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Santa Cruz en 1915

Aspecto del día de la salida del General Ignacio A. Bravo de Santa Cruz, 1912.

Hasta el año de 1912, en la persona del General don Manuel Sánchez Rivera, enviado por el presidente don Francisco I. Madero como gobernador de Quintana Roo, llegaron principalmente al desdichado Territorio, entonces a Santa Cruz de Bravo su capital,  los primeros alientos libertarios de la Revolución iniciados el 20 de noviembre de 1910.

El General Sánchez Rivera, militar pundonoroso y hombre de honradez inmaculada, recibió del señor Presidente Madero el encargo de trasladarse a Quintana Roo a liberar del oprobio y la vergüenza de la “relegación” aquella entidad abandonada al capricho del General Ignacio  A. Bravo. Aunque éste y el General Sánchez Rivera  se conocían, mediaba un abismo entre los dos, pues el primero había sido un incondicional del régimen  porfirista, ya derrumbado, mientras el segundo con los señores general Francisco Naranjo y Jerónimo Treviño, fueron vistos  con mucha desconfianza por el dictador tuxtepecano, a quien juzgaban como un detractor de la república.

Durante 35 años el General Sánchez Rivera fue privado del mando de fuerzas, no obstante ser compadre de don Porfirio, así que, al estallar la Revolución maderista, tanto él como los generales Naranjo y Treviño,  se adhirieron  al movimiento, no solo por la amistad  que los ligaba con el padre de la democracia mexicana, sino  por sus hondas y arraigadas creencias cívicas.

Libertad a los relegados.

Transportado a Vigía Chico el General Sánchez Rivera, y a pesar de sus 64 años, de ir acompañado de tan solo 50 hombres de las fuerzas maderistas, mal armados de viejos Remington, pudo hacerse respetar del General Bravo, que con fuerzas de los batallones  26º  y 31º, aunque no se había señalado como enemigo de la revolución naciente, tampoco  parecía muy conforme con el cambio de Gobierno. El General Sánchez Rivera tenía instrucciones terminantes de enviar a la capital de la república al General Ignacio A.  Bravo,  quien,  después de  dos o tres días de conferencias, empeñó su palabra de honor de que se presentaría en la capital. Promesa que cumplió fielmente. Más,  antes de su salida,  el General Sánchez Rivera hizo concentrar en Santa Cruz a todos los deportados y reos políticos,  muchos de los cuales se hallaban en hatos chicleros abriendo brecha en los caminos que conducen a Bacalar y Peto; y aprovechando el aniversario de la Independencia Nacional, pues era el 16 de septiembre de 1912, arengó a los presentes exponiendo que con la Revolución del  señor Madero llegaba la libertad para las víctimas políticas de la dictadura, para lo cual proporcionaría, pasaportes, pasajes y dinero a quienes lo deseasen. Seguidamente, en pleno parque de Santa Cruz,  se sirvió un banquete al cual hizo sentar, sin excepción, a todos los que habían padecido los vejámenes del régimen caído. ¿Cómo relatar el tremendo alborozo de aquellas almas condenadas en vida a soportar las más cruentas privaciones y los despotismos más humillantes, y el júbilo de aquellos hombres esqueléticos,  incrédulos de que la realidad que se ofrecía ante sus ojos era muy distinta de la que esperaban?

Esa Noche,  inolvidable para los relegados, el comandante don Gabriel H. Carvallo,  que era de los más jubilosos, abrazando una vieja guitarra, fue a trovar a las puertas del cuartel en que todavía se encontraba el anciano general Bravo esperando el nuevo día para viajar a Vigía Chico, y de allí a Veracruz. Y le cantaba así: Yo tuve un águila y se me voló, yo tuve un águila y me abandonó. Era sordo y terrible el rumor que se escapaba de todos los pechos. Los  relegados estaban allí libres de cadenas ignominiosas y querían vengar las dolorosas afrentas que la dictadura les había inferido. Pero el señor General Sánchez Rivera, hombre de honor y de corazón bien puesto, no podía tolerar un atentado. Y el general Bravo se fue sin ser molestado por nadie. Se fue de su ciudad. De la ciudad que había hecho maldita,  para no volver más. Pero se fue su cuerpo, se fueron su sable y sus charreteras, porque su alma quedó presa en la malla que el mismo había tejido. Y su alma,  atormentada aún, en vaivén trágico, quizá turbe la paz de los campamentos  de Chan Santa Cruz y haga crujir los grilletes del recuerdo  que lo apresan, con furor epiléptico al pasado…

El señor General Sánchez Rivera, ayudado eficazmente por el entonces Secretario General de Gobierno,  señor  Enrique M.  Barragán, que a pesar de sus  quince años ya era un  muchacho impetuoso,  pero con impetuosidad dinámica y constructiva, se dedicó con ahínco a corregir los graves defectos de que adolecía la administración del general Ignacio A. Bravo. Tuvo acuerdos con el general indígena Miguel Cahuich y con los principales jefes  mayas,  de quienes supo de viva voz,  de la infamia de que no podían estar en paz porque así lo quería el jefe Bravo.  Entonces se comprobó plenamente que la pacificación indígena tenía mucho de fantástico y que el plán preconcebido del señor general Bravo, y perfectamente ejecutado, era el de hacer creer a las autoridades federales que Quintana Roo era un infierno y que solo él, pacificador de los indios, podía mantenerlo a raya.

El general Bravo manejaba a su antojo,  a los hasta ayer insurrectos indígenas mayas,  y así se repetía la historia de los conquistadores hispanos, y después la de los logreros de la política yucateca.  La verdad era,  que a excepción de unas cuantas tribus mayas,  que si guardaban actitud hostil ante los blancos, las demás ya no tenían ánimo de seguir batallando. Ni ánimo ni armas, pues con la recuperación de Bacalar, realizada en los últimos años del siglo pasado por el General José María de la Vega,  luego con la fundación de Payo Obispo por el hoy contralmirante Othón P. Blanco,  los colonos ingleses de Belice,  de ingrato recuerdo histórico,  ya no ejercían el ilegal comercio de armas con nuestros mayas, miles de los cuales ya se habían trasladado,  con todo y bagajes,  a la colonia de Honduras Británica.

Era tal el estado de abandono en que se encontraba Santa Cruz que los médicos militares, a quienes llevo en su expedición el general Sánchez Rivera, entre éstos los doctores José Gómez Arroyo y J. Pérez Castillo, no encontraron una gota de yodo, ni una pizca de algodón, ni una píldora de quinina, en el hospital en cuyo abastecimiento tantos millares de pesos había gastado la nación.

Llamado que fue por el señor Madero, el general Sánchez Rivera embarcó para México, sustituyéndolo el gobierno de Quintana Roo el entonces Coronel, luego General, don Víctor M. Morón, quien luego entregó la administración territorial a un cumplido caballero, el culto, inteligente y dinámico general don Rafael Egula Liz, con quien continuó colaborando como Secretario General de Gobierno el señor Barragán.

También gobernaron Quintana Roo, en distintas épocas y circunstancias, los señores Generales Arturo Garcilazo de La Vega, Carlos A. Vidal y don Armando Aguirre y Santiago, este último fue quien en 1925 produjo un largo y bien documentado informe acerca del Territorio; el coronel Librado  Abitia,  el profesor Librado Garza, el escritor don Antonio Ancona Albertos, y otros políticos cuyo recuerdo no conserva Quintana Roo. En 1917 el primer jefe del Ejército Constitucionalista, don Venustiano Carranza designo Gobernador del Territorio al ya general don Octaviano Solís con estas palabras:  “Ya estuvo usted como relegado en Quintana Roo, ahora va usted como Gobernador”.

El señor Solís gobernó honrada y patrióticamente, procurando con muy buen éxito la amistad de los nativos , y consolidó la relación de estos con el Gobierno Federal. Además logró convencer al entonces principal cacique indígena, el general Francisco May, de que no era hijo de la Rubia Albión sino maya mexicano. Efectivamente, aquel tristemente célebre explotador de sus hermanos de raza, estaba en la creencia de que era súbdito inglés, no obstante ser maya, apellidarse May y no conocer ni una sílaba del idioma  de Lord Byron.

El General May en México.

El General Solís, obrando de buena fe y con sentido revolucionario trajo a la ciuda de México al general Francisco May y algunos miembros de su “Estado Mayor”; lo presento con el primer jefe don Venustiano Carranza, quien le reconoció aquel alto grado, le hizo varios obsequios y le ofreció  una exhibición de la entonces naciente fuerza aérea, hecho que a May y sus lugartenientes les causaron singular impresión. Además el Primer Jefe le obsequió dinero en efectivo.  Los hermanos mayas, mal aconsejados y peor dirigidos en la ciudad de México se contagiaron el gran mundo de la ciudad.

El General May cargó con una mujerzuela, y sintiéndose el hombre más dichoso del mundo, olvidó la dura realidad de sus hermanos que lo aguardaban agazapados en su miseria tropical. Así fue como al llegar al puerto de Vigía Chico con su preciosa carga humana se le rebeló la multitud. May pidió entonces al General Solís “que batiera a sus hermanos mayas y los quemara vivos” pero el mandatario hábilmente  se limitó a solo darle garantías. Poco tiempo después el general May, convencido de que podía costarle la vida tal aventura, abandonó a la joven capitalina, quien acongojada y temerosa se regresó como pudo a la ciudad de México.

Es importante destacar que hasta 1915, Santa Cruz fue una ciudad de importancia cierta, con casi cuatro mil habitantes, numerosas casa comerciales y magnífico porvenir. En dicho año, por disposición del General Salvador Alvarado,  entonces gobernador y comandante militar del estado de Yucatán y el Territorio, la plaza  fue entregada a los nativos, encabezados por el general Francisco May,  quienes destruyeron con dinamita el magnífico aljibe público que había construido el general Bravo; incendiaron los carros de ferrocarril de Vigía Chico a Santa Cruz, descarrilaron las locomotoras, y en su afán de aislarse nuevamente de la Península y la República, destruyeron también todas las líneas telefónicas y telegráficas existentes.

Por entonces, 1915, y a raíz de estos sucesos se habló en Yucatán de una nueva sublevación indígena, circunstancia que motivó la inmediata salida de varios batallones de fuerzas federales de Mérida, rumbo a Santa Cruz con objeto de reprimir cualquier pronunciamiento de los aborígenes.

Gabriel A. Menendez.

 

 

La Octogenaria de CorozalEs sábado once mayo de 1935 y en la pequeña lancha gasolinera que hace el servicio entre la ciudad de Payo Obispo, capital del Territorio de Quintana Roo, y la cercana Punta Consejo, primer puerto de la colonia de Honduras Británica, hago viaje con el objeto exclusivo de localizar a una ancianita que según he sabido vive en Corozal y es un recuerdo viviente de la espantosa guerra social que arrasara a Yucatán en 1848. Llevo mis papeles de migración y sanidad en regla y ya ardo en deseos de mascullar unas palabras en inglés, pero con un inglés legítimo para que no me entienda y no le entienda a él.

El corto viaje de 30 minutos se hace por un peso mexicano, peso que según mis amigos de Payo Obispo, en Belice no vale sino veinticinco centavos. ¿Será Posible? me preguntaba. Si mis pesos fueran robados tampoco los cambiaría por cinco búfalos. Pero hemos llegado a Punta Consejo y lo primero que diviso es un fornido negro de quepí blanco que haciendo equilibrios en el muelle de piedra, muestra toda la dentadura, blanca, maciza y verdaderamente troglodítica. Descendemos, aduana, registro de nombres, objeto y término de la visita, etc. El correcto negrazo se llama Livingston Terry. Es el policá, el único de Punta Consejo, y además, representante de su majestad el Rey de Inglaterra, Dios salve al Rey.

