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Con especial dedicatoria a mis nietos Alex de 6, Lilian de 5 y Cristobal de

Con especial dedicatoria a mis nietos Alex de 6, Lilian de 5, Cristobal de 4, Raúl André y Marito de un año, y Rolandito de apenas unos días de nacido.

Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.

– ¡Qué felices somos aquí! – se decían unos a otros.

Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.

– ¿Qué hacen aquí? – surgió con su voz retumbante.

Los niños escaparon corriendo en desbandada.

– Este jardín es mío. Es mi jardín propio – dijo el Gigante – Todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.

Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

Entrada estrictamente prohibida bajo las consecuentes penas.

Era un Gigante egoísta… Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.

– ¡Qué dichosos éramos allí! – se decían unos a otros.

Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.

Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha.

– La Primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.

La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.

– ¡Qué lugar más agradable! -dijo-.

Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también. Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.

– No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí – decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-, espero que pronto cambie el tiempo.

Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco el verano. El otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.

– Es un gigante demasiado egoísta – decían los frutales.

De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.

Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfosa escape y el jardín quedó en invierno otra vez. Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la primavera regresó al jardín. que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.

– ¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la primavera – dijo el Gigante. – Y saltó de la cama para correr a la ventana.

¿Y qué es lo que vio?

Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello.

Sólo en un rincón el invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.

– ¡Sube a mí, niñito! – decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía.

Pero el niño era demasiado pequeño. El Gigante sintió que el corazón se le derretía.

– ¡Cuán egoísta he sido! – exclamó. – Ahora sé por qué la primavera no quería venir hasta aquí. – Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. – Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.

Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho. Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron

– Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante– Y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.

Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás. Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.

– Pero, ¿dónde está el más pequeñito? – Preguntó el Gigante– ¿ese niño que subí al árbol del rincón?

El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso. – No lo sabemos – respondieron los niños-, se marchó solito. – Díganle que vuelva mañana – dijo el Gigante.

Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste. Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.

– ¡Cómo me gustaría volverlo a ver! – repetía.

Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.

– Tengo muchas flores hermosas – se decía– Pero los niños son las flores más hermosas de todas.

Una mañana de invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno pues sabía que el invierno era simplemente la primavera dormida, y que las flores estaban descansando. Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró… Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.

Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo:

– ¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?

Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.

– ¿Pero, quién se atrevió a herirte? – Gritó el Gigante. – Dímelo, para tomar la espada y matarlo. – ¡No! – Respondió el niño. – Estas son las heridas del Amor. – ¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? – preguntó el Gigante.

Y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño. Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:

– Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín. – Hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.

Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.

Oscar Wilde

 

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Don Quijote y SanchoConsejos que dió Don Quijote a Sancho Panza antes de irse éste a gobernar la Ínsula Barataria.

Dispuesto pues, el corazón a creer lo que te he dicho, está. ¡oh, hijo!, atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte, y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto de este mar proceloso donde vas a engolfarte; que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.

Primeramente, ¡oh, hijo!, haz de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.

Lo segundo, haz de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte, como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra.

Haz gala Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso, que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos han subido a la suma dignidad pontificia o imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.

Mira Sancho, si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no lo deseches ni le afrentes, antes lo has de acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie le desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada.

Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida, con los ignorantes que presumen de agudos.

Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico.

Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre.

Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.

Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.

Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo tuyo, aparta las mientes de su injuria, y ponlas en la verdad del caso.

No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres, las más de las veces serán sin remedio, y si le tuvieren, será a costa de tu crédito y aún de tu hacienda.

Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.

Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones,

Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y, en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los tributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia.

Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible; casarás tus hijos como quisieres; títulos tendrán ellos y tus nietos; vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y, en los últimos pasos de la vida, te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma.

Miguel de Cervantes de Saavedra.

 

 

NataliaVen, te sentaré aquí en la ventana para que te dé el sol. Sí, aquí donde nos imaginabas a los dos jugueteando con las manos. En este cuarto que era la razón de tus celos de mala sangre. Ya sé que a todos se lo decías; que ibas de oído en oído contando tu desgracia. Esa que te causábamos por ser jóvenes… Pero ven, te sentaré en esa silla, en aquella donde el sol se desploma todas las mañanas. Yo he tomado un baño y no siento frío, debe ser por el verano. Tú tampoco sentirás frío porque has estado muchos días con esa bata que no he querido quitarte. Tú querías conocer el cuarto ¿no es así? Yo sé que desde hace mucho tiempo querías conocerlo. Me lo dijeron tus amigos a quienes les contaste lo que te carcomía el alma. Me los fui encontrando de uno en uno en diferentes sitios y me dijeron lo triste que estabas, lo desgraciada que eras. Que a veces llorabas mucho y que otras veces estabas tan enojada que quizá te hubieras atrevido a cometer un crimen. Eso me contaban, y me contaban también que querías venir donde nosotros, que no te imaginabas siquiera el cuartito de miseria que teníamos. No te atreviste a hacerlo antes y bien sabías por qué. Yo no sospechaba nada. Es más, nunca sospeché nada. A mí, aunque siempre fui tu amiga en las buenas y en las malas, me fuiste tomando desprecio y sólo tú sabías por qué. A mí no me importaba que las edades nos separaran mucho. ¿Te acuerdas cuando te conocí en casa de tus tíos? Yo pensé que eran tus primos porque ya estaban entrando a los cuarenta años como tú; y Gaspar, cuando me lo presentaste, era un muchacho de veintidós. Y yo, ¿te acuerdas?, apenas estaba en los diecinueve. Pero nos hicimos amigas porque me caíste bien. No sé que te pasó después Natalia. Me parece que te afectó nuestro amor…

