Category: Sobre la tercera edad


Los Abuelos

Los abuelos no mueren, viven en la memoria de los nietos

Los abuelos no mueren, viven en la memoria de los nietos

En los últimos 50 años, nuestro estilo de vida familiar cambió drásticamente como consecuencia de un nuevo sistema de producción. La inclusión de la mujer en el circuito laboral llevó a que ambos padres se ausenten del hogar por largos períodos creando como consecuencia el llamado “síndrome de la casa vacía”.

El nuevo paradigma implicó que muchos niños quedaran a cargo de personas ajenas al hogar o en instituciones. Esta tercerización de la crianza se extendió y naturalizó en muchos hogares.

Algunos afortunados todavía pueden contar con sus abuelos para cubrir muchas tareas: la protección, los traslados, la alimentación, el descanso y hasta las consultas médicas. Estos privilegiados chicos tienen padres de padres, y lo celebran eligiendo todos los apelativos posibles: abu, abuela/o nona/o bobe, zeide, tata, yaya/o opi, oma, baba, abue, lala, babi, o por su nombre, cuando la coquetería lo exige.

 Los abuelos no sólo cuidan, son el tronco de la familia extendida, la que aporta algo que los padres no siempre vislumbran: pertenencia e identidad, factores indispensables en los nuevos brotes.

 La mayoría de los abuelos siente adoración por sus nietos. Es fácil ver que las fotos de los hijos van siendo reemplazadas por las de estos. Con esta señal, los padres descubren dos verdades: que no están solos en la tarea, y que han entrado en su madurez.

El abuelazgo constituye una forma contundente de comprender el paso del tiempo, de aceptar la edad y la esperable vejez.

Lejos de apenarse, sienten al mismo tiempo otra certeza que supera a las anteriores: los nietos significan que es posible la inmortalidad. Porque al ampliar la familia, ellos prolongan los rasgos, los gestos: extienden la vida. La batalla contra la finitud no está perdida, se ilusionan.

Los abuelos miran diferente. Como suelen no ver bien, usan los ojos para otras cosas. Para opinar, por ejemplo. O para recordar.

Como siempre están pensando en algo, se les humedece la mirada; a veces tienen miedo de no poder decir todo lo que quieren.

La mayoría tiene las manos suaves y las mueven con cuidado. Aprendieron que un abrazo enseña más que toda una biblioteca.

Los abuelos tienen el tiempo que se les perdió a los padres; de alguna manera pudieron recuperarlo. Leen libros sin apuro o cuentan historias de cuando ellos eran chicos. Con cada palabra, las raíces se hacen más profundas; la identidad, más probable.

Los abuelos construyen infancias, en silencio y cada día. Son incomparables cómplices de secretos. Malcrían profesionalmente porque no tienen que dar cuenta a nadie de sus actos. Consideran, con autoridad, que la memoria es la capacidad de olvidar algunas cosas. Por eso no recuerdan que las mismas gracias de sus nietos las hicieron sus hijos. Pero entonces, no las veían, de tan preocupados que estaban por educarlos. Algunos todavía saben jugar a cosas que no se enchufan.

Son personas expertas en disolver angustias cuando, por una discusión de los padres, el niño siente que el mundo se derrumba. La comida que ellos sirven es la más rica; incluso la comprada. Los abuelos huelen siempre a abuelo. No es por el perfume que usan, ellos son así. ¿O no recordamos su aroma para siempre?

Los chicos que tienen abuelos están mucho más cerca de la felicidad. Los que los tienen lejos, deberían procurarse uno (siempre hay buena gente disponible).

Finalmente, y para que sepan los descreídos: los abuelos nunca mueren, sólo se hacen invisibles, para seguir viviendo en nuestra mente y en nuestro corazón.

Enrique Orschansky

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Un reconocido biólogo inglés relata en su último libro los más recientes y sorprendentes hallazgos científicos del proceso de envejecimiento.

Para el autor del libro, Lewis Wolpert, hay cuatro etapas en la vida de un ser humano: la infancia, la adultez activa, la madurez y, finalmente, la que él llama “te ves muy bien” en alusión a esa frase que las personas como él, de más de 60 años, intercambian entre sí cuando se encuentran después de mucho tiempo.

La vejez, como a la mayoría de mortales, le tomó a él por sorpresa y hoy se pregunta cómo pudo un joven de 18 convertirse en un viejo de 81, su edad actual. “Este tema nunca hizo parte de mi agenda cuando joven. Y por eso cuando llegué a esta edad todo me pareció una revelación”, dice.

