Category: Lecturas e historias con Mensaje


Una de las necesidades más indispensables de la sociedad actual es contar con el suficiente y oportuno servicio de energía eléctrica las 24 horas de día. No quiero pensar lo que sería del mundo en que vivimos sin este vital servicio público. Pensando en ello hoy quiero compartir con ustedes un relato de lo que guarda mi memoria, y un poco de investigación, de como fue que la energía fue llegando gradualmente a Chetumal

En el año de 1915, con el comandante Francisco Murguía, arribó a Vigia Chico, lugar donde se encontraban las instalaciones del Campamento Vega, un joven electricista y teniente de la Armada llamado Pedro Gasca. El joven teniente llegó a instalar a Payo Obispo el primer generador de 50 kilowats. Este generador se instaló en el desaparecido edificio de las instalaciones de la “Flotilla del Sur”.

Junto a este generador también se instaló como generador emergente otro de 20 kilowats. Es de destacar que por aquellos años era inusitado que las poblaciones aledañas a la bahía y al propio Payo Obispo contaran con energía eléctrica. Es así que cuenta el señor don Pedro Gasca que luego de instalar estos dos generadores en Payo Obispo el gobierno de la vecina colonia inglesa de Belice le encargó instalar un generador similar en la localidad de Corozal y después otro más en Orange Walk.

Dice Don Pedro, más conocido por ser pionero de la fotografía de Payo Obispo, que el edificio de la flotilla del sur se encontraba ubicado en lo que posteriormente fue el Parque de la Madre, donde ahora está la monumental asta bandera, enfrente del actual palacio de gobierno y a un costado del Boulevard Bahía.  Don Pedro, junto con don Manuel Palma, fueron los dos principales fotógrafos que retrataron la más antigua vida pública, social y política del Payo Obispo de la primera mitad del siglo XX, entonces Territorio Federal

Después del paso de los años, de muchos cambios de jefes políticos en el Territorio, del abandono sufrido, y de la etapa anexionista en que Payo Obispo fue parte del Estado de Campeche, estas dos pequeñas plantitas de luz quedaron muy deterioradas y casi inservibles. Fue hasta 1935, 20 años después, que bajo el mandato del General Rafael E. Melgar se dió el segundo paso para lograr la electrificación y el alumbrado público de la ciudad.

Se cuenta que el General Melgar, quizá el mejor gobernador del Territorio, en una de sus visitas al Estado vecino de Yucatán, conoció en Temax al señor Antonio Farah, quién junto con sus dos hermanos, Neguib y Miguel, tenían una empresa encargada de generar energía eléctrica en aquella población yucateca. El general invitó a los señores Farah a instalar su empresa en Payo Obispo.

Fue gracias a esa invitación, y con el decidido apoyo y respaldo del Gobierno del General Melgar, que en el mes de mayo de 1935 los señores Farah instalaron una planta generadora de 27 kilowats marca Otto Deutz. La pequeña planta de corriente continua con un motor de 40 HP funcionó muy poco tiempo.  Desafortunadamente dos meses después de su puesta en marcha un grave incendio en las instalaciones de la empresa terminó con ese intento de generación de energía eléctrica en la capital del Territorio Federal.

A pesar de ese duro golpe los hermanos Farah decidieron quedarse en Payo Obispo. Quizás para muchos, el más conocido de los hermanos fue Neguib, quien casó con la señora Lucy Wejebe y de ese matrimonio nació un niño, hijo único, de nombre Abraham Farah Wejebe, más conocido como Banty.

Don Neguib y doña Lucy Farah habrían de pasar a la historia como pioneros del comercio de importación en Chetumal, por ser propietarios de una de las más importantes y reconocidas tiendas de telas y artículos, eléctricos y electrónicos importados.

La Casa Lucy estaba ubicada en la esquina de la calle Carmen Ochoa de Merino y la Avenida 5 de Mayo, donde también estaba la Casa Villanueva Rivero y la Casa Marrufo, dos establecimientos comerciales de obligada referencia al hablar del más antiguo comercio de aquel perímetro libre de Chetumal del siglo pasado. En esa misma esquina estaba también un bonito edificio de madera que albergaba a  la zona militar, ahora la Dirección de Turismo Municipal.

Como consecuencia del muy lamentable accidente en la empresa de los señores Farah, el gobernador Melgar hizo gestiones ante el presidente de la república, entonces el General Manuel Ávila Camacho, y como consecuencia de esas gestiones obtuvo la donación de una planta con capacidad de 75 kilowats.

En aquella época, años de principios de la segunda guerra mundial, la población había crecido y los 75 kilowats de la planta donada por el presidente eran insuficientes. Con recursos propios el gobierno del Territorio  adquirió 2 plantas más marca International; ambas  plantas eran de 30 kilowats cada una. Durante el Gobierno del Sr. Margarito Ramírez esas plantas  permanecieron instaladas en los patios del palacio de gobierno, cuyos talleres estban junto a la casona de madera de don Ángel Aguilar Marrufo.

Posteriormente las plantas de luz se trasladaron a los nuevos talleres de gobierno, ubicados sobre la Avenida Independencia entre la calle Zaragoza y la avenida Álvaro Obregón. En aquellos talleres, durante los años 50s y 60s, las máquinas fueron atendidas por el jefe de talleres el recordado maestro Cuellar y por su hijo “El Batería, y junto con ellos estuvo Beto Aguilar Leal, hermano del conocido Nelo Aguilar Leal; personajes populares de aquel Chetumal en el que esta clase de individuos eran muy conocidos, reconocidos y respetados; pues quizá sin proponérselo,  sólo con su diaria labor y con su humilde forma de actuar y vivir, dejaron huella y grabaron su nombre en nuestra memoria.  Pienso al recordar a esas gentes que viajo a un pasado lleno de nostalgia, de anécdotas y de momentos gratos. Pienso que como yo, muchos viajamos con frecuencia a ese empolvado pasado; y pienso también que sacudirlo y desempolvarlo nos hace esbozar una sonrisa de satisfacción, una sonrisa que nos reanima y reconforta.

Muchos como yo que peinamos canas y contamos historias a los nietos, habrán de recordar aquel tipo cuya función era la de encender y apagar las luces del alumbrado público. Ese que con una pértiga iba por las calles conectando y desconectando las luces de los postes.  Ese mismo que llevaba un sempiterno cinturón con sus herramientas de electricista colgadas en la cintura. Yo lo recuerdo como Rodolfo Encalada, aunque era conocido por todos solo por su apellido: “Encalada”. Él vivía sobre la calle Zaragoza, entre 5 de mayo y 16 de septiembre, enfrente de la Terraza Peraza y muy cerca del mercado público Miguel Alemán. Ese hombre era el papá de Ruth y Marbella, mis amigas y vecinas de mi barrio. Al hacer la remembranza de este personaje ligado a la luz de mi pueblo, vienen también a mi mente los recuerdos y las  imágenes de muchos otros  esforzados y sencillos personajes de esa época, de esos tiempos de la vida de mi ciudad. Esos personajes sin mayores reconocimientos públicos que hoy descansan para siempre, ajenos de saber, que viven en nuestros recuerdos.

Muchos años pasamos en aquel entonces Territorio Federal parcialmente iluminado, teniendo energía eléctrica solamente de 6 de la tarde a 12 de la noche. Después de la función de cine de la noche del Avila Camacho, como a las once y cuarenta y cinco, previo al apagón definitivo, se daban 3 micro interrupciones que avisaban del inminente corte de la energía. Había que apurarse por llegar a la  casa, aunque muchos en prevención llevaban su linterna.  Ese foco de mano de pilas eveready que les servía para andar por los caminos, calles y veredas, temerosos de toparse con los míticos personajes como la Xtabay, el encebado, la lechona, o los encapuchados.

Por aquellos años el agua para tomar en la ciudad era muy escasa; el aljibe del pueblo y los curbatos escasamente abastecían a la población; en esos tiempos apenas empezaba a llegar el agua potable entubada a la ciudad; las pistas de aterrizaje de los aviones de Tamsa Y Mexicana De Aviación servían para recolectar y conducir agua de la lluvia a una cisterna ubicada muy cerca del aeropuerto, lugar donde hasta hoy se encuentra; ahora como un decorativo estanque con su fuente en medio. En las calles habían  tomas  de reparto de agua potable en diversos puntos de la ciudad. Era muy común en esos días, al salir del cine, ver largas hileras de vacías latas, esas de manteca “El gordito” y cubetas  de la famosas colinas saladas, o de salt beef, que desde la noche esperaban ansiosas muy ordenadas, la repartición del preciado líquido para llevar a los hogares. La repartición comenzaba a las 7 de la mañana del día siguiente.

Durante el periodo del presidente Adolfo López Mateos, en la primera mitad de los años cincuentas del siglo XX, llegó la Comisión Federal de Electricidad y con ello comenzaron las obras de una nueva electrificación.  Se pusieron aquellos nuevos postes de luz bañados de chapopote. La alegría se veía en muchos rostros mientras se colocaban nuevos cableados y nuevas líneas de distribución. Con la llegada de la CFE  a  Chetumal llegaron nuevas ilusiones, nuevas esperanzas, nuevas promesas. Promesas de contar en breve con más luz, promesas de hacer realidad el sueño de todos de contar con la electrificación de la ciudad todo el día.

Las oficinas administrativas de la Comisión se instalaron en la esquina de la Avenida de Los Héroes y la Calle Zaragoza, frente al mercado Miguel alemán y contra-esquina de la Casa Abuxapqui. El primer administrador de ellas fue mi padre Arturo Aguilar Sánchez. Enfrente de los viejos talleres de gobierno, sobre la avenida independencia, se construyó un edificio para la sala de máquinas;  Una edificación de mampostería que albergaría las nuevas plantas de luz de la ciudad. Las nuevas plantas eran de mucho mayor capacidad que las viejas plantas existentes y prometían dotarnos de eléctricidad las 24 horas del día.

Desafortunadamente, Janet y la deshonestidad de siempre  hizo que inexplicablemente la aparentemente fuerte construcción se viniera abajo; no quedó de ella más que sus cimientos. Mucho recuerdo, después del paso del huracán Janet de 1955, que nuestra familia vivió en las oficinas de la CFE. También recuerdo ver toneladas y kilómetros de alambre de cobre apilados en las improvisadas bodegas de la CFE. Eran parte de muchas montañas de escombros que daban muestra de las ruinas de una devastada ciudad. Pero afortunadamente el mundo no terminó para nosotros. Después de esa dura desgracia fue impresionante observar el arduo y rápido trabajo de la CFE para levantar las líneas y restablecer el servicio en muy poco tiempo. Si bien pronto se restableció el servicio durante las 6 horas de la noche, habrían de pasar cuatro años más, hasta el 7 de diciembre de 1959, para ver realidad el anhelado servicio de luz las 24 de horas del día.

