Category: De Chan Santa Cruz


BravoCuando Yucatán y la República entera esperaban, después de la cruenta y costosa campaña contra los mayas, que el territorio recuperado fuera invadido, no por fuerzas guerreras que esparcieran la muerte y el exterminio por doquiera, sino por verdaderos ejércitos de obreros que con su trabajo devolvieran a aquellas tierras, antes feraces y exuberantes, el movimiento y la prosperidad que otrora tuviesen; todas esas esperanzas y todas la promesas se vinieron abajo  al convertirse Quintana roo, por error criminal del porfiriato,  en colonia penal o tierra de exilio.

Así, en efecto, “el cuerpo de obreros”, nombre inocente tras el que se ocultaba todo el horror de un verdadero Instituto de Relegación, fue engrosado año con año con diputados, sacerdotes, políticos, periodistas, comerciantes, y posteriormente, con familias enteras de zapatistas, todos desafectos al régimen del General Díaz, enviados al “destierro”,  con desalmados criminales perfectamente clasificados en otros presidios del país, a quienes era necesario imponer más fuerte y eficaz “correctivo”.

Entre los desterrados o relegados se contaron  el entonces Teniente Coronel don Octaviano Solís, jefe de la escolta personal del apóstol don Francisco I. Madero; don Ángel Rodríguez Cabo,  un periodista apellidado Fierro, don Leonel López, hermano del señor General Héctor López, y una hermana del señor General Eduardo Neri, así como muchas otras personas de valer, que prefirieron soportar inenarrables humillaciones antes que doblar la espina ante el déspota cruel.

El General Bravo, soldado de energías inquebrantables, cortado en el viejo molde de la ciega e incondicional disciplina, supo desempeñar admirablemente su papel de frio y desaprensivo instrumento de la Dictadura, pues enganchó a numerosos delincuentes del orden penal y a infinidad de reos políticos, con destino a los lejanos hatos chicleros, de los que muchos de aquellos infelices no volvieron jamás, pues sucumbieron víctimas del paludismo o la mordedura de las víboras, o del rebenque o la carabina de los inhumanos capataces; o los destinaba junto con negros beliceños alquilados para el efecto, a abrir caminos entre los matorrales calcinados, en la que millares de desdichados encontraron la muerte víctimas de la celada de los indígenas que no desaprovechaban ninguna oportunidad para vengar el despojo de Chan Santa Cruz.

Un traidor, cuyo nombre no debe estamparse en esta líneas, conocido como “El Chacal” y que para vergüenza de la República ocupase la Presidencia de México, por sus fieros instintos, siendo entonces coronel, abrió gran parte del camino que une a Santa Cruz con el puerto de Vigía Chico, en el que luego fue tendida la línea del ferrocarril, a cañonazo limpio, ametrallando sin piedad a los indígenas que, en un esfuerzo desesperado pretendían evitar que las fuerzas colonizadoras  del General Bravo continuaran invadiendo sus dominios.  Este que había logrado su propósito de hacer creer a las autoridades federales que Quintana Roo era un infierno, ya había desmantelado el campamento “General Vega”, que bajo magníficos auspicios había iniciado el señor General José María de la Vega, logrando que el ameritado divisionario fuese llamado a México y desvinculado de la cuestión social y  militar de Quintana Roo, a cuya pasificación se había dedicado el honorable militar aludido, aunque sin derramar sangre.

De la misma manera, el señor General Bravo consiguió que aquella famosa partida “K” del presupuesto de guerra de la nación, tuviese largos e inagotables capítulos destinados a la campaña de pacificación de los mayas en el Sur, y de los Yaquis en el Norte; cantidades exorbitantes, que según declaraciones de quienes conocen el problema a fondo, y que aún viven, nunca se destinaron íntegras a su objetivo, esfumándose en otros fines.

El General Bravo quiso matar a su propio hijo.

Con motivo de una fiesta social organizada por familias residentes en Santa Cruz fue invitado el teniente Tomás A. Bravo, hijo del General y miembro del Estado Mayor de éste. El teniente, joven de 18 o 20 años, deseando congraciarse con la sociedad, ordenó que la banda de música de la jefatura fuese a amenizar el festival. Y así fue. Más a los primeros acordes el General Bravo, que se hallaba en el cuartel que al mismo tiempo le servía de habitación, cerca del parque, preguntó, lívido de cólera a su jefe de estado Mayor, un señor Zapata: ¿Quién ordenó a esa música que toque? a lo que el interrogado respondió al punto: El teniente Bravo mi General. Tráigamelo inmediatamente vivo o muerto, ordenó el viejo militar con voz ronca, y dando zancadas se puso a recorrer la pequeña pieza en que se encontraba, tremulante de indignación.

Aunque el teniente Bravo quiso resistirse a acatar la orden que le transmitía el mayor Zapata, éste le convenció para que lo acompañara a ver a su señor padre. La música cesó de tocar.  Ya frente al autor de sus días y cuadrándose militarmente exclamó: A sus órdenes mi General. El General Bravo, temblando aún de cólera, le interrogó. ¿Quién le ordenó sacar la banda? Nadie mi General, respondió al punto el teniente. Desenvainando el sable, que siempre portaba el viejo General Bravo interrumpió a su hijo con una frase cortante: ¡Yo no soy su General, Hijo de tal por cual, soy su padre!, al mismo tiempo que le asestaba furiosos planazos en los brazos y las costillas. El muchacho respondió entonces ¡Papacito! Pero ya el General enervado, sin cesar de golpearle, le respondía: ¡Yo no soy su padre, hijo de tal por cual,  soy su General!

Fue en fin, tan brutal y violento el acceso de cólera que se apoderó de él, que por tres veces el General Bravo se tiró a fondo, sable en ristre, tratando de cruzar al joven teniente de parte a parte; pero como éste esquivara el golpe ágilmente, el arma del General fue a incrustarse por tres veces consecutivas en los tabiques de la delgada madera del cuartel. Fue necesario que los oficiales retiraran al muchacho a viva fuerza para que el señor General Bravo no consumara el asesinato de su propio hijo.

