simiente de lo que ahora somos, tanto como Estado, como ciudad y como ciudadanos de este país.

Como el autor menciona la intención fue dar a conocer y hacer oír en el gran contexto nacional la voz de angustia de los  habitantes olvidados de esta región de la patria y la protesta del indio maya, que a pesar de la revolución triunfante, seguía siendo un paria perdido en la selva quintanarroense. Era también en pleno siglo XX hacer saber al país lo que pensaba y sentía el  indio  que seguía viendo  llegar al blanco, al criollo y al mestizo, solo para cobrarle tributos, mientras ellos continuaban su precaria vida, marginados y oprimidos.

No olvidar que en aquellos años, anteriores a la Revolución Mexicana, el Territorio era una región de castigo, tanto para los más peligrosos criminales como para los desafectos al régimen del General Porfirio Díaz. A Quintana Roo se le veía, desde Yucatán y desde la ciudad de México, como una de las más peligrosas zonas del país, una agreste zona en guerra racial con los indígenas, donde sus habitantes debían exponer a diario y en todo momento sus vidas, enfrentando todo tipo de adversidades. Una región del país donde hombres mujeres y niños debían luchar con la agreste selva, el paludismo y la asechanza del indígena, dispuesto a los más atroces actos de  crueldad y venganza contra de todos aquellos blancos, buenos o malos,  que no fueran de su raza. Quintana Roo por aquellos años competía con las Isla Marías como el lugar más siniestro del territorio nacional. El lugar donde, además,  existía el tráfico de armas, auspiciado por los vecinos de la colonia inglesa de Belice que armaban a los indígenas a cambio de explotar en sus tierras el palo de tinte y las maderas preciosas.

Aún dentro de  ese panorama de dificultad y de lucha los antiguos pobladores de Payo Obispo de  diferentes orígenes, razas y creencias se levantaron de la adversidad y tomaron cariño por  ésta tierra que sintieron  aspirando a hacerla florecer con vida propia y hacerla concursar nacionalmente frente a las otras regiones más avanzadas y desarrolladas del país. Todo ello debían lograrlo enfrentando con valentía y temeridad los problemas y estigmas de su agreste e inhóspita región. Y así fue como ese coraje, valentía y  ese anhelo de independencia se puso a prueba al  enfrentar una nueva adversidad el 14 de diciembre de 1931 cuando su territorio se vio dividido en secciones que se anexaron a los estados de Yucatán y Campeche. De ésta desmembración la ciudad de Payo Obispo pasó a pertenecer a Campeche, y Cozumel, Santa Cruz hoy Felipe Carrillo Puerto, Tulum e Isla Mujeres al  estado de Yucatán. Ante la nueva disposición del gobierno central  distinguidos habitantes de Payo Obispo levantaron su voz ante las autoridades de la ciudad de México solicitando la devolución de su territorio. Telegramas, cartas y manifiestos fueron dirigidos al presidente de la republica por distinguidos ciudadanos que formaron el “Comité Pro Territorio”, constituido con el único y superior fin de hacer las gestiones  necesarias para conseguir la refederalización del Territorio.

Fue una gesta cívica de todos los sectores sociales, en su mayoría comerciantes de Payo Obispo agrupados en la Cámara de Comercio, quienes lograron captar la atención del entonces candidato a la presidencia de la República, el General Lázaro Cárdenas Del Rio,  quien, haciendo eco a su justa inconformidad y atendiendo a sus  demandas, decidió iniciar su campaña a la presidencia precisamente desde Payo Obispo, aquella pequeña y olvidada localidad llena de problemas y víctima del infortunio.

En aquella visita  el General Cárdenas prometió a los integrantes del comité y a todo el pueblo de Payo Obispo que al asumir la presidencia les devolvería nuevamente su territorio y su condición de quintanarroenses. En honor a esa promesa, en 1934, en uno de sus  primeros actos de gobierno como presidente el General Cárdenas emitió un decreto que restituía a Quintana Roo su condición de Territorio Federal, con los límites anteriores al momento de su desmembración, esto es, con los límites dispuestos en la ley del 25 de noviembre de 1902 durante el mandato del General Porfirio Díaz.

Según su acta constitutiva el referido Comité Pro Territorio fue inicialmente integrado de la siguiente manera: Presidente: Dr. Enrique Barocio, Secretario: Don Gil Aguilar Carrasco, Pro Secretario: Don Pedro J. Cervera, Vocales: Don José Marrufo H, Don Arturo Namur Aguilar, y Don Mariano Angulo Medrano. Como integrantes de las diferentes comisiones aparecen los señores: Lic. Octavio A. González, Profesor J. Santos Villa, Lic. Ricardo Zapata R,  Don Eliezer Erosa Peniche, Don Juan E Villanueva R, Don Manuel Jiménez M. Don Ramón González, Don Dimas Sansores, Don Abraham Villanueva, Don Francisco Mendoza, Don Belisario Pérez F, Don Darío Guerrero, Don Jacobo Gómez, Don Francisco Valdez, Don Eduardo Sangri, Don José Amorós,  Don Domingo Núñez, Don Baltasar P. González, y Don Armando Souma. Gentes, dentro y fuera del comité vibraban en sincronía con la causa. Muchos hombres y mujeres, desde el anonimato o desde modestas y humildes posiciones, aportaron mucho para lograr el objetivo trazado. Quizá sus nombres no aparezcan en este inicial listado, aunque para la memoria colectiva merezcan ser escritos con letras de oro por su participación, generosidad y entrega.

Enterarse de estos acontecimientos de la historia es tomar conocimiento de un evento cívico político y patriótico que nos devolvió nuestra actual identidad, y es ver con ojos de admiración la gran valía de  esas gentes que con tenacidad y capacidad de gestión lograron el auxilio y la comprensión del Gobierno Federal, y con ello escribieron con letras doradas una página imborrable en nuestra historia.  Hombres y mujeres de aquel viejo Payo Obispo que supieron apostarle al futuro y vislumbrar lo que Quintana Roo llegaría  a ser, con  el trabajo y el cariño a esta tierra de los que llegarían a seguir su ejemplo..

Hay también dos personajes de la vida nacional a los que Quintana Roo  debe especial reconocimiento y agradecimiento: Al General Lázaro Cárdenas Del Rio que nos devolvió la  identidad quintanarroense y al presidente Luis Echeverría Álvarez que en 1974 decretó nuestra  condición de Estado libre y soberano de la república.

Al mirar retrospectivamente los acontecimientos, los hechos históricos y las personas que intervinieron en devolvernos la condición de quintanarroenses, no debemos desdeñar el ese gran legado recibido y estar a la altura de lo que el porvenir nos demande.

Mario Aguilar Vargas

Eran blancas, pequeñas, cálidas, delicadas y finas;  de  piel tersa y dedos delgados que resaltaban en su dueña esa frescura juvenil que imantaba mis sentidos; esas tiernas manos tenían, por sobre todo, una sensualidad que me enchinaba la piel al sentir su calor al contacto con las mias. Así eran la manos de mi novia.

Hace apenas unos días, platicando con mi esposa, mientras saboreábamos el café, solitos los dos en la casa, me quede observando  sus manos. Sentí al contemplarlas volar al pasado y recorrer todo lo que aquellas manos habían hecho durante muchos años.

