Category: De Bacalar


Bacalar y su pasado

El fuerte de Bacalar

El lugar con más historia, el más remoto  en el tiempo y el más  íntimamente ligado a nuestra identidad sureña  quizá lo sea Bacalar.  Conocer de su pasado es adentrarse en la conquista del Mayab y entender la clase de personas que fueron sus protagonistas. Es también  revivir la sed de conquista y la obsesión por riquezas que condujo a temerarios hombres  por los confines de la selva tropical hasta  la apartada e indígena Bakhalal; aquel  lugar era el más escondido y alejado de la civilización peninsular, situado a orillas de una gran laguna, que colindaba a una bahía  y que mezclaba  sus aguas con las del rio hondo,  ese rio que es frontera y límite de nuestro país, además de ser referente de nuestra identidad sureña, esa nuestra identidad que es producto de una mezcla de usanzas y costumbres,  lo mismo mayas, que inglesas y caribeñas.   Y es que cuando investigamos el pasado de Bacalar volvemos el reloj del tiempo  a momentos  de conquista,  de epopeyas, de rescates y de épicas aventuras, todas ellas acontecidas en torno a  la llamada “La Troya Peninsular”.  Recordar todo lo que ha sido la historia de Bacalar es también recordar que en todos los tiempos y en todas las razas, el hombre, sin distinción de credo,  va dejando a su paso por la historia el testimonio  de lo heróico y lo pirata, de lo noble y de lo  salvajemente cruel, de lo generoso y  de lo egoísta, y de lo virtuoso y lo defectuoso que cohabita en él.

 Porque recorrer  la historia de Bacalar es asomarse a un largo período de la historia de la conquista del mayab, historia   de cruentas luchas, de salvajismo, de dolor,  sufrimiento  y muerte. Y es que hoy al ver Bacalar convertido en cabecera municipal del décimo municipio de Quintana Roo y elevado a la categoría de  “Pueblo Mágico”,  con su bello fuerte, su parque y su espectacular vista hacia una laguna única por sus cristalinas y multicolores aguas, no podemos dejar de recordar   la frase del poéta  Díaz Mirón, en aquel su famoso poema “A Gloria”, que dice: “La perla nace del molusco herido, como  Venus nace de la amarga espuma”.   

 Y es que al hacer un recuento de los episodios de la  vida de  Bacalar como pueblo, nos encontramos que lo mismo tuvo momentos de gran auge como de  desolación. Lo mismo tuvo momentos de victoria como de  derrota; de gran importancia como de imperdonable olvido; de fortaleza como de desamparo; de paz como de zozobra.   Que lo mismo Bacalar es maya, que española,  heróica que monárquica, rebelde que   mexicana,  militar que pirata.  Y es por eso que Bacalar es  un poco de todo lo que somos, como sociedad y como personas, una parte de nosotros es luz y otra son sombras, un día estamos  arriba y otro estamos abajo, y lo mismo tenemos  momentos de bienestar y de sosiego que momentos de gran angustia y desolación.

Cuenta la historia que el primer español que llegó a esta tierra fue don  Alonso Dávila, un temerario navegante español escogido  por Hernán Cortez para conducir a España los tesoros hurtados en el palacio de  Moctezuma. En esa operación transatlántica Dávila fue apresado por un corsario francés que lo despojó de los tesoros, lo trató como esclavo  y lo llevó a Francia. De vuelta a España se encontró con Francisco de Montejo,  quien  en aquel momento preparaba la expedición para la conquista de Yucatán, Aloso  se enroló en sus filas. Fue el Francisco de Montejo, “El Adelantado”, quien lo envía a Bakhalal en busca del oro que tanto codiciaba y que se decía había en abundancia en la remota región del mundo del mayab.

Se desconoce la fecha en que nació Bakhalal como comunidad indígena pues la historia registra su fundación, como localidad de dominio español, a partir del año de 1544, cuando  Gaspar de Pacheco le puso el nombre de “Villa de Salamanca”, en honor del lugar de nacimiento del conquistador don Francisco de Montejo. Después la villa tomaría el nombre de San Felipe de Bacalar y finalmente el de Bacalar, como hasta hoy la conocemos.

