Category: Historias que enseñan


VotantePOLINIZACIÓN CRUZADA

Una reflexión en tiempos de campañas.

En estos tiempos de campañas políticas pienso que debemos ser, como dice el poeta, solo aves sobre el pantano, siempre cuidando nuestro plumaje y observando el lugar más limpio para aterrizar. Sobre este tema viene a bien esta reflexión:

Un agricultor tenía el mejor cultivo de maíz. Cada año llevaba su maíz a la feria del estado donde le galardonaban. Un año un periodista lo entrevistó y se enteró de algo interesante acerca de cómo cultivaba su maíz.

El reportero descubrió que el agricultor compartía su semilla de maíz con sus vecinos. “Cómo puede darse el lujo de compartir sus mejores semillas de maíz con sus vecinos cuando están entrando en competencia con la suya cada año?

Por qué lo hace señor? Pregunto el reportero.

El granjero respondió: “Porque el viento recoge el polen del maíz maduro y lo mezcla de campo en campo. Si mis vecinos cultivan maíz inferior, la polinización cruzada degradará de manera constante la calidad de mi maíz. Si quiero cultivar buen maíz debo ayudar a mis vecinos a cultivar maíz bueno también.” Así es con nuestras vidas… Los que quieren vivir de manera significativa deben ayudar a enriquecer las vidas de los demás, porque el valor de una vida se mide por las vidas que toca. Y aquellos que eligen ser felices ayudan a otros a encontrar la felicidad, porque el bienestar de cada uno está ligado al bienestar de todos…

Llámalo poder de la colectividad…

Llámalo un principio de éxito…

Dí que es una ley de la vida…

¡¡El hecho es que ninguno de nosotros realmente gana hasta que todos ganamos!!

Detengamos esa escalada de odio, de frustración, de envidia y de codicia malsana que guía las intenciones de la gente. Se quiere quedar bien con uno denostando, calumniando o insultando al otro. Eso no puede ser sano. Al hacerlo solo mostramos lo malo que habita en nosotros, solo sacamos las envidias y los deseos de venganza por todo lo que está mal en nuestra vida. El hacerlo no nos eleva, solo nos degrada. El hacerlo nos convierte en peones y en masa manipulada al servicio de intereses escondidos, de apetitos insanos, de intenciones aparentes y pasiones oscuras; esas que en todo lados hay y no son nuevas; esas que tanto nos disgustan y desatan nuestra ira.

No olvidemos que no nos toca hacerla de jueces para juzgar, sino de votantes; que sin pelear ni enemistarnos, debemos decidir e ir a votar. La vida sigue y seguiremos en el mismo barco, siempre viéndonos y conviviendo entre personas, entre familias, entre gobernantes y gobernados.

Lo nuestro es: Elegir al mejor o al menos malo.

Hagámoslo con serenidad y prudencia, con clase e inteligencia, procurando sabiamente escoger entre las opciones que existen, sin contaminar, ni contaminarnos.

Mario.

FeoTodos en el edificio de apartamentos donde yo vivía sabían quién era Feo. Feo era el gato callejero del barrio. Feo adoraba tres cosas en este mundo: las peleas, comer basura y digamos, el amor. La combinación de estas tres cosas sumadas a una vida en las calles, habían causado daños en Feo.

Para comenzar, el sólo tenía un ojo, y en el lugar donde debería estar el otro ojo, había un hondo agujero. Él también había perdido la oreja del mismo lado, y su pata izquierda parecía haber sido quebrada gravemente en el pasado. Su hueso se curó en un ángulo extraño, haciendo que él siempre pareciese estar dando vuelta la esquina.

Feo había perdido la cola hacía mucho tiempo, y quedaba apenas un pedazo de cola espesa, que él siempre giraba y torcía. Todos los que veían a Feo tenían la misma reacción: “¡Qué gato tan feo!”

Los niños estaban advertidos para no tocarlo. Los adultos le tiraban piedras, le tiraban agua con manguera para espantarlo, lo expulsaban cuando él intentaba entrar en sus casas, o le lastimaban sus patas con la puerta cuando él insistía en entrar. Feo siempre tenía la misma reacción. Cuando le tiraban agua con la manguera, él no salía del lugar, se quedaba allí ensopado hasta que la persona desistiese. Cuando le tiraban cosas, él encorvaba su cuerpecito flaquito como pidiendo perdón.