Por cincuenta centavos de dólar un autito Ford me lleva vertiginosamente, por una carretera de escasos dos metros de ancho, hacia Corozal. No se que actitud extraña se apodera de mi. Vago recuerdo de momentos terribles  asalta mi mente.  ¡Ah! si…  “Corozal, fue refugio de sus propias víctimas! Era un villorrio sin ninguna importancia, habitado por bucaneros ingleses en 1780, cuando Belice aún pugnaba por convertirse en centro poblado. Años después sus moradores extendieron sus actividades pirateriles a toda la Costa Oriental de Yucatán, siendo por ello castigados y perseguidos por los españoles. Además llevaron su influencia sobre los indios mayas que poblaban a millares el Norte del Rio Hondo, lo que es ahora el semi desierto de Quintana Roo, y los alrededores de Bacalar, la hermosa villa que alzándose hacia el extremo Sudoeste de la península yucateca, desde 1944 que fue fundada por el capitán español Gaspar de Pacheco, parecía un centinela apostado allí para velar sobre la seguridad y decoro del Estado y sobre la integridad y la inviolabilidad de su territorio: Bacalar”.

Ya estamos en Corozal, población de madera. Casas comerciales que por lo que se ve tuvieron importancia. Sus armazones vacíos así lo indican. Como un periodista se relaciona fácilmente a los tres minutos ya sabía yo algunas curiosidades. Por ejemplo: que los treinta mil acres de terreno donde se encuentran enclavado casi todo el centro de la población, correspondían a un solo propietario: al honorable súbdito inglés Mr. William Schofield, hijo del extinto  Mr. Ernest August Henrry Schofield, muerto en la misma población de Corozal el 10 de octubre de 1934. Tal cosa significa que, aunque otros son los propietarios de las distintas casas edificadas en sus terrenos, estos le cubren determinada renta mensual o anual,sin poder adquiriren propiedad dichos terrenos. Un latifundismo como los que existían en México antes de 1910. Pavoroso. Presentado que fui al señor Consul Honorario de México en Corozal, don Juan Riverol,  descendiente de antiguos bacalareños, pero ciudadano inglés por nacimiento, hícle el ruego que me presentara con la anciana superviviente de Bacalar. Se trataba de doña Herminia Robelo Pérez. Echándome la cámara fotográfica al hombro, seguí al amable señor Riveroll. Una, dos, tres, calles: una casita de madera. Penetramos. Salita modestísima. Algunas palabras cariñosas de nuestro cónsul. Una voz queda: pase, pase señor. Una cortinilla mugrienta. En tanto la descorre don Juan ya he preparado mi cámara Zeka. En una hamaca de lona, sentada, contemplándome fijamente, está el recuerdo viviente que yo busco: doña Herminia Robelo. Como la contemplas en la foto, lector amigo, así la sorprendí.  Rezaba.

Esta viejecita nítida que como ves tiene un dulce aspecto de hada, de un remoto tiempo en que la vida estaba regida por el ritmo de una música de ensueño, nació precisamente el 21 de febrero de 1841, diesisiete años antes de un día de la misma fecha, de 1858, en que casi frente a sus ojos, primero atónitos y después espantados, fueron destrozados, al filo del machete y bayoneta, los pobladores y guardianes de Bacalar, en la cual vivía con sus padres: don Liberato Robelo y doña Narcisa Pérez.

Venciendo mi emoción y el infinito deseo de besarla, si, besarla como se besa algo santo, le rogué que no se moviera, que se estuviera así, quieta mirándome fijamente, como dicen algunos fotógrafos profesionales. Y apreté el disparador de mi cámara, ansioso de grabar aquella imagen que quizá no vuelva a ver jamás.

Entonces díjele del objeto de mi visita; ella sonrió amablemente, o mejor dicho quiso sonreír, aunque sus labios solo se contrajeron en una mueca. Y aunque un poco sorda, escuchó perfectamente mis preguntas, así como la indicación del señor Riveroll, quien le dijo que estaba yo escribiendo “una historia”. Doña Herminia con sus noventa y cuatro años, recuerda perfectamente la escandalera y gritería que invadió a Bacalar un día de fines de septiembre de 1847, cuando huestes de Venancio Pec, Juan Pablo Cocom y otros jefes indígenas sublevados, tras largo asedio a la plaza, lograron hacerla capitular.”Esa vez, me dice trabajosamente doña Herminia, los indios no nos hicieron ningún daño”. Todos salimos entre doble fila de soldados de la fortaleza de Bacalar, hacia el Rio Hondo, internándonos en la Colonia. Y suspirando hondamente agrega: Para retornar casi un año después cuando Bacalar volvió a poder de los yucatecos.

Efectivamente la señora Robelo recordaba de manera maravillosa aquella terrible odisea. Porque primero las familias desalojaron Bacalar sin sufrir ningún daño ni ser molestadas por nadie. Y casi un año después, cuando la plaza fue recuperada por las fuerzas del coronel José Dolores Cetina, casi todas las familias exiliadas en la Colonia Inglesa retornaron a su antigua ciudad, hay, esta vez para no volver a salir nunca de ella, aunque esto no ocurrió sino hasta el 21 de febrero de 1858, cuando los indios insurrectos, que no dejaron de hostilizar a Bacalar desde 1848, cayeron por sorpresa sobre la población, pasando a cuchillo a sus defensores y cebándose de la manera más inicua y cruel en todos sus habitantes: hombres, mujeres y niños. Doña contaba entonces seis o siete años, pudiendo escapara hacia las riberas del Rio Hondo una noche tempestuosa, después de permanecer cinco días en una cueva del centro de Bacalar, alimentándose de raíces. Es conmovedor el relato. El señor Riveroll y yo escuchamos absortos.

Cuando a fines del año en curso visité nuevamente Corozal, de regreso de Belice,a donde fui con objeto de documentarme sobre mi Álbum Monográfico de Quintana Roo, supe que la señora Robelo falleció el 30 de agosto del año anterior. O sea, en el año de 1935, cinco meses después de mi entrevista.

Gabriel Antonio Menéndez.

Baste para los fines de la  monografía de Quintana Roo hacer breve referencia al terrible colapso sufrido por el Estado de Yucatán el siglo pasado, cuando la ambición y  perfidia de algunos políticos peninsulares fueron causa de que, los antes apacibles y tranquilos indios mayas, explotados y envilecidos desde la encomienda española,  se irguieran en Tepich, obscuro pueblo del departamento de Valladolid, Yucatán,  el 30 de julio de 1847, aprovechando la circunstancia de que habían sido armados por los políticos peninsulares, y tomando terrible venganza de sus azuzadores y expoliadores, iniciaron aquella sangrienta e inolvidable jornada que los anales de la historia Yucateca recogieron bajo el nombre de Guerra Social o Guerra de Castas.

La rivalidad política había armado a los campesinos yucatecos, haciéndoles formar parte en revolucioncitas y asonadas que tenían por objeto desplazar del Gobierno local a determinados líderes para encumbrar a otros del mismo o parecido jaez. Y los meses y los años pasaban en este inconsciente cuanto peligroso juego, en tanto los indios contemplaban, con el alma encendida en justo odio, como sus verdugos, disfrazados de políticos y de militares, los uncían en sus carros triunfadores. Veamos a través de los relatos y crónicas de la época cual fue el inicio de la contienda social que, desde 1847 a casi los últimos años del siglo XX, redujo a escombros y cenizas multitud de poblaciones yucatecas y regó de sangre los ásperos caminos del Oriente y del Sur de Yucatán.

Valladolid antes del año de 1847.

El partido de Valladolid, Distrito Oriental de Yucatán, tenía en 1846, 28 poblaciones, 117 haciendas y 115 ranchos, con un total de 50 mil habitantes y poseía un jefe político, ayuntamiento y una máquina de vapor de telar manta.

Sin embargo de las frecuentes contiendas políticas que entonces trastornaban al Estado y de que las asfixiadoras sombras de la ignorancia envolvían a la gran mayoría de los hijos de Valladolid, estos gozaban de una visible prosperidad y constituían uno de los pueblos más ricos y laboriosos de la Península.

Era asombroso el movimiento de la ciudad, señaladamente en la mañanas, hora en que la inmensa mayoría de la población indígena de los pueblos circunvecinos afluía al mercado, conduciendo pastura, leña, carbón, frutas, legumbres y otros artículos de consumo. Pero aquel robusto y vigoroso cuerpo social alimentaba un cáncer que corroía sus entrañas.

Nobles y plebeyos, como en la edad del Medioevo.

La sociedad principal vallisoletana, fundada por españoles que se consideraban de los más distinguidos entre los conquistadores, eran altiva y orgullosa aún en sus relaciones con la ciudad de Mérida, Blasonaba de ilustre y no adulterada prosapia y miraba con insultante desdén a todos los que consideraba inferiores en cuna. Esta imprudente y necia conducta había clavado entre el centro, en donde residían los de sangre azul, y los barrios habitados por mestizos o plebeyos, un abismo de odio y rencores, que al tiempo fue ahondando y corrompiendo más y más. En las fiestas del centro no se admitía a los de los barrios, ni en las de estos a los del centro; y ¡hay! del que intentara salvar esta valla o hacer el amor a alguna señorita que no perteneciese a su clase. En estos casos ocurría más de un escándalo en el que siempre llevaban la mejor parte los del centro, naturalmente apoyados por las autoridades. Existía, además, otro combustible violento: el aborrecimiento de los numerosos contrabandistas de la comarca contra los funcionarios que les perseguían sin tregua.

Tal era el estado de cosas cuando estalló la revolución del 8 de diciembre de 1846 en Campeche. Gran parte del Estado de Yucatán la secundó y una numerosa tropa revolucionaria, a las órdenes de Antonio Trujeque, partiendo de Tihosuco, otra población importante de la época, avanzó sobre Valladolid, que no había secundado la rebelión.

15 de Enero de 1847; Hecatombe de Valladolid.

Aquella tropa, comandada por Trujeque, en su mayor parte compuesta de indios de la comarca iniciados inoportuna y fatalmente en las discordias locales y adiestrados en la guerra desde 1840, se vio rápidamente reforzada por la gente de los barrios de Valladolid, que entreveían, al fin, una ocasión para vengar los ultrajes y humillaciones de que habían sido víctimas.

En esas condiciones la guarnición de Valladolid, compuesta tan solo de 300 hombres a las órdenes del teniente coronel Venegas, resistió varios días a las tropas de Trujeque, que contaba a la sazón con más de 4,000 combatientes, hasta que el 15 de enero de aquel año fatídico de 1847, Trujeque dio la orden de asalto que simultáneamente se emprendió por todas direcciones, siendo materialmente arrolladas las fuerzas defensoras.

Las turbas asaltantes, dueñas ya de la situación, iniciaron un espantoso saqueo, destruyendo cuanto encontraron a su paso y asesinando a mansalva a los habitantes de Valladolid, sin que su jefe Trujeque pudiese controlarlas. El espanto y el terror fueron llevados hasta veinticuatro kilómetros de Valladolid, durando el saqueo de esta ciudad ocho días. Los cuerpos de las víctimas arrastrados en triunfo por las calles, fueron quemados por indígenas que, colocados alrededor de las hogueras crepitantes, escuchaban con algazara como reventaban las carnes de aquellos infelices.

De esta manera relata el  historiador Don Serapio Baqueiro, cayó Valladolid, el único baluarte del Gobierno en el Oriente, víctima de una soldadesca ebria de vino y de lujuria, que así descerrajaba las puertas de las casas para destrozar cuanto encontraba, que daba muerte a los ancianos, mujeres y niños indefensos, como cometía los actos más brutales de lascivia, profanando a las esposa y a las hijas delante del esposo y de los padres, comiéndose la carne palpitante de sus víctimas y arrastrando los cadáveres en las calles para hacer alarde de su bárbaro furor. “Entre tanto, concluye otro cronista, el señor  Pérez Alcalá, la raza indígena se agitaba en el Oriente y un rugido sordo y misterio se como el que precede a las tempestades y a las erupciones volcánicas, se escuchaba en toda la superficie de la Península”.