Motivado por su experiencia y conocimiento sobre biología celular, Wolpert recopiló en un libro todas las evidencias que lo asombraron en su propia búsqueda de lo que significa envejecer y las compiló en el libro “You’re looking very well”, que ha sido un éxito en Gran Bretaña.

Y una de las primeras sorpresas para él es que no hay ninguna evidencia de que la vejez mate, porque no es una enfermedad. Muchos médicos todavía dicen que la gente muere de vieja, pero según Wolpert esto no es cierto y siempre hay una explicación para el fallecimiento de alguien, así sea un nonagenario.

Lo que sí viene con los años es una incapacidad del organismo para luchar contra cualquier enfermedad, especialmente aquellas que aparecen por la senectud. El autor explica que durante toda la vida se van acumulando daños moleculares en las células, y esto ocurre porque el mecanismo de reparación de estas averías se debilita con el tiempo.

“Envejecemos por el uso y el desgaste, en una manera no muy distinta a la de cualquier otra máquina”. Nunca antes la humanidad había logrado vivir tanto. En Inglaterra, dice Wolpert, hay más gente mayor de 65 años que niños menores de 16 años y esta situación será común en la mayoría de países en un par de décadas. El perfil de los viejos ha variado tanto que Wolpert se atreve a sugerir que se establezca el término ‘cuarta edad’, para referirse a aquellos individuos mayores de 80, que sí podrían estar afectados por la vejez. “En la etapa que hoy se conoce como tercera edad los pensionados todavía gozan de muy buena salud y están muy activos socialmente”, dice.

Pasar de una esperanza de vida de 25 años a 80 en dos siglos ha sido posible más a los avances en medicina y salubridad que a revolucionarios descubrimientos en el proceso intrínseco de envejecer. No obstante, estudios en animales han demostrado que manipular la genética para prolongar la vida podría ser una realidad. Gracias a estos trabajos, los científicos han podido incrementar cinco veces el periodo de vida de la mosca de la fruta o del gusano C. Elegans. Al extrapolar esos resultados a los humanos resulta que la especie podría vivir 400 años, máximo 600. Sin embargo, hoy todavía no se vislumbra en el horizonte un método para alargar la juventud.

Se sabe de personas con una versión de ciertos genes, como uno llamado Peter Pan, que viven más que aquellos que no la tienen. Pero manipular todas las piezas del rompecabezas de este proceso está aún a años luz. La meta es, entonces, llegar a viejos sin achaques. Hay que admitir que lograrlo no es nada fácil. Los más longevos son ricos, educados e inteligentes, pues un coeficiente intelectual alto es garantía de que la persona va a cuidar más de su salud y se involucrará menos en comportamientos riesgosos.

Ser optimista también es clave.

En un estudio científico, aquellas mujeres que se mostraron positivas frente a su futuro tuvieron 14 por ciento menos posibilidad de morir de cualquier causa que las mujeres más negativas. También está comprobado que hacer ejercicio y no tener sobrepeso prolonga la existencia. La dieta ideal para reducir el riesgo de demencia incluye frutas, vegetales, cereal y mucho pescado.

El alcohol contribuye a llegar a la tercera edad en buen estado, pero solo si es en dosis bajas. Profesar una fe ayuda a encontrarle sentido a la vida y a manejar el estrés de esta etapa, lo cual es positivo para la salud. Aprender a esta edad mejora el bienestar mental y físico, por lo cual Wolpert sugiere abrirles espacios a los viejos en las universidades. Como estar activo mentalmente es tan importante Wolpert también sugiere aplazar el momento del retiro profesional, o, en algunas profesiones, incluso abolirlo. “Trabajar no solo ayuda a su bienestar, sino a sus finanzas: diez años más de trabajo dobla el valor de una típica pensión privada”, dice el experto. Curiosamente, suplementos y productos anti-envejecimiento, incluido el mundialmente conocido gingko biloba, son totalmente ineficaces, según la investigación de Wolpert.

El libro también ha dado al traste con muchos mitos sobre la vejez. Es cierto que las capacidades mentales disminuyen porque los viejos olvidan más y son más lentos, pero el conocimiento adquirido permanece intacto por lo cual una de las grandes ventajas de envejecer es la sabiduría y experiencia acumulada. “Los viejos son mejores para comprender preguntas y detectar cosas absurdas, así como para atender tareas complejas”, dice. Otra buena noticia es que con los años no disminuye la actividad sexual. Un estudio citado por Wolpert muestra que 90 por ciento de los hombres y mujeres casados entre 60 y 64 años en Estados Unidos son activos sexualmente.

