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Vista del Palacio 1950En un lugar a orillas de una bahía y en la desembocadura de un rio, hubo una vez un pueblo, muy especial por cierto, pero que bien podría ser cualquier otro pueblo de la tierra, y hubo una vez un tiempo, que bién  pudo ser también otro  tiempo de la historia  Un tiempo en el que hubo mucho malestar, hubieron muchas acusaciones, hubieron muchas  injusticias y un tiempo en el que los reproches eran muchos y el pueblo se sentía irritado, indignado y muy quejumbroso  de todo cuanto habían padecido y soportado de sus líderes.

Un buen día, caminando por la rivera del rio un lugareños hizo un hallazgo.  El rio era uno que  todos llamaban Rio Hondo,  y  lo mismo había establecido límites  que llevado vida  y prosperidad a los lugareños  de aquel  remoto lugar de la tierra. Un lugar costeño poblado lo mismo por mayas, que por mestizos, ingleses y piratas.  De entre las piedras de aquel rio, se había encontrado un tesoro. Era una cajita bien sellada que parecía esconder algo muy secreto y muy antiguo, pues las piedras que escondían el hallazgo lucían gastadas y bruñidas,  denotando muchos años de estar guardando aquella diminuta e intrigante caja.

La noticia de la cajita del rio corrió como pólvora por el pueblo.  Conocer el contenido  despertó mucha inquietud y curiosidad entre los habitantes del pueblo. Se decía que la cajita era milagrosa, y que en su interior guardaba secretos ancestrales, secretos y recetas que curarían muchos males, y en especial esos que muchos padecían.  La gente decidió que la caja se abriera públicamente ante la presencia de todos. Así se hizo y la cajita fue llevada a la plaza pública, aquella conocida como la explanada de la bandera, a orillas de la bahía y muy cerca del muelle de la localidad.

Allí, ante el pueblo congregado en tumulto, la cajita fue abierta y su contenido dado a conocer.  En efecto, como muchos sospechaban,  la caja contenía un secreto, el secreto era una carta que al momento fue leída en voz alta a una  audiencia  que: lo mismo estaba  intrigada,  irritada y descontenta, que atenta  y expectante .  La carta decía así:

Señor, Si un día estuviera sofocado, lleno de ira, harto de los malos gobiernos, con deseos de vengar mi descontento e insatisfecho conmigo mismo y con el mundo a mi alrededor, solo pregúntame:

Pregúntame, si quiero cambiar la luz por las tinieblas.

Pregúntame, si quiero cambiar la mesa puesta, por los restos que tantos buscan en la basura.

Pregúntame, si quiero cambiar mis pies por una silla de ruedas.

Pregúntame, si  quiero cambiar mi voz, por las señas.

Pregúntame, si  quiero cambiar el mundo de los sonidos por el silencio de los que no oyen nada.

Pregúntame, si quiero cambiar el diario que leo y después echo a la basura, por la miseria de los que van a buscarlo para hacerse con él una manta.

Pregúntame, si  quiero cambiar mi salud, por las enfermedades de tanta gente.

Pregúntame,  si quiero vivir en paz con lo que he logrado, o en constante guerra por lo que me falta.

Pregúntame, si debo seguir sintiendo rabia o si debo buscar mi reconciliación sin negar tus enseñanzas.

Pregúntame, hasta cuándo no reconoceré tus bendiciones, para hacer de mi vida un himno de alabanza y gratitud y decir, todos los días, desde el fondo de mi corazón:

Gracias Señor por poder ver un nuevo día.

Mario.

Doña Rosa AbuxapquiMe entero de  la  triste noticia del fallecimiento de Doña Rosa Abuxapqui Abuxapqui, personaje del Chetumal de mi niñez que recuerdo con cariño. Doña Rosa nos  dice adiós y le da también el último adiós  a esta tierra que deja marcada con  la huella de todo cuanto ella fue en su niñez, en su juventud, y en su larga etapa de esposa fiel, viuda y madre amorosa.

Doña Rosa fue de talante enérgico, de mano franca y de corazón generoso. A  ella le tocó sola educar a sus hijos ante la muy temprana partida de su esposo y compañero. A ella el día de ayer la sorprendió un  inesperado   infarto al corazón que  ha terminado con su vida a sus  86 años. Ella con su sorpresiva partida es un miembro más que se va   de una numerosa como antigua  familia,  rica en recuerdos, anécdotas y en historias del Chetumal del ayer.

Una familia conocedora de nuestro génesis,  que fue creciendo, prosperando y arraigándose,  tanto a nuestros  inicios como a nuestros principios. Una familia que como la ciudad se fue moldeando desde aquel  viejo Payo obispo del  agreste Territorio Federal,  hasta  convertirse en lo que hoy es.

Doña Rosa es heredera de una estirpe pionera y legendaria de  gente  que se distinguió por su espíritu, por su trabajo y  por su tesón. Gente que dejó todo y desde remotas tierras vino a dejar todo  y a construir todo.  Doña Rosa  como hija de don Elías y doña Manuela, tomó de ellos lo mejor para integrarse a esta tierra y aquí formar  su propia familia. Así  se unió, a mediados de la centuria pasada, a su señor esposo para formar la familia Espinosa Abuxapqui.

Una familia muy nuestra  formada con los valores de un padre que falleció en un acto de heroísmo, al salvar de la muerte a una criatura,  y de una madre con los rasgos  de carácter y de lucha adquiridos en nuestra tierra.  Ella fue una verdadera guerrera especialmente dotada para la lucha. Hoy los dos, Doña Rosa y su esposo, se han ido, lo mismo que  su hijo Cristian, pero les sobrevive su primogénito aquel niño que durante el huracán Janet de 1955, protegiera entre sus brazos, desafiando el viento en aquella noche de oscuridad, de destrucción, de horror y de muerte. Quería con su niño alcanzar la Escuela Belisario Domínguez, en una angustiosa carrera desde aquella muy antigua juguetería de aquel ya muy viejo Chetumal. Aquella juguetería   era el “Quiosco López”,  ubicado en la Avenida de los héroes. Allí  nos atendía  su propietario y fundador, un viejecito tierno y juguetón que tocaba la armónica y nos enseñaba los juguetes, un hombre de su tiempo y personaje de nuestra infancia  que vivirá por siempre en nuestros muy gratos y muy dulces recuerdos. Aquel Viejito de lentes gruesos y de sonrisa amable era el  amigo de todos los niños y de todos los adultos  de aquel Chetumal de antaño. Don Ángel López había llegado a principios de siglo a la ciudad y comenzó su larga y exitosa carrera de comerciante  vendiendo sobre el camellón de la Héroes baratijas sobre una manta, una manta que  tiraba en el suelo y sobre ella su mercancía. A ese don Ángel  los niños,  y también los adultos,  le decíamos  con  mucho cariño “Don Chile Seco”. Su Juguetería tenía   una leyenda  que acompañaba a  su singular fotografía  que decía; “Este tipo vende de todo”.

Y retomamos la historia de Doña Olga con  su hijo en brazos luchando contra el viento, las láminas de los techos de las casas de madera, la oscuridad casi total, alumbrados  solo por la luz de los relámpagos, sorteando  postes de luz, cables del alumbrado público y zanjas tapadas por el agua de la intensa lluvia. Aquel torrencial aguacero cuyas gotas herían la piel como si fueran  tachuelas. Doña Rosa estaba, acompañada de la familia López y de su hermana Olga, su objetivo  era  alcanzar  la parte alta de la ciudad y refugiarse en la Belisario o en el hotel Los Cocos.

Ante la muerte que les amenazaba, en un  acto de desesperación y de angustia, uno de los miembros del grupo familiar  rompió el cristal de una ventana de una de las casa de mampostería que había en el camino. Por el hueco de la ventana hizo pasar a una pequeña niña de meses, el nombre de la  niña era Salma López,  una sobrina de Doña Rosa y prima hermana de su hijo en brazos. Doña Rosa Nunca soltó a su hijo, podría morir antes que desprenderse del fruto de sus entrañas. Finalmente  guiados solo por la luz de la fe en Dios,  y protegidos por la misericordia divina,  la familia entera, aunque sin la niña, alcanzó la escuela Belisario.

Recordar este pasaje de la historia de la vida de doña Rosa, es recrear una de las muchas historias de aquellos duros momentos de nuestra propia  historia que es intrínseca a la historia de nuestra ciudad.  Momentos  de dura prueba y de desafíos,  de coraje, de entrega y de abnegación. Momentos de desdicha y de lágrimas a los que muchos chetumaleños  no sobrevivieron, no obstante su titánica lucha por alcanzar la cima, la cima de aquel cerro que significaba para ellos, y para nuestra ciudad la supervivencia.

Pero doña Rosa sobrevivió, y es ahora,  cuando han transcurrido  60 años que nos dice adiós, después de toda una vida y de una labor cumplida, como hermana, como hija y como madre. Una madre que vio  de cerca la muerte y no sucumbió.   Y pienso que no sucumbió porque  tenía dos  misiones que cumplir, proteger la vida de su hijo entre  sus brazos y levantar una familia que diera testimonio de sus luchas,  una familia de gente buena,  una familia que esparciera esta tierra con sus semillas.

Hoy los hijos de esta noble tierra resurgida de la dura prueba de  aquel terrible huracán, rendimos un respetuoso homenaje a doña Rosa, y presentamos nuestras condolencias a su familia, la familia “Espinosa Abuxapqui”.   Hoy también me pregunto, quién le habría de decir a doña Rosa, en aquellos momentos que luchaba contra el terrible huracán,  que el hijo de sus entrañas, su primogénito, el que como fiera protegía de la furia de los vientos y de la muerte, su hijo Eduardo Espinosa Abuxapqui, en su carácter de presidente municipal, 60 años después de aquella tragedia, estaría  recibiendo las innumerables condolencias de toda la gente de su pueblo, ese pueblo orgulloso del valor de lo nuestro,  que lo mismo que ella se negó a morir, y resurgió de sus cenizas.

Mario Aguilar Vargas.

Los parques y la explanadaEste 27 de Septiembre se cumplieron 60 años que Janet marcara historia de Chetumal en un antes y un después. Ya mucho hemos escrito y hablado de aquel trágico día  y mucho hemos contado de sus desgarradoras historias.  En esta ocasión quiero referirme a Janet como un punto de referencia  para hacer una reflexión retrospectiva sobre como era nuestra vida antes de su llegada y como gradualmente, con el paso del tiempo, fuimos adquiriendo nuevas costumbres, y asimilando los nuevos adelantos  hasta transformarnos en lo que somos ahora como ciudad y como personas.