Desde luego que ya no eran las manos juveniles de la que fue mi novia, ahora eran las manos de mi compañera fiel, la de toda una vida, la compañera de armas y de lágrimas. Ahora, con las marcas que dejan los años,  habian multiplicado su valor ante mis ojos. Ahora eran mucho más que las manos de mi novia, ahora eran las manos de la esposa y la abuela; las manos de una mujer,  entregada a su vocación de servicio para con todos.  

Pensé en escribir sobre esas manos como un justo y merecido reconocimiento por lo que han  dado, que ha sido muchísimo más de lo que, en los años de juventud, yo hubiera imaginado.  

Y es que con creces han cumplido, por más de cincuenta años,  la promesa que nos hicimos ante el altar: esa promesa de estar juntos en la salud y la enfermedad, en las alegrías y en las tristezas, y amarnos y respetarnos todos los días de la vida. Y es que hasta hoy  siguen afanándose con entusiásmo y alegría en atender hijos y nietos  con esa abnegada vocación de  madre que disfruta dando amor y viendo feliz a su prole.. 

Sus tareas y sus batallas han sido muchas, como innumerables han sido las ocasiones  que solas, con muy poca ayuda o sin ayuda de nadie, supieron enfrentar, atender y resolver situaciones adversas, lo mismo en el  hogar que en los negocios, esos negocios que junto emprendimos, y esas responsabilidades que juntos compartimos. Sus abultadas venas, sus grietas  y sus manchas son recuerdos de muchos desvelos, preocupaciones y angustias por levantar una familia que en número ha ido creciendo cada día. 

Y al contemplar las manos que fueron de mi novia, volteo a ver las mías, y observo las mismas huellas de un largo camino compartido, las que dan testimonio de lo que hemos compartido, en las buenas y en las malas. Una larga vida de más de medio siglo, una larga vida juntos bajo el sol tropical de nuestro cielo, ese que a diario abre y cierra un ciclo; ese que en su incansable salir y ocultarse va marcando los momentos que nos unen más cada día que pasa. Ese especial sol de nuestra tierra sureña que sigue saliendo y elevándose al amanecer por la bahia, y se oculta  al atardecer detrás del rio y la laguna.  Ese sol ardiente que a ambos nos ha dejado marcados  en señal de pacto.  El mismo  que con cada amanecer,  nos da nuevas esperanzas, nos da luz y nos anuncia un nuevo día, y también un día menos.

Y vuelvo a  las manos de la chica de mi barrio que a sus 18 años  se unieron a  las mias, en un 8 de Diciembre de 1968, en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús; las manos que a partir de entonces  comenzaron su misión protectora, su labor sanadora, su vocación de hogar y su función solidaria como compañeral…

Fue al lado de esa fiel compañera que comenzamos nuestra comun aventura  en  aquel Chetumal de pocas calles y pocos servicios, ese que estrenaba su comunicación terrestre, su drenaje, su agua entubada, su teléfono en las casas de madera; y ese que en esos viejos tiempos con alegría vió llegar  la tan anhelada televisión en sus hogares.  Esa pequeña ciudad de costumbres rurales, en la que  las parteras eran más demandadas que los médicos, donde las estufas de gas eran novedad y donde eran muy escasos los refrigeradores  en las casas.

Aquel Chetumal de los 60s y 70s del siglo pasado que  recibía con júbilo la  luz eléctrica las 24 horas del día, y en la que tener una máquina para lavar  ropa  era un lujo, comprar pañales desechables un dispendio  y donde  los largos tendederos de pañales de popelina eran comunes en las casas donde hubieran bebés.

Y al recordar tantas cosas y admirar ahora las manos de mi esposa es que me pongo sensible y nostálgico; y de nuevo recuerdo  cuando esas manos, enlazadas con las mías,  se unieron en  el sueño de formar  una familia. Esa que tuviera  un poquito  de cada quien, y esa que tuviera  el sello de los dos. Sonaba bonito: “Los Aguilar Laguardia”. 

Esos fueron nuestros sueños,  esas fueron nuestras ilusiones, esas fueron nuestras  fantasías de juventud, sueños, ilusiones y fantasías,  que pasados los años,  se hicieron realidad por la gracia y la ayuda divina.

Mario A. V..

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Es muy común que cuando la edad nos alcanza nuestra visión de la vida se vuelve diferente, nuestra manera de pensar cambia, el gusto por lo antiguo se vuelve nuevo, la nostalgia de lo vivido se convierte en poesía, y más que nunca, nuestros juegos de niños, junto con nuestras ilusiones infantiles, se convierten en bálsamo para curar heridas.

Y pensando en esos juegos de niños  hago un ejercicio mental de recordar. Y es por eso que me encuentro aquí sentado escribiendo estas líneas, porque quiero compartirles mis experiencias de ese ejercicio de regresión a mi infancia. Recorro parte de mi pasado y mi niñez y relato algunas de mis vivencias en locaciones de lo que fue mi pueblo, el Chetumal que me vió nacer .

Cumplo con la técnica que aconseja revivir momentos de infantil felicidad, como una forma de curar el estrés de la vida actual. Para ello según dicen, hay que cerrar los ojos y relajar todo el cuerpo, bloquear los pensamientos que nos causan estrés, dejar que tu mente vuele por el pasado, cual ave que vuelve al nido, y pensar cómo era nuestra vida antes de aprender a volar, antes de ser los adultos que somos, solo pensando en la inocente sencillez de nuestra infancia y encontrando en ella las situaciones y los momentos de mayor felicidad que hayamos tenido.

El secreto está en ubicarnos en ese instante de la vida en que todo era dicha y despreocupación, sin esos condicionamientos, esas preocupaciones y esas responsabilidades de la vida actual; esas preocupaciones que más adelante fuimos adquiriendo, en la escuela, en la calle y en nuestro propio hogar.

 

Y así al hacer ese recorrido de retrospección por el lejano ayer, siento volver a hacer barquitos de papel y ponerlos a navegar en los charcos de mi barrio, y vuelvo a construir otros de la corteza del tasiste, con su vela de papel y su timón de hoja de afeitar, y los veo correr corriente abajo jugando carreras contra otros barquitos de  mis compañeros. Me veo vagar descalzo por el julubal y escuchar de nuevo el croar de las ranas, lanzar piedras planas sobre la superficie del agua y verlas dejar ondas a su paso por el pantano y el manglar. Me siento también volver a aquellas aventuras por las afueras y visitar el rancho de Don Dimas Sansores y comer uno de  los mangos manila que cosechaba, y me siento caminar  entre los árboles y la maleza hasta llegar a la rivera del río hondo; y siento zambullirme de nuevo con mis amigos en el río, sin el temor a las serpientes o a los lagartos.  Y desde la orilla del río y desde el manglar, veo pasar por el río los barquitos, esos que van y vienen, con personas y animales. Unos barquitos vienen del muelle de Chetumal y van río arriba, y otros vienen río abajo, y van a Chetumal.