¿Qué intereses movían a los mayas sublevados?

El señor General Ignacio A. Bravo es acusado además de haber mantenido un entendimiento secreto con los principales jefes indígenas de la región, mediante el cual éstos no dejaron nunca de hostilizar a las fuerzas federales al mando directo del citado militar, al que siempre respetaron y temieron los indígenas, tanto que nunca fue molestado ni asaltado en ninguno de sus frecuentes viajes a Peto, Yucatán, o de Bacalar a Santa Cruz, entrando a ésta por la parte oriental de la península, mientras que, conociendo oportunamente sus ausencias, los mayas, mantenidos en pie de rebelión por él, asestaron golpes mortales a retenes o columnas volantes de soldados federales, muchos de los cuales fueron horrorosamente, descuartizados, colgados de los altos zapotes o las gruesas caobas, descoyuntados o víctimas de las peores vilezas que la palabra escrita se resiste a relatar.

Nunca el señor General Bravo aparentó dar crédito a estos informes, aceptando, cuando mucho, que los indígenas cometiesen esas atrocidades a condición de que habían sido atacados, y siempre renovaba la orden de no hacer fuego sobre aquellos, castigando severamente al que infringía sus inexplicables órdenes al respecto.

Por eso, precisamente, se interpretaba como sentencia de muerte inapelable, la orden de que determinados elementos, civiles, relegados o militares, fuesen a “abrir brecha”, pues perecían de insolación, de sed o fusilados por la espalda.

El 4 de junio de 1914, hallándose en el Pedregal de San Ángel, Distrito Federal, los entonces coroneles Héctor Fierro y Leonel López, reconocieron e hicieron fusilar a un cabo de apellido Bolega, usado por el General Ignacio A. Bravo en Santa Cruz como instrumento para sorprender a los militares, que habiéndose dado cuenta de sus maniobras, podrían convertirse en delatores de su innoble y criminal conducta.

Estas son las terribles verdades concretas que pesan sobre la actuación del General Bravo en Quintana Roo, el cual se estremece y tiembla al solo recuerdo de aquellos días de envilecimiento y cobardía…

Gabriel A. Menendez.

Santa Cruz en 1915

Aspecto del día de la salida del General Ignacio A. Bravo de Santa Cruz, 1912.

Hasta el año de 1912, en la persona del General don Manuel Sánchez Rivera, enviado por el presidente don Francisco I. Madero como gobernador de Quintana Roo, llegaron principalmente al desdichado Territorio, entonces a Santa Cruz de Bravo su capital,  los primeros alientos libertarios de la Revolución iniciados el 20 de noviembre de 1910.

El General Sánchez Rivera, militar pundonoroso y hombre de honradez inmaculada, recibió del señor Presidente Madero el encargo de trasladarse a Quintana Roo a liberar del oprobio y la vergüenza de la “relegación” aquella entidad abandonada al capricho del General Ignacio  A. Bravo. Aunque éste y el General Sánchez Rivera  se conocían, mediaba un abismo entre los dos, pues el primero había sido un incondicional del régimen  porfirista, ya derrumbado, mientras el segundo con los señores general Francisco Naranjo y Jerónimo Treviño, fueron vistos  con mucha desconfianza por el dictador tuxtepecano, a quien juzgaban como un detractor de la república.

Durante 35 años el General Sánchez Rivera fue privado del mando de fuerzas, no obstante ser compadre de don Porfirio, así que, al estallar la Revolución maderista, tanto él como los generales Naranjo y Treviño,  se adhirieron  al movimiento, no solo por la amistad  que los ligaba con el padre de la democracia mexicana, sino  por sus hondas y arraigadas creencias cívicas.

Libertad a los relegados.

Transportado a Vigía Chico el General Sánchez Rivera, y a pesar de sus 64 años, de ir acompañado de tan solo 50 hombres de las fuerzas maderistas, mal armados de viejos Remington, pudo hacerse respetar del General Bravo, que con fuerzas de los batallones  26º  y 31º, aunque no se había señalado como enemigo de la revolución naciente, tampoco  parecía muy conforme con el cambio de Gobierno. El General Sánchez Rivera tenía instrucciones terminantes de enviar a la capital de la república al General Ignacio A.  Bravo,  quien,  después de  dos o tres días de conferencias, empeñó su palabra de honor de que se presentaría en la capital. Promesa que cumplió fielmente. Más,  antes de su salida,  el General Sánchez Rivera hizo concentrar en Santa Cruz a todos los deportados y reos políticos,  muchos de los cuales se hallaban en hatos chicleros abriendo brecha en los caminos que conducen a Bacalar y Peto; y aprovechando el aniversario de la Independencia Nacional, pues era el 16 de septiembre de 1912, arengó a los presentes exponiendo que con la Revolución del  señor Madero llegaba la libertad para las víctimas políticas de la dictadura, para lo cual proporcionaría, pasaportes, pasajes y dinero a quienes lo deseasen. Seguidamente, en pleno parque de Santa Cruz,  se sirvió un banquete al cual hizo sentar, sin excepción, a todos los que habían padecido los vejámenes del régimen caído. ¿Cómo relatar el tremendo alborozo de aquellas almas condenadas en vida a soportar las más cruentas privaciones y los despotismos más humillantes, y el júbilo de aquellos hombres esqueléticos,  incrédulos de que la realidad que se ofrecía ante sus ojos era muy distinta de la que esperaban?

