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El primer faro y reloj de Payo Obispo

El primer faro y reloj de Payo Obispo

Tenía yo 48 años de edad, y sentí que debería vivir con una mujer ya de fijo en mi vida, fue que en Bacalar conocí a doña Alba, viudita de no muy mal ver que nunca pudo tener hijos, y con sus 32 años juntamos nuestras vidas. Una vez estábamos cosechando elotes, cuando mi mujer vio pasar un armadillo y lo correteamos hasta agarrarlo fuertemente de la parte trasera pero el animalito resistió y con sus enormes garras se hundía empujando tierra hacia fuera. Alba vio entre la tierra removida unas monedas de oro… no lo podía yo creer, anteriormente caminé varios kilómetros por debajo de Bacalar y nunca encontré algo de valor, y en mi terreno había oro. ¿Cómo es que esas 38 monedas acuñadas a finales del virreinato estuvieran ahí casi a flor de tierra? ¿Será que todavía en la época de la guerra de castas, circulaban en Bacalar esas monedas? jamás lo sabré.

Y como el dinero y la viruela no se pueden ocultar, perforé cinco monedas y le fabriqué un collar a mi adorable mujer. Después me fui a la cantina a celebrar echándome unos tragos de tequila y pagué con oro, total para eso se hizo el dinero para gastar. Muy tarde comprendí que el humano estúpido e ignorante es el vanidoso presumido que se llena de accesorios de oro como yo lo hice para que todo el mundo supiera que ya había un nuevo millonario… no faltó quién me quiso robar, y hasta me querían matar tal vez por envidia. La policía me detuvo y fui llevado a Campeche, mi mujer al darse cuenta de lo que ocurría huyó con las monedas para Río Verde, lugar donde vivía su madre y demás familia… allá la ocultaron. En Campeche me encadenaron, no me daban de comer y me golpearon hasta dejarme varias veces inconsciente, pero aguanté siempre negando la existencia del precioso metal. Para 1935 con la reincorporación del Territorio de Quintana Roo, fui puesto en libertad por falta de pruebas.

Al regresar a Bacalar no encontré a Alba, y me fui a buscarla a Río Verde, allá me recibieron con la terrible noticia de que mi mujer había sido mordida por una serpiente cascabel y había fallecido… del dinero nunca supe a dónde habrá quedado… no cabe duda que la vida todo te lo da, pero si te apendejas, todo te lo quita. Riéndome de mi propia desgracia me regresé a la capital del Territorio, Payo Obispo prometía el desarrollo y el progreso. Era el Presidente de México don Lázaro Cárdenas del Río, quien nombró como Gobernador al Gral. Rafael E. Melgar, hombre bien intencionado diría yo que el mejor gobernador que ha tenido el Territorio de Quintana Roo. Al mes y medio de haber ocupado la silla presidencial, el Gral. Cárdenas por Decreto ordenó la inmediata reincorporación del Territorio de Quintana Roo, y así fue publicado en el diario oficial del 16 de enero de 1935. Cuando el sur de Quintana Roo estuvo en poder del gobierno campechano sólo sirvió para que se llevaran las riquezas naturales sin siquiera habernos dado chamba, la población de Payo Obispo inactiva corrió el peligro de desaparecer.

Ahora éramos en Payo Obispo unas tres mil personas, y ya había trabajo para todos, claro que en algunas obras teníamos que colaborar como por ejemplo en la construcción del monumental aljibe captador de dos millones de litros de agua de lluvia, antes sólo contaba con agua los que tuvieran su curvato de Madera; con el aljibe público todos podíamos ir y con nuestras cubetas agarrar el líquido. Se crearon las cooperativas de albañiles, chicleros, mieleros, caoberos, etc.La capital cambió mucho: aplanado de las calles y bustos de los héroes, escuelas y hospitales, música viva en el parque principal, la costera, el hotel de Los Cocos, el Palacio de Gobierno en su primera etapa , todo eso era trabajo y en seis años hubo desarrollo en Quintana Roo. A partir del 23 de diciembre de 1936, Payo Obispo cambió su original nombre por el de ‘Cd. Chetumal’, y la frontera conocida como Santa Elena, cambio por el de ‘Subteniente López’.

Al Gobernador Melgar le llegó el informe militar sobre mis antecedentes diciendo que yo era persona de buen criterio y extremada rectitud, asunto que al General le agradó y me dio la primera chamba… ir al vecino Estado de Campeche y recoger el reloj público de Payo Obispo… esos cuates cuando se fueron arrasaron con todo, con máquinas de escribir, escritorios, archiveros; bueno hasta con las escobas cargaron, pero al nuevo Gobernador de Quintana Roo sólo le interesaba que devolvieran el reloj público que era propiedad del Gobierno Federal… Mi General Melgar se llenó de sonrisa al vernos llegar con el famoso reloj público. Fui nombrado Inspector General de Policía, mi primer encargo fue crear con elementos de la misma corporación la “Banda de Música del Gobierno del Territorio de Quintana Roo”… así fue que en Payo Obispo por dos pesos con cincuenta centavos diarios la hacíamos de músicos y policías.

Pero no todo era trabajo feliz. Uno de los asesinatos más sonados en Chetumal fue el ocurrido la noche del 15 de septiembre de 1939… habían matado al Dr. Jaime López Mijares, primer director del nosocomio más moderno de todo el sureste mexicano… el Hospital Morelos de Chetumal. El crimen fue por un arrebato pasional. Lo asesinó su novia una enfermera de nombre Judith Lagunas Arcaraz, quien en momentos de acalorada discusión, ella con un revolver le disparó un tiro que perforó el abdomen dejando al galeno sin vida. La tragedia ocurrió en uno de los departamentos construidos de madera donde el médico pagaba renta a conocido panadero (el Griego) cuyo inmueble se ubicaba en la esquina que componen las avenidas 22 de Marzo (hoy Carmen Ochoa) y la Héroes, en Chetumal. Judith Lagunas, envuelta en llanto declaró que no era su intención matarlo, sino más bien asustarlo: —”Saqué la 45 que mi padre me había regalado, el arma la sentí más ligerita que nunca antes, parecía una pesadilla, todo me temblaba de coraje… Él preparaba su ropa para abandonarme, por ahí supe que una vieja en Chetumal me lo andaba quitando. Yo le advertí, si tú das un paso a la calle ¡te juro que te mato!, dejé a mis padres por seguirte y no voy a regresar a Oaxaca toda fracasada… Cuando desperté a la realidad, ahí estaba mi Jaime, tirado en el suelo en gran charco de sangre”.

Por otra parte, es justo reconocer que el Presidente de México Lázaro Cárdenas no escatimó gastos para enviar al Hospital Civil Morelos los médicos más reconocidos de aquellos años: Arceny Lepiavka (de origen ruso), Raúl Esquivel Medina (del D.F.), Aguilera Olmos (médico militar) y otros que no recuerdo sus nombres. Entre ellos había un galeno francés de nombre Jean Berén, que ocupó la atención de los periódicos más importantes de Europa, y de América también. En 1939 fue noticia de primera plana que un preso se escapara de la “Isla del Diablo”, Jean Berén en su fuga tuvo la buena suerte de ser encontrado y auxiliado por un barco mercante que lo acercó a la Isla de Cozumel. Era el Territorio de Quintana Roo donde se encontraba el hombre más buscado por las autoridades judías antinazis que ya presentían que la segunda guerra mundial era inevitable. La justicia mexicana del Gral. Lázaro Cárdenas no encontró culpa alguna en el fugitivo que en todo caso era un problema de carácter político. Así es que como médico en agradecimiento al pueblo de México que lo protegió, se quedó en el Hospital Civil Morelos y dio consultas a muchos chetumaleños.

El periodismo profesional celoso de la información, envió desde la capital de nuestro país a la escritora Refugio Escobar, quien se encargó del reportaje en torno al fugitivo Dr. Berén. La reportera y el galeno terminaron enamorándose, fue así que Refugio como enfermera se quedó a vivir en el Territorio de Q. Roo al servicio del Hospital Morelos. Al término del gobierno del Gral. Cárdenas el nuevo Presidente de México, Gral. Manuel Avila Camacho (1940-1946) se permitió la extradición del Dr. Jean Berén y de una actriz de nombre Fatamorgana de origen alemana que también vivía en Chetumal. Refugio Escobar no teniendo ya nada qué hacer en la capital de Quintana Roo, se regresó a la Ciudad de México, años después se matrimonió con el escritor Tomás Perrín, mujer talentosa que la radio XEW la llevó con sus monólogos cómicos a la fama como “Cuca la telefonista”. La recuerdo perfectamente bien cuando vino a escribir un reportaje, y se quedó a vivir alegrías y tristezas del naciente Chetumal.