Un 2 de Julio del año de 1800, con tan solo 48 hombres,  el Mayor General nativo de Bacalar don Ángel Remigio Rosado realizó una histórica defensa de la plaza y finalmente sucumbió  después de resistir  gallardamente el sitio de los indígenas. Por esta heróica acción don  Remigio Rosado pasaría a la historia como  el Ángel de la Villa de Bacalar, como lo refiere el historiador don Francisco Sosa en su libro “Mexicanos Ilustres”.

Como punto muy codiciado por los corsarios que infestaban la costa oriental de Yucatán, y debido a  la escasa vigilancia que el gobierno español tenía sobre  la Villa de Salamanca, ésta  fue invadida por un  corsario de nombre Abraham. Este sanguinario pirata, se apoderó de todo lo que encontró en la población,  mató a varios  habitantes y se llevó consigo a todas sus mujeres. Fue un capitán llamado Bartolomé Palomino el que con gran valor y arrojo, salió en su busca del pirata Abraham y  después de una feroz batalla, acontecida en los angostos canales de la laguna  Mariscal,  devolvió a las mujeres a la población.

Un 21 de febrero de 1858, otro  hecho siniestro y desgarrador sucedió en Bacalar.  En una silenciosa y oscura noche, mientras  las familias dormían y los soldados atrincherados en el fuerte aguardaban la vaga esperanza de ser auxiliados por el gobierno, el pueblo entero sufrió la más despiadada embestida de  una turba de 1,500 indios llenos de odio y sed de venganza. Los indígenas irrumpieron en la población acuchillando, incendiando, matando mujeres,  descuartizando niños y torturando, con lujo de crueldad, a los soldados. De este sangriento episodio resultaron 84 prisioneros de los cuales, se supo después, que cuatro hombres y cuatro niños fueron cruelmente sacrificados como ofrenda al “Príncipe de la Cruz”, y que de los restantes 76, entre  hombres, mujeres y niños,  solo quedaron sus esqueletos.

En 1901 cuando el General Vega, partiendo del campamento de “Sombrerete” situado  en el naciente puerto de Xcalak recobró sin resistencia Bacalar, lo que  encontró solo fueron centenares de viviendas calcinadas, ennegrecidos monumentos agrietados, veredas llenas de maleza, y piedras esparcidas por doquier de lo que fuera el fuerte y castillo de Bacalar.

A más de un siglo de distancia de estos hechos, al navegar por el rio, los canales y las aguas de laguna a gran velocidad, siento sobre mi piel el ardiente sol que me quema, la brisa cálida que  acaricia mi rostro,   mis cabellos que flamean sobre mis oídos,  y de mis ojos humedecidos el escurrir de lágrimas  a mis costados.

 Mi mente, a mayor velocidad que la de la lancha, recorre en retrospectiva el túnel del tiempo.  Viajo por  la historia y por los escenarios de las batallas me parece ver de cerca a los corsarios y los terribles hechos de sangre y de muerte de aquellos años. Son  imágenes de la historia de Bacalar que parecen estar en cada rincón que me rodea.  Mi espíritu se eleva y  mi mente vuela. Después de un momento vuelvo a mi realidad. Doy gracias de estar viviendo otra época y gozando de un lugar extraordinariamente bello, que muchos dicen es el paraíso. Mi  vista se fija en el horizonte mientras mi mente recorre caminos de reflexión. Algo dentro de mi me recuerda, que al igual que la legendaria Villa de Salamanca, un día podemos celebrar el  triunfo y otro podemos llorar la más dolorosa  derrota, y que también, después de los más  obscuros tiempos de penurias, debemos siempre de tener  la esperanza de llegar al paraíso, lugar donde reina la paz  y la dicha plena, esa paz y dicha plena  que solo viene de Dios.

