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Es muy común que cuando la edad nos alcanza nuestra visión de la vida se vuelve diferente, nuestra manera de pensar cambia, el gusto por lo antiguo se vuelve nuevo, la nostalgia de lo vivido se convierte en poesía, y más que nunca, nuestros juegos de niños, junto con nuestras ilusiones infantiles, se convierten en bálsamo para curar heridas.

Y pensando en esa técnica y después de someterme a ese ejercicio mental es que que me encuentro aquí sentado escribiendo estas líneas, para compartirles mis experiencias de ese ejercicio. Recorro parte de mi pasado y mi niñez y relato algunas de mis vivencias en locaciones de lo que fue mi pueblo, el Chetumal que me vió nacer .

Cumplo con la técnica que aconseja revivir momentos de infantil felicidad, como una forma de curar el estrés de la vida actual. Para ello según dicen, hay que cerrar los ojos y relajar todo el cuerpo, bloquear los pensamientos que nos causan estrés, dejar que tu mente vuele por el pasado, cual ave que vuelve al nido, y pensar cómo era nuestra vida antes de aprender a volar, antes de ser los adultos que somos, solo pensando en la inocente sencillez de nuestra infancia y encontrando en ella las situaciones y los momentos de mayor felicidad que hayamos tenido.

El secreto está en ubicarnos en ese instante de la vida en que todo era dicha y despreocupación, sin esos condicionamientos, esas preocupaciones y esas responsabilidades de la vida actual; esas preocupaciones que más adelante fuimos adquiriendo, en la escuela, en la calle y en nuestro propio hogar.

Y así al hacer ese recorrido de retrospección por el lejano ayer, siento volver a hacer barquitos de papel y ponerlos a navegar en los charcos de mi barrio, y vuelvo a construir otros de la corteza del tasiste, con su vela de papel y su timón de hoja de afeitar, y los veo correr corriente abajo jugando carreras contra otros barquitos de  mis compañeros. Me veo vagar descalzo por el julubal y escuchar de nuevo el croar de las ranas, lanzar piedras planas sobre la superficie del agua y verlas dejar ondas a su paso por el pantano y el manglar. Me siento también volver a aquellas aventuras por las afueras y visitar el rancho de Don Dimas Sansores y comer uno de  los mangos manila que cosechaba, y me siento caminar  entre los árboles y la maleza hasta llegar a la rivera del río hondo; y siento zambullirme de nuevo con mis amigos en el río, sin el temor a las serpientes o a los lagartos.  Y desde la orilla del río y desde el manglar, veo pasar por el río los barquitos, esos que van y vienen, con personas y animales. Unos barquitos vienen del muelle de Chetumal y van río arriba, y otros vienen río abajo, y van a Chetumal.

Y siguiendo esa técnica de regresión mental de nuevo me veo brincando sobre las trozas que flotan por el río y la bahía, tirando de nuevo mi anzuelo y mi cordel, en espera que los peces piquen, mientras el sol del verano y la brisa azotan mi curtida piel desnuda.

Siento montar de nuevo a pelo el caballo de don Lencho con el ardiente sol sobre mi piel, sin preocuparme por usar el actual bloqueador solar. Disfruto de nuevo el parque de los caimanes y monto nuevamente los cocodrilos de piedra; esos que escupían agua por la boca. Me veo pedaleando  en mi primera bicicleta por las callecitas del parque y escucho el zumbar de los pinos, arrullados por los vientos que vienen de la bahía. Siento  recostarme a la sombra de uno de esos pinos del parque, en un día de caluroso verano, y saborear un raspado de Mónico, o una nieve de coco de Don Valentín o de Nacho.

Y en ese sentir aquellas cosas, de nuevo siento abrazar a mis padres, ya fallecidos, y enjugar mis lágrimas en sus hombros. Siento su calor y su protección como algo que me reconforta y de nuevo me da seguridad. Y respiro también de nuevo el ambiente de aquella vida simple, sencilla y confiada, esa vida de aquellos años del Chetumal, donde las casas tenían las puertas abiertas durante todo el día.  Y así, concentrado en pensar en esos tiempos, de mi infancia vuelvo a escuchar de nuevo las fábulas y las leyendas mi pueblo, esas que nos contaba “El Carasucia”, aquel carbonero de piel morena y de alma blanca, aquel viejo de sonrisa dulce, aquel buen hombre que bajando de su carreta  nos deleitaba con sus relatos.

Pero el tiempo pasó y de niño me volví adulto, y de adulto me convertí en un viejo. Un viejo romántico, un poco como el “Carasucia”, y hoy me veo contandoles lo que el nos contaba cuando niños. Y pasaron los años y aprendí lo que todos aprendemos en la vida.

Aprendí de la existencia de las armas, de las guerras, de los prejuicios, del hambre y de los abusos. Aprendí también sobre la mentira, la codicia, el egoísmo , el sufrimiento, la enfermedad y el dolor. Aprendí muchas cosas, algunas para mi bien y otras para mi mal: pero por sobre todo, aprendí a valorar y pensar mejor lo que es importante de lo que no lo es, y a saber que los momentos más gratos y más lindos de la vida pasan durante la infancia.

Y termino el ejercicio de regresión y vuelvo al mundo real de mi vida actual.  Me siento bien, fortalecido con nuevos bríos y nuevas ganas de vivir, siento que ahora valoro más lo sencillo, lo espontáneo y lo sincero, de las cosas y las persona, porque en ello está el secreto de una vida tranquila. 

Finalmente siento  una renovada urgencia de sonreír y estar en armonía conmigo, con la creación y con todos los que me rodean y me dan su cariño. Lo hago y me siento con nuevas ganas de perdonar  y dar amor, y me siento también, más sano mental y físicamente.

Y todo eso, gracias a pensar en  las alegrías que de niño pasé, en el viejo Chetumal de mis amores..

MARIO A.V.

ObeliscoUna historia de Chetumal.-

Apoyado en su bastón, pero con gran voluntad de moverse, con su sonrisa cordial, el hombre llegó a la mesa del restaurante del hotel. Era sábado y acudía a una  más de las acostumbradas reuniones semanales  con su grupo de viejos amigos que gustaban de compartir, escuchar y contar historias, leyendas  y anécdotas de  los viejos y  polvorientos años del siglo pasado. Historias, leyendas, y cuentos del viejo Payo Obispo, del Territorio, y de Chetumal.

Con sus más de 90 años a cuestas, aquel  hombre llegó con ánimo renovado  al desayuno; en su rostro se dibujaba un ansia de compartir algo especial, pudiera ser  una más de sus muchas historias, de esas  olvidadas por el tiempo,  pero que para él,  en ese día, cobraba vida y tocaba nuevamente sus sentimientos. La reunión era en ese hotel, que como él, tenía  muchas  historias para contar,  ya que había sido construido  por el General Melgar en los años treintas del siglo que pasó, y al igual  que la escuela Belisario  y el hospital Morelos, eran templos vivientes que guardaban viejas historias  de la vida en el viejo Chetumal.

Y es que la anunciada historia que tenía que contar ese día aquel hombre,  venía a sumarse a ese caudal de recuerdos que hacen la historia, a ese cúmulo de viejas vivencias que el grupo de amigos gustaban de  revivir cada sábado, entre sorbo y sorbo del  café del desayuno. La historia había sucedido en Chetumal  hacía 42 años.  Con el afecto de siempre, los amigos se dispusieron a escuchar aquello que el mayor de su grupo,  con especial sentimiento, se disponía  a contarles.

