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La RanitaRecientemente leía sobre el síndrome de la rana hervida de Oliver Clerc que es una alegoría  que relata que en una ocasión una rana nadaba plácidamente en una olla de agua  fresca. Como la olla estaba sobre un fogón  alguien le puso debajo  unas brazas y el agua comenzó a calentarse. La rana, sin preocuparse por el cambio, siguió  disfrutando complacida del agua tibia sin darle mayor importancia al hecho. Más adelante el agua cambió de tibia a  caliente y su cuerpo únicamente se fue adaptando al calor. En ese proceso la rana cayó en  un estado de somnolencia, de abandono e indiferencia, hasta el punto que  el agua llegó a estar tan caliente  que resultó insoportable para su cuerpo.

Al darse cuenta del peligro la rana quiso salir del agua más se dio cuenta había perdido su capacidad de saltar y las fuerzas para luchar.  Así, la lenta pero persistente subida de la temperatura del agua, había adormecido sus sentidos y su instinto natural de supervivencia, terminando por acabar con la vida de la ranita. Nos queda en la mente la  certeza que si la rana hubiera caído a la olla con el agua  caliente, al momento de sentirla de un salto hubiera salido instantáneamente.

La metáfora nos muestra como el deterioro paulatino de una situación  va nublando nuestra visión de los problemas de largo plazo, y también va acabando con nuestra capacidad de reaccionar ante un inminente peligro. Lo que le pasó a la ranita nos sucede con frecuencia a nosotros  en nuestra vida.  Así el amor inicial de una pareja, gradualmente, poquito a poquito, se va desvaneciendo, se va deteriorando,  hasta el punto de llegar   a la indiferencia completa, al  rencor, a la violencia, y finalmente  a una convivencia insoportable. Y todo porque no supimos atender  los signos de ese gradual deterioro del amor inicial. Así  un niño dulce y tierno se va convirtiendo, poco a poco, en el más cruel, perverso e insensible de los criminales, o en el más sanguinario de los terroristas.  Me pregunto quién será el responsable directo y cómo empezó el proceso de degradación y transformación del recientemente capturado  Miguel Ángel Treviño Morales, el zeta 40, de ser un niño común e indefenso hasta convertirse en el multihomicida más cruel y más temido.

Ambos casos son consecuencia de una degradación progresiva de nuestra capacidad de distinguir lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto y lo peligroso de lo que no lo es. Ambos casos son una muestra de lo que nos  sucede si no activamos a tiempo nuestras defensas  ante los primeros signos de alarma. Este cuento también me lleva a meditar  sobre la correcta  actitud que debemos asumir quienes crecimos en agua fresca.

Entiendo que la vida es un constante cambio y  que debemos adaptarnos, lo más armónicamente posible, sin refunfuñar, a los cambios de los tiempos y las temperaturas que han ido cambiando. Pero también comprendo que no debemos perder nuestra esencial habilidad para distinguir el incremento de las  temperaturas y los peligros del agua hirviendo. Siento que es nuestro deber advertir, por todos los medios posibles,  a los que nacieron en aguas muy calientes, que si bien podemos soportar temperaturas altas,  fuimos creados  para vivir en agua fresca.

Decirles que la frescura es salud,  paz y bienestar. Que no debemos crearnos artificiales necesidades por las que tengamos que estresarnos para conseguirlas. Eso produce recalentamiento. Advertirles, machaconamente, sobre el calor excesivo que nos llega por los medios de comunicación masiva, como la televisión,  que tanta diversión nos brinda, pero que metida en nuestros hogares,  impone nocivos estilos  vida, idolatra lo condenable,  contradice nuestras enseñanzas y  exalta conductas que atizan  el fuego.

Como contraparte a esas señales de peligro también decirles, con optimismo y esperanza, que vivimos lindos tiempos   en los que muchos de los anhelos del pasado se han hecho realidad. Que lo  que por muchos años, para muchos de nosotros,  fueron las más fantásticas  ilusiones, son ahora realidades tangibles y cotidianas  por las que debemos dar gracias a Dios. Porque  el agradecimiento es uno de los gestos más bellos  de la conducta humana. Porque agradecer es signo de una vida plena de luz y buena voluntad,   y porque la edad adulta es uno los mejores tiempos para dar gracias, para crear nuevos lazos, para dejar antiguos lastres y para liberarnos de angustias y pesadumbre. Decir también que el facebook, el twiter, el internet y el correo electrónico, son modernas herramientas de la tecnología actual que están al servicio de todas las generaciones. Que todos: niños, jóvenes y viejos, debemos  usarlas para las mejores causas, viéndolas como potentes  instrumentos amigables  de diversión y comunicación, y no como símbolos  de separación de generaciones.

Cierto que  hay en nuestro ambiente mucha liviandad,  combinada con una reducida visión de lo que son los verdaderos  peligros.  Cierto también que al  comparamos con la ranita del cuento nos damos cuenta que, mientras unos disfrutamos del agua tibia, quiza en un proceso de adaptación al agua caliente,  otros  pensamos  que aprenderemos a vivir en agua hirviendo, y muy pocos estamos  atentos a la creciente temperatura del agua. Pero también es cierto que no debemos dejarnos hervir,  que debemos usar los  adelantos de la modernidad, no para elevar más la temperatura del agua, sino para refrescarla. Decir ya estoy grande para aprender a manejar los teléfonos celulares, las tabletas o las computadoras de ahora, es relegarnos y es también abandonarnos a la suerte fatal, como la ranita. No debemos  dejarle a la tecnología y a los medios masivos de comunicación nuestra función de educadores, formadores y conductores de las nuevas generaciones.

Aislarnos de los ambientes  de la modernidad es también  condenarnos a morir hirviendo, es olvidar que el hecho de haber nacido a orillas de las aguas del manglar, en la placidez de las orillas del rio o en el pantano, implica mayor grado de responsabilidad y compromiso frente a  quienes no conocieron esos ambientes. En  el calentamiento  en que vivimos  todos somos parte del problema como  todos debemos ser parte de la solución. Nadie debe relegarse ni nadie debe  renunciar a aportar su muy necesario  granito de arena.

