Reflexiones(48)La vida es, aún para la ciencia, el más grande de los milagros, pero para la mayoría de los animales, la vida no es vida sino un intenso dolor, sólo por haberles tocado la suerte de compartir el planeta y este tiempo con el hombre, su verdugo más cruel.

Los “animales no humanos”, hay que decirlo de esta manera para expresarse con propiedad de ellos, son seres maravillosos en los que se ve la grandeza de Dios, y la perfección de la naturaleza, pero son tristemente indefensos ante el hombre: su mayor depredador.

Hay quienes afirman que lo que distingue al ser humano de los otros animales, es el raciocinio, pero viendo lo que este hace con su aparente ventaja, es necesario ponerlo en duda, no sólo en su relación con los seres inferiores que están a su merced, sino con el uso inescrupuloso que le da en cada acto a su facultad de entendimiento.

Apenas comprendiendo su ignorancia y confusión, puede explicarse la arrogancia insoportable del que pone su derecho a la vida ciegamente por delante del derecho a la vida de otros seres.  Si somos superiores, sólo esa condición nos agrega un imperativo moral por el cual debemos rendir justificaciones de nuestros actos. Sólo el hecho de que debamos decidir cómo tratar a los animales, hace a nuestra relación con ellos moralmente grave.

Nosotros pensamos, nuestros animales no, por lo que tenemos el privilegio y la carga de hacernos responsables de la relación y el trato con ellos.  Pero nuestra relación con las bestias, sin embargo, es la de las metáforas que las degradan. “Eres un animal”, “Eres un burro”.  Pero mejor sería decir: “eres un hombre torpe”, o “eres una mujer egoísta”.

“Soy un miserable gusano” decía Friedrich Nietzsche para autodefinirse, cuando lo devoraba la sífilis y expiaba su remordimiento de filósofo porque se acostaba con su madre y con su hermana.  Había muchas culpas humanas en él, pero ¿qué culpa tenía el gusano?

El siglo XX fue generoso y mezquino, bálsamo y letal, fértil para la ciencia y retrógrado para la convivencia entre los hombres.  Sobre su final, mostró una luz de esperanza en el reconocimiento al derecho de los animales en las sociedades civilizadas. Una luz, nada más, pero es mejor algo, que nada.

Los derechos del hombre en la Grecia clásica eran los derechos del ciudadano varón y libre.  Las mujeres y los esclavos eran para la legislación, tan poca cosa como hoy son (continúan siendo) los animales en las comunidades incultas.  Otras formas de discriminación, igual de vergonzantes ha visto la historia: quemar al hereje en la hoguera fue una conducta aceptada, hasta que un día la civilización decidió que era inaceptable.  Todo es cuestión de tiempo.  Llegará el día en que el exterminio irracional de los animales de esta época, en casi todas las sociedades, será un asunto que se exhibirá en museos, a la mirada incrédula de los visitantes.

Konrad Lorenz, el etólogo austríaco, el gran sabio del siglo pasado que en 1973 obtuvo el premio Nobel de medicina, dijo: “el hombre siempre fue bastante estúpido, pero últimamente noto un cambio: está peor”.  Es el mismo médico bondadoso que amaba a los animales y que en otra ocasión afirmó: “De sólo pensar que mi perro me quiere más que yo a él, siento vergüenza”.

Lord Byron escribió para la tumba de su perro, este epitafio: “Aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y todas las virtudes de un hombre sin sus vicios”.

Los animales, salvajes o domésticos, son a la luz de la inteligencia, nuestros compañeros de viaje.  Su sacrificio o sufrimiento inútiles son actos de inmoralidad y barbarie degradantes para quien los provoca.

¿Por qué quererlos?

  • Porque el cuidado de todas las formas de vida nos hace más evolucionados.
  • Por compasión, porque la compasión es una olvidada emoción elevada.
  • Porque matar o hacer sufrir es destrucción.
  • Porque construir es respetar a un Dios todopoderoso y a su acto de la Creación.
  • Porque el hombre civilizado vive de acuerdo con ciertos valores y no hay valores que justifiquen la crueldad.
  • Porque la inteligencia invita a vivir de tal manera que nuestras acciones aporten a la felicidad y no al dolor que hay en el mundo.
  • Porque proveer a la vida y no a la muerte no puede estar pasado de moda, a menos que el mundo esté irremediablemente perdido.
  • Porque no podemos ser indiferentes a la insensibilidad de quien mata a un animal por placer.

 Un amante de las corridas de toros dijo una vez: “los toros de lidia no nacerían si no existiera esa primitiva obscenidad que llaman fiesta, porque estos son criados para la muerte en la plaza”.  Basados en este criterio, también podríamos criar niños para que sean sacrificados frente a cincuenta mil forajidos con boleto pagado. Desde Platón sabemos que educar es formar en la virtud.  Piedad, compasión, amor por la vida de todos los seres, respeto por los demás, son conquistas del hombre de buenas costumbres. No se trata de ser superior, sino de superar a los demás, y de ser capaz de mejorarse a sí mismo.

 ¿Por qué dicen algunos que con relación al hombre, los animales son una especie inferior?   ¿Porque no tienen las mismas “virtudes” que adornan a los hombres, como: el odio, la maldad, la envidia, la venganza, el rencor, el engaño, la traición,  y la soberbia?

Todos los animales, humanos y no humanos, morimos cuando cesan nuestras funciones corporales. Sin embargo, los hombres crueles, mueren mucho antes, aunque no lo noten.

Eduardo Lamazón.

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