De su billetera el hombre sacó un raído recorte del Diario de Yucatán de fecha  24 de Abril de 1975 que decía: “Fue halllado muerto, después de 8 días de infructuosa búsqueda, el profesor Arnoldo Aguayo Canto, quien el domingo  pasado se extravió en los montes de Bacalar durante una cacería. El profesor Aguayo se internó en el ejido Francisco J. Mújica con tres  compañeros más, el profesor Rubén Gamboa Gamboa, el Sr. Pedro Medina y el Dr. Cesar López. En el  lugar donde fue hallado el cadáver, a 80 kilómetros del poblado más cercano, la tierra estaba agrietada por el extremo calor y la prolongada sequía en la región. El profesor Arnoldo, experimentado cazador de 42 años, murió de sed,  y  al morir deja en la orfandad a 10 hijos; en su memoria se celebrará una misa de cuerpo presente en la Iglesia de la ciudad y posteriormente su cuerpo será velado primeramente en el Sindicato de Maestros y  después en su hogar, y finalmente su cuerpo será sepultado en cementerio municipal. Firmaba la nota el principiante reportero y corresponsal del diario,  Francisco Bautista Pérez, hoy el cronista del Estado”.

Al término de la lectura de la nota, el profesor Ruben Gamboa dijo con voz quebrada y ojos vidriosos: como podrán ver amigos yo fui uno de los que acompañé a mi amigo fallecido en esa trágica y triste aventura por la selva. Y agregó, este hecho impactó tan fuertemente mi vida, que recordarlo me llena el alma de tristeza y pesadumbre, pues fueron momentos de mi vida de gran tragedia, impotencia y angustia que viví. Momentos de  frustración  cuando comenzó  a caer la noche y siguieron las lentas y muy lentas horas de espera, horas de desesperación. Momentos, horas y días, llenos de ansiedad.  Ocho largos días de intensa búsqueda y de intensa movilización, tanto de los elementos del 55 Batallón de infantería, como de gente de monte y de amigos cazadores; momentos en  que nunca dejamos de  buscar con desesperación entre caminos y veredas de aquella espesa selva del sur del Estado.

En ese tiempo Chetumal había alcanzado su mayoría de edad y  pasaba a ser la capital del nuevo Estado de Quintana Roo. Dejábamos de llamarnos Territorio Federal y un nuevo gobierno de quintanarroenses asumía el mando y tomaba las riendas del Estado 30 de la república. Y todos, Pueblo y Gobierno,  estuvimos con el alma en un hilo, pendientes de las noticias, deseosos de escuchar buenas nuevas, y con la esperanza de encontrar con vida al extraviado. Las muestras de preocupación de la gente de la pequeña ciudad se vieron por todas partes. Recuerdo un hecho que refleja esa preocupación colectiva, un gesto noble  de solidaridad y compañerismo: Élios Calderón, compañero cazador, en esos días estrenaba una lujosa camioneta último modelo y al enterarse de la emergencia, no dudó en ponerla a disposición de las brigadas de búsqueda.  No le importaron los daños que pudiera tener el vehículo como consecuencia de recorrer aquellos difíciles y enlodados caminos de la selva.

Y es que amigos, no olvidemos que en esos  momentos de angustia y de preocupación colectiva, siempre afloran los sentimientos más nobles y bellos de las personas, y más aún en esos tiempos en que  la ciudad era un gran familia, que lo la mismo compartía las alegrías que las tragedias, como nosotros compartimos con los nuestros el pan nuestro de cada día.

Pero a pesar de  los esfuerzos de todos, y a pesar de  tantos de mis  ruegos y a pesar de todas mis angustias, con enorme dolor en el alma, dolor que hasta hoy me perdura, acepté la gran pérdida de mi amigo, como hoy acepto con humildad y con fe, aunque no sin dolor, la voluntad divina.

Y así, con ese sentimiento y esa emoción, el viejo maestro concluyó su relato.  La audiencia aún guardaba silencio, mientras que por un momento,  pareció flotar sobre aquel ambiente, un sentimiento de comprensión colectiva, de  tristeza compartida, de fraterna amistad, de aceptación, de paz y de poesía.

Mario.

El Mercado de Payo Obispo

El Mercadito Leona Vicario

En lo que hoy es la esquina  de la Calle 22 de Enero con  la avenida Cinco de Mayo, bajo el mandato del gobernador Siurob,  a principios de los 30s,  se construyó el primer mercado de la ciudad de Payo Obispo, una edificación de madera con techo de lámina de zinc de estilo caribeño, asentada a  orillas de la bahía, y a cien metros  de la casa del gobernador y de la delegación de gobierno del entonces territorio federal de Quintana Roo,

Aquel pequeño mercadito venía a llenar las necesidades, tanto de los pequeños agricultores y matarifes, como las necesidades de consumo de los habitantes de la capital del Territorio. Quiero decir que Payo Obispo estaba formada por una  comunidad de gente sencilla. Esa sencillez característica de aquellas rurales comunidades de nuestro país, sin drenaje, sin agua potable entubada, sin teléfono, sin televisión y sin laptops y Ipads, como tienen los niños y los papás de los niños de ahora. Era gente venida de Corozal, de Mérida y de otras partes de la república, sin faltar los colonos de procedencia árabe y oriental.

Debo decirles también que por aquellos años el abasto de ganado vacuno provenía de pequeños ranchos aledaños como eran los ranchos del Sr. Willoghby, del Sr. Montalvo, del Sr. Terencio Salas, o del Sr. Romero. Con frecuencia el abasto no era suficiente y el ganado se traía por mar en pequeñas embarcaciones procedentes de Centro América, principalmente desde Puerto Cortez Honduras.  Los animales se transportaban vivos y las pequeñas embarcaciones eran de poco calado y de fondo plano como la del rudo capitán Noble, quien saliendo de Honduras pasaba frente a Belice y diestramente navegaba  por el Caribe y por la bahía  hasta llegar al muelle fiscal.

La travesía requería de destreza y conocimiento de las aguas de aquella prístina región, debido al  alto riesgo de encallar en las muy bajas aguas de la bahía de Chetumal. Un buen capitán de barco, como lo era Noble, debía conocer muy bien las rudimentarias balizas  y los canales de navegación, navegando por ellos solo con la luz del día. Buena parte de este recorrido  debía hacerse en aguas pertenecientes a los ingleses, y luego siguiendo la línea divisoria con la colonia inglesa de Honduras Británicas, ahora Belice, pasar frente a “Consejo” y llegar al muelle Nachi Cocom. Hacía muy poco tiempo, a inicios del siglo XX, que el tratado de límites se había establecido y como consecuencia de este hecho el Presidente Porfirio Diaz mandó a Othón P. Blanco a establecerse en la desembocadura del Rio Hondo para vigilar el respeto de la soberanía del país, y como consecuencia final fue que tuvo lugar la fundación del pequeño Payo Obispo de que les hablo.