Tras el prologo espantoso del 15 de enero, hecatombe de Valladolid, el 26 de julio de 1847, esto es seis meses después, fue fusilado en esa misma ciudad uno de los lugartenientes del caudillo indígena Cecilio Chi, Manuel Antonio Ay, ejecución que irritó profundamente a los indios que lo amaban y respetaban. Es necesario explicar que poco tiempo después del saqueo de Valladolid, en enero de 1847, fue recuperada la plaza por tropas del estado, iniciándose desde ese entonces una era de intranquilidad y desasosiego, pues los indígenas continuaron en actitud levantisca, habiéndose descubierto por estos días una vasta conspiración de los mismos, para un levantamiento general. Al tratar de aprender en el pueblo de Tepich al jefe de la conspiración, Cecilio Chi, las fuerzas de Trujeque, entonces al servicio del nuevo régimen triunfante, cometieron abusos y tropelías en las familias de los indios, ofreciendo a estos funesto ejemplo,  que los nativos supieron aprovechar luego con ventaja. Trujeque fusiló cuatro o cinco sospechosos.

Cecilio Chi, capitaneando a dos o trescientos indios sublevados lanzó el primer grito de abierta rebelión contra las autoridades y cayó como  un rayo sobre el pueblo de Tepich, del que era nativo, asesinando a todos los blancos y mestizos que allí se encontraban; y al resplandor de las llamas sobre la sangre y los cadáveres, el caudillo indígena juró reconquistar la tierra de sus mayores, al menos, sepultado entre sus ruinas y vengando los ultrajes y humillaciones que durante tres siglos había sufrido su raza. Aquel  grito resonó como una maldición. La Península se estremeció, las pasiones políticas enmudecieron, todas las manos se buscaron estrechándose instintivamente y los yucatecos amenazados se agruparon para resistir aquel torrente que se desbordaba sobre ellos. Valladolid reconcentró sus elementos y entonces se inició en los pueblos y bosques del Oriente, en donde eran fuertes y prácticos los indios,  una dilatada serie de sangrientos combates.

Asedio de Valladolid.

Entretanto, los pueblos del partido de Valladolid, abandonados sin combatir por sus aterrados habitantes caían uno tras otro y desaparecían bajo la tea de los rebeldes, y estos, aumentando rápidamente su número con los de su raza, estrechaban más y más el anillo de hierro y fuego con que rodeaban y procuraban ahogar a Valladolid. En ese segundo sitio la ciudad encerraba en su recinto más de mil quinientos defensores comandados por el coronel campechano don Agustín León, quien tenía entre sus subalternos al entonces oficial don Manuel Cepeda Peraza, luego general y Benemérito de Yucatán.

El 19 de enero de 1648, los indios insurrectos, en número de veinte mil, establecieron definitivamente el sitio de la ciudad. El 10 de marzo siguiente uno de los cabecillas indígenas, Miguel Huchin, tendió una celada a los principales jefes que defendían la plaza, a consecuencia de los cual el coronel León y sus principales lugartenientes decidieron evacuar Valladolid.

La odisea del coronel León.

Para romper el cerco y poder dar salida a las numerosas familias, el coronel León ordena que quinientos hombres y dos piezas se encarguen de la acción.  Así pudieron salir, primero ordenadamente y después en confusión y fuga terrible, las familias, los heridos y las tropas que se encontraban en Valladolid.

Los niños lloraban, refiere el historiador don Serapio Baqueiro, los ancianos se lamentaban, las mujeres gemían de dolor y desesperación; los caballos en tropel se encabritaban; don Agustín León Gritaba y daba órdenes para facilitar las operaciones. Tal era el espectáculo que se presentaba. Sin embargo el coronel León pudo romper el cerco y al llegar a Pololá, población cercana a Valladolid,  las tropas se desmoralizaron; los carros de tráfico, la artillería, un sin número de caballos y carruajes de viaje y todas las familias detenidas en la plaza, formaron un conjunto desordenado que fue imposible vencer; en medio de cuyo desorden aparecieron de nuevo compactos los grupos de indios que rompieron el fuego por diferentes direcciones, cazando materialmente a los que huían; otros se internaron el bosque, arrastrando a sus hijos pequeños; todos los carros y afectos fueron abandonados; el parque fue incendiado por un oficial del batallón “Libertad” de Campeche, para evitar que cayera en manos del enemigo, no habiéndose conservado otra defensa en tan críticos momentos, más que una pieza de artillería,  siempre al mando del generoso oficial Trejo, con el cual salvó a un considerable número de familias. Al fin, después de tres días de penoso tránsito, legaron a Espita, las familias y las tropas en completa dispersión, a excepción de don Agustín León, que con un puñado de leales que le obedecieron, “tuvo la suficiente fuerza de ánimo para permanecer a retaguardia, hasta que supuso que todos habían conseguido salir del peligro”.

En 1884, cuando los escritores yucatecos recordaban las trágicas escenas y hacían comparaciones con el Yucatán antiguo y el de entonces, Valladolid tenía solo 18,000 habitantes, aunque en lugar de una sola escuela, poseías veintitrés, y un Instituto Literario.

¿Por qué los insurrectos no tomaron a Mérida?

Mientras los políticos de toda la extensión peninsular, espantados de su obra, comprendían, aunque tarde, la magnitud de sus errores sociales y políticos,  del Oriente y del Sur avanzaba hacia la capital, Mérida, dos avalanchas iracundas e incontenibles de indígenas poseídos de verdadera furia destructora, que con sus gritos ensordecedores trocaron en espanto el estupor de los viejos caminos del Mayab. Peto y Tekax al sur, Tihosuco y Valladolid al Oriente, fueron cayendo en poder de la contrarrevolución indígena, que apenas dejó piedra sobre piedra de lo que fueron ricos, prósperos y laboriosos pueblos de aquella vasta zona.

Aquellas decenas de miles de hermanos a quienes malos yucatecos y peores campechanos no supieron querer y comprender antes, llegaron a las goteras de la ciudad de Mérida, pareciendo inminente su entrada en la empavorecida capital. Más una circunstancia, traducida en epidemia de viruela, según se dice,  hizo que en aquellos instantes de vida o muerte para la hermosa capital yucateca,  los insurrectos iniciaran su retirada, debilidad que los soldados al servicio del Estado, casi sin comprender aquel enigma, aprovecharon para cobrar nuevos bríos e inicia mortífera persecución de los sublevados, a quienes fueron rechazando denodadamente, arrebatándoles, palmo a palmo,  el territorio de que se habían posesionado, pueblos ciudades y rancherías convertidos ya en escombros todavía humeantes.  Así consiguieron lanzarlos hasta Tulum, antigua ciudad maya situada en las costas del inquieto Caribe; hacia el Sur hasta han Santa Cruz y sus espesos bosques, en donde los bien armados y aguerridos mayas se hicieron fuertes.

Todavía en 1871, siendo gobernador de Yucatán el señor licenciado don Manuel Cirerol,  fue organizada una columna de mil hombres al mando del coronel don Daniel Tracónis, quien persiguió a los insurrectos hasta Tulum y Chan Santa Cruz,  habiendo escapado de caer en poder de aquellos, por haber huido a tiempo, la “reina” María Huicab, a la que entonces obedecían los mayas rebeldes.

Bacalar, en tanto permanecía en poder de los sublevados, quienes en franca convivencia con los colonos de Belice, pretendía nada menos que aquella región y toda la costa oriental de la Península, desde cabo Catoche hasta lo que es la ciudad de Payo Obispo, fuera anexionada a la
Gran Bretaña.

El rumbo oscuro que tomaban aquellas cosas.

“Hace ya más de seis años, a fines de abril de 1887, el ministro inglés acreditado en México, me leyó una nota que acababa de recibir de su gobierno en la cual se le comunicaba que los jefes de  Santa Cruz y Tulum, en una entrevista con el encargado de gobernación de Honduras Británica, le manifestaron sus deseos de colocarse bajo la protección de la Reina, y de que el territorio que ocupaban se anexase al de la colonia. Se le participaba también, que iban a darse instrucciones por el cable a dicho funcionario para que contestase a los indios que la reina creía no poder aceptar su oferta de anexión a Belice, ni podía tomar por su cuenta el protegerlos, que les aconsejaba en términos generales que se arreglaran con México. Sir Spencer Saint John agregó que Mr. Fowler, gobernador interino colonial, estaba pronto a hacer cuanto le fuera posible para lograr un avenimiento pacífico de nuestro gobierno con los de Chan Santa Cruz y los demás indios sublevados, asegurando que su influjo era indudablemente grande entre ellos…” (Capítulo cuarto del informe del señor licenciado Ignacio Mariscal, Secretario de Relaciones de México, a la H. Cámara de Senadores, página 24 del libro Defensa del Tratado de Límites, ya citado)
Gabriel Antonio Menéndez.

El Rio Hondo, en el idioma maya Noh Ucum, llamado así con toda propiedad pues en muchos sitios la sonda ha alcanzado más de treinta metros, y porque sus márgenes no ofrecen bajos sino son cantilosos, es el límite que separa a nuestro país de la Colonia Inglesa de Honduras Británica y la República de Guatemala, tiene una extensión legal de treinta y seis leguas, o sea 118 kilómetros que en realidad son 123, con un ancho máximo de cien metros.

La margen izquierda, desde su nacimiento, pertenece a México y son sus poblados principales: Laguna Azul, Santa Teresa, hoy Teniente Azueta, Agua Blanca, Botes, Cocoyol, Pucté, Mengel, hoy Álvaro Obregón, Estebes, hoy Allende, Ramonal, Zacxán, Santa Lucía, hoy Juan Sarabia, Chac, antigua aduana que controlaba las entradas a Bacalar, Santa Elena, hoy Subteniente López.

Toda la margen del rio, que presidía el señor Ulises Irigoyen, está cubierta de una vegetación frondosa y exuberante, digna de admirarse, siendo sus bosques en grandísima extensión, propios para la explotación de chicle y maderas preciosas, que en otra época tuvo gran auge, pues en las márgenes existen estaciones que fueron de campamentos dedicados a la explotación de chicle y maderas a gran escala.

Como los bosques del territorio inglés en su mayor parte han sido explotados, ahora los ingleses se introducen a territorio mexicano (1) a explotar chicle, sacándose contrabandos que hasta la fecha no se han podido evitar ni se evitarán mientras no se controle debidamente la región. Crece en abundancia de manera silvestre en las márgenes del rio y en los bosques el coquito de aceite, que tiene mercado mundial y que nunca se ha cultivado en ninguna forma, pudiendo se ésta otra gran fuente de explotación.

(1) Justo es señalar que este informe se refiere a la época de la anexión a Campeche, pues desde 1935 el Rio Hondo está mejor controlado.

Las familias que habitan los poblados mexicanos son escasas; seguramente con el tiempo quedará completamente despoblada la frontera mexicana en esta región. En cambio en el territorio inglés se nota la prosperidad y la mejor manera de vivir, siendo gran parte de sus habitantes mexicanos. Corozal, población de regular importancia del territorio inglés, está poblado por gran cantidad de mexicanos, todos inmigrados de la Península de Yucatán, Campeche y ex Territorio de Quintana Roo. Las autoridades británicas, con toda astucia seguramente, les han proporcionado toda clase de facilidades para vivir, encontrándose en condiciones económicas bastante buenas, , con el fin indiscutible de seguir entusiasmando a los habitantes de nuestra frontera a seguir poblando la Colonia, pues es fácil comprender que sus ambiciones para el futuro se extienden silenciosamente sobre esa parte de la frontera mexicana, máxime que conocen perfectamente bien las riquezas que encierra y la poca atención que hasta la presente fecha se le ha dispensado por nuestro Gobierno. Haciendo historia se comprende fácilmente que al formular el Tratado de Límites internacionales con la Colonia de Belice, los representantes de la Gran Bretaña se esforzaron y seguramente mediaron circunstancias que se desconocen para que la población de Corozal fuera incluida en el territorio inglés, cuando todos los puntos de vista, morales y legales,  debía de pertenecer a México.