Durante el último año de gobierno quintanarroense del Gral. Rafael E. Melgar, habían tres candidatos (J. Mújica, Andrew Almazán y Ávila Camacho) a la Presidencia de la República, el Gobernador Melgar apoyó al Gral. Juan Andrew Almazán, pero el que ganó fue el Gral. Manuel Ávila Camacho, así es que las venganzas políticas contra Melgar no se dejaron esperar. A Melgar no le dio tiempo de inaugurar un mercado que llevaría el nombre de Benito Juárez ubicado en la esquina que componen las avenidas de Los Héroes e Ignacio Zaragoza en Chetumal, sólo le faltaban pequeños detalles de acabado como los mosaicos del piso y pulido del mármol, sin embargo el mercado estuvo sin abrir seis años, cerrado todo el sexenio del Gral. Ávila Camacho (1940-1946). No fue sino hasta la administración presidencial del Lic. Miguel Alemán cuando finalmente se inauguró pero ahora bajo el nombre de ‘Mercado Miguel Alemán’. El mercado en cuestión tuvo un costo por la cantidad de 36,000.00 pesos, según informe de gobierno que dio el mismo Gral. Rafael E. Melgar al interior del Teatro Juventino Rosas, a finales de su mandato.

El Gral. Gabriel R. Guevara Orihuela (1940-19444) fue el siguiente gobernador”. “Aquí vi cuando al faro-reloj lo cambiaron de lugar, de la glorieta (Avenidas Héroes y 22 de Marzo) a la rellenada Explanada de la Bandera; acercando así el faro más a la bahía de Chetumal. Siendo el 24 de febrero de 1943 cuando el viejo reloj público dio de nueva cuenta sus renovadas campanadas, en cuanto al faro estuvo ahí provisionalmente durante cinco años, y finalmente en 1948, se inauguró el faro que en Chetumal, hasta hoy, conocemos todos. Con el gobernador Guevara se hizo el parque frente al Palacio de Gobierno donde se colocaron dos hermosos monumentos… el de la madre y el del maestro, aunque yo diría que su mayor obra fue la construcción del Aeropuerto Internacional de Cd. Chetumal. De último llegó el Gobernador de hoy don Margarito Ramírez Miranda, mi amigo, que llegó al Territorio de Quintana Roo el primero de abril de 1944. Margarito, amigo de sus amigos pero un perfecto desgraciado con sus enemigos, es demasiado extremoso. Debe tener de edad como cuatro años más que yo, y yo tengo 69. Mi amigo Márgaro ya lleva once años de gobernador y dice que lo tendremos que aguantar otros once más, que va a enterrarlos de viejos a todos sus detractores y que de pura venganza se estará orinando en la tumba de quienes lo han difamado… Por si las dudas mejor yo ni escribo nada de él. Hasta aquí son mis últimos vivencias que redacto. Me he quedado sin luz y las velas se apagan con el viento que aporrea las ventanas, creo que esta noche pegará el ciclón que dicen se llama JANET y según en la radio de Belice aseguran que trae marea de diez metros sobre el nivel del mar. El tiempo se ha puesto terrible no deja de llover, no puedo salir, las calles están rotas porque en toda la ciudad están metiendo el drenaje; vuelan artefactos peligrosos. Son las once de la noche y ya no oigo a los carros que anunciaban los refugios en el Hospital Morelos, Hotel Los Cocos y la Escuela Belisario Domínguez, bueno ya ni en la radio se escucha decir que corramos para el cerro… Ni modos, lo que será, será.

Y pensar que mi amigo Márgaro vino por mí para llevarme al palacio de gobierno como refugio, y todavía me di el lujo de mandarlo al carajo… Aún en estos momentos de total soledad debo manifestar mi satisfacción por haber terminado parte de mis memorias… “Mi Último Deseo” era éste. Mientras Camelo Sóstenes Chin se resguardaba en su casa construida de madera, en Xcalak con cinco mil habitantes, cien ya se habían ahogado y otros doscientos más quedaban gravemente heridos… el mar caribe había pegado dos horas antes que en Chetumal. Esa noche del 27 de septiembre de 1955 la bahía se secó, quienes corrieron al interior del Teatro Ávila Camacho y al palacio de gobierno, asombrados lo vieron; pero lo más impactante de todo fue cuando el agua, de más de dos metros de altura, regresó tirando bardas y viviendas de madera, acabando con familias completas: abuelos, hijos, nietos. Hubo casos horrendos como el del soldado Higinio Banda, cabo de la Cía. Fija, que cruzando en el Parque de los Caimanes una lámina lo dejó sin cabeza; o el de la muchachita de nombre Amalia Polanco que en Xcalak una lámina la alcanzó por la mitad del cuerpo y la partió en dos. Casas que con todo y familias el agua las levantó y las llevó hasta 400 metros lejos de donde originalmente estaban.

Había seis mil chicleros registrados en las cooperativas cercanas a Chetumal, y muchos de ellos murieron aplastados por los gigantescos árboles, de esto nunca se dijo nada. A todo esto y haciendo un paréntesis, a Camelo Sóstenes no se le abandonó a su suerte, porque muy de mañana Margarito Ramírez había ido ese 27 de septiembre a ver a su amigo Camelo, y le ofreció refugio en palacio de gobierno, pero Sóstenes se negó diciendo: “De Dios estaría morir como murió ‘Flor’ mi primer mujer”, refiriéndose al funesto huracán ocurrido en Cozumel aquel 12 de agosto de 1903. “Déjame terminar mis memorias, ya mero acabo”, dijo Camelo a Margarito y le cerró la puerta… sin imaginar que sería la última vez que se verían los dos amigos. Al día siguiente el Hospital Civil Morelos cuyo director era el Dr. Guillermo Macías, se vio insuficiente para curar a tantos heridos. En Chetumal estaban quedando sólo hombres, porque las criaturas y mujeres eran llevadas en avión hacia Mérida, Yucatán que fue de los primeros en auxiliar en esta desgracia. El reloj público que estaba en la Explanada de la Bandera desapareció, el ciclón Janet se lo llevó dejando tremendo agujero en lo alto del obelisco. Una vez terminada la tormenta vino la total calma, finalmente don Margarito acabó de leer las memorias de su amigo Camelo Sóstenes Chin, quien por cosas del destino falleció ahogado en un ciclón tal y como había muerto “Flor” la mujer que siempre amó.

Don Margarito Ramírez Miranda que fue 14 años Gobernador (1944-1958) del Territorio Federal de Quintana Roo, lo hicieron renunciar las manifestaciones en su contra hechas por campesinos que ya lo veían como un odioso dictador, pero momentos antes de retirarse para siempre de Chetumal, don Márgaro escuchó el disco que tanto guardó su cuate Camelo: “Flor se llamaba, flor era ella… flor de los bosque en una palma, flor de los cielos en una estrella… flor de mi vida, flor de mi alma. Murió de pronto mi flor querida erré el sendero, perdí la calma… y para siempre quedó mi vida sin una estrella… sin una palma”.

F I N de la novela.

Si no leyó desde el principio aquí los enlaces:

Enlace a la primera parte

Enlace a la Segunda Parte

Enlace a la Tercera Parte

 

 

 

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El primer faro y reloj de Payo Obispo

El primer faro y reloj de Payo Obispo

Después del General Octaviano Solís, llegó como Gobernador el Teniente Coronel Librado Avitia (1921—1923). La verdad es que hubo varios gobernadores que sólo duraron un par de semanas los cuales ya ni recuerdo sus nombres, pero sí seguiré mencionando los que hayan durado poco más de un año. “Otro gobernadores pero interino, que viene a mi memoria fue el Mayor Camilo E. Félix”. Corría el mes de diciembre de 1923, a un año de distancia próxima en que el Gral. Obregón terminaría el cargo de Presidente de México, el Gral. Adolfo de la Huerta quiso ser el sucesor pero como no lo logró se levantó en armas convocando a la rebelión de los generales en contra del Jefe del Poder Ejecutivo.

