Category: De Juan de Dios Peza


Mi tristeza es un mar; tiene su bruma

que envuelve densa mis amargos días;

sus olas, son de lágrimas;

mi pluma está empapada en ellas.

 

Hijas mías. Vosotras sois las inocentes flores,

nacidas de ese mar en la ribera;

la sorda tempestad de mis dolores,

sirve de arrullo a vuestra edad primera.

 

Nací para luchar; sereno y fuerte;

cobro vigor en el combate rudo;

cuando pague mi audacia con la muerte,

caeré cual gladiador sobre mi escudo.

 

Recuérdenme así pues de los hombres,

ni desdeño el poder ni el odio temo;

pongo todo mi honor en vuestros nombres,

y toda el alma en vuestro amor supremo.

 

Para salir al mundo vais de prisa.

Ojalá que esa vez nunca llegara;

Pues hay que ahogar el llanto con la risa,

para mirar al mundo cara a cara.

 

No me imitéis a mí, yo me consuelo

con abrir más los bordes de mi herida,

imitad en lo noble a vuestro abuelo:

Sol de virtud que iluminó mi vida.

 

Orad y perdonad; pues siempre es inmensa,

después de la oración, la interna calma,

y el ser que sabe perdonar la ofensa

sabe llevar a Dios dentro del alma.

 

Sea vuestro pecho de bondades nido,

no ambicionéis lo que ninguno alcanza,

coronad el perdón con el olvido

y la austera virtud con la esperanza.

 

Sin dar culto a los frívolos placeres

que la pureza vuestra frente ciña,

buscad, alma de niña en las mujeres

y buscad, alma de ángel en la niña.

 

Nadie nace a la infamia condenado,

nadie hereda la culpa de un delito,

nunca para ser siervas del pecado

os disculpéis clamando: estaba escrito.

Anuncios
Arturo Aguilar Sánchez.

Arturo Aguilar Sánchez 1915 – 2006


Yo tengo en el hogar un soberano,

único a quien venera el alma mía;

es su corona su cabello cano,

la honra su ley y la virtud su guía.

 

En lentas horas de miseria y duelo,

lleno de firme y varonil constancia,

guarda la fé con que me habló del cielo

en las horas primeras de mi infancia.

 

La amarga proscripción y la tristeza

en su alma abrieron incurable herida;

es un anciano, y lleva en su cabeza

el polvo del camino de la vida.

 

Ve del mundo las fieras tempestades,

de la suerte las horas desgraciadas,

y pasa, como cristo el Tiberiades,

de pie sobre las ondas encrespadas.

 

Seca su llanto, calla sus dolores,

y sólo en el deber sus ojos fijos,

recoge espinas y derrama flores

sobre la senda que trazó a sus hijos.

 

Me ha dicho: “A quien es bueno, la amargura

jamás en llanto sus mejillas moja:

en el mundo la flor de la ventura

al mas ligero soplo se deshoja.

 

“Haz el bien sin temer al sacrificio,

el hombre ha de luchar sereno y fuerte,

y halla quien odia la maldad y el vicio

un tálamo de rosas en la muerte.

 

“Si eres pobre confórmate y sé bueno;

si eres rico protege al desgraciado,

y lo mismo en tu hogar que en el ajeno

guarda tu honor para vivir honrado.”

 

“Ama la libertad, libre es el hombre

y su juez más severo es la conciencia;

tanto como tu honor guarda tu nombre,

pues mi nombre y mi honor forman tu herencia”.

 

Este código augusto, en mi alma pudo

desde que lo escuché, quedar grabado;

en todas las tormentas fue mi escudo,

de todas las borrascas me ha salvado.

 

Mi padre tiene en su mirar sereno

reflejo fiel de su conciencia honrada;

¡cuánto consejo cariñoso y bueno

sorprendo en el fulgor de su mirada!

 

La nobleza del alma es su nobleza;

la gloria del deber forma su gloria;

es pobre, pero encierra su pobreza

la página más grande de su historia.

 

Siendo el culto de mi alma su cariño,

la suerte quiso que al honrar su nombre,

fuera el amor que me inspiró de niño

la más sagrada inspiración del hombre.

 

Quiera el cielo que el canto que me inspira

siempre sus ojos con amor lo vean,

y de todos los versos de mi lira

éstos los dignos de su nombre sean.

Viendo a Garrick, actor de la Inglaterra,

el pueblo al aplaudirlo le decía:

Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz.

Y el cómico reía.

 

Víctimas del spleen los altos lores,

en sus noches más negras y pesadas,

iban a ver al rey de los actores

y cambiaban su spleen en carcajadas.

 

Una vez ante un médico famoso,

llegose un hombre de mirar sombrío:

-Sufro -le dijo- un mal tan espantoso

como esta palidez del rostro mío.

 

Nada me causa encanto ni atractivo;

no me importan mi nombre ni mi suerte;

en un eterno spleen muriendo vivo,

y es mi única pasión la de la muerte.