La ciencia también ha mostrado que la mujer vieja no tiene limitaciones físicas para alcanzar un orgasmo pero los hombres gozan siete años más de vida sexual que ellas. Esto se debe a que las mujeres se casan con hombres mayores y ellos mueren primero. El fallecimiento de sus cónyuges implica para muchas el final de su vida sexual. En general, se ha comprobado que la frecuencia de los encuentros sexuales declina muy poco entre los 50 y los 70 años y muchos continúan gozando de los placeres del sexo incluso hasta los 80.

Otra sorpresa para Wolpert es que la felicidad, que para muchos parecía ser esquiva en la vejez, tiene su pico máximo a los 74 años. Los miembros de la tercera edad tienen menos eventos estresantes en el trabajo y menos conflictos con sus parejas y, lo mejor de todo, no sienten necesidad de agradarles a los demás, todo lo cual quita un gran peso de encima.

Si se compara con los jóvenes, que tienen metas muy amplias, los viejos han logrado estrechar sus objetivos y estos son casi siempre mucho más significativos. La creencia de que los viejos son depresivos resulta no ser cierta, como tampoco lo es la asociación juventud-felicidad. Tampoco son más depresivos que los jóvenes. De hecho, esta enfermedad se presenta con mayor frecuencia alrededor de los 45 años. Según Wolpert, los estudios muestran reiteradamente que los jóvenes no son mejores que los viejos en el trabajo y no hay diferencias significativas en sus habilidades.

La percepción de la vejez determina en alto grado la expectativa de vida de un individuo y la manera como los miembros de una sociedad cuidan a sus adultos mayores. Quienes temprano en la vida ven la vejez como una pesadilla tienen, cuando viejos, más riesgo de infarto y otros problemas cardiacos.

Por el contrario, quienes la ven con buenos ojos viven en promedio siete años más. Y aquellos que se sienten y se ven más jóvenes de lo que indica su cédula tienen mejor salud que los que se perciben más viejos. Los jóvenes calculan que la vejez empieza a los 68 años, mientras que los más viejos piensan que es a los 75. Pero curiosamente, un estudio mostró que solo 35 por ciento de quienes tienen 75 se sienten viejos.

De hecho, los médicos utilizan la percepción de la edad y cómo luce la persona como un indicador de su salud. Cuando se ven jóvenes y saludables para la edad es una señal clara de que van a vivir más allá de los 70 años.

Por eso dice Wolpert, si un viejo conocido en la calle le dice “Que bien te ves”, créale, disfrute el piropo y dese por bien servido.

 

 

Brindo por los años que han pasado, cuando podía hablar de corridito sin caer en lagunas mentales.

Brindo por los días cuando caminaba ligerito, sin dolor en la espalda, ni en las rodillas, ni en las manos.

Brindo por aquella casa de dos pisos en la que siempre viví, y en la que subía las escaleras de dos en dos y las bajaba de tres en tres.

Brindo por cuando me secaba mi pelito y lo acomodaba como me daba la gana;

Brindo por aquellos tiempos cuando podía mandar mensajes por el celular mientras hacía otras cositas, y no tenía que salir corriendo a buscar los pinches lentes.

Brindo por los días cuando escuchaba perfectamente lo que decían en la mesa de al lado.

Brindo por la tercera edad, pos qué chingados, ¡Brindo por ella¡ y por la Cuarta edad también, que ya le ando pisando los talones.

Brindo por las medicinas y los suplementos alimenticios que me tengo que tragar.

Brindo por los años que he vivido, por las vivencias que he tenido y por los amigos que ahora tengo, aunque algunos están igual de jodidos y cada día más viejitos que yo.

Salud, a la chingada la edad,  sigamos riendo y contagiándonos de la alegría de poder vivir, ya que es el alimento que viene de Dios.

Y como dijo John Lennon:  Don’t let me down and stand by me, que en nuestra lengua quiere decir: ¡¡ No te desmoralices y anímate!!.

 

 

Eleanor no sabía qué le pasaba a su abuela.

Siempre se olvidaba de todo: dónde había guardado el azúcar, cuándo vencían las cuentas y a qué hora debía estar lista para que la llevaran de compras a la tienda.

-¿Qué le pasa a la abuela?  -preguntó-.

Era una señora tan ordenada…  Ahora parece triste, perdida, y no recuerda las cosas.

-La abuela está envejeciendo-  contestó mamá.

  En estos momentos necesita mucho amor, querida.

-¿Qué quiere decir envejecer?- preguntó Eleanor-.

¿Todo el mundo se olvida de las cosas?  ¿Me pasará a mí?