Para  los lugareños de antaño  que vivimos estas dos etapas de la vida de la ciudad, la de antes y las de después de Janet,  y los que crecimos  a orillas de la bahía, en la ribera del Rio,  en el Julubal,  en Barrio Bravo, o viviendo en “Las Casitas”, en Calderitas, o  en cualquier otro  rincón de aquel  viejo Chetumal,  volver a esos  años es entrar en un mundo de magia en el que la mente vuelve al pasado,  ese  pasado que sentimos  nuestro los que nacimos hace más de medio siglo. Muchos formamos  parte de la segunda o tercera generación de fundadores,  y recordar aquellos años es como hacer una imaginaria reunión con nuestros abuelos:  con el viejo“ Territorio” y  con el abuelo “Payo Obispo”, para  juntos con ellos,  revisar lo que ha sido  nuestra  historia.

Una historia de la que fuimos parte y que revisaremos con motivo de los 60 años de Janet. La historia nuestra analizada  ya  sin la incertidumbre y los temores de aquellos duros años, y de aquellos difíciles momentos. Buscaremos hacer una revisión  serena y objetiva  de lo que fue nuestra niñez,  y lo que vivimos  como adolescentes, como  solteros, como casados y como padres con hijos pequeños.  Revisaremos los años  en los que las preocupaciones y las ocupaciones llenaban a plenitud nuestro tiempo, nuestro pensamiento y nuestras preocupaciones, y en los que  nuestra existencia transcurrió  en un constante caminar cuesta arriba, siempre sorteando los obstáculos de nuestro tiempo siempre sudando en un   candente verano, sin pensar mucho en la  llegada del otoño.

Revisar  aquel   pasado es recordar  los días que con  nuestra  mochila de ilusiones en la espalda  iniciamos nuestra aventura hacia la cima, escalando tan solo  armados  con aquel escaso y rudimentario  equipo para la escalada.  En ese entonces confiábamos  solo  en nuestro  instinto y en la tenacidad de mantener el paso, no contábamos  con la tecnología del GPS, ni con  los adelantos  tan comunes,  y casi imprescindibles  de nuestros días. Adelantos tecnológicos  que ahora  nos son tan indispensables y que nos hacen sentir y tomar conciencia que vivimos en otra época. Una época de mayores satisfactores, no se si mejor, pero sí muy diferente  a la que nos tocó vivir. Aquella vieja época en la que  para ubicarnos  en el mundo debíamos más  elevar nuestra  vista al cielo que de mirar los instrumentos, debíamos más no despegar los pies de la tierra, que volar por los cielos arrastrados por el viento.

Tiempos de bicicletas, no de automóviles, de paredes de tablas no de cristal,  de casas de madera, no de concreto; de veredas y caminos empòlvados,  no de avenidas de concreto hidráulico, de  hogares, no de mansiones; en fin,  tiempos en los  que importaba más el  ser que el  parecer.

Y ahora nos toca ver a  nuestros  hijos cargar su mochila a cuestas y escalar su propia cima. Les toca  recorrer  su propios caminos superando  los obstáculos de los nuevos tiempos que les ha tocado vivir. Es  ahora cuando caemos en cuenta  de lo que fue nuestra subida, como también de lo que fue nuestra primavera. Y tomamos conciencia  que nuestros roles cambiaron, de ser padres  a ser abuelos y que nuestro paso es más lento, nuestra energía ha mermado y nuestras prisas se fueron con el  siglo.  Y es que nuestra  mochila de escalada se quedo en la cumbre y  la nueva solo lleva herramientas para el descenso. Pero también tomamos conciencia que  nuestras cargas,  angustias y deberes por alcanzar la cima terminaron,  y que quien no quiera tomar su mochila de descenso, aferrado a seguir con la de escalada, corre el riesgo de desbarrancar.

Y recordando a Janet miro  el horizonte,  mi  mente viaja mientras mi espíritu  vuela. Observo cual gaviota sostenida por el viento que en mi volar constante muchas bellas cosas van quedando atrás.  Siento el viento  venido de muy lejos que cual suave brisa azota mis cabellos y refresca mi memoria.  Y van llegando  a mí mente recuerdos de todo aquello que se ha vuelto antiguo,  que se ha vuelto historia y que también se ha vuelto romántico. Y sigo pensando y sigo recordando,  y sigo parado en  “Punta Estrella”,  analizando lo que fue nuestro pasado y lo que ahora es nuestro  presente.

Siento entrar a otra dimensión mientras contemplo, Consejo, el obelisco de la explanada de la bandera,  el muelle  y el manglar.  A lo lejos  la vela de un barquito  se distingue. Imagino  que viene  de Xcalak, ese viejo pueblo de pescadores, que igual que nuestros años de juventud, quedó en el pasado. Recuerdo cuando  esos    botecitos  de vela, provenientes de Xcalak, hacian su larga travesía para surtir  de pescado fresco a aquel mi viejo Chetumal.

Reparo en el  edificio del Congreso, nuestro símbolo de mayoría de edad como estado independiente,  y revivo la imagen de la vieja escuela primaria, la Álvaro Obregón.  Me pregunto que habrá sido de la vida y los anhelos de tantos  amigos y amigas  que allí conocieron  las primeras letras. La escuela Obregón y la Belisario, son  dos escuelas de gobierno a las que tanto les debemos y que fueron alma mater y fuente de saber de muchísimos  chetumaleños. Y es que recordar las escuelas Obregón y Belisario,  es recordar también  al profesor Santana,  al profesor España Cruz, al Profesor Ángel Gonzalez, a la profesora Obdulia, a la profesora Chabelita Medina, a la profesora Socorrito Garma, a la profesora Paulina Mólgora, a la profesora  Rosita Castro, al profesor Yanuario Pech y  otros muchos maestros y maestras que con su trabajo docente sembraron  de gratos recuerdos nuestro pasado.

Y en esta muy conocida y simbólica  punta  de la bahía, la que lleva el nombre de la ciudad, volteo hacia la isla de Tamalcab y recuerdo que a un costado de la casa de don Salomón Mingüer, la misma que no ha cambiado en todos estos años,  había una  bella  construcción de madera donde estaban las oficinas de la forestal, aquella oficina  encargada de dar los permisos para la explotación de  los bosques del viejo Payo Obispo. A aquella bella casona de madera la conocíamos como  “La Forestal”  y en sus alrededores había  pinos, caminos y veredas   las cuales fueron,  para muchos de nosotros, lugar preferido para nuestras correrías  y aventuras de chamacos.  Detrás de aquella vieja casona de estilo inglés, estaban  los campos llaneros de futbol y beisbol, ubicados estos en lo que en años anteriores  fue el campo aéreo Francisco Sarabia. Aquel campo aéreo  del viejo  Payo Obispo que funcionó en el primer cuarto del siglo pasado y que estaba bordeado  por el faro y el cuartel de la  compañía fija.  Fue el mismo  cuartel en el que durante muchos domingos, a muchos de nosotros, nos tocó hacer el servicio militar. Detrás del cuartel, hacia el norte, rumbo a Juan Luis y  Calderitas, estaban los cocales. Entre esos cocales serpenteaba un camino  que pasaba por ranchitos costeros, ranchitos  como el de los Montalvo. Aquel  viejo caminito seguía entre los cocales, pasaba por el poblado de  Calderitas, seguía por “Trincheras” e “Ixpatún”, y terminaba en lo que ahora conocemos como Oxtankah.

Y en ese  ejercicio de recordar, llego a los años de la explotación del chicle y la caoba.  Veo a los chicleros y monteros bajar de la selva a cobrar el fruto de su rudo trabajo. Los veo  llenar  las cantinas. Los veo dilapidando sus rayas en frenéticas  borracheras y los veo también  haciendo uso de las mujeres de alquiler.  Y sigo en ese largo  viaje viendo  aquellas viejas  gabarras, que cual fieles centinelas fondeaban en la bahía muy cerca de la desembocadura del rio. Eran las  mismas a las que  llegábamos nadando desde el muelle,  en tiempos de arriesgadas aventuras.   No puedo dejar de mencionar a la vieja  gabarra del señor Noverola, aquella que,   cotidianamente,  dragaba arena  del fondo de la bahía para venderla como material de construcción para las edificaciones de aquellos años. Con esa arena se construyeron edificios como el palacio de Gobierno y el estadio Ignacio Zaragoza, entre otros.  Y recorro también  el pequeño Astillero de Mr. Dick que se ubicaba a un costado de la bocana del rio.  En el pequeño astillero subían a reparar, fabricar y calafatear las embarcaciones de aquellos prístinos años. Y en ese largo recorrido, mentalmente,  llego hasta  el viejo rastro, ese que se situaba  donde ahora está el tribunal Superior de Justicia;  allí íbamos con los cuates del julubal a ver la matanza de reses y los cerdos. Los   matarifes  de aquel viejo rastro eran  Edgar Pacheco y el  Indio García, este último por muchos años, junto con doña Ponza, fue  el porrista oficial de  casi todos los eventos deportivos, todavía en tiempos no muy lejanos.

Otro de los recuerdos de aquellos años  era el  festejo del primero de Junio, el  día de la marina. En esa fecha se efectuaban regatas de veleros, competencias de palo encebado, carreras de sacos y carreras de bicicletas. Realmente era un día de gran fiesta pueblerina que nos congregaba a todos, un día  en el  que al igual que el carnaval, había una  verdadera verbena popular. Jolgorio que como dije, cada año se realizaba   en los alrededores de  la explanada, frente al palacio de gobierno y en los tres parques: el de la madre , el del maestro, y el parque Hidalgo.

En años posteriores a Janet, a finales de los 50 y principios de los 60s,  sólo había  un cine, el Ávila Camacho.  En esos años  la policía del territorio, con el mayor Garay al frente, sin miramientos ni contemplaciones era la que mantenía orden en el pueblo.  Aquella policía y su “Perrera”,  como le decíamos a la patrulla, eran símbolos   que infundían mucho temor en chicos y grandes.  Lo mismo sucedía con las figuras de Don Márgaro el Gobernador  y del  Lic Amezcua su secretario de gobierno.

Pero no obstante el autoritarismo y extremo temor al gobierno de Margarito Ramírez, un movimiento de ejidatarios ,  originado en Nicolás Bravo, surgió  por aquellos años.  Fue una marcha y un plantón de campesinos ejidatarios frente a palacio.    Protestaban por la   la inequidad en el  reparto de los  beneficios de la explotación de  la madera de los bosques. Finalmente, después de muchos meses de plantón frente a palacio, el movimiento  logró  poner fin al gobierno de Margarito Ramírez y con  ello terminar  con una larga época de  gobernantes broncos y autoritarios.  Terminó también una   etapa  de nuestra vida como territorio federal en la que nuestra voz fue poco escuchada por nuestros gobernantes,  y nuestra suerte dependía de las decisiones tomadas en el centro del País.