Siempre que veía niños, el surgía corriendo, maullando desesperadamente y refregando la cabeza en todas las manos, implorando amor. Cuando yo lo tomaba, él inmediatamente comenzaba a lamer mi camisa, orejas, o lo que encontrase.

Un día, Feo quiso compartir su amor con los perros del vecino. Ellos no eran amistosos y Feo fue herido gravemente. Desde mi apartamento, yo oí sus gritos y corrí para intentar ayudarlo. En el momento en que llegué donde él estaba caído, parecía que la triste vida de Feo se estaba evaporando.

Feo estaba caído en un pozo, sus patas traseras y su espalda estaban totalmente deformes, un profundo corte en la línea blanca de pelo atravesaba su pecho. Cuando yo lo agarré e intenté llevarlo para casa, él aspiraba y se asfixiaba, podía sentirlo luchando para respirar. “Creo que lo estoy lastimando mucho”, pensé. Entonces, sentí la sensación familiar de Feo chupando mi oreja en medio de tamaño dolor, sufriendo y obviamente muriendo.

Feo estaba intentando lamer mi oreja. Lo atraje cerca de mí y él refregó su cabeza en la palma de mi mano, me miró con su único ojo dorado y comenzó a ronronear. Incluso sintiendo tanto dolor, aquel gatito feo, lleno de las cicatrices de sus batallas, estaba pidiendo un poco de cariño, tal vez alguna conmiseración. En aquel instante, pensaba que Feo era el gato más lindo y adorable que yo había visto. En ningún momento, él intentó arañarme o morderme, ni intentó huir de mí, o se rebeló de alguna manera. Feo apenas me miraba, confiando completamente en que yo aliviaría su dolor.

Feo murió en mis brazos antes que yo entrase en mi apartamento. Yo me senté y me quedé abrazada a él por mucho tiempo, pensando sobre cómo este gato callejero, deformado y cubierto de cicatrices, había cambiado mi opinión sobre lo que significaba la genuina pureza de espíritu y sobre cómo amar incondicionalmente.

Feo me enseñó más sobre la compasión, que cualquier ser humano. Y yo siempre le estaré agradecida por esto, porque él me enseñó a amar de verdad y sin condición.

Don Quijote y SanchoConsejos que dió Don Quijote a Sancho Panza antes de irse éste a gobernar la Ínsula Barataria.

Dispuesto pues, el corazón a creer lo que te he dicho, está. ¡oh, hijo!, atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte, y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto de este mar proceloso donde vas a engolfarte; que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.

Primeramente, ¡oh, hijo!, haz de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.

Lo segundo, haz de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte, como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra.

Haz gala Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso, que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos han subido a la suma dignidad pontificia o imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.

Mira Sancho, si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no lo deseches ni le afrentes, antes lo has de acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie le desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada.

Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida, con los ignorantes que presumen de agudos.

Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico.

Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre.

Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.

Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.

Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo tuyo, aparta las mientes de su injuria, y ponlas en la verdad del caso.

No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres, las más de las veces serán sin remedio, y si le tuvieren, será a costa de tu crédito y aún de tu hacienda.

Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.

Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones,

Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y, en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los tributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia.

Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible; casarás tus hijos como quisieres; títulos tendrán ellos y tus nietos; vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y, en los últimos pasos de la vida, te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma.

Miguel de Cervantes de Saavedra.

 

 

Pajarito cantando

Existen  otros mundos donde se puede cantar

Cuando yo era niño, aún muy pequeño, mi padre compró el primer teléfono de nuestro vecindario. Recuerdo bien aquel aparato negro y brillante que se hallaba sobre la cómoda de la sala. Yo era muy chico para alcanzarlo, pero me quedaba escuchando fascinado mientras mi madre hablaba con alguien. Un día descubrí que dentro de aquel objeto maravilloso vivía una persona fantástica. Se llamaba “Información, por favor” y no había nada que ella no supiera. “Información, por favor” podía suministrar cualquier número de teléfono y hasta la hora correcta.

Mi primera experiencia personal con ese genio de la botella vino un día en que mi madre se encontraba fuera, en casa de unos vecinos. Yo estaba en el garaje, revolviendo en la caja de herramientas, cuando me golpeé un dedo con el martillo. El dolor era terrible, pero no tenía motivo para llorar, ya que no había nadie para consolarme. Andaba por la casa chupándome el dedo dolorido, hasta que pensé: “El teléfono”.