Mario

Anuncios

Fuerte de BacalarA las tres de la mañana, refiere el historiador don Serapio Baqueiro, iniciaron su ataque los rebeldes con un ruidoso toque de generala por la parte Norte y cargaron sobre los reductos de la línea del Sur, apoderándose de los números 3 y 4. El 1, el 5 y el 6 se sostuvieron con extraordinario valor, sucumbiendo en el 5 gloriosamente el sargento de artillería Cirilo Reyes, al cargar un cañón.

El Mayor General don Ángel Rosado, que al frente de una guerrilla de 40 hombres se dirige al número 3, cae entre el enemigo y recibe cinco balazos que lo derriban al suelo; su gente retrocede de pronto, pero al echar de menos a su jefe, se lanza sobre el enemigo y consigue rescatar al Mayor General Gravemente herido. El Coronel Cetina se dirige a su vez hacia el frente número 1 y ordena al Teniente Coronel González que se haga cargo de la defensa. González llama al capitán norteamericano Samper y lo manda con 25 hombres a recuperar los reductos 3 y 4. Hízolo así el heroico Samper y a los gritos de ¡Viva México!, ¡Viva el Supremo Gobierno!,  Y ¡Viva Yucatán!,  toma de nuevo las trincheras perdidas. La situación se ha salvado.

Los indios no volvieron a intentar otro asalto pero conservaron sus atrincheramientos alrededor de la población. Y el 2 de julio, el querido Mayor General don Ángel Rosado, muere a consecuencia de sus gloriosas heridas, cuando solo contaba 48 años de edad. Don Ángel Remigio Rosado había nacido en la misma villa de Bacalar, el 2 de octubre de 1800, siendo sus padres el señor don José María Rosado, comandante militar de aquella plaza, y doña María Bernardina Estévez, originaria de Guatemala. Su padre, desde la niñez del héroe, lo instruyó en el arte militar y le enseñó la Ordenanza, que el discípulo siempre supo guardar escrupulosamente como militar pundonoroso y celoso del cumplimiento del deber.

Empezó por cadete y continuó su carrera, obteniendo sucesivamente sus grados como premio al valor y lealtad, y demostró no solo sus altas cualidades militares, sino también, según sus biógrafos, los sentimientos más nobles y generosos. Por esa razón fue muy estimado en la Villa de su nacimiento y conocido con el honroso nombre de Ángel de la Villa de Bacalar. Así lo refiere el historiógrafo don Francisco Sosa en su libro “Mexicanos Ilustres”.

Entretanto, prosigue Baqueiro, los sufrimientos de nuestras tropas habían llegado a ser horribles. El agua estancada y corrompida de los alrededores les caía en el estómago como un veneno, muy especialmente de la Laguna, en donde fue preciso poner una guardia para que no bebieran de ella. La lluvia se había desgajado a torrentes desde principios de mayo, de tal manera, que inútiles las pequeñas barracas levantadas en los reductos para precaverse de la intemperie, el soldado tenía que estarse mojando toda la noche, sin el consuelo siquiera de mudarse la ropa al otro día. Nadie dormía, nadie descansaba; no había un solo momento de reposo. Con un enemigo como los indios, tenaces y atrevidos, sin rival, a todas horas las fuerzas avanzadas tenían guardar la más escrupulosa vigilancia. De un extremo a otro de la línea de fortificaciones, podía decirse que todos estaban de centinela, pues los que no tenían esa consigna, y podían entregarse al descanso, y resolvían hacerlo aunque fuera sobre una piedra o entre el fango, inmediatamente tenían que ponerse de pie al grito del centinela que anunciaba al Cabo de Cuatro las rondas y contrarrondas que se multiplicaban.

Después de interminables sacrificios, sin médicos, sin medicinas, destrozados, los 250 hombres, resto de la animosa fuerza de los 700 hombres que habían salido de Sisal en el último tercio de abril de 1849, y habiendo tenido el Coronel Cetina que fusilar a varios soldados por el creciente número de deserciones que se registraban, logró al través de los diarios combates, levantar una muralla de piedra conque ciñó a Bacalar. Obra increíble en aquellas condiciones, que le permitía prolongar la defensa de esa plaza.