 

-Viajad y os distaeréis. -Tanto he viajado

-Las lecturas buscad -Tanto he leido-

Que os ame una mujer – ¡Si soy amado!

-Un título adquirid -Noble he nacido.

 

¿Pobre seréis quizá? -Tengo riquezas

– ¿De lisonjas gustáis ? – ¡Tantas escucho!

-¿Que tenéis de familia?…-Mis tristezas

-¿Vais a los cementerios?… -Mucho, mucho.

 

¿De vuestra vida actual tenéis testigos?

– Sí, mas no dejo que me impongan yugos;

yo les llamo a los muertos mis amigos;

y les llamo a los vivos mis verdugos.

 

-Me deja- agrega el médico -perplejo

vuestro mal, y no debo acobardaros;

Tomad hoy por receta este consejo:

sólo viendo a Garrick podéis curaros.

 

-¿A Garrick ? -Sí, a Garrick…La más remisa

y austera sociedad lo busca ansiosa;

todo aquel que lo ve muere de risa;

¡tiene una gracia artística asombrosa !

 

-Y a mí me hará reir?-Ah, sí, os lo juro !;

él, sí, nada más él…Mas qué os inquieta?…

-Así -dijo el enfermo -no me curo:

¡Yo soy Garrick ! Cambiádme la receta.

 

¡Cúantos hay que, cansados de la vida,

enfermos de pesar, muertos de tedio,

hacen reir como el autor suicida

sin encontrar para su mal remedio!

 

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!..

¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,

porqué en los seres que el dolor devora

el alma llora cuando el rostro ríe!

 

Si se muere la fe, si huye la calma,

si sólo abrojos nuestras plantas pisa

lanza a la faz la tempestad del alma

un relámpago triste: la sonrisa.

 

El carnaval del mundo engaña tanto;

que las vidas son breves mascaradas;

aquí aprendemos a reír con llanto

y también a llorar con carcajadas.

Juan y Margot, dos ángeles hermanos

Que embellecen mi hogar con sus cariños

Se entretienen con juegos tan humanos

Que parecen personas desde niños.

 

Mientras Juan, de tres años, es soldado

Y monta en una caña endeble y hueca,

Besa Margot con labios de granado

Los labios de cartón de su muñeca.

 

Lucen los dos sus inocentes galas,

Y alegres sueñan en tan dulces lazos;

El, que cruza sereno entre las balas;

Ella, que arrulla un niño entre sus brazos.

 

Puesto al hombro el fusil de hoja de lata,

El kepis de papel sobre la frente,

Alienta el niño en su inocencia grata

El orgullo viril de ser valiente.

 

Quizá piensa, en sus juegos infantiles,

Que en este mundo que su afán recrea,

Son como el suyo todos los fusiles

Con que la torpe humanidad pelea.

 

Que pesan poco, que sin odios lucen,

Que es igual el más débil el más fuerte,

Y que, si se disparan, no producen

Humo, fragor, consternación y muerte.

 

¡Oh, misteriosa condición humana!

Siempre lo opuesto buscas en la tierra;

Ya delira Margot por ser anciana,

Y Juan, que vive en paz, ama la guerra.

 

Mirándoles jugar me aflijo y callo:

¿Cuál será sobre el mundo su fortuna?

Sueña el niño con armas y caballo,

La niña con velar junto a la cuna.

 

El uno corre de entusiasmo ciego,

La niña arrulla a su muñeca inerme,

Y mientas grita el uno: Fuego! fuego,

La otra murmura triste: Duerme, duerme.

 

A mi lado ante juegos tan extraños

Concha, la primogénita, me mira:

¡Es toda una persona de ses años

Que charla, que comenta y que suspira!

 

¿Por qué inclina su lánguida cabeza

Mientras deshoja inquieta algunas flores?

¿Será la que ha heredado mi tristeza?

¿Será la que comprende mis dolores?

 

Cuando me rindo del dolor al peso,

Cuando la negra duda me avasalla,

Se me cuelga del cuello, me da un beso,

Se le saltan las lágrimas y calla.

 

Sueltas sus trenzas claras y sedosas,

Y oprimiendo mi mano entre sus manos,

Parece que medita en muchas cosas

Al mirar cómo juegan sus hermanos.

 

Margot, que canta en madre transformada,

Y arrulla a un hijo que jamás se queja,

Ni tiene que llorar desengañada,

Ni el hijo crece, ni se vuelve vieja.

 

Y este guerrero audaz de tres abriles

Que ya se finge apuesto caballero,

No logra en sus campañas infantiles

Manchar con sangre y lágrimas su acero.

 

¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres!

Amo tus goces, busco tus cariños;

Cómo han de ser los sueños de los hombres,

Más dulces que los sueños de los niños!

 

¡Oh, mis hijos! No quiera la fortuna

Turbar jamás vuestra inocente calma,

No dejéis esa espada ni esa cuna:

¡Cuando son de verdad, matan el alma!