Algún tiempo después del paso de Janet, atrás del aljibe público de la ciudad y de la  Escuela Belisario Domínguez; a un costado de la carretera a Calderitas, en una manzana de terreno, vimos levantarse una nueva edificación. En ese lugar la CFE construía unas nuevas y modernas instalaciones para albergar las nuevas plantas de luz. Dichas instalaciones también contaban con su respectiva subestación eléctrica, esa subestación que daba a la calle Mahatma Ghandi. Muchos habremos de recordarla   Aquella sub estación  y sus líneas repletas de golondrinas viajeras, aves migratorias que por cientos llegaban huyendo de lejanos lugares. Eran aves que llegaban desde muy lejos, imaginaba que llegaban desde el frio norte, imaginaba que llegaban desde un lejano sitio del planeta, pero en ese entonces, ignoraba de que preciso lugar venían.

Muchos años después de lo que esto les relato, pude visitar la pequeña ciudad de San Juan Capistrano, pintoresco sitio de California, muy cerca de los Ángeles. Al visitar la iglesia me quede observando con especial detenimiento una enorme cantidad de aquellas mismas golondrinas viajeras, iguales a aquellas que recordaba en mis años de juventud.

Me explicaron que cada año, al acercarse el invierno, esas aves emprenden un largo viaje hacia el sur y regresan en la primavera. Al contemplar aquellas aves, las mismas que cada año veía posadas en los alambres de la subestación de la CFE en mi pequeña y remota ciudad, no pude dejar de pensar en el fenómeno de la migración en el mundo. Esa migracion tanto  de las aves como de las personas. Por un lado los seres humanos migramos huyendo de nuestras carencias y oportunidades hacia lugares de progreso como los Estados Unidos de Norte América en busca de trabajo; y por el otro, aquellas golondrinas viajeras, alimentadas por Dios como todas las aves del campo, recorren miles de kilómetros en busca de algo que les es vital, y ese algo es tan solo la quietud y el calor que nosotros gozamos, esa quietud y ese calor que a veces no valoramos lo suficiente.

Debo decir que las nuevas instalaciones de la CFE también contaban con una casa para el superintendente; una casa con todos los servicios. Quien dirigió y supervisó las obras y primero habitó esa casa fue el Ingeniero Otto Heffner, después el Ingeniero Luis Aguilar y posteriormente la habitó el ingeniero Luis Tenorio Rosetti, padre de Isabel Tenorio y suegro del ex gobernador del Estado Mario Villanueva Madrid.

La sala de máquinas albergaba 3 plantas, la mayor era un generador de 1000 kilowats marca MAN y las dos restantes eran de 500 kilowats si mal no recuerdo. El ruido de aquellas enormes máquinas era tan ensordecedor que al pasar frente al edificio de la sala de máquinas tenías que hablar a señas y mucha gente al pasar frente a ellas se tapaba los oídos. Y fue así como con esas nuevas instalaciones y con esas nuevas plantas, que nació para nosotros, y nació para nuestro Chetumal una nueva era, una nueva etapa de modernidad, de esperanzas y de crecimiento. Y con esas instalaciones e impulsados por esos motores nos llegó, finalmente, la luz dia y noche, y con ello llegaron nuevas esperanzas de un futuro más próspero.

Después de esto que les relato, muchos cambios y transformaciones habrían de seguir en las obras de electrificación de la ciudad. Hoy la energía nos llega de enormes generadores instalados en estados vecinos. La electrificación es para toda la península por medio de redes de distribución. Son cambios, progresos, adelantos y nuevos servicios que las actuales generaciones hoy simplemente disfrutan pero  no vieron llegar.

Al mirar en retrospectiva lo vivido, lo sufrido y lo obtenido, en relación a lo que fue la llegada de la luz a mi ciudad, resulta motivo de orgullo haber sido testigo de esa metamorfosis y de ese gradual cambio a la modernidad.

Ese lento caminar viendo llegar lo que hoy tenemos es el que hoy me permite ver la luz de una manera diferente; quizá más brillante, quizá lleno de mayor  gratitud, quizá con la nueva óptica de sentirme más un esforzado testigo de su llegada que,  solamente,  un insensible y desinformado usuario.

Mario Aguilar Vargas.

 

 

Hay un libro  publicado en 1936 que relata parte de la historia de una especial y muy sufrida región de nuestro país. El libro es el “Álbum Monográfico”, la región  es el Estado de Quintana Roo y su autor el periodista Gabriel A. Menéndez. El libro es  de obligada consulta para quienes quieran hurgar en la historia de esta región de la patria, cuna del mestizaje y último reducto de la sublevación indígena, sublevación también llamada la “Guerra de Castas”. Así mismo el libro es valioso para los que quieran saber de la vida y las vicisitudes de Quintana Roo, desde su creación como territorio federal en 1898.

Dada su importancia recomiendo su lectura porque contiene interesantes y documentados artículos, relatos y entrevistas. El álbum resulta ser uno de los escasos documentos periodísticos que dan a conocer parte de nuestro pasado y aporta invaluable información sobre: el Rio Hondo y  sus poblados, la fundación de Payo Obispo, Othón P. Blanco y el pontón Chetumal, Bacalar y sus epopeyas, Chan Santa Cruz, Vigía Chico, la Guerra de castas, y la relación bilateral con la Colonia Inglesa,  ahora  el país de Belice. También nos relata pasajes y acontecimientos anteriores a la revolución armada de 1910 en los que esta región del país fue gobernada a sangre y fuego por el General Ignacio A. Bravo. Así mismo nos cuenta de los años posteriores a la revolución armada  en los cuales fuimos gobernados por breves lapsos,  por todo tipo de personajes de la vida política de esa convulsa e inestable  época posrevolucionaria de México como país independiente..

El libro resulta ser también un tesoro fotográfico por la cantidad de material que contiene y porque nos muestra imágenes poco conocidas de establecimientos comerciales, calles, funcionarios, personas, así como  acontecimientos de la época sucedidos en las principales localidades del Territorio como, Payo Obispo, Xcalak, Bacalar, Santa Cruz y Cozumel. Leerlo es viajar al pasado recorriendo la historia y las costumbres; percibiendo como era la vida en estas lejanas tierras de México,  descubriendo cosas sepultadas en el olvido, libando el sabor de nuestras raíces y alimentándonos del conocimiento de lo que consideramos nuestro. Leerlo es  en suma, informarse  de todo aquello que fue la simiente de lo que ahora somos, tanto como Estado, como ciudad y como ciudadanos de este país.

Como el autor menciona la intención fue dar a conocer y hacer oír en el gran contexto nacional la voz de angustia de los  habitantes olvidados de esta región de la patria y la protesta del indio maya, que a pesar de la revolución triunfante, seguía siendo un paria perdido en la selva quintanarroense. Era también en pleno siglo XX hacer saber al país lo que pensaba y sentía el  indio  que seguía viendo  llegar al blanco, al criollo y al mestizo, solo para cobrarle tributos, mientras ellos continuaban su precaria vida, marginados y oprimidos.

No olvidar que en aquellos años, anteriores a la Revolución Mexicana, el Territorio era una región de castigo, tanto para los más peligrosos criminales como para los desafectos al régimen del General Porfirio Díaz. A Quintana Roo se le veía, desde Yucatán y desde la ciudad de México, como una de las más peligrosas zonas del país, una agreste zona en guerra racial con los indígenas, donde sus habitantes debían exponer a diario y en todo momento sus vidas, enfrentando todo tipo de adversidades. Una región del país donde hombres mujeres y niños debían luchar con la agreste selva, el paludismo y la asechanza del indígena, dispuesto a los más atroces actos de  crueldad y venganza contra de todos aquellos blancos, buenos o malos,  que no fueran de su raza. Quintana Roo por aquellos años competía con las Isla Marías como el lugar más siniestro del territorio nacional. El lugar donde, además,  existía el tráfico de armas, auspiciado por los vecinos de la colonia inglesa de Belice que armaban a los indígenas a cambio de explotar en sus tierras el palo de tinte y las maderas preciosas.

Aún dentro de  ese panorama de dificultad y de lucha los antiguos pobladores de Payo Obispo, de  diferentes orígenes, razas y creencias, se levantaron de la adversidad y tomaron cariño por  ésta tierra que sintieron suya,  aspirando a hacerla florecer con vida propia y hacerla concursar nacionalmente frente a las otras regiones más avanzadas y desarrolladas del país. Todo ello debían lograrlo enfrentando con valentía y temeridad los problemas y estigmas de su agreste e inhóspita región. Y así fue como ese coraje, valentía y  ese anhelo de independencia se puso a prueba al  enfrentar una nueva adversidad el 14 de diciembre de 1931 cuando su territorio se vio dividido en secciones que se anexaron a los estados de Yucatán y Campeche. De ésta desmembración la ciudad de Payo Obispo pasó a pertenecer a Campeche, y Cozumel, Santa Cruz hoy Felipe Carrillo Puerto, Tulum e Isla Mujeres al  estado de Yucatán. Ante la nueva disposición del gobierno central  distinguidos habitantes de Payo Obispo levantaron su voz ante las autoridades de la ciudad de México solicitando la devolución de su territorio. Telegramas, cartas y manifiestos fueron dirigidos al presidente de la republica por distinguidos ciudadanos que formaron el “Comité Pro Territorio”, constituido con el único y superior fin de hacer las gestiones  necesarias para conseguir la refederalización del Territorio.

Fue una gesta cívica de todos los sectores sociales, en su mayoría comerciantes de Payo Obispo agrupados en la Cámara de Comercio, quienes lograron captar la atención del entonces candidato a la presidencia de la República, el General Lázaro Cárdenas Del Rio,  quien, haciendo eco a su justa inconformidad y atendiendo a sus  demandas, decidió iniciar su campaña a la presidencia precisamente desde Payo Obispo, aquella pequeña y olvidada localidad llena de problemas y víctima del infortunio.