Rápidamente cogí una pequeña escalera que coloqué frente a la cómoda de la sala. Me subí a la escalera, descolgué el auricular del gancho y lo apreté contra mi oído.

Alguien atendió y yo dije: “Información, por favor”. Oí dos o tres clicks, hasta que una voz suave y nítida habló en mi oído. “Información. Dígame“.Me he golpeado el dedo y las lágrimas vinieron fácilmente, ahora que tenía audiencia.

“¿Tu madre no está en casa?”, preguntó ella. “No, no hay nadie”, sollozaba. “¿Estás sangrando?“ “No, pero me he golpeado con el martillo y me duele mucho“. “¿Puedes abrir la puerta del congelador?” Respondí que sí. “Entonces coge un cubito de hielo y póntelo en el dedo”, dijo la voz.

Tras aquel día, yo conectaba con “Información, por favor” por cualquier motivo. Ella me ayudó con mis dudas de geografía y me enseñó dónde estaba Filadelfia. Me ayudó con los ejercicios de matemáticas. Me enseñó que la pequeña ardilla que traje del bosque tendría que comer nueces y pequeñas frutas. Cuando Petey, mi canario, se murió, yo llamé a “Información, por favor” y le conté lo ocurrido. Ella me escuchó y comenzó a hablar de esas cosas que se le dicen a un niño que está creciendo. Pero yo me sentía inconsolable y preguntaba:

“¿Por qué tienen que morirse unos pajaritos que cantan tan bien y dan alegría a los demás?” Paul, recuerda: “Siempre existen otros mundos donde también se puede cantar”. De alguna manera, después de esto me sentí mejor. Al día siguiente, allá estaba yo de nuevo. “Información. Dígame”, dijo la voz ya tan familiar. “¿Usted sabe cómo se escribe ‘excepción’?“

Todo esto aconteció en mi ciudad natal, al norte del Pacífico. Cuando yo tenía 9 años, nos mudamos a Boston. Añoraba mucho a mi amiga. “Información, por favor” pertenecía a aquel viejo aparato telefónico negro, y yo no sentía ninguna atracción por nuestro nuevo teléfono blanco que se hallaba sobre la cómoda de la nueva sala. Pasó el tiempo y fui creciendo, pero los recuerdos de aquellas conversaciones infantiles nunca se alejaron de mi memoria.

Frecuentemente, en momentos de duda o perplejidad, he intentado recuperar el sentimiento de seguridad tranquila que tenía en aquel entonces.

Hoy puedo comprender lo muy paciente, comprensiva y dulce que fue aquella mujer al perder su tiempo en atender las consultas de un niño. Algunos años después, cuando ya iba a la universidad, mi avión hizo escala en Seattle. Yo tenía más o menos media hora entre los dos vuelos. Hablé por teléfono con mi hermana, que vivía allí, unos quince minutos. Entonces, casi sin darme cuenta, marqué el número de la operadora de mi ciudad natal y pedí: “Información, por favor”.

Como en un milagro, escuché la misma voz dulce y clara que tan bien conocía: “Información. Dígame”. “¿Usted sabe cómo se escribe ‘excepción’?” pregunté.

Se produjo una larga pausa. Luego, una suave respuesta: “Tu dedo ya está mejor, ¿verdad Paul?”. Me eché a reír de alegría. “¡Así que es usted misma! ¡No se imagina lo importante que fue para mí en aquel tiempo!”

“Sí que lo imagino. Y tú no sabes cuánto significaba para mí aquella comunicación. No tengo hijos y me pasaba el día esperando tu llamada”. Le conté lo mucho que me había acordado de ella en los últimos años y pregunté si podría visitarla cuando fuese a ver a mi hermana.

“¡Claro que sí! Pregunta por Sally”.

Tres meses después fui a Seattle. Al telefonear, me respondió una voz desconocida.

“¿Podría hablar con Sally?”, dije. “¿Usted es amigo de ella?”, preguntó la voz. “Soy un viejo amigo. Mi nombre es Paul”. “Lo siento mucho, pero últimamente Sally estaba trabajando aquí sólo a media jornada, porque se encontraba enferma. Por desgracia, murió hace cinco semanas”. Antes de que yo pudiera colgar, la voz añadió: “Espere un momento. ¿Dijo usted que su nombre es Paul?” “Sí”. “Sally le dejó un mensaje. Lo escribió y me pidió que yo lo guardase por si usted llamaba. Se lo voy a leer”.