Los Colonos Ingleses de Belice y la Sublevación Indígena de 1847

Hacia 1850 fue enviado de México y empuñó las riendas del Gobierno de Yucatán el General Micheltorena quien desplegó un nuevo plan de campaña sobre los indios sublevados. Por esos días el Coronel Cetina envió a Mérida al Teniente Coronel González a implorar auxilios o relevo, habiéndosele enviado 500 hombres, frescos y sanos. El coronel Cetina, antes de ser relevado del mando, organizó una batida por los alrededores de Bacalar y el Rio Hondo, arrollando al enemigo y recogiéndole pruebas irrefutables de la activa injerencia de los ingleses en la Guerra Social de Yucatán y de su decidida protección a los indios.

En junio de 1850 el Coronel D. Patricio O’Horan organizó una nueva expedición de 700 hombres y se lanzó hacia Bacalar para reforzar la plaza, comandada entonces por el Teniente Coronel D. Isidro González, que había sustituido en el mando al Coronel Cetina. Hacía ocho largos meses que esta fuerzas no tenían la menor noticia de la capital. ¿Eran aquellos desgraciados, pregunta con razón el historiador don Serapio Baqueiro,  criminales destinados a sufrir su condena en Bacalar, o beneméritos soldados en defensa de los intereses de la patria?

Así transcurrieron varios años, los gobiernos íbanse sucediendo en Yucatán,  y Bacalar, olvidada a su suerte, veía cumplirse su sino.

El 21 de febrero de 1858, expresa una crónica de época, un horizonte sombrío, negro, aterrador, pesaba sobre Bacalar, sobre las desgraciadas familias y los pocos soldados, que consecuentes con su deber, quizás con sus afectos patrios, permanecían sin emigrar, pendientes de una dulce pero vaga esperanza, la de ser auxiliados; y en el silencio de la noche una fuerza de 1,500 indios, con esa sutileza propia y única del hombre de la selva, cae sin ser sentida sobre los pequeños cuerpos de guardia, los acuchilla, incendia, destruye, y aniquila, y embriagada con el triunfo, arrebata ferozmente, escarnece y mata a las mujeres, tiran y descuartizan a los niños y se ceban en los hombres con todo género de crueldades. Un momento de reflexión salvaje los contiene: piensan tomar vivos a los que quedan guardados en sus casas y otros lugares para utilizarlos como prendas de botín o para mejor saciar en ellos su ardiente sed de venganza: así lo ejecutan y al despuntar la luz de un nuevo día, se encuentran en la reclusión 84 prisioneros de diferentes sexos, edades y condiciones, de los cuales fueron escogidos cuatro niños y cuatro hombres para ángeles de la cruz. ¿Que sucedió con los 76 restantes? La historia lo sabe. Nosotros solo  nos damos cuenta de un triste montón de esqueletos humanos.

Cientos de casas calcinadas, destruidas, monumentos agrietados y ennegrecidos, calles silenciosas invadidas por el boscaje, eso fue lo que en 1901, recuperó la República cuando el General D. José María de la Vega arrebató a Bacalar del poder de los indios mayas, todavía insurrectos aunque en franca y no interrumpida armonía con los colonos de Honduras Británica, que de esta triste suerte, llenaban dos aspiraciones: continuar el usufructo ilegal de nuestros bosques y riquezas naturales, y vengar el ultraje que los españoles les infirieron en 1798 al dispersarles y arrasarles Belice.

Gabriel Antonio Menendez.

 

 

Que clase de hombres eran los conquistadores Ibéricos del siglo XVII. A veces evocando las hazañas y proezas de estos fecundadores  del seno de la epopeya, llegamos a pensar pasmados d admiración que fueron amamantados cual los gemelos romanos por una loba o que descendían en línea recta de los centauros mitológicos. Y eso parecía cuando hacían caracolear a sus briosos corceles de guerra blandiendo sus lanzas refulgentes para ensanchar los límites del mundo.