Por aquellos remotos años entre los principales importadores de ganado se contaban   los hermanos Terencio y Valdemar Salas, quienes surtían de carne de res a los tablajeros del mercadito. La gente del pueblo, si quería alcanzar buena carne,  debía acudir al mercadito muy de madrugada, entre las cuatro y cinco del amanecer. En esos años era costumbre que los señores del pueblo fueran los encargados de hacer la compra de la casa, una veces al mercadito y otras veces al muelle para adquirir su pescado. La venta de pescado fresco se hacía  directamente de los barquitos pesqueros. Era linda la costumbre de aquel pueblito rudo y primitivo, que los señores , en un gesto de solidaridad doméstica, hicieran el mandado, mientras contemplaban el amanecer,  con el  sol naciente  alzándose por bahía,

Y es que el paisaje era hermoso, sentirse en la bocana de un rio,  en los límites de un país, y a las costas de la dorada y chispeante Bahia de Chetumal. Una romántica y bella imagen para el mejor  pintor: Barquitos de vela enfilados, pescadores afanados en arreglar y  vender su pesca, gente en un desordenado  barullo, apiñada sobre las piedras y pujando como en subasta  por el mejor pescado.   Pues bien, así era el payo Obispo de aquellos años aquel selvático e insalubre punto de vigilancia de la soberanía de México de aquellos años. Y es en el marco de este bonito pueblito que les relataré la siguiente historia que me contó  mi buen amigo Efraín Angulo.

Don Darío Caballero Sosa, nativo de Ensenada Baja California, era un  funcionario de aduanas a quien sus jefes lo habían comisionado, allá por  la década de los 40s, a venir a la recientemente nombrada Chetumal, antes Payo Obispo, a desempeñarse como subjefe de la aduana. El administrador de la aduana en ese tiempo era Don Jesús el Chapo Salcido.

Don Darío, hombre sencillo, tranquilo y sereno, no obstante su condición de funcionario de aduanas, rento para vivir una casita de techo de palma ubicada en la esquina oriente de  la calle 22 de Enero con 16 de Septiembre, a orillas de la bahía,  sobre lo que ahora es nuestro flamante boulevard y enfrente de lo que ahora es el parque y la Fuente del Pescador,  donde se ubican las letras que dicen: Aquí Inicia México”.

Un buen día don Darío, amigo ya de don Mariano Angulo y don Ernesto Osorio, siguiendo la costumbre de la sociedad Chetumaleña, despertó muy tempranito, tomó su morralito y feliz se dirigió al mercadito. Consciente que los primeros en tiempo son los primeros en derecho, se dirigió a la mesa de la carne de res y le dijo al carnicero:

Buenos días señor, ¿me podría dar un kilo de filete? Aquel abastecedor, con su afilada chaira mano, en la penumbra del amanecer, bajo la luz de una lámpara de gasolina,  se veía muy serio y ocupado en arreglar  su carne y amontonar a un lado las piltrafas. Con desdén y desenfado, esbozando una risa burlona, le contestó a don Darío: Señor usted debe ser nuevo aquí, me imagino, porque veo que no sabe, y debe saber, que el filete solo es para el gobernador, el jefe de sanidad  o el jefe de agricultura. ¡¡ Ellos son los únicos que  aquí comen filete !!

Ante tan lapidaria respuesta del carnicero, don Darío, ahora sí que arrollando su cola, le pidió disculpas, y solicitó le diera lo mejor que tuviera pues quería comer bisteces.

No pasó mucho tiempo, cuando en su carácter de sub jefe de la aduana don Darío debía encargarse de autorizar las importaciones del ganado, que como he dicho,  procedente de Honduras venía por barco y se desembarcaba en el muelle fiscal.

Dado lo largo  del viaje y debido las condiciones de amontonamiento en que viajaban, las reses llegaban cansadas, estresadas y entumidas, por lo que  los ganaderos debían bajarlas de la embarcación a la brevedad y ponerlas en tierra. En tal circunstancia  un hombre se le acercó a don Darío y le solicitó  le permitiera desembarcar su ganado mientras se hacían los trámites para su legal importación.

El taimado de don Darío levantó la mirada, reconoció el  rostro de aquel hombre y le dijo: ¿usted es el amigo de la carnicería del mercado, verdad? Debe acordarse de mí, yo soy el mismo que queriendo comer filete le fue a solicitar comprar un kilo, recuerde bien. Tremendamente apenado aquel hombre miró a don Darío como queriendo registrar para siempre su rostro, balbuceo, y le dijo: ¡Mi jefe, desde hoy usted en este pueblo comerá filete las veces que quiera!

Don Darío exclamó en voz baja, casi para sí mismo, ¡Ah, ese tráfico de influencias no se cuando acabará,  pués todos  lo llevamos, no solo en la sangre, sino hasta en la carne!

Y esbozó una sonrisa que le duró toda la mañana.

Mario

003Celebramos este 12 de Octubre “El día de la Raza”, un acontecimiento que nos hace analizar en profundidad,  el significado que cada ser humano  le da, o le pudiera dar,  a la palabra o al término “Mi Raza”.

En lo que a mí respecta, la palabra “Raza”, más allá de su significado semántico, me hace pensar en lo que  en mi interior, despierta, exalta, y en ciertas ocasiones extrapola en términos de pasión.  Me refiero a mis sentimientos de identidad y de pertenencia, y me refiero a lo que entiendo como algo que auténticamente me defina.

Encuentro que a la  palabra le concedo  un significado muy  parecido a mi nacionalidad, mi México, mi país, mi tierra, mi ciudad, y  mi Estado. Veo que es una palabra que toca sensibles fibras  emocionales e íntimas de mí. Una palabra que  encierra un significado que me  etiqueta y me distingue de los demás, ya sea como ciudadano, como nativo, como coterráneo,  o simplemente, como habitante de un barrio, de una región o del lugar específico de la tierra.

Y al entrar en esta cavilación de ideas, conceptos y pensamientos, observo y analizo lo que para mí significa  el término “nativismo” o sea haber nacido y crecido en esta mi ciudad de Chetumal.  Me doy cuenta que si bien yo sí  nací en este mí Chetumal, este hecho no implica mérito alguno de mi parte pues yo no  escogí la ciudad para nacer y vivir, fueron mis  padres. El mérito, quizá circunstancial, es de ellos. Por tanto entiendo que esta tierra, si bien no es producto de mi elección, si es la esencia de mi  convicción, y se ha convertido en parte de mi corazón y la siento profundamente mía. Es la ciudad, el Estado y la tierra por la que valen la pena todos mis esfuerzos. Es la  tierra donde finqué, donde construí, donde edifiqué una familia, y donde habré de morir. Es la tierra que he escogido amar y en la que me siento unido a mis amistades,  a mis paisanos y a todos los que piensan como yo.

Y al entrar en el análisis de esos pensamientos, de esos lazos de amistad, de esas coincidencias y de esas  afinidades,  pienso en la contribución que al fortalecimiento de esos valores debo a mis padres,  quienes  me enseñaron a amar mi más próximo entorno, a ser solidario y a ser generoso,  y con ello, a formar mí  personalidad.  Y pienso también en tantísima gente que como yo habrá de hacerse  estas reflexiones  respecto de su identidad. Pienso en los  paisanos, en los natos y los no natos, en los  hijos de gente que llegó y se quedó y en la gente que vino y se fue. En la gente que vino a servir y en la gente que vino a servirse. Mi pensamiento es incluyente, sin sectarismos,  pero sin olvidar los oportunismos.