En aquella visita  el General Cárdenas prometió a los integrantes del comité y a todo el pueblo de Payo Obispo que al asumir la presidencia les devolvería nuevamente su territorio y su condición de quintanarroenses. En honor a esa promesa, en 1934, en uno de sus  primeros actos de gobierno como presidente el General Cárdenas emitió un decreto que restituía a Quintana Roo su condición de Territorio Federal, con los límites anteriores al momento de su desmembración, esto es, con los límites dispuestos en la ley del 25 de noviembre de 1902 durante el mandato del General Porfirio Díaz.

Según su acta constitutiva el referido Comité Pro Territorio fue inicialmente integrado de la siguiente manera: Presidente: Dr. Enrique Barocio, Secretario: Don Gil Aguilar Carrasco, Pro Secretario: Don Pedro J. Cervera, Vocales: Don José Marrufo H, Don Arturo Namur Aguilar, y Don Mariano Angulo Medrano. Como integrantes de las diferentes comisiones aparecen los señores: Lic. Octavio A. González, Profesor J. Santos Villa, Lic. Ricardo Zapata R,  Don Eliezer Erosa Peniche, Don Juan E Villanueva R, Don Manuel Jiménez M. Don Ramón González, Don Dimas Sansores, Don Abraham Villanueva, Don Francisco Mendoza, Don Belisario Pérez F, Don Darío Guerrero, Don Jacobo Gómez, Don Francisco Valdez, Don Eduardo Sangri, Don José Amorós,  Don Domingo Núñez, Don Baltasar P. González, y Don Armando Souma. Gentes, dentro y fuera del comité vibraban en sincronía con la causa. Muchos hombres y mujeres, desde el anonimato o desde modestas y humildes posiciones, aportaron mucho para lograr el objetivo trazado. Quizá sus nombres no aparezcan en este inicial listado, aunque para la memoria colectiva merezcan ser escritos con letras de oro por su participación, generosidad y entrega.

Enterarse de estos acontecimientos de la historia es tomar conocimiento de un evento cívico político y patriótico que nos devolvió nuestra actual identidad, y es ver con ojos de admiración la gran valía de  esas gentes que con tenacidad y capacidad de gestión lograron el auxilio y la comprensión del Gobierno Federal, y con ello escribieron con letras doradas una página imborrable en nuestra historia.  Hombres y mujeres de aquel viejo Payo Obispo que supieron apostarle al futuro y vislumbrar lo que Quintana Roo llegaría  a ser, con  el trabajo y el cariño a esta tierra de los que llegarían a seguir su ejemplo..

Hay también dos personajes de la vida nacional a los que Quintana Roo  debe especial reconocimiento y agradecimiento: Al General Lázaro Cárdenas Del Rio que nos devolvió la  identidad quintanarroense y al presidente Luis Echeverría Álvarez que en 1974 decretó nuestra  condición de Estado libre y soberano de la república.

Al mirar retrospectivamente los acontecimientos, los hechos históricos y las personas que intervinieron en devolvernos la condición de quintanarroenses, no debemos desdeñar ese gran legado recibido y estar a la altura de lo que el porvenir nos demande.

Mario Aguilar Vargas

Eran blancas, pequeñas, cálidas, delicadas y finas;  de  piel tersa y dedos delgados que resaltaban en su dueña esa frescura juvenil que imantaba mis sentidos; esas tiernas manos tenían, por sobre todo, una sensualidad que me enchinaba la piel al sentir su calor al contacto con las mias. Así eran la manos de mi novia.

Hace apenas unos días, platicando con mi esposa, mientras saboreábamos el café, solitos los dos en la casa, me quede observando  sus manos. Sentí al contemplarlas volar al pasado y recorrer todo lo que aquellas manos habían hecho durante muchos años.

Desde luego que ya no eran las manos juveniles de la que fue mi novia, ahora eran las manos de mi compañera fiel, la de toda una vida, la compañera de armas y de lágrimas. Ahora, con las marcas que dejan los años,  habian multiplicado su valor ante mis ojos. Ahora eran mucho más que las manos de mi novia, ahora eran las manos de la esposa y la abuela; las manos de una mujer,  entregada a su vocación de servicio para con todos.  

Pensé en escribir sobre esas manos como un justo y merecido reconocimiento por lo que han  dado, que ha sido muchísimo más de lo que, en los años de juventud, yo hubiera imaginado.  

Y es que con creces han cumplido, por más de cincuenta años,  la promesa que nos hicimos ante el altar: esa promesa de estar juntos en la salud y la enfermedad, en las alegrías y en las tristezas, y amarnos y respetarnos todos los días de la vida. Y es que hasta hoy  siguen afanándose con entusiásmo y alegría en atender hijos y nietos  con esa abnegada vocación de  madre que disfruta dando amor y viendo feliz a su prole.. 

Sus tareas y sus batallas han sido muchas, como innumerables han sido las ocasiones  que solas, con muy poca ayuda o sin ayuda de nadie, supieron enfrentar, atender y resolver situaciones adversas, lo mismo en el  hogar que en los negocios, esos negocios que junto emprendimos, y esas responsabilidades que juntos compartimos. Sus abultadas venas, sus grietas  y sus manchas son recuerdos de muchos desvelos, preocupaciones y angustias por levantar una familia que en número ha ido creciendo cada día. 

Y al contemplar las manos que fueron de mi novia, volteo a ver las mías, y observo las mismas huellas de un largo camino compartido, las que dan testimonio de lo que hemos compartido, en las buenas y en las malas. Una larga vida de más de medio siglo, una larga vida juntos bajo el sol tropical de nuestro cielo, ese que a diario abre y cierra un ciclo; ese que en su incansable salir y ocultarse va marcando los momentos que nos unen más cada día que pasa. Ese especial sol de nuestra tierra sureña que sigue saliendo y elevándose al amanecer por la bahia, y se oculta  al atardecer detrás del rio y la laguna.  Ese sol ardiente que a ambos nos ha dejado marcados  en señal de pacto.  El mismo  que con cada amanecer,  nos da nuevas esperanzas, nos da luz y nos anuncia un nuevo día, y también un día menos.

Y vuelvo a  las manos de la chica de mi barrio que a sus 18 años  se unieron a  las mias, en un 8 de Diciembre de 1968, en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús; las manos que a partir de entonces  comenzaron su misión protectora, su labor sanadora, su vocación de hogar y su función solidaria como compañeral…

Fue al lado de esa fiel compañera que comenzamos nuestra comun aventura  en  aquel Chetumal de pocas calles y pocos servicios, ese que estrenaba su comunicación terrestre, su drenaje, su agua entubada, su teléfono en las casas de madera; y ese que en esos viejos tiempos con alegría vió llegar  la tan anhelada televisión en sus hogares.  Esa pequeña ciudad de costumbres rurales, en la que  las parteras eran más demandadas que los médicos, donde las estufas de gas eran novedad y donde eran muy escasos los refrigeradores  en las casas.

Aquel Chetumal de los 60s y 70s del siglo pasado que  recibía con júbilo la  luz eléctrica las 24 horas del día, y en la que tener una máquina para lavar  ropa  era un lujo, comprar pañales desechables un dispendio  y donde  los largos tendederos de pañales de popelina eran comunes en las casas donde hubieran bebés.

Y al recordar tantas cosas y admirar ahora las manos de mi esposa es que me pongo sensible y nostálgico; y de nuevo recuerdo  cuando esas manos, enlazadas con las mías,  se unieron en  el sueño de formar  una familia. Esa que tuviera  un poquito  de cada quien, y esa que tuviera  el sello de los dos. Sonaba bonito: “Los Aguilar Laguardia”. 

Esos fueron nuestros sueños,  esas fueron nuestras ilusiones, esas fueron nuestras  fantasías de juventud, sueños, ilusiones y fantasías,  que pasados los años,  se hicieron realidad por la gracia y la ayuda divina.

Mario A. V..

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Es muy común que cuando la edad nos alcanza nuestra visión de la vida se vuelve diferente, nuestra manera de pensar cambia, el gusto por lo antiguo se vuelve nuevo, la nostalgia de lo vivido se convierte en poesía, y más que nunca, nuestros juegos de niños, junto con nuestras ilusiones infantiles, se convierten en bálsamo para curar heridas.

Y pensando en esos juegos de niños  hago un ejercicio mental de recordar. Y es por eso que me encuentro aquí sentado escribiendo estas líneas, porque quiero compartirles mis experiencias de ese ejercicio de regresión a mi infancia. Recorro parte de mi pasado y mi niñez y relato algunas de mis vivencias en locaciones de lo que fue mi pueblo, el Chetumal que me vió nacer .

Cumplo con la técnica que aconseja revivir momentos de infantil felicidad, como una forma de curar el estrés de la vida actual. Para ello según dicen, hay que cerrar los ojos y relajar todo el cuerpo, bloquear los pensamientos que nos causan estrés, dejar que tu mente vuele por el pasado, cual ave que vuelve al nido, y pensar cómo era nuestra vida antes de aprender a volar, antes de ser los adultos que somos, solo pensando en la inocente sencillez de nuestra infancia y encontrando en ella las situaciones y los momentos de mayor felicidad que hayamos tenido.

El secreto está en ubicarnos en ese instante de la vida en que todo era dicha y despreocupación, sin esos condicionamientos, esas preocupaciones y esas responsabilidades de la vida actual; esas preocupaciones que más adelante fuimos adquiriendo, en la escuela, en la calle y en nuestro propio hogar.

 

Y así al hacer ese recorrido de retrospección por el lejano ayer, siento volver a hacer barquitos de papel y ponerlos a navegar en los charcos de mi barrio, y vuelvo a construir otros de la corteza del tasiste, con su vela de papel y su timón de hoja de afeitar, y los veo correr corriente abajo jugando carreras contra otros barquitos de  mis compañeros. Me veo vagar descalzo por el julubal y escuchar de nuevo el croar de las ranas, lanzar piedras planas sobre la superficie del agua y verlas dejar ondas a su paso por el pantano y el manglar. Me siento también volver a aquellas aventuras por las afueras y visitar el rancho de Don Dimas Sansores y comer uno de  los mangos manila que cosechaba, y me siento caminar  entre los árboles y la maleza hasta llegar a la rivera del río hondo; y siento zambullirme de nuevo con mis amigos en el río, sin el temor a las serpientes o a los lagartos.  Y desde la orilla del río y desde el manglar, veo pasar por el río los barquitos, esos que van y vienen, con personas y animales. Unos barquitos vienen del muelle de Chetumal y van río arriba, y otros vienen río abajo, y van a Chetumal.

