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El primer faro y reloj de Payo Obispo

El primer faro y reloj de Payo Obispo

Tenía yo 48 años de edad, y sentí que debería vivir con una mujer ya de fijo en mi vida, fue que en Bacalar conocí a doña Alba, viudita de no muy mal ver que nunca pudo tener hijos, y con sus 32 años juntamos nuestras vidas. Una vez estábamos cosechando elotes, cuando mi mujer vio pasar un armadillo y lo correteamos hasta agarrarlo fuertemente de la parte trasera pero el animalito resistió y con sus enormes garras se hundía empujando tierra hacia fuera. Alba vio entre la tierra removida unas monedas de oro… no lo podía yo creer, anteriormente caminé varios kilómetros por debajo de Bacalar y nunca encontré algo de valor, y en mi terreno había oro. ¿Cómo es que esas 38 monedas acuñadas a finales del virreinato estuvieran ahí casi a flor de tierra? ¿Será que todavía en la época de la guerra de castas, circulaban en Bacalar esas monedas? jamás lo sabré.

Y como el dinero y la viruela no se pueden ocultar, perforé cinco monedas y le fabriqué un collar a mi adorable mujer. Después me fui a la cantina a celebrar echándome unos tragos de tequila y pagué con oro, total para eso se hizo el dinero para gastar. Muy tarde comprendí que el humano estúpido e ignorante es el vanidoso presumido que se llena de accesorios de oro como yo lo hice para que todo el mundo supiera que ya había un nuevo millonario… no faltó quién me quiso robar, y hasta me querían matar tal vez por envidia. La policía me detuvo y fui llevado a Campeche, mi mujer al darse cuenta de lo que ocurría huyó con las monedas para Río Verde, lugar donde vivía su madre y demás familia… allá la ocultaron. En Campeche me encadenaron, no me daban de comer y me golpearon hasta dejarme varias veces inconsciente, pero aguanté siempre negando la existencia del precioso metal. Para 1935 con la reincorporación del Territorio de Quintana Roo, fui puesto en libertad por falta de pruebas.

Al regresar a Bacalar no encontré a Alba, y me fui a buscarla a Río Verde, allá me recibieron con la terrible noticia de que mi mujer había sido mordida por una serpiente cascabel y había fallecido… del dinero nunca supe a dónde habrá quedado… no cabe duda que la vida todo te lo da, pero si te apendejas, todo te lo quita. Riéndome de mi propia desgracia me regresé a la capital del Territorio, Payo Obispo prometía el desarrollo y el progreso. Era el Presidente de México don Lázaro Cárdenas del Río, quien nombró como Gobernador al Gral. Rafael E. Melgar, hombre bien intencionado diría yo que el mejor gobernador que ha tenido el Territorio de Quintana Roo. Al mes y medio de haber ocupado la silla presidencial, el Gral. Cárdenas por Decreto ordenó la inmediata reincorporación del Territorio de Quintana Roo, y así fue publicado en el diario oficial del 16 de enero de 1935. Cuando el sur de Quintana Roo estuvo en poder del gobierno campechano sólo sirvió para que se llevaran las riquezas naturales sin siquiera habernos dado chamba, la población de Payo Obispo inactiva corrió el peligro de desaparecer.

Ahora éramos en Payo Obispo unas tres mil personas, y ya había trabajo para todos, claro que en algunas obras teníamos que colaborar como por ejemplo en la construcción del monumental aljibe captador de dos millones de litros de agua de lluvia, antes sólo contaba con agua los que tuvieran su curvato de Madera; con el aljibe público todos podíamos ir y con nuestras cubetas agarrar el líquido. Se crearon las cooperativas de albañiles, chicleros, mieleros, caoberos, etc.La capital cambió mucho: aplanado de las calles y bustos de los héroes, escuelas y hospitales, música viva en el parque principal, la costera, el hotel de Los Cocos, el Palacio de Gobierno en su primera etapa , todo eso era trabajo y en seis años hubo desarrollo en Quintana Roo. A partir del 23 de diciembre de 1936, Payo Obispo cambió su original nombre por el de ‘Cd. Chetumal’, y la frontera conocida como Santa Elena, cambio por el de ‘Subteniente López’.

Al Gobernador Melgar le llegó el informe militar sobre mis antecedentes diciendo que yo era persona de buen criterio y extremada rectitud, asunto que al General le agradó y me dio la primera chamba… ir al vecino Estado de Campeche y recoger el reloj público de Payo Obispo… esos cuates cuando se fueron arrasaron con todo, con máquinas de escribir, escritorios, archiveros; bueno hasta con las escobas cargaron, pero al nuevo Gobernador de Quintana Roo sólo le interesaba que devolvieran el reloj público que era propiedad del Gobierno Federal… Mi General Melgar se llenó de sonrisa al vernos llegar con el famoso reloj público. Fui nombrado Inspector General de Policía, mi primer encargo fue crear con elementos de la misma corporación la “Banda de Música del Gobierno del Territorio de Quintana Roo”… así fue que en Payo Obispo por dos pesos con cincuenta centavos diarios la hacíamos de músicos y policías.

Pero no todo era trabajo feliz. Uno de los asesinatos más sonados en Chetumal fue el ocurrido la noche del 15 de septiembre de 1939… habían matado al Dr. Jaime López Mijares, primer director del nosocomio más moderno de todo el sureste mexicano… el Hospital Morelos de Chetumal. El crimen fue por un arrebato pasional. Lo asesinó su novia una enfermera de nombre Judith Lagunas Arcaraz, quien en momentos de acalorada discusión, ella con un revolver le disparó un tiro que perforó el abdomen dejando al galeno sin vida. La tragedia ocurrió en uno de los departamentos construidos de madera donde el médico pagaba renta a conocido panadero (el Griego) cuyo inmueble se ubicaba en la esquina que componen las avenidas 22 de Marzo (hoy Carmen Ochoa) y la Héroes, en Chetumal. Judith Lagunas, envuelta en llanto declaró que no era su intención matarlo, sino más bien asustarlo: —”Saqué la 45 que mi padre me había regalado, el arma la sentí más ligerita que nunca antes, parecía una pesadilla, todo me temblaba de coraje… Él preparaba su ropa para abandonarme, por ahí supe que una vieja en Chetumal me lo andaba quitando. Yo le advertí, si tú das un paso a la calle ¡te juro que te mato!, dejé a mis padres por seguirte y no voy a regresar a Oaxaca toda fracasada… Cuando desperté a la realidad, ahí estaba mi Jaime, tirado en el suelo en gran charco de sangre”.

Por otra parte, es justo reconocer que el Presidente de México Lázaro Cárdenas no escatimó gastos para enviar al Hospital Civil Morelos los médicos más reconocidos de aquellos años: Arceny Lepiavka (de origen ruso), Raúl Esquivel Medina (del D.F.), Aguilera Olmos (médico militar) y otros que no recuerdo sus nombres. Entre ellos había un galeno francés de nombre Jean Berén, que ocupó la atención de los periódicos más importantes de Europa, y de América también. En 1939 fue noticia de primera plana que un preso se escapara de la “Isla del Diablo”, Jean Berén en su fuga tuvo la buena suerte de ser encontrado y auxiliado por un barco mercante que lo acercó a la Isla de Cozumel. Era el Territorio de Quintana Roo donde se encontraba el hombre más buscado por las autoridades judías antinazis que ya presentían que la segunda guerra mundial era inevitable. La justicia mexicana del Gral. Lázaro Cárdenas no encontró culpa alguna en el fugitivo que en todo caso era un problema de carácter político. Así es que como médico en agradecimiento al pueblo de México que lo protegió, se quedó en el Hospital Civil Morelos y dio consultas a muchos chetumaleños.