Y también en la gente que si bien por circunstancias tuvo que irse,  su corazón se quedó con nosotros, y  en la gente que no dejó ni un clavo en esta tierra, en la gente sin corazón. Y pienso también en las personas, de todas las condiciones sociales, con virtudes y defectos, con ataduras y sin ellas,  de todas las razas  y de todas las culturas, a los que les estamos agradecidos  porque contribuyeron,  de una forma u otra forma, a lo que hoy somos como Estado y como Ciudad. Pero por encima de todos los nombrados, en mis pensamientos y en mis cavilaciones, destacan aquellos pioneros que llegaron al olvidado Quintana Roo, a aquel apartado Payo Obispo medio salvaje, conocido en ese entonces, por insalubre y en guerra con los mayas insurrectos.

Pienso en los primeros que, a finales del siglo XIX, llegaron a la desembocadura del Rio Hondo,  en aquella expedición comandada por el Teniente Othón Pompeyo Blanco Nuñez de Cáceres,  que desafiando peligros,  llegaron a establecerse y  a fondear el Pontón Chetumal en la desembocadura del Rio Hondo. En los que, cumpliendo órdenes del Presidente de la República, vinieron a establecer un punto de vigilancia, observancia y de respeto a la ley,  de respeto a la soberanía de México,  y de respeto a los recientemente establecidos límites con el hoy país de Belice, entonces Honduras Británicas.

Y pensar y repensar en todo ello es situarme en esos tiempos y en esas circunstancias de la geopolítica y del régimen Porfirista en México, es ubicarme en un tiempo de épocas extremadamente adversas de salud y sobrevivencia; es dimensionar el grado de valentía y temeridad aquellos pobladores del Payo Obispo, en una época que inicia en el morir del siglo XIX, hasta la segunda mitad del siglo XX; de 1898 a 1974.

Y destaco, y me refiero con mayor énfacis a este especial período de nuestra historia, porque es el período que recorre momentos significativos  como es el arribo del pontón Chetumal en 1898, la fundación de Payo Obispo en 1901, la lucha por la reintegración del Territorio Federal en 1935, el cambio de nombre a Chetumal en 1936, la reconstrucción de la ciudad después del huracán Janet de 1955, y recorre también  los tiempos de los gobernantes efímeros mandados del centro, el gobierno del General Melgar, el  gobierno del General Guevara, el largo período y la salida del gobernador Margarito Ramírez en 1959,  el moderado auge a partir de 1960 con los gobernadores Aarón Merino y David G. Gutiérrez,  y  finalmente,   la erección o constitución del Estado Libre de Quintana Roo en 1974

Y es que fue durante ese tiempo en que se forjaron, se identificaron, y se afirmaron los primeros auténticos sentimientos de identidad con  esta tierra nuestra. Fue durante este período de nuestra historia que los  integrantes de aquel  Comité Pro Territorio de Quintana Roo dieron la primera  batalla contra el Gobierno de Campeche y lograron la reintegración de nuestro Territorio, desmembrado y repartido unos años antes, entre los Estados de Yucatán y Campeche.

Sin duda, aquellos ilustres hombres, a quienes hoy rendimos tributo, fueron los que primero sintieron los sentimientos de identidad y amor a lo que hoy llamamos “Quintana Roo” y a lo que hoy llamamos Chetumal. No olvidar que la gesta histórica, la lucha política, y  las gestiones para  la reintegración del Territorio de Quintana Roo ante el presidente Lázaro Cárdenas, en el año de 1935, se la debemos a la gente  del sur del Estado, a los habitantes de Payo Obispo, hoy Chetumal. Sin tampoco olvidar que en aquellos años el Sur del Estado pertenecía a Campeche y el norte al Estado a Yucatán.

Tampoco olvidar que aquellos  hombres del Comité, con sus familias y con todos los pobladores de Payo Obispo al  unísono, codo con codo,  dieron la batalla como punta de lanza, enfrentando las consabidas  amenazas, intimidaciones y otras artes represivas de la política de aquellos años.

Sin olvidar que  esos años, en nuestro país, 1935-1936, fueron años de asonadas, de presidentes asesinados; años de matar o morir, años  tremendamente  convulsos, y años de la historia en los cuales  las vidas de los  ciudadanos disidentes,  no tenían mayor valor;  y años en los cuales  la Comisiones de Derechos Humanos  no pensaban siquiera nacer.

Y es ahora, en el primer cuarto del Siglo XXI, que como heredero de una raza con sangre  quizá europea,  quizá con orígenes en otro continente; lo mismo me siento Maya que Europeo, lo mismo indígena que colonizador, lo mismo negro que blanco, y  lo mismo Caribeño que Chilango.  Y por sobre todas esas cavilaciones y consideraciones de lo que soy, les confieso que me  siento nativo  y les confieso confieso que me siento indisolublemente unido,  orgulloso, de lo que soy, vinculado a este Estado, y profundamente identificado con esta mí ciudad.

En este 12 de octubre, el día de la raza, reitero mi sentir y mi identificación  con mi  Chetumal, que es   la esencia de lo mejor que guarda mi alma, de mi espíritu y de mi buena voluntad, con todo lo que nos pertenece,  con todo lo que es lo nuestro,  lo que es  de todos, sin distinción de nadie, e identificado con todos los que aquí vivimos y aquí habremos de morir.

MARIO

Septiembre 11El americano medio es un ser optimista, religioso, poco dado a la ironía, nada interesado en el resto del mundo pero convencido de que su país es el más grande, el más civilizado, el más justo, el más democrático, el más poderoso y el más invulnerable en la historia de la humanidad.

Después del ‘Armagedón’, como decían en algunas cadenas de televisión de Nueva York, que aconteció ayer, cien veces más devastador para la psicología americana que Pearl Harbour, o que Vietnam, todo ha cambiado para siempre. La visión que han tenido los americanos de ellos mismos, y de su relación con el resto del planeta -y hasta posiblemente con dios- ha sido permanentemente modificada. Ya no hay respuestas simples, claras para todo. Sólo hay preguntas. Tras frotarse los ojos ayer por la mañana y dar fe de que lo que estaba viendo en televisión no era una delirante película de ciencia ficción, sino imágenes de algo que estaba realmente ocurriendo en Nueva York, la primera reacción del americano en Chicago, o Los Ángeles, o Dallas habrá sido una de profunda estupefacción. Enormes catástrofes de este tipo, si es que ocurren, ocurrirán en otros países, habrá pensado. No aquí. A nosotros no nos pueden atacar así, matarnos como si fuéramos moscas.

Y es normal que así piense, no sólo porque lo acontecido ayer en el noreste de los Estados Unidos rebasa las peores pesadillas del militar más paranoico del Pentágono, sino también porque los Estados Unidos, en lo que a territorio geográfico se refiere, nunca ha sido un país víctima. Estados Unidos ha atacado a otros países, ha sido el agresor. (Aunque siempre, siempre a favor de una causa justa, piensa nuestro americano medio.) Estados Unidos lanzó las bombas sobre Hiroshima y Hanoi, pero jamás se hubiera imaginado que Hiroshima y Hanoi se repetirían en Washington y Nueva York.