Después  de  Margarito Ramírez vino Aaron Merino Fernández, le siguíó, Rufo Figueroa,  luego  Javier Rojo Gomez y  finalmente   David Gustavo Gutiérrez Ruiz,  con  este último  concluyó nuestra historia como territorio federal. Durante los años, posteriores a la salida de Margarito Ramírez,  aún cuando seguíamos   siendo gobernados desde el centro del país,  vimos llegar  prosperidad.  Fue durante los gobiernos referidos cuando  vimos la llegada de servicios, como el  teléfono, el agua potable, y la televisión en los hogares;  se abrieron y pavimentaron  calles, se abrió la comunicación por carretera con el resto del país y  Chetumal tomó importancia como zona libre y por lo tanto lugar para adquiirir artículos extranjeros.  Fueron tiempos de auge comercial puesto que muchos de los artículos que aquí se adquirían, su  importación estaba prohibida en el resto de la república.  Con el auge del comercio de importación y el nacimiento del nuevo Estado de Quintana Roo,  en 1974, nos llegó una nueva etapa de progreso, una etapa de autonomía y una etapa de participación cívica y política. Fue realmente  una etapa de advenimiento a una modernidad  que abrió nuevos espacios y nuevas oportunidades para muchos de nosotros, tanto lo  laboral, lo comercial como en lo político .

Y continúo ensimismado en los recuerdos y mi vista se fija en el obelisco  con el  viejo reloj  de la explanada y me pregunto  cuantas vueltas desde entonces  han dado esas  viejas agujas que sobrevivieron a Janet, cuantas veces sus campanas han sonado para anunciarnos  nuevas horas,  nuevos momentos, y nuevos amaneceres. Su constante tic tac  me recuerda  que el tiempo no se detiene, y que las cosas por bellas o sufridas que sean, van quedando en el pasado,  que como nuestros ancestros nuestro tiempo quedo atrás  y que el  siglo y el  milenio terminaron; terminaron  como  termina  la primavera y llega el verano, y como termina el verano y llega  el otoño.

Y con esa sensación  de veteranía, sintiendo latir con fuerza la sangre por mis venas, con  las huellas del  tiempo y las batallas a cuestas, llevo en mi actual mochila las experiencias, las  alegrías y las tristezas , los triunfos y las derrotas  de aquellos años que me tocó vivir. Suspiro con alivio al saberme  satisfecho, en paz, y  agradecido con la vida, por todo lo  que me prodigó aquel viejo Chetumal de mis recuerdos.

Mario Aguilar Vargas.

Septiembre de 2015

El Janet y Mis Recuerdos

Mercadp Miguel AlemanHace apenas dos días, recibí la invitación de este honorable Congreso del Estado, para expresarles unas palabras en mi carácter de testigo  de una gran tragedia, acontecida en esta ciudad. Una tragedia que partió nuestra historia en un antes y un después, en un casi morir,  pero también,  en un renacer,  un dinámico y esperanzador renacer.

Para referirme a esa tragedia es obligado hacer un ejercicio mental que me sitúe en  aquel remoto día. Aquel remoto día con su larga noche, de un 26 de Septiembre de 1955.  De esto  hace ya 59 años, cuando una tormenta, con la furia de sus vientos,  entró por la bahía y sembró destrucción y muerte. Una tormenta que en forma del huracán Janet,  arrasó  lo que era un pintoresco caserío costeño. Una pequeña ciudad de edificaciones de madera con techos de láminas de zinc.

Como veterano de esa tragedia, a mí me tocó vivir tanto ese antes, como ese después, tanto ese morir como ese renacer. Y también, con el paso del tiempo, me ha tocado ver los grandes cambios acontecidos. Cambios entre  una etapa de la vida de la ciudad que   con el huracán terminó, y  el inicio de una etapa de progreso y de modernidad, que a partir de aquella misma  desgracia, comenzó.

En aquel entonces yo era un niño.  Acababa de cumplir los nueve años. Si bien ese niño ya tenía la  edad suficiente para percibir la angustia reflejada en los rostros de los adultos, también su  corta edad no le permitía,  entender en su exacta dimensión, las consecuencias, los alcances y los peligros de aquella  gran catástrofe que se avecinaba.

En su mente infantil, en aquel niño se mezclaban sentimientos encontrados. Por un lado se sentía contagiado del miedo colectivo y por el otro lado  se  sentía entusiasmado ante   la insólita y trágica aventura que habría de presenciar.

No centraré mi relato en las desgarradoras escenas de destrucción, desolación, angustia y muerte, que nos trajo Janet.  La exposición de fotos de hoy,  nos describe los hechos mejor que mil palabras.

Mi intención es otra. Mi intención, más bien,  es evocar aquellos dolorosos momentos,  desde una perspectiva  que nos  conduzca a revalorar,  lo que ahora somos y lo que ahora tenemos.

Recuerdo con lúcida claridad aquellas  24 horas previas al huracán. Recuerdo a aquella pequeña difusora de la radio local del señor Roque Salvatierra, la cual nos transmitía constantemente las indicaciones de prevención y los reportes del tiempo. Lo mismo hacía  radio Belice que nos daba los reportes del centro de huracanes de Miami.  Recuerdo a los señores con  aquellos radios de onda corta y de bulbos, muy atentos a las noticias de la trayectoria del ciclón y a los reportes de la torre de control del aeropuerto.

El ejército mexicano, como siempre, hacía su noble labor y recorría la ciudad, ayudando  a las personas a acudir a los refugios.  Los oficiales  eran el hospital Morelos, la escuela Belisario, y el hotel los Cocos. También estaba el segundo piso del palacio de gobierno. La Iglesia del Sagrado Corazón, enfrente del parque de Los Caimanes, también era otra opción que ofrecía a la gente la ventaja de tener comunicación más directa con la providencia divina.

En aquel día,  mientras las nubes de tormenta surcaban con rapidez el cielo, empujadas por aquel  viento húmedo que presagiaba mal tiempo, la gente cargaba gasolina en aquella  única y primera gasolinera que había. Era una  estación de gasolina de una sola bomba que se ubicada en los bajos de la casa de don Ángel Aguilar y de doña María Córdoba;  enfrente estaban  los Billares del Ganso y en la misma cuadra estaba la Casa Marrufo. En ese lugar ahora está  la perfumería del Palacio de Las Pelucas,  sobre la Cármen Ochoa de Merino, entre  Héroes y Cinco de Mayo.

Para la compra de víveres y provisiones estaban  establecimientos como: El paso de don Jorge Medina, La casa Villanueva de don Marcelino, La casa Aguilar de don Guadalupe, La Casa Garabana de Don Enrique, La Casa Angulo de Don Mariano, El Corsario Andaluz del Sr. Giménez, La Casa Onofre de don Adrián, La casa del Campesino de don Leonides Onofre, el Tigre de don Vicente Galera, la Casa Abuxapqui,  de don Elías y doña Manuela, y otros comercios, con construcciones mayormente de madera..

Durante todo aquel día el martillar fue constante mientras los carros de sonido daban indicaciones e  invitaban a la gente a abandonar sus viviendas. Con tablas clavos y martillo muchas personas  pretendían asegurar sus hogares. Así,  muchas personas clavaban las puertas y las ventanas de sus casas de madera, mientras  otras dejaban sus pequeñas casitas de palitos y techo de paja, encomendando todo lo que tenían a la misericordia  de Dios. Finalmente, después del huracán, tanto los unos como los otros,  habrían de perderlo todo.

La luz eléctrica durante todo el día y toda la noche, nos acababa de llegar. La Comisión Federal de Electricidad estaba por inaugurar una  nueva planta de 5 mil kilovatios que prometía introducirnos a la modernidad. Nos ilusionaba dejar atrás largos  años en los que solo tuvimos luz eléctrica de seis de la tarde a once de la noche.

Antes  de la llegada de la CFE, la luz  eléctrica nos la daba el gobierno. Lo hacía con una pequeña plantita de luz la cual  primero estaba atrás del palacio de gobierno y después en los talleres de gobierno. Aquellos viejos talleres ubicados en la esquina de Independencia con Zaragoza. En ese lugar estuvo alguna vez la tienda de la Conasupo y ahora está el estacionamiento del muy moderno y grande hotel Fiesta Inn. El maestro Cuellar era el mecánico. Él era el  encargado  de mantener funcionando aquella planta de luz, y el Sr. Encalada quien se encargaba de las líneas, y de conectar el alumbrado público.

La red de agua potable se estaba construyendo y en  las principales calles de la ciudad,  a manera de trincheras de guerra,  había  zanjas escavadas  para la introducción de las tuberías.  Aquellas  zanjas habrían de ser trampas mortales en el  desesperado intento de la gente por alcanzar los refugios de la parte alta de la ciudad. En plena tormenta, en la oscuridad de la noche, y con el agua a la cintura, la gente intentaba llegar  a la escuela Belisario y al Hotel de Los Cocos, principalmente.

El mercado Miguel Alemán, sólida construcción recientemente construida,  es uno  de los sitios muy asociados a esos mis recuerdos de aquel día.  Estaba ubicado en el cruzamiento de la Avenida Héroes y la Calle Zaragoza. Allí, desde muy temprana hora, la gente acudió a hacer sus compras de  carne, huevos, frutas y verduras.

Recordar aquel día es recordar a algunas personas y comerciantes locatarios muy ligados a aquel mercado. Personas como: doña Tina de Zafra, don Enrique Ruiz, don Ernesto Chejin, don Cesar Castilla, don Valerio Martínez,  don Cres, Sarampión, el Pimienta, Los Martínez, los Cuxú,  don Jorge Dacak, don Antonio Iza, don Farid Medina, don Wilbert Canto, don Juanito Buenfil, doña Leda Vargas,  don Rubén Darío, doña Pola Canul, doña María Chun, doña Conchita Salazar, don Luis Ocejo, don Héctor Santin, don José Antonio Medina, don Pepe Peraza , sin olvidar al buen Pochón el Chácara.

Otro recuerdo de ese día es la carpintería de don Miguel Gamero; aquella donde se hacían las cajas mortuorias  de madera de cedro y caoba; madera que tanto  abundaba y que era muy barata en esos tiempos. Lejos estábamos de pensar en aquel día, que aquella nuestra primera funeraria, con sus pocas cajitas de madera, habría de ser insuficiente para dar sepultura al gran número de muertos que habríamos de tener.

Revivir los recuerdos de aquel día, de aquel mercado, de aquella gente y de aquella tragedia, es dar  gracias a Dios, por todo lo vivido en aquellos años  y poder estar aquí para contarlo.

Finalmente,  hablar de aquel suceso es rebuscar en los  infantiles recuerdos de aquel niño de nueve años. Ese niño que en ese entonces no pensaba en que llegaría a ser un veterano de lo que hoy les cuento. Un niño que no pensaba en que habría de llegar un día en que estaría  en Punta Estrella, en el mismo lugar que ocupó la antigua escuela Álvaro Obregón, y diciendo esto en el Congreso de su Estado.

Un niño que hoy tiene el gran gusto y el privilegio de   estar compartiendo con ustedes, en este especial  día de conmemoración y de aniversario; sus ya muy añejos  recuerdos.

Mario.

Ruben Hernández GodínezLo conocí  hace muchos años, llegó a Chetumal casi al mismo tiempo de la creación del nuevo estado,  a principios  de los 70’s. Era un joven soltero que venía con el equipo de trabajo de Jesús Martínez Ross, nuestro primer gobernador constitucional. Su baja estatura se complementaba  con su firme   carácter, rebelde,  fuerte y combativo,  siempre fiel a sus ideas y a sus principios. Un rasgo de su personalidad me llamó la atención: a pesar de sus  capacidades periodísticas y literarias,  sin arrogancia, y con gran dignidad hacía  los trabajos más sencillos y rudos con tal de  llevar el sustento para los suyos.