El periodismo profesional celoso de la información, envió desde la capital de nuestro país a la escritora Refugio Escobar, quien se encargó del reportaje en torno al fugitivo Dr. Berén. La reportera y el galeno terminaron enamorándose, fue así que Refugio como enfermera se quedó a vivir en el Territorio de Q. Roo al servicio del Hospital Morelos. Al término del gobierno del Gral. Cárdenas el nuevo Presidente de México, Gral. Manuel Avila Camacho (1940-1946) se permitió la extradición del Dr. Jean Berén y de una actriz de nombre Fatamorgana de origen alemana que también vivía en Chetumal. Refugio Escobar no teniendo ya nada qué hacer en la capital de Quintana Roo, se regresó a la Ciudad de México, años después se matrimonió con el escritor Tomás Perrín, mujer talentosa que la radio XEW la llevó con sus monólogos cómicos a la fama como “Cuca la telefonista”. La recuerdo perfectamente bien cuando vino a escribir un reportaje, y se quedó a vivir alegrías y tristezas del naciente Chetumal.

Durante el último año de gobierno quintanarroense del Gral. Rafael E. Melgar, habían tres candidatos (J. Mújica, Andrew Almazán y Ávila Camacho) a la Presidencia de la República, el Gobernador Melgar apoyó al Gral. Juan Andrew Almazán, pero el que ganó fue el Gral. Manuel Ávila Camacho, así es que las venganzas políticas contra Melgar no se dejaron esperar. A Melgar no le dio tiempo de inaugurar un mercado que llevaría el nombre de Benito Juárez ubicado en la esquina que componen las avenidas de Los Héroes e Ignacio Zaragoza en Chetumal, sólo le faltaban pequeños detalles de acabado como los mosaicos del piso y pulido del mármol, sin embargo el mercado estuvo sin abrir seis años, cerrado todo el sexenio del Gral. Ávila Camacho (1940-1946). No fue sino hasta la administración presidencial del Lic. Miguel Alemán cuando finalmente se inauguró pero ahora bajo el nombre de ‘Mercado Miguel Alemán’. El mercado en cuestión tuvo un costo por la cantidad de 36,000.00 pesos, según informe de gobierno que dio el mismo Gral. Rafael E. Melgar al interior del Teatro Juventino Rosas, a finales de su mandato.

El Gral. Gabriel R. Guevara Orihuela (1940-19444) fue el siguiente gobernador”. “Aquí vi cuando al faro-reloj lo cambiaron de lugar, de la glorieta (Avenidas Héroes y 22 de Marzo) a la rellenada Explanada de la Bandera; acercando así el faro más a la bahía de Chetumal. Siendo el 24 de febrero de 1943 cuando el viejo reloj público dio de nueva cuenta sus renovadas campanadas, en cuanto al faro estuvo ahí provisionalmente durante cinco años, y finalmente en 1948, se inauguró el faro que en Chetumal, hasta hoy, conocemos todos. Con el gobernador Guevara se hizo el parque frente al Palacio de Gobierno donde se colocaron dos hermosos monumentos… el de la madre y el del maestro, aunque yo diría que su mayor obra fue la construcción del Aeropuerto Internacional de Cd. Chetumal. De último llegó el Gobernador de hoy don Margarito Ramírez Miranda, mi amigo, que llegó al Territorio de Quintana Roo el primero de abril de 1944. Margarito, amigo de sus amigos pero un perfecto desgraciado con sus enemigos, es demasiado extremoso. Debe tener de edad como cuatro años más que yo, y yo tengo 69. Mi amigo Márgaro ya lleva once años de gobernador y dice que lo tendremos que aguantar otros once más, que va a enterrarlos de viejos a todos sus detractores y que de pura venganza se estará orinando en la tumba de quienes lo han difamado… Por si las dudas mejor yo ni escribo nada de él. Hasta aquí son mis últimos vivencias que redacto. Me he quedado sin luz y las velas se apagan con el viento que aporrea las ventanas, creo que esta noche pegará el ciclón que dicen se llama JANET y según en la radio de Belice aseguran que trae marea de diez metros sobre el nivel del mar. El tiempo se ha puesto terrible no deja de llover, no puedo salir, las calles están rotas porque en toda la ciudad están metiendo el drenaje; vuelan artefactos peligrosos. Son las once de la noche y ya no oigo a los carros que anunciaban los refugios en el Hospital Morelos, Hotel Los Cocos y la Escuela Belisario Domínguez, bueno ya ni en la radio se escucha decir que corramos para el cerro… Ni modos, lo que será, será.

Y pensar que mi amigo Márgaro vino por mí para llevarme al palacio de gobierno como refugio, y todavía me di el lujo de mandarlo al carajo… Aún en estos momentos de total soledad debo manifestar mi satisfacción por haber terminado parte de mis memorias… “Mi Último Deseo” era éste. Mientras Camelo Sóstenes Chin se resguardaba en su casa construida de madera, en Xcalak con cinco mil habitantes, cien ya se habían ahogado y otros doscientos más quedaban gravemente heridos… el mar caribe había pegado dos horas antes que en Chetumal. Esa noche del 27 de septiembre de 1955 la bahía se secó, quienes corrieron al interior del Teatro Ávila Camacho y al palacio de gobierno, asombrados lo vieron; pero lo más impactante de todo fue cuando el agua, de más de dos metros de altura, regresó tirando bardas y viviendas de madera, acabando con familias completas: abuelos, hijos, nietos. Hubo casos horrendos como el del soldado Higinio Banda, cabo de la Cía. Fija, que cruzando en el Parque de los Caimanes una lámina lo dejó sin cabeza; o el de la muchachita de nombre Amalia Polanco que en Xcalak una lámina la alcanzó por la mitad del cuerpo y la partió en dos. Casas que con todo y familias el agua las levantó y las llevó hasta 400 metros lejos de donde originalmente estaban.

Había seis mil chicleros registrados en las cooperativas cercanas a Chetumal, y muchos de ellos murieron aplastados por los gigantescos árboles, de esto nunca se dijo nada. A todo esto y haciendo un paréntesis, a Camelo Sóstenes no se le abandonó a su suerte, porque muy de mañana Margarito Ramírez había ido ese 27 de septiembre a ver a su amigo Camelo, y le ofreció refugio en palacio de gobierno, pero Sóstenes se negó diciendo: “De Dios estaría morir como murió ‘Flor’ mi primer mujer”, refiriéndose al funesto huracán ocurrido en Cozumel aquel 12 de agosto de 1903. “Déjame terminar mis memorias, ya mero acabo”, dijo Camelo a Margarito y le cerró la puerta… sin imaginar que sería la última vez que se verían los dos amigos. Al día siguiente el Hospital Civil Morelos cuyo director era el Dr. Guillermo Macías, se vio insuficiente para curar a tantos heridos. En Chetumal estaban quedando sólo hombres, porque las criaturas y mujeres eran llevadas en avión hacia Mérida, Yucatán que fue de los primeros en auxiliar en esta desgracia. El reloj público que estaba en la Explanada de la Bandera desapareció, el ciclón Janet se lo llevó dejando tremendo agujero en lo alto del obelisco. Una vez terminada la tormenta vino la total calma, finalmente don Margarito acabó de leer las memorias de su amigo Camelo Sóstenes Chin, quien por cosas del destino falleció ahogado en un ciclón tal y como había muerto “Flor” la mujer que siempre amó.