Esa Noche,  inolvidable para los relegados, el comandante don Gabriel H. Carvallo,  que era de los más jubilosos, abrazando una vieja guitarra, fue a trovar a las puertas del cuartel en que todavía se encontraba el anciano general Bravo esperando el nuevo día para viajar a Vigía Chico, y de allí a Veracruz. Y le cantaba así: Yo tuve un águila y se me voló, yo tuve un águila y me abandonó. Era sordo y terrible el rumor que se escapaba de todos los pechos. Los  relegados estaban allí libres de cadenas ignominiosas y querían vengar las dolorosas afrentas que la dictadura les había inferido. Pero el señor General Sánchez Rivera, hombre de honor y de corazón bien puesto, no podía tolerar un atentado. Y el general Bravo se fue sin ser molestado por nadie. Se fue de su ciudad. De la ciudad que había hecho maldita,  para no volver más. Pero se fue su cuerpo, se fueron su sable y sus charreteras, porque su alma quedó presa en la malla que el mismo había tejido. Y su alma,  atormentada aún, en vaivén trágico, quizá turbe la paz de los campamentos  de Chan Santa Cruz y haga crujir los grilletes del recuerdo  que lo apresan, con furor epiléptico al pasado…

El señor General Sánchez Rivera, ayudado eficazmente por el entonces Secretario General de Gobierno,  señor  Enrique M.  Barragán, que a pesar de sus  quince años ya era un  muchacho impetuoso,  pero con impetuosidad dinámica y constructiva, se dedicó con ahínco a corregir los graves defectos de que adolecía la administración del general Ignacio A. Bravo. Tuvo acuerdos con el general indígena Miguel Cahuich y con los principales jefes  mayas,  de quienes supo de viva voz,  de la infamia de que no podían estar en paz porque así lo quería el jefe Bravo.  Entonces se comprobó plenamente que la pacificación indígena tenía mucho de fantástico y que el plán preconcebido del señor general Bravo, y perfectamente ejecutado, era el de hacer creer a las autoridades federales que Quintana Roo era un infierno y que solo él, pacificador de los indios, podía mantenerlo a raya.

El general Bravo manejaba a su antojo,  a los hasta ayer insurrectos indígenas mayas,  y así se repetía la historia de los conquistadores hispanos, y después la de los logreros de la política yucateca.  La verdad era,  que a excepción de unas cuantas tribus mayas,  que si guardaban actitud hostil ante los blancos, las demás ya no tenían ánimo de seguir batallando. Ni ánimo ni armas, pues con la recuperación de Bacalar, realizada en los últimos años del siglo pasado por el General José María de la Vega,  luego con la fundación de Payo Obispo por el hoy contralmirante Othón P. Blanco,  los colonos ingleses de Belice,  de ingrato recuerdo histórico,  ya no ejercían el ilegal comercio de armas con nuestros mayas, miles de los cuales ya se habían trasladado,  con todo y bagajes,  a la colonia de Honduras Británica.

Era tal el estado de abandono en que se encontraba Santa Cruz que los médicos militares, a quienes llevo en su expedición el general Sánchez Rivera, entre éstos los doctores José Gómez Arroyo y J. Pérez Castillo, no encontraron una gota de yodo, ni una pizca de algodón, ni una píldora de quinina, en el hospital en cuyo abastecimiento tantos millares de pesos había gastado la nación.

Llamado que fue por el señor Madero, el general Sánchez Rivera embarcó para México, sustituyéndolo el gobierno de Quintana Roo el entonces Coronel, luego General, don Víctor M. Morón, quien luego entregó la administración territorial a un cumplido caballero, el culto, inteligente y dinámico general don Rafael Egula Liz, con quien continuó colaborando como Secretario General de Gobierno el señor Barragán.

También gobernaron Quintana Roo, en distintas épocas y circunstancias, los señores Generales Arturo Garcilazo de La Vega, Carlos A. Vidal y don Armando Aguirre y Santiago, este último fue quien en 1925 produjo un largo y bien documentado informe acerca del Territorio; el coronel Librado  Abitia,  el profesor Librado Garza, el escritor don Antonio Ancona Albertos, y otros políticos cuyo recuerdo no conserva Quintana Roo. En 1917 el primer jefe del Ejército Constitucionalista, don Venustiano Carranza designo Gobernador del Territorio al ya general don Octaviano Solís con estas palabras:  “Ya estuvo usted como relegado en Quintana Roo, ahora va usted como Gobernador”.

El señor Solís gobernó honrada y patrióticamente, procurando con muy buen éxito la amistad de los nativos , y consolidó la relación de estos con el Gobierno Federal. Además logró convencer al entonces principal cacique indígena, el general Francisco May, de que no era hijo de la Rubia Albión sino maya mexicano. Efectivamente, aquel tristemente célebre explotador de sus hermanos de raza, estaba en la creencia de que era súbdito inglés, no obstante ser maya, apellidarse May y no conocer ni una sílaba del idioma  de Lord Byron.

El General May en México.

El General Solís, obrando de buena fe y con sentido revolucionario trajo a la ciuda de México al general Francisco May y algunos miembros de su “Estado Mayor”; lo presento con el primer jefe don Venustiano Carranza, quien le reconoció aquel alto grado, le hizo varios obsequios y le ofreció  una exhibición de la entonces naciente fuerza aérea, hecho que a May y sus lugartenientes les causaron singular impresión. Además el Primer Jefe le obsequió dinero en efectivo.  Los hermanos mayas, mal aconsejados y peor dirigidos en la ciudad de México se contagiaron el gran mundo de la ciudad.

El General May cargó con una mujerzuela, y sintiéndose el hombre más dichoso del mundo, olvidó la dura realidad de sus hermanos que lo aguardaban agazapados en su miseria tropical. Así fue como al llegar al puerto de Vigía Chico con su preciosa carga humana se le rebeló la multitud. May pidió entonces al General Solís “que batiera a sus hermanos mayas y los quemara vivos” pero el mandatario hábilmente  se limitó a solo darle garantías. Poco tiempo después el general May, convencido de que podía costarle la vida tal aventura, abandonó a la joven capitalina, quien acongojada y temerosa se regresó como pudo a la ciudad de México.

Es importante destacar que hasta 1915, Santa Cruz fue una ciudad de importancia cierta, con casi cuatro mil habitantes, numerosas casa comerciales y magnífico porvenir. En dicho año, por disposición del General Salvador Alvarado,  entonces gobernador y comandante militar del estado de Yucatán y el Territorio, la plaza  fue entregada a los nativos, encabezados por el general Francisco May,  quienes destruyeron con dinamita el magnífico aljibe público que había construido el general Bravo; incendiaron los carros de ferrocarril de Vigía Chico a Santa Cruz, descarrilaron las locomotoras, y en su afán de aislarse nuevamente de la Península y la República, destruyeron también todas las líneas telefónicas y telegráficas existentes.