Después del gobierno de Martínez Ross, de quien fuera su secretario particular, Rubén se desempeñó en el campo empresarial creando  su propia empresa  dedicada a la renta de mobiliario para eventos,  fiestas y banquetes.  Aquí en Chetumal se casó con su esposa, Lupita Contreras Golib,  hija de Chucho y Morena, miembros de dos muy numerosas  y  antiguas familias que desde el siglo pasado vieron nacer la ciudad y su  transformación: desde el viejo  Payo Obispo hasta el ahora Chetumal, y desde su condición de   territorio federal  hasta llegar a ser el  estado 30 de la República. Tanto los Contreras como los Golib, son referentes al hablar de la historia y las costumbres de la ciudad. De aquella ciudad que a principios del siglo pasado nació y se fue desarrollando a partir de la desembocadura del rio Hondo, hasta ser lo que es ahora. Familias que sin límite de tiempo se entregaron  a esta tierra desde diferentes trincheras y desde diversos oficios. Gente que con trabajo  duro y digno se dieron un nombre. Un nombre y un apellido que hasta el sol de hoy los distingue y los hace respetables  entre nosotros.

Quizá la influencia de su nueva familia contribuyó a hacer de Rubén una persona singular para muchos de los que lo conocimos.  Él fue uno de esos hombres y mujeres agradecidos  que viniendo   de afuera tomó amor y apego a esta tierra, que hizo profundamente  suya. Una tierra  en la que sin alardes, ni triunfalismos, con la conciencia de dar lo mejor de su capacidad, dejó  abonada con su labor  y por la que guardó nobles  sentimientos. Sentimientos  que muchos natos y no natos dicen tener por lo que es nuestro,  aunque que no se les nota.  Unos nativos por circunstancias o  por accidente,  y otros llegados de muchas partes  que muy  bien  han sabido cosechar,  pero que  actualmente tienen su mente,  su residencia, sus anhelos  y sus ansias, en otros lados.

Si bien Rubén   no llegó a ser un acaudalado empresario,  un renombrado político, o un influyente periodista,  su interés y  gran amor a  lo nuestro,  y en especial por la  ciudad, en la que  construyó su vida y dejó su descendencia,  lo hace grande a los ojos  de quienes apreciamos  sus valores.   Rubén es  una de esas  sencillas gentes que después de idas, dejan para nuestro análisis reflexiones sobre lo que es verdaderamente trascendente, sobre lo que significa  el verdadero sentido de pertenencia,  y sobre lo que debe de ser nuestro paso y nuestro legado en esta vida.

Rubén nos deja también con su novela histórica “Mi Último Deseo”,  publicada en cuatro partes en este mismo espacio, un ameno relato, basado en hechos reales,  de muchas anécdotas y  sucesos    acontecidos en diversos puntos del Estado. Con su obra nos cuenta sobre  la historia de Camelo Sóstenes Chin quien a los catorce años,  abandonando su hogar, llega a la isla de Cozumel en el año de 1900. El personaje se hace soldado a las órdenes del General  José María de la Vega,  y de 1900 hasta 1955, que es cuando  fallece con el huracán Janet, nos  relata cómo era la vida social, militar, política y económica en aquel  agreste Territorio Federal, surgido de la  selva tropical, y nacido de  aquel “Campamento Vega”, ubicado  en Punta Allen, que fue el lugar donde se asentó el  primer jefe político de Quintana Roo.  Mi último deseo  comienza haciendo una crónica de los acontecimientos  sucedidos inmediatamente después del  Janet de 1955 y recopila, retrospectivamente,   55 años de historia regional en la que Camelo Sóstenes nos habla  del General Bravo, de Chan Santa Cruz, de  los mayas y su guerra de castas, de dos huracanes que azotaron nuestras costas, del Gobierno de Margarito Ramírez,  del fuerte de Bacalar, de Márgaro su amigo y  de “Flor”,  el gran amor de su vida. Ambos, Camelo y Flor, eran oriundos mayas de esta región,  y ambos sucumbieron ante  la fuerza letal y destructiva de sendos huracanes.  Mi “Último deseo” es una historia rica en detalles, personajes, situaciones que el lector sabe reales, y  que vale la pena leer.

Hoy, en  este mes de Septiembre, en plena temporada de huracanes, cuando uno  de ellos acaba de azotar con gran furia y destrozar Baja California Sur, el estado 31 seguido de Quintana Roo,  nos enteramos del sensible fallecimiento del buen amigo Rubén.   Vaya pues  mi más  sentido pésame a sus hijos, a su esposa y a sus deudos, pensando en su novela  “Mi último Deseo”, en el dolor de su partida,  en lo bonito de recordar nuestro pasado y en los méritos,  que como Rubén, tienen los relatores de la historia.  Descanse en paz Rubén Hernández Godínez.

Mario.

Las Hawaianadas del ChévereTranscurría el año de 1966 y en la selecta, aunque sencilla, sociedad Chetumaleña, la juventud, entre los 18 y 25, vivía esa su etapa de la vida de estudiantes en la cual el cortejo, las fiestas y los bailes eran agua fresca para el sol ardiente que  consumía a esa juventud ávida de diversión.

Eran las vacaciones de verano, Julio y Agosto, y muchos de los jóvenes habían regresado a Chetumal a pasar el período vacacional procedentes de otras ciudades, principalmente de Mérida, donde cursaban sus estudios, después de terminar la secundaria.

El recién remodelado Hotel de los Cocos tenía una nueva alberca, y era el lugar ideal para para organizar una gran fiesta y un gran bailongo que reuniera a todos esos jóvenes. Rafaél Ruiz, “El Cheverito, un buen amigo y excelente pianista nativo de la ciudad, era el hombre indicado.  Su agradable trato y su homosexualidad simpática y sincera, eran atributos que le habían ganado el cariño y el respeto de todos los miembros de la sociedad y especialmente de los jóvenes de ambos sexos en Chetumal.  El Chévere aceptó gustoso la encomienda y organizó aquella memorable Hawaianada que causó sensación y que nos llenaría de recuerdos a todos. Para asistir al baile, el que estaría amenizado por Beny y su grupo y los Cuervos, era requisito ir vestido a la usanza de los habitantes de la isla de Hawaii.

Eran tiempos del regae, el ska, el twist, y el rock y estaban en su momento cumbre la música de Los Aragón. Para bailar de cachetito estaban las melodías y temas  como Amor Indio, Tema de Tracy, Y la amo, Bésame mucho, y otras de trence obligado, y en las que dos corazones, pechito con pechito, se acoplaban de maravilla.

Como era de esperarse el Chévere con su Hawaianada concentró en el Hotel de Los Cocos a todo Chetuma;, en la fiesta nos reencontramos con compañeros y compañeras de la escuela que estaban estudiando afuera y que regresaban a la ciudad animosos de ver a los amigos  y convivir con los suyos. Fue allí, en esa hawaianada, donde comencé a enamorar a aquella preciosa gūerita de mirada tímida con la que comencé bailando pegadito y terminé procreando cuatro hijos. La misma con la que, después de medio siglo, ya sin la lozanía en su rostro, aunque si con esa belleza que le han  dado los años  en el ejercicio de su vocación de madre y ama de casa, continúa envejeciendo conmigo, siempre a mí lado, luchando y gozando codo con codo.

Al volver mi vista a aquellos años y contemplar la fotografía que hoy reseño  observo con nostalgia cosas que en su momento no había percibido cabalmente, la galanura y el derroche de juventud  de mis amigos. Siento que algo bonito recorre mi cuerpo, y mágicamente me hace sentir dichoso de haber vivido esos lindos momentos.  Me quedo contemplando la foto y  mi ánimo se llena de entusiasmo y alegría. Después de algunos momentos de contemplar esos rostros, voy recobrando la calma y un sentimiento de gratitud a la vida me llena. Percibo bienestar por  haber vivido esos momentos y estar todavía con vida, cuando seis de aquellos mis amigos, los que aparecen en esta foto, se me han adelantado y se encuentran ya con Dios.

Contrario a ese  natural sentimiento atemorizante ante la proximidad de tomar mi turno  en la fila de espera siento esbozar una sonrisa de aceptación y de paz mientras sigo sonriendo y sigo pensando,  que en aquellos años “del sol ardientes que nos consumía” no sentía ni pensaba en esas cosas.

En memoria de esos mis amigos fallecidos y de los que aún seguimos sobre la tierra es que publico esta foto y estas letras. Son muchísimos  los amigos que formamos esa generación de jóvenes que dejamos nuestras semillas, nuestras alegrías, nuestro sudor y nuestras lágrimas en aquel inolvidable, viejo Chetumal.

Me siento ufano de formar parte de esa generación que como dice la bella canción de Paul Anka, famosa en la voz de Frank Sinatra, “Amó y disfrutó, quizas no más que otra cualquiera, pero eso si, todo eso lo hizo a su manera”.

Mario.

En la foto aparecen en el orden acostumbrado: Enrique Pérez Padilla, Miguel Angel Avila Morales (+), Antonino Sangri Aguilar (+), Salin Marrufo Juan (+), Diego Rojas Zapata, Marcos Medina Martínez, Alfonso Santin (+), Raúl Angulo Macliberty(+), Elia Elías de A, Cristina Diaz, Sara Muza Simón, Maria de los Ángeles Córdova González(+), Felipa Ramírez A, Cecilia Oliava, La Moza Angulo Macliberty y Rosalinda Ferreiro.

Botecitos en el muelleLa fotografía que vemos a continuación retrata una tierna  estampa de lo que fue Chetumal. Transcurría  la primera mitad de la  década de los  50s,  y la ciudad, con apenas 18 años y 15,000 habitantes,   después  de haber  sido nombrada  Chetumal,  crecía con la ilusión de alcanzar su mayoría de edad y convertirse en una gran urbe.  No obstante su condición de territorio federal que la limitaba, tenía el afán constante de convertirse en una gran ciudad.  Los sueños de sus pobladores eran grandes en ese sentido,  aunque su vida siguiera  conservando  la sencillez  y las costumbres pueblerinas del viejo Payo Obispo.

Fueron años de muy lento crecimiento  donde   las obras públicas fueron  pocas, la riqueza forestal era explotada sin miramientos  y  la anhelada  modernidad  llegaban a cuenta gotas.   Años en los que  el  pequeño muelle de la bahía era el lugar de encuentro.  Allí  acudíamos todos  en busca de algo nuevo  que nos llegara   de afuera.  Ese era el lugar para  ir a satisfacer nuestra curiosidad y encontrar algo que comentar, en la escuela, en el café o en la casa. Algo que rompiera la monotonía de  la muy tranquila vida de aquel  Chetumal,  muy asociada con el mar, con la selva tropical,  con el calor y  con el paludismo.