El mensaje decía: “Dile que aún creo que existen otros mundos donde la gente también puede cantar”.

Él lo comprenderá. Di las gracias y colgué mientras rodaban por mi mejilla lágrimas de ternura, felicidad y agradecimiento a esa linda mujer que había marcado mi vida de manera imborrable. Sabía que se había marchado a otro mundo donde la gente también puede cantar.

 

 

NataliaVen, te sentaré aquí en la ventana para que te dé el sol. Sí, aquí donde nos imaginabas a los dos jugueteando con las manos. En este cuarto que era la razón de tus celos de mala sangre. Ya sé que a todos se lo decías; que ibas de oído en oído contando tu desgracia. Esa que te causábamos por ser jóvenes… Pero ven, te sentaré en esa silla, en aquella donde el sol se desploma todas las mañanas. Yo he tomado un baño y no siento frío, debe ser por el verano. Tú tampoco sentirás frío porque has estado muchos días con esa bata que no he querido quitarte. Tú querías conocer el cuarto ¿no es así? Yo sé que desde hace mucho tiempo querías conocerlo. Me lo dijeron tus amigos a quienes les contaste lo que te carcomía el alma. Me los fui encontrando de uno en uno en diferentes sitios y me dijeron lo triste que estabas, lo desgraciada que eras. Que a veces llorabas mucho y que otras veces estabas tan enojada que quizá te hubieras atrevido a cometer un crimen. Eso me contaban, y me contaban también que querías venir donde nosotros, que no te imaginabas siquiera el cuartito de miseria que teníamos. No te atreviste a hacerlo antes y bien sabías por qué. Yo no sospechaba nada. Es más, nunca sospeché nada. A mí, aunque siempre fui tu amiga en las buenas y en las malas, me fuiste tomando desprecio y sólo tú sabías por qué. A mí no me importaba que las edades nos separaran mucho. ¿Te acuerdas cuando te conocí en casa de tus tíos? Yo pensé que eran tus primos porque ya estaban entrando a los cuarenta años como tú; y Gaspar, cuando me lo presentaste, era un muchacho de veintidós. Y yo, ¿te acuerdas?, apenas estaba en los diecinueve. Pero nos hicimos amigas porque me caíste bien. No sé que te pasó después Natalia. Me parece que te afectó nuestro amor…

Déjame llevarte a la ventana. Sí, aquí estarás mejor, te sentará muy bien. Aquí, para que con la luz del sol brillen tus trenzas y se vean bien la pintura de tus labios y el rimmel de tus ojos; para que se iluminen esos ojos claros que siempre te envidié. Para que vean que eres tú, intacta, un poco relamida por la mugre pero intacta. Tú la de Gaspar, la buena amiga de Isabel, la eterna amiga de Gaspar ahora en mi cuarto, en el cuarto de Isabel. En el sitio que hacía tiempo querías conocer; en mi cuartito de miseria… Voy a hacer a un lado las cortinas para que no te dé su sombra. ¿Recuerdas cuando me lo presentaste?, sí, lo has de recordar. Él acababa de salir de la cárcel donde estuvo por tres años cumpliendo una condena por el desfalco que cometió al banco. Pero ya lo había superado, nos dijo, ¿te acuerdas? Había aprendido manualidades allí adentro, trabajaba en eso y empezaba a levantar cabeza. Hasta me regaló ese puñal de acero que había hecho a escondidas en la cárcel. Ese día que me lo regaló yo lo encontré muy alegre y pensé que era por mí. No sabía que algo tenía que ver contigo. Tú nada me dijiste. No sé qué pasó después pero lo veía muy seguido por mi calle, pasaba por mi puerta, preguntaba por mí. Y así nos fuimos haciendo al modo y nos empezamos a ver en muchas partes: en los bailes, en los cines, en los parques. Después me puso en este cuartito. Yo nunca te vi con él, todavía hoy no sé a dónde se veían. Yo te platicaba de él ¿te acuerdas?, y tú siempre disimulaste muy bien. No me decías nada. Mucho tiempo pasó antes de saber que querías venir a conocer nuestro cuarto, adonde sudábamos felices en la cama, y entonces fuiste cambiando y yo le pregunté a él qué era lo que pasaba…