Por entonces, 1915, y a raíz de estos sucesos se habló en Yucatán de una nueva sublevación indígena, circunstancia que motivó la inmediata salida de varios batallones de fuerzas federales de Mérida, rumbo a Santa Cruz con objeto de reprimir cualquier pronunciamiento de los aborígenes.

Gabriel A. Menendez.

 

 

Baste para los fines de la  monografía de Quintana Roo hacer breve referencia al terrible colapso sufrido por el Estado de Yucatán el siglo pasado, cuando la ambición y  perfidia de algunos políticos peninsulares fueron causa de que, los antes apacibles y tranquilos indios mayas, explotados y envilecidos desde la encomienda española,  se irguieran en Tepich, obscuro pueblo del departamento de Valladolid, Yucatán,  el 30 de julio de 1847, aprovechando la circunstancia de que habían sido armados por los políticos peninsulares, y tomando terrible venganza de sus azuzadores y expoliadores, iniciaron aquella sangrienta e inolvidable jornada que los anales de la historia Yucateca recogieron bajo el nombre de Guerra Social o Guerra de Castas.

La rivalidad política había armado a los campesinos yucatecos, haciéndoles formar parte en revolucioncitas y asonadas que tenían por objeto desplazar del Gobierno local a determinados líderes para encumbrar a otros del mismo o parecido jaez. Y los meses y los años pasaban en este inconsciente cuanto peligroso juego, en tanto los indios contemplaban, con el alma encendida en justo odio, como sus verdugos, disfrazados de políticos y de militares, los uncían en sus carros triunfadores. Veamos a través de los relatos y crónicas de la época cual fue el inicio de la contienda social que, desde 1847 a casi los últimos años del siglo XX, redujo a escombros y cenizas multitud de poblaciones yucatecas y regó de sangre los ásperos caminos del Oriente y del Sur de Yucatán.

Valladolid antes del año de 1847.

El partido de Valladolid, Distrito Oriental de Yucatán, tenía en 1846, 28 poblaciones, 117 haciendas y 115 ranchos, con un total de 50 mil habitantes y poseía un jefe político, ayuntamiento y una máquina de vapor de telar manta.

Sin embargo de las frecuentes contiendas políticas que entonces trastornaban al Estado y de que las asfixiadoras sombras de la ignorancia envolvían a la gran mayoría de los hijos de Valladolid, estos gozaban de una visible prosperidad y constituían uno de los pueblos más ricos y laboriosos de la Península.

Era asombroso el movimiento de la ciudad, señaladamente en la mañanas, hora en que la inmensa mayoría de la población indígena de los pueblos circunvecinos afluía al mercado, conduciendo pastura, leña, carbón, frutas, legumbres y otros artículos de consumo. Pero aquel robusto y vigoroso cuerpo social alimentaba un cáncer que corroía sus entrañas.

Nobles y plebeyos, como en la edad del Medioevo.

La sociedad principal vallisoletana, fundada por españoles que se consideraban de los más distinguidos entre los conquistadores, eran altiva y orgullosa aún en sus relaciones con la ciudad de Mérida, Blasonaba de ilustre y no adulterada prosapia y miraba con insultante desdén a todos los que consideraba inferiores en cuna. Esta imprudente y necia conducta había clavado entre el centro, en donde residían los de sangre azul, y los barrios habitados por mestizos o plebeyos, un abismo de odio y rencores, que al tiempo fue ahondando y corrompiendo más y más. En las fiestas del centro no se admitía a los de los barrios, ni en las de estos a los del centro; y ¡hay! del que intentara salvar esta valla o hacer el amor a alguna señorita que no perteneciese a su clase. En estos casos ocurría más de un escándalo en el que siempre llevaban la mejor parte los del centro, naturalmente apoyados por las autoridades. Existía, además, otro combustible violento: el aborrecimiento de los numerosos contrabandistas de la comarca contra los funcionarios que les perseguían sin tregua.

Tal era el estado de cosas cuando estalló la revolución del 8 de diciembre de 1846 en Campeche. Gran parte del Estado de Yucatán la secundó y una numerosa tropa revolucionaria, a las órdenes de Antonio Trujeque, partiendo de Tihosuco, otra población importante de la época, avanzó sobre Valladolid, que no había secundado la rebelión.

15 de Enero de 1847; Hecatombe de Valladolid.

Aquella tropa, comandada por Trujeque, en su mayor parte compuesta de indios de la comarca iniciados inoportuna y fatalmente en las discordias locales y adiestrados en la guerra desde 1840, se vio rápidamente reforzada por la gente de los barrios de Valladolid, que entreveían, al fin, una ocasión para vengar los ultrajes y humillaciones de que habían sido víctimas.

En esas condiciones la guarnición de Valladolid, compuesta tan solo de 300 hombres a las órdenes del teniente coronel Venegas, resistió varios días a las tropas de Trujeque, que contaba a la sazón con más de 4,000 combatientes, hasta que el 15 de enero de aquel año fatídico de 1847, Trujeque dio la orden de asalto que simultáneamente se emprendió por todas direcciones, siendo materialmente arrolladas las fuerzas defensoras.

Las turbas asaltantes, dueñas ya de la situación, iniciaron un espantoso saqueo, destruyendo cuanto encontraron a su paso y asesinando a mansalva a los habitantes de Valladolid, sin que su jefe Trujeque pudiese controlarlas. El espanto y el terror fueron llevados hasta veinticuatro kilómetros de Valladolid, durando el saqueo de esta ciudad ocho días. Los cuerpos de las víctimas arrastrados en triunfo por las calles, fueron quemados por indígenas que, colocados alrededor de las hogueras crepitantes, escuchaban con algazara como reventaban las carnes de aquellos infelices.