Y siguiendo esa técnica de regresión mental de nuevo me veo brincando sobre las trozas que flotan por el río y la bahía, tirando de nuevo mi anzuelo y mi cordel, en espera que los peces piquen, mientras el sol del verano y la brisa azotan mi curtida piel desnuda.

 

Siento montar de nuevo a pelo el caballo de don Lencho con el ardiente sol sobre mi piel, sin preocuparme por usar el actual bloqueador solar. Disfruto de nuevo el parque de los caimanes y monto nuevamente los cocodrilos de piedra; esos que escupían agua por la boca. Me veo pedaleando  en mi primera bicicleta por las callecitas del parque y escucho el zumbar de los pinos, arrullados por los vientos que vienen de la bahía. Siento  recostarme a la sombra de uno de esos pinos del parque, en un día de caluroso verano, y saborear un raspado de Mónico, o una nieve de coco de Don Valentín o de Nacho.

 

Y en ese sentir aquellas cosas, de nuevo siento abrazar a mis padres, ya fallecidos, y enjugar mis lágrimas en sus hombros. Siento su calor y su protección como algo que me reconforta y de nuevo me da seguridad. Y respiro también de nuevo el ambiente de aquella vida simple, sencilla y confiada, esa vida de aquellos años del Chetumal, donde las casas tenían las puertas abiertas durante todo el día.  Y así, concentrado en pensar en esos tiempos de mi infancia vuelvo a escuchar de nuevo las fábulas y las leyendas de mi pueblo, esas que nos contaba “El Carasucia”, aquel carbonero de piel morena y de alma blanca, aquel viejo de sonrisa dulce, aquel buen hombre que bajando de su carreta  nos deleitaba con sus relatos.

 

Pero el tiempo pasó y de niño me volví adulto, y de adulto me convertí en un viejo. Un viejo romántico, un poco como mi amigo de la infancia, “El Carasucia”; y hoy me veo contándoles, con la misma emoción que él lo hacía, lo que él nos contaba cuando niños. Pero pasaron los años y aprendí lo que todos aprendemos en la vida.

 

Aprendí de la existencia de las armas, de las guerras, de los prejuicios, del hambre y de los abusos. Aprendí también sobre la mentira, la codicia, el egoísmo, el sufrimiento, la enfermedad y el dolor. Aprendí muchas cosas, algunas para mi bien y otras para mi mal: pero por sobre todo, aprendí a valorar y pensar mejor lo que es importante de lo que no lo es, y a saber que los momentos más gratos y más lindos de la vida pasan durante la infancia.

 

Y termino el ejercicio de regresión a mi infancia y vuelvo al mundo real de mi vida actual.  Me siento bien, fortalecido, con nuevos bríos y nuevas ganas de vivir, siento que ahora valoro más lo sencillo, lo espontáneo y lo sincero de las cosas y las personas, porque en ello está el secreto de una vida tranquila. 

 

Finalmente siento  una renovada urgencia de sonreír y estar en armonía conmigo, con la creación y con todos los que me rodean y me dan su cariño. Lo hago y me siento con nuevas ganas de perdonar  y dar amor, y me siento también, más sano mental y físicamente.

 

Y todo eso, gracias a pensar en  las alegrías que de niño pasé, en el viejo Chetumal de mis amores..

 

MARIO A.V.

003Celebramos este 12 de Octubre “El día de la Raza”, un acontecimiento que nos hace analizar en profundidad,  el significado que cada ser humano  le da, o le pudiera dar,  a la palabra o al término “Mi Raza”.

En lo que a mí respecta, la palabra “Raza”, más allá de su significado semántico, me hace pensar en lo que  en mi interior, despierta, exalta, y en ciertas ocasiones extrapola en términos de pasión.  Me refiero a mis sentimientos de identidad y de pertenencia, y me refiero a lo que entiendo como algo que auténticamente me defina.

Encuentro que a la  palabra le concedo  un significado muy  parecido a mi nacionalidad, mi México, mi país, mi tierra, mi ciudad, y  mi Estado. Veo que es una palabra que toca sensibles fibras  emocionales e íntimas de mí. Una palabra que  encierra un significado que me  etiqueta y me distingue de los demás, ya sea como ciudadano, como nativo, como coterráneo,  o simplemente, como habitante de un barrio, de una región o del lugar específico de la tierra.

Y al entrar en esta cavilación de ideas, conceptos y pensamientos, observo y analizo lo que para mí significa  el término “nativismo” o sea haber nacido y crecido en esta mi ciudad de Chetumal.  Me doy cuenta que si bien yo sí  nací en este mí Chetumal, este hecho no implica mérito alguno de mi parte pues yo no  escogí la ciudad para nacer y vivir, fueron mis  padres. El mérito, quizá circunstancial, es de ellos. Por tanto entiendo que esta tierra, si bien no es producto de mi elección, si es la esencia de mi  convicción, y se ha convertido en parte de mi corazón y la siento profundamente mía. Es la ciudad, el Estado y la tierra por la que valen la pena todos mis esfuerzos. Es la  tierra donde finqué, donde construí, donde edifiqué una familia, y donde habré de morir. Es la tierra que he escogido amar y en la que me siento unido a mis amistades,  a mis paisanos y a todos los que piensan como yo.

Y al entrar en el análisis de esos pensamientos, de esos lazos de amistad, de esas coincidencias y de esas  afinidades,  pienso en la contribución que al fortalecimiento de esos valores debo a mis padres,  quienes  me enseñaron a amar mi más próximo entorno, a ser solidario y a ser generoso,  y con ello, a formar mí  personalidad.  Y pienso también en tantísima gente que como yo habrá de hacerse  estas reflexiones  respecto de su identidad. Pienso en los  paisanos, en los natos y los no natos, en los  hijos de gente que llegó y se quedó y en la gente que vino y se fue. En la gente que vino a servir y en la gente que vino a servirse. Mi pensamiento es incluyente, sin sectarismos,  pero sin olvidar los oportunismos.

Y también en la gente que si bien por circunstancias tuvo que irse,  su corazón se quedó con nosotros, y  en la gente que no dejó ni un clavo en esta tierra, en la gente sin corazón. Y pienso también en las personas, de todas las condiciones sociales, con virtudes y defectos, con ataduras y sin ellas,  de todas las razas  y de todas las culturas, a los que les estamos agradecidos  porque contribuyeron,  de una forma u otra forma, a lo que hoy somos como Estado y como Ciudad. Pero por encima de todos los nombrados, en mis pensamientos y en mis cavilaciones, destacan aquellos pioneros que llegaron al olvidado Quintana Roo, a aquel apartado Payo Obispo medio salvaje, conocido en ese entonces, por insalubre y en guerra con los mayas insurrectos.

Pienso en los primeros que, a finales del siglo XIX, llegaron a la desembocadura del Rio Hondo,  en aquella expedición comandada por el Teniente Othón Pompeyo Blanco Nuñez de Cáceres,  que desafiando peligros,  llegaron a establecerse y  a fondear el Pontón Chetumal en la desembocadura del Rio Hondo. En los que, cumpliendo órdenes del Presidente de la República, vinieron a establecer un punto de vigilancia, observancia y de respeto a la ley,  de respeto a la soberanía de México,  y de respeto a los recientemente establecidos límites con el hoy país de Belice, entonces Honduras Británicas.

Y pensar y repensar en todo ello es situarme en esos tiempos y en esas circunstancias de la geopolítica y del régimen Porfirista en México, es ubicarme en un tiempo de épocas extremadamente adversas de salud y sobrevivencia; es dimensionar el grado de valentía y temeridad aquellos pobladores del Payo Obispo, en una época que inicia en el morir del siglo XIX, hasta la segunda mitad del siglo XX; de 1898 a 1974.

Y destaco, y me refiero con mayor énfacis a este especial período de nuestra historia, porque es el período que recorre momentos significativos  como es el arribo del pontón Chetumal en 1898, la fundación de Payo Obispo en 1901, la lucha por la reintegración del Territorio Federal en 1935, el cambio de nombre a Chetumal en 1936, la reconstrucción de la ciudad después del huracán Janet de 1955, y recorre también  los tiempos de los gobernantes efímeros mandados del centro, el gobierno del General Melgar, el  gobierno del General Guevara, el largo período y la salida del gobernador Margarito Ramírez en 1959,  el moderado auge a partir de 1960 con los gobernadores Aarón Merino y David G. Gutiérrez,  y  finalmente,   la erección o constitución del Estado Libre de Quintana Roo en 1974

Y es que fue durante ese tiempo en que se forjaron, se identificaron, y se afirmaron los primeros auténticos sentimientos de identidad con  esta tierra nuestra. Fue durante este período de nuestra historia que los  integrantes de aquel  Comité Pro Territorio de Quintana Roo dieron la primera  batalla contra el Gobierno de Campeche y lograron la reintegración de nuestro Territorio, desmembrado y repartido unos años antes, entre los Estados de Yucatán y Campeche.

Sin duda, aquellos ilustres hombres, a quienes hoy rendimos tributo, fueron los que primero sintieron los sentimientos de identidad y amor a lo que hoy llamamos “Quintana Roo” y a lo que hoy llamamos Chetumal. No olvidar que la gesta histórica, la lucha política, y  las gestiones para  la reintegración del Territorio de Quintana Roo ante el presidente Lázaro Cárdenas, en el año de 1935, se la debemos a la gente  del sur del Estado, a los habitantes de Payo Obispo, hoy Chetumal. Sin tampoco olvidar que en aquellos años el Sur del Estado pertenecía a Campeche y el norte al Estado a Yucatán.

Tampoco olvidar que aquellos  hombres del Comité, con sus familias y con todos los pobladores de Payo Obispo al  unísono, codo con codo,  dieron la batalla como punta de lanza, enfrentando las consabidas  amenazas, intimidaciones y otras artes represivas de la política de aquellos años.

Sin olvidar que  esos años, en nuestro país, 1935-1936, fueron años de asonadas, de presidentes asesinados; años de matar o morir, años  tremendamente  convulsos, y años de la historia en los cuales  las vidas de los  ciudadanos disidentes,  no tenían mayor valor;  y años en los cuales  la Comisiones de Derechos Humanos  no pensaban siquiera nacer.

Y es ahora, en el primer cuarto del Siglo XXI, que como heredero de una raza con sangre  quizá europea,  quizá con orígenes en otro continente; lo mismo me siento Maya que Europeo, lo mismo indígena que colonizador, lo mismo negro que blanco, y  lo mismo Caribeño que Chilango.  Y por sobre todas esas cavilaciones y consideraciones de lo que soy, les confieso que me  siento nativo  y les confieso confieso que me siento indisolublemente unido,  orgulloso, de lo que soy, vinculado a este Estado, y profundamente identificado con esta mí ciudad.