En tal virtud no es capcioso suponer que ahora están más fomentadas sus miras sobre esa parte de nuestra frontera que paulatinamente les va siendo más favorable cada vez, debido a las condiciones en que se encuentra. “Es loable la labor que desarrolla la Secretaría de Educación Pública al velar porque hasta en los pequeños caseríos se encuentre un abnegado maestro rural compartiendo las calamidades y miserias de sus educandos, ya que es el único símbolo de unión de esas apartadas regiones con nuestra patria”. Estudio sobre el problema económico del ex Territorio de Quintana Roo. Páginas 274 y 275.

En la margen derecha, o se la inglesa, existen otros tantos poblados, pero no a la visto sino  por lo menos a una legua adentro, excepción hecha de Douglas, entre Pucté y Álvaro Obregón, Isla Limones, poco después de Agua Blanca, Corozalito, entre Agua Blanca y Esperanza, y Blue Creek (Arrollo Azul), último punto navegable del Rio Hondo,  o sea el primero a partir de su nacimiento. Toda esta zona, la margen mexicana, rica en su amplísima extensión, produce maderas preciosas,  chicle, maíz, frijol, arroz, caña de azúcar, tabaco, plátano, corozo, etc., así como posee magníficos potreros. Es explotada desde fines de 1934, por varios contratistas, entre estos los señores Francisco Asencio, Mario Ancona Cirerol, Rosario Cabrera, Ingeniero José Ramoneda, Aristarco Asencio y otros, quienes poseen concesiones del Gobierno Federal para extraer, caoba, cedro y chicle.

La mayor parte de los pobladores del Rio Hondo, tanto de la parte mexicana como de la inglesa, es de origen maya o yucateco, nacidos en tierras de la Colonia Inglesa, de padres yucatecos que se vieron obligados a emigrar a mediados del siglo pasado, debido a la constante agresividad de los indígenas, decidiendo  formar hogar en aquellos sitios, en los que desde entonces, disfrutan de las garantías y facilidades que  los colonos ingleses, causantes de la tremenda tragedia yucateca,  les ofrecieron “generosamente”. Estos pobladores hablan, casi en su totalidad, las lenguas maya, española e inglesa, prefiriendo expresarse en inglés cuando se encuentran en tierras Beliceñas y en español o maya cuando se encuentran en las regiones mexicanas del Rio Hondo.

En Mengel, hoy Álvaro Obregón, donde hasta hace unos cuantos años existió una planta de maquinaria de la compañía inglesa del mismo nombre, radica el señor Francisco Asencio, entusiasta maderero y agricultor, quien disfruta de varias comodidades, entre estas la del alumbrado eléctrico, adelanto, que no posee ninguna otra de nuestras poblaciones del Rio Hondo.

Las poblaciones mexicanas del Rio Hondo. Partiendo de Payo Obispo la capital, recorremos sucesivamente las siguientes poblaciones:

A 12 kilómetros de Santa Elena, hoy Subteniente López, población de 200 habitantes, cuenta  con un aljibe publico construido en la época del doctor Siurob y con un curvato, que es un depósito de agua construido de madera en forma de barril, muy propio de la región.

A 20 kilómetros está Chac, también llamada  Estero de Chac, hoy Huay Pix, lugar donde funcionaba la ex aduana de Bacalar. Siguiendo por los esteros se llega a Laguna de Bagres y Mariscal, y finalmente al poblado de Bacalar, en ruinas que desde el año pasado, y que ha comenzado a repoblarse. Como se recordará, según relatos anteriores, Chac fue un punto estratégico del cual estuvieron posesionados los mayas insurrectos durante muchos años, ejerciendo vigilancia estricta para con las embarcaciones, nacionales o inglesas, que navegaban por el Rio Hondo.

A 23 kilómetros está Santa Lucía, hoy Juan Sarabia, que cuenta con una escuela rural Federal, 150 habitantes, aljibe de 400,000 litros construido recientemente, explotación de la madera, tabaco y agricultura en general.

A 26 kilómetros está Ucum, poblado agrícola con curvato, escaso número de habitantes.

A 27 kilómetros Zacxán de 250 habitantes, con curvato, campamento maderero y  con escuela rural federal.

A 31 kilómetros está Palmar.

A 32 kilómetros está Arroyo Blanco.

A 34 kilómetros está Ramonal con escuela nueva, brigada sanitaria 1936, aljibe de 350,000 litros, agricultura, campamento maderero y 130 habitantes.

A 39 kilómetros Esteves, hoy Allende, escuela rural federal, agricultura, campamento maderero, curvato y 80 habitantes.

A 43 kilómetros está Sabidos.

A 49 kilómetros está San Pedro.

A 51 kilómetros Mengel, hoy Álvaro Obregón, escuela rural federal, agricultura, campamento maderero y chiclero con 180 habitantes.

A 60 kilómetros está Douglas con escuela rural y cooperativa escolar.

A 65 kilómetros está Pucté, escuela rural,  Cooperativas de consumo e Independiente de trabajadores del chicle, aljibe nuevo con capacidad para 480,000 litros y con 90 habitantes.

A 68 kilómetros Palmarcito.

A 72 kilómetros Cacao.

A 73 kilómetros Xcopen, (Corral Chico)

A 76 kilómetros Cocoyol, escuela rural, aljibe, agricultura, maderas preciosas y algibe nuevo para 360,000 litros de agua.

A 85 kilómetros Botes, escuela nueva, cooperativa de consumo, cooperativa escolar, , aljibe con capacidad para 360,000 litros de agua, maderas preciosas, chicle y 180 habitantes.

Sucesivamente: África a 87 kilómetros, Buenavista a 91, Agua Blanca a 96, Santa Teresa, hoy Teniente Azueta, a 98 kilómetros, Chunabad a 100,Esperanza a 109, Estero Franco a 117, Dos Bocas a 120, Laguna Azul  a 121 y Huanacastle a 123 kilómetros de Payo Obispo, con muy escaso número de habitantes sin escuelas ni curvatos, excepto Laguna Azul.

Los Límites

Los límites  entre México, Belice y Guatemala no están bien definidos, frecuentemente guardas forestales mexicanos encuentran habitantes de Honduras Británica cortando madera en territorio nacional de lo cual se disculpan diciendo que estaban en la creencia de estarlo haciendo en su propio territorio. “En consecuencia es de urgencia delimitar perfectamente la frontera con brechas que solo costarían unos seis o siete mil pesos, según el cálculo que hace el agente de la Secretaría de Agricultura en Payo obispo”. Estudio sobre el problema económico, ya citado, página 190.

Para la atención de los servicios sanitarios en el Rio Hondo fue creada una brigada sanitaria  de higiene rural adscrita a la Delegación Sanitaria en Payo Obispo, encargada de recorrer todos lospoblados del Rio Hondo. Ante la imposiblidad de crear otra brigada semejante en Carrillo Puerto, antes Chan Santa Cruz, se comisionó al delegado sanitario en la Isla de Cozumel para que periódicamente se traslade a los poblados de Isla Mujeres que está situada al Noroeste del Territorio, y fácilmente comunicable con tierra firme, donde hay rancherías en precarias condiciones  de higiene, por lo que actualmente son visitadas periódicamente por el citado delegado, quien les proporciona atención médica gratuita y medicamentos antipalúdicos y antiparasitarios, dando conferencias,  además para procurar por este medio elevar el nivel moral de la zona y conseguir que sus habitantes hagan un esfuerzo por mejorar sus condiciones de higiene. Actualmente ha sido creada una unidad sanitaria, Cooperativa ejidal, con residencia en Ramonal, Rio Hondo, que compuesta por un médico, un ayudante pasante, de medicina y una enfermera, comenzó a trabajar en julio de 1936, dependiente de la oficina de la oficina central de higiene rural del Departamento de Seguridad Pública.

Ramonal es uno de los poblados que más habitantes tiene a lo largo del Rio Hondo, por lo que fue escogido como residencia de la Unidad Sanitaria encargada de atender a todos los pueblos de la ribera. Para este servicio fue aprobada la cantidad de dos mil quinientos pesos que se destinarán a la compra de una lancha de gasolina que recorra los pueblos del Rio.

En la misma población de Ramonal será construida una casa para el médico de la Unidad Sanitaria, que al mismo tiempo que le servirá de residencia, tendrá cupo para el dispensario médico popular.

Antes de la creación de este nuevo servicio, el delegado sanitario en Payo obispo hizo numerosas jiras a los pueblos del Rio Hondo en una de las cuales atendió a los siguientes enfermos:  De  paludismo 143; de disentería, 6; de gripa, 8; de tosferina, 10; de otras enfermedades, 55. Total 211. Todos estos enfermos fueron atendidos gratuitamente, proporcionándoseles 4,422 comprimidos de quinina, 37 ampolletas del mismo medicamento, 5 de emetina y 5 de naulina, no habiéndose registrado ningún caso de defunción.

Conla creación de cinco Centros de Reconcentración, plan del gobierno del General Melgar, las condiciones de los poblados del Rio Hondo han cambiado totalmente.

Gabriel A. Menéndez.

El 14 de diciembre de 1931 el Territorio fue fraccionado entre los Estados de Campeche y Yucatán por motivos que el decreto respectivo  no consigna, pero que según se dijo entonces, obedecieron a razones económicas. Tal acuerdo ocasionó un descontento general  en Quintana Roo a cuyos habitantes no se les pidió ninguna opinión al respecto, como si no fueran ciudadanos mexicanos. Constituido el Comité Pro Territorio Federal de Quintana Roo, en el cual figuraron elementos de todos los sectores sociales, éste inició desde entonces enérgicas gestiones cerca de las instituciones del país para conseguir la re federalización del Territorio.

El Estado de Campeche, al cual correspondió la ciudad de Payo obispo,  que en mil novecientos treinta y uno contaba con más de cuatro mil habitantes, no respondió al llamado, pues se dedicó a extorsionarla provocando su decaimiento y despoblación. El Estado de Yucatán, aunque recibió la región de Santa Cruz, la más árida e improductiva, y las islas de mujeres y Cozumel, tampoco pudo realizar ninguna labor constructiva, limitándose a cambiar las autoridades y dejar las cosas en el estado en que se encontraban.

El Comité Pro Territorio dirigió un memorable mensaje al entonces Presidente Provisional de la República, general Abelardo Rodríguez, pidiendo la administración del Territorio, sin que la Nación tuviere que erogar ningún gasto para su sostenimiento.  Pero esta patriótica moción no mereció ni el honor de un acuse de recibo.

Posteriormente tras una jira de estudio realizada por  altos funcionarios de la Federación encabezada por el Señor Ulises Irigoyen, entonces oficial mayor de la Secretaría de Hacienda, se creó el perímetro libre a favor de Cozumel y Payo Obispo. Inyección paras cientos de los pobladores de ambas localidades pues hizo bajar considerablemente el costo de la vida. Leamos al azar la página 254 de “Caminos” libro de Ulises Irigoyen. “Por medio de carteles y de algunos discursos nos dieron a saber de su protesta contra la anexión de aquel Territorio al Estado de Campeche. Hube explicar que era otra nuestra misión pero anotamos en la agenda su justa inconformidad”

Desde que el Gobierno Federal entregó los servicios públicos las cosas han ido de mal en peor al grado de ser visible la despoblación de Payo Obispo, pues eran 5,000 habitantes  y hoy son alrededor 4,000 que toman agua caída del cielo recogida en aljibes habiendo meses de sequía en que el  preciado líquido sube a precios de oro. La bahía de Chetumal es inmensa pero de poca profundidad. Requiere con urgencia la construcción de un canal para comunicarse con el mar y no depender como ahora de las aguas británicas. Necesita la región facilidades para el tráfico marítimo y comercio libre con objeto de abaratar el costo de la vida y poder poblar esa lejana tierra. Esto es urgentísimo.