De esta manera relata el  historiador Don Serapio Baqueiro, cayó Valladolid, el único baluarte del Gobierno en el Oriente, víctima de una soldadesca ebria de vino y de lujuria, que así descerrajaba las puertas de las casas para destrozar cuanto encontraba, que daba muerte a los ancianos, mujeres y niños indefensos, como cometía los actos más brutales de lascivia, profanando a las esposa y a las hijas delante del esposo y de los padres, comiéndose la carne palpitante de sus víctimas y arrastrando los cadáveres en las calles para hacer alarde de su bárbaro furor. “Entre tanto, concluye otro cronista, el señor  Pérez Alcalá, la raza indígena se agitaba en el Oriente y un rugido sordo y misterio se como el que precede a las tempestades y a las erupciones volcánicas, se escuchaba en toda la superficie de la Península”.

Tras el prologo espantoso del 15 de enero, hecatombe de Valladolid, el 26 de julio de 1847, esto es seis meses después, fue fusilado en esa misma ciudad uno de los lugartenientes del caudillo indígena Cecilio Chi, Manuel Antonio Ay, ejecución que irritó profundamente a los indios que lo amaban y respetaban. Es necesario explicar que poco tiempo después del saqueo de Valladolid, en enero de 1847, fue recuperada la plaza por tropas del estado, iniciándose desde ese entonces una era de intranquilidad y desasosiego, pues los indígenas continuaron en actitud levantisca, habiéndose descubierto por estos días una vasta conspiración de los mismos, para un levantamiento general. Al tratar de aprender en el pueblo de Tepich al jefe de la conspiración, Cecilio Chi, las fuerzas de Trujeque, entonces al servicio del nuevo régimen triunfante, cometieron abusos y tropelías en las familias de los indios, ofreciendo a estos funesto ejemplo,  que los nativos supieron aprovechar luego con ventaja. Trujeque fusiló cuatro o cinco sospechosos.

Cecilio Chi, capitaneando a dos o trescientos indios sublevados lanzó el primer grito de abierta rebelión contra las autoridades y cayó como  un rayo sobre el pueblo de Tepich, del que era nativo, asesinando a todos los blancos y mestizos que allí se encontraban; y al resplandor de las llamas sobre la sangre y los cadáveres, el caudillo indígena juró reconquistar la tierra de sus mayores, al menos, sepultado entre sus ruinas y vengando los ultrajes y humillaciones que durante tres siglos había sufrido su raza. Aquel  grito resonó como una maldición. La Península se estremeció, las pasiones políticas enmudecieron, todas las manos se buscaron estrechándose instintivamente y los yucatecos amenazados se agruparon para resistir aquel torrente que se desbordaba sobre ellos. Valladolid reconcentró sus elementos y entonces se inició en los pueblos y bosques del Oriente, en donde eran fuertes y prácticos los indios,  una dilatada serie de sangrientos combates.

Asedio de Valladolid.

Entretanto, los pueblos del partido de Valladolid, abandonados sin combatir por sus aterrados habitantes caían uno tras otro y desaparecían bajo la tea de los rebeldes, y estos, aumentando rápidamente su número con los de su raza, estrechaban más y más el anillo de hierro y fuego con que rodeaban y procuraban ahogar a Valladolid. En ese segundo sitio la ciudad encerraba en su recinto más de mil quinientos defensores comandados por el coronel campechano don Agustín León, quien tenía entre sus subalternos al entonces oficial don Manuel Cepeda Peraza, luego general y Benemérito de Yucatán.

El 19 de enero de 1648, los indios insurrectos, en número de veinte mil, establecieron definitivamente el sitio de la ciudad. El 10 de marzo siguiente uno de los cabecillas indígenas, Miguel Huchin, tendió una celada a los principales jefes que defendían la plaza, a consecuencia de los cual el coronel León y sus principales lugartenientes decidieron evacuar Valladolid.

La odisea del coronel León.

Para romper el cerco y poder dar salida a las numerosas familias, el coronel León ordena que quinientos hombres y dos piezas se encarguen de la acción.  Así pudieron salir, primero ordenadamente y después en confusión y fuga terrible, las familias, los heridos y las tropas que se encontraban en Valladolid.

Los niños lloraban, refiere el historiador don Serapio Baqueiro, los ancianos se lamentaban, las mujeres gemían de dolor y desesperación; los caballos en tropel se encabritaban; don Agustín León Gritaba y daba órdenes para facilitar las operaciones. Tal era el espectáculo que se presentaba. Sin embargo el coronel León pudo romper el cerco y al llegar a Pololá, población cercana a Valladolid,  las tropas se desmoralizaron; los carros de tráfico, la artillería, un sin número de caballos y carruajes de viaje y todas las familias detenidas en la plaza, formaron un conjunto desordenado que fue imposible vencer; en medio de cuyo desorden aparecieron de nuevo compactos los grupos de indios que rompieron el fuego por diferentes direcciones, cazando materialmente a los que huían; otros se internaron el bosque, arrastrando a sus hijos pequeños; todos los carros y afectos fueron abandonados; el parque fue incendiado por un oficial del batallón “Libertad” de Campeche, para evitar que cayera en manos del enemigo, no habiéndose conservado otra defensa en tan críticos momentos, más que una pieza de artillería,  siempre al mando del generoso oficial Trejo, con el cual salvó a un considerable número de familias. Al fin, después de tres días de penoso tránsito, legaron a Espita, las familias y las tropas en completa dispersión, a excepción de don Agustín León, que con un puñado de leales que le obedecieron, “tuvo la suficiente fuerza de ánimo para permanecer a retaguardia, hasta que supuso que todos habían conseguido salir del peligro”.

En 1884, cuando los escritores yucatecos recordaban las trágicas escenas y hacían comparaciones con el Yucatán antiguo y el de entonces, Valladolid tenía solo 18,000 habitantes, aunque en lugar de una sola escuela, poseías veintitrés, y un Instituto Literario.

¿Por qué los insurrectos no tomaron a Mérida?

Mientras los políticos de toda la extensión peninsular, espantados de su obra, comprendían, aunque tarde, la magnitud de sus errores sociales y políticos,  del Oriente y del Sur avanzaba hacia la capital, Mérida, dos avalanchas iracundas e incontenibles de indígenas poseídos de verdadera furia destructora, que con sus gritos ensordecedores trocaron en espanto el estupor de los viejos caminos del Mayab. Peto y Tekax al sur, Tihosuco y Valladolid al Oriente, fueron cayendo en poder de la contrarrevolución indígena, que apenas dejó piedra sobre piedra de lo que fueron ricos, prósperos y laboriosos pueblos de aquella vasta zona.