En este 12 de octubre, el día de la raza, reitero mi sentir y mi identificación  con mi  Chetumal, que es   la esencia de lo mejor que guarda mi alma, de mi espíritu y de mi buena voluntad, con todo lo que nos pertenece,  con todo lo que es lo nuestro,  lo que es  de todos, sin distinción de nadie, e identificado con todos los que aquí vivimos y aquí habremos de morir.

MARIO

Septiembre 11El americano medio es un ser optimista, religioso, poco dado a la ironía, nada interesado en el resto del mundo pero convencido de que su país es el más grande, el más civilizado, el más justo, el más democrático, el más poderoso y el más invulnerable en la historia de la humanidad.

Después del ‘Armagedón’, como decían en algunas cadenas de televisión de Nueva York, que aconteció ayer, cien veces más devastador para la psicología americana que Pearl Harbour, o que Vietnam, todo ha cambiado para siempre. La visión que han tenido los americanos de ellos mismos, y de su relación con el resto del planeta -y hasta posiblemente con dios- ha sido permanentemente modificada. Ya no hay respuestas simples, claras para todo. Sólo hay preguntas. Tras frotarse los ojos ayer por la mañana y dar fe de que lo que estaba viendo en televisión no era una delirante película de ciencia ficción, sino imágenes de algo que estaba realmente ocurriendo en Nueva York, la primera reacción del americano en Chicago, o Los Ángeles, o Dallas habrá sido una de profunda estupefacción. Enormes catástrofes de este tipo, si es que ocurren, ocurrirán en otros países, habrá pensado. No aquí. A nosotros no nos pueden atacar así, matarnos como si fuéramos moscas.

Y es normal que así piense, no sólo porque lo acontecido ayer en el noreste de los Estados Unidos rebasa las peores pesadillas del militar más paranoico del Pentágono, sino también porque los Estados Unidos, en lo que a territorio geográfico se refiere, nunca ha sido un país víctima. Estados Unidos ha atacado a otros países, ha sido el agresor. (Aunque siempre, siempre a favor de una causa justa, piensa nuestro americano medio.) Estados Unidos lanzó las bombas sobre Hiroshima y Hanoi, pero jamás se hubiera imaginado que Hiroshima y Hanoi se repetirían en Washington y Nueva York.

¿Quién nos podría odiar tanto? ¿Por qué? ¿No somos no sólo el país más rico del mundo sino también el más bueno? En un país en el que apenas el 10% de la población posee pasaporte, en el que menos del 10% podría señalar España (ni hablar de Irak o Afganistán) en un mapamundi, en el que la liga nacional del deporte favorito de su pueblo, el béisbol, se llama ‘la Serie Mundial’, y el ganador ‘el campeón del mundo’, en el que -en fin- se considera en general que el planeta más allá de las fronteras de los Estados Unidos carece totalmente de importancia, no es de extrañar que la gente se sorprenda al descubrir que hay muchos seres humanos que detestan al país que algunos llaman el Gran Satanás.

Y no sólo en Oriente Próximo. Es curioso, por ejemplo, por no decir extraordinario que, con poquísimas excepciones, los americanos no tengan la más mínima conciencia del mal que hicieron en Centroamérica, y en Chile y en otros países de su hemisferio, durante los años ochenta. De las víctimas que cobró la política del presidente más querido en los Estados Unidos desde Kennedy, Ronald Reagan.

Pero la confusión que siente el americano medio hoy es más profunda. Más allá de la sorpresa que experimenta al descubrir el nivel de su ignorancia ante los problemas del mundo, siente como que los cimientos de su mundo se han venido abajo. El americano es una persona que cree en grandes verdades, ‘verdades evidentes’, como dice la Declaración de Independencia, y una de ellas es que Estados Unidos, el país al que en casi todos los casos huyeron sus antepasados en busca de una vida más segura y mejor, es una fortaleza contra los males que podrían existir en el mundo externo, desconocido. Fortress America, ‘Fortaleza América’, es la expresión que utilizan hace mucho tiempo.

Pero de repente si aquellos dos magníficos símbolos del poderío económico y militar de los Estados Unidos (‘la hiperpotencia’, como dicen los franceses), como lo son el World Trade Centre y el Pentágono, son vulnerables, entonces todos somos vulnerables. Pensábamos que podíamos ir a la guerra sin que muriesen nuestros soldados. O, más bien, se lo exigíamos a nuestros políticos. Guerras de sangre ajena. Y resulta que ahora están muriendo miles y miles y miles de civiles. Y lo que es especialmente desconcertante, lo que marca una de las muchas diferencias de magnitud con Pearl Harbour, es que ni siquiera sabemos exactamente quién es el enemigo. Nos han atacado, pero nos han dejado ciegos, incapaces de ver -por más CIA, FBI, por más satélites espías que podamos tener- quién fue nuestro agresor.

Todo lo cual significa que nos va a costar de ahora en adelante ser tan optimistas frente al universo, y el optimismo es, o ha sido, nuestra característica nacional. La que nos distingue de los europeos, gente irónica, cínica, que ha sufrido grandes desastres a lo largo de la historia en carne propia, que ha visto la pérdida de su invulnerabilidad, la caída de sus imperios.

La otra gran característica del americano es que ve el mundo en blanco y negro. El mundo, como predica el mismo presidente Bush, se divide entre malos y buenos. El cristianismo americano, el más ferviente del mundo occidental, es un cristianismo que da más énfasis al Antiguo que al Nuevo Testamento. Con Cristo existen matices. Para los profetas la vida era más simple. La justicia era cuestión de ojo por ojo. En los Estados Unidos no hay debate sobre la pena de muerte. Es justa y necesaria y no se discute más.

La venganza de los Estados Unidos, desde ya salvaje contra su propia gente, será bíblica contra aquellos que provocaron el Armagedón, la pérdida definitiva de la inocencia americana.

Publicado en El Diario El País. El 12 de Septiembre de 2001

Vista del Palacio 1950En un lugar a orillas de una bahía y en la desembocadura de un rio, hubo una vez un pueblo, muy especial por cierto, pero que bien podría ser cualquier otro pueblo de la tierra, y hubo una vez un tiempo, que bién  pudo ser también otro  tiempo de la historia  Un tiempo en el que hubo mucho malestar, hubieron muchas acusaciones, hubieron muchas  injusticias y un tiempo en el que los reproches eran muchos y el pueblo se sentía irritado, indignado y muy quejumbroso  de todo cuanto habían padecido y soportado de sus líderes.

Un buen día, caminando por la rivera del rio un lugareños hizo un hallazgo.  El rio era uno que  todos llamaban Rio Hondo,  y  lo mismo había establecido límites  que llevado vida  y prosperidad a los lugareños  de aquel  remoto lugar de la tierra. Un lugar costeño poblado lo mismo por mayas, que por mestizos, ingleses y piratas.  De entre las piedras de aquel rio, se había encontrado un tesoro. Era una cajita bien sellada que parecía esconder algo muy secreto y muy antiguo, pues las piedras que escondían el hallazgo lucían gastadas y bruñidas,  denotando muchos años de estar guardando aquella diminuta e intrigante caja.

La noticia de la cajita del rio corrió como pólvora por el pueblo.  Conocer el contenido  despertó mucha inquietud y curiosidad entre los habitantes del pueblo. Se decía que la cajita era milagrosa, y que en su interior guardaba secretos ancestrales, secretos y recetas que curarían muchos males, y en especial esos que muchos padecían.  La gente decidió que la caja se abriera públicamente ante la presencia de todos. Así se hizo y la cajita fue llevada a la plaza pública, aquella conocida como la explanada de la bandera, a orillas de la bahía y muy cerca del muelle de la localidad.

Allí, ante el pueblo congregado en tumulto, la cajita fue abierta y su contenido dado a conocer.  En efecto, como muchos sospechaban,  la caja contenía un secreto, el secreto era una carta que al momento fue leída en voz alta a una  audiencia  que: lo mismo estaba  intrigada,  irritada y descontenta, que atenta  y expectante .  La carta decía así:

Señor, Si un día estuviera sofocado, lleno de ira, harto de los malos gobiernos, con deseos de vengar mi descontento e insatisfecho conmigo mismo y con el mundo a mi alrededor, solo pregúntame:

Pregúntame, si quiero cambiar la luz por las tinieblas.

Pregúntame, si quiero cambiar la mesa puesta, por los restos que tantos buscan en la basura.

Pregúntame, si quiero cambiar mis pies por una silla de ruedas.

Pregúntame, si  quiero cambiar mi voz, por las señas.

Pregúntame, si  quiero cambiar el mundo de los sonidos por el silencio de los que no oyen nada.

Pregúntame, si quiero cambiar el diario que leo y después echo a la basura, por la miseria de los que van a buscarlo para hacerse con él una manta.

Pregúntame, si  quiero cambiar mi salud, por las enfermedades de tanta gente.

Pregúntame,  si quiero vivir en paz con lo que he logrado, o en constante guerra por lo que me falta.

Pregúntame, si debo seguir sintiendo rabia o si debo buscar mi reconciliación sin negar tus enseñanzas.

Pregúntame, hasta cuándo no reconoceré tus bendiciones, para hacer de mi vida un himno de alabanza y gratitud y decir, todos los días, desde el fondo de mi corazón:

Gracias Señor por poder ver un nuevo día.

Mario.

VotantePOLINIZACIÓN CRUZADA

Una reflexión en tiempos de campañas.

En estos tiempos de campañas políticas pienso que debemos ser, como dice el poeta, solo aves sobre el pantano, siempre cuidando nuestro plumaje y observando el lugar más limpio para aterrizar. Sobre este tema viene a bien esta reflexión:

Un agricultor tenía el mejor cultivo de maíz. Cada año llevaba su maíz a la feria del estado donde le galardonaban. Un año un periodista lo entrevistó y se enteró de algo interesante acerca de cómo cultivaba su maíz.

El reportero descubrió que el agricultor compartía su semilla de maíz con sus vecinos. “Cómo puede darse el lujo de compartir sus mejores semillas de maíz con sus vecinos cuando están entrando en competencia con la suya cada año?

Por qué lo hace señor? Pregunto el reportero.