Los  barquitos que vemos  en el muelle  eran verdaderos emisarios o mensajeros del exterior,  que lo mismo nos traían cosas nuevas, como era el pescado fresco y algunas   mercancías,  además de nuevos pobladores provenientes de Veracruz o Progreso, que noticias y novedades de allende las fronteras.  Habia barcos  de muchas clases, desde los pequeños veleros con su pesca  provenientes de Xcalak, Sarteneja y otros puntos de la bahía, como los  barquitos de vapor que recorrían  el rio Hondo llevando y trayendo personas, animales de corral,  y víveres.

También llegaban algunos grandes barcos que venían  de puertos tan distantes como  de Estados Unidos. Estos barcos llegaban    con mercaderías para surtir a las principales casas comerciales y llevarse de regreso la madera de los aserraderos. Eran de poco calado y mayormente gabarras.

No había día que no hubiera  frente al muelle una de  aquellas gabarras fondeadas en la bahía. Hasta ellas,  llegábamos  de chamacos  nadando desde la punta del muelle o desde ellas otros se ponían a pescar y otros se tiraban de clavados cuando se iban de pinta o se fugaban de la escuela.

Observar la imagen  del muelle de aquellos años, es volver al pasado y recordar las muchísimas cosas que en su derredor vivimos. Aventuras,  acontecimientos y cosas que sucedieron   en una etapa de nuestras vidas y de nuestra historia, que realmente  fueron  inolvidables. Detenernos en el  detalle de la fotografía es deleitarnos en el pasado,  es viajar  en el tiempo  y es recordar, y no olvidar,  que lo que ahora somos vino  del mar  y que la ciudad  fue creciendo a partir del  muelle. Este mismísimo muelle  que en esta su bellísima  imagen de antaño  viene a contarnos  a unos  y a recordarnos  a otros,  tantas cosas bonitas de nuestra historia.

Mario.

Un reconocimiento a su obra por su reciednte fallecimiento en Junio de 2014

Un reconocimiento a la obra del chetumaleño Elio Carmichael con motivo de su reciente fallecimiento en Junio de 2014

Su bisabuelo, John Carmichael, vio aquellas tierras llanas y valorando sus condiciones decidió fundar un rancho que luego se transformó en el pueblo de Corozal, Belice. Después de largas jornadas de fomentar sus acres, un día el espigado John hizo uno de esos repetidos viajes a Inglaterra que duraban hasta seis meses y ya no volvió: murió donde había nacido.

La muerte del súbdito de la Reina Victoria dejó en la orfandad a varios hijos, algunos producto del matrimonio y otros, resultado de esos calores que solamente se conocen en el Caribe. Jesús Carmichael Quijano fue hijo bastardo de John y sin ninguna herencia obtenida tuvo el mérito de ser nombrado por el gobierno de Porfirio Díaz, con documento lacrado y listón rojo, como “carpintero de segunda” para el pontón Chetumal. Fue un eficiente trabajador bajo el mando de otro fundador: Tomás Othón Pompeyo Blanco Núñez de Cáceres, el artífice de la hoy capital de Quintana Roo.

Aquel carpintero que se encargaba de mantener a flote la barcaza, procreó a Jesús y a Maura Carmichael Martínez. Jesús fue un hombre que utilizó la brocha y la pintura para anunciar con sus rótulos a los primeros establecimientos de un nostálgico pueblo de casas de madera. El rotulista fue padre de Edita y de un varón que, sin saberlo, le heredó la habilidad de tomar con finura los pinceles para aplicarle forma y color a la historia de un nuevo estado: Vital Jesús Carmichael Jiménez, mejor conocido como Elio.

Hasta los veintidós años de edad, el joven Elio creció y se educó en Chetumal. Me imagino una niñez y una adolescencia sin mayores sobresaltos, ritmo propio de un somnoliento pueblo que solamente se comunicaba al exterior por mar y por aire. Sin embargo, las fuertes sacudidas del huracán Janet dejaron sin techo y trabajo a muchos pobladores. Los tiempos se tornaron difíciles y ello obligó a que Elio y su familia emigraran a la Ciudad de México “con el anhelo de aprender algo más”. Se fueron a buscar nueva vida aquel día en que Pedro Infante murió.

La benevolencia de un empresario chetumaleño de origen libanés que radicaba en la capital, permitió a la familia tener trabajo por muchos años. Elio se desempeñó como dibujante técnico, haciendo los dibujos de los implementos de aquella industria de sistemas para equipos a vapor. En ese trabajo tuvo una relación intima con una máquina offset, su primer vínculo con la litografía, “ya que ambas se manejan bajo el mismo principio”.

Ingresó a la Escuela Libre de Dibujo y Pintura de Chapultepec; ahí se relacionó con maestros de la Gráfica Popular que lo estimularon a seguir estudiando lo que ya sabía que le gustaba: el arte.

Su arribo a la Escuela Nacional de Artes Plásticas de San Carlos lo obligó a dejar el trabajo y se dedicó de lleno a cumplir con su carga académica. Pronto vio que los bosquejos en el taller de figura humana se le daban bien, no se “acomodaba a las figuras chicas”. Su maestro Luis Sahagún pronto lo hizo su asistente.

En aquellos tiempos San Carlos estaba dominada por la corriente de la Escuela Mexicana. Pintores como Fernando Castro Pacheco y Luis García Robledo eran los maestros emblemáticos que dictaban la vanguardia.

El buen manejo que tenía Elio Carmichael en el dibujo de la figura humana lo llevaba a pensar en obras de ciertas dimensiones: “Me gustaban los grandes espacios”. Aunque también hay que mencionar que la técnica del grabado le apasionaba: “El grabado tiene el fascinante reto de trabajar en forma inversa a lo que se verá al final. En el grabado no hay corrección, no hay marcha atrás”.

Ya con suficientes conocimientos y habilidades aprendidas, Elio imparte cursos en la Sociedad Dante Alighieri y en la galería Proarte; comienza a ganarse el sustento, la obra más difícil de un artista.

Pero la vorágine de la Ciudad de México ya comienza a cansar al artista y su mente recurre a la nostalgia de su origen para compensar la existencia. Era 1978 cuando en la calle se topa con Jesús Martínez Ross, entonces primer gobernante del Estado de Quintana Roo. El político lo invita a regresar a Chetumal para que imparta clases de pintura en la recién creada Casa de la Cultura. Elio acepta, pero no hace las maletas con prisa.

Estando en espera del momento oportuno del retorno, el pintor recibe la invitación del gobierno quintanarroense a participar en un concurso para el diseño del moderno escudo del estado. Sin mayor problema lo gana. Ya no regresa al Distrito Federal.

Con ese primer logro, pronto recibe la propuesta de pintar un mural en el flamante edificio del Congreso del Estado. Era la gran oportunidad de hacer una síntesis de la poca conocida historia de Quintana Roo. Aquel extenso muro convexo acogió el proyecto que llamó “Forma, color e historia”. Lo inauguró en 1981 José López Portillo.

Al mismo tiempo que pintaba el mural del Congreso, Elio diseñó los escudos de cinco municipios del Estado. Son de su autoría los emblemas de Isla Mujeres, Cozumel, Lázaro Cárdenas, José María Morelos y Othón P. Blanco. “El de Carrillo Puerto lo había hecho el pintor Jorge Corona, el de Solidaridad lo hizo una artista extranjera que no recuerdo su nombre y el de Benito Juárez era el logotipo de un fideicomiso que edificó en Cancún y simplemente lo retomaron”.

Ante la posibilidad de crear nuevos municipios en Quintana Roo, el autor del escudo advierte que éste no debe modificarse: ya no deben agregarse más rayos al sol, pues los existentes representan a los municipios históricos, los primeros que se crearon: “Imagínate cuando tengamos quinientos municipios como en Yucatán o en Oaxaca…; además, ¿cómo se va a cuadrar la música y la letra del himno?”.

Elio Carmichael, el pintor que nació en el año en que Payo Obispo se convirtió en Chetumal, realizó obras murales en el Fuerte de Bacalar, en la Casa de la Cultura, en el edificio que albergó el Conasida y esperó, con cierta impaciencia, que algún político firmara el convenio para darle continuidad y pudiera concluir con el mural del Palacio Municipal que inició durante la administración de Enrique Alonso y que luego a nadie interesó: “Te juro que no pienso cobrar lo que cobró el que hizo la Megaescultura”.

El que también participara en la reconstrucción del Teatro al Aire Libre de la escuela Belisario Domínguez, recreando los diseños originales del artista colombiano Rómulo Rozo, comenta que le “gusta la obra de Diego Rivera por su colorido, no tanto el hieratismo de sus formas; me gusta (José Clemente) Orozco por su movimiento y (David Alfaro) Siqueiros por lo grandilocuente que es, aunque es algo pop, algo vacío. Creo que el arte pictórico es un lenguaje perdido, un lenguaje que en su momento fue importante y que a través del tiempo fue sustituido por las palabras. Pero el Hombre debe valorar que es uno de los lenguajes para expresar ciertas cosas que las palabras no pueden decir”.

Una tarde de finales de 1992, la crítica de arte Raquel Rabinovich -mejor conocida como Raquel Tibol-, la especialista en la vida y obra de Diego Rivera y Frida Kahlo, tomaba un té en la casa. En la plática que giraba en torno a los trabajos presentados en una reciente bienal de arte, recuerdo dos cosas: Observaba con interés a mi hijo Carlos: “Me gusta para mi nieta, deberían conocerse”, y también tengo fresco en la memoria el comentario que hizo de la obra de Elio: “Es un buen muralista. Tiene una buena técnica. Me admira cómo pudo resolver ese problema de perspectiva que le presentaba ese muro. Desde cualquier ángulo de observación las figuras no se distorsionan. Es bueno, muy bueno”.

Viniendo ese comentario de una de las mejores y más despiadadas críticas de arte, la obra de Elio debería valorarse más. No creo que haciéndole discursos, sino entendiendo que el arte es esencial para la vida de un pueblo que quiere trascender. Así lo entiende un pintor que, en este caso, dejó que tres generaciones se comieran lo flemático de su origen para dar paso a la atrevida aplicación y enseñanza de la historia a todo color, sin palabras.

Margarito Molina .

El primer faro y reloj de Payo Obispo

El primer faro y reloj de Payo Obispo

Tenía yo 48 años de edad, y sentí que debería vivir con una mujer ya de fijo en mi vida, fue que en Bacalar conocí a doña Alba, viudita de no muy mal ver que nunca pudo tener hijos, y con sus 32 años juntamos nuestras vidas. Una vez estábamos cosechando elotes, cuando mi mujer vio pasar un armadillo y lo correteamos hasta agarrarlo fuertemente de la parte trasera pero el animalito resistió y con sus enormes garras se hundía empujando tierra hacia fuera. Alba vio entre la tierra removida unas monedas de oro… no lo podía yo creer, anteriormente caminé varios kilómetros por debajo de Bacalar y nunca encontré algo de valor, y en mi terreno había oro. ¿Cómo es que esas 38 monedas acuñadas a finales del virreinato estuvieran ahí casi a flor de tierra? ¿Será que todavía en la época de la guerra de castas, circulaban en Bacalar esas monedas? jamás lo sabré.