Don Margarito Ramírez Miranda que fue 14 años Gobernador (1944-1958) del Territorio Federal de Quintana Roo, lo hicieron renunciar las manifestaciones en su contra hechas por campesinos que ya lo veían como un odioso dictador, pero momentos antes de retirarse para siempre de Chetumal, don Márgaro escuchó el disco que tanto guardó su cuate Camelo: “Flor se llamaba, flor era ella… flor de los bosque en una palma, flor de los cielos en una estrella… flor de mi vida, flor de mi alma. Murió de pronto mi flor querida erré el sendero, perdí la calma… y para siempre quedó mi vida sin una estrella… sin una palma”.

F I N de la novela.

Si no leyó desde el principio aquí los enlaces:

Enlace a la primera parte

Enlace a la Segunda Parte

Enlace a la Tercera Parte

 

 

 

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El primer faro y reloj de Payo Obispo

El primer faro y reloj de Payo Obispo

Después del General Octaviano Solís, llegó como Gobernador el Teniente Coronel Librado Avitia (1921—1923). La verdad es que hubo varios gobernadores que sólo duraron un par de semanas los cuales ya ni recuerdo sus nombres, pero sí seguiré mencionando los que hayan durado poco más de un año. “Otro gobernadores pero interino, que viene a mi memoria fue el Mayor Camilo E. Félix”. Corría el mes de diciembre de 1923, a un año de distancia próxima en que el Gral. Obregón terminaría el cargo de Presidente de México, el Gral. Adolfo de la Huerta quiso ser el sucesor pero como no lo logró se levantó en armas convocando a la rebelión de los generales en contra del Jefe del Poder Ejecutivo.

Acá en la Capital de Quintana Roo, unos cuantos ciudadanos, la Comandancia Naval y demás militares veían con agrado el movimiento armado que el General Adolfo de la Huerta desde el Puerto de Veracruz protagonizaba en contra del C. Presidente de la República Mexicana Gral. Álvaro Obregón.

En Payo Obispo (Chetumal) que apenas tenía 25 años de haberse fundado, el comunicarnos con el centro del país era casi imposible ocasionando que de muy poco nos enteráramos de lo que en esos momentos ocurría en toda la nación. El “run-run” de que también podría haber revuelta armada en Quintana Roo, cada día sonaba más. Lejos estábamos los payoobispenses, hoy chetumaleños, en creer que algo parecido pudiera pasar en nuestro Territorio de Quintana Roo… sin embargo pasó. ! Le dieron cuartelazo al gobernador interino !.

El Mayor de Caballería don Camilo E. Félix (1923), Comandante Militar del Territorio quintanarroense, fue aprehendido por el insurrecto Mayor de Infantería Atanasio Rojas. El mismito Palacio de Gobierno sirvió para tener secuestrado al gobernador Félix, y a sus más cercanos colaboradores. En la madrugada del 13 de diciembre de 1923, los prisioneros fueron embarcados en el cañonero “El Explorador”, custodiados y deportados al Puerto de Belice, Honduras Británicas… al Gobernador Félix le acompañaba su señora esposa doña María Aranda.

Desafortunadamente en el Estado vecino de Yucatán no corrieron con la misma buena suerte… Tres semanas más tarde a principio de enero de 1924, los sublevados fusilaron al Gobernador de Yucatán don Felipe Carrillo Puerto, sus tres hermanos, colaboradores y algunos militares más. Don Felipe Carrillo Puerto, leal al Gobierno Constitucional del Presidente Obregón, fue encarcelado y sometido a juicio sumario. Siendo civil se le formó consejo de guerra e inmediatamente en menos de 24 horas acribillado ante un paredón del cementerio general de Mérida… había que acabar urgentemente con los partidarios del Presidente de México. Al igual que en Yucatán, en Quintana Roo tampoco teníamos gobernador, y los militares golpistas seguían matando a militares, federales y civiles que reconocieran a Álvaro Obregón.

Encontrándome de servicio en la frontera de Santa Elena, fuimos agredidos y advertidos para que entregáramos las armas a los sublevados; uno de mis subalternos el Cabo Justo Martínez, desenfundó la pistola y mató a quemarropa a un Coronel que comandaba a los golpistas, un tal Juan Galindo; en medio de la balacera estando yo herido del pié izquierdo pude escapar gracias a que cerca de ahí había un burdelito que regenteaba una mujer que fue mi querida, ella me salvó llevándome a esconder a Santa Elena del lado beliceño. Fuera de mi país, sin dinero y sin poder caminar, pasé mi cumpleaños número 38… y una navidad “chupando” con mi querendona amiga que para amenizar mi festejo dando cuerda hizo sonar moderno fonógrafo con unas canciones en inglés que estaban de moda; al escuchar la música me entró, como buen yucateco, mucho sentimiento y no pude soportar soltando amargo llanto, no sé cómo fue que recordé a mi amada y ya fallecida Flor, el asunto es que mi amiga me preguntó: “¡bueno y qué sanababich (son of a bich) te pasa!”, experta mi amiga comprendió que en ese momento lo único que se me podría haber parado era el corazón.

Pero, y a pesar de todo conté con la buena suerte que no tuvieron mis demás compañeros, el 17 de abril de 1924 fueron fusilados en el panteón que existía enfrente del hoy hotel de “Los Cocos” (Av. de Los Héroes, en Chetumal)… en estos momentos no puedo recordar el nombre de todos los que fueron pasados por las armas, sólo me acuerdo del Subteniente Rosalino López, de un Cabo llamado Justo Martínez, de un soldado de nombre Urbano, y de un contratista chiclero cuya persona era don Juanito Erales. Este señor Erales, fue relacionado con un movimiento que estaban preparando en contra del usurpador Atanasio Rojas, pero los descubrieron y en caliente que los fusilan; otros lograron escapar como el Tesorero del Territorio don Andrés Sangri y el Jefe de la Aduana Marítima Sr. Pedro Pérez Andrade.

Estando yo todavía mal herido y protegido en Santa Elena, mis amigos Ramón González Téllez, Audomaro Castillo Herrera, Aurelio Aranda y Enrique Ruiz, me tenían al tanto de lo que sucedía en aquel violento Payo Obispo (Chetumal). Así fue como me enteré que un nutrido grupo de soldados rebeldes escapaban hacia Centroamérica, que ya los esperaba una embarcación en el muelle de Payo Obispo, y entre esos militares se encontraba un tal Ricárdez Broca, que fue quien dio el cuartelazo en Yucatán, se autonombró gobernador, y ordenó el fusilamiento de don Felipe Carrillo Puerto.

Atanasio Rojas que todavía tenía control sobre el Territorio de Quintana Roo, entre aplausos y vivas ayudó a que escapara el coronel Juan Ricárdez Broca. A las pocas semanas hubo más muertos cuando a Payo Obispo entraron las fuerzas obregonistas que recuperaron la plaza el 5 de mayo de 1924… única vez que no se pudo celebrar un año más de la fundación de Payo Obispo. Desde las seis de la mañana entre nutrido tiroteo, Atanasio Rojas y sus secuaces cruzaron nadando el Río Hondo, y se internaron en selvas de Honduras Británicas (Belice).

Impuesto el orden constitucional, el Presidente Gral, Alvaro Obregón nombró al nuevo Gobernador del Territorio de Quintana Roo, Gral. Amado Aguirre Benavides (1924-1925)… después de tantos brincos y sombrerazos finalmente el sucesor de Obregón fue el General Plutarco Elías Calles. Yo con mi pata amolada y un sueldo de miseria que siempre tuve viviendo entre drogadictos y asesinos que venían a esconderse a Quintana Roo, y que muchas veces terminaban como mis compañeros en el ejército, ya no quise saber más de las armas, y menos ahora que se veía venir el enfrentamiento entre el Gobierno del Gral. Plutarco Elías Calles y el Clero Católico Mexicano. Perdí el miedo, ya no distinguía el bien del mal, yo ya no quería matar; que me perdone Dios no sé ni cuántos hijos habré dejado por ahí… Algo inexplicable me estaba pasando, asombrado comprendí la grandeza del creador y la pequeñez del hombre… la vida tan frágil y tan corta.