Visitamos el Villorio de Claderitas donde los campesinos expresaron la queja de que las autoridades les habían quitado su motor con el que producían luz. El director de Instrucción Pública del Estado prometió aclarar el asunto. A este respecto menudearon las bromas pesadas para el señor Director, que no pudo evitarlo.

Gabriel A. Menéndez

El fundador en 1898 de la ahora Ciudad Chetumal

Después de haber dejado al Gobernador Wilson y a su comitiva en tierra en el poblado de “Negros”, el Comandante Blanco continuó viaje por el rio a bordo del “Stanford” hasta Agua Blanca, último poblado mexicano del Rio Hondo al que podía llegarse navegando. En dicho poblado se puso al habla con el administrador de la compañía Stanford, Mr. Taylor, quien le facilitó cuantos informes le parecieron convenientes, habiéndosele proporcionado un buen caballo y un magnífico intérprete, pues el Comandante Blanco estaba resuelto a trasladarse a Santa Clara, Capital del Cantón de Icaiché, buscando una conferencia con los jefes mayas de la región.

El intérprete escogido por Mr. Taylor, muchacho leal, sagaz y desinteresado, al conocer los propósitos del Comandante Blanco se permitió aconsejar que no se aventurara en aquel paso, pues aunque conocía perfectamente bien las veredas y senderos que llevaban a Icaiché, y en esa población él era conocido por los jefes mayas, juzgaba muy expuesta la conducta del visitante, que podía ser víctima de un atentado por parte de los mayas. A pesar de todo el Comandante Blanco convenció al intérprete para que lo acompañara hasta Icaiché.

En espera del siguiente día, pues el jefe del Pontón llegó a Agua Blanca al caer la tarde, se dedicó a visitar el campamento de la Stanford, dándose cuenta de las condiciones del lugar, así como de las construcciones de madera que servían para oficinas y habitaciones  instaladas en una pequeña eminencia desde la que se dominaba gran parte del terreno circundante, así como muchas curvas del Rio Hondo. Durante la cena y a preguntas especiales, Mr. Taylor informó al Comandante Blanco  de que la compañía Stanford cubría a los jefes mayas de Icaiché la suma de ciento cincuenta pesos mensuales por concepto de arrendamiento de terrenos en los que aquella realizaba corte de maderas preciosas y la extracción de palo de tinte.

Durante el recorrido del campamento y habiéndose hecho acompañar por el intérprete, el Comandante Blanco se informó de los hábitos, leyes y costumbres de los mayas, sabiendo también que abrigaban temores de ser atacados por las fuerzas mexicanas que se estaban concentrando en el norte de Yucatán; así como que la presencia del señor Blanco en Icaiché podría originar actos que pusieran en peligro la vida, sobre todo si los indígenas se encontraban bajo la acción del alcohol, o el “Ixtabentún” mejor dicho, al que eran tan afectos, haciéndole saber también que en la Colonia Inglesa circulaban tales versiones desde hacía cerca de un año y que su llegada a la desembocadura del Rio Hondo les hacía corroborar esas noticias, y que por tales razones  insistía en que no hiciera el viaje hasta Icaiché.

A la mañana siguiente, muy temprano, y habiendo recorrido de nuevo el camino de quince millas abierto por la Stanford para el paso de sus tractores y de una vía de ferrocarril, cuya base o campamento estaba construida de chit, (palma silvestre,  que alcanza una altura de 15 y 18 metros, perfectamente derecha),  base usada para la extracción de palo de tinte y maderas preciosas. El Comandante Blanco interrogó a su intérprete a cerca del tiempo que tardarían en llegar a Icaiché. El intérprete le informó que serían  diez horas más o menos teniendo que avanzar por veredas muy angostas y que detenerse en una aguada, casi a mitad del camino, para hacer beber en ella a los animales y tomar ellos un refrigerio sobre las cabalgaduras.

Entonces el Comandante Blanco, consciente de su cometido y dispuesto a realizar su empresa o perecer en ella, convenció al intérprete para que continuasen el viaje hasta Icaiché, seguro de que tendrían éxito en su gestión pues ésta era en nombre del Gobierno de la República. Así pues, iniciaron la marcha resueltamente, ansiosos de ganar terreno antes de que la noche se les echara encima. Cerca del medio día llegaron al aguaje anunciado, empinados y adoloridos por la marcha incansable y la embestida de las plantas con púas que no podían evitar pues materialmente cerrábanles el paso. A las cinco de la tarde se internaron en el altísimo bosque secular abundante en caobas gigantescas y gruesos  cedros, ébano, huanacaxtle y otras maderas preciosas, ascendiendo penosamente por más de una hora una prolongada cuesta. Luego tras atravesar otra aguada, encontraron una entrada, cerrada por medio de unas trancas. El guía bajando de la cabalgadura dijo al Comandante Blanco que portaba un magnífico uniforme de gabardina y lucía botas federicas: Esta es mi Comandante la que podríamos llamar la primera puerta santa, diciendo esto retiro una a una las trancas y luego que ambos pasaron, volvió a colocarlas tal y como se encontraban. Habían entrado en una especie de callejón sin salida. La vegetación era tan cerrada que el Comandante Blanco no pudo menos que interrogar de nuevo a su guía: Por este camino no podría salirse ni un conejo. En caso de que tuviésemos que escapar, ¿conoces tu otro camino o vereda que nos evitaría tener que recorrer este mismo? Si mi Comandante, conozco otro pero por el rumbo de los Chenes. (Límites de Campeche con el Territorio).

A las seis horas y minutos de la tarde y después de haber franqueado una segunda puerta , el Comandante Blanco y su guía encontraron las primeras chozas de Santa Clara de Icaiché capital del Cantón del mismo nombre , distribuidas en grupos de tres o cuatro entre el monte y a la vera del camino.

Los perros, esos impertinentes pero seguros guardianes de nuestras aldeas, se encargaron de anunciar con sus constantes y penetrantes ladridos la llegada de los extraños cuanto temerarios visitantes. Después de recorrer más de un kilómetro el aspecto de las casas mejoró bastante, pues se encontraban enjalbegadas, aún entre recios matorrales, El camino empedrado daba la impresión de que se entraba a una gran ciudad. Por fin, una junto a otra, tres casas mejor presentadas; la iglesia y, probablemente de los jefes. Y en prolongación de estas, unos cobertizos o galerones, cuarteles de la tropa indígena.

Los expedicionistas desmontaron. El intérprete interrogó. Dirigióse a una de las casas mejor presentadas y diciendo algunas frases en el idioma nativo presentó al Comandante Blanco con una señora indígena, de esbelto cuerpo y de mirar penetrante: era la esposa del general Anselmo Tamay, jefe en aquella época del Cantón de Icaiché, ausente en aquellos momentos.

El intérprete expreso a la señora Tamay que el Comandante Blanco, jefe del Pontón “Chetumal”, iba con el objeto de hacer una visita, en nombre del Gobierno de México, al jefe y habitantes de Cantón; y que como ni este ni sus segundos se encontraban presentes le rogaba le indicara si podría aguardarlo.

La señora, tipo de mujer que sobresalía extraordinariamente tanto entre las mujeres como en los hombres mayas,  expresó al intérprete que su esposo, el Tatich, había salido para el Rio Hondo hacía unos tres o cuatro días; que enviaría un emisario para que se le avisara, en tanto podrían aguardarlo.  Al efecto dispuso que se le diera como alojamiento una pequeña choza que solo tenía cubierta una parte del techo situada estratégicamente, pues desde ella el Comandante Blanco podía observar lo que ocurría en los contornos, Mientras el intérprete desensillaba a los animales, el señor Blanco colgó una hamaca (que entre otros objetos llevaba consigo)  en las maderas de su improvisad habitación, dispuesto a echar un sueño pues no había dormido ni descansado la noche anterior ni todo aquel  día en que la fatiga había sido prolongada. Pocos minutos después comenzaron a llegar a la “residencia” del Comandante Blanco algunos visitantes indígenas que se le sentaron a ambos lados de la hamaca, rodeándolo y tratando de inquirir sobre los motivos de su viaje. El señor Blanco, que solo conocía unas palabras en maya, el saludo por ejemplo, tuvo aquí que aguardar la llegada del intérprete para explicar a aquellos inoportunos lo que deseaban, suplicándoles, atentamente, lo dejasen en paz. Aquellos insistían exigiendo que el Comandante les diera “algo de tomar”, licores, y solo cuando el intérprete se dirigió de nuevo a la generala, y esta pronunció casi un discurso, los extrañados indios dejaron al Comandante en paz. Como obsequio la señora de Tamay envió al Comandante un balde de agua de lluvia, recién captada de los techos pajizos, con considerable cantidad de gusarapos, tierra, etc., además de participarle que conforme a sus deseos, ya había ordenado se prohibiera la venta de alcohol, en prevención de cualquier desorden, en tanto llegaba su esposo el cacique.

El Comandante Blanco y su guía, tras tomar uno sorbos de café con leche, trataron de reposar, no habiéndolo conseguido, pues minuto  a minuto hacían interrupción en la choza, cerdos, cabras y borregos que buscaban ansiosamente en el equipaje algo que comer, entrando y saliendo libremente y causando el sobresalto e inquietud constantes de nuestros viajeros. Por fin al clarear de la aurora, a las cuatro y minutos de la madrugada, el Comandante púsose en pié de un salto y, en tanto el compañero se disponía a preparar el desayuno, él se dirigió a los locales cercanos deseoso de conocerlos. En el que servía de iglesia, vacío a esas horas, vio a un Cristo semejante al de las ampollas, a cuyo pié ardían dos cirios. En el galerón pajizo, de 25 a 30 metros de largo, por cuya puerta central penetró, observó que se trataba de un cuartel, pues había tableros para armas, en los que se hallaban varias escopetas. En las hamacas que eran 75 u 80, se encontraban acostados unos individuos que más bien parecían enfermos que soldados. La presencia del Comandante no les fue grata pues éste observó que aquellos lo miraban con cierto malestar, que se singularizó cuando, al ver en algunos de ellos algunas llagas, condolido de aquel espectáculo pretendió aplicarles algún remedio. Casi frente a ese galerón se encontraba otro semejante, que tenía el mismo objeto.

El Comandante Blanco continuó su recorrido por Santa Clara, llegando a un aguaje cercano, en el que los moradores, lo mismo que los animales, tomaban de la misma manera el agua estancada y casi putrefacta, cubierta en muchos sitios de lama. Hora y media después, junto con su guía e intérprete tomaba el desayuno, expresando a éste que si hasta las diez horas no llegaba el Tatich Tamay, regresaríanse por donde habían venido, y para no llamar la atención, prefirió el guía ensillar a las bestias cerca del abrevadero; pero al volver al sitio en que se encontraba el Comandante fueron apareciendo, por todas partes, como surgidos de la tierra y de los árboles numerosos indígenas que rodearon a ambos amenazadoramente, estrechándolos más y más. Eran más de 150 hombres, casi todos armados de escopetas y machetes. El Comandante Blanco, sin perder la serenidad, indicó a su intérprete que pregunta el porqué de aquella actitud, a lo que le respondió el que hacía de jefe de aquella turba: que no podían marcharse pues eran sus prisioneros y que luego que llegase el Tatich, éste resolvería lo debía hacerse con ellos. El Comandante Blanco, siempre ecuánime y sereno, abrióse paso entre la multitud y dirigióse al local que ocupaba la generala, indicándole al intérprete explicase que iban a hablar con ella para ver si les vendía algunas tortillas o totopostes. El intérprete habló entonces en lengua maya por espacio de varios minutos y después se dirigió a donde el Comandante se encontraba, ya junto a la generala, la que había enviado a una segunda comisión a entrevistar al Tatich y que de un momento a otro tendrían noticia de él, indicando así mismo al intérprete, que se esperaran para evitar algún atentado, y dirigiéndose a la multitud, que todos se mantuvieran tranquilos hasta la llegada del general Tamay quien resolvería que debería hacerse. Así se conjuró aquel peligro. Pasado las once del día el Comandante Blanco recibió aviso de que el cacique Tamay había llegado, que iba a tomar un baño y luego lo recibiría. Poco después de las doce era llamado a la presencia de aquel, quien lo recibió en una de las viviendas, como en un consejo de guerra.