Acá en la Capital de Quintana Roo, unos cuantos ciudadanos, la Comandancia Naval y demás militares veían con agrado el movimiento armado que el General Adolfo de la Huerta desde el Puerto de Veracruz protagonizaba en contra del C. Presidente de la República Mexicana Gral. Álvaro Obregón.

En Payo Obispo (Chetumal) que apenas tenía 25 años de haberse fundado, el comunicarnos con el centro del país era casi imposible ocasionando que de muy poco nos enteráramos de lo que en esos momentos ocurría en toda la nación. El “run-run” de que también podría haber revuelta armada en Quintana Roo, cada día sonaba más. Lejos estábamos los payoobispenses, hoy chetumaleños, en creer que algo parecido pudiera pasar en nuestro Territorio de Quintana Roo… sin embargo pasó. ! Le dieron cuartelazo al gobernador interino !.

El Mayor de Caballería don Camilo E. Félix (1923), Comandante Militar del Territorio quintanarroense, fue aprehendido por el insurrecto Mayor de Infantería Atanasio Rojas. El mismito Palacio de Gobierno sirvió para tener secuestrado al gobernador Félix, y a sus más cercanos colaboradores. En la madrugada del 13 de diciembre de 1923, los prisioneros fueron embarcados en el cañonero “El Explorador”, custodiados y deportados al Puerto de Belice, Honduras Británicas… al Gobernador Félix le acompañaba su señora esposa doña María Aranda.

Desafortunadamente en el Estado vecino de Yucatán no corrieron con la misma buena suerte… Tres semanas más tarde a principio de enero de 1924, los sublevados fusilaron al Gobernador de Yucatán don Felipe Carrillo Puerto, sus tres hermanos, colaboradores y algunos militares más. Don Felipe Carrillo Puerto, leal al Gobierno Constitucional del Presidente Obregón, fue encarcelado y sometido a juicio sumario. Siendo civil se le formó consejo de guerra e inmediatamente en menos de 24 horas acribillado ante un paredón del cementerio general de Mérida… había que acabar urgentemente con los partidarios del Presidente de México. Al igual que en Yucatán, en Quintana Roo tampoco teníamos gobernador, y los militares golpistas seguían matando a militares, federales y civiles que reconocieran a Álvaro Obregón.

Encontrándome de servicio en la frontera de Santa Elena, fuimos agredidos y advertidos para que entregáramos las armas a los sublevados; uno de mis subalternos el Cabo Justo Martínez, desenfundó la pistola y mató a quemarropa a un Coronel que comandaba a los golpistas, un tal Juan Galindo; en medio de la balacera estando yo herido del pié izquierdo pude escapar gracias a que cerca de ahí había un burdelito que regenteaba una mujer que fue mi querida, ella me salvó llevándome a esconder a Santa Elena del lado beliceño. Fuera de mi país, sin dinero y sin poder caminar, pasé mi cumpleaños número 38… y una navidad “chupando” con mi querendona amiga que para amenizar mi festejo dando cuerda hizo sonar moderno fonógrafo con unas canciones en inglés que estaban de moda; al escuchar la música me entró, como buen yucateco, mucho sentimiento y no pude soportar soltando amargo llanto, no sé cómo fue que recordé a mi amada y ya fallecida Flor, el asunto es que mi amiga me preguntó: “¡bueno y qué sanababich (son of a bich) te pasa!”, experta mi amiga comprendió que en ese momento lo único que se me podría haber parado era el corazón.

Pero, y a pesar de todo conté con la buena suerte que no tuvieron mis demás compañeros, el 17 de abril de 1924 fueron fusilados en el panteón que existía enfrente del hoy hotel de “Los Cocos” (Av. de Los Héroes, en Chetumal)… en estos momentos no puedo recordar el nombre de todos los que fueron pasados por las armas, sólo me acuerdo del Subteniente Rosalino López, de un Cabo llamado Justo Martínez, de un soldado de nombre Urbano, y de un contratista chiclero cuya persona era don Juanito Erales. Este señor Erales, fue relacionado con un movimiento que estaban preparando en contra del usurpador Atanasio Rojas, pero los descubrieron y en caliente que los fusilan; otros lograron escapar como el Tesorero del Territorio don Andrés Sangri y el Jefe de la Aduana Marítima Sr. Pedro Pérez Andrade.

Estando yo todavía mal herido y protegido en Santa Elena, mis amigos Ramón González Téllez, Audomaro Castillo Herrera, Aurelio Aranda y Enrique Ruiz, me tenían al tanto de lo que sucedía en aquel violento Payo Obispo (Chetumal). Así fue como me enteré que un nutrido grupo de soldados rebeldes escapaban hacia Centroamérica, que ya los esperaba una embarcación en el muelle de Payo Obispo, y entre esos militares se encontraba un tal Ricárdez Broca, que fue quien dio el cuartelazo en Yucatán, se autonombró gobernador, y ordenó el fusilamiento de don Felipe Carrillo Puerto.

Atanasio Rojas que todavía tenía control sobre el Territorio de Quintana Roo, entre aplausos y vivas ayudó a que escapara el coronel Juan Ricárdez Broca. A las pocas semanas hubo más muertos cuando a Payo Obispo entraron las fuerzas obregonistas que recuperaron la plaza el 5 de mayo de 1924… única vez que no se pudo celebrar un año más de la fundación de Payo Obispo. Desde las seis de la mañana entre nutrido tiroteo, Atanasio Rojas y sus secuaces cruzaron nadando el Río Hondo, y se internaron en selvas de Honduras Británicas (Belice).

Impuesto el orden constitucional, el Presidente Gral, Alvaro Obregón nombró al nuevo Gobernador del Territorio de Quintana Roo, Gral. Amado Aguirre Benavides (1924-1925)… después de tantos brincos y sombrerazos finalmente el sucesor de Obregón fue el General Plutarco Elías Calles. Yo con mi pata amolada y un sueldo de miseria que siempre tuve viviendo entre drogadictos y asesinos que venían a esconderse a Quintana Roo, y que muchas veces terminaban como mis compañeros en el ejército, ya no quise saber más de las armas, y menos ahora que se veía venir el enfrentamiento entre el Gobierno del Gral. Plutarco Elías Calles y el Clero Católico Mexicano. Perdí el miedo, ya no distinguía el bien del mal, yo ya no quería matar; que me perdone Dios no sé ni cuántos hijos habré dejado por ahí… Algo inexplicable me estaba pasando, asombrado comprendí la grandeza del creador y la pequeñez del hombre… la vida tan frágil y tan corta.

Con el nuevo presidente Calles, pasaron por Quintana Roo tres gobernadores: el Coronel Enrique Barocio, el periodista Antonio Ancona Albertos y el General Dr. José Siurob Ramírez. Lo que tenía que suceder sucedió, el Gobernador Dr. Siurob ordenó en el año de 1928, cerrar definitivamente la Iglesia “San José de Payo Obispo”, único templo católico existente en la capital de Q. Roo, y su inmueble de madera fue anexada (por utilidad pública) a la vecina escuela primaria Belisario Domínguez también de madera ubicada en la Av. Othón P. Blanco frente al campo deportivo ‘Nigromante’ hoy más conocido como Parque de los Caimanes… Así clausurada la iglesia, ésta fue utilizada con el nombre de ‘Teatro Minerva’

Para reconocerse “secretamente” los católicos entre sí, le mochaban un pedazo de orilla al sombrero, de ahí que a los fanáticos católicos les llamáramos los Mochos”.

El último sacerdote de dicha Iglesia, fue el padre de origen español Francisco Palau. Palau casó en todos los matrimonios, ofició misas en todos los entierros… Palau fue el alma religiosa que todos en Payo Obispo respetaban. Resulta que un buen día el padre Palau fue obligadamente llevado al “Pontón Chetumal” que todavía se encontraba anclado en la bahía, ahí lo encerraron no sin antes haberle llevado bebidas alcohólicas y prostitutas, obligándolo a fornicar. El encargado del operativo fue el Capitán Primero Julián Izquierdo, que en una de las borracheras me lo platicó: “¿Creerás Camelo, que con tan buenas hembras el mocho de Pancho Palau no se animó?”.

Ya no quería yo saber nada de mi pasado, a mis 45 años en pleno apogeo de mi vida decidí cerrar mi casa de Payo Obispo y me fui como repoblador a Bacalar, allá me puse a trabajar el campo. Una botella de vino, una buena vieja chaparra, flaca, gorda o grandotota lo que caiga es bueno y “si tiene gújero es SALVAVIDAS” (decía anuncio de la época) todo eso y una hermosa laguna de siete colores… qué más podía pedir un vulgar humano como yo. Y la verdad es que en esos principios de los años treintas de este siglo XX los repobladores iban a Bacalar con la intención de hallar tesoros escondidos, asunto que en lo personal desde muy niño soñé con encontrar un baúl repleto de monedas de oro, así es que “¡fuímonos p’a Bacalar linda tierra tropical!”.