Mario

José MujicaPepe Mujica, presidente de Uruguay 2010-2015, habló ante una audiencia de mandatarios y periodistas del mundo reunidos en Brasil. La audiencia,  con cierto desgano, escuchó estas tremendas verdades:  

“Autoridades presentes de todas la latitudes y organismos, gracias por su presencia.  Muchas gracias también al pueblo de Brasil y a su Sra. presidenta, Dilma Rousseff, y  a todos los oradores que me precedieron. Estamos aquí para expresar la íntima voluntad que como gobernantes tenemos de apoyar todos los acuerdos que, esta, nuestra pobre humanidad pueda suscribir. Sin embargo, permítasenos hacer algunas preguntas en voz alta.

Toda la tarde se ha hablado del desarrollo sustentable. De sacar a las inmensas masas de la población de la pobreza. ¿Qué es lo que aletea en nuestras cabezas? ¿El modelo de desarrollo y de consumo que queremos es el actual de las sociedades ricas?   Me hago esta pregunta: ¿qué le pasaría a este planeta si los hindúes tuvieran la misma proporción de autos por familia que tienen los alemanes? Cuánto oxígeno nos quedaría para poder respirar?  Más claro: ¿tiene el mundo los elementos materiales como para hacer posible que 7 mil u 8 mil millones de personas puedan tener el mismo grado de consumo y de despilfarro que tienen las más opulentas sociedades occidentales? ¿Será eso posible?  ¿O tendremos que darnos otro tipo de discusión?

Hemos creado esta civilización en la que hoy estamos: hija del mercado, hija de la competencia y que ha deparado un progreso material portentoso y explosivo.  Pero la economía de mercado ha creado sociedades de mercado. Y nos ha deparado esta globalización, cuya mirada alcanza a todo el planeta.  ¿Estamos gobernando esta globalización o ella nos gobierna a nosotros?  ¿Es posible hablar de solidaridad y de que “estamos todos juntos” en una economía basada en la competencia despiadada? ¿Hasta dónde llega nuestra fraternidad?

No digo nada de esto para negar la importancia de este evento. Por el contrario: el desafío que tenemos por delante es de una magnitud de carácter colosal y la gran crisis que tenemos no es ecológica, es política.  El hombre no gobierna hoy a las fuerzas que ha desatado, sino que las fuerzas que ha desatado gobiernan al hombre, y a la vida. No venimos al planeta para desarrollarnos solamente, así, en general. Venimos al planeta para ser felices. Porque la vida es corta y se nos va. Y ningún bien vale como la vida. Esto es lo elemental.  Pero la vida se me va a escapar, trabajando y trabajando para consumir un “plus” y la sociedad de consumo es el motor de esto. Porque, en definitiva, si se paraliza el consumo, se detiene la economía, y si se detiene la economía, aparece el fantasma del estancamiento para cada uno de nosotros.

Pero ese híper consumo es el que está “agrediendo” al planeta.  Y tienen que generar ese híper consumo, cosa de que las cosas duren poco, porque hay que vender mucho. Y una lamparita eléctrica, entonces, no puede durar más de 1000 horas encendida. ¡Pero hay lamparitas que pueden durar 100 mil horas encendidas!  Pero esas no, no se pueden hacer; porque el problema es el mercado, porque tenemos que trabajar y tenemos que sostener una civilización del “úselo y tírelo”, y así estamos en un círculo vicioso.  Estos son problemas de carácter político. Nos están indicando que es hora de empezar a luchar por otra cultura. 

No se trata de plantearnos el volver a la época del hombre de las cavernas, ni de tener un “monumento al atraso”.  Pero no podemos seguir, indefinidamente, gobernados por el mercado, “sino que tenemos que gobernar al mercado”. Por ello digo, en mi humilde manera de pensar, que el problema que tenemos es de carácter político.  Los viejos pensadores –Epicúreo, Séneca y también los Aymaras- definían: “pobre no es el que tiene poco, sino el que necesita infinitamente mucho”, y desea más y más.  “Esta es una clave de carácter cultural” . Entonces, voy a saludar el esfuerzo y los acuerdos que se hagan.  Y lo voy acompañar, como gobernante. 

Sé que algunas cosas de las que estoy diciendo “rechinan”. Pero tenemos que darnos cuenta de que la crisis del agua y de la agresión al medio ambiente no es la causa. La causa es el modelo de civilización que hemos montado. Y lo que tenemos que revisar es nuestra forma de vivir.  Pertenezco a un pequeño país muy bien dotado de recursos naturales para vivir. En mi país hay poco más de 3 millones de habitantes.  Pero hay unos 13 millones de vacas, de las mejores del mundo. Y unos 8 o 10 millones de estupendas ovejas. Mi país es exportador de comida, de lácteos, de carne. Es una penillanura y casi el 90% de su territorio es aprovechable.

Mis compañeros trabajadores, lucharon mucho por las 8 horas de trabajo. Y ahora están consiguiendo las 6 horas.  Pero el que tiene 6 horas, se consigue dos trabajos; por lo tanto, trabaja más que antes. ¿Por qué?  Porque tiene que pagar una cantidad de cosas: la moto, el auto, cuotas y cuotas y cuando se quiere acordar, es un viejo al que se le fue la vida.  Y uno se hace esta pregunta: ¿ese es el destino de la vida humana?  ¿Solamente consumir?

Estas cosas que digo son muy elementales: el desarrollo no puede ser en contra de la felicidad.  Tiene que ser a favor de la felicidad humana; del amor a la tierra, del cuidado a los hijos, junto a los amigos. “Y tener, sí, lo elemental”.  Precisamente, porque es el tesoro más importante que tenemos.  Cuando luchamos por el medio ambiente, tenemos que recordar que el primer elemento del medio ambiente se llama “felicidad humana”.

José Alberto Mujica Cordano

Carlos Alberto Libáno Christo, mas conocido como Frei Betto, es un fraile dominico brasileño, teólogo de la liberación.

Al viajar por el Oriente, mantuve contacto con los monjes del Tíbet, en Mongolia, Japón y China. Eran hombres serenos, solícitos, reflexivos y en paz con sus mantos de color azafrán. El otro día, observaba el movimiento del aeropuerto de Sao Paulo (Brasil): la sala de espera llena de ejecutivos con teléfonos celulares, preocupados, ansiosos, generalmente comiendo más de lo que debían. Seguramente, ya habían desayunado en sus casas, pero como la compañía aérea ofrecía otro cofee break (café con panecillos), todos comían vorazmente.  Aquello me hizo reflexionar: ¿Cuál de los dos modelos produce felicidad?

El otro día en mi unidad residencial, a las 9 de la mañana me encontré en el ascensor con Daniela, de 10 años, y le pregunté:

¿No fuiste hoy a la escuela?