Con el nuevo presidente Calles, pasaron por Quintana Roo tres gobernadores: el Coronel Enrique Barocio, el periodista Antonio Ancona Albertos y el General Dr. José Siurob Ramírez. Lo que tenía que suceder sucedió, el Gobernador Dr. Siurob ordenó en el año de 1928, cerrar definitivamente la Iglesia “San José de Payo Obispo”, único templo católico existente en la capital de Q. Roo, y su inmueble de madera fue anexada (por utilidad pública) a la vecina escuela primaria Belisario Domínguez también de madera ubicada en la Av. Othón P. Blanco frente al campo deportivo ‘Nigromante’ hoy más conocido como Parque de los Caimanes… Así clausurada la iglesia, ésta fue utilizada con el nombre de ‘Teatro Minerva’

Para reconocerse “secretamente” los católicos entre sí, le mochaban un pedazo de orilla al sombrero, de ahí que a los fanáticos católicos les llamáramos los Mochos”.

El último sacerdote de dicha Iglesia, fue el padre de origen español Francisco Palau. Palau casó en todos los matrimonios, ofició misas en todos los entierros… Palau fue el alma religiosa que todos en Payo Obispo respetaban. Resulta que un buen día el padre Palau fue obligadamente llevado al “Pontón Chetumal” que todavía se encontraba anclado en la bahía, ahí lo encerraron no sin antes haberle llevado bebidas alcohólicas y prostitutas, obligándolo a fornicar. El encargado del operativo fue el Capitán Primero Julián Izquierdo, que en una de las borracheras me lo platicó: “¿Creerás Camelo, que con tan buenas hembras el mocho de Pancho Palau no se animó?”.

Ya no quería yo saber nada de mi pasado, a mis 45 años en pleno apogeo de mi vida decidí cerrar mi casa de Payo Obispo y me fui como repoblador a Bacalar, allá me puse a trabajar el campo. Una botella de vino, una buena vieja chaparra, flaca, gorda o grandotota lo que caiga es bueno y “si tiene gújero es SALVAVIDAS” (decía anuncio de la época) todo eso y una hermosa laguna de siete colores… qué más podía pedir un vulgar humano como yo. Y la verdad es que en esos principios de los años treintas de este siglo XX los repobladores iban a Bacalar con la intención de hallar tesoros escondidos, asunto que en lo personal desde muy niño soñé con encontrar un baúl repleto de monedas de oro, así es que “¡fuímonos p’a Bacalar linda tierra tropical!”.

En fin, Bacalar Q. Roo que se encuentra a 35 kilómetros de la capital Payo Obispo, fue ocupada por los Itzaes en el año 435 D.C., y la llamaron Siyancaan Bakhalal, por eso cuando estamos sembrando encontramos un montón de objetos de barro y otros de obsidiana, figuras que pertenecieron a los mayas que de aquí salieron para fundar la gran Chichen-Itza. Después llegaron los españoles que en 1544 por orden del Emperador Carlos V, se fundó la Villa Salamanca de Bacalar; Inglaterra siempre quiso apoderarse de estas tierras, por eso la Nueva España construyó el fuerte de Bacalar. Desde 1544 Bacalar venía siendo, a pesar de los piratas ingleses, lugar de comercio próspero y exitoso, pero después de la independencia de México, durante la “guerra de castas”, Bacalar en 1858 quedó completamente arruinado..

En este lugar no habían instituciones bancarias a dónde guardar el dinero, todavía no aparecía el papel moneda (billetes)… se utilizaba efectivo en oro o plata, metales muy pesadas para transportar; así es que con las prisas de salir corriendo y salvar la vida ante los horrendos crímenes que hacían los campesinos mayas, los ricos comerciantes y hacendados escondieron sus joyas y dinero enterrándolos en lugares insospechables, y toda la población que eran cerca de seis mil personas huyeron para Centroamérica.

Casi 60 años después cuando volvió la calma, los que habían escondido sus riquezas ya habían fallecido y nunca pudieron regresar a Bacalar. A principios de los años treinta de este siglo veinte, pocos éramos los repobladores, creo que no llegábamos ni a cien, lo que sobraba eran un montón de casas todas de piedra con los techos ya vencidos, paredes por caer, sin puertas ni ventanas; yo mismo agarré una afuera del poblado que parecía haber sido una hacienda. Nunca vi inmueble alguno sin paredes ensangrentadas… estaba claro que los indígenas mayas masacraron a los mestizos de habla hispana… guerra entre yucatecos donde el gobierno federal de don Porfirio Díaz tuvo que intervenir enérgicamente o el sureste se desintegraba.

Ya en Bacalar empecé haciendo agujeros en mi propia casa, la dejé toda picoteada y no encontré nada, seguí con los vecinos… y no encontré nada… me compré un equipo ingles detector de tesoros… y nada. Pero ocurrió que en una de las casonas que está cerca de la Iglesia de San Joaquín, le había salido un árbol al interior de lo que creo fue la cocina, que ligeramente dejaba al descubierto angostos escalones que conducía hacia un sótano, de primero creí que se trataba de un sótano, pero luego vi que era un túnel.

Prendí mis lámparas y viaje por el túnel, calculo que fui a dar afuerita de la destruida Iglesia de San Joaquín… noté que una escalera de madera ya podrida apuntaba hacía arriba impidiendo una pesada losa la salida. No estaba errado, el mismo tipo de losa que vi al interior del túnel, era el mismo que ya estando por fuera vi en el área verde de la iglesia, que por cierto habían varias lápidas de clérigos sepultados ahí. Al siguiente día muy de madrugada empecé a recorrer el túnel y llegué al fuerte de Bacalar, entré a un amplio sótano húmedo que me pareció haber sido bodega; el asunto es que no pude salir subiendo los escalones porque alguna vez hubo un derrumbe que taponeó el paso. Me regresé y seguí otra ruta que pasando frente a la Iglesia de San Joaquín llegué hasta las ruinas españolas de un altísimo mirador donde se veía bien toda la laguna, muy especialmente a lo lejos un lugar que le llamaban el ‘Canal de los Piratas’. Me quité de ahí porque ya era muy noche, lo importante es que había encontrado otra entrada o salida del túnel.

Hasta ese momento mis conclusiones fueron: esos edificios de la época colonial se comunicaban entre sí por túneles o sacscaberas, que el sacscab o tierra blanca muy probablemente fue utilizada como polvo de piedra para hacer las construcciones; que el sistema de oxigenación era a través de pozos que iban a un lado del túnel con discretas perforaciones que hacían circular el aire; esos túneles debieron haber sido perfectos escondites contra las invasiones de los piratas inglese. Cabe aclarar que a finales de 1931 había por Decreto Presidencial de Pascual Ortiz Rubio, dejado de existir el Territorio de Quintana Roo, quedando el norte para Yucatán y el sur para Campeche.

Desde bien temprano, al día siguiente llevé mi comida ya que no pensaba salir sino hasta que recorriera todas las rutas del túnel. Con la emoción de mi búsqueda de tesoros, ni cuenta me di que ese día era la navidad de 1933, y yo sin saberlo metido en el agujero, y lo peor es que una amiguita de nombre Alba me había invitado a pasar la navidad en su casa. Alba en una ocasión me dijo que tuviera mucho cuidado en esos túneles, porque ella sabía que habían pumas ahí; yo nunca vi esos gatos, lo que sí me encontraba cada veinte metros era con tarántulas, alacranes y un que otro coralillo, hasta parecían trencitos arrastrándose en la obscuridad.