Mira como el viento mueve tu fleco, ¿lo sientes? Es un viento fresco, suave para ti. Es un viento que no te hará daño ¿Quieres que te quite de la ventana? No, no me contestes, estoy segura que no quieres pues te sientes bien ahí. Quieres que la gente te vea para que se confunda y no sepa quién de las dos es más demonio, si tú o yo. Ni siquiera quieres voltear a nuestro lecho donde él me hacía el amor. Sé que te parece muy poca cosa lo que tengo en este cuartucho: una cama desalineada, unos cuadros desteñidos y un guardarropa sin puertas. Es muy pobre lo que tengo, lo que me dejó Gaspar. A ti no te dejó nada porque lo tenías todo, habías ganado mucho dinero y quizá pensaste que por eso él debía ser para ti. Pero que tonta fuiste al hacer lo que hiciste. No sé qué le dijiste de esa Biblia que siempre andabas en las manos. Hasta aquí la trajiste y por eso te la he puesto en tu regazo para que sigas rezando hasta la eternidad. Quién sabe qué le leíste de ese libro que le hizo tanto daño al punto de no encontrar otra salida como no fuera la muerte. Fuiste apresurada al día siguiente a descolgarlo de la viga en su taller de manualidades. Cuando lo bajaste ya estaba frío; y cuando todos llegaron Gaspar, mi Gaspar, ya tenía muchas horas de haber muerto. ¿Y por qué viniste corriendo a avisarme después? ¡Ah!, tonta, pensaste que iba a tragarme el  cuento de que se quitó la vida porque aún vivía el trauma de la cárcel. No, Natalia. Conforme me lo ibas contando bañada en lágrimas, no sé de dónde me salieron fuerzas para no llorar. ¿Te acuerdas que no lloré? Y en cambio fui midiendo tu pecho, el canal entre tus senos, y supe que el mismo puñal que él  me regaló era la medida… Ahora no puedes ver cómo brilla su empuñadura en tu pecho. La luz del sol causa destellos en tu pecho, Natalia, y tus ojos abiertos no los ven… Por la noche te pondré frente a la cama donde él y yo fuimos felices y nos imaginarás ardiendo de placer… ¿Sientes el viento, Natalia? Es fresco, limpio. Siente el viento Natalia, el viento que nunca volverás a sentir.
Mario Pérez Aguilar

 

Hace una semana presencié un hecho llamativo. No se trató de alguna hazaña espacial, como “traer de regreso a la Tierra” al transbordador Discovery, ni tampoco fue un acto político de proselitismo en los suburbios de mi ciudad. Parece mentira, pero estas cosas ya no nos sorprenden…

Mientras viajaba en uno de los trenes del Subterráneo de Buenos Aires, un verdadero desfile de vendedores ambulantes hacia gala de un amplio surtido de productos. Porta-documentos de plástico, linternas descartables, pilas alcalinas, chocolates y naipes españoles se ofrecían “sólo por hoy” y a “precios increíbles”. Pero en medio de todo aquello, ingresó un niño menudo y de apariencia triste; alguien que en mi país es denominado como “chico de la calle” (título que, por supuesto, jamás buscó obtener…).

Ofrecía calendarios de bolsillo con una ilustración infantil al dorso. Pero mientras hacia su recorrido por el vagón, un hombre ingresó y a viva voz comenzó a vender un “trompo luminoso”.

El pequeño detuvo su tarea y se quedó quieto, observando con ojos de asombro aquel juguete.

Cuando el vendedor concluyó su demostración, una señora de condición humilde lo llamó, le pagó por el producto y se lo entregó al niño como un obsequio (¡me ganó de mano!). La sonrisa del “pibe” iluminó la tarde de muchos, y el gesto de aquella mujer logró “arrancar” más de una lágrima de emoción entre los que estábamos allí.

¡Es tan fácil perderse en teorías! ¡Es tan común discutir sobre lo que “debería hacerse” para mejorar nuestra sociedad… y no hacer nada al respecto!

La cobardía suele refugiarse detrás de grandes discursos y tratados sociales, mientras que la valentía convive con aquellos que se animan a “ensuciarse” con la vida, arremangándose para realizar pequeñas acciones que terminan hablando más que sus palabras.