En fin, Bacalar Q. Roo que se encuentra a 35 kilómetros de la capital Payo Obispo, fue ocupada por los Itzaes en el año 435 D.C., y la llamaron Siyancaan Bakhalal, por eso cuando estamos sembrando encontramos un montón de objetos de barro y otros de obsidiana, figuras que pertenecieron a los mayas que de aquí salieron para fundar la gran Chichen-Itza. Después llegaron los españoles que en 1544 por orden del Emperador Carlos V, se fundó la Villa Salamanca de Bacalar; Inglaterra siempre quiso apoderarse de estas tierras, por eso la Nueva España construyó el fuerte de Bacalar. Desde 1544 Bacalar venía siendo, a pesar de los piratas ingleses, lugar de comercio próspero y exitoso, pero después de la independencia de México, durante la “guerra de castas”, Bacalar en 1858 quedó completamente arruinado..

En este lugar no habían instituciones bancarias a dónde guardar el dinero, todavía no aparecía el papel moneda (billetes)… se utilizaba efectivo en oro o plata, metales muy pesadas para transportar; así es que con las prisas de salir corriendo y salvar la vida ante los horrendos crímenes que hacían los campesinos mayas, los ricos comerciantes y hacendados escondieron sus joyas y dinero enterrándolos en lugares insospechables, y toda la población que eran cerca de seis mil personas huyeron para Centroamérica.

Casi 60 años después cuando volvió la calma, los que habían escondido sus riquezas ya habían fallecido y nunca pudieron regresar a Bacalar. A principios de los años treinta de este siglo veinte, pocos éramos los repobladores, creo que no llegábamos ni a cien, lo que sobraba eran un montón de casas todas de piedra con los techos ya vencidos, paredes por caer, sin puertas ni ventanas; yo mismo agarré una afuera del poblado que parecía haber sido una hacienda. Nunca vi inmueble alguno sin paredes ensangrentadas… estaba claro que los indígenas mayas masacraron a los mestizos de habla hispana… guerra entre yucatecos donde el gobierno federal de don Porfirio Díaz tuvo que intervenir enérgicamente o el sureste se desintegraba.

Ya en Bacalar empecé haciendo agujeros en mi propia casa, la dejé toda picoteada y no encontré nada, seguí con los vecinos… y no encontré nada… me compré un equipo ingles detector de tesoros… y nada. Pero ocurrió que en una de las casonas que está cerca de la Iglesia de San Joaquín, le había salido un árbol al interior de lo que creo fue la cocina, que ligeramente dejaba al descubierto angostos escalones que conducía hacia un sótano, de primero creí que se trataba de un sótano, pero luego vi que era un túnel.

Prendí mis lámparas y viaje por el túnel, calculo que fui a dar afuerita de la destruida Iglesia de San Joaquín… noté que una escalera de madera ya podrida apuntaba hacía arriba impidiendo una pesada losa la salida. No estaba errado, el mismo tipo de losa que vi al interior del túnel, era el mismo que ya estando por fuera vi en el área verde de la iglesia, que por cierto habían varias lápidas de clérigos sepultados ahí. Al siguiente día muy de madrugada empecé a recorrer el túnel y llegué al fuerte de Bacalar, entré a un amplio sótano húmedo que me pareció haber sido bodega; el asunto es que no pude salir subiendo los escalones porque alguna vez hubo un derrumbe que taponeó el paso. Me regresé y seguí otra ruta que pasando frente a la Iglesia de San Joaquín llegué hasta las ruinas españolas de un altísimo mirador donde se veía bien toda la laguna, muy especialmente a lo lejos un lugar que le llamaban el ‘Canal de los Piratas’. Me quité de ahí porque ya era muy noche, lo importante es que había encontrado otra entrada o salida del túnel.

Hasta ese momento mis conclusiones fueron: esos edificios de la época colonial se comunicaban entre sí por túneles o sacscaberas, que el sacscab o tierra blanca muy probablemente fue utilizada como polvo de piedra para hacer las construcciones; que el sistema de oxigenación era a través de pozos que iban a un lado del túnel con discretas perforaciones que hacían circular el aire; esos túneles debieron haber sido perfectos escondites contra las invasiones de los piratas inglese. Cabe aclarar que a finales de 1931 había por Decreto Presidencial de Pascual Ortiz Rubio, dejado de existir el Territorio de Quintana Roo, quedando el norte para Yucatán y el sur para Campeche.

Desde bien temprano, al día siguiente llevé mi comida ya que no pensaba salir sino hasta que recorriera todas las rutas del túnel. Con la emoción de mi búsqueda de tesoros, ni cuenta me di que ese día era la navidad de 1933, y yo sin saberlo metido en el agujero, y lo peor es que una amiguita de nombre Alba me había invitado a pasar la navidad en su casa. Alba en una ocasión me dijo que tuviera mucho cuidado en esos túneles, porque ella sabía que habían pumas ahí; yo nunca vi esos gatos, lo que sí me encontraba cada veinte metros era con tarántulas, alacranes y un que otro coralillo, hasta parecían trencitos arrastrándose en la obscuridad.

Además ese 24 de diciembre los poquitos policías que habían estaban muy entretenidos peleándose con las viejas “mochas” que se negaban a que el Santo Patrono de Bacalar fuera llevado a la capital de Campeche, dizque porque allá los campechanos le arreglarían su bracito del santito que estaba quebrado. Pobres polis, los apedrearon que ya mero y los matan… y a mí se me figura que por miedo los campechanos dijeron que el santito pesaba un chingo, y que por eso no lo podían cargar… el viejerío empezó a llorar y gritaban que San Joaquín no se quería ir de Bacalar. Años después ya en Payo Obispo con uno de esos policías me hice compadre, y éste nunca negó que estuvo pegado al piso San Joaquín… constantemente yo le cuestionaba: ¿no será que el temor les hizo creer que no podían moverlo?. Una vez ya pedísimos le quise sacar la sopa, y encabronado me mentotió la madre en maya: —“Mira pela-ná de mier… , ya no me dijo compadrito, ¿tú piensas que esas mugrosas viejas nos iban a meter miedo?, te digo que ocho policías no lo pudimos ni siquiera arrastrar, si quieres creerlo qué bueno, sino ya sabes por favor deja de estar fregando”… Por culpa de San Joaquín ya mero y pierdo a mi compadre Silverio. Pero volviendo a lo del túnel, mientras allá afuera estaba tremenda trifulca religiosa, yo seguía como ratón dentro del túnel… se empezó a hacer de noche y la poquita gente celebraba su navidad. Sonaban algunos cohetes y palomitas, algunos borrachos hacían sonar sus escopetas y otros sus pistolas- Yo no quería salir, estaba picadazo recorriendo el obscuro lugar. Una de las casas cuyos escalones se encontraban limpiecitos me llamó la atención, subí y me asomé, me di cuenta que arriba de mi cabeza había una cama que sonaba “chaca chaca’”; con la cama ahí atravesada dificultaba el paso… entre risas, besos y celebrando con un pollo asado, los amantes pasaban felices la navidad. En eso que llega el marido, rápidamente la mujer sin saber qué hacer aventó el pollo por debajo de la cama, yo me eche a correr cuando quitaban la cama; enseguida el amante escapó huyendo por el túnel y se metió a una casa vecina… el amante era el vecino. ¡Yo lo vi todo!, con tremendo pistolón el marido corrió parte del incómodo túnel pero con tan mala suerte no logró limpiar su honra… qué bueno que no me vio sino me mata, y yo que a la mujer ni la uñas le vi. Francamente desaparecí del lugar, los gritos de la mujer pidiendo auxilio me hicieron correr más rápido. Al otro día la curiosidad me llevó al inmueble donde ocurrieron los hechos, fue fácil dar con el lugar; entre la gente arremolinada sacaban el cadáver baleado y acuchillado de la pobre mujer. Las autoridades policiacas dijeron que por robarle a la dama sus joyas la asesinaron, y es que como la señora tenía fama de haber encontrado un tesoro en esa misma casona donde vivía; acusaron del crimen a un jovencito chiclero de apellido Santos con el que también la fémina tuvo amoríos… Pero éste último no fue el que la mató, ¡yo lo supe todo! y sin poder hablar…. Fin de la Tercera Parte.