El granjero respondió: “Porque el viento recoge el polen del maíz maduro y lo mezcla de campo en campo. Si mis vecinos cultivan maíz inferior, la polinización cruzada degradará de manera constante la calidad de mi maíz. Si quiero cultivar buen maíz debo ayudar a mis vecinos a cultivar maíz bueno también.” Así es con nuestras vidas… Los que quieren vivir de manera significativa deben ayudar a enriquecer las vidas de los demás, porque el valor de una vida se mide por las vidas que toca. Y aquellos que eligen ser felices ayudan a otros a encontrar la felicidad, porque el bienestar de cada uno está ligado al bienestar de todos…

Llámalo poder de la colectividad…

Llámalo un principio de éxito…

Dí que es una ley de la vida…

¡¡El hecho es que ninguno de nosotros realmente gana hasta que todos ganamos!!

Detengamos esa escalada de odio, de frustración, de envidia y de codicia malsana que guía las intenciones de la gente. Se quiere quedar bien con uno denostando, calumniando o insultando al otro. Eso no puede ser sano. Al hacerlo solo mostramos lo malo que habita en nosotros, solo sacamos las envidias y los deseos de venganza por todo lo que está mal en nuestra vida. El hacerlo no nos eleva, solo nos degrada. El hacerlo nos convierte en peones y en masa manipulada al servicio de intereses escondidos, de apetitos insanos, de intenciones aparentes y pasiones oscuras; esas que en todo lados hay y no son nuevas; esas que tanto nos disgustan y desatan nuestra ira.

No olvidemos que no nos toca hacerla de jueces para juzgar, sino de votantes; que sin pelear ni enemistarnos, debemos decidir e ir a votar. La vida sigue y seguiremos en el mismo barco, siempre viéndonos y conviviendo entre personas, entre familias, entre gobernantes y gobernados.

Lo nuestro es: Elegir al mejor o al menos malo.

Hagámoslo con serenidad y prudencia, con clase e inteligencia, procurando sabiamente escoger entre las opciones que existen, sin contaminar, ni contaminarnos.

Mario.

Pepe MujicaY hubo un día en que el presidente de Uruguay, ante todas  las naciones congregadas  en  la ONU, con la presencia de los más poderosos líderes del mundo, habló de lo que había que hablar, y dijo estas palabras:

Amigos todos, soy del sur, vengo del sur. Esquina del Atlántico y del Plata, mi país es una penillanura suave, templada, una historia de puertos, cueros, tasajo, lanas y carne. Tuvo décadas púrpuras, de lanzas y caballos, hasta que por fin al arrancar el siglo XX se puso a ser vanguardia en lo social, en el Estado, en la enseñanza. Diría que la socialdemocracia se inventó en el Uruguay.

Durante casi 50 años el mundo nos vio como una especie de Suiza. En realidad, en lo económico fuimos bastardos del imperio británico y cuando este sucumbió vivimos las amargas mieles de términos de intercambio funestos, y quedamos estancados añorando el pasado.

Casi 50 años recordando el Maracaná, nuestra hazaña deportiva. Hoy hemos resurgido en este mundo globalizado tal vez aprendiendo de nuestro dolor. Mi historia personal, la de un muchacho- porque alguna vez fui muchacho- que como otros quiso cambiar su época, su mundo, el sueño de una sociedad libertaria y sin clases. Mis errores son en parte hijos de mi tiempo. Obviamente los asumo, pero hay veces que medito con nostalgia.

La fuerza de la utopía

¡Quién tuviera la fuerza de cuando éramos capaces de albergar tanta utopía! Sin embargo no miro hacia atrás porque el hoy real nació en las cenizas fértiles del ayer. Por el contrario no vivo para cobrar cuentas o reverberar recuerdos.

Me angustia, y de qué manera, el porvenir que no veré, y por el que me comprometo. Sí, es posible un mundo con una humanidad mejor, pero tal vez hoy la primera tarea sea cuidar la vida.

Pero soy del sur y vengo del sur, a esta asamblea, cargo inequívocamente con los millones de compatriotas pobres, en las ciudades, en los páramos, en las selvas, en las pampas, en los socavones, de la América Latina patria común que se está haciendo.

El bloqueo inútil a Cuba

Cargo con las culturas originales aplastadas, con los restos del colonialismo en Malvinas, con bloqueos inútiles a ese caimán bajo el sol del Caribe que se llama Cuba. Cargo con las consecuencias de la vigilancia electrónica que no hace otra cosa que sembrar desconfianza. Desconfianza que nos envenena inútilmente. Cargo con una gigantesca deuda social, con la necesidad de defender la Amazonia, los mares, nuestros grandes ríos de América.

Cargo con el deber de luchar por patria para todos. Para que Colombia pueda encontrar el camino de la paz, y cargo con el deber de luchar por tolerancia, la tolerancia se precisa para con aquellos que son distintos, y con los que tenemos diferencias y discrepamos. No se precisa la tolerancia para los que estamos de acuerdo.

La tolerancia es la paz

La tolerancia es el fundamento de poder convivir en paz, y entendiendo que en el mundo somos diferentes. El combate a la economía sucia, al narcotráfico, a la estafa, el fraude y la corrupción, plagas contemporáneas, prohijadas por ese antivalor, ese que sostiene que somos felices si nos enriquecemos sea como sea. Hemos sacrificado los viejos dioses inmateriales. Les ocupamos el templo con el dios mercado, que nos organiza la economía, la política, los hábitos, la vida y hasta nos financia en cuotas y tarjetas, la apariencia de felicidad.

Parecería que hemos nacido solo para consumir y consumir, y cuando no podemos cargamos con la frustración, la pobreza, y hasta la autoexclusión.

Lo cierto hoy es que para gastar y enterrar los detritos en eso que se llama la huella de carbono por la ciencia, si aspiráramos en esta humanidad a consumir como un americano medio promedio, sería imprescindible tres planetas para poder vivir.

El despilfarro de vida

Es decir nuestra civilización montó un desafío mentiroso y así como vamos, no es posible para todos colmar ese sentido de despilfarro que se le ha dado a la vida. En los hechos se está masificando como una cultura de nuestra época, siempre dirigida por la acumulación y el mercado.

Prometemos una vida de derroche y despilfarro, y en el fondo constituye una cuenta regresiva contra la naturaleza, contra la humanidad como futuro. Civilización contra la sencillez, contra la sobriedad, contra todos los ciclos naturales.

“Civilización” contra el amor

Lo peor: civilización contra la libertad que supone tener tiempo para vivir las relaciones humanas, lo único trascendente, el amor, la amistad, aventura, solidaridad, familia. Civilización contra tiempo libre no paga, que no se compra, y que nos permite contemplar y escudriñar el escenario de la naturaleza.

Arrasamos la selva, las selvas verdaderas, e implantamos selvas anónimas de cemento. Enfrentamos al sedentarismo con caminadores, al insomnio con pastillas, la soledad con electrónicos, porque somos felices alejados del entorno humano.

Cabe hacerse esta pregunta, huimos de nuestra biología que defiende la vida por la vida misma, como causa superior, y lo suplantamos por el consumismo funcional a la acumulación.

La política, la eterna madre del acontecer humano quedó limitada a la economía y al mercado, de salto en salto la política no puede más que perpetuarse, y como tal delegó el poder y se entretiene, aturdida, luchando por el gobierno. Debocada marcha de historieta humana, comprando y vendiendo todo, e innovando para poder negociar de algún modo, lo que es innegociable. Hay marketing para todo, para los cementerios, los servicios fúnebres, las maternidades, para padres, para madres, pasando por las secretarias, los autos y las vacaciones. Todo, todo es negocio.

Todavía las campañas de marketing caen deliberadamente sobre los niños, y su psicología para influir sobre los mayores y tener hacia el futuro un territorio asegurado. Sobran pruebas de estas tecnologías bastante abominables que a veces, conducen a las frustraciones y más.

El hombrecito promedio de nuestras grandes ciudades, deambula entre las financieras y el tedio rutinario de las oficinas, a veces atemperadas con aire acondicionado. Siempre sueña con las vacaciones y la libertad, siempre sueña con concluir las cuentas, hasta que un día, el corazón se para, y adiós. Habrá otro soldado cubriendo las fauces del mercado, asegurando la acumulación. La crisis se hace impotencia, la impotencia de la política, incapaz de entender que la humanidad no se escapa, ni se escapará del sentimiento de nación. Sentimiento que casi está incrustado en nuestro código genético.

Un mundo sin fronteras

Hoy, es tiempo de empezar a tallar para preparar un mundo sin fronteras. La economía globalizada no tiene más conducción que el interés privado, de muy pocos, y cada estado nacional mira su estabilidad continuista, y hoy la gran tarea para nuestros pueblos, en mi humilde manera de ver, es el todo.

Como si esto fuera poco, el capitalismo productivo, francamente productivo, está medio prisionero en la caja de los grandes bancos. En el fondo son la cúspide del poder mundial. Más claro, creemos que el mundo requiere a gritos reglas globales que respeten los logros de la ciencia, que abunda. Pero no es la ciencia que gobierna el mundo. Se precisan por ejemplo, una larga agenda de definiciones, cuántas horas de trabajo y toda la tierra, cómo convergen las monedas, cómo se financia la lucha global por el agua, y contra los desiertos.

Solidaridad con los oprimidos

Cómo se recicla y se presiona contra el calentamiento global. Cuáles son los límites de cada gran quehacer humano. Sería imperioso lograr consenso planetario para desatar solidaridad hacia los más oprimidos, castigar impositivamente el despilfarro y la especulación. Movilizar las grandes economías, no para crear descartables, con obsolescencia calculada, sino bienes útiles, sin fidelidad, para ayudar a levantar a los pobres del mundo. Bienes útiles contra la pobreza mundial. Mil veces más redituable que hacer guerras. Volcar un neo-keynesianismo útil de escala planetaria para abolir las vergüenzas más flagrantes que tiene este mundo.

La política y la ciencia

Tal vez nuestro mundo necesita menos organismos mundiales, esos que organizan los foros y las conferencias, que le sirven mucho a las cadenas hoteleras y a las compañías aéreas y en el mejor de los casos nadie recoge y lo transforma en decisiones.…

Necesitamos sí mascar mucho lo viejo y eterno de la vida humana junto a la ciencia, esa ciencia que se empeña por la humanidad no para hacerse rico; con ellos, con los hombres de ciencia de la mano, primeros consejeros de la humanidad, establecer acuerdos por el mundo entero. Ni los Estados nacionales grandes, ni las transnacionales y muchos menos el sistema financiero debería gobernar el mundo humano. Sí la alta política entrelazada con la sabiduría científica, allí está la fuente. Esa ciencia que no apetece el lucro pero que mira el porvenir y nos dice cosas que no atendemos. ¿Cuántos años hace que nos dijeron determinadas cosas que no nos dimos por enterados? Creo que hay que convocar la inteligencia al comando de la nave arriba de la tierra, cosas de este estilo y otras que no puedo desarrollar nos parecen imprescindibles, pero requerirían que lo determinante fuera la vida, no la acumulación.