Ella respondió: No, voy por la tarde.

Yo le comenté:

– Qué bien, entonces por la mañana puedes jugar, y dormir hasta más tarde.

– No, respondió ella: tengo muchas cosas por hacer en la mañana.

– ¿Qué cosas?, le pregunté.

– Asisto a clases de inglés, de baile, de pintura, de natación, y comenzó a detallar su agenda de muchachita robotizada.

Entonces, me quedé pensando:

– ¡Qué pena, que Daniela no dijo: Tengo clases de religión, de espiritualidad, de meditación, etc.!  Estamos formando súper-hombres y súper-mujeres, totalmente equipados, pero emocionalmente infantiles.

Una ciudad progresista del interior de Sao Paulo tenía en 1960, seis librerías y un gimnasio; hoy tiene sesenta gimnasios y tres librerías. No tengo nada contra el mejoramiento del cuerpo, pero me preocupa la desproporción en relación al mejoramiento del espíritu.  Pienso que moriremos esbeltos: ¿Cómo estaba el difunto?”. ¡Oh, una maravilla, no tenía nada de celulitis!

Pero ¿cómo queda la cuestión de lo subjetivo, de lo espiritual, del amor?

Hoy, la palabra es “virtualidad”.  Todo es virtual. Encerrado en su habitación, en Brasilia, un hombre puede tener una amiga íntima en Tokio, sin ninguna preocupación por conocer a su vecino de al lado. Todo es virtual.  Somos místicos virtuales, religiosos virtuales, ciudadanos virtuales. Y somos también éticamente virtuales.

La palabra hoy es “entretenimiento”; el domingo entonces, es el día nacional de la imbecilidad colectiva.  Imbécil el conductor, imbécil quien va y se sienta en un parque, quien va a un estadio de fútbol, imbécil quien pierde la tarde en frente de una pantalla de televisión.

Como la publicidad no logra vender felicidad, genera la ilusión de que la felicidad es el resultado de una suma de placeres: Si toma esta gaseosa, si usa estas zapatillas, si luce esta camisa, si compra este auto: “usted será feliz”.  El problema es que, en general, no se llega a ser feliz. Quienes ceden, desarrollan de tal forma el deseo, que terminan necesitando de un analista, o de medicamentos. Quienes se resisten,  aumentan su neurosis.

El gran desafío es comenzar a ver cuán bueno es ser libre de todo ese condicionamiento globalizante, neoliberal, consumista.Así, se puede vivir mejor. Para una buena salud mental son indispensables tres requisitos: amistades, autoestima y ausencia de estrés.

Hay una lógica religiosa en el consumismo post-moderno.  En la Edad Media, las ciudades adquirían status construyendo una  catedral;  hoy en Brasil, se construye un centro comercial.  Lo curioso es que la mayoría de los centros comerciales tienen líneas arquitectónicas de catedrales estilizadas; a ellos no se puede ir de cualquier modo, es necesario vestir ropa de última moda.  Y allí dentro se siente una sensación paradisíaca: no hay mendigos, ni chicos de la calle, ni suciedad, etc.

En estas catedrales con venerables objetos de consumo, acolitados por bellas sacerdotisas, se observan varios nichos: Quienes pueden comprar al contado, se sienten en el reino de los cielos.  Quienes pueden comprar a crédito, se sienten en el purgatorio, y quienes no pueden comprar, se van a sentir en el infierno.

Felizmente, todos terminan como en una eucaristía post-moderna, hermanados en una misma mesa, con el mismo jugo y la misma hamburguesa de Mac Donald.

Cuando estoy en un centro comercial, acostumbro a decirles a los empleados que se me acercan en las puertas de los negocios: “Sólo estoy haciendo un paseo socrático”.  Delante de sus miradas espantadas, explico: “Sócrates, era un filósofo griego a quien le gustaba descansar recorriendo el centro comercial de Atenas.  Cuando vendedores como ustedes lo asediaban, él les respondía: “Sólo estoy observando cuántas cosas existen, que no necesito para ser feliz”.

Frei Betto

 

La famosa “izquierda moderna”, liderada por Marcelo, o Mancera o por lo Chuchos, básicamente  es un puro sueño de dos grupos de gente: El primer grupo es gente que es de “izquierda” pero no simpatiza con AMLO y el segundo grupo son independientes, y hasta panistas y priistas, que quieren una “izquierda” sin AMLO.

Pero lo cierto es que a la gran mayoría de los votantes de AMLO, los llamados “Los Amloistas”, ni les importa la democracia, ni las legalidades, ni el progreso del país, lo que les importa es: una especie de venganza. Venganza contra “la mafia”, “los ricos”, “los de arriba”, “Calderón”, “Peña”, “Televisa”, los “monopolios”, “Salinas”, etc. Su obsecación es que les cumplan sus personales sueños, esos sueños cultivados por todos los políticos durante años y años, que no son otra cosa que  los sueños de una vida fácil que incluya servicios como luz, combustibles, educación de todos los niveles, servicios médicos, calles, agua, trabajo, alimentos, todo eso, de manera facilona, sin esforzarse, simplemente porque la “revolución mexicana” se hizo para eso. Simplemente porque desde su personal visión el estado mexicano es para eso: para hacer la  vida fácil a todo el mundo, para resolverle a todos los problemas sin pagar nada por ello, sin pagar ni un peso de impuestos.

Aún hoy en día se continúa ofreciendo salud y educación sin que nunca, nunca, se le diga a la gente lo que cuesta un tratamiento de diabetes, lo que cuesta una educación primaria, una carrera. Todo eso cuesta mucho, y los AMLOistas, – puro resentido social – quieren todo eso sin pagar impuestos, quieren todo gratuitamente, sin ningún compromiso, vaya, sin siquiera comprometerse a respetar la ley.

Esa gente, que quiere todo sin pagar impuestos, sin pasar exámenes, sin trabajar duramente sino cuando mucho como burócratas de empresa pública o profesores del sistema de educación público – que son los epítomes de la baja productividad -. Es gente que quiere empleo sin buena educación, sin esforzarse, empleo bien pagado y en que “se la lleve tranquila”.

Todos esos, tan lisonjeados por los partidos, son los resentidos sociales, los orcos que tendrían un gozo inmenso viendo a AMLO destrozando a Televisa, al Banco de México, expropiando empresas, destruyendo periódicos, creando montones de universidades de mierda – como la de la Ciudad de México -, persiguiendo periodistas, expulsando funcionarios, en una palabra, “poniendo las cosas en su lugar” – consumando una venganza -. Son los que quieren “un líder fuerte”.