Además ese 24 de diciembre los poquitos policías que habían estaban muy entretenidos peleándose con las viejas “mochas” que se negaban a que el Santo Patrono de Bacalar fuera llevado a la capital de Campeche, dizque porque allá los campechanos le arreglarían su bracito del santito que estaba quebrado. Pobres polis, los apedrearon que ya mero y los matan… y a mí se me figura que por miedo los campechanos dijeron que el santito pesaba un chingo, y que por eso no lo podían cargar… el viejerío empezó a llorar y gritaban que San Joaquín no se quería ir de Bacalar. Años después ya en Payo Obispo con uno de esos policías me hice compadre, y éste nunca negó que estuvo pegado al piso San Joaquín… constantemente yo le cuestionaba: ¿no será que el temor les hizo creer que no podían moverlo?. Una vez ya pedísimos le quise sacar la sopa, y encabronado me mentotió la madre en maya: —“Mira pela-ná de mier… , ya no me dijo compadrito, ¿tú piensas que esas mugrosas viejas nos iban a meter miedo?, te digo que ocho policías no lo pudimos ni siquiera arrastrar, si quieres creerlo qué bueno, sino ya sabes por favor deja de estar fregando”… Por culpa de San Joaquín ya mero y pierdo a mi compadre Silverio. Pero volviendo a lo del túnel, mientras allá afuera estaba tremenda trifulca religiosa, yo seguía como ratón dentro del túnel… se empezó a hacer de noche y la poquita gente celebraba su navidad. Sonaban algunos cohetes y palomitas, algunos borrachos hacían sonar sus escopetas y otros sus pistolas- Yo no quería salir, estaba picadazo recorriendo el obscuro lugar. Una de las casas cuyos escalones se encontraban limpiecitos me llamó la atención, subí y me asomé, me di cuenta que arriba de mi cabeza había una cama que sonaba “chaca chaca’”; con la cama ahí atravesada dificultaba el paso… entre risas, besos y celebrando con un pollo asado, los amantes pasaban felices la navidad. En eso que llega el marido, rápidamente la mujer sin saber qué hacer aventó el pollo por debajo de la cama, yo me eche a correr cuando quitaban la cama; enseguida el amante escapó huyendo por el túnel y se metió a una casa vecina… el amante era el vecino. ¡Yo lo vi todo!, con tremendo pistolón el marido corrió parte del incómodo túnel pero con tan mala suerte no logró limpiar su honra… qué bueno que no me vio sino me mata, y yo que a la mujer ni la uñas le vi. Francamente desaparecí del lugar, los gritos de la mujer pidiendo auxilio me hicieron correr más rápido. Al otro día la curiosidad me llevó al inmueble donde ocurrieron los hechos, fue fácil dar con el lugar; entre la gente arremolinada sacaban el cadáver baleado y acuchillado de la pobre mujer. Las autoridades policiacas dijeron que por robarle a la dama sus joyas la asesinaron, y es que como la señora tenía fama de haber encontrado un tesoro en esa misma casona donde vivía; acusaron del crimen a un jovencito chiclero de apellido Santos con el que también la fémina tuvo amoríos… Pero éste último no fue el que la mató, ¡yo lo supe todo! y sin poder hablar…. Fin de la Tercera Parte.

Continuará mañana la cuarta y última parte.

Si desea leer los capitulos anteriores de estra novela aquí los enlaces a ellos:

Primera Parte

Segunda Parte

Última Parte y final

 

 

 

Fuerte de BacalarA las tres de la mañana, refiere el historiador don Serapio Baqueiro, iniciaron su ataque los rebeldes con un ruidoso toque de generala por la parte Norte y cargaron sobre los reductos de la línea del Sur, apoderándose de los números 3 y 4. El 1, el 5 y el 6 se sostuvieron con extraordinario valor, sucumbiendo en el 5 gloriosamente el sargento de artillería Cirilo Reyes, al cargar un cañón.

El Mayor General don Ángel Rosado, que al frente de una guerrilla de 40 hombres se dirige al número 3, cae entre el enemigo y recibe cinco balazos que lo derriban al suelo; su gente retrocede de pronto, pero al echar de menos a su jefe, se lanza sobre el enemigo y consigue rescatar al Mayor General Gravemente herido. El Coronel Cetina se dirige a su vez hacia el frente número 1 y ordena al Teniente Coronel González que se haga cargo de la defensa. González llama al capitán norteamericano Samper y lo manda con 25 hombres a recuperar los reductos 3 y 4. Hízolo así el heroico Samper y a los gritos de ¡Viva México!, ¡Viva el Supremo Gobierno!,  Y ¡Viva Yucatán!,  toma de nuevo las trincheras perdidas. La situación se ha salvado.

Los indios no volvieron a intentar otro asalto pero conservaron sus atrincheramientos alrededor de la población. Y el 2 de julio, el querido Mayor General don Ángel Rosado, muere a consecuencia de sus gloriosas heridas, cuando solo contaba 48 años de edad. Don Ángel Remigio Rosado había nacido en la misma villa de Bacalar, el 2 de octubre de 1800, siendo sus padres el señor don José María Rosado, comandante militar de aquella plaza, y doña María Bernardina Estévez, originaria de Guatemala. Su padre, desde la niñez del héroe, lo instruyó en el arte militar y le enseñó la Ordenanza, que el discípulo siempre supo guardar escrupulosamente como militar pundonoroso y celoso del cumplimiento del deber.

Empezó por cadete y continuó su carrera, obteniendo sucesivamente sus grados como premio al valor y lealtad, y demostró no solo sus altas cualidades militares, sino también, según sus biógrafos, los sentimientos más nobles y generosos. Por esa razón fue muy estimado en la Villa de su nacimiento y conocido con el honroso nombre de Ángel de la Villa de Bacalar. Así lo refiere el historiógrafo don Francisco Sosa en su libro “Mexicanos Ilustres”.

Entretanto, prosigue Baqueiro, los sufrimientos de nuestras tropas habían llegado a ser horribles. El agua estancada y corrompida de los alrededores les caía en el estómago como un veneno, muy especialmente de la Laguna, en donde fue preciso poner una guardia para que no bebieran de ella. La lluvia se había desgajado a torrentes desde principios de mayo, de tal manera, que inútiles las pequeñas barracas levantadas en los reductos para precaverse de la intemperie, el soldado tenía que estarse mojando toda la noche, sin el consuelo siquiera de mudarse la ropa al otro día. Nadie dormía, nadie descansaba; no había un solo momento de reposo. Con un enemigo como los indios, tenaces y atrevidos, sin rival, a todas horas las fuerzas avanzadas tenían guardar la más escrupulosa vigilancia. De un extremo a otro de la línea de fortificaciones, podía decirse que todos estaban de centinela, pues los que no tenían esa consigna, y podían entregarse al descanso, y resolvían hacerlo aunque fuera sobre una piedra o entre el fango, inmediatamente tenían que ponerse de pie al grito del centinela que anunciaba al Cabo de Cuatro las rondas y contrarrondas que se multiplicaban.

Después de interminables sacrificios, sin médicos, sin medicinas, destrozados, los 250 hombres, resto de la animosa fuerza de los 700 hombres que habían salido de Sisal en el último tercio de abril de 1849, y habiendo tenido el Coronel Cetina que fusilar a varios soldados por el creciente número de deserciones que se registraban, logró al través de los diarios combates, levantar una muralla de piedra conque ciñó a Bacalar. Obra increíble en aquellas condiciones, que le permitía prolongar la defensa de esa plaza.