Quien era Alonso Dávila.

Alonso Dávila pertenecía a esa raza de gigantes. Reverenciaban a su rey, tenían fe en Dios, pero tenían más fe en su valor milagrero. Alonso Dávila el milagroso, aquel que fuera escogido por Hernán Cortez para conducir a España los tesoros hurtados en el palacio de  Moctezuma el Grande , el de las andas de oro, el que logró burlarla vigilancia de Diego Velázquez en esta ocasión pero que tuvo la desgracia de ser apresado por un corsario francés que lo despojó de los tesoros y lo llevó a Francia para tratarlo como un esclavo. De vuelta a España se encontró con Francisco de Montejo,  quien  en aquel momento preparaba una expedición para venir a Yucatán, y se enroló en sus filas aventureras.

Vino con él a Yucatán, lo acompañó en todas las desgracias y peripecias de la conquista del Mayab, y cuando el Adelantado ya se encontraba en Chichen Itza, acosado terriblemente por el clima que lo asfixiaba y por la soberbia de los indígenas que orgullosamente defendían su libertad y la integridad de su territorio, siempre  desesperado, siempre ansioso por encontrar el áureo metal, tomó la resolución extrema de enviar a Bakhalal a un pequeño grupo de su mermado ejército y escogió precisamente a Alonso Dávila, probado en todas las aventuras, para que se dirigiese a Bakhalal (Cerro de cañas), población remotísima de la costa oriental de la península Yucateca en la cual se la había informado que encontraría oro en abundancia.

Y Alonso Dávila fue lógicamente escogido por el Adelantado Montejo para encabezar a 23 jinetes que partieron a la remotísima Bakhalal indígena. Alonso Dávila escogió caminos secretos e iba luchando contra todas las fuerzas de la naturaleza que se oponían a su paso. A veces era un gran pantano que parecía absorber en una sola bocanada al caballo y muchas veces al jinete que sobre él cabalgaba. Otras veces eran terribles reptiles que se oponían a su tránsito. Al fin Dávila y sus hombres llegaron a Bakhalal y allí entonces tuvieron que vérselas con indígenas también resueltos a conservar a viva costa su comarca, y casi perece de hambre el pequeño destacamento comandado por Alonso Dávila, cuando éste tomó la resolución extrema de volverse para atrás, y después de una peregrinación llena de peligros y tormentos, apenas con una docena de hombres pudo legar a Campeche, en donde encontró al Adelantado Montejo que también milagrosamente había podido escapar de la ciudad sagrada de Chichén Itza. Desde ese momento la Bakhalal indígena comenzó a figurar de manera resonante en las páginas de la historia peninsular, antigua y moderna. Es como la Troya griega que resiste prolongados  sitios por el valor de sus defensores, que no sucumbe porque a pesar de la falta de elementos,  con que no  contaba Yucatán, y  el torrente inmenso y mortífero que  la colonia Inglesa de Belice proporcionaba a los mayas en un guerra implacable de exterminio, los yucatecos lucharon con heroicidad espartana para evitar, como lo evitaron a pesar de todo, la desmembración del territorio Mexicano por el sur.

Y en este punto tenemos que detenernos para hacer la breve historia de esta población que por primera vez figura en nuestra historia con el nombre indígena de Bakhalal y después con el nombre de Villa de Salamanca que le impuso su fundador Castellano el capitán Gaspar de Pacheco, en el año de 1544,  en conmemoración de la ciudad donde había nacido el Adelantado Don Francisco de Montejo padre. Después se llamó San Felipe de Bacalar y por último Bacalar, que es como figura eminentemente  en nuestra historia vernácula.

Bacalar fue un punto codiciado por los corsarios que infestaban la costa oriental de Yucatán, siempre indefensa porque el gobierno español no podía proporcionarla. Eran frecuentes las  irrupciones tremendas y violentas de los bucaneros que impensadamente caían sobre las poblaciones indígenas. Así sucumbió Bacalar  cuando fue invadida por un  corsario de nombre Abraham que se apoderó de todo lo que encontró en el recinto de la población, que mató a varios de sus habitantes y se llevó consigo a todas sus mujeres. Un capitán llamado Bartolomé Palomino salió en su busca, rescató a las mujeres después de haber tenido una batalla tremenda con los piratas y las devolvió a la población.