Y siguiendo esa técnica de regresión mental de nuevo me veo brincando sobre las trozas que flotan por el río y la bahía, tirando de nuevo mi anzuelo y mi cordel, en espera que los peces piquen, mientras el sol del verano y la brisa azotan mi curtida piel desnuda.

 

Siento montar de nuevo a pelo el caballo de don Lencho con el ardiente sol sobre mi piel, sin preocuparme por usar el actual bloqueador solar. Disfruto de nuevo el parque de los caimanes y monto nuevamente los cocodrilos de piedra; esos que escupían agua por la boca. Me veo pedaleando  en mi primera bicicleta por las callecitas del parque y escucho el zumbar de los pinos, arrullados por los vientos que vienen de la bahía. Siento  recostarme a la sombra de uno de esos pinos del parque, en un día de caluroso verano, y saborear un raspado de Mónico, o una nieve de coco de Don Valentín o de Nacho.

 

Y en ese sentir aquellas cosas, de nuevo siento abrazar a mis padres, ya fallecidos, y enjugar mis lágrimas en sus hombros. Siento su calor y su protección como algo que me reconforta y de nuevo me da seguridad. Y respiro también de nuevo el ambiente de aquella vida simple, sencilla y confiada, esa vida de aquellos años del Chetumal, donde las casas tenían las puertas abiertas durante todo el día.  Y así, concentrado en pensar en esos tiempos de mi infancia vuelvo a escuchar de nuevo las fábulas y las leyendas de mi pueblo, esas que nos contaba “El Carasucia”, aquel carbonero de piel morena y de alma blanca, aquel viejo de sonrisa dulce, aquel buen hombre que bajando de su carreta  nos deleitaba con sus relatos.

 

Pero el tiempo pasó y de niño me volví adulto, y de adulto me convertí en un viejo. Un viejo romántico, un poco como mi amigo de la infancia, “El Carasucia”; y hoy me veo contándoles, con la misma emoción que él lo hacía, lo que él nos contaba cuando niños. Pero pasaron los años y aprendí lo que todos aprendemos en la vida.

 

Aprendí de la existencia de las armas, de las guerras, de los prejuicios, del hambre y de los abusos. Aprendí también sobre la mentira, la codicia, el egoísmo, el sufrimiento, la enfermedad y el dolor. Aprendí muchas cosas, algunas para mi bien y otras para mi mal: pero por sobre todo, aprendí a valorar y pensar mejor lo que es importante de lo que no lo es, y a saber que los momentos más gratos y más lindos de la vida pasan durante la infancia.

 

Y termino el ejercicio de regresión a mi infancia y vuelvo al mundo real de mi vida actual.  Me siento bien, fortalecido, con nuevos bríos y nuevas ganas de vivir, siento que ahora valoro más lo sencillo, lo espontáneo y lo sincero de las cosas y las personas, porque en ello está el secreto de una vida tranquila. 

 

Finalmente siento  una renovada urgencia de sonreír y estar en armonía conmigo, con la creación y con todos los que me rodean y me dan su cariño. Lo hago y me siento con nuevas ganas de perdonar  y dar amor, y me siento también, más sano mental y físicamente.

 

Y todo eso, gracias a pensar en  las alegrías que de niño pasé, en el viejo Chetumal de mis amores..

 

MARIO A.V.

ObeliscoUna historia de Chetumal.-

Apoyado en su bastón, pero con gran voluntad de moverse, con su sonrisa cordial, el hombre llegó a la mesa del restaurante del hotel. Era sábado y acudía a una  más de las acostumbradas reuniones semanales  con su grupo de viejos amigos que gustaban de compartir, escuchar y contar historias, leyendas  y anécdotas de  los viejos y  polvorientos años del siglo pasado. Historias, leyendas, y cuentos del viejo Payo Obispo, del Territorio, y de Chetumal.

Con sus más de 90 años a cuestas, aquel  hombre llegó con ánimo renovado  al desayuno; en su rostro se dibujaba un ansia de compartir algo especial, pudiera ser  una más de sus muchas historias, de esas  olvidadas por el tiempo,  pero que para él,  en ese día, cobraba vida y tocaba nuevamente sus sentimientos. La reunión era en ese hotel, que como él, tenía  muchas  historias para contar,  ya que había sido construido  por el General Melgar en los años treintas del siglo que pasó, y al igual  que la escuela Belisario  y el hospital Morelos, eran templos vivientes que guardaban viejas historias  de la vida en el viejo Chetumal.

Y es que la anunciada historia que tenía que contar ese día aquel hombre,  venía a sumarse a ese caudal de recuerdos que hacen la historia, a ese cúmulo de viejas vivencias que el grupo de amigos gustaban de  revivir cada sábado, entre sorbo y sorbo del  café del desayuno. La historia había sucedido en Chetumal  hacía 42 años.  Con el afecto de siempre, los amigos se dispusieron a escuchar aquello que el mayor de su grupo,  con especial sentimiento, se disponía  a contarles.

De su billetera el hombre sacó un raído recorte del Diario de Yucatán de fecha  24 de Abril de 1975 que decía: “Fue halllado muerto, después de 8 días de infructuosa búsqueda, el profesor Arnoldo Aguayo Canto, quien el domingo  pasado se extravió en los montes de Bacalar durante una cacería. El profesor Aguayo se internó en el ejido Francisco J. Mújica con tres  compañeros más, el profesor Rubén Gamboa Gamboa, el Sr. Pedro Medina y el Dr. Cesar López. En el  lugar donde fue hallado el cadáver, a 80 kilómetros del poblado más cercano, la tierra estaba agrietada por el extremo calor y la prolongada sequía en la región. El profesor Arnoldo, experimentado cazador de 42 años, murió de sed,  y  al morir deja en la orfandad a 10 hijos; en su memoria se celebrará una misa de cuerpo presente en la Iglesia de la ciudad y posteriormente su cuerpo será velado primeramente en el Sindicato de Maestros y  después en su hogar, y finalmente su cuerpo será sepultado en cementerio municipal. Firmaba la nota el principiante reportero y corresponsal del diario,  Francisco Bautista Pérez, hoy el cronista del Estado”.

Al término de la lectura de la nota, el profesor Ruben Gamboa dijo con voz quebrada y ojos vidriosos: como podrán ver amigos yo fui uno de los que acompañé a mi amigo fallecido en esa trágica y triste aventura por la selva. Y agregó, este hecho impactó tan fuertemente mi vida, que recordarlo me llena el alma de tristeza y pesadumbre, pues fueron momentos de mi vida de gran tragedia, impotencia y angustia que viví. Momentos de  frustración  cuando comenzó  a caer la noche y siguieron las lentas y muy lentas horas de espera, horas de desesperación. Momentos, horas y días, llenos de ansiedad.  Ocho largos días de intensa búsqueda y de intensa movilización, tanto de los elementos del 55 Batallón de infantería, como de gente de monte y de amigos cazadores; momentos en  que nunca dejamos de  buscar con desesperación entre caminos y veredas de aquella espesa selva del sur del Estado.

