La multitud embravecida y fiera

gritando cual indómita pantera

estrechábase en torno del culpable

y enronquecida aullaba: ¡Muera!¡Muera!

¡Muera el traidor! ¡Perezca el miserable!

 

Tranquilo, grave, inconmovible y fuerte,

despreciando el peligro de la muerte,

con alma recia, cual templado acero,

ante la turba dueña de su suerte,

de brazos se cruzaba el prisionero.

 

No imploraba perdón de sus tiranos.

En el traje, en la frente y en las manos,

ostentaba señales de pelea,

y miraba impasible a sus hermanos

que perecen en aras de la idea.

 

Es cierto que mató, luchó valiente,

combatió con denuedo frente a frente,

y le tocó perder en la partida,

que el que sabe luchar noble y valiente

sabe hacer poco aprecio de la vida.

 

-¡De rodillas!- le grita amenazante

una mujer atroz y repugnante.

 

-¡Morirá como mueren los traidores!-

el jefe de la escolta fiero exclama.

Y dando rienda suelta a sus rencores,

¡Muera! ¡Muera el traidor!- el pueblo brama.

 

-¡Fusiladle al instante!- clamorean

los impacientes -¡Colocadle hierros!

¡Es un lobo! ¡Es un lobo!- otros vocean.

Y alzando las pupilas que flamean

contestó el acusado: ¡Ladrad, perros!

 

Piedras, golpes, denuestos, culatazos,

blasfemias y cobardes salivazos,

aumentaron del preso la tortura;

y atado fuertemente de los brazos

siguió su horrible calle de amargura.

Nunca la muchedumbre desatada

se mostró más hostil y despiadada.

Nunca los odios que en los pechos laten,

tuvieron expresión tan irritada.

La voz del pueblo cual fulmínea espada

vibraba ferozmente: ¡Que lo maten!

 

Resbalando en la sangre y en el lodo,

con los brazos sujetos por el codo,

caminaba tranquilo el delincuente,

cuando, abriéndose paso entre la gente

sin miedo a bayonetas ni a fusiles,

un angelito rubio, un inocente

que apenas contaba seis abriles,

exclamó con acento dolorido:

-¡Vente a casa, papá; no hemos comido,

y la sopa en la mesa espera…!-

 

Calló el niño. Fue tremendo el alarido

del pueblo que gritaba: ¡Muera! ¡Muera!

¡Muera pronto el traidor! ¡Muera el bandido!

 

A lo lejos roncaban los cañones,

con el rítmico trotar los escuadrones

ocupaban las calles y las plazas;

y el niño contestó con un sollozo;

sin comprender insultos ni amenazas,

sin penetrar del pueblo la demencia,

suspiraba con eco dolorido:

-¡Ven a casa, papá, no hemos comido!-

 

-Es guapo el chiquitín- exclamó un mozo

-¿Qué edad tienes?- dijo otra comadre:

y el niño contestó con un sollozo:

-¡Vente, vente conmigo, vente padre!-

 

-¡Largo, largo de aquí!- clamó un soldado.

-¡Marcha junto a tu madre que está ansiosa

por abrazarte!- Grave y mesurado,

advirtió lentamente el condenado:

-La madre de este niño está en la fosa.-

Luego irguiendo la frente,

murmuró estoicamente:

 

-Hijito, ve a buscar a la vecina;

es muy buena, y te quiere Catalina.

Ella te cuidará.- Pues ven conmigo.

Replicó el pequeñuelo.

-Yo iré después,- disimulando el duelo

repuso el pobre padre -pues mi amigo,

que es este buen sargento veterano

quiere que yo visite sus cuarteles.

 

Desatadme un instante los cordeles

para que el chiquitín libre me vea

y tranquilo se aleje- el prisionero

suplicó. Y el sargento dijo: -Sea-.

 

-Ya lo ves, chiquitín, estos señores

me llevan a que hablemos de un asunto-;

y después, con semblante de difunto

añadió: -Dame un beso y hasta luego…-

 

-Gracias porque entendiste a mi ruego-

habló el padre al sargento -¡Dadme muerte

cuando el chiquillo pase de la esquina,

mientras va a buscar a la vecina!

¡Matadme! ¡Me resigno con mi suerte!-

 

Calló la multitud rugiente y fiera,

y por fin, con bramido de pantera

que adora a sus cachorros, ronca dijo

con un sollozo que asordó a la esfera:

-¡Vete! ¡Vete a casa con tu hijo!-