Los resentidos se irán con AMLO cada vez que este los llame, la otra “izquierda” no tiene futuro más que ahí donde tiene el poder, principalmente en el DF, a costa de mantener a sus clientelas atadas, controladas con las prebendas. Ahora el PRD sí que tendrá que comprar el voto en el DF para que los pejeviejitos, las pejemadres solteras, los pejeestudiantes, las quinceañeras, los ambulantes, etc., voten por ellos en vez de votar por Morena.

Más que valcanizarse, la izquierda con sus amloistas se convertirá en partido-movimiento-callejero: puro resentido protestando o bien votando, y eso por un líder totalmente autoritario, vertical, que no admite más que seguidores. Un partido movimiento que tiene unos principios organizativos que son algo así como una declaración de fe, un decálogo moral, que no tiene nada que ver con la izquierda. Por fin, el populismo mexicano habrá adquirido la peor de las caras:

Por fin el país que con tanto ahínco ha creado la ideología del resentido, del “te mereces todo sin que nada te cueste” y vamos a poner en la constitución el “derecho a la felicidad”, habrá parido su movimiento de masas fascistoide.

El PRI y todos los partidos han creado a los orcos sedientos de venganza y comandados por un líder mesiánico, moralizante – hipócrita – y autoritario. Todo un fenómeno político sociológico. Tendremos a un movimiento fascistoide y a unos cuantos burócratas de “izquierda” comandando clientelas en el DF y tal vez en Morelos con Graco Ramirez.

Si no queremos que los orcos fascistas crezcan y pasen del 15 millones de votantes a más millones, todos los demás tenemos que hacer  que el país avance y  denunciar la equivocada ideología de que el estado tiene que dar todo sin contraprestación y sin decir nunca, nunca, cuanto cuesta y quien lo paga.

Para muestra este botón:  Se dice que la situación económica de nuestro estado es muy difícil, que el futuro no es nada alagueño. Lo cierto es que el Gobierno de Quintana Roo está resintiendo  los efectos de haber eliminado el impuesto sobre la tenencia y el uso de  automóviles.  Ahora, los ciudadanos que aplaudimos y votamos agradecidos por esta decisión nos quejamos que el gobierno no paga, que el gobierno no contrata gente, que el gobierno no hace obra, que el gobierno despide empleados, que el gobierno no paga a tiempo la nómina de sus trabajadores, etc. Más, entre otras cosas, eso  se debe a que  el gobierno no tiene dinero, esos recursos que el gobierno recibe de nosotros los contribuyentes que hoy no pagamos tenencia por el uso del automóvil. Nos olvidamos que el gobierno es sólamente el administrador de los recursos y estos son escasos. Es un hecho que cuando la cobija es corta, si te tapas la cabeza se te enfrían los pies. ¿Tu que piensas?

 

 

Don Porfirio Díaz, ex presidente de México decía hace 100 años: “Nunca se nos ocurre pensar que los problemas de los mexicanos pueden ser culpa de los mexicanos, principalmente porque somos enemigos unos de otros”. En casi todos los países del mundo, el ataque de un extranjero provoca la unión del pueblo por más dividido que esté.

Aquí nos divide más. “la razón por la que le va mejor a Estados Unidos es que una vez que alguien gana la presidencia, el pueblo y los políticos se le unen para trabajar por la nación. En cambio en México, en cuanto alguien toma el poder, todos, enemigos y antiguos amigos, se ponen en su contra”.

Eso fue hace cien años y pudo haberlo dicho ayer. Mexicanos al grito de guerra… pero entre nosotros. Y este es el meollo del asunto, nos atacamos entre todos cuando deberíamos unirnos porque es una costumbre histórica heredada de generación en generación. Cuando México firmó su acta de independencia, el 27 de septiembre de 1821, nuestro primer día como nación libre, comenzaron los golpes. Unos querían un imperio, otros, monarquía.

De ellos, cada quien con un rey distinto. Otros más se decantaban por la república, pero unos la querían federal y otro centralista. Eso nos hizo pelearnos todo el siglo XIX. Cuando por fin los más importantes paladines de la independencia se pusieron de acuerdo, formaron un congreso que nombró emperador a Iturbide como Agustín I; al día siguiente, aquellos que pelearon a su lado ya peleaban en su contra.

Nuestro primer presidente, Guadalupe Victoria, encontró a su peor enemigo en su vicepresidente, Vicente Guerrero, quien al llegar a la presidencia encontró a su peor enemigo en su vicepresidente, Anastasio Bustamante.

Otros grandes antagonistas fueron Benito Juárez y Valentín Gómez Farías, siempre que fueron fórmula de gobierno. Y esa tan lamentada invasión gringa en la que perdimos medio territorio, todo mexicano la recuerda, pero casi ninguno conoce los pormenores. Mientras los ejércitos invasores avanzaban por territorio nacional nuestros líderes se peleaban entre sí por el poder. Dos Marianos eran los protagonistas políticos de la época; el presidente Mariano Paredes, al mando del mejor ejército del que México había dispuesto en su historia, en vez de defender a la nación de la invasión lo usó para conservar el poder.

El otro Mariano, Salas, estaba en la capital proclamando la monarquía. Los yanquis desfilaban sin mucho disturbio a Palacio Nacional. Y en la famosa Revolución Mexicana todos nuestros ‘héroes’ se mataron entre sí. Todos han pasado a la historia como buenos y tienen sus nombres en oro en el Congreso; pero observa esto: El héroe Carranza mató al héroe Zapata, el héroe Obregón mató a los héroes Villa y Carranza y el héroe Plutarco Elías Calles mató al héroe Obregón. Por cierto, que el héroe Calles fue expulsado del país por el héroe Cárdenas.

El proyecto de Guerrero era quitar a Victoria, el proyecto de Bustamante era quitar a Guerrero; el proyecto de Santa Anna era quitar al que estuviera; el de Juárez fue quitar a Santa Anna y el de Díaz quitar a Juárez. Madero tuvo un proyecto: quitar a Díaz; Obregón quitar a Carranza y Calles quitar a Obregón. El proyecto de Fox era quitar al PRI…El proyecto del ciudadano López es quitar a Calderón. Y en torno a esto último deberíamos reflexionar, sobre  aquellas palabras citadas de Porfirio Díaz: “ya es hora de que dejemos de unirnos para atacar al presidente, ya es hora de que el proyecto de nación deje de ser quitar al que tiene el poder”.