¿Quién nos podría odiar tanto? ¿Por qué? ¿No somos no sólo el país más rico del mundo sino también el más bueno? En un país en el que apenas el 10% de la población posee pasaporte, en el que menos del 10% podría señalar España (ni hablar de Irak o Afganistán) en un mapamundi, en el que la liga nacional del deporte favorito de su pueblo, el béisbol, se llama ‘la Serie Mundial’, y el ganador ‘el campeón del mundo’, en el que -en fin- se considera en general que el planeta más allá de las fronteras de los Estados Unidos carece totalmente de importancia, no es de extrañar que la gente se sorprenda al descubrir que hay muchos seres humanos que detestan al país que algunos llaman el Gran Satanás.

Y no sólo en Oriente Próximo. Es curioso, por ejemplo, por no decir extraordinario que, con poquísimas excepciones, los americanos no tengan la más mínima conciencia del mal que hicieron en Centroamérica, y en Chile y en otros países de su hemisferio, durante los años ochenta. De las víctimas que cobró la política del presidente más querido en los Estados Unidos desde Kennedy, Ronald Reagan.

Pero la confusión que siente el americano medio hoy es más profunda. Más allá de la sorpresa que experimenta al descubrir el nivel de su ignorancia ante los problemas del mundo, siente como que los cimientos de su mundo se han venido abajo. El americano es una persona que cree en grandes verdades, ‘verdades evidentes’, como dice la Declaración de Independencia, y una de ellas es que Estados Unidos, el país al que en casi todos los casos huyeron sus antepasados en busca de una vida más segura y mejor, es una fortaleza contra los males que podrían existir en el mundo externo, desconocido. Fortress America, ‘Fortaleza América’, es la expresión que utilizan hace mucho tiempo.

Pero de repente si aquellos dos magníficos símbolos del poderío económico y militar de los Estados Unidos (‘la hiperpotencia’, como dicen los franceses), como lo son el World Trade Centre y el Pentágono, son vulnerables, entonces todos somos vulnerables. Pensábamos que podíamos ir a la guerra sin que muriesen nuestros soldados. O, más bien, se lo exigíamos a nuestros políticos. Guerras de sangre ajena. Y resulta que ahora están muriendo miles y miles y miles de civiles. Y lo que es especialmente desconcertante, lo que marca una de las muchas diferencias de magnitud con Pearl Harbour, es que ni siquiera sabemos exactamente quién es el enemigo. Nos han atacado, pero nos han dejado ciegos, incapaces de ver -por más CIA, FBI, por más satélites espías que podamos tener- quién fue nuestro agresor.

Todo lo cual significa que nos va a costar de ahora en adelante ser tan optimistas frente al universo, y el optimismo es, o ha sido, nuestra característica nacional. La que nos distingue de los europeos, gente irónica, cínica, que ha sufrido grandes desastres a lo largo de la historia en carne propia, que ha visto la pérdida de su invulnerabilidad, la caída de sus imperios.

La otra gran característica del americano es que ve el mundo en blanco y negro. El mundo, como predica el mismo presidente Bush, se divide entre malos y buenos. El cristianismo americano, el más ferviente del mundo occidental, es un cristianismo que da más énfasis al Antiguo que al Nuevo Testamento. Con Cristo existen matices. Para los profetas la vida era más simple. La justicia era cuestión de ojo por ojo. En los Estados Unidos no hay debate sobre la pena de muerte. Es justa y necesaria y no se discute más.

La venganza de los Estados Unidos, desde ya salvaje contra su propia gente, será bíblica contra aquellos que provocaron el Armagedón, la pérdida definitiva de la inocencia americana.

Publicado en El Diario El País. El 12 de Septiembre de 2001

Vista del Palacio 1950En un lugar a orillas de una bahía y en la desembocadura de un rio, hubo una vez un pueblo, muy especial por cierto, pero que bien podría ser cualquier otro pueblo de la tierra, y hubo una vez un tiempo, que bién  pudo ser también otro  tiempo de la historia  Un tiempo en el que hubo mucho malestar, hubieron muchas acusaciones, hubieron muchas  injusticias y un tiempo en el que los reproches eran muchos y el pueblo se sentía irritado, indignado y muy quejumbroso  de todo cuanto habían padecido y soportado de sus líderes.

Un buen día, caminando por la rivera del rio un lugareños hizo un hallazgo.  El rio era uno que  todos llamaban Rio Hondo,  y  lo mismo había establecido límites  que llevado vida  y prosperidad a los lugareños  de aquel  remoto lugar de la tierra. Un lugar costeño poblado lo mismo por mayas, que por mestizos, ingleses y piratas.  De entre las piedras de aquel rio, se había encontrado un tesoro. Era una cajita bien sellada que parecía esconder algo muy secreto y muy antiguo, pues las piedras que escondían el hallazgo lucían gastadas y bruñidas,  denotando muchos años de estar guardando aquella diminuta e intrigante caja.

La noticia de la cajita del rio corrió como pólvora por el pueblo.  Conocer el contenido  despertó mucha inquietud y curiosidad entre los habitantes del pueblo. Se decía que la cajita era milagrosa, y que en su interior guardaba secretos ancestrales, secretos y recetas que curarían muchos males, y en especial esos que muchos padecían.  La gente decidió que la caja se abriera públicamente ante la presencia de todos. Así se hizo y la cajita fue llevada a la plaza pública, aquella conocida como la explanada de la bandera, a orillas de la bahía y muy cerca del muelle de la localidad.

Allí, ante el pueblo congregado en tumulto, la cajita fue abierta y su contenido dado a conocer.  En efecto, como muchos sospechaban,  la caja contenía un secreto, el secreto era una carta que al momento fue leída en voz alta a una  audiencia  que: lo mismo estaba  intrigada,  irritada y descontenta, que atenta  y expectante .  La carta decía así:

Señor, Si un día estuviera sofocado, lleno de ira, harto de los malos gobiernos, con deseos de vengar mi descontento e insatisfecho conmigo mismo y con el mundo a mi alrededor, solo pregúntame:

Pregúntame, si quiero cambiar la luz por las tinieblas.

Pregúntame, si quiero cambiar la mesa puesta, por los restos que tantos buscan en la basura.

Pregúntame, si quiero cambiar mis pies por una silla de ruedas.

Pregúntame, si  quiero cambiar mi voz, por las señas.

Pregúntame, si  quiero cambiar el mundo de los sonidos por el silencio de los que no oyen nada.

Pregúntame, si quiero cambiar el diario que leo y después echo a la basura, por la miseria de los que van a buscarlo para hacerse con él una manta.

Pregúntame, si  quiero cambiar mi salud, por las enfermedades de tanta gente.

Pregúntame,  si quiero vivir en paz con lo que he logrado, o en constante guerra por lo que me falta.

Pregúntame, si debo seguir sintiendo rabia o si debo buscar mi reconciliación sin negar tus enseñanzas.

Pregúntame, hasta cuándo no reconoceré tus bendiciones, para hacer de mi vida un himno de alabanza y gratitud y decir, todos los días, desde el fondo de mi corazón:

Gracias Señor por poder ver un nuevo día.

Mario.

VotantePOLINIZACIÓN CRUZADA

Una reflexión en tiempos de campañas.