Continuará mañana la cuarta y última parte.

Si desea leer los capitulos anteriores de estra novela aquí los enlaces a ellos:

Primera Parte

Segunda Parte

Última Parte y final

 

 

 

BravoCuando Yucatán y la República entera esperaban, después de la cruenta y costosa campaña contra los mayas, que el territorio recuperado fuera invadido, no por fuerzas guerreras que esparcieran la muerte y el exterminio por doquiera, sino por verdaderos ejércitos de obreros que con su trabajo devolvieran a aquellas tierras, antes feraces y exuberantes, el movimiento y la prosperidad que otrora tuviesen; todas esas esperanzas y todas la promesas se vinieron abajo  al convertirse Quintana roo, por error criminal del porfiriato,  en colonia penal o tierra de exilio.

Así, en efecto, “el cuerpo de obreros”, nombre inocente tras el que se ocultaba todo el horror de un verdadero Instituto de Relegación, fue engrosado año con año con diputados, sacerdotes, políticos, periodistas, comerciantes, y posteriormente, con familias enteras de zapatistas, todos desafectos al régimen del General Díaz, enviados al “destierro”,  con desalmados criminales perfectamente clasificados en otros presidios del país, a quienes era necesario imponer más fuerte y eficaz “correctivo”.

Entre los desterrados o relegados se contaron  el entonces Teniente Coronel don Octaviano Solís, jefe de la escolta personal del apóstol don Francisco I. Madero; don Ángel Rodríguez Cabo,  un periodista apellidado Fierro, don Leonel López, hermano del señor General Héctor López, y una hermana del señor General Eduardo Neri, así como muchas otras personas de valer, que prefirieron soportar inenarrables humillaciones antes que doblar la espina ante el déspota cruel.

El General Bravo, soldado de energías inquebrantables, cortado en el viejo molde de la ciega e incondicional disciplina, supo desempeñar admirablemente su papel de frio y desaprensivo instrumento de la Dictadura, pues enganchó a numerosos delincuentes del orden penal y a infinidad de reos políticos, con destino a los lejanos hatos chicleros, de los que muchos de aquellos infelices no volvieron jamás, pues sucumbieron víctimas del paludismo o la mordedura de las víboras, o del rebenque o la carabina de los inhumanos capataces; o los destinaba junto con negros beliceños alquilados para el efecto, a abrir caminos entre los matorrales calcinados, en la que millares de desdichados encontraron la muerte víctimas de la celada de los indígenas que no desaprovechaban ninguna oportunidad para vengar el despojo de Chan Santa Cruz.

Un traidor, cuyo nombre no debe estamparse en esta líneas, conocido como “El Chacal” y que para vergüenza de la República ocupase la Presidencia de México, por sus fieros instintos, siendo entonces coronel, abrió gran parte del camino que une a Santa Cruz con el puerto de Vigía Chico, en el que luego fue tendida la línea del ferrocarril, a cañonazo limpio, ametrallando sin piedad a los indígenas que, en un esfuerzo desesperado pretendían evitar que las fuerzas colonizadoras  del General Bravo continuaran invadiendo sus dominios.  Este que había logrado su propósito de hacer creer a las autoridades federales que Quintana Roo era un infierno, ya había desmantelado el campamento “General Vega”, que bajo magníficos auspicios había iniciado el señor General José María de la Vega, logrando que el ameritado divisionario fuese llamado a México y desvinculado de la cuestión social y  militar de Quintana Roo, a cuya pasificación se había dedicado el honorable militar aludido, aunque sin derramar sangre.

De la misma manera, el señor General Bravo consiguió que aquella famosa partida “K” del presupuesto de guerra de la nación, tuviese largos e inagotables capítulos destinados a la campaña de pacificación de los mayas en el Sur, y de los Yaquis en el Norte; cantidades exorbitantes, que según declaraciones de quienes conocen el problema a fondo, y que aún viven, nunca se destinaron íntegras a su objetivo, esfumándose en otros fines.

El General Bravo quiso matar a su propio hijo.

Con motivo de una fiesta social organizada por familias residentes en Santa Cruz fue invitado el teniente Tomás A. Bravo, hijo del General y miembro del Estado Mayor de éste. El teniente, joven de 18 o 20 años, deseando congraciarse con la sociedad, ordenó que la banda de música de la jefatura fuese a amenizar el festival. Y así fue. Más a los primeros acordes el General Bravo, que se hallaba en el cuartel que al mismo tiempo le servía de habitación, cerca del parque, preguntó, lívido de cólera a su jefe de estado Mayor, un señor Zapata: ¿Quién ordenó a esa música que toque? a lo que el interrogado respondió al punto: El teniente Bravo mi General. Tráigamelo inmediatamente vivo o muerto, ordenó el viejo militar con voz ronca, y dando zancadas se puso a recorrer la pequeña pieza en que se encontraba, tremulante de indignación.

Aunque el teniente Bravo quiso resistirse a acatar la orden que le transmitía el mayor Zapata, éste le convenció para que lo acompañara a ver a su señor padre. La música cesó de tocar.  Ya frente al autor de sus días y cuadrándose militarmente exclamó: A sus órdenes mi General. El General Bravo, temblando aún de cólera, le interrogó. ¿Quién le ordenó sacar la banda? Nadie mi General, respondió al punto el teniente. Desenvainando el sable, que siempre portaba el viejo General Bravo interrumpió a su hijo con una frase cortante: ¡Yo no soy su General, Hijo de tal por cual, soy su padre!, al mismo tiempo que le asestaba furiosos planazos en los brazos y las costillas. El muchacho respondió entonces ¡Papacito! Pero ya el General enervado, sin cesar de golpearle, le respondía: ¡Yo no soy su padre, hijo de tal por cual,  soy su General!

Fue en fin, tan brutal y violento el acceso de cólera que se apoderó de él, que por tres veces el General Bravo se tiró a fondo, sable en ristre, tratando de cruzar al joven teniente de parte a parte; pero como éste esquivara el golpe ágilmente, el arma del General fue a incrustarse por tres veces consecutivas en los tabiques de la delgada madera del cuartel. Fue necesario que los oficiales retiraran al muchacho a viva fuerza para que el señor General Bravo no consumara el asesinato de su propio hijo.

¿Qué intereses movían a los mayas sublevados?

El señor General Ignacio A. Bravo es acusado además de haber mantenido un entendimiento secreto con los principales jefes indígenas de la región, mediante el cual éstos no dejaron nunca de hostilizar a las fuerzas federales al mando directo del citado militar, al que siempre respetaron y temieron los indígenas, tanto que nunca fue molestado ni asaltado en ninguno de sus frecuentes viajes a Peto, Yucatán, o de Bacalar a Santa Cruz, entrando a ésta por la parte oriental de la península, mientras que, conociendo oportunamente sus ausencias, los mayas, mantenidos en pie de rebelión por él, asestaron golpes mortales a retenes o columnas volantes de soldados federales, muchos de los cuales fueron horrorosamente, descuartizados, colgados de los altos zapotes o las gruesas caobas, descoyuntados o víctimas de las peores vilezas que la palabra escrita se resiste a relatar.

Nunca el señor General Bravo aparentó dar crédito a estos informes, aceptando, cuando mucho, que los indígenas cometiesen esas atrocidades a condición de que habían sido atacados, y siempre renovaba la orden de no hacer fuego sobre aquellos, castigando severamente al que infringía sus inexplicables órdenes al respecto.

Por eso, precisamente, se interpretaba como sentencia de muerte inapelable, la orden de que determinados elementos, civiles, relegados o militares, fuesen a “abrir brecha”, pues perecían de insolación, de sed o fusilados por la espalda.

El 4 de junio de 1914, hallándose en el Pedregal de San Ángel, Distrito Federal, los entonces coroneles Héctor Fierro y Leonel López, reconocieron e hicieron fusilar a un cabo de apellido Bolega, usado por el General Ignacio A. Bravo en Santa Cruz como instrumento para sorprender a los militares, que habiéndose dado cuenta de sus maniobras, podrían convertirse en delatores de su innoble y criminal conducta.

Estas son las terribles verdades concretas que pesan sobre la actuación del General Bravo en Quintana Roo, el cual se estremece y tiembla al solo recuerdo de aquellos días de envilecimiento y cobardía…

Gabriel A. Menendez.