No somos tan  ilusos

Obviamente, no somos tan ilusos, estas cosas no pasarán, ni otras parecidas. Nos quedan muchos sacrificios inútiles por delante, mucho remendar consecuencias y no enfrentar las causas. Hoy el mundo es incapaz de crear regulación planetaria a la globalización y esto es por el debilitamiento de la alta política, eso que se ocupa de todo. Por último vamos a asistir al refugio de acuerdos más o menos “reclamables”, que van a plantear un mentiroso libre comercio interno, pero que en el fondo van a terminar construyendo parapetos proteccionistas, supranacionales en algunas regiones del planeta. A su vez van a crecer ramas industriales importantes y servicios, todos dedicados a salvar y mejorar al medio ambiente. Así nos vamos a consolar por un tiempo, vamos a estar entretenidos y naturalmente va a continuar como para estar rica la acumulación para regodeo del sistema financiero.

Ir contra la especie

Continuarán las guerras y por tanto los fanatismos hasta que tal vez la misma naturaleza lo llame al orden y haga inviable nuestras civilizaciones. Tal vez nuestra visión es demasiado cruda, sin piedad y vemos al hombre como una criatura única, la única que hay arriba de la tierra capaz de ir contra su propia especie. Vuelvo a repetir, porque algunos llaman la crisis ecológica del planeta, es consecuencia del triunfo avasallante de la ambición humana. Ese es nuestro triunfo, también nuestra derrota, porque tenemos impotencia política de encuadrarnos en una nueva época. Y hemos contribuido a construir y no nos damos cuenta.

¿Por qué digo esto? Son datos nada más. Lo cierto es que la población se cuadriplicó y el PBI creció por lo menos veinte veces en el último siglo. Desde 1990 aproximadamente cada seis años se duplica el comercio mundial. Podíamos seguir anotando datos que establecen la marcha de la globalización. ¿Qué nos está pasando? Entramos en otra época aceleradamente pero con políticos, atavíos culturales, partidos, y jóvenes, todos viejos ante la pavorosa acumulación de cambios que ni siquiera podemos registrar. No podemos manejar la globalización, porque nuestro pensamiento no es global. No sabemos si es una limitante cultural o estamos llegando a los límites biológicos.

Los efectos de la codicia

Nuestra época es portentosamente revolucionaria como no ha conocido la historia de la humanidad. Pero no tiene conducción consciente, o menos, conducción simplemente instintiva. Mucho menos todavía, conducción política organizada porque ni siquiera hemos tenido filosofía precursora ante la velocidad de los cambios que se acumularon.

La codicia, tanto negativa y tanto motor de la historia, eso que empujó al progreso material técnico y científico, que ha hecho lo que es nuestra época y nuestro tiempo y un fenomenal adelanto en muchos frentes, paradojalmente, esa misma herramienta, la codicia que nos empujó a domesticar la ciencia y transformarla en tecnología nos precipita a un abismo brumoso. A una historia que no conocemos, a una época sin historia y nos estamos quedando sin ojos ni inteligencia colectiva para seguir colonizando y perpetuarnos transformándonos.

¿Qué es el todo?

Porque si una característica tiene este bichito humano, es que es un conquistador antropológico. Parece que las cosas toman autonomía y las cosas someten a los hombres. Por un lado u otro, sobran activos para vislumbrar estas cosas y en todo caso, vislumbrar el rumbo. Pero nos resulta imposible colectivizar decisiones globales por ese todo. Más claro, la codicia individual ha triunfado largamente sobre la codicia superior de la especie. Aclaremos, ¿qué es el todo?, esa palabra que utilizamos.

Para nosotros es la vida global del sistema tierra incluyendo la vida humana con todos los equilibrios frágiles que hacen posible que nos perpetuemos. Por otro lado, más sencillo, menos opinable y más evidente. En nuestro occidente, particularmente, porque de ahí venimos aunque venimos del Sur, las repúblicas que nacieron para afirmar que los hombres somos iguales, que nadie es más que nadie, que sus gobiernos deberían representar el bien común, la justicia y la equidad. Muchas veces, las repúblicas se deforman y caen en el olvido de la gente corriente, la que anda por las calles, el pueblo común.

No fueron las repúblicas creadas para vegetar encima de la grey, sino por el contrario, son un grito en la historia para hacer funcionales a la vida de los propios pueblos y, por lo tanto, las repúblicas se deben a las mayorías y a luchar por la promoción de las mayorías.

La cultura consumista

Por lo que fuera, por reminiscencias feudales que están allí en nuestra cultura; por clasismo dominador, tal vez por la cultura consumista que nos rodea a todos, las repúblicas frecuentemente en sus direcciones adoptan un diario vivir que excluye, que pone distancia con el hombre de la calle.

En los hechos, ese hombre de la calle debería ser la causa central de la lucha política en la vida de las repúblicas. Los gobiernos republicanos deberían de parecerse cada vez más a sus respectivos pueblos en la forma de vivir y en la forma de comprometerse con al vida.

El hecho es que cultivamos arcaísmos feudales, cortesanismos consentidos, hacemos diferenciaciones jerárquicas que en el fondo socavan lo mejor que tienen las repúblicas: que nadie es más que nadie. El juego de estos y otros factores nos retienen en la prehistoria. Y hoy es imposible renunciar a la guerra cuando la política fracasa. Así se estrangula la economía, derrochamos recursos.

Dos millones por minuto

Oigan bien, queridos amigos: en cada minuto del mundo se gastan dos millones de dólares en presupuestos militares en esta tierra. Dos millones de dólares por minutos en presupuesto militar!! En investigación médica, de todas las enfermedades que ha avanzado enormemente y es una bendición para la promesa de vivir unos años más, esa investigación apenas cubre la quinta parte de la investigación militar.

Este proceso del cual no podemos salir, es ciego. Asegura odio y fanatismo, desconfianza, fuente de nuevas guerras y esto también, derroche de fortunas. Yo se que es muy fácil, poéticamente, autocriticarnos, personalmente. Y creo que sería una inocencia en este mundo plantear que allí existen recursos para ahorrar y gastarlos en otras cosas útiles. Eso sería posible, otra vez, si fuéramos capaces de ejercitar acuerdos mundiales y prevenciones mundiales de políticas planetarias que nos garanticen la paz y que nos den a los más débiles, garantía que no tenemos. Ahí habría enormes recursos para recortar y atender las mayores vergüenzas arriba de la Tierra. Pero basta una pregunta: en esta humanidad, hoy, ¿adonde se iría sin la existencia de esas garantías planetarias? Entonces cada cual hace vela de armas de acuerdo a su magnitud y allí estamos porque no podemos razonar como especie, apenas como individuos.

Las instituciones mundiales, particularmente hoy vegetan a la sombra consentida de las disidencias de las grandes naciones que, obviamente, estas quieren retener su cuota de poder.

El papel de la ONU

Bloquean en los hechos a esta ONU que fue creada con una esperanza y como un sueño de paz para la humanidad. Pero peor aún la desarraigan de la democracia en el sentido planetario porque no somos iguales. No podemos ser iguales en este mundo donde hay más fuertes y más débiles. Por lo tanto es una democracia planetaria herida y está cercenando la historia de un posible acuerdo mundial de paz, militante, combativo y que verdaderamente exista. Y entonces, remendamos enfermedades allí donde hace eclosión y se presenta según le parezca a algunas de las grandes potencias. Lo demás miramos desde lejos. No existimos.

Amigos, yo creo que es muy difícil inventar una fuerza peor que el nacionalismo chauvinista de las granes potencias. La fuerza que es liberadora de los débiles. El nacionalismo tan padre de los procesos de descolonización, formidable hacia los débiles, se transforma en una herramienta opresora en las manos de los fuertes y vaya que en los últimos 200 años hemos tenido ejemplos por todas partes.

Nuestro pequeño ejemplo

La ONU, nuestra ONU languidece, se burocratiza por falta de poder y de autonomía, de reconocimiento y sobre todo de democracia hacia el mundo más débil que constituye la mayoría aplastante del planeta. Pongo un pequeño ejemplo, pequeñito. Nuestro pequeño país tiene en términos absolutos, la mayor cantidad de soldados en misiones de paz de los países de América Latina desparramos en el mundo. Y allí estamos, donde nos piden que estemos.

Pero somos pequeños, débiles. Donde se reparten los recursos y se toman las decisiones, no entramos ni para servir el café. En lo más profundo de nuestro corazón, existe un enorme anhelo de ayudar para que le hombre salga de la prehistoria. Yo defino que el hombre mientras viva con clima de guerra, está en la prehistoria, a pesar de los muchos artefactos que pueda construir.

Las soledades de la guerra

Hasta que el hombre no salga de esa prehistoria y archive la guerra como recurso cuando la política fracasa, esa es la larga marcha y el desafío que tenemos por delante. Y lo decimos con conocimiento de causa. Conocemos las soledades de la guerra. Sin embargo, estos sueños, estos desafíos que están en el horizonte implica luchar por una agenda de acuerdos mundiales que empiecen a gobernar nuestra historia y superar paso a paso, las amenazas a la vida. La especie como tal, debería tener un gobierno para la humanidad que supere el individualismo y bregue por recrear cabezas políticas que acudan al camino de la ciencia y no solo a los intereses inmediatos que nos están gobernando y ahogando.

Paralelamente hay que entender que los indigentes del mundo no son de África o de América Latina, son de la humanidad toda y esta debe como tal, globalizada, propender a empeñarse en su desarrollo, en que puedan vivir con decencia por sí mismos. Los recursos necesarios existen, están en ese depredador despilfarro de nuestra civilización.

La bombita de 100 años

Hace pocos días le hicieron ahí, en California, en una agencia de bomberos un homenaje a una bombita eléctrica que hace 100 años que está prendida; ¡100 años que está prendida, amigo! Cuántos millones de dólares nos sacaron del bolsillo haciendo deliberadamente porquerías para que la gente compre, y compre, y compre, y compre.