Aunque el gringo promedio es mediocre, son potencia mundial porque trabajan en equipo y porque a pesar de todo respetan a sus instituciones y a su presidente, mientras aquí Fernández Noroña trata de salir en la tele golpeándose contra el Estado Mayor.

En este momento decisivo de nuestra historia vemos una vez más a Masiosare (un extraño ¿Enemigo?) enfrentando a todos contra todos. López Obrador está dispuesto a destruir y reventar este país antes de dejar que lo gobierne alguien que no sea él. Dicen que el pueblo unido jamás será vencido. ¿Cuándo será el día en que México esté unido? Tal vez ese día si logremos derrotar a ese extraño enemigo.

 

 

Uno de los temas que hoy encontramos hasta en las charlas de sobremesa o de taxi es el relacionado con las impugnaciones electorales, sus alcances y sus consecuencias. Ante ello, me he propuesto no abordar un tema donde no puedo explicarme en menos de cien palabras, dada su complejidad. Pero, aprovechando la hospitalidad de estas páginas, romperé mi propósito. Me disculpo dada la razón de que soy un apasionado irredento de los temas procesales. Soy procesalista, fui hijo y soy padre de procesalistas. El proceso ha sido el tema profesional de mi familia desde antes de que yo naciera y lo seguirá siendo cuando yo ya litigue en otra jurisdicción, aún desconocida. Por eso me animo a tratar de explicar lo que está sucediendo. Sobre todo porque en muchos de nuestros compatriotas de todos los estratos he sentido incertidumbre y angustia sobre este asunto. Todavía no he percibido, en nadie, certeza y alegría. Lo haré, tan sólo, sobre diez temas.

El primero de ellos es para aclarar una confusión que he escuchado. Es distinto el tema del tope de gastos de campaña que el de impugnación de la elección. El primero se dirime ante el IFE, donde todos los partidos se están acusando recíprocamente y, en su caso, el IFE podría sancionarlos hasta con un monto igual al exceso. Esto afectaría las finanzas de los partidos pero no la validez de la elección.

Lo segundo, ya entrando al juicio de inconformidad, como se llama lo que interpuso AMLO ante el TEPJF, donde acusa que el candidato Enrique Peña Nieto compró dinerariamente la voluntad de cinco millones de electores y que eso conlleva a la anulación de la elección y a la celebración de una nueva elección. Esta sería dentro de 18 meses, previo presidente provisional.

Lo tercero es que, de acuerdo con el artículo 15 de la ley de la materia, como sucede en todo proceso, el que afirma tiene que probar, eso se llama carga de la prueba. Pero, además, el juez sólo puede atenerse a las pruebas que le aportan las partes, eso se llama principio de necesidad de la prueba y significa que la prueba es absolutamente necesaria para la sentencia.

Lo cuarto, ¿cómo se prueba la afirmación del demandante? Eso se llama principio de idoneidad y eficacia de la prueba, lo que significa que la prueba tiene que estar en congruencia idónea con lo que se está alegando y sirva para probarlo.

Quinto, sobre esto, para comenzar habría que contar con las declaraciones de los cinco millones de mexicanos que, dice el demandante, pudieron haber sido “comprados” y de lo cual afirma tener pruebas. Eso implica cinco millones de pruebas.

Ello formaría el expediente más grande de la historia mexicana. Integrar un aproximado de 20 millones de fojas a una institución tan grande como la PGR y tan sólo dedicada a ello le ocuparía como 10 años. A una tan pequeña como el TEPJF le ocuparía como mil años. Para entonces los testigos ya no existirían vivos.

Sexto, todo esto no serviría de nada si el elector “comprado” no puede identificar su voto, lo que es imposible porque la boleta es innominada. Podría ser que le aceptó dinero, lo engañó y votó por otro. No sería automática la descalificación de su voto, en tanto y en cuanto no se comprobara que, efectivamente votó por el comprador y que su voto mercenario está en la urna a favor del adquirente.

Séptimo, por si fuera poco se trata de una prueba ilegal y esas están prohibidas. El voto es secreto por disposición constitucional. Esto quiere decir que ninguna autoridad puede interrogar sobre el sentido de cada voto. Pero, además, si voluntariamente el elector lo declarara, como solemos hacerlo a voz en cuello, ninguna autoridad puede tomar registro ni, mucho menos, archivo o expediente de lo que dijimos sobre el sentido y la dirección de nuestro voto. Eso se llama prueba ilícita y es nula de origen.

Octavo, además de estas imposibilidades fácticas y jurídicas, no está clara la potestad jurisdiccional de anulación por las razones aducidas. En su caso, podría ser un juicio tan largo que anulara una elección cuando el electo ya hubiera concluido su mandato, porque la tramitación no produce efectos suspensivos, de acuerdo con los artículos 41 constitucional y 6 de la citada ley.

Noveno, no pasará nada de acuerdo con mi muy modesto presagio. Desde luego que en materia procesal no hay nada escrito. Todo depende de muchos factores que no están en la ley, sino en los hombres. Pero, en este caso, además de en la ley confío en los hombres.

Décimo, el proceso judicial no existe para alegar. Los contendientes pueden alegar en el mitin, en los medios, en familia. Pero el proceso tan sólo sirve para probar. La única obligación de las partes es probar. Esa es la única función del proceso y la única obligación del juzgador. Esto no es una ocurrencia mía. Así lo han dicho Carnelutti, Calamandrei, Chiovenda, Davis y 100 sabios más. Pero, sobre todo y ante todo, así lo dice la Constitución Política de México.

 

José Elías Romero Apis.

 

 

Entusiasman los jóvenes debutando en la iracundia, armando jolgorios, marchando por las calles. Todos los ingredientes del rito de pasaje tribal, los lobatos desperezándose, cruzando umbrales, reconociendo y reconociéndose, embriagados con la súbita importancia de su carnaval, apropiándose de su herencia, comenzando su batalla por hacerse de un sitio en el mundo a fuerza de rechazarlo, como debe ser.