Reunidos Tamay y sus principales en semicírculo, hicieron sentar al Comandante Blanco y a su guía e intérprete en el centro, en dos banquillos de caoba, junto a una pequeña mesa. Cerca de Tamay estaba su mujer.

El aspecto interior de la habitación, consistente de una sola pieza de unos cuatro por seis metros, era modestísimo tal como el de la mayor parte de las viviendas indígenas mayas y daba acceso a uno de los galerones o cuarteles. En cada uno de los ángulos de la pieza había nidos de gallinas. Al centro una amplia hamaca suspendida y arrollada y al pie de ella,  en  una estaca, un lechoncillo de buena raza. El Comandante Blanco y su acompañante, sentados al centro, en los banquillo de caoba, fueron invitados a exponer el motivo de su visita. Antes hacerlo, el señor Blanco extrajo de su schalbeg, (corrupción shot-bag), un par de botellas de whisky y coñac como obsequio para el Tatich. Después de saludar a este y a los demás jefes, por medio del intérprete hizo saber el objeto de su visita, el tiempo que hacía de haber fondeado el Pontón en la Bahía de Chetumal y la recomendación que le había sido hecha por parte del Gobierno de la República para hacerles una visita de buena amistad. El propósito del Gobierno Federal para ayudarlos eficazmente, así como para establecer, en este u otro lugar que indicaran, una “Escuela Mixta” que educara a sus hijos.

Tanto el General Tamay como sus lugartenientes escucharon con toda atención las palabras del Comandante Blanco y después de agradecerle la visita el General Tamay le expresó que hacía años el Gobierno de Campeche les había estado enviando comisiones con el fin de que los mayas no atacaran a los ingleses que se dedicaban al corte de maderas y a la apertura de caminos dentro de sus dominios (de los mayas) y que los ingleses decían pertenecerles, pues que habían venido invadiendo poco a poco los terrenos que, por sus antepasados, sabían perfectamente que eran de su exclusiva pertenencia. Las luchas que hemos tenido con los ingleses, expreso textualmente  el General Tamay, según memoria del Comandante Blanco, han sido porque no les hemos permitido internarse más en nuestro suelo. Seguidamente el Tatich hizo saber al señor Blanco que estaban en la más absoluta libertad, porque todos ellos estaban convencidos por las exploraciones que se habían hecho en los contornos, de que habían ido sin tropa alguna, señal de que lo habían hecho lealmente; y que sabían desde hacía meses que el Gobierno del Centro estaba enviando tropas a Yucatán con el objeto de batirlos y apoderarse de sus tierras. El Comandante Blanco les aseguró, bajo palabra de honor, que las tropas que se reconcentraban en Yucatán no los hostilizarían en lo más mínimo, ni les arrebatarían sus legítimas pertenencias , debiendo hacerse constar, porque es la verdad, de que esas tropas al ocupar Sombrerete en la Bahía de Chetumal, y Xcalak, en el Caribe, para seguridad de los trabajos de apertura del Canal Nacional y comienzo de las obras del puerto mencionado (Xcalak), no hicieron el menor daño a los mayas, mucho menos a los pobladores de Icaiché.

Terminada esta exposición el Comandante Blanco y su guía trataron de retirarse, pero el General Tamay les invitó a tomar el almuerzo, comida regional espléndida que les fue servida al instante, obsequiándoseles con una taza de atole nuevo, rica bebida yucateca elaborada con maiz tierno, que el Comandante Blanco repitió, provocando la hilaridad de los mayas, quienes comprendieron que se trataba de un hombre, sano, bien intencionado y lleno de sinceridad.

Detalle curioso fue que solo los visitantes comían, a lo que el Comandante Blanco expreso su extrañeza, respondiéndosele que era costumbre entre los mayas atender primero a sus visitantes. Como el Comandante Blanco hiciera invitar al General Tamay y a su Estado Mayor para trasladarse a la Bahía de Chetumal y visitar el Pontón, el aludido jefe rogó a su vez al señor Blanco que volviera a visitarlos en mayo, con motivo de ciertas fiestas tradicionales que celebrarían entonces.

Antes de partir el jefe del Pontón recetó una medicación casera a un enfermo de consunción, recomendando se le tuviera bien abrigado.

El General Tamay designó una escolta que acompañó al Comandante Blanco hasta Agua Blanca, y así fue como un hombre resuelto, honrado y valiente, llevó en nombre de la República, la paz al corazón desconfiado de los mayas de Icaiché, algunos de los cuales fueron traídos de paseo a México por el Comandante Blanco, quien de esa manera selló su pacto de amistad con los indios mayas.

Del Álbum Monográfico

de Don Gabriel Antonio Menéndez

El fundador de la ciudad de Chetumal

Pocos meses después de fondeado el  Pontón “Chetumal”, en aguas mexicanas a ocho o novecientos  metros de la barra del Rio Hondo y de tres a cuatrocientos metros de la costa mexicana,  el comandante Othón P. Blanco recibió la noticia, por conducto de uno de nuestros compatriotas radicados en Belice, H. B, de que su excelencia, el Gobernador de la Colonia Coronel Wilson, disponía ya lo necesario a fin de practicar una visita a varios poblados de aquella Colonia, entre los que se encontraban los poblados del Rio Hondo;  habiendo acordado que este último recorrido lo haría a bordo del vapor “Stanford”, de la compañía norteamericana del mismo nombre, que poseía concesiones del Gobierno de México para explotar el palo de tinte en una región del Territorio de Quintana Roo,  distante aproximadamente unas 72 millas de la desembocadura del Rio Hondo y cuyo asiento en la margen mexicana lleva por nombre Agua Blanca.

Una semana después de recibida la noticia por el comandante Blanco apareció en las aguas de la Bahía de Chetumal engalanado con los gallardetes y bandera que exige el código internacional  y portando el estandarte real inglés, el mencionado vapor “Stanford”, conduciendo a bordo al Gobernador Wilson. Al aproximarse al Pontón, se detuvo y dio fondo. Entonces el comandante Blanco pasó al “Stanford” a hacer una visita al funcionario inglés, como cortesía a la primera autoridad de la Colonia e invitarlo a visitar el Pontón, en donde había pensado ofrecerle un té.

Como antecedente existía el hecho de que el Gobernador inglés trataba de conocer personalmente la situación del Pontón, que ya controlaba el tráfico internacional en aguas del Rio Hondo y, además,  que el citado funcionario, Mr. Wilson,  tendría una entrevista con los principales jefes indios en el último punto navegable del Rio Hondo, hechos que impusieron al comandante Blanco hacerle compañía en aquella ocasión. Además,  Mr. Skidy, gerente de la “Stanford”, ya había ofrecido el vapor de este nombre para remontar el Rio Hondo y visitar los poblados mexicanos del mismo, circunstancia que aprovechó el comandante Blanco para aceptar la invitación que el Jefe de Estado Mayor de apellido Kay, le hizo, para acompañarlos en dicha expedición, no sin aceptar la sugestión de que en lugar de permanecer en el puente del barco, lo haría en la cámara del mismo.

Este convenio fue con motivo que el Gobernador Wilson temía que, al darse cuenta de la presencia del comandante Blanco los indios que guarnicionaban Santa Lucía y Chac, pretendiesen hacerlo víctima de algún acto hostil, pues casi siempre detenían a las embarcaciones que subían el Rio para inquirir sobre el motivo del viaje.

Así fue como, resuelto a ponerse al habla y tener un entendimiento con los principales jefes indígenas, el comandante Blanco resolvió hacer el viaje, en compañía del Gobernador de la Colonia, para lo cual destacó hacia el Pontón al patrón del bote que lo había conducido hasta el “Stanford”, con un pliego de instrucciones para el subjefe de aquella aduana flotante, contralmirante Agustín Souza, pliego que debería ser abierto si después de ocho días no regresaba el comandante Blanco.

En esas condiciones el “Stanford” levó anclas y continuó su viaje, rio arriba, pasando al obscurecer por Chac, donde se encontraba el primer destacamento indígena maya, cuya presencia fue conocida por el vocerío que formó, así como por una detonación de arma de fuego. Una hora más tarde salvaban sin contratiempo alguno el destacamento de Santa Lucía, hoy Juan Sarabia, ocurriendo otro tanto al pasar por Saczan (Zacate Blanco).

Las curvas que sigue el rio en su curso ascendente habían obligado a disminuir la marcha del buque. Al llegar al punto llamado “Negros” el “Stanford” se detuvo en la margen inglesa, y en tanto el mayor Kay se comunicaba por teléfono con las autoridades inglesas de los poblados próximos, los viajeros tomaron la cena.

Durante el recorrido la conversación que el comandante Blanco tuvo con Mr. Wilson y demás acompañantes había girado casi exclusivamente sobre la misión que aquel tenía en la Bahía de Chetumal. Al regreso del Mayor Kay, el Gobernador Wilson advirtió al señor Blanco que habían llegado al punto de su final destino, donde aprovecharía las oportunidades de la comunicación existentes para recorrer y visitar el Distrito Norte de la Colonia. Y antes de despedirse y dejar a su disposición el “Stanford”, hizo al señor Blanco esta recomendación: Usted comandante puede hacer un gran servicio a su Gobierno si logra aprovechar esta oportunidad para entrevistar a alguno de los jefes principales de estas tribus y evitaría a nuestro Gobierno el tener que movilizar con frecuencia nuestra “Constabularia”, (Fuerzas Rurales Inglesas), para evitar las constantes incursiones  armadas a nuestra Colonia por parte de los indios mayas, tanto del cantón de  Icaiché como de los  del resto del territorio mexicano.

A lo que el oficial Blanco respondió que no podía fijar fecha ni asegurar el resultado práctico de tan loable propósito, más si podía garantizar que haría cuanto le permitieran las difíciles circunstancias en que se encontraba para lograr el acercamiento pacífico de la raza maya con el Gobierno de México, así como que procuraría conservar las mejores relaciones y una clara inteligencia con las autoridades y los habitantes de la Colonia , mucho más en aquella ocasión en que la oficina Federal a su cuidado no limitaría su acción al despacho de sus funciones, sino procuraría dar toda clase de facilidades a los comerciantes que trafican por la aguas del Rio  Hondo, instruyéndolos acerca de la legislación mexicana. El Gobernador Wilson dio las gracias al comandante Blanco y con su comitiva  internose en tierras de la Colonia.

¿Fue por fin a “Icaiché” el comandante del Pontón Chetumal? ¿Tuvo éxito en su arriesgada aventura? ¿Cómo se salvaría de ser muerto por los desconfiados mayas que todavía se hallaban insurrectos? (Continuará)

Historia del Album Monográfico del periodista Gabriel A Menéndez

 

Casi dos años después de haberse firmado en la ciudad de México el Tratado de Límites entre Gran Bretaña con nuestro país, esto es en junio de 1895, el entonces oficial hoy contralmirante de la Armada Nacional don Othón P. Blanco fue comisionado por el Gobierno Federal para trasladarse a la bahía de “Chetemal” o “Chetumal” y construir un fuerte frente a Punta Calentura, e impedir que los contrabandistas que infestaban estos lugares continuaran explotando ilegalmente nuestros bosques, así como que los colonos ingleses siguieran armando a nuestro indios mayas rebelados todavía contra las autoridades de la República.