Las teorías no sirven para nada, si no se llevan a la práctica. Es increíble, pero día a día se pierden inimaginables posibilidades de brillar y generar cambios.

¡Detengamos esta situación!

Sería triste perderse en las palabras y derrochar el tiempo en juegos dialécticos estériles. ¡Ahora es el momento para la acción! ¡Es el tiempo de llevar a la práctica los “pequeños” grandes planes! Como lo hizo aquella mujer en el tren al demostrar un poco de amor hacia ese niño pequeño. Como podemos hacerlo usted y yo a partir de hoy.

 Cristian Franco

Esta es la historia de un hombre que podría definirse como un buscador.  Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra.  Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, el buscador sintió que debería ir a la ciudad de Kammir.  Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, de modo que dejó todo y partió.  Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó a lo lejos la ciudad de Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó mucho la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores bellas. La rodeaba por completo una especie de valla de madera lustrada.  Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.

De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspasó el portal y caminó lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor. Sus ojos eran los de un buscador, y quizá por eso descubrió sobre una de las piedras, aquella inscripción:

“Aquí yace Abdul Tareg. Vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días.”

Se sobrecogió un poco al darse cuenta que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estuviera enterrado en ese lugar.  Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta que la piedra de al lado tenía también una inscripción. Se acercó a leerla; decía:

“Aquí yace Yamir Kalib. Vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas.”

El buscador se sintió terriblemente abatido. Ese hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba. Una por una leyó las lapidas. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.  Pero lo que más lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los 11 años.

Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio, que pasaba por ahí, se acercó. Lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar:

No, ningún familiar. -dijo el buscador-.  ¿Qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar?  ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente que los ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano respondió:

Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que sucede es que aquí tenemos una vieja costumbre, le contaré:

Cuando un joven cumple quince años sus padres le regalan una libreta como ésta que tengo aquí colgando del cuello. Y es tradición entre nosotros que a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella, a la izquierda, que fue lo disfrutado y a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.

Conoció a su novia, y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duro esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana…? ¿dos…? ¿tres semanas y media…?

Y después, la emoción del primer beso, la fiesta de bodas, ¿cuánto duró la alegría del matrimonio? ¿dos días…? ¿una semana..?

¿Y el casamiento de tus amigos…?

¿Y el viaje más deseado…?¿Y el encuentro con quien vuelve de un país lejano..?

¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de esas sensaciones…? ¿horas..? ¿días…?

Y así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos. Cuando alguien muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo anotado, para escribirlo sobre su tumba, porque es amigo caminante el único y verdadero tiempo vivido.

Vive intensamente y sanamente el presente, incrementando tu bitacora de gratos recuerdos con  momentos de felicidad duradera.
Es mi consejo.

 

 

Los dioses habían decidido ponerlos juntos, en el mismo nido, les regalaron una madre, los hicieron diferentes, pero siendo huevos, eso casi no se notaba.  El cascarón cedió dando paso a una débil y rosada piel que tiritaba de frío cuando la madre volaba lejos del nido para cazar la comida de cada día. El aguilucho pronto se diferenció de su hermano, crecía con rapidez y era muy vivaz.

La madre repartía la comida por igual, pero el aguilucho siempre terminaba antes y luego le arrebataba parte de la comida a su todavía débil hermano. Así crecieron, uno a la sombra de otro. Llegaron las plumas y al momento de abandonar el nido, el aguilucho estaba listo, pero su hermano no.

Extendió sus alas y se lanzó pleno al vacío en un vuelo de picada, hizo un giro y sintió la maravillosa sensación del aire acariciando sus plumas, se pensó dueño del mundo, dueño del aire, dueño de la tierra. Estaba hecho para dominar.  Su hermano con un plumaje todavía grisáceo y sin forma, se aventuró temeroso detrás de su admirado y envidiado hermano aguilucho; el porrazo fue seco, y la decepción peor.

¿Por qué tengo estas garras inservibles, este pico grande y estas plumas débiles?, se preguntaba el todavía indefenso polluelo.  Y así se cuestionaba, caída tras caída mientras observaba a su hermano adiestrándose en la tarea de conquistar el mundo; quien con violencia rompía la dirección del viento y se volvió capaz de cazar cualquier animal que rondaba por el piso.