-No, Eleanor, no todo el mundo cuando envejece se olvida de las cosas.  Creemos que la abuela tiene la enfermedad de Alzheimer y eso la hace más olvidadiza. Tal vez tengamos que ponerla en un hogar especial donde puedan darle los cuidados que necesita.

-Oh, mamá, qué horrible!  Va a extrañar mucho su casita, ¿no es cierto?

Tal vez, pero no hay otra solución.  Estará bien atendida y allí encontrará nuevas amigas. Eleanor parecía apesadumbrada.  La idea no le gustaba en absoluto.

-¿Podremos ir a verla con frecuencia?  preguntó. La voy a extrañar, aunque se olvide de las cosas.

-Podremos ir los fines de semana -contestó mamá-.  Y llevarle regalos.

-¿Un helado, por ejemplo?  A la abuela le gusta el helado de fresas-  sonrió Eleanor.

La primera vez que visitaron a la abuela en el hogar para ancianos, Eleanor estuvo a punto de llorar.

-Mamá, casi toda esta gente está en silla de ruedas- observó.

-La necesitan; de lo contrario se caerían- explicó mamá-.

Ahora, cuando veas a la abuela, sonríe y dile que se la ve muy bien.

La abuela estaba sentada, muy sola, en un rincón de lo que llamaban la sala del sol. Tenía la mirada perdida entre los árboles de afuera. 

Eleanor abrazó a la abuela.

-Mira- le dijo-, te trajimos un regalo:  helado de fresas, el que más te gusta.

La abuela tomó el vaso de papel y la cucharita y empezó a comer sin decir palabra.

-Estoy segura de que lo está disfrutando, querida- le aseguró la madre.

Pero parece no conocernos-  dijo Eleanor, desilusionada.

-Tienes que darle tiempo -explicó mamá.

Está  en un nuevo ambiente y debe adaptarse.  Pero la próxima vez que visitaron a la abuela sucedió lo mismo.  Comió el helado y sonrió a ambas, pero no dijo palabra.

-Abuela, ¿sabes quién soy?  -preguntó Eleanor.

-Eres la chica que me trae helado- dijo la abuela.

-Sí, pero también soy Eleanor, tu nieta.

¿No te acuerdas de mí?  -preguntó, rodeando con sus brazos a la anciana.  La abuela sonrió levemente.  -¿Si recuerdo?

Claro que recuerdo.  Eres la niña que me trae helado.  De pronto, Eleanor se dio cuenta de que la abuela nunca la recordaría. Estaba viviendo en su propio mundo, rodeada de recuerdos difusos y de soledad.

-¡Siento mucho amor por ti, abuela!  exclamó-.

En ese momento vio rodar una lágrima por la mejilla de su abuela.

-Amor -dijo-.  Recuerdo el amor.

-¿Ves, querida?  Eso es todo lo que desea -intervinó mamá-.  Amor.

-Entonces le traeré helado todos los fines de semana y la abrazaré aunque no me recuerde-  resolvió Eleanor.

Después de todo, recordar el amor era mucho más importante que recordar un nombre.

Marion Schoeberlein

 

¿ Qué es el mal de Alzheimer?

El Alzheimer es una demencia progresiva que tiene como síntoma principal el déficit de memoria y que por lo general, empeora progresivamente, mostrando problemas perceptivos, del lenguaje, y emocionales a medida que la enfermedad va avanzando. El 50% de los mayores de 65 años con demencia padecen de Alzheimer. 

Por desgracia, no existe la cura para éste mal. Los especialistas, tratan sólo de aliviar los efectos de la demencia, con resultados positivos, aplicando técnicas de ejercitación de la memoria al paciente, con el fín de retrasar los síntomas.

Lo mejor que podemos hacer por la gente que padece de éste mal, es no abandonarlos, brindándoles cariño y afecto que tanto necesitan.

 

En la fila del supermercado, el cajero le dijo a una señora mayor que debería traer su propia bolsa de compras ya que las bolsas plásticas no eran buenas para el medio ambiente.

La señora ofreció disculpas al cajero y le explicó: Es que en mis tiempos no había esta onda verde. El empleado le contestó:

Ese es nuestro problema ahora. Su generación no tuvo suficiente cuidado para preservar nuestro medio ambiente.

Tiene razón.  ¡Nuestra generación no tenía esa onda verde en nuestros tiempos!.

En aquel entonces, las botellas de leche, las botellas de gaseosas y las de cerveza se devolvían a la tienda.  La tienda las enviaba de nuevo a la planta para ser lavadas y esterilizadas antes de llenarlas de nuevo, de manera que se podían usar las mismas botellas una y otra vez.  Así, realmente las reciclaban.  Pero no teníamos onda verde en nuestros tiempos.  Subíamos las gradas, porque no había escaleras mecánicas en cada comercio y oficina.  Caminábamos al almacén, en lugar de montar en nuestro vehículo de 300 caballos de fuerza cada vez que necesitamos recorrer dos cuadras.  Pero tiene razón, no teníamos la onda verde en nuestros días.