Coincido, sin embargo, con quienes observan que el 132 está tan cargado de esa energía como confundido sobre el destino hacia el cual conducirla. En un país como el nuestro, en estos días, pelearse con la televisión (con todo y sus usos y abusos de poder) se me antoja casi frívolo. El movimiento tiende al ritual estridente pero improductivo. Entiendo el propósito de acabar con el cacicazgo de Gordillo (y lo apoyo), pero eso no depende de la voluntad, sino del Legislativo, al que los jóvenes ignoran por andar viendo la tele. Al revestirse de atributos del tipo “somos la voz del pueblo”, ignoran que de hecho esa voz la ostenta el (mediocre, mezquino) Legislativo. En los mismos días en que nacía el 132, los diputados salientes se ordenaron repartirse, con graciosa frescura, 230 millones de pesos que “sobraron”. En lugar de asediar San Lázaro como ciudadanos críticos, rodeaban Televisa como clientela decepcionada…

El 132 es hasta ahora, sobre todo, imágenes. Interesados en la “memoria audiovisual”, en su sitio web (www.yosoy132.mx) hay mucho YouTube pero sólo un documento: la “Relatoría de la Asamblea Nacional Universitaria” de CU el 30 de mayo. Profusas, confusas y difusas, las 22 páginas de “resolutivos” reúnen buenas intenciones y obviedades, peticiones de principio y bulla voluntarista, desplantes de lirismo sentimental y contradicciones penosas. (La más señalada: proclamarse apartidista y a la vez “desconocer como candidato” a Peña Nieto, como dice el punto 1 de la Mesa 9).

Si los 1968 nos manifestamos entre otras cosas para despojar al PRI-gobierno del control de los procesos electorales -lo que se logró con el IFE ciudadanizado- los 132 no sólo desconfían del IFE, sino ya lo juzgaron culpable de “fraude electoral”. Ante esta ominosa profecía –que obviamente desea ver cumplida- el 132 se arroga autoridad para juzgar la validez de las elecciones y se reserva el extraño privilegio de “hacer lo que se tenga que hacer después de la elección”. Los 1968 podríamos decir que nadie sabe para quién se muere…

No menos intrigantes son los “resolutivos” que ha metido la ultra que merodea en las universidades públicas. La Mesa 10 habla de eliminar las evaluaciones académicas (“impuestas por el FMI, la OCDE y el BM”, claro); de substituir “la estructura autoritaria que prevalece en los órganos de gobierno de las universidades del país” por una estructura “democrática” que permita “a los estudiantes, académicos y trabajadores participar en la toma de decisiones”; de lograr la “transparencia y democratización de la forma en que se elige a la planta docente”; de democratizar el “huso (sic) de las instalaciones universitarias” y de impartir “talleres sobre la historia del movimiento estudiantil”.

Eso último estaría bien. Uno de los talleres podría estudiar la forma en que no pocos movimientos estudiantiles que fantasearon con esa “democratización” acabaron en manos de los ultras, gloriosos desastres académicos y funcionarios poderosos. (Es inevitable recordar a “Los Vándalos” de la hoy priísta Rosario Robles en la Facultad de Economía en los ochentas, o a Mario Benítez en Ciencias, o a “Los Enfermos” de la Universidad de Sinaloa…) Por lo pronto, suceda lo que suceda, los “resolutivos” del 132 ya incluyen marchar el 2 de julio y lanzar “un proyecto político de trascendencia”. De aquí a las elecciones se celebrarán y se cantarán a sí mismos. Luego, al parecer, trascenderán.

Guillermo Sheridan.
Diario El Universal. Junio 12 de 2012

La reunión del movimiento del poeta Javier Sicilia con los cuatro candidatos presidenciales tuvo tres perfiles significativos:
1.- El silencio del movimiento de Sicilia sobre los capos de los cárteles de la droga, cuya violencia criminal obligó al gobierno a desarrollar la estrategia de combate contra el crimen organizado que se había apropiado de espacios territoriales de la soberanía del estado.

2.- La negativa caprichosa de Sicilia a reconocer que el 90% de los miles de muertos corresponden a delincuentes y todos ellos caídos en enfrentamientos entre ellos, por lo que sólo la arrogancia de la intolerancia permite seguir refiriéndose a los muertos de Calderón. Sicilia sigue culpando al gobierno de la muerte de su hijo, cuando en realidad fue asesinado por miembros del cártel del Pacífico Sur de los Beltrán Leyva.

3.- La reunión en el alcázar del Castillo fue una celada: luego del beso de Judas, Sicilia sentó a cada candidato para regañarlo, insultarlo, reclamarle obligarlos autoritariamente a asumir los criterios de Sicilia. Al final, Sicilia ha exigido a los candidatos y a los funcionarios que ofrezcan disculpas a las víctimas, pero de nuevo nada, pero absolutamente nada, le pide a los capos que asesinan para vender droga en México.

Las reuniones del movimiento de Sicilia con funcionarios y candidatos no conducen a lugar alguno. porque al final de cuentas el poeta practica la ideología del anarquismo católico, es decir, pugna por la desaparición del estado. Por eso es que su discurso político –que ya no es religioso ni de dolor– se basa en la intención de doblegar al estado, de cercenarle su tarea obligatoria de ejercicio del monopolio de la fuerza y de poner los sentimientos de ciudadanos individuales por encima de las tareas de gobierno. Por eso Sicilia llevó a miembros de Atenco, el grupo que rompió la estabilidad de la ciudad con sus marchas y sus machetes amenazantes y por eso Sicilia y los de Atenco reaccionaron como víctimas del uso de la fuerza.

Las intenciones del movimiento de Sicilia nada tienen que ver con la paz y la justicia sino que se reducen a detener la acción del gobierno en contra de las organizaciones del crimen organizado que han escalado situaciones de violencia entre sí. La violencia real de estos años ha sido primordialmente por la disputa de territorios entre cárteles de la droga; ahora mismo, por ejemplo, la zona noreste del país ha recalentado la violencia por la guerra –ahí sí– entre el cártel de Sinaloa de Joaquín El Chapo Guzmán y sus aliados contra Los Zetas de Heriberto Lazcano El Lazca.

Y si en consecuencia los llamados a la paz debieran hacerse contra los cárteles que se protegen en la impunidad de la corrupción y usan los derechos humanos como escudos institucionales, el movimiento de Sicilia tiene el objetivo de detener la acción del estado que, irónicamente, permitiría que los narcos regresaran a controlar las plazas con la complicidad de las policías, los funcionarios y la propia sociedad que prefiere la riqueza criminal a la crisis de empleo institucional.

