Category: Recuerdos de Chetumal


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Es muy común que cuando la edad nos alcanza nuestra visión de la vida se vuelve diferente, nuestra manera de pensar cambia, el gusto por lo antiguo se vuelve nuevo, la nostalgia de lo vivido se convierte en poesía, y más que nunca, nuestros juegos de niños, junto con nuestras ilusiones infantiles, se convierten en bálsamo para curar heridas.

Y pensando en esa técnica y después de someterme a ese ejercicio mental es que que me encuentro aquí sentado escribiendo estas líneas, para compartirles mis experiencias de ese ejercicio. Recorro parte de mi pasado y mi niñez y relato algunas de mis vivencias en locaciones de lo que fue mi pueblo, el Chetumal que me vió nacer .

Cumplo con la técnica que aconseja revivir momentos de infantil felicidad, como una forma de curar el estrés de la vida actual. Para ello según dicen, hay que cerrar los ojos y relajar todo el cuerpo, bloquear los pensamientos que nos causan estrés, dejar que tu mente vuele por el pasado, cual ave que vuelve al nido, y pensar cómo era nuestra vida antes de aprender a volar, antes de ser los adultos que somos, solo pensando en la inocente sencillez de nuestra infancia y encontrando en ella las situaciones y los momentos de mayor felicidad que hayamos tenido.

El secreto está en ubicarnos en ese instante de la vida en que todo era dicha y despreocupación, sin esos condicionamientos, esas preocupaciones y esas responsabilidades de la vida actual; esas preocupaciones que más adelante fuimos adquiriendo, en la escuela, en la calle y en nuestro propio hogar.

Y así al hacer ese recorrido de retrospección por el lejano ayer, siento volver a hacer barquitos de papel y ponerlos a navegar en los charcos de mi barrio, y vuelvo a construir otros de la corteza del tasiste, con su vela de papel y su timón de hoja de afeitar, y los veo correr corriente abajo jugando carreras contra otros barquitos de  mis compañeros. Me veo vagar descalzo por el julubal y escuchar de nuevo el croar de las ranas, lanzar piedras planas sobre la superficie del agua y verlas dejar ondas a su paso por el pantano y el manglar. Me siento también volver a aquellas aventuras por las afueras y visitar el rancho de Don Dimas Sansores y comer uno de  los mangos manila que cosechaba, y me siento caminar  entre los árboles y la maleza hasta llegar a la rivera del río hondo; y siento zambullirme de nuevo con mis amigos en el río, sin el temor a las serpientes o a los lagartos.  Y desde la orilla del río y desde el manglar, veo pasar por el río los barquitos, esos que van y vienen, con personas y animales. Unos barquitos vienen del muelle de Chetumal y van río arriba, y otros vienen río abajo, y van a Chetumal.

Y siguiendo esa técnica de regresión mental de nuevo me veo brincando sobre las trozas que flotan por el río y la bahía, tirando de nuevo mi anzuelo y mi cordel, en espera que los peces piquen, mientras el sol del verano y la brisa azotan mi curtida piel desnuda.

Siento montar de nuevo a pelo el caballo de don Lencho con el ardiente sol sobre mi piel, sin preocuparme por usar el actual bloqueador solar. Disfruto de nuevo el parque de los caimanes y monto nuevamente los cocodrilos de piedra; esos que escupían agua por la boca. Me veo pedaleando  en mi primera bicicleta por las callecitas del parque y escucho el zumbar de los pinos, arrullados por los vientos que vienen de la bahía. Siento  recostarme a la sombra de uno de esos pinos del parque, en un día de caluroso verano, y saborear un raspado de Mónico, o una nieve de coco de Don Valentín o de Nacho.

Y en ese sentir aquellas cosas, de nuevo siento abrazar a mis padres, ya fallecidos, y enjugar mis lágrimas en sus hombros. Siento su calor y su protección como algo que me reconforta y de nuevo me da seguridad. Y respiro también de nuevo el ambiente de aquella vida simple, sencilla y confiada, esa vida de aquellos años del Chetumal, donde las casas tenían las puertas abiertas durante todo el día.  Y así, concentrado en pensar en esos tiempos, de mi infancia vuelvo a escuchar de nuevo las fábulas y las leyendas mi pueblo, esas que nos contaba “El Carasucia”, aquel carbonero de piel morena y de alma blanca, aquel viejo de sonrisa dulce, aquel buen hombre que bajando de su carreta  nos deleitaba con sus relatos.