Por entonces, lavábamos los pañales de los bebés porque no había desechables.   Secábamos la ropa en tendederos, no en esas máquinas consumidoras de energía sacudiéndose a 220 voltios.  La energía solar y eólica secaban verdaderamente nuestra ropa.  Los chicos usaban la ropa de sus hermanos mayores, no siempre modelitos nuevos.  Pero está en lo cierto: no teníamos una onda verde en nuestros días.

En ese entonces teníamos una televisión o radio, en la casa, no un televisor en cada habitación.  El televisor, tenía una pantalla del tamaño de un pañuelo, no una pantalla del tamaño de un estadio.  En la cocina, molíamos y batíamos a mano porque no había máquinas eléctricas que lo hicieran todo por nosotros.  Cuando empacábamos algo frágil para enviarlo por correo, usábamos periódicos arrugados para protegerlo, no plastoformos o bolitas plásticas.  En esos tiempos no encendíamos un motor y quemábamos gasolina sólo para cortar el pasto.  Usábamos una podadora que funcionaba a músculo.  Hacíamos ejercicio trabajando, así que no necesitábamos ir a un gimnasio para correr sobre pistas mecánicas que funcionan con electricidad.  Pero está en lo cierto: en esos tiempos no había una onda verde.

Bebíamos de una fuente cuando teníamos sed, en lugar de usar vasitos o botellas plásticas cada vez que teníamos que tomar agua.  Recargábamos las plumas de escribir con tinta, en lugar de comprar una nueva y cambiábamos las hojillas de afeitar en vez de echar a la basura toda la afeitadora sólo porque la hoja perdió su filo.  Pero no teníamos una onda verde por entonces.  En aquellos tiempos, la gente tomaba el tren o el autobús y los chicos iban en sus bicicletas a la escuela o caminaban, en lugar de usar a la mamá como un servicio de taxi de 24 horas.  Teníamos un enchufe en cada habitación, no un banco de enchufes para alimentar una docena de artefactos.  Y no necesitábamos un aparato electrónico para recibir señales de satélites a kilómetros de distancia en el espacio para encontrar la pizzería más próxima.

Así que ¿no le parece lamentable que la actual generación esté lamentándose de cuán botarates éramos los viejos por no tener esta “onda verde” en nuestros tiempos?

 

 

Pienso que así como hoy te veo, así yo también me vi, y como hoy tu me ves, te verás... La vida es así.

Cuando una viejita murió en la sección para el tratamiento de enfermedades de la vejez en una pequeña clínica, todos estaban convencidos de que ella no había dejado nada de valor.
Después de algún tiempo, cuando las enfermeras revisaron sus míseras pertenencias, encontraron un escrito. Su calidad y contenido impresionaron tanto al personal, que todas las enfermeras querían una copia de aquel documento tan sencillo pero elocuente.
Decia asi: ¿Hermanas qué es lo ustedes ven en mi ?
Una vieja malhumorada, no demasiado inteligente, de costumbres inciertas, con sus ojos soñadores fijos en la lejanía.
Una vieja que escupe la comida y  ustedes tratan de convencerla diciéndole: vamos mamita dele, haga un pequeño esfuerzo y coma.
Una viejita, que  creen que no se da cuenta de las cosas que ustedes hacen y que continuamente pierde el guante o el zapato.
Una viejita, quien contra su voluntad, pero mansamente, les permite que hagan lo que quieran, que la bañen y alimenten, sólo para que así pase el largo día. 
¿Es esto lo que piensan? ¿Es esto lo que ven? Si es así, abran los ojos, hermanas, porque esto que ustedes ven, no soy yo.
Les voy a contar quién soy cuando aquí estoy sentada tan tranquila, tal como me ordenan:
Soy una niñita de diez años que tiene padre y madre, hermanos y hermanas, que se aman. Soy una jovencita de dieciséis años, con alas en los pies, que sueña que pronto encontrará a su amado.
Soy una novia a los veinte, mi corazón da brincos, cuando hago la promesa que me ata hasta el fin de mi vida.
Ahora tengo veinticinco, tengo mis hijos, quienes necesitan que los guíe, tengo un hogar seguro y feliz.
Soy una mujer en los treinta, los hijos crecen rápido, estamos unidos con lazos que deberían durar para siempre.
Cuando cumplo cuarenta, mis hijos ya crecieron y no están en casa, pero a mi lado está mi esposo que se ocupa de que yo no esté triste.
A los cincuenta, otra vez, sobre mis rodillas juegan los bebés, de nuevo conozco a los niños, a mis seres amados y a mí.
Sobre mí se ciernen nubes oscuras, mi esposo ha muerto, cuando veo el futuro me erizo toda de terror.
Mis hijos se alejan, tienen a sus propios hijos, pienso en todos los años que pasaron y en el amor que conocí.
La vejez es una burla que convierte al ser humano en un alienado.
El cuerpo se marchita, el atractivo y la fuerza desaparecen.  Allí, donde una vez tuve el corazón ahora hay una piedra.
Sin embargo, dentro de estas viejas ruinas todavía vive la jovencita. Mi fatigado corazón, de vez en cuando, todavía sabe rebosar de sentimientos.
Recuerdo los días felices y los tristes. En mi pensamiento vuelvo a amar y vuelvo a vivir mi pasado.