 Sicilia ha logrado organizar a familiares de afectados por la violencia del narcotráfico, algunos ellos por abusos gubernamentales; para ellos, la salida no sería la investigación y el castigo sino la finalización de la ofensiva estatal contra los cárteles; en cambio, son mucho mayores los ciudadanos y comunidades enteras que estaban bajo el yugo territorial de los cárteles y que fueron liberados con la intervención de las fuerzas federales de seguridad y de las fuerzas armadas y que no merecen el consuelo del Sicilia anarquista.

El silencio de Sicilia ante la violencia criminal de los cárteles y los capos y su conducta arrogante, intolerante y hasta ofensiva contra algunos funcionarios ha convertido al poeta en un fundamentalista de la paz que beneficia a los criminales y su movimiento lo ha llevado a buscar el estado de anarquía sin autoridad gubernamental. Al final, pareciera que la ideología de anarquista católico lleva a Sicilia a apelar a una situación en la que prefiere la presencia de los narcos que la de la autoridad. De ahí, por ejemplo, que el movimiento de Sicilia sea minoritario y no tenga el apoyo de los miles de ciudadanos cuyas comunidades han sido liberadas por la acción de seguridad del estado y que piden la permanencia del Ejército en sus comunidades.

El debate de fondo no radica en el autoritarismo con el que Sicilia quiere imponer sus puntos de vista y a partir de ahí, vía su discurso de reclamos irracionales, obligar a los candidatos a comprometerse con los postulados de su movimiento, sin preocuparse por las comunidades que aún siguen padeciendo la violencia criminal de los cárteles. El silencio de Sicilia ante la impunidad de los grandes capos del crimen organizado no significa un ejemplo de caridad cristiana sino, al final de cuentas, una complicidad por omisión, sin reconocer que justamente esa complicidad por omisión permitió el auge de las bandas criminales y los asesinatos como el de su hijo y sus amigos.

Sicilia no anda en busca de soluciones, sino de oportunidades para descargar con violencia verbal la bipolaridad de su propia corresponsabilidad en el asesinato de su hijo. Porque sólo ese crimen lo obligó a mirar la violencia criminal.

Además, opino que Javier Sicilia, su movimiento, el rector de la UNAM José Narro y los periodistas deben responsabilizar a los narcos de la violencia y los muertos, y exigir sin dobleces la rendición incondicional de Joaquín El Chapo Guzmán, Ismael El Mayo Zambada, Heriberto Lazcano El Lazca, Servando Gómez La Tuta, Juan José El Azul Esparragoza, Vicente Carrillo Fuentes y otros capos y demandar la entrega de su arsenal de armas para ser juzgados como responsables de la violencia criminal en el tráfico de drogas y de varios de miles de muertos.

Carlos Ramírez.

 

 

En un principio funcionó como ocurrencia; casi fue original, audaz, atrevido, incluso hasta valiente, titular en la prensa un artículo de opinión con una grosería, con una palabra altisonante, majadera, barriobajera, ordinaria, o gritarla a los cuatro vientos, en la radio o en la televisión, en programas de “información” o “debate”, ya no digamos en reality shows.

Hubo un tiempo en que hacerlo daba hasta una pincelada de irreverencia al emisor, un falso e inmerecido prestigio de transgresor, porque entonces se lo envolvía con la misma aura con la que se envuelve lo “políticamente incorrecto” que ha ido ganando terreno a las formas e incluso a la educación que antes seducía tanto, hasta pasar de excepción a norma, o lo que en el pobre lenguaje de las modas se nombra también como in o out.

En el mundo moderno en el que prima el yugo de la inmediatez y la rapidez por sobre la calidad, en el que un click o un retweet valen la fama y el reconocimiento de gente que la necesita y de medios a los que les es imprescindible para sobrevivir dada su mediocridad, muchos periodistas –incluidos algunos que se hacen pasar por tales–, han terminado por rendirse ante los nuevos soportes tecnológicos utilizando el anzuelo fácil para atraer “seguidores”, ya ni siquiera lectores, subir índices de popularidad, menciones en facebook, referencias en Google, comentarios en internet. No importa qué, sino cuánto.

Y si para convertir en trending topic una opinión, una noticia, un artículo, hay que depauperar el lenguaje, meterse en la piel de un bufón social –de los que hay ya cientos, comenzando por muchos locutores deportivos–, hacerse campechano, callejero, burlesco, amante del chiché, bienvenida sea la pobreza como recurso, que a estas alturas a pocos es a los que les preocupa el bien hablar y, menos aún, el bien escribir.

El problema radica, sin embargo, en que el empobrecimiento del lenguaje está acompañado del empobrecimiento intelectual, cultural y social de una población. Hoy, en medio de una campaña electoral sosa y aburrida y en la que, a falta de propuestas y argumentos, todos nos distraemos con un escote, cabría preguntarse si no son ellos el fiel reflejo de nosotros, los ciudadanos, los periodistas, los medios de comunicación, que han simplificado su vocabulario dándole salida y abuso a palabras fáciles, palabras de andar por casa que se utilizan como gancho para atraer la lectura, palabras como “pendejo”, “vale madres”, “puto”, “mierda”, “joderse”, “pinche”, palabras que se han hecho tolerables, graciosas, de uso diario, con el pretexto de que son parte del habla “popular”. Si así fuera, entonces tendríamos que reescribir todas las canciones de Chava Flores, para que el público las comprendiera y revalorara, añadiendo a su Bartola, por ejemplo, un “pinche” por delante.

La ocurrencia que le costó la censura y años de suspensión al cómico Manuel “el Loco” Valdés en los años setenta por llamar a uno de nuestros próceres patrios Bomberito Juárez, parece una anécdota chusca, casi risible comparada con los excesos a los que hoy nos tienen acostumbrados los comunicadores y sus secuaces, esto es, lectores, radioescuchas o televidentes que festejan su amasiato en la era de “todos somos iguales” bajo el cobijo del insulto que inunda los medios y que incluso desata carcajadas en los mismos comunicadores porque el albur que han dicho al aire ha sido una ocurrencia, como cuando un niño comete una travesura o se le escapa un “¡#!&X%”y en vez de llamarle la atención, lo festejamos, le decimos que siga, hasta que se convierte en un diputado juvenil y cree que decir “joto” en la cámara de diputados es cool.

Ansiosos por hacerse presentes en el contexto mediático –la única manera que muchas personas han encontrado para existir–, los nuevos lectores practican a través de los foros y “comentarios” que las redes y los diarios les han abierto, una especie de bullying soez, vulgar y en muchas ocasiones violento, con elucubraciones sin argumentos, pero eso sí, llenos de virulencia, rabia, envidia, impulsados por el ánimo de venganza contra quienes no comparten sus palabras, ni sus ideas.