En estos tiempos de campañas políticas pienso que debemos ser, como dice el poeta, solo aves sobre el pantano, siempre cuidando nuestro plumaje y observando el lugar más limpio para aterrizar. Sobre este tema viene a bien esta reflexión:

Un agricultor tenía el mejor cultivo de maíz. Cada año llevaba su maíz a la feria del estado donde le galardonaban. Un año un periodista lo entrevistó y se enteró de algo interesante acerca de cómo cultivaba su maíz.

El reportero descubrió que el agricultor compartía su semilla de maíz con sus vecinos. “Cómo puede darse el lujo de compartir sus mejores semillas de maíz con sus vecinos cuando están entrando en competencia con la suya cada año?

Por qué lo hace señor? Pregunto el reportero.

El granjero respondió: “Porque el viento recoge el polen del maíz maduro y lo mezcla de campo en campo. Si mis vecinos cultivan maíz inferior, la polinización cruzada degradará de manera constante la calidad de mi maíz. Si quiero cultivar buen maíz debo ayudar a mis vecinos a cultivar maíz bueno también.” Así es con nuestras vidas… Los que quieren vivir de manera significativa deben ayudar a enriquecer las vidas de los demás, porque el valor de una vida se mide por las vidas que toca. Y aquellos que eligen ser felices ayudan a otros a encontrar la felicidad, porque el bienestar de cada uno está ligado al bienestar de todos…

Llámalo poder de la colectividad…

Llámalo un principio de éxito…

Dí que es una ley de la vida…

¡¡El hecho es que ninguno de nosotros realmente gana hasta que todos ganamos!!

Detengamos esa escalada de odio, de frustración, de envidia y de codicia malsana que guía las intenciones de la gente. Se quiere quedar bien con uno denostando, calumniando o insultando al otro. Eso no puede ser sano. Al hacerlo solo mostramos lo malo que habita en nosotros, solo sacamos las envidias y los deseos de venganza por todo lo que está mal en nuestra vida. El hacerlo no nos eleva, solo nos degrada. El hacerlo nos convierte en peones y en masa manipulada al servicio de intereses escondidos, de apetitos insanos, de intenciones aparentes y pasiones oscuras; esas que en todo lados hay y no son nuevas; esas que tanto nos disgustan y desatan nuestra ira.

No olvidemos que no nos toca hacerla de jueces para juzgar, sino de votantes; que sin pelear ni enemistarnos, debemos decidir e ir a votar. La vida sigue y seguiremos en el mismo barco, siempre viéndonos y conviviendo entre personas, entre familias, entre gobernantes y gobernados.

Lo nuestro es: Elegir al mejor o al menos malo.

Hagámoslo con serenidad y prudencia, con clase e inteligencia, procurando sabiamente escoger entre las opciones que existen, sin contaminar, ni contaminarnos.

Mario.

Doña Rosa AbuxapquiMe entero de  la  triste noticia del fallecimiento de Doña Rosa Abuxapqui Abuxapqui, personaje del Chetumal de mi niñez que recuerdo con cariño. Doña Rosa nos  dice adiós y le da también el último adiós  a esta tierra que deja marcada con  la huella de todo cuanto ella fue en su niñez, en su juventud, y en su larga etapa de esposa fiel, viuda y madre amorosa.

Doña Rosa fue de talante enérgico, de mano franca y de corazón generoso. A  ella le tocó sola educar a sus hijos ante la muy temprana partida de su esposo y compañero. A ella el día de ayer la sorprendió un  inesperado   infarto al corazón que  ha terminado con su vida a sus  86 años. Ella con su sorpresiva partida es un miembro más que se va   de una numerosa como antigua  familia,  rica en recuerdos, anécdotas y en historias del Chetumal del ayer.

Una familia conocedora de nuestro génesis,  que fue creciendo, prosperando y arraigándose,  tanto a nuestros  inicios como a nuestros principios. Una familia que como la ciudad se fue moldeando desde aquel  viejo Payo obispo del  agreste Territorio Federal,  hasta  convertirse en lo que hoy es.

Doña Rosa es heredera de una estirpe pionera y legendaria de  gente  que se distinguió por su espíritu, por su trabajo y  por su tesón. Gente que dejó todo y desde remotas tierras vino a dejar todo  y a construir todo.  Doña Rosa  como hija de don Elías y doña Manuela, tomó de ellos lo mejor para integrarse a esta tierra y aquí formar  su propia familia. Así  se unió, a mediados de la centuria pasada, a su señor esposo para formar la familia Espinosa Abuxapqui.

Una familia muy nuestra  formada con los valores de un padre que falleció en un acto de heroísmo, al salvar de la muerte a una criatura,  y de una madre con los rasgos  de carácter y de lucha adquiridos en nuestra tierra.  Ella fue una verdadera guerrera especialmente dotada para la lucha. Hoy los dos, Doña Rosa y su esposo, se han ido, lo mismo que  su hijo Cristian, pero les sobrevive su primogénito aquel niño que durante el huracán Janet de 1955, protegiera entre sus brazos, desafiando el viento en aquella noche de oscuridad, de destrucción, de horror y de muerte. Quería con su niño alcanzar la Escuela Belisario Domínguez, en una angustiosa carrera desde aquella muy antigua juguetería de aquel ya muy viejo Chetumal. Aquella juguetería   era el “Quiosco López”,  ubicado en la Avenida de los héroes. Allí  nos atendía  su propietario y fundador, un viejecito tierno y juguetón que tocaba la armónica y nos enseñaba los juguetes, un hombre de su tiempo y personaje de nuestra infancia  que vivirá por siempre en nuestros muy gratos y muy dulces recuerdos. Aquel Viejito de lentes gruesos y de sonrisa amable era el  amigo de todos los niños y de todos los adultos  de aquel Chetumal de antaño. Don Ángel López había llegado a principios de siglo a la ciudad y comenzó su larga y exitosa carrera de comerciante  vendiendo sobre el camellón de la Héroes baratijas sobre una manta, una manta que  tiraba en el suelo y sobre ella su mercancía. A ese don Ángel  los niños,  y también los adultos,  le decíamos  con  mucho cariño “Don Chile Seco”. Su Juguetería tenía   una leyenda  que acompañaba a  su singular fotografía  que decía; “Este tipo vende de todo”.

Y retomamos la historia de Doña Olga con  su hijo en brazos luchando contra el viento, las láminas de los techos de las casas de madera, la oscuridad casi total, alumbrados  solo por la luz de los relámpagos, sorteando  postes de luz, cables del alumbrado público y zanjas tapadas por el agua de la intensa lluvia. Aquel torrencial aguacero cuyas gotas herían la piel como si fueran  tachuelas. Doña Rosa estaba, acompañada de la familia López y de su hermana Olga, su objetivo  era  alcanzar  la parte alta de la ciudad y refugiarse en la Belisario o en el hotel Los Cocos.

Ante la muerte que les amenazaba, en un  acto de desesperación y de angustia, uno de los miembros del grupo familiar  rompió el cristal de una ventana de una de las casa de mampostería que había en el camino. Por el hueco de la ventana hizo pasar a una pequeña niña de meses, el nombre de la  niña era Salma López,  una sobrina de Doña Rosa y prima hermana de su hijo en brazos. Doña Rosa Nunca soltó a su hijo, podría morir antes que desprenderse del fruto de sus entrañas. Finalmente  guiados solo por la luz de la fe en Dios,  y protegidos por la misericordia divina,  la familia entera, aunque sin la niña, alcanzó la escuela Belisario.