En ese tiempo Chetumal había alcanzado su mayoría de edad y  pasaba a ser la capital del nuevo Estado de Quintana Roo. Dejábamos de llamarnos Territorio Federal y un nuevo gobierno de quintanarroenses asumía el mando y tomaba las riendas del Estado 30 de la república. Y todos, Pueblo y Gobierno,  estuvimos con el alma en un hilo, pendientes de las noticias, deseosos de escuchar buenas nuevas, y con la esperanza de encontrar con vida al extraviado. Las muestras de preocupación de la gente de la pequeña ciudad se vieron por todas partes. Recuerdo un hecho que refleja esa preocupación colectiva, un gesto noble  de solidaridad y compañerismo: Élios Calderón, compañero cazador, en esos días estrenaba una lujosa camioneta último modelo y al enterarse de la emergencia, no dudó en ponerla a disposición de las brigadas de búsqueda.  No le importaron los daños que pudiera tener el vehículo como consecuencia de recorrer aquellos difíciles y enlodados caminos de la selva.

Y es que amigos, no olvidemos que en esos  momentos de angustia y de preocupación colectiva, siempre afloran los sentimientos más nobles y bellos de las personas, y más aún en esos tiempos en que  la ciudad era un gran familia, que lo la mismo compartía las alegrías que las tragedias, como nosotros compartimos con los nuestros el pan nuestro de cada día.

Pero a pesar de  los esfuerzos de todos, y a pesar de  tantos de mis  ruegos y a pesar de todas mis angustias, con enorme dolor en el alma, dolor que hasta hoy me perdura, acepté la gran pérdida de mi amigo, como hoy acepto con humildad y con fe, aunque no sin dolor, la voluntad divina.

Y así, con ese sentimiento y esa emoción, el viejo maestro concluyó su relato.  La audiencia aún guardaba silencio, mientras que por un momento,  pareció flotar sobre aquel ambiente, un sentimiento de comprensión colectiva, de  tristeza compartida, de fraterna amistad, de aceptación, de paz y de poesía.

Mario.

El Mercado de Payo Obispo

El Mercadito Leona Vicario

En lo que hoy es la esquina  de la Calle 22 de Enero con  la avenida Cinco de Mayo, bajo el mandato del gobernador Siurob,  a principios de los 30s,  se construyó el primer mercado de la ciudad de Payo Obispo, una edificación de madera con techo de lámina de zinc de estilo caribeño, asentada a  orillas de la bahía, y a cien metros  de la casa del gobernador y de la delegación de gobierno del entonces territorio federal de Quintana Roo,

Aquel pequeño mercadito venía a llenar las necesidades, tanto de los pequeños agricultores y matarifes, como las necesidades de consumo de los habitantes de la capital del Territorio. Quiero decir que Payo Obispo estaba formada por una  comunidad de gente sencilla. Esa sencillez característica de aquellas rurales comunidades de nuestro país, sin drenaje, sin agua potable entubada, sin teléfono, sin televisión y sin laptops y Ipads, como tienen los niños y los papás de los niños de ahora. Era gente venida de Corozal, de Mérida y de otras partes de la república, sin faltar los colonos de procedencia árabe y oriental.

Debo decirles también que por aquellos años el abasto de ganado vacuno provenía de pequeños ranchos aledaños como eran los ranchos del Sr. Willoghby, del Sr. Montalvo, del Sr. Terencio Salas, o del Sr. Romero. Con frecuencia el abasto no era suficiente y el ganado se traía por mar en pequeñas embarcaciones procedentes de Centro América, principalmente desde Puerto Cortez Honduras.  Los animales se transportaban vivos y las pequeñas embarcaciones eran de poco calado y de fondo plano como la del rudo capitán Noble, quien saliendo de Honduras pasaba frente a Belice y diestramente navegaba  por el Caribe y por la bahía  hasta llegar al muelle fiscal.

La travesía requería de destreza y conocimiento de las aguas de aquella prístina región, debido al  alto riesgo de encallar en las muy bajas aguas de la bahía de Chetumal. Un buen capitán de barco, como lo era Noble, debía conocer muy bien las rudimentarias balizas  y los canales de navegación, navegando por ellos solo con la luz del día. Buena parte de este recorrido  debía hacerse en aguas pertenecientes a los ingleses, y luego siguiendo la línea divisoria con la colonia inglesa de Honduras Británicas, ahora Belice, pasar frente a “Consejo” y llegar al muelle Nachi Cocom. Hacía muy poco tiempo, a inicios del siglo XX, que el tratado de límites se había establecido y como consecuencia de este hecho el Presidente Porfirio Diaz mandó a Othón P. Blanco a establecerse en la desembocadura del Rio Hondo para vigilar el respeto de la soberanía del país, y como consecuencia final fue que tuvo lugar la fundación del pequeño Payo Obispo de que les hablo.

Por aquellos remotos años entre los principales importadores de ganado se contaban   los hermanos Terencio y Valdemar Salas, quienes surtían de carne de res a los tablajeros del mercadito. La gente del pueblo, si quería alcanzar buena carne,  debía acudir al mercadito muy de madrugada, entre las cuatro y cinco del amanecer. En esos años era costumbre que los señores del pueblo fueran los encargados de hacer la compra de la casa, una veces al mercadito y otras veces al muelle para adquirir su pescado. La venta de pescado fresco se hacía  directamente de los barquitos pesqueros. Era linda la costumbre de aquel pueblito rudo y primitivo, que los señores , en un gesto de solidaridad doméstica, hicieran el mandado, mientras contemplaban el amanecer,  con el  sol naciente  alzándose por bahía,

Y es que el paisaje era hermoso, sentirse en la bocana de un rio,  en los límites de un país, y a las costas de la dorada y chispeante Bahia de Chetumal. Una romántica y bella imagen para el mejor  pintor: Barquitos de vela enfilados, pescadores afanados en arreglar y  vender su pesca, gente en un desordenado  barullo, apiñada sobre las piedras y pujando como en subasta  por el mejor pescado.   Pues bien, así era el payo Obispo de aquellos años aquel selvático e insalubre punto de vigilancia de la soberanía de México de aquellos años. Y es en el marco de este bonito pueblito que les relataré la siguiente historia que me contó  mi buen amigo Efraín Angulo.

Don Darío Caballero Sosa, nativo de Ensenada Baja California, era un  funcionario de aduanas a quien sus jefes lo habían comisionado, allá por  la década de los 40s, a venir a la recientemente nombrada Chetumal, antes Payo Obispo, a desempeñarse como subjefe de la aduana. El administrador de la aduana en ese tiempo era Don Jesús el Chapo Salcido.

Don Darío, hombre sencillo, tranquilo y sereno, no obstante su condición de funcionario de aduanas, rento para vivir una casita de techo de palma ubicada en la esquina oriente de  la calle 22 de Enero con 16 de Septiembre, a orillas de la bahía,  sobre lo que ahora es nuestro flamante boulevard y enfrente de lo que ahora es el parque y la Fuente del Pescador,  donde se ubican las letras que dicen: Aquí Inicia México”.