Déjame llevarte a la ventana. Sí, aquí estarás mejor, te sentará muy bien. Aquí, para que con la luz del sol brillen tus trenzas y se vean bien la pintura de tus labios y el rimmel de tus ojos; para que se iluminen esos ojos claros que siempre te envidié. Para que vean que eres tú, intacta, un poco relamida por la mugre pero intacta. Tú la de Gaspar, la buena amiga de Isabel, la eterna amiga de Gaspar ahora en mi cuarto, en el cuarto de Isabel. En el sitio que hacía tiempo querías conocer; en mi cuartito de miseria… Voy a hacer a un lado las cortinas para que no te dé su sombra. ¿Recuerdas cuando me lo presentaste?, sí, lo has de recordar. Él acababa de salir de la cárcel donde estuvo por tres años cumpliendo una condena por el desfalco que cometió al banco. Pero ya lo había superado, nos dijo, ¿te acuerdas? Había aprendido manualidades allí adentro, trabajaba en eso y empezaba a levantar cabeza. Hasta me regaló ese puñal de acero que había hecho a escondidas en la cárcel. Ese día que me lo regaló yo lo encontré muy alegre y pensé que era por mí. No sabía que algo tenía que ver contigo. Tú nada me dijiste. No sé qué pasó después pero lo veía muy seguido por mi calle, pasaba por mi puerta, preguntaba por mí. Y así nos fuimos haciendo al modo y nos empezamos a ver en muchas partes: en los bailes, en los cines, en los parques. Después me puso en este cuartito. Yo nunca te vi con él, todavía hoy no sé a dónde se veían. Yo te platicaba de él ¿te acuerdas?, y tú siempre disimulaste muy bien. No me decías nada. Mucho tiempo pasó antes de saber que querías venir a conocer nuestro cuarto, adonde sudábamos felices en la cama, y entonces fuiste cambiando y yo le pregunté a él qué era lo que pasaba…

Mira como el viento mueve tu fleco, ¿lo sientes? Es un viento fresco, suave para ti. Es un viento que no te hará daño ¿Quieres que te quite de la ventana? No, no me contestes, estoy segura que no quieres pues te sientes bien ahí. Quieres que la gente te vea para que se confunda y no sepa quién de las dos es más demonio, si tú o yo. Ni siquiera quieres voltear a nuestro lecho donde él me hacía el amor. Sé que te parece muy poca cosa lo que tengo en este cuartucho: una cama desalineada, unos cuadros desteñidos y un guardarropa sin puertas. Es muy pobre lo que tengo, lo que me dejó Gaspar. A ti no te dejó nada porque lo tenías todo, habías ganado mucho dinero y quizá pensaste que por eso él debía ser para ti. Pero que tonta fuiste al hacer lo que hiciste. No sé qué le dijiste de esa Biblia que siempre andabas en las manos. Hasta aquí la trajiste y por eso te la he puesto en tu regazo para que sigas rezando hasta la eternidad. Quién sabe qué le leíste de ese libro que le hizo tanto daño al punto de no encontrar otra salida como no fuera la muerte. Fuiste apresurada al día siguiente a descolgarlo de la viga en su taller de manualidades. Cuando lo bajaste ya estaba frío; y cuando todos llegaron Gaspar, mi Gaspar, ya tenía muchas horas de haber muerto. ¿Y por qué viniste corriendo a avisarme después? ¡Ah!, tonta, pensaste que iba a tragarme el  cuento de que se quitó la vida porque aún vivía el trauma de la cárcel. No, Natalia. Conforme me lo ibas contando bañada en lágrimas, no sé de dónde me salieron fuerzas para no llorar. ¿Te acuerdas que no lloré? Y en cambio fui midiendo tu pecho, el canal entre tus senos, y supe que el mismo puñal que él  me regaló era la medida… Ahora no puedes ver cómo brilla su empuñadura en tu pecho. La luz del sol causa destellos en tu pecho, Natalia, y tus ojos abiertos no los ven… Por la noche te pondré frente a la cama donde él y yo fuimos felices y nos imaginarás ardiendo de placer… ¿Sientes el viento, Natalia? Es fresco, limpio. Siente el viento Natalia, el viento que nunca volverás a sentir.
Mario Pérez Aguilar