Un caballo de Cortés adorado

A principios del siglo siguiente (1616), en los relatos del  historiador Cogoyudo relativos a la pacificación de los Itzaes, la Villa de Salamanca figura unida al recuerdo de un suceso extraordinario:

Dos religiosos franciscanos, el padre Fray Bartolomé de Fuensalida y su compañero Fray Juan de Orbita, designados por el superior de la congregación a la que pertenecían, fueron comisionados para llevar la palabra evangélica  a los idólatras y salieron para la sierra dándose a conocer en Chunhuhub y llegando a Salamanca para principiar la conversión de los Itzaes. Desde allí solicitaron el permiso de su Caneck o rey para ponerse en comunicación con  ellos y convertirlos, mostrándoles los varios adoratorios que poseían enseñáronles uno en el que encontraron a un caballo modelado en barro: Era la imagen de una bestia semejante que Hernán Cortez a su paso por esa región, había abandonado por enferma. Los indígenas desde ese momento la idolatraron y en vez de dar al caballo hierbas propias de su alimentación le condimentaban guisos especiales y ensaladas que la bestia rehusaba hasta que al fin murió de inanición. Esta bestia fue llamada por los aborígenes Tziminchac o caballo de agua.

Diego el mulato invadió la población en 1642 y saqueó las casas apoderándose de cuanto encontró en ellas. En 1648 otro corsario a quien ya nos hemos referido, de nombre Abraham, invadió la villa situándose como su antecesor a corta distancia de ella. En 1652 el mismo pirata en revancha por la derrota que le había inferido el capitán Palomino vuelve a atacar a Salamanca dando muerte a aquel y desde ese momento no vuelve a figurar la Villa de Salamanca en el catálogo de las poblaciones yucatecas.

Otro relato sobre los orígenes de Belice

Y este es el momento oportuno en que debemos ocuparnos del origen de la colonia Británica que se llama Belice, porque ha sido el foco inexhausto de todo lo que se fraguó en contra de la península Yucateca, que entonces casi permanecía indefensa y se sostenía gracias al esfuerzo heroico de sus hijos.

He aquí el origen de esta colonia que tan trascendentemente ha influido en la vida de la Península Yucateca. Un bucanero escocés atrevido y emprendedor llamado Petter Wallace seducido por la fama de  las riquezas grandísimas que en aquellas extensiones atraían a los piratas recorrió la costa oriental de Yucatán a todo su largo, valido de la desolación que reinaba en ella a principios del siglo XVII. Con gran perspicacia de marino experto, recorrió el rio Hondo hasta que llegó a un punto en que la selva era propicia para la ocultación de los seres humanos y hasta de las mismas bestias y allí estableció un campamento armado con ochenta piratas que primeramente tuvo el nombre de Wallix y por último de Belice.

Este establecimiento de piratas fue ignorado por el gobierno Español hasta principios del siglo XVIII en que habiendo conocido su existencia ordenó al capitán general don Álvaro de Ribaguda practicar un reconocimiento a lo largo de la costa, y habiendo encontrado a aquellos filibusteros los desalojó de ese punto pero no dejó ningún destacamento ni lo fortificó, quedando por consiguiente siempre a merced de los piratas que hacían inesperadas irrupciones.

Relato del Album Monográfico
de Gabriel A. Menendez.

Laguna de Bacalar Q.Roo.Corría el año de 1935, dice don Gabriel Antonio Menéndez en su álbum monográfico, y en compañía de don Dimas Sansores, viejo y entusiasta agricultor de la localidad, me dirigí a visitar al señor Aurelio Jiménez Suarez, cuyas impresiones acerca del general Ignacio A. Bravo en Bacalar, durante los primeros años de este siglo, deseaba conocer.