Un buen día don Darío, amigo ya de don Mariano Angulo y don Ernesto Osorio, siguiendo la costumbre de la sociedad Chetumaleña, despertó muy tempranito, tomó su morralito y feliz se dirigió al mercadito. Consciente que los primeros en tiempo son los primeros en derecho, se dirigió a la mesa de la carne de res y le dijo al carnicero:

Buenos días señor, ¿me podría dar un kilo de filete? Aquel abastecedor, con su afilada chaira mano, en la penumbra del amanecer, bajo la luz de una lámpara de gasolina,  se veía muy serio y ocupado en arreglar  su carne y amontonar a un lado las piltrafas. Con desdén y desenfado, esbozando una risa burlona, le contestó a don Darío: Señor usted debe ser nuevo aquí, me imagino, porque veo que no sabe, y debe saber, que el filete solo es para el gobernador, el jefe de sanidad  o el jefe de agricultura. ¡¡ Ellos son los únicos que  aquí comen filete !!

Ante tan lapidaria respuesta del carnicero, don Darío, ahora sí que arrollando su cola, le pidió disculpas, y solicitó le diera lo mejor que tuviera pues quería comer bisteces.

No pasó mucho tiempo, cuando en su carácter de sub jefe de la aduana don Darío debía encargarse de autorizar las importaciones del ganado, que como he dicho,  procedente de Honduras venía por barco y se desembarcaba en el muelle fiscal.

Dado lo largo  del viaje y debido las condiciones de amontonamiento en que viajaban, las reses llegaban cansadas, estresadas y entumidas, por lo que  los ganaderos debían bajarlas de la embarcación a la brevedad y ponerlas en tierra. En tal circunstancia  un hombre se le acercó a don Darío y le solicitó  le permitiera desembarcar su ganado mientras se hacían los trámites para su legal importación.

El taimado de don Darío levantó la mirada, reconoció el  rostro de aquel hombre y le dijo: ¿usted es el amigo de la carnicería del mercado, verdad? Debe acordarse de mí, yo soy el mismo que queriendo comer filete le fue a solicitar comprar un kilo, recuerde bien. Tremendamente apenado aquel hombre miró a don Darío como queriendo registrar para siempre su rostro, balbuceo, y le dijo: ¡Mi jefe, desde hoy usted en este pueblo comerá filete las veces que quiera!

Don Darío exclamó en voz baja, casi para sí mismo, ¡Ah, ese tráfico de influencias no se cuando acabará,  pués todos  lo llevamos, no solo en la sangre, sino hasta en la carne!

Y esbozó una sonrisa que le duró toda la mañana.

Mario

003Celebramos este 12 de Octubre “El día de la Raza”, un acontecimiento que nos hace analizar en profundidad,  el significado que cada ser humano  le da, o le pudiera dar,  a la palabra o al término “Mi Raza”.

En lo que a mí respecta, la palabra “Raza”, más allá de su significado semántico, me hace pensar en lo que  en mi interior, despierta, exalta, y en ciertas ocasiones extrapola en términos de pasión.  Me refiero a mis sentimientos de identidad y de pertenencia, y me refiero a lo que entiendo como algo que auténticamente me defina.

Encuentro que a la  palabra le concedo  un significado muy  parecido a mi nacionalidad, mi México, mi país, mi tierra, mi ciudad, y  mi Estado. Veo que es una palabra que toca sensibles fibras  emocionales e íntimas de mí. Una palabra que  encierra un significado que me  etiqueta y me distingue de los demás, ya sea como ciudadano, como nativo, como coterráneo,  o simplemente, como habitante de un barrio, de una región o del lugar específico de la tierra.

Y al entrar en esta cavilación de ideas, conceptos y pensamientos, observo y analizo lo que para mí significa  el término “nativismo” o sea haber nacido y crecido en esta mi ciudad de Chetumal.  Me doy cuenta que si bien yo sí  nací en este mí Chetumal, este hecho no implica mérito alguno de mi parte pues yo no  escogí la ciudad para nacer y vivir, fueron mis  padres. El mérito, quizá circunstancial, es de ellos. Por tanto entiendo que esta tierra, si bien no es producto de mi elección, si es la esencia de mi  convicción, y se ha convertido en parte de mi corazón y la siento profundamente mía. Es la ciudad, el Estado y la tierra por la que valen la pena todos mis esfuerzos. Es la  tierra donde finqué, donde construí, donde edifiqué una familia, y donde habré de morir. Es la tierra que he escogido amar y en la que me siento unido a mis amistades,  a mis paisanos y a todos los que piensan como yo.

Y al entrar en el análisis de esos pensamientos, de esos lazos de amistad, de esas coincidencias y de esas  afinidades,  pienso en la contribución que al fortalecimiento de esos valores debo a mis padres,  quienes  me enseñaron a amar mi más próximo entorno, a ser solidario y a ser generoso,  y con ello, a formar mí  personalidad.  Y pienso también en tantísima gente que como yo habrá de hacerse  estas reflexiones  respecto de su identidad. Pienso en los  paisanos, en los natos y los no natos, en los  hijos de gente que llegó y se quedó y en la gente que vino y se fue. En la gente que vino a servir y en la gente que vino a servirse. Mi pensamiento es incluyente, sin sectarismos,  pero sin olvidar los oportunismos.

Y también en la gente que si bien por circunstancias tuvo que irse,  su corazón se quedó con nosotros, y  en la gente que no dejó ni un clavo en esta tierra, en la gente sin corazón. Y pienso también en las personas, de todas las condiciones sociales, con virtudes y defectos, con ataduras y sin ellas,  de todas las razas  y de todas las culturas, a los que les estamos agradecidos  porque contribuyeron,  de una forma u otra forma, a lo que hoy somos como Estado y como Ciudad. Pero por encima de todos los nombrados, en mis pensamientos y en mis cavilaciones, destacan aquellos pioneros que llegaron al olvidado Quintana Roo, a aquel apartado Payo Obispo medio salvaje, conocido en ese entonces, por insalubre y en guerra con los mayas insurrectos.

Pienso en los primeros que, a finales del siglo XIX, llegaron a la desembocadura del Rio Hondo,  en aquella expedición comandada por el Teniente Othón Pompeyo Blanco Nuñez de Cáceres,  que desafiando peligros,  llegaron a establecerse y  a fondear el Pontón Chetumal en la desembocadura del Rio Hondo. En los que, cumpliendo órdenes del Presidente de la República, vinieron a establecer un punto de vigilancia, observancia y de respeto a la ley,  de respeto a la soberanía de México,  y de respeto a los recientemente establecidos límites con el hoy país de Belice, entonces Honduras Británicas.

Y pensar y repensar en todo ello es situarme en esos tiempos y en esas circunstancias de la geopolítica y del régimen Porfirista en México, es ubicarme en un tiempo de épocas extremadamente adversas de salud y sobrevivencia; es dimensionar el grado de valentía y temeridad aquellos pobladores del Payo Obispo, en una época que inicia en el morir del siglo XIX, hasta la segunda mitad del siglo XX; de 1898 a 1974.