Santa Cruz en 1915

Aspecto del día de la salida del General Ignacio A. Bravo de Santa Cruz, 1912.

Hasta el año de 1912, en la persona del General don Manuel Sánchez Rivera, enviado por el presidente don Francisco I. Madero como gobernador de Quintana Roo, llegaron principalmente al desdichado Territorio, entonces a Santa Cruz de Bravo su capital,  los primeros alientos libertarios de la Revolución iniciados el 20 de noviembre de 1910.

El General Sánchez Rivera, militar pundonoroso y hombre de honradez inmaculada, recibió del señor Presidente Madero el encargo de trasladarse a Quintana Roo a liberar del oprobio y la vergüenza de la “relegación” aquella entidad abandonada al capricho del General Ignacio  A. Bravo. Aunque éste y el General Sánchez Rivera  se conocían, mediaba un abismo entre los dos, pues el primero había sido un incondicional del régimen  porfirista, ya derrumbado, mientras el segundo con los señores general Francisco Naranjo y Jerónimo Treviño, fueron vistos  con mucha desconfianza por el dictador tuxtepecano, a quien juzgaban como un detractor de la república.

Durante 35 años el General Sánchez Rivera fue privado del mando de fuerzas, no obstante ser compadre de don Porfirio, así que, al estallar la Revolución maderista, tanto él como los generales Naranjo y Treviño,  se adhirieron  al movimiento, no solo por la amistad  que los ligaba con el padre de la democracia mexicana, sino  por sus hondas y arraigadas creencias cívicas.

Libertad a los relegados.

Transportado a Vigía Chico el General Sánchez Rivera, y a pesar de sus 64 años, de ir acompañado de tan solo 50 hombres de las fuerzas maderistas, mal armados de viejos Remington, pudo hacerse respetar del General Bravo, que con fuerzas de los batallones  26º  y 31º, aunque no se había señalado como enemigo de la revolución naciente, tampoco  parecía muy conforme con el cambio de Gobierno. El General Sánchez Rivera tenía instrucciones terminantes de enviar a la capital de la república al General Ignacio A.  Bravo,  quien,  después de  dos o tres días de conferencias, empeñó su palabra de honor de que se presentaría en la capital. Promesa que cumplió fielmente. Más,  antes de su salida,  el General Sánchez Rivera hizo concentrar en Santa Cruz a todos los deportados y reos políticos,  muchos de los cuales se hallaban en hatos chicleros abriendo brecha en los caminos que conducen a Bacalar y Peto; y aprovechando el aniversario de la Independencia Nacional, pues era el 16 de septiembre de 1912, arengó a los presentes exponiendo que con la Revolución del  señor Madero llegaba la libertad para las víctimas políticas de la dictadura, para lo cual proporcionaría, pasaportes, pasajes y dinero a quienes lo deseasen. Seguidamente, en pleno parque de Santa Cruz,  se sirvió un banquete al cual hizo sentar, sin excepción, a todos los que habían padecido los vejámenes del régimen caído. ¿Cómo relatar el tremendo alborozo de aquellas almas condenadas en vida a soportar las más cruentas privaciones y los despotismos más humillantes, y el júbilo de aquellos hombres esqueléticos,  incrédulos de que la realidad que se ofrecía ante sus ojos era muy distinta de la que esperaban?

Esa Noche,  inolvidable para los relegados, el comandante don Gabriel H. Carvallo,  que era de los más jubilosos, abrazando una vieja guitarra, fue a trovar a las puertas del cuartel en que todavía se encontraba el anciano general Bravo esperando el nuevo día para viajar a Vigía Chico, y de allí a Veracruz. Y le cantaba así: Yo tuve un águila y se me voló, yo tuve un águila y me abandonó. Era sordo y terrible el rumor que se escapaba de todos los pechos. Los  relegados estaban allí libres de cadenas ignominiosas y querían vengar las dolorosas afrentas que la dictadura les había inferido. Pero el señor General Sánchez Rivera, hombre de honor y de corazón bien puesto, no podía tolerar un atentado. Y el general Bravo se fue sin ser molestado por nadie. Se fue de su ciudad. De la ciudad que había hecho maldita,  para no volver más. Pero se fue su cuerpo, se fueron su sable y sus charreteras, porque su alma quedó presa en la malla que el mismo había tejido. Y su alma,  atormentada aún, en vaivén trágico, quizá turbe la paz de los campamentos  de Chan Santa Cruz y haga crujir los grilletes del recuerdo  que lo apresan, con furor epiléptico al pasado…

El señor General Sánchez Rivera, ayudado eficazmente por el entonces Secretario General de Gobierno,  señor  Enrique M.  Barragán, que a pesar de sus  quince años ya era un  muchacho impetuoso,  pero con impetuosidad dinámica y constructiva, se dedicó con ahínco a corregir los graves defectos de que adolecía la administración del general Ignacio A. Bravo. Tuvo acuerdos con el general indígena Miguel Cahuich y con los principales jefes  mayas,  de quienes supo de viva voz,  de la infamia de que no podían estar en paz porque así lo quería el jefe Bravo.  Entonces se comprobó plenamente que la pacificación indígena tenía mucho de fantástico y que el plán preconcebido del señor general Bravo, y perfectamente ejecutado, era el de hacer creer a las autoridades federales que Quintana Roo era un infierno y que solo él, pacificador de los indios, podía mantenerlo a raya.

El general Bravo manejaba a su antojo,  a los hasta ayer insurrectos indígenas mayas,  y así se repetía la historia de los conquistadores hispanos, y después la de los logreros de la política yucateca.  La verdad era,  que a excepción de unas cuantas tribus mayas,  que si guardaban actitud hostil ante los blancos, las demás ya no tenían ánimo de seguir batallando. Ni ánimo ni armas, pues con la recuperación de Bacalar, realizada en los últimos años del siglo pasado por el General José María de la Vega,  luego con la fundación de Payo Obispo por el hoy contralmirante Othón P. Blanco,  los colonos ingleses de Belice,  de ingrato recuerdo histórico,  ya no ejercían el ilegal comercio de armas con nuestros mayas, miles de los cuales ya se habían trasladado,  con todo y bagajes,  a la colonia de Honduras Británica.

Era tal el estado de abandono en que se encontraba Santa Cruz que los médicos militares, a quienes llevo en su expedición el general Sánchez Rivera, entre éstos los doctores José Gómez Arroyo y J. Pérez Castillo, no encontraron una gota de yodo, ni una pizca de algodón, ni una píldora de quinina, en el hospital en cuyo abastecimiento tantos millares de pesos había gastado la nación.

Llamado que fue por el señor Madero, el general Sánchez Rivera embarcó para México, sustituyéndolo el gobierno de Quintana Roo el entonces Coronel, luego General, don Víctor M. Morón, quien luego entregó la administración territorial a un cumplido caballero, el culto, inteligente y dinámico general don Rafael Egula Liz, con quien continuó colaborando como Secretario General de Gobierno el señor Barragán.

También gobernaron Quintana Roo, en distintas épocas y circunstancias, los señores Generales Arturo Garcilazo de La Vega, Carlos A. Vidal y don Armando Aguirre y Santiago, este último fue quien en 1925 produjo un largo y bien documentado informe acerca del Territorio; el coronel Librado  Abitia,  el profesor Librado Garza, el escritor don Antonio Ancona Albertos, y otros políticos cuyo recuerdo no conserva Quintana Roo. En 1917 el primer jefe del Ejército Constitucionalista, don Venustiano Carranza designo Gobernador del Territorio al ya general don Octaviano Solís con estas palabras:  “Ya estuvo usted como relegado en Quintana Roo, ahora va usted como Gobernador”.

El señor Solís gobernó honrada y patrióticamente, procurando con muy buen éxito la amistad de los nativos , y consolidó la relación de estos con el Gobierno Federal. Además logró convencer al entonces principal cacique indígena, el general Francisco May, de que no era hijo de la Rubia Albión sino maya mexicano. Efectivamente, aquel tristemente célebre explotador de sus hermanos de raza, estaba en la creencia de que era súbdito inglés, no obstante ser maya, apellidarse May y no conocer ni una sílaba del idioma  de Lord Byron.

El General May en México.