na regla de la vida que no desconocemos, pero que con mucha frecuencia no tenemos presente en nuestro trato con las personas mayores . . . 

 

 

Los Padres Nuestros

Padres héroes y madres heroínas del hogar. Pasamos buena parte de nuestra existencia cultivando estos estereotipos. Hasta que un día el padre héroe comienza a pensar, todo el tiempo, protesta bajito y habla de cosas que no tienen ni pies ni cabeza. La heroína del hogar comienza a tener dificultades en terminar las frases y empieza a enojarse con la empleada.

¿Qué hicieron papá y mamá para envejecer de un momento a otro? Simplemente acumularon muchos días en su cronómetro. Simplemente envejecieron. Nadie nos había preparado para esto. Un bello día ellos pierden la compostura, se vuelven más vulnerables y adquieren unas manías bobas. Están cansados de cuidar de los otros y de servir de ejemplo: ahora llego el momento de ellos. El momento de ser cuidados y mimados por nosotros.

No hacen más planes a largo plazo, ahora se dedican a pequeñas aventuras, como comer a escondidas todo lo que el médico le prohibió. Tienen manchas en la piel. De repente están tristes. Más no están caducos: caducos están los hijos, que rechazan aceptar el ciclo de la vida. Es complicado aceptar que nuestros héroes y heroínas ya no están con el control de la situación. Están frágiles y un poco olvidadizos, tienen este derecho, pero seguimos exigiendo de ellos la energía de una turbina.

No admitimos sus flaquezas, su tristeza. Nos sentimos irritados y algunos llegamos a gritarles si se equivocan con el celular u otro electrónico,  y encima no tenemos paciencia para oír por milésima vez la misma historia que cuentan como si terminaran de haberla vivido. En vez de aceptar con serenidad el hecho de que adoptan un ritmo más lento con el pasar de los años, simplemente nos irritamos por haber traicionado nuestra confianza, la confianza de que serian indestructibles como los súper héroes. Provocamos discusiones inútiles y nos enojamos con nuestra insistencia para que todo siga como siempre fue.

Nuestra intolerancia solo puede ser miedo. Miedo de perderlos, y miedo de perdernos, miedo de también dejar de ser lúcidos y joviales. Con nuestros  enojos, solo provocamos más tristeza a aquellos que un día solo procuraron darnos alegrías. ¿Porqué no conseguimos ser un poco de lo que ellos fueron para nosotros? Cuantas veces estos héroes y heroínas estuvieron noches enteras junto a nosotros, medicando, cuidando y midiendo fiebres. Y nos enojamos cuando ellos se olvidan de tomar sus remedios, y al pelear con ellos, los dejamos llorando, tal cual criaturas que fuimos un día.

Más cuando los otros fueron nuestros pilares, aquellos para los cuales siempre podíamos volver y sabíamos que estarían con sus brazos abiertos, y que ahora están dando señales de que un día irán a partir sin nosotros. Hagamos por ellos hoy lo mejor, lo máximo que podemos, para que mañana cuando ellos ya no estén más, podamos recordarlos con cariño, recordando sus sonrisas de alegría y no las lágrimas de tristeza que ellos hayan derramado por causa nuestra. Al final, nuestros héroes de ayer serán nuestros héroes eternamente.

 

 

Bienaventurados sean

Francisco Arámburo Salas – El Autor

Bienaventurados: Aquellos que ahora que soy viejo me tienen paciencia y no me apuran, ni me regañan cuando no puedo actuar, moverme o pensar con mayor rapidez.

Aquellos que se dan cuenta que mis oídos no responden bien y que hago esfuerzos por oír las cosas que ellos dicen. También  los que me hablan despacito y con claridad, con bondad y paciencia, sin gritarme ni desesperarse.