Y destaco, y me refiero con mayor énfacis a este especial período de nuestra historia, porque es el período que recorre momentos significativos  como es el arribo del pontón Chetumal en 1898, la fundación de Payo Obispo en 1901, la lucha por la reintegración del Territorio Federal en 1935, el cambio de nombre a Chetumal en 1936, la reconstrucción de la ciudad después del huracán Janet de 1955, y recorre también  los tiempos de los gobernantes efímeros mandados del centro, el gobierno del General Melgar, el  gobierno del General Guevara, el largo período y la salida del gobernador Margarito Ramírez en 1959,  el moderado auge a partir de 1960 con los gobernadores Aarón Merino y David G. Gutiérrez,  y  finalmente,   la erección o constitución del Estado Libre de Quintana Roo en 1974

Y es que fue durante ese tiempo en que se forjaron, se identificaron, y se afirmaron los primeros auténticos sentimientos de identidad con  esta tierra nuestra. Fue durante este período de nuestra historia que los  integrantes de aquel  Comité Pro Territorio de Quintana Roo dieron la primera  batalla contra el Gobierno de Campeche y lograron la reintegración de nuestro Territorio, desmembrado y repartido unos años antes, entre los Estados de Yucatán y Campeche.

Sin duda, aquellos ilustres hombres, a quienes hoy rendimos tributo, fueron los que primero sintieron los sentimientos de identidad y amor a lo que hoy llamamos “Quintana Roo” y a lo que hoy llamamos Chetumal. No olvidar que la gesta histórica, la lucha política, y  las gestiones para  la reintegración del Territorio de Quintana Roo ante el presidente Lázaro Cárdenas, en el año de 1935, se la debemos a la gente  del sur del Estado, a los habitantes de Payo Obispo, hoy Chetumal. Sin tampoco olvidar que en aquellos años el Sur del Estado pertenecía a Campeche y el norte al Estado a Yucatán.

Tampoco olvidar que aquellos  hombres del Comité, con sus familias y con todos los pobladores de Payo Obispo al  unísono, codo con codo,  dieron la batalla como punta de lanza, enfrentando las consabidas  amenazas, intimidaciones y otras artes represivas de la política de aquellos años.

Sin olvidar que  esos años, en nuestro país, 1935-1936, fueron años de asonadas, de presidentes asesinados; años de matar o morir, años  tremendamente  convulsos, y años de la historia en los cuales  las vidas de los  ciudadanos disidentes,  no tenían mayor valor;  y años en los cuales  la Comisiones de Derechos Humanos  no pensaban siquiera nacer.

Y es ahora, en el primer cuarto del Siglo XXI, que como heredero de una raza con sangre  quizá europea,  quizá con orígenes en otro continente; lo mismo me siento Maya que Europeo, lo mismo indígena que colonizador, lo mismo negro que blanco, y  lo mismo Caribeño que Chilango.  Y por sobre todas esas cavilaciones y consideraciones de lo que soy, les confieso que me  siento nativo  y les confieso confieso que me siento indisolublemente unido,  orgulloso, de lo que soy, vinculado a este Estado, y profundamente identificado con esta mí ciudad.

En este 12 de octubre, el día de la raza, reitero mi sentir y mi identificación  con mi  Chetumal, que es   la esencia de lo mejor que guarda mi alma, de mi espíritu y de mi buena voluntad, con todo lo que nos pertenece,  con todo lo que es lo nuestro,  lo que es  de todos, sin distinción de nadie, e identificado con todos los que aquí vivimos y aquí habremos de morir.

MARIO

Septiembre 11El americano medio es un ser optimista, religioso, poco dado a la ironía, nada interesado en el resto del mundo pero convencido de que su país es el más grande, el más civilizado, el más justo, el más democrático, el más poderoso y el más invulnerable en la historia de la humanidad.

Después del ‘Armagedón’, como decían en algunas cadenas de televisión de Nueva York, que aconteció ayer, cien veces más devastador para la psicología americana que Pearl Harbour, o que Vietnam, todo ha cambiado para siempre. La visión que han tenido los americanos de ellos mismos, y de su relación con el resto del planeta -y hasta posiblemente con dios- ha sido permanentemente modificada. Ya no hay respuestas simples, claras para todo. Sólo hay preguntas. Tras frotarse los ojos ayer por la mañana y dar fe de que lo que estaba viendo en televisión no era una delirante película de ciencia ficción, sino imágenes de algo que estaba realmente ocurriendo en Nueva York, la primera reacción del americano en Chicago, o Los Ángeles, o Dallas habrá sido una de profunda estupefacción. Enormes catástrofes de este tipo, si es que ocurren, ocurrirán en otros países, habrá pensado. No aquí. A nosotros no nos pueden atacar así, matarnos como si fuéramos moscas.

Y es normal que así piense, no sólo porque lo acontecido ayer en el noreste de los Estados Unidos rebasa las peores pesadillas del militar más paranoico del Pentágono, sino también porque los Estados Unidos, en lo que a territorio geográfico se refiere, nunca ha sido un país víctima. Estados Unidos ha atacado a otros países, ha sido el agresor. (Aunque siempre, siempre a favor de una causa justa, piensa nuestro americano medio.) Estados Unidos lanzó las bombas sobre Hiroshima y Hanoi, pero jamás se hubiera imaginado que Hiroshima y Hanoi se repetirían en Washington y Nueva York.

¿Quién nos podría odiar tanto? ¿Por qué? ¿No somos no sólo el país más rico del mundo sino también el más bueno? En un país en el que apenas el 10% de la población posee pasaporte, en el que menos del 10% podría señalar España (ni hablar de Irak o Afganistán) en un mapamundi, en el que la liga nacional del deporte favorito de su pueblo, el béisbol, se llama ‘la Serie Mundial’, y el ganador ‘el campeón del mundo’, en el que -en fin- se considera en general que el planeta más allá de las fronteras de los Estados Unidos carece totalmente de importancia, no es de extrañar que la gente se sorprenda al descubrir que hay muchos seres humanos que detestan al país que algunos llaman el Gran Satanás.

Y no sólo en Oriente Próximo. Es curioso, por ejemplo, por no decir extraordinario que, con poquísimas excepciones, los americanos no tengan la más mínima conciencia del mal que hicieron en Centroamérica, y en Chile y en otros países de su hemisferio, durante los años ochenta. De las víctimas que cobró la política del presidente más querido en los Estados Unidos desde Kennedy, Ronald Reagan.

Pero la confusión que siente el americano medio hoy es más profunda. Más allá de la sorpresa que experimenta al descubrir el nivel de su ignorancia ante los problemas del mundo, siente como que los cimientos de su mundo se han venido abajo. El americano es una persona que cree en grandes verdades, ‘verdades evidentes’, como dice la Declaración de Independencia, y una de ellas es que Estados Unidos, el país al que en casi todos los casos huyeron sus antepasados en busca de una vida más segura y mejor, es una fortaleza contra los males que podrían existir en el mundo externo, desconocido. Fortress America, ‘Fortaleza América’, es la expresión que utilizan hace mucho tiempo.

Pero de repente si aquellos dos magníficos símbolos del poderío económico y militar de los Estados Unidos (‘la hiperpotencia’, como dicen los franceses), como lo son el World Trade Centre y el Pentágono, son vulnerables, entonces todos somos vulnerables. Pensábamos que podíamos ir a la guerra sin que muriesen nuestros soldados. O, más bien, se lo exigíamos a nuestros políticos. Guerras de sangre ajena. Y resulta que ahora están muriendo miles y miles y miles de civiles. Y lo que es especialmente desconcertante, lo que marca una de las muchas diferencias de magnitud con Pearl Harbour, es que ni siquiera sabemos exactamente quién es el enemigo. Nos han atacado, pero nos han dejado ciegos, incapaces de ver -por más CIA, FBI, por más satélites espías que podamos tener- quién fue nuestro agresor.