Los Colonos Ingleses de Belice y la Sublevación Indígena de 1847

Hacia 1850 fue enviado de México y empuñó las riendas del Gobierno de Yucatán el General Micheltorena quien desplegó un nuevo plan de campaña sobre los indios sublevados. Por esos días el Coronel Cetina envió a Mérida al Teniente Coronel González a implorar auxilios o relevo, habiéndosele enviado 500 hombres, frescos y sanos. El coronel Cetina, antes de ser relevado del mando, organizó una batida por los alrededores de Bacalar y el Rio Hondo, arrollando al enemigo y recogiéndole pruebas irrefutables de la activa injerencia de los ingleses en la Guerra Social de Yucatán y de su decidida protección a los indios.

En junio de 1850 el Coronel D. Patricio O’Horan organizó una nueva expedición de 700 hombres y se lanzó hacia Bacalar para reforzar la plaza, comandada entonces por el Teniente Coronel D. Isidro González, que había sustituido en el mando al Coronel Cetina. Hacía ocho largos meses que esta fuerzas no tenían la menor noticia de la capital. ¿Eran aquellos desgraciados, pregunta con razón el historiador don Serapio Baqueiro,  criminales destinados a sufrir su condena en Bacalar, o beneméritos soldados en defensa de los intereses de la patria?

Así transcurrieron varios años, los gobiernos íbanse sucediendo en Yucatán,  y Bacalar, olvidada a su suerte, veía cumplirse su sino.

El 21 de febrero de 1858, expresa una crónica de época, un horizonte sombrío, negro, aterrador, pesaba sobre Bacalar, sobre las desgraciadas familias y los pocos soldados, que consecuentes con su deber, quizás con sus afectos patrios, permanecían sin emigrar, pendientes de una dulce pero vaga esperanza, la de ser auxiliados; y en el silencio de la noche una fuerza de 1,500 indios, con esa sutileza propia y única del hombre de la selva, cae sin ser sentida sobre los pequeños cuerpos de guardia, los acuchilla, incendia, destruye, y aniquila, y embriagada con el triunfo, arrebata ferozmente, escarnece y mata a las mujeres, tiran y descuartizan a los niños y se ceban en los hombres con todo género de crueldades. Un momento de reflexión salvaje los contiene: piensan tomar vivos a los que quedan guardados en sus casas y otros lugares para utilizarlos como prendas de botín o para mejor saciar en ellos su ardiente sed de venganza: así lo ejecutan y al despuntar la luz de un nuevo día, se encuentran en la reclusión 84 prisioneros de diferentes sexos, edades y condiciones, de los cuales fueron escogidos cuatro niños y cuatro hombres para ángeles de la cruz. ¿Que sucedió con los 76 restantes? La historia lo sabe. Nosotros solo  nos damos cuenta de un triste montón de esqueletos humanos.

Cientos de casas calcinadas, destruidas, monumentos agrietados y ennegrecidos, calles silenciosas invadidas por el boscaje, eso fue lo que en 1901, recuperó la República cuando el General D. José María de la Vega arrebató a Bacalar del poder de los indios mayas, todavía insurrectos aunque en franca y no interrumpida armonía con los colonos de Honduras Británica, que de esta triste suerte, llenaban dos aspiraciones: continuar el usufructo ilegal de nuestros bosques y riquezas naturales, y vengar el ultraje que los españoles les infirieron en 1798 al dispersarles y arrasarles Belice.

Gabriel Antonio Menendez.

 

 

La Octogenaria de CorozalEs sábado once mayo de 1935 y en la pequeña lancha gasolinera que hace el servicio entre la ciudad de Payo Obispo, capital del Territorio de Quintana Roo, y la cercana Punta Consejo, primer puerto de la colonia de Honduras Británica, hago viaje con el objeto exclusivo de localizar a una ancianita que según he sabido vive en Corozal y es un recuerdo viviente de la espantosa guerra social que arrasara a Yucatán en 1848. Llevo mis papeles de migración y sanidad en regla y ya ardo en deseos de mascullar unas palabras en inglés, pero con un inglés legítimo para que no me entienda y no le entienda a él.

El corto viaje de 30 minutos se hace por un peso mexicano, peso que según mis amigos de Payo Obispo, en Belice no vale sino veinticinco centavos. ¿Será Posible? me preguntaba. Si mis pesos fueran robados tampoco los cambiaría por cinco búfalos. Pero hemos llegado a Punta Consejo y lo primero que diviso es un fornido negro de quepí blanco que haciendo equilibrios en el muelle de piedra, muestra toda la dentadura, blanca, maciza y verdaderamente troglodítica. Descendemos, aduana, registro de nombres, objeto y término de la visita, etc. El correcto negrazo se llama Livingston Terry. Es el policá, el único de Punta Consejo, y además, representante de su majestad el Rey de Inglaterra, Dios salve al Rey.

Por cincuenta centavos de dólar un autito Ford me lleva vertiginosamente, por una carretera de escasos dos metros de ancho, hacia Corozal. No se que actitud extraña se apodera de mi. Vago recuerdo de momentos terribles  asalta mi mente.  ¡Ah! si…  “Corozal, fue refugio de sus propias víctimas! Era un villorrio sin ninguna importancia, habitado por bucaneros ingleses en 1780, cuando Belice aún pugnaba por convertirse en centro poblado. Años después sus moradores extendieron sus actividades pirateriles a toda la Costa Oriental de Yucatán, siendo por ello castigados y perseguidos por los españoles. Además llevaron su influencia sobre los indios mayas que poblaban a millares el Norte del Rio Hondo, lo que es ahora el semi desierto de Quintana Roo, y los alrededores de Bacalar, la hermosa villa que alzándose hacia el extremo Sudoeste de la península yucateca, desde 1944 que fue fundada por el capitán español Gaspar de Pacheco, parecía un centinela apostado allí para velar sobre la seguridad y decoro del Estado y sobre la integridad y la inviolabilidad de su territorio: Bacalar”.

Ya estamos en Corozal, población de madera. Casas comerciales que por lo que se ve tuvieron importancia. Sus armazones vacíos así lo indican. Como un periodista se relaciona fácilmente a los tres minutos ya sabía yo algunas curiosidades. Por ejemplo: que los treinta mil acres de terreno donde se encuentran enclavado casi todo el centro de la población, correspondían a un solo propietario: al honorable súbdito inglés Mr. William Schofield, hijo del extinto  Mr. Ernest August Henrry Schofield, muerto en la misma población de Corozal el 10 de octubre de 1934. Tal cosa significa que, aunque otros son los propietarios de las distintas casas edificadas en sus terrenos, estos le cubren determinada renta mensual o anual,sin poder adquiriren propiedad dichos terrenos. Un latifundismo como los que existían en México antes de 1910. Pavoroso. Presentado que fui al señor Consul Honorario de México en Corozal, don Juan Riverol,  descendiente de antiguos bacalareños, pero ciudadano inglés por nacimiento, hícle el ruego que me presentara con la anciana superviviente de Bacalar. Se trataba de doña Herminia Robelo Pérez. Echándome la cámara fotográfica al hombro, seguí al amable señor Riveroll. Una, dos, tres, calles: una casita de madera. Penetramos. Salita modestísima. Algunas palabras cariñosas de nuestro cónsul. Una voz queda: pase, pase señor. Una cortinilla mugrienta. En tanto la descorre don Juan ya he preparado mi cámara Zeka. En una hamaca de lona, sentada, contemplándome fijamente, está el recuerdo viviente que yo busco: doña Herminia Robelo. Como la contemplas en la foto, lector amigo, así la sorprendí.  Rezaba.