Aquellos que comprenden que mis ojos están empañados y no distinguen bien, y que mis reacciones y mi sentido del humor se han vuelto limitados.

Aquellos que entienden lo torpe de mi caminar y la poca firmeza de mi pulso; los que disimulan cuando derramo el café sobre la mesa y no cruzan miradas hablando en voz baja. También aquellos que se dan cuenta de mis limitaciones y no me critican, me menosprecian ni me hacen sentir inútil, imprudente ni ridículo.

Aquellos que no esperan que marche a su mismo ritmo, que entienden que mi personalidad se ha cincelado a través de largos años de costumbre y tradición, acentuándose a través de toda una vida, la cual me sería muy difícil cambiar, y que no me tachan de ideático. Y me hacen sentir útil, necesario y hasta importante, aunque sólo sea para platicarles y dar fe de mis recuerdos personales de los sucesos históricos que los demás no vivieron ni conocieron. Aquellos que saben despertar recuerdos de mi pasado feliz y me alientan con su interés a compartirlos.

Bienaventurados aquellos que con una sonrisa amable se detienen a charlar conmigo por unos momentos; los que comprenden y no hablan de personas que no conozco o de sucesos de los que no estoy enterado. Mil gracias por su comprensión.

Bienaventurados aquellos que no me consideran una carga o un estorbo, sino como una persona capaz de valerme por mi mismo, e inclusive de ayudar con gusto a los demás. Aquellos que saben que estoy retirado o jubilado, es cierto, pero consideran que todavía tengo ánimo y entusiasmo por la vida, por la familia y los amigos, y aun puedo desempeñar con gusto labores acordes con mi edad. Y con mayor razón ahora que tengo más tiempo libre. Y me brindan con afecto su valiosa paciencia.

También aquellos que con amable tolerancia disculpan mis torpezas y mis fallas de memoria, y nunca me dicen que “ya he repetido muchas veces la misma historia”. Bienaventurados los que me piden consejo, y a veces hasta mi opinión, independientemente de si la aceptan o no. Y de esa manera me hacen notar que existo y que por lo menos me toman en cuenta.

Y en el ocaso de mi tarde triste bienaventurados y bendecidos sean aquellos que si me encuentran aburrido, repetitivo y desesperante, lo disimulan prudentemente y aun así me brindan su cariño, su sonrisa, sus atenciones y su bondad.

Bienaventurados aquellos que poseen la cordura, la sabiduría y la calidad humana suficientes para ofrecer amabilidad y consideración hacia los que ya se encuentran en “la lista de espera,” y que como seres humanos merecen atención para lograr la felicidad y el bienestar final a que tenemos derecho todos.

Bienaventurados aquellos que me hacen sentir que soy querido y respetado; que no estoy solo y que aun tengo cariño, comprensión y amabilidad a mi alrededor; Bienaventurados los que con amor me permiten disfrutar de lo que me queda de vida y me dejan esperar tranquilo el día de mi partida en medio de mi melancólica soledad, y de esa manera me hacen más grata la espera.

“Estoy positivamente seguro que ellos recibirán un merecido premio que vendrá desde lo más alto del Cielo”.

Finalmente Bienaventurados y benditos sean todos, porque inevitablemente, llegará el día en que también ustedes estarán en las mismas circunstancias que yo, y necesitarán lo mismo que en este momento yo necesito de los demás. ¡¡Que Asi Sea!!

Francisco Arámburo Salas

El abuelo, con sus noventa y tantos años, sentado débilmente en la banca del patio, no se movía, estaba sentado cabizbajo mirando sus manos. Cuando me senté a su lado no se dio por enterado y entre más tiempo pasaba, me pregunté si estaba bien.  Finalmente, no queriendo realmente estorbarle sino verificar que estuviese bien, le pregunté:

–    Abuelo, ¿cómo te sientes?

El abuelo levantó su cabeza, me miró, sonrió, y dijo en una fuerte y clara voz:

– Estoy bien, gracias por preguntar.

– No quise molestarte, abuelo, pero estabas sentado aquí simplemente mirando tus manos y quise estar seguro de que estuvieses bien -le expliqué-.

– ¿Te has mirado tus manos? – preguntó mi abuelo-.  Quiero decir, me dijo, ¿Has mirado con detenimiento y atención alguna vez tus manos?”

Lentamente abrí mis manos y me quedé contemplándolas.  Volteé las palmas hacia arriba y luego hacia abajo.  No abuelo, creo que realmente nunca las había observado con detenimiento -le dije- mientras intentaba averiguar qué quería decirme.