Todo lo cual significa que nos va a costar de ahora en adelante ser tan optimistas frente al universo, y el optimismo es, o ha sido, nuestra característica nacional. La que nos distingue de los europeos, gente irónica, cínica, que ha sufrido grandes desastres a lo largo de la historia en carne propia, que ha visto la pérdida de su invulnerabilidad, la caída de sus imperios.

La otra gran característica del americano es que ve el mundo en blanco y negro. El mundo, como predica el mismo presidente Bush, se divide entre malos y buenos. El cristianismo americano, el más ferviente del mundo occidental, es un cristianismo que da más énfasis al Antiguo que al Nuevo Testamento. Con Cristo existen matices. Para los profetas la vida era más simple. La justicia era cuestión de ojo por ojo. En los Estados Unidos no hay debate sobre la pena de muerte. Es justa y necesaria y no se discute más.

La venganza de los Estados Unidos, desde ya salvaje contra su propia gente, será bíblica contra aquellos que provocaron el Armagedón, la pérdida definitiva de la inocencia americana.

Publicado en El Diario El País. El 12 de Septiembre de 2001

Vista del Palacio 1950En un lugar a orillas de una bahía y en la desembocadura de un rio, hubo una vez un pueblo, muy especial por cierto, pero que bien podría ser cualquier otro pueblo de la tierra, y hubo una vez un tiempo, que bién  pudo ser también otro  tiempo de la historia  Un tiempo en el que hubo mucho malestar, hubieron muchas acusaciones, hubieron muchas  injusticias y un tiempo en el que los reproches eran muchos y el pueblo se sentía irritado, indignado y muy quejumbroso  de todo cuanto habían padecido y soportado de sus líderes.

Un buen día, caminando por la rivera del rio un lugareños hizo un hallazgo.  El rio era uno que  todos llamaban Rio Hondo,  y  lo mismo había establecido límites  que llevado vida  y prosperidad a los lugareños  de aquel  remoto lugar de la tierra. Un lugar costeño poblado lo mismo por mayas, que por mestizos, ingleses y piratas.  De entre las piedras de aquel rio, se había encontrado un tesoro. Era una cajita bien sellada que parecía esconder algo muy secreto y muy antiguo, pues las piedras que escondían el hallazgo lucían gastadas y bruñidas,  denotando muchos años de estar guardando aquella diminuta e intrigante caja.

La noticia de la cajita del rio corrió como pólvora por el pueblo.  Conocer el contenido  despertó mucha inquietud y curiosidad entre los habitantes del pueblo. Se decía que la cajita era milagrosa, y que en su interior guardaba secretos ancestrales, secretos y recetas que curarían muchos males, y en especial esos que muchos padecían.  La gente decidió que la caja se abriera públicamente ante la presencia de todos. Así se hizo y la cajita fue llevada a la plaza pública, aquella conocida como la explanada de la bandera, a orillas de la bahía y muy cerca del muelle de la localidad.

Allí, ante el pueblo congregado en tumulto, la cajita fue abierta y su contenido dado a conocer.  En efecto, como muchos sospechaban,  la caja contenía un secreto, el secreto era una carta que al momento fue leída en voz alta a una  audiencia  que: lo mismo estaba  intrigada,  irritada y descontenta, que atenta  y expectante .  La carta decía así:

Señor, Si un día estuviera sofocado, lleno de ira, harto de los malos gobiernos, con deseos de vengar mi descontento e insatisfecho conmigo mismo y con el mundo a mi alrededor, solo pregúntame:

Pregúntame, si quiero cambiar la luz por las tinieblas.

Pregúntame, si quiero cambiar la mesa puesta, por los restos que tantos buscan en la basura.

Pregúntame, si quiero cambiar mis pies por una silla de ruedas.

Pregúntame, si  quiero cambiar mi voz, por las señas.

Pregúntame, si  quiero cambiar el mundo de los sonidos por el silencio de los que no oyen nada.

Pregúntame, si quiero cambiar el diario que leo y después echo a la basura, por la miseria de los que van a buscarlo para hacerse con él una manta.

Pregúntame, si  quiero cambiar mi salud, por las enfermedades de tanta gente.

Pregúntame,  si quiero vivir en paz con lo que he logrado, o en constante guerra por lo que me falta.

Pregúntame, si debo seguir sintiendo rabia o si debo buscar mi reconciliación sin negar tus enseñanzas.

Pregúntame, hasta cuándo no reconoceré tus bendiciones, para hacer de mi vida un himno de alabanza y gratitud y decir, todos los días, desde el fondo de mi corazón:

Gracias Señor por poder ver un nuevo día.

Mario.

VotantePOLINIZACIÓN CRUZADA

Una reflexión en tiempos de campañas.

En estos tiempos de campañas políticas pienso que debemos ser, como dice el poeta, solo aves sobre el pantano, siempre cuidando nuestro plumaje y observando el lugar más limpio para aterrizar. Sobre este tema viene a bien esta reflexión:

Un agricultor tenía el mejor cultivo de maíz. Cada año llevaba su maíz a la feria del estado donde le galardonaban. Un año un periodista lo entrevistó y se enteró de algo interesante acerca de cómo cultivaba su maíz.

El reportero descubrió que el agricultor compartía su semilla de maíz con sus vecinos. “Cómo puede darse el lujo de compartir sus mejores semillas de maíz con sus vecinos cuando están entrando en competencia con la suya cada año?

Por qué lo hace señor? Pregunto el reportero.

El granjero respondió: “Porque el viento recoge el polen del maíz maduro y lo mezcla de campo en campo. Si mis vecinos cultivan maíz inferior, la polinización cruzada degradará de manera constante la calidad de mi maíz. Si quiero cultivar buen maíz debo ayudar a mis vecinos a cultivar maíz bueno también.” Así es con nuestras vidas… Los que quieren vivir de manera significativa deben ayudar a enriquecer las vidas de los demás, porque el valor de una vida se mide por las vidas que toca. Y aquellos que eligen ser felices ayudan a otros a encontrar la felicidad, porque el bienestar de cada uno está ligado al bienestar de todos…

Llámalo poder de la colectividad…

Llámalo un principio de éxito…

Dí que es una ley de la vida…

¡¡El hecho es que ninguno de nosotros realmente gana hasta que todos ganamos!!

Detengamos esa escalada de odio, de frustración, de envidia y de codicia malsana que guía las intenciones de la gente. Se quiere quedar bien con uno denostando, calumniando o insultando al otro. Eso no puede ser sano. Al hacerlo solo mostramos lo malo que habita en nosotros, solo sacamos las envidias y los deseos de venganza por todo lo que está mal en nuestra vida. El hacerlo no nos eleva, solo nos degrada. El hacerlo nos convierte en peones y en masa manipulada al servicio de intereses escondidos, de apetitos insanos, de intenciones aparentes y pasiones oscuras; esas que en todo lados hay y no son nuevas; esas que tanto nos disgustan y desatan nuestra ira.