Lo dijo Vladimir Nabokov: “En el mundo de la basura, no es el libro lo que proporciona el éxito, sino los lectores”; en el espacio infinito de la red, donde para competir con blogs independientes y twitteros, los periodistas de prensa escrita y los medios para los que trabajan han tenido que adaptarse a las modas, quien determina el éxito y la difusión de un texto no es el texto en sí mismo, menos su calidad y originalidad, sino hábiles consumidores de productos tecnológicos que confunden medio con mensaje y que, cuando se trata de hablar, de escribir, la primera palabra que sueltan es una ofensa.

En un artículo titulado idioma y ciudadanía, el connotado filólogo español Fernando Lázaro Carreter, escribió hace más de tres decenios: “La lengua debe ser considerada y tratada como instrumento. La comunicación no es su único objetivo, sino también la creación de pensamiento”.

Cuando en México escucho la radio, enciendo la televisión, o abro un periódico digital, o uno en papel, lo que encuentro en ese griterío ensordecedor y enervante tanto de los programas “cómicos”, como en los de “debate”, “tertulia” o “información” es cada vez menos la reflexión, la discusión de ideas, el diálogo inteligente; antes lo contrario: la anulación de significados por la degradación de la lengua y el regocijo en la ordinariez, la mutilación del contenido, signos con los que se nos quiere hacer creer que se nos está diciendo algo

Letras Libres
Juan Manuel Villalobos.

 

 

El debate sobre el affaire Florence Cassez (FC) polarizó al círculo rojo. La polarización fue asimétrica porque uno de los polos, el de los defensores del debido proceso, resultó más numeroso que el otro, el de quienes pensamos que el afán justiciero debe prevalecer sobre los vicios de procedimiento cuando éstos no lo enturbian todo. Pero la verdad, diría Ibsen, no depende del número de quienes la profesen. Y es la verdad sobre la culpabilidad o inocencia de FC lo que debe interesarnos a todos.

Unos dicen que el proceso está viciado de origen y que el ministro Zaldívar hizo bien en proponer la liberación de FC. Sostienen que el montaje televisivo y el retraso de treinta y tantas horas en notificar al Consulado francés hacen imposible discernir lo que ocurrió. Su postura es apoyada por muchos de los que vieron la espléndida película Presunto culpable y por la mala fama que nuestras procuradurías y nuestros juzgados se han ganado a pulso. Arguyen, además, que no podemos soslayar la violación al derecho consular si defendimos la postura de México al incoar en la Corte Internacional, con ese mismo fundamento, la nulidad de los procesos que condenaron a muerte a varios compatriotas en Estados Unidos. Aunque olvidan que a Avena et al no se les retrasó un día y medio la asesoría de sus consulados: se les negó por completo.

Otros reconocemos que nuestro sistema de justicia es bastante malo pero creemos que FC estuvo involucrada en los secuestros. Sin subestimar el debido proceso, yo considero que el fondo debe prevalecer sobre la forma. La doctrina jurídica del “árbol envenenado” admite excepciones, y una de ellas es el principio de proporcionalidad: en este caso el veneno no parece ser suficientemente poderoso para echar a perder todos los frutos. Ni la estulticia del videoshow ni el retraso en la notificación al consulado invalidan los testimonios de las víctimas, que impiden asumir que FC haya sido ajena a la actividad delictiva de la banda de secuestradores. No me parece casualidad que ninguno de los analistas que piden su liberación haya dicho tener la impresión de que sea inocente. Entiendo perfectamente que la fobia contra el actual secretario de Seguridad Pública pese en el ánimo de algunos de ellos, pero me parece que aquí hay algo más importante en juego y que lo más justo es reponer el procedimiento y castigar a los culpables de las anomalías procesales, como pide el ministro Pardo.

No puedo evitar la evocación del tristemente célebre juicio a O.J. Simpson. Un ardid legaloide absolvió al famoso ex jugador de futbol americano, pese a que tirios y troyanos estaban convencidos de su culpabilidad. El hábil trabajo de su equipo de abogados y el truco del guante encogido lo salvaron de ser sentenciado, sólo para que tiempo después quedara claro que Simpson sí había asesinado a su ex esposa y al novio de ella. Y es que la pregunta es qué debe hacer un buen juez si hay evidencias suficientes de que alguien es culpable pero un error de la fiscalía o una triquiñuela de la defensa empaña el proceso. En mi opinión, debe privilegiar su sentido de justicia. Se me dirá que ha habido muchos mexicanos a quienes se les han fabricado delitos y estaré de acuerdo. Pero responderé con otra pregunta: ¿cuántos delincuentes y cuántos corruptos en México se han salido con la suya porque han tenido suficiente dinero para contratar litigantes que desvirtúan el espíritu de la ley?

Permítaseme citar a un experto. No voy a recurrir a ningún jurista, que al fin tampoco yo lo soy, pero sí a un gran conocedor de la injusticia: Alexander Solzhenitsyn, el escritor ruso al que le quedó chico el mundo. En el discurso que pronunció en la Universidad de Harvard el 8 de junio de 1978 dijo (traduzco un fragmento): “He pasado toda mi vida bajo un régimen comunista y puedo decirles que una sociedad sin un parámetro legal objetivo es ciertamente terrible. Pero una sociedad que no tenga otro parámetro que el legal tampoco es digna del hombre. Una sociedad que se basa en la letra de la ley y nunca se yergue por encima de ella desaprovecha el alto nivel del potencial humano… Cuando la vida se teje con estambres legalistas surge una atmósfera de mediocridad moral que paraliza los más nobles impulsos humanos”.

A mi juicio, “procesalismos”, “tecnicismos” y “letrismos” son manifestaciones de la dictadura del formalismo. La formalidad legal es importantísima, pero ha de estar orientada al imperativo de justicia. Por eso, y porque hay un argumento válido para no dejar las cosas como están, que es el mal precedente que podría alentar la espectacularidad mediática en detrimento del rigor judicial, me congratulo de que la Suprema Corte haya rechazado el proyecto discutido ayer y celebro la propuesta del ministro Cossío de otorgar un amparo para dictar una nueva sentencia. Si ésa acaba siendo la decisión, será un acierto de la Corte y un triunfo de la sensatez.

Agustin Basave.
Diario el Universal
Marzo 22 de 2012