Aquellas decenas de miles de hermanos a quienes malos yucatecos y peores campechanos no supieron querer y comprender antes, llegaron a las goteras de la ciudad de Mérida, pareciendo inminente su entrada en la empavorecida capital. Más una circunstancia, traducida en epidemia de viruela, según se dice,  hizo que en aquellos instantes de vida o muerte para la hermosa capital yucateca,  los insurrectos iniciaran su retirada, debilidad que los soldados al servicio del Estado, casi sin comprender aquel enigma, aprovecharon para cobrar nuevos bríos e inicia mortífera persecución de los sublevados, a quienes fueron rechazando denodadamente, arrebatándoles, palmo a palmo,  el territorio de que se habían posesionado, pueblos ciudades y rancherías convertidos ya en escombros todavía humeantes.  Así consiguieron lanzarlos hasta Tulum, antigua ciudad maya situada en las costas del inquieto Caribe; hacia el Sur hasta han Santa Cruz y sus espesos bosques, en donde los bien armados y aguerridos mayas se hicieron fuertes.

Todavía en 1871, siendo gobernador de Yucatán el señor licenciado don Manuel Cirerol,  fue organizada una columna de mil hombres al mando del coronel don Daniel Tracónis, quien persiguió a los insurrectos hasta Tulum y Chan Santa Cruz,  habiendo escapado de caer en poder de aquellos, por haber huido a tiempo, la “reina” María Huicab, a la que entonces obedecían los mayas rebeldes.

Bacalar, en tanto permanecía en poder de los sublevados, quienes en franca convivencia con los colonos de Belice, pretendía nada menos que aquella región y toda la costa oriental de la Península, desde cabo Catoche hasta lo que es la ciudad de Payo Obispo, fuera anexionada a la
Gran Bretaña.

El rumbo oscuro que tomaban aquellas cosas.

“Hace ya más de seis años, a fines de abril de 1887, el ministro inglés acreditado en México, me leyó una nota que acababa de recibir de su gobierno en la cual se le comunicaba que los jefes de  Santa Cruz y Tulum, en una entrevista con el encargado de gobernación de Honduras Británica, le manifestaron sus deseos de colocarse bajo la protección de la Reina, y de que el territorio que ocupaban se anexase al de la colonia. Se le participaba también, que iban a darse instrucciones por el cable a dicho funcionario para que contestase a los indios que la reina creía no poder aceptar su oferta de anexión a Belice, ni podía tomar por su cuenta el protegerlos, que les aconsejaba en términos generales que se arreglaran con México. Sir Spencer Saint John agregó que Mr. Fowler, gobernador interino colonial, estaba pronto a hacer cuanto le fuera posible para lograr un avenimiento pacífico de nuestro gobierno con los de Chan Santa Cruz y los demás indios sublevados, asegurando que su influjo era indudablemente grande entre ellos…” (Capítulo cuarto del informe del señor licenciado Ignacio Mariscal, Secretario de Relaciones de México, a la H. Cámara de Senadores, página 24 del libro Defensa del Tratado de Límites, ya citado)
Gabriel Antonio Menéndez.

El General Francisco A. Bravo

Estoy en Santa Cruz de Bravo, es un lunes  18 de febrero de 1935. Subo por una corta escalinata de piedra. Hay un tufillo con humo de leña verde. Nuestros indígenas están reunidos tratando asuntos de  sus tribus. Interrogo en maya la lengua nativa, como respuesta solo silencio y vuelvo a interrogar: Quiero platicar un momentito  con el comandante Sóstenes Mendoza.  Los hermanos indios me miran de pies a cabeza. Quizá mi indumentaria semi militar ha hecho despertar su desconfianza tradicional. Insisto diciendo: No crean ustedes que soy el jefe de la partida. Vuelven a mirarse y se sonríen. Aprovecho la circunstancia y agrego: Tampoco vengo a robarles su chicle. Hasta entonces uno de los indígenas contestó en castellano, presentándome al comandante solicitado por mí. Éste es él, jefe de la tribu de Chancáh, pero no habla nada de castellano.

Tiendo la diestra a Sóstenes Mendoza. Mi acompañante, Porfirio Ramírez Ávila, que desempeñaba accidentalmente la Secretaría de la Delegación de Gobierno y se ha brindado gustoso a acompañarme,  previamente instruido por mí, pregunta en el idioma nativo al jefe maya:

¿Es cierto que tú no eres nativo de esta región? Efectivamente, responde Mendoza: pero desde muy niño caí en poder de los que hoy son mis hermanos, y esto fue en una ocasión hace 75 años,  (1860) poco más o menos, en que mis hermanos atacaron la plaza de Peto. Yo iba en aquella ocasión acompañado de mi padre a una milpa cercana de aquella población. El ataque nos sorprendió en pleno monte habiendo sido aprendido mi padre, y yo conducido por otro grupo a u lugar que después supe se llamaba Xpichil, a tres días de camino de Peto. De ese sitio me llevaron Nohcá, pequeña población de la tribu que existía antes  que el actual camino entre Santa Cruz y Santa Cruz Chico fuese abierto. Como el idioma maya era y es el mío, desde entonces pude darme cuenta de que mis hermanos no trataban de matarme, aunque si acordaron cambiarme el nombre, pues el mío propio no es el de Sóstenes Mendoza, sino el de Hipólito Vázquez.

¿Volviste a saber algo de tus padres y amigos? Nada más.  Lo único que logré averiguar algunos años más tarde es que vivía en Peto un hermano mío llamado Patricio Vázquez, al que no he vuelto a ver jamás.

¿Qué noticias tienes de la vida civilizada que llevan tus hermanos de otras regiones cercanas, como Yucatán por ejemplo? Sé que llevan una vida mejor que la nuestra, pero yo ya estoy habituado de tal manera a la mía, que no puedo abandonarla, como tampoco puedo abandonar a mis hermanos.