Los desafiaba a todos y desarrolló ciertos gustos refinados comiéndose solo las partes más exquisitas de su carne.  Su hermano feo lo seguía día y noche en pequeños y torpes vuelos desde tierra, y frustrado por su incapacidad rapaz, se veía obligado a comer los restos despreciados por su hermano el águila.

Eran hermanos: uno aprendió el arte del vuelo, de la cacería exitosa, del dominio natural, el otro aprendió el arte de conectarse con la tierra, de limpiar los vestigios de la soberbia de su hermano, y del silencio imprescindible de la humildad.  El águila se acostumbró a su mundo de poderío y gobierno, y la ceguera lo llevaba a cazar por el puro gusto de cazar, dejaba presas enteras gozándose de las miradas temerosas de los animales en tierra.

Su madre los observaba siempre lejana, y detrás de ella los dioses. “El difícil arte de volar no es una tarea de abrir las alas solamente, se decían, volar es renunciar a algo para unirte a los demás.”

Pero el feo polluelo, alimentado de la carroña que dejaba su hermano, poco a poco se transformó en una ave de enorme y fuertes plumas, con un bello collar blanco.  Y un buen día, el hermano feo dejó de ser feo, renunció a su autocompasión y a la envidia que sentía de su hermano el águila; levantó las alas y sintió cómo la tierra se alejaba de sus patas, se conectó con el viento y fue llevado a las alturas, conoció las nubes, vio de cerca al padre sol, y escuchaba las corrientes aéreas esculpiendo la fría roca, y fue muy feliz.

¿Y el águila? El águila no quiso renunciar a nada, colérica observó cómo el bello cóndor volaba sereno por lugares que ella no había alcanzado nunca a explorar. Usó toda su fuerza, agitaba sus alas en un vuelo desesperado por alcanzar a su hermano, pero ella no estaba hecha para volar tan alto.  El frío extremo y la falta de oxígeno la aturdieron y se precipitó a tierra. Su caída estrepitosa fue bien recibida por todos los animales que alguna vez fueron atacados o que habían perdido a sus seres queridos por el puro gusto que sentía el águila de usar su poder.

Y fue así como esta historia finalizó con una lección importante que los dioses repetían entristecidos por la ceguera del águila: “Volar es renunciar a algo para unirte al otro”.

 

 

Doña Rosa era una ascensorista de un viejo edificio de juzgados que usualmente estaba congestionado de visitantes, los cuales, asustados, perdidos, molestos, afanados o simplemente apáticos, esperaban atiborrarse en uno de los viejos ascensores. Cuando se abría la puerta, la multitud que salía empujaba a la que quería entrar, armando un caos que se repetía en casi todos los pisos; además del calor y los olores concentrados en el elevador.   A pesar de esto, doña Rosa cuidaba su máquina como si fuera la más fina y valiosa. 
Cada mañana, ella brillaba las partes metálicas y la aseaba lo mejor posible.  De todas maneras andaba sonriente y entusiasta, saludaba y despedía al abrir las puertas, disfrutaba sorprendiendo a sus viajeros frecuentes al recordar sus nombres, hacía bromas para que la gente sonriera, y respondía de buena gana a toda clase de preguntas.  Aparte de eso, vendía papel oficial, sellos de correo, y en sus pocos ratos libres le encantaba tejer ropa para bebés.  
Un día, alguien le preguntó: –    ¿cómo podía permanecer tan contenta en esa clase de trabajo incómodo, rutinario y mal pagado?.   A lo que ella contestó: –    Muchas personas creen que yo actúo así por la gente, pero en realidad lo hago por mí. Cuando trato bien a mis pasajeros me siento satisfecha, si los ayudo, la mayoría me trata bien y me aprecia.  Sé que mi ascensor es viejo y mal mantenido, -continuó-, pero cuando lo limpio y lo brillo, me estoy cuidando a mí misma, porque aunque no es mío, vivo en él muchas horas de mi vida y si lo trato bien, me va a servir mejor.  
¿Y todos los otros ascensoristas piensan así? -le preguntaron-. –    No, -respondió-, algunos de mis compañeros piensan que su tiempo de trabajo no les pertenece a ellos.  Dicen que es el tiempo de la empresa.  Parecen ausentes, es como si murieran a las ocho de la mañana y resucitaran a las seis de la tarde. Suponen que trabajando de mala gana van a maltratar al jefe o a otros, cuando en realidad es el tiempo de su vida, algo que nunca van a recuperar.   Qué fácil es convertir lo ordinario y lo rutinario en algo divertido y extraordinario. Todos los días puedes hacerlos diferentes. Las actividades y las personas se vuelven aburridas cuando le quitas el corazón a lo que haces. 
Lo extraordinario de tu vida no está en lo que haces, sino en cómo lo haces.  
Carlos Devis