Y como el dinero y la viruela no se pueden ocultar, perforé cinco monedas y le fabriqué un collar a mi adorable mujer. Después me fui a la cantina a celebrar echándome unos tragos de tequila y pagué con oro, total para eso se hizo el dinero para gastar. Muy tarde comprendí que el humano estúpido e ignorante es el vanidoso presumido que se llena de accesorios de oro como yo lo hice para que todo el mundo supiera que ya había un nuevo millonario… no faltó quién me quiso robar, y hasta me querían matar tal vez por envidia. La policía me detuvo y fui llevado a Campeche, mi mujer al darse cuenta de lo que ocurría huyó con las monedas para Río Verde, lugar donde vivía su madre y demás familia… allá la ocultaron. En Campeche me encadenaron, no me daban de comer y me golpearon hasta dejarme varias veces inconsciente, pero aguanté siempre negando la existencia del precioso metal. Para 1935 con la reincorporación del Territorio de Quintana Roo, fui puesto en libertad por falta de pruebas.

Al regresar a Bacalar no encontré a Alba, y me fui a buscarla a Río Verde, allá me recibieron con la terrible noticia de que mi mujer había sido mordida por una serpiente cascabel y había fallecido… del dinero nunca supe a dónde habrá quedado… no cabe duda que la vida todo te lo da, pero si te apendejas, todo te lo quita. Riéndome de mi propia desgracia me regresé a la capital del Territorio, Payo Obispo prometía el desarrollo y el progreso. Era el Presidente de México don Lázaro Cárdenas del Río, quien nombró como Gobernador al Gral. Rafael E. Melgar, hombre bien intencionado diría yo que el mejor gobernador que ha tenido el Territorio de Quintana Roo. Al mes y medio de haber ocupado la silla presidencial, el Gral. Cárdenas por Decreto ordenó la inmediata reincorporación del Territorio de Quintana Roo, y así fue publicado en el diario oficial del 16 de enero de 1935. Cuando el sur de Quintana Roo estuvo en poder del gobierno campechano sólo sirvió para que se llevaran las riquezas naturales sin siquiera habernos dado chamba, la población de Payo Obispo inactiva corrió el peligro de desaparecer.

Ahora éramos en Payo Obispo unas tres mil personas, y ya había trabajo para todos, claro que en algunas obras teníamos que colaborar como por ejemplo en la construcción del monumental aljibe captador de dos millones de litros de agua de lluvia, antes sólo contaba con agua los que tuvieran su curvato de Madera; con el aljibe público todos podíamos ir y con nuestras cubetas agarrar el líquido. Se crearon las cooperativas de albañiles, chicleros, mieleros, caoberos, etc.La capital cambió mucho: aplanado de las calles y bustos de los héroes, escuelas y hospitales, música viva en el parque principal, la costera, el hotel de Los Cocos, el Palacio de Gobierno en su primera etapa , todo eso era trabajo y en seis años hubo desarrollo en Quintana Roo. A partir del 23 de diciembre de 1936, Payo Obispo cambió su original nombre por el de ‘Cd. Chetumal’, y la frontera conocida como Santa Elena, cambio por el de ‘Subteniente López’.

Al Gobernador Melgar le llegó el informe militar sobre mis antecedentes diciendo que yo era persona de buen criterio y extremada rectitud, asunto que al General le agradó y me dio la primera chamba… ir al vecino Estado de Campeche y recoger el reloj público de Payo Obispo… esos cuates cuando se fueron arrasaron con todo, con máquinas de escribir, escritorios, archiveros; bueno hasta con las escobas cargaron, pero al nuevo Gobernador de Quintana Roo sólo le interesaba que devolvieran el reloj público que era propiedad del Gobierno Federal… Mi General Melgar se llenó de sonrisa al vernos llegar con el famoso reloj público. Fui nombrado Inspector General de Policía, mi primer encargo fue crear con elementos de la misma corporación la “Banda de Música del Gobierno del Territorio de Quintana Roo”… así fue que en Payo Obispo por dos pesos con cincuenta centavos diarios la hacíamos de músicos y policías.

Pero no todo era trabajo feliz. Uno de los asesinatos más sonados en Chetumal fue el ocurrido la noche del 15 de septiembre de 1939… habían matado al Dr. Jaime López Mijares, primer director del nosocomio más moderno de todo el sureste mexicano… el Hospital Morelos de Chetumal. El crimen fue por un arrebato pasional. Lo asesinó su novia una enfermera de nombre Judith Lagunas Arcaraz, quien en momentos de acalorada discusión, ella con un revolver le disparó un tiro que perforó el abdomen dejando al galeno sin vida. La tragedia ocurrió en uno de los departamentos construidos de madera donde el médico pagaba renta a conocido panadero (el Griego) cuyo inmueble se ubicaba en la esquina que componen las avenidas 22 de Marzo (hoy Carmen Ochoa) y la Héroes, en Chetumal. Judith Lagunas, envuelta en llanto declaró que no era su intención matarlo, sino más bien asustarlo: —”Saqué la 45 que mi padre me había regalado, el arma la sentí más ligerita que nunca antes, parecía una pesadilla, todo me temblaba de coraje… Él preparaba su ropa para abandonarme, por ahí supe que una vieja en Chetumal me lo andaba quitando. Yo le advertí, si tú das un paso a la calle ¡te juro que te mato!, dejé a mis padres por seguirte y no voy a regresar a Oaxaca toda fracasada… Cuando desperté a la realidad, ahí estaba mi Jaime, tirado en el suelo en gran charco de sangre”.

Por otra parte, es justo reconocer que el Presidente de México Lázaro Cárdenas no escatimó gastos para enviar al Hospital Civil Morelos los médicos más reconocidos de aquellos años: Arceny Lepiavka (de origen ruso), Raúl Esquivel Medina (del D.F.), Aguilera Olmos (médico militar) y otros que no recuerdo sus nombres. Entre ellos había un galeno francés de nombre Jean Berén, que ocupó la atención de los periódicos más importantes de Europa, y de América también. En 1939 fue noticia de primera plana que un preso se escapara de la “Isla del Diablo”, Jean Berén en su fuga tuvo la buena suerte de ser encontrado y auxiliado por un barco mercante que lo acercó a la Isla de Cozumel. Era el Territorio de Quintana Roo donde se encontraba el hombre más buscado por las autoridades judías antinazis que ya presentían que la segunda guerra mundial era inevitable. La justicia mexicana del Gral. Lázaro Cárdenas no encontró culpa alguna en el fugitivo que en todo caso era un problema de carácter político. Así es que como médico en agradecimiento al pueblo de México que lo protegió, se quedó en el Hospital Civil Morelos y dio consultas a muchos chetumaleños.

El periodismo profesional celoso de la información, envió desde la capital de nuestro país a la escritora Refugio Escobar, quien se encargó del reportaje en torno al fugitivo Dr. Berén. La reportera y el galeno terminaron enamorándose, fue así que Refugio como enfermera se quedó a vivir en el Territorio de Q. Roo al servicio del Hospital Morelos. Al término del gobierno del Gral. Cárdenas el nuevo Presidente de México, Gral. Manuel Avila Camacho (1940-1946) se permitió la extradición del Dr. Jean Berén y de una actriz de nombre Fatamorgana de origen alemana que también vivía en Chetumal. Refugio Escobar no teniendo ya nada qué hacer en la capital de Quintana Roo, se regresó a la Ciudad de México, años después se matrimonió con el escritor Tomás Perrín, mujer talentosa que la radio XEW la llevó con sus monólogos cómicos a la fama como “Cuca la telefonista”. La recuerdo perfectamente bien cuando vino a escribir un reportaje, y se quedó a vivir alegrías y tristezas del naciente Chetumal.

Durante el último año de gobierno quintanarroense del Gral. Rafael E. Melgar, habían tres candidatos (J. Mújica, Andrew Almazán y Ávila Camacho) a la Presidencia de la República, el Gobernador Melgar apoyó al Gral. Juan Andrew Almazán, pero el que ganó fue el Gral. Manuel Ávila Camacho, así es que las venganzas políticas contra Melgar no se dejaron esperar. A Melgar no le dio tiempo de inaugurar un mercado que llevaría el nombre de Benito Juárez ubicado en la esquina que componen las avenidas de Los Héroes e Ignacio Zaragoza en Chetumal, sólo le faltaban pequeños detalles de acabado como los mosaicos del piso y pulido del mármol, sin embargo el mercado estuvo sin abrir seis años, cerrado todo el sexenio del Gral. Ávila Camacho (1940-1946). No fue sino hasta la administración presidencial del Lic. Miguel Alemán cuando finalmente se inauguró pero ahora bajo el nombre de ‘Mercado Miguel Alemán’. El mercado en cuestión tuvo un costo por la cantidad de 36,000.00 pesos, según informe de gobierno que dio el mismo Gral. Rafael E. Melgar al interior del Teatro Juventino Rosas, a finales de su mandato.

El Gral. Gabriel R. Guevara Orihuela (1940-19444) fue el siguiente gobernador”. “Aquí vi cuando al faro-reloj lo cambiaron de lugar, de la glorieta (Avenidas Héroes y 22 de Marzo) a la rellenada Explanada de la Bandera; acercando así el faro más a la bahía de Chetumal. Siendo el 24 de febrero de 1943 cuando el viejo reloj público dio de nueva cuenta sus renovadas campanadas, en cuanto al faro estuvo ahí provisionalmente durante cinco años, y finalmente en 1948, se inauguró el faro que en Chetumal, hasta hoy, conocemos todos. Con el gobernador Guevara se hizo el parque frente al Palacio de Gobierno donde se colocaron dos hermosos monumentos… el de la madre y el del maestro, aunque yo diría que su mayor obra fue la construcción del Aeropuerto Internacional de Cd. Chetumal. De último llegó el Gobernador de hoy don Margarito Ramírez Miranda, mi amigo, que llegó al Territorio de Quintana Roo el primero de abril de 1944. Margarito, amigo de sus amigos pero un perfecto desgraciado con sus enemigos, es demasiado extremoso. Debe tener de edad como cuatro años más que yo, y yo tengo 69. Mi amigo Márgaro ya lleva once años de gobernador y dice que lo tendremos que aguantar otros once más, que va a enterrarlos de viejos a todos sus detractores y que de pura venganza se estará orinando en la tumba de quienes lo han difamado… Por si las dudas mejor yo ni escribo nada de él. Hasta aquí son mis últimos vivencias que redacto. Me he quedado sin luz y las velas se apagan con el viento que aporrea las ventanas, creo que esta noche pegará el ciclón que dicen se llama JANET y según en la radio de Belice aseguran que trae marea de diez metros sobre el nivel del mar. El tiempo se ha puesto terrible no deja de llover, no puedo salir, las calles están rotas porque en toda la ciudad están metiendo el drenaje; vuelan artefactos peligrosos. Son las once de la noche y ya no oigo a los carros que anunciaban los refugios en el Hospital Morelos, Hotel Los Cocos y la Escuela Belisario Domínguez, bueno ya ni en la radio se escucha decir que corramos para el cerro… Ni modos, lo que será, será.