¿Cuáles son tus medios de subsistencia? La agricultura y el chicle. Durante la mayor parte del año me dedico a la cría de animales domésticos. ¿Qué familiares tienes? Dos hijas que viven a mi lado y un muchacho de cuya suerte no he vuelto a saber palabra desde hace siete años, o sea, desde 1928. Ahora debe tener unos veinte años. Un grupo de chicleros que trabajó en las cercanías de mi pueblo, procedente de la Colonia Inglesa me lo sedujo.  Sé que mi hijo, llamado Pedro Mendoza, estuvo en Payo Obispo y en la Colonia Inglesa de Belice. He ido hasta Corozal y Belice tratando de encontrar  a mi muchacho. Pero hasta hoy todo ha sido en vano.

¿Qué cargo tenías en tu tribu cuando la llegada del General Bravo a Santa Cruz? Era sargento. Mis hermanos quizá dándose cuenta de mi amor a la raza, fueron dándome cada día más poder, habiéndome ordenado que hiciese resistencia a las fuerzas del Gobierno en Okob, a 25 leguas de Chan Santa Cruz. Apenas el General Bravo acababa de salir de Peto, hallándose a 17 leguas al Sureste con intenciones de dirigirse a Chan Santa Cruz. Más de doce semanas detuvimos la marcha del General Bravo, habiendo sabido que se trataba de éste militar porque logramos rescatar a algunos hermanos nuestros que fueron hechos prisioneros por aquel.

¿Por qué hicieron ustedes resistencia al General Bravo? Porque sabíamos que él y sus fuerzas querían acabar con nosotros. Dejamos de atacarlo seis meses después en un lugar llamado Xpecmacho, hoy Sarteneja Verde, debido a la epidemia de sarampión que comenzó a diezmar nuestras fuerzas. Entonces el General Bravo avanzó con las suyas, sin ser molestado por nadie, hasta un sitio denominado Nohpop en donde permaneció algunos días observando.

¿Cómo tomó el General Bravo Chan Santa Cruz? Como antes te dije, nuestras fuerzas se replegaron hacia las rancherías de la montaña acosadas por el sarampión. Por esos días una de las bestias de carga de las fuerzas del General Bravo escapó, y uno de los arrieros, siguiendo las huellas del animal, llegó hasta Chan Santa Cruz, encontrando la plaza de la población, que estaba totalmente abandonada por nosotros,  a su mula pastando. Inmediatamente regresó el arriero a su campamento informando al General Bravo de esa novedad. Y al día siguiente, sin resistencia de ninguna clase, las fuerzas del General Bravo tomaban posesión de nuestra plaza. No se disparó, según recuerdo, un solo tiro en esa ocasión, hasta pasado un año que logramos reponernos, reiniciamos la ofensiva en contra del General Bravo, quien ya había iniciado la apertura del actual camino de hierro de Santa Cruz a Vigía Chico. Las explosiones de las bombas de dinamita, nos hicieron saber, recordar mejor dicho,  que nuestros enemigos nos habían despojado de todo lo que nos pertenecía. Así se reinició la defensa de nuestros derechos, defensa en la que perecieron miles de hermanos nuestros.

¿Se sometieron ustedes, por fin, a la autoridad del General Bravo? Nunca porque el General Bravo nos asesinaba sin piedad. Cuando en 1915, una comisión enviada por el General Salvador Alvarado nos entregó Chan Santa Cruz, “depusimos nuestra actitud intransigente”.

El General Indígena Francísco May Pech, a quien le fué entregada Chan Santa Cruz en 1915 por órdenes del Gral. Salvador Alvarado, y quien firmara el tratado de paz con el General Siurob en 1929

¿Por qué incendiaron y destruyeron ustedes en 1915 esta población? Sóstenes Mendoza baja la vista y rehúye la respuesta, en la que yo insisto. Luego se queda mirando uno a uno a sus hermanos de raza, quienes  le siguen detalle a detalle la conversación, y solo me responde: No es cierto que nosotros hubiésemos destruido Chan Santa Cruz. El Secretario de la Delegación que me acompaña me hace señas evidentes que no continúe con esas preguntas pues los indios ya murmuran. Para enmendar mi táctica arguyo: Por allí por Peto se dice que fue el General Garcilazo quien destruyó el ferrocarril de Vigía Chico: y que sus fuerzas, al desalojar Chan Santa Cruz, dinamitaron el mercado.

Digo esto a sabiendas que fue el General May, quien al sentirse otra vez dueño de la comarca, en su afán de aislarse del resto de la República, hizo desaparecer los vestigios civilizadores que había dejado el General Bravo. Entonces Mendoza no responde solo afirma con la cabeza.

¿A qué gobernadores del Territorio recuerdan ustedes con más afecto? Al General Solís que fue muy buen amigo nuestro. Nos obsequió cuanto quisimos y cuanto pudo: Ropa, sombreros, alimentos, útiles de trabajo y demás; todo lo cual nos fue entregado en el puerto de Vigía Chico. Con táctica encomiable el General nos invitó a un viaje hasta México en 1917, a los principales representantes de nuestras tribus, y naturalmente, el prestigio que logró conquistar entre nosotros perdura hasta hoy. Obtuvo toda nuestra confianza porque siempre obró con rectitud, de buena fe, y jamás nos perjudicó ni persiguió. Si el General Solís hubiera venido a Quintana Roo el siglo pasado, no tendríamos que lamentar la muerte de tantos miles de hermanos. Después, del jefe Siurob no tenemos sino recuerdos muy cariñosos, pues siempre nos llevaba del brazo y era muy cordial y atento con todos. Cuando usted vea al General Siurob, estréchele la mano en nombre de los indios de Chancáh. Allí no lo olvidamos.  Varios eran los jefes reunidos que asentían con la cabeza demostrando que las palabras del comandante Mendoza decían la verdad y solo la verdad. Y para cerrar nuestra plática les preguntamos que esperaban del actual Gobierno del Territorio, habiendo respondido que esperaban garantías y seguridad para sus intereses, confiando que sus bosques, considerados montes comunales, no serían invadidos por aventureros y explotadores que solo van a restarles medios de vida y a expoliarlos y engañarlos sin consideración.
Gabriel Antonio Menéndez.