El abuelo sonrió y me contó esta historia:

–   Detente y piensa por un momento acerca de tus manos, cómo y cuanto te han servido a través de los años.

Estas manos, aunque arrugadas, secas y débiles han sido las herramientas que he usado toda mi vida para alcanzar, agarrar y abrazar la vida.  Ellas pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo. Cuando niño, mi madre me enseñó a plegarlas para la oración.  Ellas ataron los cordones de mis zapatos y me ayudaron a ponerme mis botas.  Han estado sucias, raspadas y ásperas, hinchadas y dobladas.  Se mostraron torpes cuando intenté sostener a mi hijo recién nacido.  Decoradas con mi anillo de bodas, le mostraron al mundo que estaba casado y que amaba a alguien especial.

Ellas temblaron cuando enterré a mis padres y esposa y cuando caminé por el pasillo con mi hija en su boda.  Han cubierto mi rostro, peinado mi cabello y lavado y limpiado el resto de mi cuerpo.  Han estado pegajosas y húmedas, dobladas y quebradas, secas y cortadas.  Y hasta el día de hoy, cuando casi nada más en mí sigue trabajando bien, estas manos me ayudan a levantarme y a sentarme, y se siguen plegando para orar.

Estas manos son la marca de dónde he estado y la rudeza de mi vida.  Pero más importante aún, es que son ellas las que Dios tomará en las Suyas cuando me lleve a casa.  Y con mis manos, Él me levantará para estar a su lado y allí utilizaré estas manos para tocar el rostro de Jesús.

El otro día una persona joven me preguntó que se sentía ser viejo; me sorprendió mucho, ya que no me considero viejo. Yo soy ahora, probablemente por primera vez en mi vida, la persona que siempre quise ser. Hacerse viejo, he decidido, es un regalo. Algunas veces me desespero de mi cuerpo. las arrugas, las ojeras, las canas y la calvicie, y a menudo me sorprendo de la persona vieja que vive en mi espejo. No cambiaría mis sorprendentes amigos ni mi maravillosa vida, por menos canas y un cuerpo musculoso.

Al envejecer, me he vuelto amable conmigo y menos crítico de mí. Pero no me preocupo de estas cosas por mucho tiempo. Me he convertido en mi mejor amigo. No me regaño por comer esa galleta extra, o por no hacer mi cama o por comprar ese juego de jardín que no necesitaba. Estoy en mi derecho de ser un poco desordenado, extravagante y oler las flores… He visto a muchos amigos irse de este mundo muy pronto, antes de que entendieran la libertad que viene con hacerse viejo.

A quién le interesa si escojo leer o jugar en la computadora hasta las 4 de la mañana y luego dormir hasta el medio día? Bailaré conmigo a esos maravillosos acordes de los 50´s y 60´s y si deseo en ese momento llorar por algún amor perdido… ¡lo haré! Caminaré por la playa sin un traje de baño a pesar de las miradas de compasión de los que usan bikini. Ellos también se harán viejos, si tienen suerte.

Sé que algunas veces soy olvidadizo, aunque me acuerdo de las cosas importantes. A través de los años mi corazón se ha roto ¿Cómo no puede romperse el corazón cuando pierdes a alguien querido, o cuando sufre un niño, o cuando muere tu mascota? Pero el corazón roto es lo que nos da la fuerza, entendimiento y compasión. Un corazón que nunca se ha roto, nunca sabrá de la felicidad de ser imperfecto. Soy bendito por haber vivido lo suficiente para que mis cabellos se vuelvan grises y conservar la sonrisa de mi juventud. Tantos no se han reído, y tantos han muerto antes de que sus cabellos se volvieran plateados.

Puedo decir “No” y querer decirlo. Puedo decir “Si” y querer decirlo. Cuando vas envejeciendo, es más fácil ser positivo. Te preocupas menos de lo que las otras personas puedan pensar. Hasta me he ganado el derecho de estar equivocado. Me gusta ser la persona en la que me he convertido. No voy a vivir para siempre, pero mientras esté aquí, no perderé tiempo en lamentar de lo que pudo ser, o preocuparme de lo que será.

Comeré postre todos los días, si así lo deseo. Amare sencillamente, amar generosamente, hablaré amablemente. Y el resto se lo dejaré a Dios. ¡Qué bello es contemplar las flores y aspirar su fragancia en los ratos de nuestra vejez! ¡Que bellas son las mariposas que vuelan de flor en flor! ¡Sonríe cada mañana porque Dios se ha despertado antes que tú y ha colgado el Sol en tus ventanas! Fares Asad.