 

 

A esta historia poderosa se la conoce como la profecía del Águila y el Cóndor. La historia dice así: Para los ancianos y los chamanes de las culturas indígenas, que viven a lo largo y ancho del subcontinente sudamericano, estamos entrando en el ciclo del quinto Pachakuti que es un ciclo de 500 años).

De acuerdo con sus antiguos registros, en este tercer milenio ocurrirá la gran reunión entre la gente que es del Águila y la gente que es del Cóndor. Será una alianza de colaboración que salvará a la humanidad.

La profecía relata que al principio de la vida humana todos los seres humanos formaron un solo grupo. Con el paso del tiempo se dividieron en dos grupos. Cada grupo siguió un camino muy diferente en su desarrollo. La gente del Águila era sumamente intelectual y se orientó hacia las ciencias. La gente del Cóndor era fuertemente intuitiva y enfocó su vida en armonizarse con la naturaleza.

 En el quinto Pachakuti (en este tercer milenio), la gente del Águila habrá desarrollado un alto sentido de la estética y de sus habilidades cognitivas. Su capacidad para diseñar y construir será sorprendente. Alcanzará el  cenit en los conocimientos científicos y tecnológicos. El enorme despliegue de sus tecnologías creará milagros tecnológicos tan asombrosos que  expandirán sus mentes.

Estos logros generarán una inmensa riqueza material para los líderes de su grupo, aunque  su talón de Aquiles se encontrará en el vacío espiritual que cercará sus vidas y su existencia peligrará.

La gente del Cóndor, la gente del corazón, del espíritu, de los sentidos, de una profunda conexión con el mundo natural, desarrollará sus habilidades intuitivas y alcanzará un cenit poderoso en la sabiduría de sus antepasados. Conocerá con claridad los ciclos de la tierra y será capaz de relacionarse con los espíritus del reino animal y vegetal. Sin embargo, no sabrá cómo desenvolverse satisfactoriamente en el mundo material del águila con quien se sentirá en franca desventaja. Ese será su mayor riesgo y su  incapacidad de interactuar con el mundo material pondrá en peligro su existencia.

Está claro que la cultura occidental es la gente del Aguila, y las culturas indígenas del mundo son la gente del Cóndor. La profecía recuerda que ambos grupos proceden de un origen común y deben integrar sus  conocimientos para enriquecerse mutuamente. Si el águila y el cóndor vuelan juntos otra vez, ala con ala, el mundo encontrará de nuevo su equilibrio.

Ni las águilas ni los cóndores podrán sobrevivir solos. Es necesaria la alquimia de una colaboración mutua. De esta reunión emergerá una nueva conciencia en el ser humano que honrará a la gente del águila por sus admirables logros en el campo racional y  honrará a la gente del Cóndor por su profunda sabiduría del corazón. Juntos podrán resolver las crisis del mundo y traerán a la vida un futuro sostenible para todos.

Se dice que en el principio, el Dios del Tiempo creo el Sol y la Luna, y con ellos nacieron el Aguila y el Condor, con tal fuerza que el Aguila  y el Cóndor hicieron que America del Norte y America del Sur se unieran formando America Central. De estas tierras salieron las primeras naciones, pasando muchos momentos dificiles, entre ellos el peor: la division de las naciones en cuatro direcciones.

Después de la división aparecieron las Profecias que buscan enseñar a las naciones los caminos para su liberación y unificación. Una de estas profecías habla del día en que la unión de las lágrimas que broten de los corazones del Aguila y del Condor, sanarán las heridas y fortificarán los espíritus, los cuerpos y las mentes de los primeros pueblos. Los guerreros de la Luz repelerán las espadas de los enemigos  y darán término a la opresión, la explotación y la injusticia, vicios de tercera dimensión, en nombre de la Libertad.

Mitakuye Oyasin.