Pero esta globalización de mirar por todo el planeta y por toda la vida significa un cambio cultural brutal. Es lo que nos está requiriendo la historia. Toda la base material ha cambiado y ha tambaleado, y los hombres, con nuestra cultura, permanecemos como si no hubiera pasado nada y en lugar de gobernar la civilización, esta nos gobierna a nosotros. Hace más de 20 años que discutíamos la humilde tasa Tobi. Imposible aplicarla a nivel del planeta. Todos los bancos del poder financiero se levantan heridos en su propiedad privada y qué sé yo cuántas cosas más. Sin embargo, esto es lo paradojal. Sin embargo, con talento, con trabajo colectivo, con ciencia, el hombre paso a paso es capaz de transformar en verde a los desiertos.

El hombre es capaz…

El hombre puede llevar la agricultura al mar. El hombre puede crear vegetales que vivan con agua salada. La fuerza de la humanidad se concentra en lo esencial. Es inconmensurable. Allí están las más portentosas fuentes de energía. ¿Qué sabemos de la fotosíntesis?, casi nada. La energía en el mundo sobra si trabajamos para usarla con ella. Es posible arrancar de cuajo toda la indigencia del planeta. Es posible crear estabilidad y será posible a generaciones venideras, si logran empezar a razonar como especie y no solo como individuo, llevar la vida a la galaxia y seguir con ese sueño conquistador que llevamos en nuestra genética los seres humanos.

Pero para que todos esos sueños sean posibles, necesitamos gobernarnos a nosotros mismos o sucumbiremos porque no somos capaces de estar a la altura de la civilización que en los hechos fuimos desarrollando.

Este es nuestro dilema. No nos entretengamos solos remendando consecuencias. Pensemos en las causas de fondo, en la civilización del despilfarro, en la civilización del use-tire que lo que está tirando es tiempo de vida humana malgastado, derrochando cuestiones inútiles. Piensen que la vida humana es un milagro. Que estamos vivos por milagro y nada vale más que la vida. Y que nuestro deber biológico es por encima de todas las cosas respetar la vida e impulsarla, cuidarla, procrearla y entender que la especie es nuestro nosotros.

Gracias.

El Papa FranciscoHermanos y hermanas:

Me alegro de este encuentro con ustedes, autoridades políticas y civiles de Bolivia, miembros del Cuerpo diplomático y personas relevantes del mundo de la cultura y del voluntariado. Agradezco a Mons. Edmundo Abastoflor, Arzobispo de esta Iglesia de la Paz, su amable bienvenida. Les ruego que me permitan cooperar, alentando con algunas palabras, la tarea que cada uno de ustedes ya realiza. Y les agradezco la cooperación que ustedes con su testimonio de calurosa acogida me dan a mí para que yo pueda seguir adelante. Muchas gracias.

Cada uno a su manera, todos los aquí presentes compartimos la vocación de trabajar por el bien común. Ya hace 50 años, el Concilio Vaticano II definía el bien común como «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente de la propia perfección»; gracias a ustedes por aspirar –desde su rol y misión– para que las personas y la sociedad se desarrollen, alcancen su perfección.

Estoy seguro de sus búsquedas de lo bello, lo verdadero, lo bueno en este afán por el bien común. Que este esfuerzo ayude siempre a crecer en un mayor respeto a la persona humana en cuanto tal, con derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral, a la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular a la justicia distributiva. Que la riqueza se distribuya.

En el trayecto hacia la catedral he podido admirarme de las cumbres del Hayna Potosí y del Illimani, de ese «cerro joven» y de aquel que indica «el lugar por donde sale el sol». También he visto cómo de manera artesanal muchas casas y barrios se confundían con las laderas y me he maravillado de algunas obras, de su arquitectura. El ambiente natural y el ambiente social, político y económico están íntimamente relacionados.

Nos urge poner las bases de una ecología integral, es problema de salud. Una ecología integral que incorpore claramente todas las dimensiones humanas en la resolución de las graves cuestiones socio ambientales de nuestros días, sino los glaciares de esos mismos montes seguirán retrocediendo y la lógica de la recepción, la conciencia del mundo que queremos dejar a los que nos sucedan, su orientación general, su sentido, sus valores también se derretirán como esos hielos). De esto hay que tomar conciencia. Ecología integral y me arriesgo, supone ecología de la madre tierra, cuidar la madre tierra,  Ecología humana, cuidarnos entre nosotros y ecología social. Forzada la palabra.

Como todo está relacionado, nos necesitamos unos a otros. Si la política se deja dominar por la especulación financiera o la economía se rige únicamente por el paradigma tecnocrático y utilitarista de la máxima producción, no podrán ni siquiera comprender, y menos aún resolver, los grandes problemas que afectan a la humanidad.

Es necesaria también la cultura, de la que forma parte no solo el desarrollo de la capacidad intelectual del ser humano en las ciencias y de la capacidad de generar belleza en las artes, sino también las tradiciones populares locales, eso también es cultura, con su particular sensibilidad al medio de donde han surgido y al que dan sentido y del medio del que han salido. Se requiere de igual forma una educación ética y moral, que cultive actitudes de solidaridad y corresponsabilidad entre las personas. Debemos reconocer el papel específico de las religiones en el desarrollo de la cultura y los beneficios que puedan aportar a la sociedad.

Los cristianos, en particular, como discípulos de la Buena Noticia, somos portadores de un mensaje de salvación que tiene en sí mismo la capacidad de ennoblecer a las personas, de inspirar grandes ideales capaces de impulsar líneas de acción que vayan más allá del interés individual, posibilitando la capacidad de renuncia en favor de los demás, la sobriedad y las demás virtudes que nos contienen y nos unen. Esas virtudes que vuestra cultura tan sencillamente se expresan esos tres mandamientos, “no mentir”, “no robar”, “no ser flojo”, pero debemos estar alertas pues muy fácilmente nos habituamos al ambiente de inequidad que nos rodea, que nos volvemos insensibles a sus manifestaciones. Y así confundimos sin darnos cuenta el «bien común» con el «bien-estar», Y de ahí se va resbalando de a poquito de a poquito y el ideal del bien común cómo que se va perdiendo y termina en el bienestar sobre todo cuando somos nosotros los que los disfrutamos y no los otros.

El bienestar que se refiere solo a la abundancia material tiende a ser egoísta, tiende a defender los intereses de parte, a no pensar en los demás, y a dejarse llevar por la tentación del consumismo. Así entendido, el bienestar, en vez de ayudar, incuba posibles conflictos y disgregación social; instalado como la perspectiva dominante, genera el mal de la corrupción que cuánto desalienta y tanto mal hace. El bien común, en cambio, es algo más que la suma de intereses individuales; es un pasar de lo que «es mejor para mí» a lo que «es mejor para todos», e incluye todo aquello que da cohesión a un pueblo: metas comunes, valores compartidos, ideales que ayudan a levantar la mirada, más allá de los horizontes particulares.

Los diferentes agentes sociales tienen la responsabilidad de contribuir a la construcción de la unidad y el desarrollo de la sociedad. La libertad siempre es el mejor ámbito para que los pensadores, las asociaciones ciudadanas, los medios de comunicación desarrollen su función, con pasión y creatividad, al servicio del bien común. También los cristianos, llamados a ser fermento en el pueblo, aportan su propio mensaje a la sociedad.

La luz del Evangelio de Cristo no es propiedad de la Iglesia; ella es su servidora,la Iglesia debe servir al Evangelio de Cristo para que llegue hasta los extremos del mundo. La fe es una luz que no encandila, las ideologías encandilan, la fe no encandila, la fe es una luz que no obnubila, sino que alumbra y guía con respeto la conciencia y la historia de cada persona y de cada convivencia humana. Respeto. El cristianismo ha tenido un papel importante en la formación de la identidad del pueblo boliviano.

La libertad religiosa –como es acuñada habitualmente esa expresión en el fuero civil– es quien también nos recuerda que la fe no puede reducirse al ámbito puramente subjetivo. No es una subcultura. Será nuestro desafío alentar y favorecer que germinen la espiritualidad y el compromiso de la fe, el compromiso cristiano en obras sociales. En extender el bien común a través de las obras sociales.

Entre los diversos actores sociales, quisiera destacar la familia, amenazada en todas partes por tantos factores la violencia doméstica, el alcoholismo, el machismo, la drogadicción, la falta de trabajo, la inseguridad ciudadana, el abandono de los ancianos, los niños de la calle y recibiendo pseudo-soluciones desde perspectivas que no son saludables a la familia sino que provienen claramente de colonizaciones ideológicas. Son tantos los problemas sociales que resuelve la familia, que lo resuelve en silencio, son tantos que no promover la familia es dejar desamparados a los más desprotegidos.

Una nación que busca el bien común no se puede cerrar en sí misma; las redes de relaciones afianzan a las sociedades. El problema de la inmigración en nuestros días nos lo demuestra. El desarrollo de la diplomacia con los países del entorno, que evite los conflictos entre pueblos hermanos y contribuya al diálogo franco y abierto de los problemas, hoy es indispensable. Estoy pensando acá en el mar. Diálogo, es indispensable. Construir puentes en vez de levantar muros. Construir puentes en vez de levantar muros. Todos los temas, por más espinosos que sean, tienen soluciones compartidas, tienen soluciones razonables, equitativas y duraderas. Y, en todo caso, nunca han de ser motivo de agresividad, rencor o enemistad que agravan más la situación y hacen más difícil su resolución.

Bolivia transita un momento histórico: la política, el mundo de la cultura, las religiones son parte de este hermoso desafío de la unidad. En esta tierra donde la explotación, la avaricia y múltiples egoísmos y perspectivas sectarias han dado sombra a su historia, hoy puede ser el tiempo de la integración. Y hay que caminar en ese camino Hoy Bolivia puede «crear nuevas síntesis culturales».

¡Qué hermosos son los países que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo!

¡Qué lindos cuando están llenos de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!

Bolivia, en la integración y en su búsqueda de la unidad, está llamada a ser «esa multiforme armonía que atrae» Y que atrae en el camino de la consolidación de la Patria grande.

Muchas gracias por su atención. Pido al Señor que Bolivia, «esta tierra inocente y hermosa» siga progresando cada vez más para que sea esa «patria feliz donde el hombre vive el bien de la dicha y la paz». Que la Virgen santa los cuide y el Señor los bendiga abundantemente. Y por favor, por favor les pido, que no se olviden de rezar por mí.