Esta viejecita nítida que como ves tiene un dulce aspecto de hada, de un remoto tiempo en que la vida estaba regida por el ritmo de una música de ensueño, nació precisamente el 21 de febrero de 1841, diesisiete años antes de un día de la misma fecha, de 1858, en que casi frente a sus ojos, primero atónitos y después espantados, fueron destrozados, al filo del machete y bayoneta, los pobladores y guardianes de Bacalar, en la cual vivía con sus padres: don Liberato Robelo y doña Narcisa Pérez.

Venciendo mi emoción y el infinito deseo de besarla, si, besarla como se besa algo santo, le rogué que no se moviera, que se estuviera así, quieta mirándome fijamente, como dicen algunos fotógrafos profesionales. Y apreté el disparador de mi cámara, ansioso de grabar aquella imagen que quizá no vuelva a ver jamás.

Entonces díjele del objeto de mi visita; ella sonrió amablemente, o mejor dicho quiso sonreír, aunque sus labios solo se contrajeron en una mueca. Y aunque un poco sorda, escuchó perfectamente mis preguntas, así como la indicación del señor Riveroll, quien le dijo que estaba yo escribiendo “una historia”. Doña Herminia con sus noventa y cuatro años, recuerda perfectamente la escandalera y gritería que invadió a Bacalar un día de fines de septiembre de 1847, cuando huestes de Venancio Pec, Juan Pablo Cocom y otros jefes indígenas sublevados, tras largo asedio a la plaza, lograron hacerla capitular.”Esa vez, me dice trabajosamente doña Herminia, los indios no nos hicieron ningún daño”. Todos salimos entre doble fila de soldados de la fortaleza de Bacalar, hacia el Rio Hondo, internándonos en la Colonia. Y suspirando hondamente agrega: Para retornar casi un año después cuando Bacalar volvió a poder de los yucatecos.

Efectivamente la señora Robelo recordaba de manera maravillosa aquella terrible odisea. Porque primero las familias desalojaron Bacalar sin sufrir ningún daño ni ser molestadas por nadie. Y casi un año después, cuando la plaza fue recuperada por las fuerzas del coronel José Dolores Cetina, casi todas las familias exiliadas en la Colonia Inglesa retornaron a su antigua ciudad, hay, esta vez para no volver a salir nunca de ella, aunque esto no ocurrió sino hasta el 21 de febrero de 1858, cuando los indios insurrectos, que no dejaron de hostilizar a Bacalar desde 1848, cayeron por sorpresa sobre la población, pasando a cuchillo a sus defensores y cebándose de la manera más inicua y cruel en todos sus habitantes: hombres, mujeres y niños. Doña contaba entonces seis o siete años, pudiendo escapara hacia las riberas del Rio Hondo una noche tempestuosa, después de permanecer cinco días en una cueva del centro de Bacalar, alimentándose de raíces. Es conmovedor el relato. El señor Riveroll y yo escuchamos absortos.

Cuando a fines del año en curso visité nuevamente Corozal, de regreso de Belice,a donde fui con objeto de documentarme sobre mi Álbum Monográfico de Quintana Roo, supe que la señora Robelo falleció el 30 de agosto del año anterior. O sea, en el año de 1935, cinco meses después de mi entrevista.

Gabriel Antonio Menéndez.

Que clase de hombres eran los conquistadores Ibéricos del siglo XVII. A veces evocando las hazañas y proezas de estos fecundadores  del seno de la epopeya, llegamos a pensar pasmados d admiración que fueron amamantados cual los gemelos romanos por una loba o que descendían en línea recta de los centauros mitológicos. Y eso parecía cuando hacían caracolear a sus briosos corceles de guerra blandiendo sus lanzas refulgentes para ensanchar los límites del mundo.

Quien era Alonso Dávila.

Alonso Dávila pertenecía a esa raza de gigantes. Reverenciaban a su rey, tenían fe en Dios, pero tenían más fe en su valor milagrero. Alonso Dávila el milagroso, aquel que fuera escogido por Hernán Cortez para conducir a España los tesoros hurtados en el palacio de  Moctezuma el Grande , el de las andas de oro, el que logró burlarla vigilancia de Diego Velázquez en esta ocasión pero que tuvo la desgracia de ser apresado por un corsario francés que lo despojó de los tesoros y lo llevó a Francia para tratarlo como un esclavo. De vuelta a España se encontró con Francisco de Montejo,  quien  en aquel momento preparaba una expedición para venir a Yucatán, y se enroló en sus filas aventureras.

Vino con él a Yucatán, lo acompañó en todas las desgracias y peripecias de la conquista del Mayab, y cuando el Adelantado ya se encontraba en Chichen Itza, acosado terriblemente por el clima que lo asfixiaba y por la soberbia de los indígenas que orgullosamente defendían su libertad y la integridad de su territorio, siempre  desesperado, siempre ansioso por encontrar el áureo metal, tomó la resolución extrema de enviar a Bakhalal a un pequeño grupo de su mermado ejército y escogió precisamente a Alonso Dávila, probado en todas las aventuras, para que se dirigiese a Bakhalal (Cerro de cañas), población remotísima de la costa oriental de la península Yucateca en la cual se la había informado que encontraría oro en abundancia.

Y Alonso Dávila fue lógicamente escogido por el Adelantado Montejo para encabezar a 23 jinetes que partieron a la remotísima Bakhalal indígena. Alonso Dávila escogió caminos secretos e iba luchando contra todas las fuerzas de la naturaleza que se oponían a su paso. A veces era un gran pantano que parecía absorber en una sola bocanada al caballo y muchas veces al jinete que sobre él cabalgaba. Otras veces eran terribles reptiles que se oponían a su tránsito. Al fin Dávila y sus hombres llegaron a Bakhalal y allí entonces tuvieron que vérselas con indígenas también resueltos a conservar a viva costa su comarca, y casi perece de hambre el pequeño destacamento comandado por Alonso Dávila, cuando éste tomó la resolución extrema de volverse para atrás, y después de una peregrinación llena de peligros y tormentos, apenas con una docena de hombres pudo legar a Campeche, en donde encontró al Adelantado Montejo que también milagrosamente había podido escapar de la ciudad sagrada de Chichén Itza. Desde ese momento la Bakhalal indígena comenzó a figurar de manera resonante en las páginas de la historia peninsular, antigua y moderna. Es como la Troya griega que resiste prolongados  sitios por el valor de sus defensores, que no sucumbe porque a pesar de la falta de elementos,  con que no  contaba Yucatán, y  el torrente inmenso y mortífero que  la colonia Inglesa de Belice proporcionaba a los mayas en un guerra implacable de exterminio, los yucatecos lucharon con heroicidad espartana para evitar, como lo evitaron a pesar de todo, la desmembración del territorio Mexicano por el sur.

Y en este punto tenemos que detenernos para hacer la breve historia de esta población que por primera vez figura en nuestra historia con el nombre indígena de Bakhalal y después con el nombre de Villa de Salamanca que le impuso su fundador Castellano el capitán Gaspar de Pacheco, en el año de 1544,  en conmemoración de la ciudad donde había nacido el Adelantado Don Francisco de Montejo padre. Después se llamó San Felipe de Bacalar y por último Bacalar, que es como figura eminentemente  en nuestra historia vernácula.

Bacalar fue un punto codiciado por los corsarios que infestaban la costa oriental de Yucatán, siempre indefensa porque el gobierno español no podía proporcionarla. Eran frecuentes las  irrupciones tremendas y violentas de los bucaneros que impensadamente caían sobre las poblaciones indígenas. Así sucumbió Bacalar  cuando fue invadida por un  corsario de nombre Abraham que se apoderó de todo lo que encontró en el recinto de la población, que mató a varios de sus habitantes y se llevó consigo a todas sus mujeres. Un capitán llamado Bartolomé Palomino salió en su busca, rescató a las mujeres después de haber tenido una batalla tremenda con los piratas y las devolvió a la población.