El General Solís, obrando de buena fe y con sentido revolucionario trajo a la ciuda de México al general Francisco May y algunos miembros de su “Estado Mayor”; lo presento con el primer jefe don Venustiano Carranza, quien le reconoció aquel alto grado, le hizo varios obsequios y le ofreció  una exhibición de la entonces naciente fuerza aérea, hecho que a May y sus lugartenientes les causaron singular impresión. Además el Primer Jefe le obsequió dinero en efectivo.  Los hermanos mayas, mal aconsejados y peor dirigidos en la ciudad de México se contagiaron el gran mundo de la ciudad.

El General May cargó con una mujerzuela, y sintiéndose el hombre más dichoso del mundo, olvidó la dura realidad de sus hermanos que lo aguardaban agazapados en su miseria tropical. Así fue como al llegar al puerto de Vigía Chico con su preciosa carga humana se le rebeló la multitud. May pidió entonces al General Solís “que batiera a sus hermanos mayas y los quemara vivos” pero el mandatario hábilmente  se limitó a solo darle garantías. Poco tiempo después el general May, convencido de que podía costarle la vida tal aventura, abandonó a la joven capitalina, quien acongojada y temerosa se regresó como pudo a la ciudad de México.

Es importante destacar que hasta 1915, Santa Cruz fue una ciudad de importancia cierta, con casi cuatro mil habitantes, numerosas casa comerciales y magnífico porvenir. En dicho año, por disposición del General Salvador Alvarado,  entonces gobernador y comandante militar del estado de Yucatán y el Territorio, la plaza  fue entregada a los nativos, encabezados por el general Francisco May,  quienes destruyeron con dinamita el magnífico aljibe público que había construido el general Bravo; incendiaron los carros de ferrocarril de Vigía Chico a Santa Cruz, descarrilaron las locomotoras, y en su afán de aislarse nuevamente de la Península y la República, destruyeron también todas las líneas telefónicas y telegráficas existentes.

Por entonces, 1915, y a raíz de estos sucesos se habló en Yucatán de una nueva sublevación indígena, circunstancia que motivó la inmediata salida de varios batallones de fuerzas federales de Mérida, rumbo a Santa Cruz con objeto de reprimir cualquier pronunciamiento de los aborígenes.

Gabriel A. Menendez.

 

 

El General Francisco A. Bravo

Estoy en Santa Cruz de Bravo, es un lunes  18 de febrero de 1935. Subo por una corta escalinata de piedra. Hay un tufillo con humo de leña verde. Nuestros indígenas están reunidos tratando asuntos de  sus tribus. Interrogo en maya la lengua nativa, como respuesta solo silencio y vuelvo a interrogar: Quiero platicar un momentito  con el comandante Sóstenes Mendoza.  Los hermanos indios me miran de pies a cabeza. Quizá mi indumentaria semi militar ha hecho despertar su desconfianza tradicional. Insisto diciendo: No crean ustedes que soy el jefe de la partida. Vuelven a mirarse y se sonríen. Aprovecho la circunstancia y agrego: Tampoco vengo a robarles su chicle. Hasta entonces uno de los indígenas contestó en castellano, presentándome al comandante solicitado por mí. Éste es él, jefe de la tribu de Chancáh, pero no habla nada de castellano.

Tiendo la diestra a Sóstenes Mendoza. Mi acompañante, Porfirio Ramírez Ávila, que desempeñaba accidentalmente la Secretaría de la Delegación de Gobierno y se ha brindado gustoso a acompañarme,  previamente instruido por mí, pregunta en el idioma nativo al jefe maya:

¿Es cierto que tú no eres nativo de esta región? Efectivamente, responde Mendoza: pero desde muy niño caí en poder de los que hoy son mis hermanos, y esto fue en una ocasión hace 75 años,  (1860) poco más o menos, en que mis hermanos atacaron la plaza de Peto. Yo iba en aquella ocasión acompañado de mi padre a una milpa cercana de aquella población. El ataque nos sorprendió en pleno monte habiendo sido aprendido mi padre, y yo conducido por otro grupo a u lugar que después supe se llamaba Xpichil, a tres días de camino de Peto. De ese sitio me llevaron Nohcá, pequeña población de la tribu que existía antes  que el actual camino entre Santa Cruz y Santa Cruz Chico fuese abierto. Como el idioma maya era y es el mío, desde entonces pude darme cuenta de que mis hermanos no trataban de matarme, aunque si acordaron cambiarme el nombre, pues el mío propio no es el de Sóstenes Mendoza, sino el de Hipólito Vázquez.

¿Volviste a saber algo de tus padres y amigos? Nada más.  Lo único que logré averiguar algunos años más tarde es que vivía en Peto un hermano mío llamado Patricio Vázquez, al que no he vuelto a ver jamás.

¿Qué noticias tienes de la vida civilizada que llevan tus hermanos de otras regiones cercanas, como Yucatán por ejemplo? Sé que llevan una vida mejor que la nuestra, pero yo ya estoy habituado de tal manera a la mía, que no puedo abandonarla, como tampoco puedo abandonar a mis hermanos.

¿Cuáles son tus medios de subsistencia? La agricultura y el chicle. Durante la mayor parte del año me dedico a la cría de animales domésticos. ¿Qué familiares tienes? Dos hijas que viven a mi lado y un muchacho de cuya suerte no he vuelto a saber palabra desde hace siete años, o sea, desde 1928. Ahora debe tener unos veinte años. Un grupo de chicleros que trabajó en las cercanías de mi pueblo, procedente de la Colonia Inglesa me lo sedujo.  Sé que mi hijo, llamado Pedro Mendoza, estuvo en Payo Obispo y en la Colonia Inglesa de Belice. He ido hasta Corozal y Belice tratando de encontrar  a mi muchacho. Pero hasta hoy todo ha sido en vano.

¿Qué cargo tenías en tu tribu cuando la llegada del General Bravo a Santa Cruz? Era sargento. Mis hermanos quizá dándose cuenta de mi amor a la raza, fueron dándome cada día más poder, habiéndome ordenado que hiciese resistencia a las fuerzas del Gobierno en Okob, a 25 leguas de Chan Santa Cruz. Apenas el General Bravo acababa de salir de Peto, hallándose a 17 leguas al Sureste con intenciones de dirigirse a Chan Santa Cruz. Más de doce semanas detuvimos la marcha del General Bravo, habiendo sabido que se trataba de éste militar porque logramos rescatar a algunos hermanos nuestros que fueron hechos prisioneros por aquel.

¿Por qué hicieron ustedes resistencia al General Bravo? Porque sabíamos que él y sus fuerzas querían acabar con nosotros. Dejamos de atacarlo seis meses después en un lugar llamado Xpecmacho, hoy Sarteneja Verde, debido a la epidemia de sarampión que comenzó a diezmar nuestras fuerzas. Entonces el General Bravo avanzó con las suyas, sin ser molestado por nadie, hasta un sitio denominado Nohpop en donde permaneció algunos días observando.

¿Cómo tomó el General Bravo Chan Santa Cruz? Como antes te dije, nuestras fuerzas se replegaron hacia las rancherías de la montaña acosadas por el sarampión. Por esos días una de las bestias de carga de las fuerzas del General Bravo escapó, y uno de los arrieros, siguiendo las huellas del animal, llegó hasta Chan Santa Cruz, encontrando la plaza de la población, que estaba totalmente abandonada por nosotros,  a su mula pastando. Inmediatamente regresó el arriero a su campamento informando al General Bravo de esa novedad. Y al día siguiente, sin resistencia de ninguna clase, las fuerzas del General Bravo tomaban posesión de nuestra plaza. No se disparó, según recuerdo, un solo tiro en esa ocasión, hasta pasado un año que logramos reponernos, reiniciamos la ofensiva en contra del General Bravo, quien ya había iniciado la apertura del actual camino de hierro de Santa Cruz a Vigía Chico. Las explosiones de las bombas de dinamita, nos hicieron saber, recordar mejor dicho,  que nuestros enemigos nos habían despojado de todo lo que nos pertenecía. Así se reinició la defensa de nuestros derechos, defensa en la que perecieron miles de hermanos nuestros.

¿Se sometieron ustedes, por fin, a la autoridad del General Bravo? Nunca porque el General Bravo nos asesinaba sin piedad. Cuando en 1915, una comisión enviada por el General Salvador Alvarado nos entregó Chan Santa Cruz, “depusimos nuestra actitud intransigente”.