El señor Aurelio Jiménez Suarez, era originario de Palizada Campeche pero educado en Jonuta, aunque ya es un Quintanarroense ciento por ciento. Su rostro tostado por el sol inclemente indica a las claras su profesión de agricultor.

Don Aurelio llegó a Payo Obispo por primera vez el 6 de Marzo de 1903 y según dice encontró a la población ocupada en levantar jacales para sus viviendas, y un jacal mayor para la Aduana Marítima.

Don Aurelio allí conoció, entre otras personas, a don Valeriano Córdova y a los Romero. Don Aurelio venía de Bacalar, ya ocupada por las fuerzas del general Bravo, con el objeto de adquirir algunas mercancías para sus menesteres como agricultor.

El Señor Don Aurelio era corresponsal en Bacalar del periódico “El Regenerador”, editado en la capital de la república. Este periódico, en 1905, publicó un párrafo que decía: “Nuestro patriota corresponsal en Bacalar nos ha escrito una larga correspondencia dándonos cuenta de todos los excesos y de todas las impotencias del militarismo allí reinante; información que creemos necesario que todo el mundo las sepa”:

Primera: En Bacalar no impera más ley que la del militarismo, Segunda: La Guerra de Castas, tan onerosa para el país, no está concluida, Tercera: La Seguridad y las garantías constitucionales son un mito.

Don Aurelio Jiménez, en el año de 1903, estuvo a punto de ser fusilado por el general Bravo debido a esta publicación. Fue presentado ante el General Bravo a quien explico sus motivos y los documentos en que apoyaba sus dichos. Extrañamente, contra su costumbre, el rudo general ordenó una “exhaustiva investigación” para esclarecer lo escrito en el “Regenerador”, puesto que tales afirmaciones eran muy comprometedores para su propia imagen y para la imagen de los demás jefes militares. Pocos como don Aurelio habían corrido con tanta suerte frente al implacable general Bravo.

Poco tiempo después de este incidente las tropas del 7º. Batallón de Infantería se retiraron, y después de ello, Bacalar fue despoblada y abandonada. Cuenta don Aurelio que entre los años 1903 y 1907, las gentes vivían ya entre ruinas en Bacalar. Las tropas buscaban a los indígenas mayas entre poblaciones como Chachoben, Petcacab, o San Isidro, pero estos sin presentar combate se escabullían entre la selva y emboscaban a los soldados federales, matando a muchos de ellos.

Por los más recónditos caminos espiaban los indígenas ocultos entre la espesura del bosque. Muchos infelices empleados de la Comandancia Militar, encargados de instalar la línea telefónica de Bacalar a Santa Cruz, hoy Felipe Carillo Puerto, fueron muertos a machetazos por aquellos irreconciliables rebeldes.

Fue una época sangrienta y despiadada de crímenes horrendos donde hubo indios que se les llegó a quemar vivos y por otra parte, los indígenas se ensañaban con los federales capturados como el caso de un capitán al que caparon, le metieron el miembro en la boca y lo colgaron de un árbol.

Este relato es solo un botón de muestra de la cruenta y larga historia de horrores y atrocidades acontecidas en Bacalar. Este interesante documento histórico viene a recordarnos los terribles sufrimientos de los pioneros y defensores de la heróica Bacalar.

Y es que por las bellas aguas de la bella Bacalar, hoy considerada pueblo mágico y admirada por su espectacular paisaje y sus siete colores, lo mismo flotaron caobas y cedros, que combatieron hidalgos caballeros contra piratas: lo mismo lucharon hasta la muerte mayas que españoles, conquistadores que conquistados.

Y es también un hecho que la laguna de los siete colores, lo mismo ha servido de pila bautismal que de lecho de muerte. Lo mismo ha servido para lavar mucha sangre, muchas lágrimas y muchas heridas, que para ser motivo de admiración, por su increíble belleza, de propios y extraños.

Pero, como dice con gran acierto el poéta: “la perla nace del molusco herido como Venus nace de la amarga espuma”.
Mario.