Mapa de la zona donde se desarrolla esta historia

Parte muy importante del territorio de Quintana Roo, porque encierra aún al núcleo maya más fuerte de la región, es la antigua y célebre ciudad de Chan Santa Cruz, después “Santa Cruz de Bravo” y actualmente llamada Felipe Carrillo Puerto, merced a un decreto de la H. legislatura Yucateca expedida en 1932, cuando esa parte del territorio fue reincorporada al Estado de Yucatán.

Chan Santa cruz que como hemos visto surgió hacia Noviembre de 1850de un hecho casual realizado por un ex soldado de las fuerzas Yucatecas, José María Barrera, fue hasta fines del siglo pasado reducto casi inexpugnable de los indómitos hijos de los “Cocomes” y “Cupules” quienes, si bien eran desalojados repetidamente de dicha población, volvían a recuperarla a sangre y fuego y a repoblarla y re fortalecerla rápidamente. La distancia de 158 kilómetros que separa a Santa Cruz de Peto, última población del sur de Yucatán,  y el hecho de encontrarse aquella enclavada  en el corazón de las selvas quintanarroenses fueron causa de que los insurrectos se hicieran fuertes en Chan Santa Cruz y que ni las fuerzas federales ni las del estado hubiesen vuelto a hostilizarlos seriamente desde 1872, permaneciendo prácticamente segregados de la república y del control social y político de la misma.

Nuevo asedio a Chan Santa Cruz.

Hacia 1895, siendo jefe de la zona militar de Yucatán  el señor general Lorenzo García, fuerzas del 6º y 22º batallón y tres compañías de guardias nacionales iniciaron nuevas campañas de sometimiento, pero un año después, en Marzo de 1896, fuer suspendido el avance que había llegado a Dzonotchel  a 20 kilómetros de Peto. Hasta Marzo de l898 y al mando del coronel  Juvencio Robles el resto de aquellos batallones federales reforzó a las fuerzas expedicionistas dotándolas de una pieza de artillería de tiro rápido y más de 400 trabajadores , así como oficiales e ingenieros quienes hacían desmontes , abrían caminos, levantaban trincheras y reductos, y tendían líneas telegráficas hacia Peto. El avance era lento y penoso a causa de lo pedregoso y cerrado de los caminos, además de la falta de agua y la agresividad del sol tropical.

Rebeldes Mayas armados en su lucha por defender Chan Santa Cruz.

¿Cuando entra en escena el general Ignacio A. Bravo?

Ocupado Ichmul, antigua población situada a 38 kilómetros de Peto, el general García visitó las ruinas de la histórica Villa de Tihosuco sobre cuyo destruido templo izó la bandera nacional, replegándose enseguida a Ichmul donde fue sustituido en el mando por el general Ignacio A. Bravo quien acababa de llegar al mando de los batallones 1º y 28º, con cincuenta hombres de caballería y tres piezas más de artillería de tiro rápido, a las órdenes de los coroneles Ramón N. Ricoy y Enrique Alabat, capitán Aurelio Blanquet y tenientes Ruperto Ortiz y Ángel Villaseñor, entre otros.

En estas condiciones el general Bravo imprimió un nuevo y vigoroso impulso a la campaña continuando su avance hasta Chan Santa Cruz. Ichmul Balché y Okob fueron fortificados. En esta última población de Okob, 17 kilómetros de Peto, los insurrectos atacaron a las fuerzas expedicionistas, habiendo sido rechazados y perseguidos implacablemente. Ya los indios no formaban aquellos temibles núcleos bien organizados y mejor pertrechados de los años anteriores. Entonces fue cuando se inició francamente el avance hacia Chan Santa Cruz, objetivo principal del general Bravo, registrándose, según crónicas detalladas de la época, entre Santa María  y Obompich, a nueve kilómetros, dos reñidos combates. Y entre Obompich y Tabí, a 16 kilómetros, tres. Entre Tabí y Nohpob, a 17 kilómetros, 22 encuentros, uno de ellos tan encarnizado que hubo necesidad de repetidos y certeros disparos de artillería que hicieron grandes destrozos entre las columnas rebeldes, quienes al retirarse no dejaban en el campo a ninguno de sus muertos y heridos.

Tres años para tomar a Chan Santa Cruz.

En todos los combates los mayas en número de mil quinientos opusieron viva y tenaz resistencia, defendiendo su campo palmo a palmo, derribando árboles para obstruir el paso y parapetándose en fuertes y escalonadas trincheras, a pesar de las cuales sufrieron bajas considerables, tantas que preocuparon a su jefe principal, el general Juan Llamá, su gobernador. Pero en comparación con el armamento superior que  los expedicionarios usaban, y que les daba notoria ventaja sobre los insurrectos, es aterradora la cifra de los soldados de la República que sucumbieron a las enfermedades y privaciones, en ese largo y doloroso calvario de Peto a Chan Santa Cruz, población a la que entraron, por fin, victoriosamente sin disparar un tiro, pues se hallaba enteramente desierta el 3 de mayo de 1901, tres años después de haberse reiniciado formalmente las operaciones contra los nativos sublevados.

Estimando grandioso el triunfo del general Bravo, el gobierno impuso a la vencida y humillada Chan Santa Cruz el nombre de “Chan Santa Cruz de Bravo” el 10 de Junio de 1901, mientras los indómitos nativos, replegados al fondo de los bosques, mantenían vivo su odio en contra de los que según les habían hecho creer, eran los mismos que en las épocas aciagas de la colonia les arrebataron tierras y patrimonio; los mismos que posteriormente los usaron como carne de cañón en las contiendas comarcanas y siguieron haciendo escarnio de todos sus derechos. Posteriormente, como inicialmente mencionamos, en el año de 1932 el gobierno de Yucatán,  al que le pertenecía este territorio, le cambió el nombre a Felipe Carrillo Puerto como actualmente se llama.