El General Indígena Francísco May Pech, a quien le fué entregada Chan Santa Cruz en 1915 por órdenes del Gral. Salvador Alvarado, y quien firmara el tratado de paz con el General Siurob en 1929

¿Por qué incendiaron y destruyeron ustedes en 1915 esta población? Sóstenes Mendoza baja la vista y rehúye la respuesta, en la que yo insisto. Luego se queda mirando uno a uno a sus hermanos de raza, quienes  le siguen detalle a detalle la conversación, y solo me responde: No es cierto que nosotros hubiésemos destruido Chan Santa Cruz. El Secretario de la Delegación que me acompaña me hace señas evidentes que no continúe con esas preguntas pues los indios ya murmuran. Para enmendar mi táctica arguyo: Por allí por Peto se dice que fue el General Garcilazo quien destruyó el ferrocarril de Vigía Chico: y que sus fuerzas, al desalojar Chan Santa Cruz, dinamitaron el mercado.

Digo esto a sabiendas que fue el General May, quien al sentirse otra vez dueño de la comarca, en su afán de aislarse del resto de la República, hizo desaparecer los vestigios civilizadores que había dejado el General Bravo. Entonces Mendoza no responde solo afirma con la cabeza.

¿A qué gobernadores del Territorio recuerdan ustedes con más afecto? Al General Solís que fue muy buen amigo nuestro. Nos obsequió cuanto quisimos y cuanto pudo: Ropa, sombreros, alimentos, útiles de trabajo y demás; todo lo cual nos fue entregado en el puerto de Vigía Chico. Con táctica encomiable el General nos invitó a un viaje hasta México en 1917, a los principales representantes de nuestras tribus, y naturalmente, el prestigio que logró conquistar entre nosotros perdura hasta hoy. Obtuvo toda nuestra confianza porque siempre obró con rectitud, de buena fe, y jamás nos perjudicó ni persiguió. Si el General Solís hubiera venido a Quintana Roo el siglo pasado, no tendríamos que lamentar la muerte de tantos miles de hermanos. Después, del jefe Siurob no tenemos sino recuerdos muy cariñosos, pues siempre nos llevaba del brazo y era muy cordial y atento con todos. Cuando usted vea al General Siurob, estréchele la mano en nombre de los indios de Chancáh. Allí no lo olvidamos.  Varios eran los jefes reunidos que asentían con la cabeza demostrando que las palabras del comandante Mendoza decían la verdad y solo la verdad. Y para cerrar nuestra plática les preguntamos que esperaban del actual Gobierno del Territorio, habiendo respondido que esperaban garantías y seguridad para sus intereses, confiando que sus bosques, considerados montes comunales, no serían invadidos por aventureros y explotadores que solo van a restarles medios de vida y a expoliarlos y engañarlos sin consideración.
Gabriel Antonio Menéndez.

Mapa de la zona donde se desarrolla esta historia

Parte muy importante del territorio de Quintana Roo, porque encierra aún al núcleo maya más fuerte de la región, es la antigua y célebre ciudad de Chan Santa Cruz, después “Santa Cruz de Bravo” y actualmente llamada Felipe Carrillo Puerto, merced a un decreto de la H. legislatura Yucateca expedida en 1932, cuando esa parte del territorio fue reincorporada al Estado de Yucatán.

Chan Santa cruz que como hemos visto surgió hacia Noviembre de 1850de un hecho casual realizado por un ex soldado de las fuerzas Yucatecas, José María Barrera, fue hasta fines del siglo pasado reducto casi inexpugnable de los indómitos hijos de los “Cocomes” y “Cupules” quienes, si bien eran desalojados repetidamente de dicha población, volvían a recuperarla a sangre y fuego y a repoblarla y re fortalecerla rápidamente. La distancia de 158 kilómetros que separa a Santa Cruz de Peto, última población del sur de Yucatán,  y el hecho de encontrarse aquella enclavada  en el corazón de las selvas quintanarroenses fueron causa de que los insurrectos se hicieran fuertes en Chan Santa Cruz y que ni las fuerzas federales ni las del estado hubiesen vuelto a hostilizarlos seriamente desde 1872, permaneciendo prácticamente segregados de la república y del control social y político de la misma.

Nuevo asedio a Chan Santa Cruz.

Hacia 1895, siendo jefe de la zona militar de Yucatán  el señor general Lorenzo García, fuerzas del 6º y 22º batallón y tres compañías de guardias nacionales iniciaron nuevas campañas de sometimiento, pero un año después, en Marzo de 1896, fuer suspendido el avance que había llegado a Dzonotchel  a 20 kilómetros de Peto. Hasta Marzo de l898 y al mando del coronel  Juvencio Robles el resto de aquellos batallones federales reforzó a las fuerzas expedicionistas dotándolas de una pieza de artillería de tiro rápido y más de 400 trabajadores , así como oficiales e ingenieros quienes hacían desmontes , abrían caminos, levantaban trincheras y reductos, y tendían líneas telegráficas hacia Peto. El avance era lento y penoso a causa de lo pedregoso y cerrado de los caminos, además de la falta de agua y la agresividad del sol tropical.

Rebeldes Mayas armados en su lucha por defender Chan Santa Cruz.

¿Cuando entra en escena el general Ignacio A. Bravo?

Ocupado Ichmul, antigua población situada a 38 kilómetros de Peto, el general García visitó las ruinas de la histórica Villa de Tihosuco sobre cuyo destruido templo izó la bandera nacional, replegándose enseguida a Ichmul donde fue sustituido en el mando por el general Ignacio A. Bravo quien acababa de llegar al mando de los batallones 1º y 28º, con cincuenta hombres de caballería y tres piezas más de artillería de tiro rápido, a las órdenes de los coroneles Ramón N. Ricoy y Enrique Alabat, capitán Aurelio Blanquet y tenientes Ruperto Ortiz y Ángel Villaseñor, entre otros.

En estas condiciones el general Bravo imprimió un nuevo y vigoroso impulso a la campaña continuando su avance hasta Chan Santa Cruz. Ichmul Balché y Okob fueron fortificados. En esta última población de Okob, 17 kilómetros de Peto, los insurrectos atacaron a las fuerzas expedicionistas, habiendo sido rechazados y perseguidos implacablemente. Ya los indios no formaban aquellos temibles núcleos bien organizados y mejor pertrechados de los años anteriores. Entonces fue cuando se inició francamente el avance hacia Chan Santa Cruz, objetivo principal del general Bravo, registrándose, según crónicas detalladas de la época, entre Santa María  y Obompich, a nueve kilómetros, dos reñidos combates. Y entre Obompich y Tabí, a 16 kilómetros, tres. Entre Tabí y Nohpob, a 17 kilómetros, 22 encuentros, uno de ellos tan encarnizado que hubo necesidad de repetidos y certeros disparos de artillería que hicieron grandes destrozos entre las columnas rebeldes, quienes al retirarse no dejaban en el campo a ninguno de sus muertos y heridos.

Tres años para tomar a Chan Santa Cruz.

En todos los combates los mayas en número de mil quinientos opusieron viva y tenaz resistencia, defendiendo su campo palmo a palmo, derribando árboles para obstruir el paso y parapetándose en fuertes y escalonadas trincheras, a pesar de las cuales sufrieron bajas considerables, tantas que preocuparon a su jefe principal, el general Juan Llamá, su gobernador. Pero en comparación con el armamento superior que  los expedicionarios usaban, y que les daba notoria ventaja sobre los insurrectos, es aterradora la cifra de los soldados de la República que sucumbieron a las enfermedades y privaciones, en ese largo y doloroso calvario de Peto a Chan Santa Cruz, población a la que entraron, por fin, victoriosamente sin disparar un tiro, pues se hallaba enteramente desierta el 3 de mayo de 1901, tres años después de haberse reiniciado formalmente las operaciones contra los nativos sublevados.

Estimando grandioso el triunfo del general Bravo, el gobierno impuso a la vencida y humillada Chan Santa Cruz el nombre de “Chan Santa Cruz de Bravo” el 10 de Junio de 1901, mientras los indómitos nativos, replegados al fondo de los bosques, mantenían vivo su odio en contra de los que según les habían hecho creer, eran los mismos que en las épocas aciagas de la colonia les arrebataron tierras y patrimonio; los mismos que posteriormente los usaron como carne de cañón en las contiendas comarcanas y siguieron haciendo escarnio de todos sus derechos. Posteriormente, como inicialmente mencionamos, en el año de 1932 el gobierno de Yucatán,  al que le pertenecía este territorio, le cambió el nombre a Felipe Carrillo Puerto como actualmente se llama.