Recordar este pasaje de la historia de la vida de doña Rosa, es recrear una de las muchas historias de aquellos duros momentos de nuestra propia  historia que es intrínseca a la historia de nuestra ciudad.  Momentos  de dura prueba y de desafíos,  de coraje, de entrega y de abnegación. Momentos de desdicha y de lágrimas a los que muchos chetumaleños  no sobrevivieron, no obstante su titánica lucha por alcanzar la cima, la cima de aquel cerro que significaba para ellos, y para nuestra ciudad la supervivencia.

Pero doña Rosa sobrevivió, y es ahora,  cuando han transcurrido  60 años que nos dice adiós, después de toda una vida y de una labor cumplida, como hermana, como hija y como madre. Una madre que vio  de cerca la muerte y no sucumbió.   Y pienso que no sucumbió porque  tenía dos  misiones que cumplir, proteger la vida de su hijo entre  sus brazos y levantar una familia que diera testimonio de sus luchas,  una familia de gente buena,  una familia que esparciera esta tierra con sus semillas.

Hoy los hijos de esta noble tierra resurgida de la dura prueba de  aquel terrible huracán, rendimos un respetuoso homenaje a doña Rosa, y presentamos nuestras condolencias a su familia, la familia “Espinosa Abuxapqui”.   Hoy también me pregunto, quién le habría de decir a doña Rosa, en aquellos momentos que luchaba contra el terrible huracán,  que el hijo de sus entrañas, su primogénito, el que como fiera protegía de la furia de los vientos y de la muerte, su hijo Eduardo Espinosa Abuxapqui, en su carácter de presidente municipal, 60 años después de aquella tragedia, estaría  recibiendo las innumerables condolencias de toda la gente de su pueblo, ese pueblo orgulloso del valor de lo nuestro,  que lo mismo que ella se negó a morir, y resurgió de sus cenizas.

Mario Aguilar Vargas.

Los parques y la explanadaEste 27 de Septiembre se conmemora un año más del Janet, el terrible huracán que destruyera la ciudad y marcara la historia de Chetumal en un antes y un después.

Bastante se ha escrito y hablado de aquel trágico día  y mucho hemos contado de sus desgarradoras historias.  En esta ocasión  quiero recordar a Janet para hacer un recuento de cómo era la vida y las costumbres en la vieja ciudad; y cómo,  gradualmente, con el paso del tiempo, la ciudad y sus habitantes fueron cambiando y asimilando los adelantos, las nuevas costumbres y los nuevos hábitos de la modernidad.

Recordar a Janet despues de transcurridas más de seis décadas, es volver a un pasado lleno de nostalgia y romanticismo.  Un pasado lleno de vivencias personales que nos dan  derecho de pertenencia a esta ciudad renacida de una catástrofe. Cuando hablo del derecho de pertenencia me refiero más bien a ese derecho adquirido más por el haber renacido de las cenizas  que por el llamado derecho de nacimiento.

Como testigos presenciales de la devastación y como parte de la reconstrucción,  recordar esos años es hacer un repaso por lo que fuimos, atestiguamos, sufrimos y gozamos en el antiguo Chetumal. .

Es hacer un ejercicio mental y un recuento de hechos y acontecimientos que son los que dan forma a lo que ha sido nuestra historia, la que no puede contarse, o recordarse sin revivir cada año esta importante fecha conmemorativa.

Y es que recordar esa fecha conmemorativa, obliga también a hacer un recuento personal de lo que fue nuestra niñez, nuestra adolescencia y nuestra  juventud en la muy pequeña ciudad, es repasar nuestra vida de solteros, de recién casados y de padres con hijos pequeños en tiempos de pocos haberes y muchos deberes, de duro escalar, de lento subir,  de mucha energía, y de muy poca experiencia

Y por todo eso recordar a Janet es volver la mirada atrás a lo que fue nuestra propia aventura en una empinada cima, hacia un incierto destino, sin los modernos navegadores GPS con los que hoy contamos, y sin teléfonos celulares que nos marcarán el rumbo y el destino.

Ahora nos toca ver a los hijos y los nietos escalar  su propia cima en una ciudad más comunicada y más adelantada.  Ahora nos toca verlos  andar  sus propios caminos, superar  sus obstáculos, y dirigirse a  su destino, en esta  ciudad tan diferente de la que nos tocó vivir.

Recordar el aniversario  de Janet es también revisar muchas cosas que se han vuelto antiguas  y se han vuelto historia; muchas cosas que nos dan mayor calidad de vida, esas cosas  que con los adelantos nos llegaron pero con las que perdimos esa paz y tranquilidad de antaño.

Y en ese ejercicio de revisar lo que con el tiempo ganamos, y también perdimos en la ciudad, es que me encuentro caminando por  por el boulevard bahía y me detengo en  “Punta Estrella” a contemplar la belleza del paisaje.

Veo Consejo, el obelisco, el muelle  y el manglar. A lo lejos  distingo también la vela de un barquito  que imagino viene  de Xcalak, ese viejo pueblo de pescadores, que igual que nuestros años mozos quedó en el pasado. Es uno de aquellos casi extintos  botecitos  de vela, que provenientes de Xcalak y de la costa del Caribe, hacían su larga travesía para surtir  de pescado fresco a aquel mi viejo Chetumal.

Reparo en el  edificio del Congreso, nuestro símbolo de mayoría de edad como estado independiente, y recuerdo que en ese mismo lugar estuvo la escuela primaria Álvaro Obregón. Me pregunto que habrá sido de la vida y los anhelos de tantos amigos y amigas  que allí conocieron  las primeras letras. Debo decir que tanto  la escuela Alvaro Obregón como la Belisario domínguez, fueron las dos primarias de gobierno  donde  muchísimos  chetumaleños aprendieron las primeras letras. Y al recordar estas dos antiguas escuelas  de Chetumal es obligado recordar al profesor Santana,  al profesor España Cruz, al Profesor Ángel Gonzalez, a la profesora Obdulia, a la profesora Chabelita Medina, a la profesora Socorrito Garma, a la profesora Paulina Mólgora, a la profesora  Rosita Castro, al profesor Yanuario Pech y  otros muchos maestros y maestras que con su trabajo docente dejaron en nosotros gratos recuerdos.

Y desde Punta Estrella dirijo la mirada hacia Tamalcab y recuerdo que a un costado de la casa de don Salomón Mingüer, la que no ha cambiado desde entonces, había una bella construcción de madera donde estaban las oficinas de la forestal, aquella oficina encargada de dar los permisos para la explotación de  los bosques del viejo Payo Obispo. Era una bella casona de madera que conocíamos como  “La Forestal” y en sus alrededores había pinos, caminos y veredas las cuales fueron,  para muchos de nosotros, lugar preferido para nuestras correrías  y aventuras de chamacos.  Detrás de aquella vieja casona de estilo inglés, estaban los campos llaneros de futbol y beisbol, ubicados estos en lo que en años anteriores fue el campo aéreo Francisco Sarabia. Aquel campo aéreo  del viejo Payo Obispo que funcionó en el primer cuarto del siglo pasado y que estaba bordeado por el faro y el cuartel de la  compañía fija. Fue en ese cuartel de la compañía fija donde muchos de nosotros hicimos servicio militar. Detrás del cuartel, hacia el norte, rumbo a Juan Luis y Calderitas, estaban los cocales. Entre ellos  serpenteaba un camino  que pasaba por ranchitos costeros, ranchitos  como el de los Montalvo. Seguía el caminito entre los cocales y pasaba por el poblado de  Calderitas, llegando hasta “Trincheras” e “Ixpatún”; terminaba el camino en lo que ahora conocemos como Oxtankah.