Un caballo de Cortés adorado

A principios del siglo siguiente (1616), en los relatos del  historiador Cogoyudo relativos a la pacificación de los Itzaes, la Villa de Salamanca figura unida al recuerdo de un suceso extraordinario:

Dos religiosos franciscanos, el padre Fray Bartolomé de Fuensalida y su compañero Fray Juan de Orbita, designados por el superior de la congregación a la que pertenecían, fueron comisionados para llevar la palabra evangélica  a los idólatras y salieron para la sierra dándose a conocer en Chunhuhub y llegando a Salamanca para principiar la conversión de los Itzaes. Desde allí solicitaron el permiso de su Caneck o rey para ponerse en comunicación con  ellos y convertirlos, mostrándoles los varios adoratorios que poseían enseñáronles uno en el que encontraron a un caballo modelado en barro: Era la imagen de una bestia semejante que Hernán Cortez a su paso por esa región, había abandonado por enferma. Los indígenas desde ese momento la idolatraron y en vez de dar al caballo hierbas propias de su alimentación le condimentaban guisos especiales y ensaladas que la bestia rehusaba hasta que al fin murió de inanición. Esta bestia fue llamada por los aborígenes Tziminchac o caballo de agua.

Diego el mulato invadió la población en 1642 y saqueó las casas apoderándose de cuanto encontró en ellas. En 1648 otro corsario a quien ya nos hemos referido, de nombre Abraham, invadió la villa situándose como su antecesor a corta distancia de ella. En 1652 el mismo pirata en revancha por la derrota que le había inferido el capitán Palomino vuelve a atacar a Salamanca dando muerte a aquel y desde ese momento no vuelve a figurar la Villa de Salamanca en el catálogo de las poblaciones yucatecas.

Otro relato sobre los orígenes de Belice

Y este es el momento oportuno en que debemos ocuparnos del origen de la colonia Británica que se llama Belice, porque ha sido el foco inexhausto de todo lo que se fraguó en contra de la península Yucateca, que entonces casi permanecía indefensa y se sostenía gracias al esfuerzo heroico de sus hijos.

He aquí el origen de esta colonia que tan trascendentemente ha influido en la vida de la Península Yucateca. Un bucanero escocés atrevido y emprendedor llamado Petter Wallace seducido por la fama de  las riquezas grandísimas que en aquellas extensiones atraían a los piratas recorrió la costa oriental de Yucatán a todo su largo, valido de la desolación que reinaba en ella a principios del siglo XVII. Con gran perspicacia de marino experto, recorrió el rio Hondo hasta que llegó a un punto en que la selva era propicia para la ocultación de los seres humanos y hasta de las mismas bestias y allí estableció un campamento armado con ochenta piratas que primeramente tuvo el nombre de Wallix y por último de Belice.

Este establecimiento de piratas fue ignorado por el gobierno Español hasta principios del siglo XVIII en que habiendo conocido su existencia ordenó al capitán general don Álvaro de Ribaguda practicar un reconocimiento a lo largo de la costa, y habiendo encontrado a aquellos filibusteros los desalojó de ese punto pero no dejó ningún destacamento ni lo fortificó, quedando por consiguiente siempre a merced de los piratas que hacían inesperadas irrupciones.

Relato del Album Monográfico
de Gabriel A. Menendez.

Laguna de Bacalar Q.Roo.Corría el año de 1935, dice don Gabriel Antonio Menéndez en su álbum monográfico, y en compañía de don Dimas Sansores, viejo y entusiasta agricultor de la localidad, me dirigí a visitar al señor Aurelio Jiménez Suarez, cuyas impresiones acerca del general Ignacio A. Bravo en Bacalar, durante los primeros años de este siglo, deseaba conocer.

El señor Aurelio Jiménez Suarez, era originario de Palizada Campeche pero educado en Jonuta, aunque ya es un Quintanarroense ciento por ciento. Su rostro tostado por el sol inclemente indica a las claras su profesión de agricultor.

Don Aurelio llegó a Payo Obispo por primera vez el 6 de Marzo de 1903 y según dice encontró a la población ocupada en levantar jacales para sus viviendas, y un jacal mayor para la Aduana Marítima.

Don Aurelio allí conoció, entre otras personas, a don Valeriano Córdova y a los Romero. Don Aurelio venía de Bacalar, ya ocupada por las fuerzas del general Bravo, con el objeto de adquirir algunas mercancías para sus menesteres como agricultor.

El Señor Don Aurelio era corresponsal en Bacalar del periódico “El Regenerador”, editado en la capital de la república. Este periódico, en 1905, publicó un párrafo que decía: “Nuestro patriota corresponsal en Bacalar nos ha escrito una larga correspondencia dándonos cuenta de todos los excesos y de todas las impotencias del militarismo allí reinante; información que creemos necesario que todo el mundo las sepa”:

Primera: En Bacalar no impera más ley que la del militarismo, Segunda: La Guerra de Castas, tan onerosa para el país, no está concluida, Tercera: La Seguridad y las garantías constitucionales son un mito.

Don Aurelio Jiménez, en el año de 1903, estuvo a punto de ser fusilado por el general Bravo debido a esta publicación. Fue presentado ante el General Bravo a quien explico sus motivos y los documentos en que apoyaba sus dichos. Extrañamente, contra su costumbre, el rudo general ordenó una “exhaustiva investigación” para esclarecer lo escrito en el “Regenerador”, puesto que tales afirmaciones eran muy comprometedores para su propia imagen y para la imagen de los demás jefes militares. Pocos como don Aurelio habían corrido con tanta suerte frente al implacable general Bravo.

Poco tiempo después de este incidente las tropas del 7º. Batallón de Infantería se retiraron, y después de ello, Bacalar fue despoblada y abandonada. Cuenta don Aurelio que entre los años 1903 y 1907, las gentes vivían ya entre ruinas en Bacalar. Las tropas buscaban a los indígenas mayas entre poblaciones como Chachoben, Petcacab, o San Isidro, pero estos sin presentar combate se escabullían entre la selva y emboscaban a los soldados federales, matando a muchos de ellos.

Por los más recónditos caminos espiaban los indígenas ocultos entre la espesura del bosque. Muchos infelices empleados de la Comandancia Militar, encargados de instalar la línea telefónica de Bacalar a Santa Cruz, hoy Felipe Carillo Puerto, fueron muertos a machetazos por aquellos irreconciliables rebeldes.

Fue una época sangrienta y despiadada de crímenes horrendos donde hubo indios que se les llegó a quemar vivos y por otra parte, los indígenas se ensañaban con los federales capturados como el caso de un capitán al que caparon, le metieron el miembro en la boca y lo colgaron de un árbol.

Este relato es solo un botón de muestra de la cruenta y larga historia de horrores y atrocidades acontecidas en Bacalar. Este interesante documento histórico viene a recordarnos los terribles sufrimientos de los pioneros y defensores de la heróica Bacalar.

Y es que por las bellas aguas de la bella Bacalar, hoy considerada pueblo mágico y admirada por su espectacular paisaje y sus siete colores, lo mismo flotaron caobas y cedros, que combatieron hidalgos caballeros contra piratas: lo mismo lucharon hasta la muerte mayas que españoles, conquistadores que conquistados.

Y es también un hecho que la laguna de los siete colores, lo mismo ha servido de pila bautismal que de lecho de muerte. Lo mismo ha servido para lavar mucha sangre, muchas lágrimas y muchas heridas, que para ser motivo de admiración, por su increíble belleza, de propios y extraños.

Pero, como dice con gran acierto el poéta: “la perla nace del molusco herido como Venus nace de la amarga espuma”.
Mario.