ObeliscoUna historia de Chetumal.-

Apoyado en su bastón, pero con gran voluntad de moverse, con su sonrisa cordial, el hombre llegó a la mesa del restaurante del hotel. Era sábado y acudía a una  más de las acostumbradas reuniones semanales  con su grupo de viejos amigos que gustaban de compartir, escuchar y contar historias, leyendas  y anécdotas de  los viejos y  polvorientos años del siglo pasado. Historias, leyendas, y cuentos del viejo Payo Obispo, del Territorio, y de Chetumal.

Con sus más de 90 años a cuestas, aquel  hombre llegó con ánimo renovado  al desayuno; en su rostro se dibujaba un ansia de compartir algo especial, pudiera ser  una más de sus muchas historias, de esas  olvidadas por el tiempo,  pero que para él,  en ese día, cobraba vida y tocaba nuevamente sus sentimientos. La reunión era en ese hotel, que como él, tenía  muchas  historias para contar,  ya que había sido construido  por el General Melgar en los años treintas del siglo que pasó, y al igual  que la escuela Belisario  y el hospital Morelos, eran templos vivientes que guardaban viejas historias  de la vida en el viejo Chetumal.

Y es que la anunciada historia que tenía que contar ese día aquel hombre,  venía a sumarse a ese caudal de recuerdos que hacen la historia, a ese cúmulo de viejas vivencias que el grupo de amigos gustaban de  revivir cada sábado, entre sorbo y sorbo del  café del desayuno. La historia había sucedido en Chetumal  hacía 42 años.  Con el afecto de siempre, los amigos se dispusieron a escuchar aquello que el mayor de su grupo,  con especial sentimiento, se disponía  a contarles.

De su billetera el hombre sacó un raído recorte del Diario de Yucatán de fecha  24 de Abril de 1975 que decía: “Fue halllado muerto, después de 8 días de infructuosa búsqueda, el profesor Arnoldo Aguayo Canto, quien el domingo  pasado se extravió en los montes de Bacalar durante una cacería. El profesor Aguayo se internó en el ejido Francisco J. Mújica con tres  compañeros más, el profesor Rubén Gamboa Gamboa, el Sr. Pedro Medina y el Dr. Cesar López. En el  lugar donde fue hallado el cadáver, a 80 kilómetros del poblado más cercano, la tierra estaba agrietada por el extremo calor y la prolongada sequía en la región. El profesor Arnoldo, experimentado cazador de 42 años, murió de sed,  y  al morir deja en la orfandad a 10 hijos; en su memoria se celebrará una misa de cuerpo presente en la Iglesia de la ciudad y posteriormente su cuerpo será velado primeramente en el Sindicato de Maestros y  después en su hogar, y finalmente su cuerpo será sepultado en cementerio municipal. Firmaba la nota el principiante reportero y corresponsal del diario,  Francisco Bautista Pérez, hoy el cronista del Estado”.

Al término de la lectura de la nota, el profesor Ruben Gamboa dijo con voz quebrada y ojos vidriosos: como podrán ver amigos yo fui uno de los que acompañé a mi amigo fallecido en esa trágica y triste aventura por la selva. Y agregó, este hecho impactó tan fuertemente mi vida, que recordarlo me llena el alma de tristeza y pesadumbre, pues fueron momentos de mi vida de gran tragedia, impotencia y angustia que viví. Momentos de  frustración  cuando comenzó  a caer la noche y siguieron las lentas y muy lentas horas de espera, horas de desesperación. Momentos, horas y días, llenos de ansiedad.  Ocho largos días de intensa búsqueda y de intensa movilización, tanto de los elementos del 55 Batallón de infantería, como de gente de monte y de amigos cazadores; momentos en  que nunca dejamos de  buscar con desesperación entre caminos y veredas de aquella espesa selva del sur del Estado.

En ese tiempo Chetumal había alcanzado su mayoría de edad y  pasaba a ser la capital del nuevo Estado de Quintana Roo. Dejábamos de llamarnos Territorio Federal y un nuevo gobierno de quintanarroenses asumía el mando y tomaba las riendas del Estado 30 de la república. Y todos, Pueblo y Gobierno,  estuvimos con el alma en un hilo, pendientes de las noticias, deseosos de escuchar buenas nuevas, y con la esperanza de encontrar con vida al extraviado. Las muestras de preocupación de la gente de la pequeña ciudad se vieron por todas partes. Recuerdo un hecho que refleja esa preocupación colectiva, un gesto noble  de solidaridad y compañerismo: Élios Calderón, compañero cazador, en esos días estrenaba una lujosa camioneta último modelo y al enterarse de la emergencia, no dudó en ponerla a disposición de las brigadas de búsqueda.  No le importaron los daños que pudiera tener el vehículo como consecuencia de recorrer aquellos difíciles y enlodados caminos de la selva.

Y es que amigos, no olvidemos que en esos  momentos de angustia y de preocupación colectiva, siempre afloran los sentimientos más nobles y bellos de las personas, y más aún en esos tiempos en que  la ciudad era un gran familia, que lo la mismo compartía las alegrías que las tragedias, como nosotros compartimos con los nuestros el pan nuestro de cada día.

Pero a pesar de  los esfuerzos de todos, y a pesar de  tantos de mis  ruegos y a pesar de todas mis angustias, con enorme dolor en el alma, dolor que hasta hoy me perdura, acepté la gran pérdida de mi amigo, como hoy acepto con humildad y con fe, aunque no sin dolor, la voluntad divina.

Y así, con ese sentimiento y esa emoción, el viejo maestro concluyó su relato.  La audiencia aún guardaba silencio, mientras que por un momento,  pareció flotar sobre aquel ambiente, un sentimiento de comprensión colectiva, de  tristeza compartida, de fraterna amistad, de aceptación, de paz y de poesía.

Mario.

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