El señor Blanco que se encontraba en la bahía de Guaymas, Sonora, como oficial a bordo de la corbeta escuela “General Ignacio Zaragoza, fue llamado a la capital de la República para el desempeño de aquella comisión. Una vez en la ciudad de México, a fines de 1895, recibió directamente de manos del Jefe de Estado Mayor de la Presidencia de la República, Comodoro después almirante  don Ángel Ortiz Monasterio, la comisión de que construyese un fuerte en la bahía de Chetumal  frente a Punta Calentura; más el oficial Blanco, tras meditar de meditar detenida y concienzudamente , inspiró la idea,  que fue aprobada más tarde, de construir una embarcación apropiada que,  situándose en la desembocadura del Rio Hondo, hiciese respetar las leyes de la República, en aquella apartada región mexicana.

No un fuerte, sino un pontón.

Como la proyectada nave debía servir de asiento a una Sección Aduanera de nueva creación en aguas de la bahía de Chetumal se encomendó a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, todo lo relativo a la construcción de la obra aprobada,  que debería de realizarse en el puerto de Nueva Orleans, Luisiana, de acuerdo con el croquis y las especificaciones  que en términos generales, dijo  el comandante Blanco, quién sin perder su carácter de oficial de la Armada  Nacional, fue comisionado temporalmente, por acuerdo presidencial,  como administrador Comandante del pontón “Chetumal”.

El cónsul general de México en Nueva Orleans, señor don Manuel Gutiérrez Zamora,  fue quien contrató la construcción de la nave con el constructor Zuvich, de aquel puerto, comenzándose pocas semanas  más los trabajos relativos en un lugar de la ribera izquierda del Misisipi, próximo  a la Universidad y al parque “Anduvón”.

Según las especificaciones la embarcación debía ser de madera y de las dimensiones siguientes: eslora entre perpendiculares 66 pies; Manga en la cuaderna maestra 24 pies; puntal  12 pies; calado medio con treinta toneladas 2 y medio pies.

El señor Cónsul Gutiérrez falleció poco tiempo después  de iniciada la obra, siendo designado en su lugar, el señor don José Jacinto Jiménez. Este suceso al que se sumó días después la quiebra del Banco de Luisiana, donde el constructor Zurvich tenía todos los fondos que garantizaban la construcción del “Chetumal”, dieron por resultado algunas demoras,  prolongándose el plazo de entrega, con la anuencia de nuestro gobierno,  por un mes; originando esta concesión el que la compañía fiadora del contratista, lo eximiera de hacer entrega de una parte del menaje y equipo de los departamentos del pontón.

El Pontón Chetumal

De Nuevo Orleans a Campeche.

Por fin, concluida la construcción de la nave, ésta fue remolcada hasta el puerto de Campeche, donde el oficial Blanco aguardaba órdenes. Allí le fue entregado oficialmente el “Potón Chetumal”, saliendo el día 6 de octubre de 1897 rumbo a Progreso, remolcado por el vapor “Ibero”.

Los indios mayas todavía infundían pánico.

El negro historial de  que se había rodeado el sitio de final destino del pontón Chetumal, la bahía del mismo nombre, región Yucateca en la que tantos millares de vidas se habían sacrificado durante los largos y dolorosos años de la guerra social, cuyo recuerdo pavoroso estaba tan fresco en la memoria de los habitantes de la península,  hizo dificultoso el contrato de gente de mar que se arriesgase a la nueva aventura, pues circuló el rumor que hacía desconfiado el  ánimo de los más fuertes, de que una vez llegado el pontón a la entrada el Rio Hondo, sería destruido y sacrificado su personal por los indios mayas.

De Progreso a Isla Mujeres.

A pesar de todo, el comandante Blanco, marino intrépido, y soldado de corazón bien puesto,  zarpó de Progreso rumbo a Isla Mujeres, una vez que hubo completado a 13 el número  de su personal, rellenando de agua potable los tanques del pontón y refrescado los víveres, obteniendo del entonces Administrador de la Aduana de  Progres, señor Seferino Romero, como obsequio,  un ejemplar de la Ordenanza General de Aduanas.

La travesía de Progreso a Isla Mujeres se hizo sin contratiempo alguno por el término de dos días.  Antes de zarpar de dicha isla rumbo a la de Cozumel, embarcaron en el Ibero los señores Nicolás Martínez, empleado aduanal, y Joaquín Palau, representante de una negociación comercial y persona bien relacionada en la Colonia de Belice, con objeto de allanar cualesquiera dificultades que por motivos de su despacho o documentación pudiese sufrir el “Ibero” ante las autoridades marítimas de aquel puerto.

De Cozumel al puerto de Belice.

Pasados algunos contratiempo en la travesía de la Isla de Cozumel al puerto de Belice por efectos de  la fuerte mar que se dejó sentir y que provocó repetidas veces la ruptura de los cables de remolque, quedando el pontón al garete y expuesto a los mayores peligros, dada la proximidad de los numerosos arrecifes que bordeaban la costa del Caribe, llegaron “El Ibero” y su remolque a Belice, en los primeros días de diciembre , donde después de las visitas de Sanidad y Resguardo, quedaron ambas embarcaciones a libre plática, o sea en condiciones de establecer comunicación con la población.

El comandante Blanco, antes de visitar a las autoridades de  la Colonia, recibió a bordo del Pontón la vista del estimable caballero don José Rosado, vecino de Belice, a quien había conocido en el puerto de Nueva Orleans. El señor Rosado, persona muy respetable y estimada en todos los círculos de la Colonia, era hijo de Bacalar y uno de los raros  sobrevivientes del saqueo  y la matanza que en 1858 sufrió aquella próspera y rica Villa, escapando de ser muerto gracias a la astucia  desplegada por su nodriza o nana, que era esposa de uno de los jefes indios que asaltaron Bacalar.

El señor Rosado, sabedor de la comisión que se le había conferido al comandante Blanco, púsose incondicionalmente a sus órdenes y le sirvió de interprete en las continuadas e interesantes entrevistas que luego celebro con el Gobernador de la Colonia, coronel Wilson, veterano del ejército inglés.

Hábil y atinada gestión del comandante3 Blanco.

Prolijo sería referir en detalle la hábil y juiciosa actuación del comandante Blanco ante las altas autoridades inglesas de la Colonia, entre  las que se encontraban presentes el Gobernador Wilson, el Secretario Colonial el abogado Mr. Maxwell, Delegado de la Corona inglesa y Mr. Picwood, Delegado y Magistrado del Distrito Norte de la Colonia a quienes hizo saber de manera cortés y delicada, pero también terminante, la comisión que le había conferido el Gobierno de México, expresando, además,  que tenía el propósito de conservar las mejores relaciones entre los gobiernos de Honduras Británica y el de nuestro país.

En los momentos de despedirse, el gobernador Wilson le expresó que deseaba sostener nueva entrevista con él, para conocer, antes de marcharse al desempeño de su comisión,  las disposiciones del Gobierno de México respecto del tráfico de las embarcaciones inglesas mercantes en aguas mexicanas del Rio Hondo. El Gobernador  estimaba de urgente necesidad darles a conocer, por medio del órgano oficial y de la prensa local,  a los súbditos de la Corona en la Colonia, y particularmente al comercio, armadores, capitanes y patrones de barcos, con la oportunidad posible.  Su intención, dijo el Gobernador,  era  evitar dificultades con la oficina federal de nueva creación que iba a establecerse bajo el cuidado y dirección del comandante Blanco en aguas mexicanas. Explicó también el Gobernador  que no contaba en la Colonia con representación alguna por parte de nuestro país.  La respuesta del comandante Blanco fue en el sentido de que se encontraba en la mejor disposición  de dar a conocer amplia y debidamente los ordenamientos de la legislación aduanal mexicana al respecto, así como la forma en que obraría nuestra Sección Aduanera,  a fin de cumplir siempre con su deber,  evitando moratorias innecesarias en el tráfico regular.

Creían que el Rio Hondo era solo de Belice.

Sucesivamente  tuvieron realización otras entrevistas entre el comandante Blanco y las altas autoridades inglesas, participando en ellas , además de los elementos citados antes, otro abogado inglés,  Mr. Price. En la segunda de dichas conferencias el señor Blanco presentó tan importante tesis que el Gobernador Wilson sorprendido preguntó al comandante Blanco: ¿Ha estado usted alguna vez en la desembocadura del Rio Hondo?  No, excelencia, respondió al punto el comandante Blanco, pero fiado en la exactitud de las cartas náuticas inglesas, he trazado sobre la que conservo, en mi poder, las líneas que de acuerdo con el artículo tercero adicional del Tratado de límites, entre México y la Colonia de Honduras Británica, forman el límite entre ambos Estados;  y, como se ve, el paralelo que de conformidad con la latitud, debe encontrar la desembocadura del Rio Hondo,  indica, prolongándolo hasta encontrar el canal más profundo que el paralelo pasa por encima de los cayos de la desembocadura,  esto es, por tierra y desviando el canal, hacia una pequeña ensenada en aguas mexicanas, en estas quedaría como antes dije, la Sección Aduanera de Chetumal, a bordo del Pontón.

El comandante Blanco, que hablaba por conducto del intérprete, señor Rosado,  enseñaba al mismo tiempo la carta hidrográfica inglesa a que había hecho referencia. Tal exposición formulada poco más o menos como se transcribe, pareció producir en el ánimo de las personas que escuchaban, incluso en el

Gobernador Wilson, cierta contrariedad, concretándose su excelencia a expresar al comandante Blanco, “que iba procederse por parte del Gobierno Colonial al estudio de aquella documentación y que se harían de su conocimiento las observaciones del caso, dentro del mejor espíritu de las relaciones ya existentes”.

En tanto se celebraba nueva junta, el comandante Blanco asistió a varios festejos que se ofrecieron el Belice con motivo de Navidad, siendo objeto de finos agasajos de parte del Gobernador Wilson y su señora esposa, a los que correspondió ofreciéndoles un té, a bordo del Pontón.

El Comercio Beliceño Inconforme.

el presidete de la compañía Stanford, Mr. Skedy, negociación que gozaba de las concesiones para la explotación del palo de tinte, en nuestros bosques, facilitó al comandante Blanco el vapor “Stanford” de dicha compañía para que se encargara del remolque del Pontón Chetumal hasta la desembocadura del Rio Hondo, informándole, así mismo,  que era difícil obtener en aquellos días esa facilidad, por el estado de ánimo que prevalecía en la mayor parte del comercio de la población. El  comandante Blanco agradecido acepto aquella oferta que le resolvía un problema serio:  El traslado del “Chetumal” a su final destino; al mismo tiempo el Pontón fue subido a la grada, limpiándosele los fondos y reparándosele una plancha de cobre de estos, que se había desclavado por efecto del continuo  zapateo del viaje desde Nueva Orleans.

Por fin los puntos sostenidos por el comandante Blanco fueron publicados en el periódico oficial de la Colonia, afirmándose,  de esta suerte, la ventajosa y clara situación lograda por medio de sus hábiles gestiones. Ya La Colonia Inglesa de Belice sabía, de manera oficial,  cuales eran sus derechos y cuales los de México en aquella disputa que a pesar de todos los Tratados,  parecía no tener fin. No solo el Territorio de Quintana Roo, sino la nación entera deben reconocimiento por tan brillante hecho al hoy contralmirante don Othón. P. Blanco.

Fundación de Payo Obispo.