Y pensar que mi amigo Márgaro vino por mí para llevarme al palacio de gobierno como refugio, y todavía me di el lujo de mandarlo al carajo… Aún en estos momentos de total soledad debo manifestar mi satisfacción por haber terminado parte de mis memorias… “Mi Último Deseo” era éste. Mientras Camelo Sóstenes Chin se resguardaba en su casa construida de madera, en Xcalak con cinco mil habitantes, cien ya se habían ahogado y otros doscientos más quedaban gravemente heridos… el mar caribe había pegado dos horas antes que en Chetumal. Esa noche del 27 de septiembre de 1955 la bahía se secó, quienes corrieron al interior del Teatro Ávila Camacho y al palacio de gobierno, asombrados lo vieron; pero lo más impactante de todo fue cuando el agua, de más de dos metros de altura, regresó tirando bardas y viviendas de madera, acabando con familias completas: abuelos, hijos, nietos. Hubo casos horrendos como el del soldado Higinio Banda, cabo de la Cía. Fija, que cruzando en el Parque de los Caimanes una lámina lo dejó sin cabeza; o el de la muchachita de nombre Amalia Polanco que en Xcalak una lámina la alcanzó por la mitad del cuerpo y la partió en dos. Casas que con todo y familias el agua las levantó y las llevó hasta 400 metros lejos de donde originalmente estaban.

Había seis mil chicleros registrados en las cooperativas cercanas a Chetumal, y muchos de ellos murieron aplastados por los gigantescos árboles, de esto nunca se dijo nada. A todo esto y haciendo un paréntesis, a Camelo Sóstenes no se le abandonó a su suerte, porque muy de mañana Margarito Ramírez había ido ese 27 de septiembre a ver a su amigo Camelo, y le ofreció refugio en palacio de gobierno, pero Sóstenes se negó diciendo: “De Dios estaría morir como murió ‘Flor’ mi primer mujer”, refiriéndose al funesto huracán ocurrido en Cozumel aquel 12 de agosto de 1903. “Déjame terminar mis memorias, ya mero acabo”, dijo Camelo a Margarito y le cerró la puerta… sin imaginar que sería la última vez que se verían los dos amigos. Al día siguiente el Hospital Civil Morelos cuyo director era el Dr. Guillermo Macías, se vio insuficiente para curar a tantos heridos. En Chetumal estaban quedando sólo hombres, porque las criaturas y mujeres eran llevadas en avión hacia Mérida, Yucatán que fue de los primeros en auxiliar en esta desgracia. El reloj público que estaba en la Explanada de la Bandera desapareció, el ciclón Janet se lo llevó dejando tremendo agujero en lo alto del obelisco. Una vez terminada la tormenta vino la total calma, finalmente don Margarito acabó de leer las memorias de su amigo Camelo Sóstenes Chin, quien por cosas del destino falleció ahogado en un ciclón tal y como había muerto “Flor” la mujer que siempre amó.

Don Margarito Ramírez Miranda que fue 14 años Gobernador (1944-1958) del Territorio Federal de Quintana Roo, lo hicieron renunciar las manifestaciones en su contra hechas por campesinos que ya lo veían como un odioso dictador, pero momentos antes de retirarse para siempre de Chetumal, don Márgaro escuchó el disco que tanto guardó su cuate Camelo: “Flor se llamaba, flor era ella… flor de los bosque en una palma, flor de los cielos en una estrella… flor de mi vida, flor de mi alma. Murió de pronto mi flor querida erré el sendero, perdí la calma… y para siempre quedó mi vida sin una estrella… sin una palma”.

F I N de la novela.

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El primer faro y reloj de Payo Obispo

El primer faro y reloj de Payo Obispo

Después del General Octaviano Solís, llegó como Gobernador el Teniente Coronel Librado Avitia (1921—1923). La verdad es que hubo varios gobernadores que sólo duraron un par de semanas los cuales ya ni recuerdo sus nombres, pero sí seguiré mencionando los que hayan durado poco más de un año. “Otro gobernadores pero interino, que viene a mi memoria fue el Mayor Camilo E. Félix”. Corría el mes de diciembre de 1923, a un año de distancia próxima en que el Gral. Obregón terminaría el cargo de Presidente de México, el Gral. Adolfo de la Huerta quiso ser el sucesor pero como no lo logró se levantó en armas convocando a la rebelión de los generales en contra del Jefe del Poder Ejecutivo.

Acá en la Capital de Quintana Roo, unos cuantos ciudadanos, la Comandancia Naval y demás militares veían con agrado el movimiento armado que el General Adolfo de la Huerta desde el Puerto de Veracruz protagonizaba en contra del C. Presidente de la República Mexicana Gral. Álvaro Obregón.

En Payo Obispo (Chetumal) que apenas tenía 25 años de haberse fundado, el comunicarnos con el centro del país era casi imposible ocasionando que de muy poco nos enteráramos de lo que en esos momentos ocurría en toda la nación. El “run-run” de que también podría haber revuelta armada en Quintana Roo, cada día sonaba más. Lejos estábamos los payoobispenses, hoy chetumaleños, en creer que algo parecido pudiera pasar en nuestro Territorio de Quintana Roo… sin embargo pasó. ! Le dieron cuartelazo al gobernador interino !.

El Mayor de Caballería don Camilo E. Félix (1923), Comandante Militar del Territorio quintanarroense, fue aprehendido por el insurrecto Mayor de Infantería Atanasio Rojas. El mismito Palacio de Gobierno sirvió para tener secuestrado al gobernador Félix, y a sus más cercanos colaboradores. En la madrugada del 13 de diciembre de 1923, los prisioneros fueron embarcados en el cañonero “El Explorador”, custodiados y deportados al Puerto de Belice, Honduras Británicas… al Gobernador Félix le acompañaba su señora esposa doña María Aranda.

Desafortunadamente en el Estado vecino de Yucatán no corrieron con la misma buena suerte… Tres semanas más tarde a principio de enero de 1924, los sublevados fusilaron al Gobernador de Yucatán don Felipe Carrillo Puerto, sus tres hermanos, colaboradores y algunos militares más. Don Felipe Carrillo Puerto, leal al Gobierno Constitucional del Presidente Obregón, fue encarcelado y sometido a juicio sumario. Siendo civil se le formó consejo de guerra e inmediatamente en menos de 24 horas acribillado ante un paredón del cementerio general de Mérida… había que acabar urgentemente con los partidarios del Presidente de México. Al igual que en Yucatán, en Quintana Roo tampoco teníamos gobernador, y los militares golpistas seguían matando a militares, federales y civiles que reconocieran a Álvaro Obregón.

Encontrándome de servicio en la frontera de Santa Elena, fuimos agredidos y advertidos para que entregáramos las armas a los sublevados; uno de mis subalternos el Cabo Justo Martínez, desenfundó la pistola y mató a quemarropa a un Coronel que comandaba a los golpistas, un tal Juan Galindo; en medio de la balacera estando yo herido del pié izquierdo pude escapar gracias a que cerca de ahí había un burdelito que regenteaba una mujer que fue mi querida, ella me salvó llevándome a esconder a Santa Elena del lado beliceño. Fuera de mi país, sin dinero y sin poder caminar, pasé mi cumpleaños número 38… y una navidad “chupando” con mi querendona amiga que para amenizar mi festejo dando cuerda hizo sonar moderno fonógrafo con unas canciones en inglés que estaban de moda; al escuchar la música me entró, como buen yucateco, mucho sentimiento y no pude soportar soltando amargo llanto, no sé cómo fue que recordé a mi amada y ya fallecida Flor, el asunto es que mi amiga me preguntó: “¡bueno y qué sanababich (son of a bich) te pasa!”, experta mi amiga comprendió que en ese momento lo único que se me podría haber parado era el corazón.

Pero, y a pesar de todo conté con la buena suerte que no tuvieron mis demás compañeros, el 17 de abril de 1924 fueron fusilados en el panteón que existía enfrente del hoy hotel de “Los Cocos” (Av. de Los Héroes, en Chetumal)… en estos momentos no puedo recordar el nombre de todos los que fueron pasados por las armas, sólo me acuerdo del Subteniente Rosalino López, de un Cabo llamado Justo Martínez, de un soldado de nombre Urbano, y de un contratista chiclero cuya persona era don Juanito Erales. Este señor Erales, fue relacionado con un movimiento que estaban preparando en contra del usurpador Atanasio Rojas, pero los descubrieron y en caliente que los fusilan; otros lograron escapar como el Tesorero del Territorio don Andrés Sangri y el Jefe de la Aduana Marítima Sr. Pedro Pérez Andrade.

Estando yo todavía mal herido y protegido en Santa Elena, mis amigos Ramón González Téllez, Audomaro Castillo Herrera, Aurelio Aranda y Enrique Ruiz, me tenían al tanto de lo que sucedía en aquel violento Payo Obispo (Chetumal). Así fue como me enteré que un nutrido grupo de soldados rebeldes escapaban hacia Centroamérica, que ya los esperaba una embarcación en el muelle de Payo Obispo, y entre esos militares se encontraba un tal Ricárdez Broca, que fue quien dio el cuartelazo en Yucatán, se autonombró gobernador, y ordenó el fusilamiento de don Felipe Carrillo Puerto.

Atanasio Rojas que todavía tenía control sobre el Territorio de Quintana Roo, entre aplausos y vivas ayudó a que escapara el coronel Juan Ricárdez Broca. A las pocas semanas hubo más muertos cuando a Payo Obispo entraron las fuerzas obregonistas que recuperaron la plaza el 5 de mayo de 1924… única vez que no se pudo celebrar un año más de la fundación de Payo Obispo. Desde las seis de la mañana entre nutrido tiroteo, Atanasio Rojas y sus secuaces cruzaron nadando el Río Hondo, y se internaron en selvas de Honduras Británicas (Belice).

Impuesto el orden constitucional, el Presidente Gral, Alvaro Obregón nombró al nuevo Gobernador del Territorio de Quintana Roo, Gral. Amado Aguirre Benavides (1924-1925)… después de tantos brincos y sombrerazos finalmente el sucesor de Obregón fue el General Plutarco Elías Calles. Yo con mi pata amolada y un sueldo de miseria que siempre tuve viviendo entre drogadictos y asesinos que venían a esconderse a Quintana Roo, y que muchas veces terminaban como mis compañeros en el ejército, ya no quise saber más de las armas, y menos ahora que se veía venir el enfrentamiento entre el Gobierno del Gral. Plutarco Elías Calles y el Clero Católico Mexicano. Perdí el miedo, ya no distinguía el bien del mal, yo ya no quería matar; que me perdone Dios no sé ni cuántos hijos habré dejado por ahí… Algo inexplicable me estaba pasando, asombrado comprendí la grandeza del creador y la pequeñez del hombre… la vida tan frágil y tan corta.