No olvidemos que no nos toca hacerla de jueces para juzgar, sino de votantes; que sin pelear ni enemistarnos, debemos decidir e ir a votar. La vida sigue y seguiremos en el mismo barco, siempre viéndonos y conviviendo entre personas, entre familias, entre gobernantes y gobernados.

Lo nuestro es: Elegir al mejor o al menos malo.

Hagámoslo con serenidad y prudencia, con clase e inteligencia, procurando sabiamente escoger entre las opciones que existen, sin contaminar, ni contaminarnos.

Mario.

Doña Rosa AbuxapquiMe entero de  la  triste noticia del fallecimiento de Doña Rosa Abuxapqui Abuxapqui, personaje del Chetumal de mi niñez que recuerdo con cariño. Doña Rosa nos  dice adiós y le da también el último adiós  a esta tierra que deja marcada con  la huella de todo cuanto ella fue en su niñez, en su juventud, y en su larga etapa de esposa fiel, viuda y madre amorosa.

Doña Rosa fue de talante enérgico, de mano franca y de corazón generoso. A  ella le tocó sola educar a sus hijos ante la muy temprana partida de su esposo y compañero. A ella el día de ayer la sorprendió un  inesperado   infarto al corazón que  ha terminado con su vida a sus  86 años. Ella con su sorpresiva partida es un miembro más que se va   de una numerosa como antigua  familia,  rica en recuerdos, anécdotas y en historias del Chetumal del ayer.

Una familia conocedora de nuestro génesis,  que fue creciendo, prosperando y arraigándose,  tanto a nuestros  inicios como a nuestros principios. Una familia que como la ciudad se fue moldeando desde aquel  viejo Payo obispo del  agreste Territorio Federal,  hasta  convertirse en lo que hoy es.

Doña Rosa es heredera de una estirpe pionera y legendaria de  gente  que se distinguió por su espíritu, por su trabajo y  por su tesón. Gente que dejó todo y desde remotas tierras vino a dejar todo  y a construir todo.  Doña Rosa  como hija de don Elías y doña Manuela, tomó de ellos lo mejor para integrarse a esta tierra y aquí formar  su propia familia. Así  se unió, a mediados de la centuria pasada, a su señor esposo para formar la familia Espinosa Abuxapqui.

Una familia muy nuestra  formada con los valores de un padre que falleció en un acto de heroísmo, al salvar de la muerte a una criatura,  y de una madre con los rasgos  de carácter y de lucha adquiridos en nuestra tierra.  Ella fue una verdadera guerrera especialmente dotada para la lucha. Hoy los dos, Doña Rosa y su esposo, se han ido, lo mismo que  su hijo Cristian, pero les sobrevive su primogénito aquel niño que durante el huracán Janet de 1955, protegiera entre sus brazos, desafiando el viento en aquella noche de oscuridad, de destrucción, de horror y de muerte. Quería con su niño alcanzar la Escuela Belisario Domínguez, en una angustiosa carrera desde aquella muy antigua juguetería de aquel ya muy viejo Chetumal. Aquella juguetería   era el “Quiosco López”,  ubicado en la Avenida de los héroes. Allí  nos atendía  su propietario y fundador, un viejecito tierno y juguetón que tocaba la armónica y nos enseñaba los juguetes, un hombre de su tiempo y personaje de nuestra infancia  que vivirá por siempre en nuestros muy gratos y muy dulces recuerdos. Aquel Viejito de lentes gruesos y de sonrisa amable era el  amigo de todos los niños y de todos los adultos  de aquel Chetumal de antaño. Don Ángel López había llegado a principios de siglo a la ciudad y comenzó su larga y exitosa carrera de comerciante  vendiendo sobre el camellón de la Héroes baratijas sobre una manta, una manta que  tiraba en el suelo y sobre ella su mercancía. A ese don Ángel  los niños,  y también los adultos,  le decíamos  con  mucho cariño “Don Chile Seco”. Su Juguetería tenía   una leyenda  que acompañaba a  su singular fotografía  que decía; “Este tipo vende de todo”.

Y retomamos la historia de Doña Olga con  su hijo en brazos luchando contra el viento, las láminas de los techos de las casas de madera, la oscuridad casi total, alumbrados  solo por la luz de los relámpagos, sorteando  postes de luz, cables del alumbrado público y zanjas tapadas por el agua de la intensa lluvia. Aquel torrencial aguacero cuyas gotas herían la piel como si fueran  tachuelas. Doña Rosa estaba, acompañada de la familia López y de su hermana Olga, su objetivo  era  alcanzar  la parte alta de la ciudad y refugiarse en la Belisario o en el hotel Los Cocos.

Ante la muerte que les amenazaba, en un  acto de desesperación y de angustia, uno de los miembros del grupo familiar  rompió el cristal de una ventana de una de las casa de mampostería que había en el camino. Por el hueco de la ventana hizo pasar a una pequeña niña de meses, el nombre de la  niña era Salma López,  una sobrina de Doña Rosa y prima hermana de su hijo en brazos. Doña Rosa Nunca soltó a su hijo, podría morir antes que desprenderse del fruto de sus entrañas. Finalmente  guiados solo por la luz de la fe en Dios,  y protegidos por la misericordia divina,  la familia entera, aunque sin la niña, alcanzó la escuela Belisario.

Recordar este pasaje de la historia de la vida de doña Rosa, es recrear una de las muchas historias de aquellos duros momentos de nuestra propia  historia que es intrínseca a la historia de nuestra ciudad.  Momentos  de dura prueba y de desafíos,  de coraje, de entrega y de abnegación. Momentos de desdicha y de lágrimas a los que muchos chetumaleños  no sobrevivieron, no obstante su titánica lucha por alcanzar la cima, la cima de aquel cerro que significaba para ellos, y para nuestra ciudad la supervivencia.

Pero doña Rosa sobrevivió, y es ahora,  cuando han transcurrido  60 años que nos dice adiós, después de toda una vida y de una labor cumplida, como hermana, como hija y como madre. Una madre que vio  de cerca la muerte y no sucumbió.   Y pienso que no sucumbió porque  tenía dos  misiones que cumplir, proteger la vida de su hijo entre  sus brazos y levantar una familia que diera testimonio de sus luchas,  una familia de gente buena,  una familia que esparciera esta tierra con sus semillas.

Hoy los hijos de esta noble tierra resurgida de la dura prueba de  aquel terrible huracán, rendimos un respetuoso homenaje a doña Rosa, y presentamos nuestras condolencias a su familia, la familia “Espinosa Abuxapqui”.   Hoy también me pregunto, quién le habría de decir a doña Rosa, en aquellos momentos que luchaba contra el terrible huracán,  que el hijo de sus entrañas, su primogénito, el que como fiera protegía de la furia de los vientos y de la muerte, su hijo Eduardo Espinosa Abuxapqui, en su carácter de presidente municipal, 60 años después de aquella tragedia, estaría  recibiendo las innumerables condolencias de toda la gente de su pueblo, ese pueblo orgulloso del valor de lo nuestro,  que lo mismo que ella se negó a morir, y resurgió de sus cenizas.

Mario Aguilar Vargas.