El 21 de enero de 1898 el comandante Blanco hizo una visita de despedida a las autoridades coloniales , habiendo zarpado del puerto de Belice a las cinco de la mañana del siguiente día 22 a remolque del vapor “Stanford” para anclar a las tres y media de la tarde, de ese mismo día, en las aguas mexicanas, cerca de la desembocadura del Rio Hondo y cerca del sitio llamado por los indios “Cayo  obispo” donde poco después, el comandante Blanco y sus valientes compañeros, sin desatender el tráfico, trabajaron intensamente en el desmonte y limpia de la porción del bosque que se encontraba más inmediata al pontón dejando una cortina de árboles de diez metros hacia la playa para evitar que quienes traficaban por los alrededores  se dieran cuenta de los trabajos, así como para repeler, en caso necesario, un posible ataque por parte de los indios.

Las circunstancias que concurrían en aquella apartada región, carente en absoluto de comunicaciones con el resto del país; sin otra representación oficial ante las autoridades de la Colonia, que la que asumía el Establecimiento Aduanal,  de nueva creación a bordo del Pontón Chetumal, y el espíritu poco propicio de una gran parte del comercio que veía en el Pontón un “Hasta aquí” en el tráfico clandestino  de maderas preciosas y gomas y resinas extraídas de México, a cambio de sal, mantas, escopetas , municiones y pólvora que aquel proporcionaba a los jefes indios en cantidades irrisorias urgieron al comandante Blanco a pedir del Gobierno de la República la designación de un representante del Gobierno de México en Belice, cargo que aunque existió el siglo pasado, fue desatendido o suprimido hacia 1880.

Para dar una idea de la manera en que se encontraba aquella corta fuerza expedicionaria, baste citar el hecho de que para comunicarse por cable con la capital de la República había que envíar una embarcación a alguno de los puertos importantes de la República de Honduras,  o de la de Guatemala y por correo, usando la vía de Belice, la comunicación implicaba una demoraba de dos meses, cuando menos.

Tan pronto como se logró despejar , tierra adentro, una superficie de casi tres hectáreas, el comandante Blanco, personalmente y ayudado de manera eficaz de los yucatecos don Pedro Rosado y don Olegario Romero que radicaban en Corozal, Honduras Británica, decidió una labor de atracción de nuestros compatriotas radicados en la Colonia Inglesa desde hacía muchos años ofreciendo distribuir y distribuyendo los primeros lotes para levantar los cimientos fundadores de la nueva población, en lo que entonces se designaba “Cayo Obispo”, título que no tiene ninguna justificación a pesar de todas la leyendas bordadas al respecto.

Así se levantó la modesta ciudad de “Payo Obispo”, hoy ciudad “Chetumal” y capital del Territorio Federal de Quintana Roo, llamada a ser una gran población, no solo por la laboriosidad  y espíritu de sacrificio de sus hijos, sino que colocada en lugar privilegiado por Natura tiene al alcance de la mano, y acaso en las entrañas, todas las  riquezas imaginables.

 

 

En la ciudad de Payo Obispo, Territorio Federal de Quintana Roo, a las ocho horas del día 6 de Octubre del año de mil novecientos treinta y uno, reunidos en el salón cine “Juventino Rosas” para la asamblea general que convocó al H. Cámara de Comercio de este lugar, con objeto de integrar la directiva que llevará a cabo las gestiones necesarias para evitar la anexión de este territorio a los estados de Yucatán y Campeche, y después de haber tomado la palabra los señores Juan E. Villanueva Rivero y Eliezer Erosa Peniche, explicando el fin que se persigue, se procedió a la elección correspondiente, que quedó integrada por unanimidad del público presente en la forma que sigue:

PRESIDENTE: Dr. Enrique Barocio.
SECRETARIO: Gil Aguilar Carrasco.
PRO SECRETARIO : Pedro J. Cervera.
VOCALES: José Marrufo H, Arturo Namur Aguilar, y Mariano Angulo Medrano.

Desde luego procedieron a tomar posesión de sus puestos los señores electos y el señor presidente dio cuenta del fin que se persigue y el proyecto que se espera poner en acción. Los señores: Lic. Octavio A. González, Profesor J. Santos Villa, Lic. Ricardo Zapata R,  y Juan E Villanueva R, tomaron la palabra, habiendo sido acogidos por el público con mucho entusiasmo.

Por moción del señor presidente se procedió a la redacción de un telegrama que será elevado al C. Presidente de la República que fue leído y aprobado en todas sus partes.

El señor Juan Villanueva propuso se lleve a cabo una manifestación Pro-Territorio de Quintana Roo, y que él, como presidente de la H. Cámara de Comercio de esta entidad, ofrecía a la directiva Pro-Territorio de Quintana Roo la ayuda y apoyo de dicha cámara para evitar la desmembración del territorio, habiéndose acordado que la manifestación ante el C. Gobernador del Territorio sea verificada el ocho del actual a las 3 P.M., e invitar a los pueblos cercanos que sea posible para mayor éxito de dicha manifestación.

Los señores Manuel Jiménez M. y Lic. Ricardo Zapata insinuaron al público la absoluta necesidad de fondos para el feliz éxito de lo que espera llevar a cabo, habiendo correspondido el público con una serie de donaciones voluntarias que constan en la relación adjunta.

El señor Ramón González propuso que, al no acceder el gobierno federal a nuestra petición y de llevarse a cabo lo que hoy pretenden, suplicar que se nos conceda la perpetuación del nombre del Territorio de Quintana Roo que hoy lleva. Se tomó nota de esta proposición y se tendrá en cuenta.

Seguidamente se procedió a nombrar las comisiones para invitar a la manifestación ya aprobada y quedaron nombrados los señores que a continuación se expresan:

Señores: Dimas Sansores y Abraham Villanueva para invitar a los pueblos cercanos. Señores Francisco Mendoza, Ramón González, Belizario Pérez F, Darío Guerrero, Jacobo Gómez, Francisco Valdez, Eduardo Sangri, José Amorós, y Domingo Núñez para invitar a las familias, niños y público en general. Señores Baltazar P. González, Profesor Santos Villa, Manuel Jiménez Marín y Lic. Ricardo Zapata como oradores.

El señor presidente invitó a los señores comisionados para que se reúnan en la casa del comercio del señor José Guadalupe Aguilar Carrasco a las nueve de la mañana con el objeto de señalarles las comisiones que desempeñarán. Invitado el público para externara  su criterio para la mejor marcha de la directiva que había nombrado, propuso el señor Armando Souma que, a pesar de las donaciones voluntarias que en esos momentos se daban, sugería que se nombrara una comisión para que salieran con una relación, suplicando al público y comercio contribuyan con su óbolo para así demostrar el interés que tienen de que el Territorio de Quintana Roo no sea anexado a ningún estado.

Invitando nuevamente a todos los presentes para que expresen sus opiniones se propuso al señor Francisco Valdez para que se encargara de recaudar las cantidades que fueron ofrecidas.

Con motivo de que no había más asuntos que tratar el señor presidente dio por terminada la asamblea a las 10.45 P.M. firmando para constancia los suscritos.

PRESIDENTE:
Enrique Barocio,

SECRETARIO: 
Gil Aguilar Carrasco,

PROSECRETARIO: 
Pedro J. Cervera,

VOCALES: 
José Marrufo N.
Arturo Namur A,
Mariano Angulo M.

 

 

Hogar, casa comercial y panadería del “Griego” en el Payo Obispo de 1912

Corría el año de 1912, en el poblado de Payo Obispo, hoy Chetumal, existió una casa comercial en la esquina que componen las avenidas “22 de Marzo”  hoy Carmen Ochoa,  con “2 de Abril” ahora  de Los Héroes, cuyo propietario de origen árabe era el Sr. José Barquet;  había vendido “fiado” diversos artículos de construcción que sirvieron en las reparaciones de los edificios de la Comandancia Militar de este territorio y del Hospital de Payo Obispo, ambos inmuebles de madera, cuyos materiales se utilizaron en obras públicas del gobierno quintanarroense a pagar por $209.00 (doscientos nueve pesos).

 “¡Véngase dentro de un mes!… por la mañana… por la tarde… ¡El pagador y el gobernador  no están en Quintana Roo, se fueron a una junta con el Presidente de México”.  Así pasaron los días y don Barquet desesperado, y el gobierno contestando: “Quizás… quizás… quizás,” hasta parecía canción.

Para febrero 22 de 1913 había al mismo tiempo dos Gobernadores de Quintana Roo, uno enviado por Venustiano Carranza y el otro por Victoriano Huerta.  Estos dos últimos ya se sentían Presidentes de México… Todo era confusión, las noticias decían: “Han asesinado a don Francisco I. Madero”, que no habiendo presidente legítimo quedaba claro que la revolución mexicana aún seguía su fúnebre marcha.

 A partir de ese momento el sufrir del comerciante Barquet fue mayor, ya que habiendo dos Jefes Políticos (con facultades de gobernador) ninguno quería pagar deudas ajenas porque no eran de la “nueva administración”… y a todo esto habría que agregarle que la capital del Territorio de Quintana Roo era Chan Santa Cruz de Bravo (hoy Felipe Carrillo Puerto), y hasta allá había que ir a pelear el cobro del material vendido y utilizado en Payo Obispo (Chetumal).

 Un buen día el 2 de junio de 1914, a don José Barquet le llegó un escrito de parte de la Secretaría de Gobernación, donde le indicaban que pasara a cobrar sus doscientos nueve pesos a la Jefatura Política ubicada en Chan Santa Cruz de Bravo. Don José Barquet loco de contento se fue a cobrar su dinero, pero resulta que después de tan cansado viaje le salieron con que todavía no llegaba su dinero, y que no sabían para cuándo. Todo este problema de cobranza se originó en el año de 1912. Para 1917 la capital del territorio quintanarroense ya se había cambiado hacia Payo Obispo (Chetumal), y para entones todavía seguían “toreando” al comerciante Barquet.

 Existe en los archivos de la nación un documento enviado por el Gobernador del Territorio General Carlos A. Vidal, a la Secretaría de Gobernación donde dice: “Como de nuestros archivos de años pasados nada podemos sacar en claro, porque en su mayor parte fueron destruidos o quemados por el general Arturo Garcilazo,ex gobernador de Q. Roo, tuve que recurrir a algunos empleados viejos de aquella época y a vecinos de la localidad, de quienes obtuve información de que efectivamente el Sr. Barquet, comerciante de esta ciudad de Payo Obispo, en el año de 1912 estuvo proporcionando a la entonces Prefectura Política de este Distrito Sur, algunos materiales para construcción que se utilizaron en los edificios que constituyen hoy la Estación de Policía y del Hospital Militar, que para aquellas fechas del año de 1912, ambos edificios estaban ocupados por la ex prefectura política.

Que el Sr. Barquet, tropezó siempre para que se le hicieran efectivas las cantidades que por aquel concepto se le adeudaban, no pudiendo mis informantes asegurarme si obtuvo o no el Sr. Barquet, el correspondiente pago”… Constitución y Reforma, Payo Obispo, Territorio de Quintana Roo a 17 de julio de 1917 y la firma del Gobernador Gral. Carlos A. Vidal.

También quien esto escribe, Tuben Hernández, encontró otro documento enviado de la secretaría de Gobernación a la secretaría de Hacienda para saber si existía algún dato en relación a una deuda,  pagada o no pagada, por la cantidad de $209.00 oro nacional que reclamaba el Sr. Barquet.

La secretaría de Hacienda contestó que no había dato alguno, o sea que nadie sabe… nadie supo, y a río revuelto, con el asesinato de don Pancho Madero, muchos ganaron y otros perdieron, como don José Barquet, uno de los fundadores de Payo Obispo-hoy ciudad. Chetumal.

 Rubén Hernández Godínez.  Cronista.

Fuente: Archivo General de la Nación