Con el nuevo presidente Calles, pasaron por Quintana Roo tres gobernadores: el Coronel Enrique Barocio, el periodista Antonio Ancona Albertos y el General Dr. José Siurob Ramírez. Lo que tenía que suceder sucedió, el Gobernador Dr. Siurob ordenó en el año de 1928, cerrar definitivamente la Iglesia “San José de Payo Obispo”, único templo católico existente en la capital de Q. Roo, y su inmueble de madera fue anexada (por utilidad pública) a la vecina escuela primaria Belisario Domínguez también de madera ubicada en la Av. Othón P. Blanco frente al campo deportivo ‘Nigromante’ hoy más conocido como Parque de los Caimanes… Así clausurada la iglesia, ésta fue utilizada con el nombre de ‘Teatro Minerva’

Para reconocerse “secretamente” los católicos entre sí, le mochaban un pedazo de orilla al sombrero, de ahí que a los fanáticos católicos les llamáramos los Mochos”.

El último sacerdote de dicha Iglesia, fue el padre de origen español Francisco Palau. Palau casó en todos los matrimonios, ofició misas en todos los entierros… Palau fue el alma religiosa que todos en Payo Obispo respetaban. Resulta que un buen día el padre Palau fue obligadamente llevado al “Pontón Chetumal” que todavía se encontraba anclado en la bahía, ahí lo encerraron no sin antes haberle llevado bebidas alcohólicas y prostitutas, obligándolo a fornicar. El encargado del operativo fue el Capitán Primero Julián Izquierdo, que en una de las borracheras me lo platicó: “¿Creerás Camelo, que con tan buenas hembras el mocho de Pancho Palau no se animó?”.

Ya no quería yo saber nada de mi pasado, a mis 45 años en pleno apogeo de mi vida decidí cerrar mi casa de Payo Obispo y me fui como repoblador a Bacalar, allá me puse a trabajar el campo. Una botella de vino, una buena vieja chaparra, flaca, gorda o grandotota lo que caiga es bueno y “si tiene gújero es SALVAVIDAS” (decía anuncio de la época) todo eso y una hermosa laguna de siete colores… qué más podía pedir un vulgar humano como yo. Y la verdad es que en esos principios de los años treintas de este siglo XX los repobladores iban a Bacalar con la intención de hallar tesoros escondidos, asunto que en lo personal desde muy niño soñé con encontrar un baúl repleto de monedas de oro, así es que “¡fuímonos p’a Bacalar linda tierra tropical!”.

En fin, Bacalar Q. Roo que se encuentra a 35 kilómetros de la capital Payo Obispo, fue ocupada por los Itzaes en el año 435 D.C., y la llamaron Siyancaan Bakhalal, por eso cuando estamos sembrando encontramos un montón de objetos de barro y otros de obsidiana, figuras que pertenecieron a los mayas que de aquí salieron para fundar la gran Chichen-Itza. Después llegaron los españoles que en 1544 por orden del Emperador Carlos V, se fundó la Villa Salamanca de Bacalar; Inglaterra siempre quiso apoderarse de estas tierras, por eso la Nueva España construyó el fuerte de Bacalar. Desde 1544 Bacalar venía siendo, a pesar de los piratas ingleses, lugar de comercio próspero y exitoso, pero después de la independencia de México, durante la “guerra de castas”, Bacalar en 1858 quedó completamente arruinado..

En este lugar no habían instituciones bancarias a dónde guardar el dinero, todavía no aparecía el papel moneda (billetes)… se utilizaba efectivo en oro o plata, metales muy pesadas para transportar; así es que con las prisas de salir corriendo y salvar la vida ante los horrendos crímenes que hacían los campesinos mayas, los ricos comerciantes y hacendados escondieron sus joyas y dinero enterrándolos en lugares insospechables, y toda la población que eran cerca de seis mil personas huyeron para Centroamérica.

Casi 60 años después cuando volvió la calma, los que habían escondido sus riquezas ya habían fallecido y nunca pudieron regresar a Bacalar. A principios de los años treinta de este siglo veinte, pocos éramos los repobladores, creo que no llegábamos ni a cien, lo que sobraba eran un montón de casas todas de piedra con los techos ya vencidos, paredes por caer, sin puertas ni ventanas; yo mismo agarré una afuera del poblado que parecía haber sido una hacienda. Nunca vi inmueble alguno sin paredes ensangrentadas… estaba claro que los indígenas mayas masacraron a los mestizos de habla hispana… guerra entre yucatecos donde el gobierno federal de don Porfirio Díaz tuvo que intervenir enérgicamente o el sureste se desintegraba.

Ya en Bacalar empecé haciendo agujeros en mi propia casa, la dejé toda picoteada y no encontré nada, seguí con los vecinos… y no encontré nada… me compré un equipo ingles detector de tesoros… y nada. Pero ocurrió que en una de las casonas que está cerca de la Iglesia de San Joaquín, le había salido un árbol al interior de lo que creo fue la cocina, que ligeramente dejaba al descubierto angostos escalones que conducía hacia un sótano, de primero creí que se trataba de un sótano, pero luego vi que era un túnel.

Prendí mis lámparas y viaje por el túnel, calculo que fui a dar afuerita de la destruida Iglesia de San Joaquín… noté que una escalera de madera ya podrida apuntaba hacía arriba impidiendo una pesada losa la salida. No estaba errado, el mismo tipo de losa que vi al interior del túnel, era el mismo que ya estando por fuera vi en el área verde de la iglesia, que por cierto habían varias lápidas de clérigos sepultados ahí. Al siguiente día muy de madrugada empecé a recorrer el túnel y llegué al fuerte de Bacalar, entré a un amplio sótano húmedo que me pareció haber sido bodega; el asunto es que no pude salir subiendo los escalones porque alguna vez hubo un derrumbe que taponeó el paso. Me regresé y seguí otra ruta que pasando frente a la Iglesia de San Joaquín llegué hasta las ruinas españolas de un altísimo mirador donde se veía bien toda la laguna, muy especialmente a lo lejos un lugar que le llamaban el ‘Canal de los Piratas’. Me quité de ahí porque ya era muy noche, lo importante es que había encontrado otra entrada o salida del túnel.

Hasta ese momento mis conclusiones fueron: esos edificios de la época colonial se comunicaban entre sí por túneles o sacscaberas, que el sacscab o tierra blanca muy probablemente fue utilizada como polvo de piedra para hacer las construcciones; que el sistema de oxigenación era a través de pozos que iban a un lado del túnel con discretas perforaciones que hacían circular el aire; esos túneles debieron haber sido perfectos escondites contra las invasiones de los piratas inglese. Cabe aclarar que a finales de 1931 había por Decreto Presidencial de Pascual Ortiz Rubio, dejado de existir el Territorio de Quintana Roo, quedando el norte para Yucatán y el sur para Campeche.

Desde bien temprano, al día siguiente llevé mi comida ya que no pensaba salir sino hasta que recorriera todas las rutas del túnel. Con la emoción de mi búsqueda de tesoros, ni cuenta me di que ese día era la navidad de 1933, y yo sin saberlo metido en el agujero, y lo peor es que una amiguita de nombre Alba me había invitado a pasar la navidad en su casa. Alba en una ocasión me dijo que tuviera mucho cuidado en esos túneles, porque ella sabía que habían pumas ahí; yo nunca vi esos gatos, lo que sí me encontraba cada veinte metros era con tarántulas, alacranes y un que otro coralillo, hasta parecían trencitos arrastrándose en la obscuridad.

Además ese 24 de diciembre los poquitos policías que habían estaban muy entretenidos peleándose con las viejas “mochas” que se negaban a que el Santo Patrono de Bacalar fuera llevado a la capital de Campeche, dizque porque allá los campechanos le arreglarían su bracito del santito que estaba quebrado. Pobres polis, los apedrearon que ya mero y los matan… y a mí se me figura que por miedo los campechanos dijeron que el santito pesaba un chingo, y que por eso no lo podían cargar… el viejerío empezó a llorar y gritaban que San Joaquín no se quería ir de Bacalar. Años después ya en Payo Obispo con uno de esos policías me hice compadre, y éste nunca negó que estuvo pegado al piso San Joaquín… constantemente yo le cuestionaba: ¿no será que el temor les hizo creer que no podían moverlo?. Una vez ya pedísimos le quise sacar la sopa, y encabronado me mentotió la madre en maya: —“Mira pela-ná de mier… , ya no me dijo compadrito, ¿tú piensas que esas mugrosas viejas nos iban a meter miedo?, te digo que ocho policías no lo pudimos ni siquiera arrastrar, si quieres creerlo qué bueno, sino ya sabes por favor deja de estar fregando”… Por culpa de San Joaquín ya mero y pierdo a mi compadre Silverio. Pero volviendo a lo del túnel, mientras allá afuera estaba tremenda trifulca religiosa, yo seguía como ratón dentro del túnel… se empezó a hacer de noche y la poquita gente celebraba su navidad. Sonaban algunos cohetes y palomitas, algunos borrachos hacían sonar sus escopetas y otros sus pistolas- Yo no quería salir, estaba picadazo recorriendo el obscuro lugar. Una de las casas cuyos escalones se encontraban limpiecitos me llamó la atención, subí y me asomé, me di cuenta que arriba de mi cabeza había una cama que sonaba “chaca chaca’”; con la cama ahí atravesada dificultaba el paso… entre risas, besos y celebrando con un pollo asado, los amantes pasaban felices la navidad. En eso que llega el marido, rápidamente la mujer sin saber qué hacer aventó el pollo por debajo de la cama, yo me eche a correr cuando quitaban la cama; enseguida el amante escapó huyendo por el túnel y se metió a una casa vecina… el amante era el vecino. ¡Yo lo vi todo!, con tremendo pistolón el marido corrió parte del incómodo túnel pero con tan mala suerte no logró limpiar su honra… qué bueno que no me vio sino me mata, y yo que a la mujer ni la uñas le vi. Francamente desaparecí del lugar, los gritos de la mujer pidiendo auxilio me hicieron correr más rápido. Al otro día la curiosidad me llevó al inmueble donde ocurrieron los hechos, fue fácil dar con el lugar; entre la gente arremolinada sacaban el cadáver baleado y acuchillado de la pobre mujer. Las autoridades policiacas dijeron que por robarle a la dama sus joyas la asesinaron, y es que como la señora tenía fama de haber encontrado un tesoro en esa misma casona donde vivía; acusaron del crimen a un jovencito chiclero de apellido Santos con el que también la fémina tuvo amoríos… Pero éste último no fue el que la mató, ¡yo lo supe todo! y sin poder hablar…. Fin de la Tercera Parte.

Continuará mañana la cuarta y última parte.

Si desea leer los capitulos anteriores de estra novela aquí los enlaces a ellos:

Primera Parte

Segunda Parte

Última Parte y final