Y  siguiendo con los recuerdos del viejo pasado llego a los tiempos de la explotación del chicle y la caoba.  Veo a los chicleros y monteros bajar de la selva a cobrar el fruto de su rudo trabajo. Los veo  llenar  las cantinas. Los veo derrochando sus rayas en frenéticas  borracheras y los veo también  haciendo uso de las mujeres de alquiler.  Mirando hacia la desembocadura del rio Hondo recuerdo las viejas  gabarras, que cual fieles centinelas fondeaban en la bahía muy cerca del muelle Nachi Cocom. A ellas  llegábamos nadando desde el muelle en días de aventura.   No olvido la vieja  gabarra del señor Noverola, aquella que, cotidianamente,  dragaba arena  del fondo de la bahía para venderla como material de construcción en vez del conocido polvo de piedra. En ese tiempo no habían quebradoras. Con arena del fondo de la bahía se construyeron edificios como el palacio de Gobierno y el estadio Ignacio Zaragoza, entre otros.  Recuerdo también  el pequeño Astillero de Mr. Dick que se ubicaba a un costado de la bocana del rio, donde subían a reparar, fabricar y calafatear las embarcaciones de aquellos años. Y en ese largo ejercicio mental,  recuerdo  el viejo rastro, ese que se situaba  donde ahora está el tribunal Superior de Justicia;  allí íbamos a ver la matanza de reses y  cerdos. Entre los matarifes  de aquel viejo rastro estaban Edgar Pacheco que mataba las reses  y el famoso “Indio” García, que mataba los puercos. El “Indio”  junto con “doña Ponza, fueron los porristas, gritones y animadores en los eventos deportivos por muchos años. Hoy ambos fallecidos, quedan en nuestros recuerdos.

Otro de esos viejos recuerdos   era el  festejo del primero de Junio, el  día de la marina. En esa fecha se efectuaban regatas de veleros, competencias de palo encebado, carreras de sacos y zancos,  y carreras de bicicletas. Realmente era un día de gran fiesta pueblerina que nos congregaba a todos.  Una  fecha de gran relevancia  en la  que al igual que en las fechas del carnaval, era día de  verbena popular y de  jolgorio. Estas verbenas tenían lugar en los alrededores de la explanada de la bandera, frente al palacio de gobierno y en los tres parques: el de la madre , el del maestro, y el parque Hidalgo.

En años posteriores a Janet, a finales de los 50 y principios de los 60s,  sólo había  un cine, el Ávila Camacho.  En esos años  la policía del territorio, con el mayor Garay al frente, sin contemplaciones, ponía orden en el pueblo.  Tanto la policía, como el mayor y la  “Perrera”, como le decíamos a la patrulla, eran símbolos de terror para chicos y grandes del pueblo.

Pero también recuerdo que no obstante el autoritarismo y el extremo temor a la policía y al gobierno de Margarito Ramírez, un movimiento de ejidatarios, originado en el poblado de Nicolás Bravo, surgió  por aquellos años.  Fue una marcha y un plantón de campesinos ejidatarios frente a palacio. Protestaban por la   la inequidad en el reparto de los beneficios de la explotación de  la madera de los bosques. Finalmente, después de muchos meses de plantón frente a palacio, el movimiento  logró  poner fin al gobierno de Margarito Ramírez y con  ello terminar  con una larga época de  gobernantes broncos y autoritarios. Terminó también una etapa  de nuestra vida como territorio federal en la que nuestra voz fue poco escuchada por nuestros gobernantes,  y nuestra suerte dependía de las decisiones tomadas en el centro del País.

Después  de  Margarito Ramírez vino Aaron Merino Fernández, le siguió Rufo Figueroa,  luego  Javier Rojo Gomez y  finalmente   David Gustavo Gutiérrez Ruiz,  con este último  concluyó nuestra historia como territorio federal. Durante los años, posteriores a la salida de Margarito Ramírez,  aún cuando seguíamos siendo gobernados desde el centro del país,  vimos llegar cierta prosperidad.  Fue durante los gobiernos referidos cuando  vimos la llegada de servicios, como el  teléfono, el agua potable, y la televisión en los hogares;  se abrieron y pavimentaron  calles, se abrió la comunicación por carretera con el resto del país y  Chetumal tomó importancia como zona libre y por lo tanto lugar para adquiirir artículos extranjeros. Fueron tiempos de auge comercial, debido a que muchos de los artículos que aquí se adquirían, su importación estaba prohibida en el resto de la república. Con el auge del comercio de importación y el nacimiento del nuevo Estado de Quintana Roo, en 1974, nos llegó una nueva etapa de progreso, una etapa de autonomía y una etapa de participación cívica y política. Fue realmente  una etapa de modernidad  que abrió nuevos espacios y nuevas oportunidades para muchos de nosotros, tanto lo  laboral, lo comercial, como en lo político .

Y continúo en los recuerdos y observo el obelisco  con el  viejo reloj  de la explanada. Me pregunto  cuantas vueltas desde entonces  han dado esas  viejas agujas que sobrevivieron a Janet, y me pregunto también cuantas veces sus campanas han sonado para anunciarnos  nuevas horas,  nuevos momentos, y nuevos amaneceres.

Su constante tic tac  parece recordarnos que el tiempo no se detiene y que las cosas, por bellas o sufridas que sean, van quedando en el pasado; que como nuestros ancestros y como el huracán Janet, todo va quedando atrás.  Parece recordarnos que el siglo y el  milenio terminaron,  de la misma forma  como  termina  la primavera y llega el verano, y cómo,  después del verano,  llega  el otoño.

Y con esa sensación de nostalgia muy personal,  causada por el otoño de mis años vividos, termino el ejercicio anual de los recuerdos en este aniversario del trágico huracán Janet de 1955. Pido a Dios me conceda vida para repetir este ejercicio el próximo año.

Mario Aguilar Vargas.

 

No existe familia perfecta

El Papa FranciscoNo tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas de unos a otros. Nos decepcionamos los unos a los otros.

Por lo tanto, no existe un matrimonio saludable ni familia saludable sin el ejercicio del perdón.

El perdón es vital para nuestra salud emocional y sobrevivencia espiritual. Sin perdón la familia se convierte en un escenario de conflictos y un bastión de agravios. Sin el perdón la familia se enferma. El perdón es la esterilización del alma, la limpieza de la mente y la liberación del corazón. Quien no perdona no tiene paz del alma ni comunión con Dios.

El dolor es un veneno que intoxica y mata. Guardar una herida del corazón es un gesto autodestructivo. Es autofagia.

Quien no perdona enferma físicamente, emocionalmente y espiritualmente. Es por eso que la família tiene que ser un lugar de vida y no de muerte; territorio de curación y no de enfermedad; etapa de perdón y no de culpa. El perdón trae alegría donde un dolor produjo tristeza; y curación, donde el dolor ha causado enfermedad.

Papa Francisco