Pero el tiempo pasó y de niño me volví adulto, y de adulto me convertí en un viejo. Un viejo romántico, un poco como el “Carasucia”, y hoy me veo contandoles lo que el nos contaba cuando niños. Y pasaron los años y aprendí lo que todos aprendemos en la vida.

Aprendí de la existencia de las armas, de las guerras, de los prejuicios, del hambre y de los abusos. Aprendí también sobre la mentira, la codicia, el egoísmo , el sufrimiento, la enfermedad y el dolor. Aprendí muchas cosas, algunas para mi bien y otras para mi mal: pero por sobre todo, aprendí a valorar y pensar mejor lo que es importante de lo que no lo es, y a saber que los momentos más gratos y más lindos de la vida pasan durante la infancia.

Y termino el ejercicio de regresión y vuelvo al mundo real de mi vida actual.  Me siento bien, fortalecido con nuevos bríos y nuevas ganas de vivir, siento que ahora valoro más lo sencillo, lo espontáneo y lo sincero, de las cosas y las persona, porque en ello está el secreto de una vida tranquila. 

Finalmente siento  una renovada urgencia de sonreír y estar en armonía conmigo, con la creación y con todos los que me rodean y me dan su cariño. Lo hago y me siento con nuevas ganas de perdonar  y dar amor, y me siento también, más sano mental y físicamente.

Y todo eso, gracias a pensar en  las alegrías que de niño pasé, en el viejo Chetumal de mis amores..

MARIO A.V.

ObeliscoUna historia de Chetumal.-

Apoyado en su bastón, pero con gran voluntad de moverse, con su sonrisa cordial, el hombre llegó a la mesa del restaurante del hotel. Era sábado y acudía a una  más de las acostumbradas reuniones semanales  con su grupo de viejos amigos que gustaban de compartir, escuchar y contar historias, leyendas  y anécdotas de  los viejos y  polvorientos años del siglo pasado. Historias, leyendas, y cuentos del viejo Payo Obispo, del Territorio, y de Chetumal.

Con sus más de 90 años a cuestas, aquel  hombre llegó con ánimo renovado  al desayuno; en su rostro se dibujaba un ansia de compartir algo especial, pudiera ser  una más de sus muchas historias, de esas  olvidadas por el tiempo,  pero que para él,  en ese día, cobraba vida y tocaba nuevamente sus sentimientos. La reunión era en ese hotel, que como él, tenía  muchas  historias para contar,  ya que había sido construido  por el General Melgar en los años treintas del siglo que pasó, y al igual  que la escuela Belisario  y el hospital Morelos, eran templos vivientes que guardaban viejas historias  de la vida en el viejo Chetumal.

Y es que la anunciada historia que tenía que contar ese día aquel hombre,  venía a sumarse a ese caudal de recuerdos que hacen la historia, a ese cúmulo de viejas vivencias que el grupo de amigos gustaban de  revivir cada sábado, entre sorbo y sorbo del  café del desayuno. La historia había sucedido en Chetumal  hacía 42 años.  Con el afecto de siempre, los amigos se dispusieron a escuchar aquello que el mayor de su grupo,  con especial sentimiento, se disponía  a contarles.

De su billetera el hombre sacó un raído recorte del Diario de Yucatán de fecha  24 de Abril de 1975 que decía: “Fue halllado muerto, después de 8 días de infructuosa búsqueda, el profesor Arnoldo Aguayo Canto, quien el domingo  pasado se extravió en los montes de Bacalar durante una cacería. El profesor Aguayo se internó en el ejido Francisco J. Mújica con tres  compañeros más, el profesor Rubén Gamboa Gamboa, el Sr. Pedro Medina y el Dr. Cesar López. En el  lugar donde fue hallado el cadáver, a 80 kilómetros del poblado más cercano, la tierra estaba agrietada por el extremo calor y la prolongada sequía en la región. El profesor Arnoldo, experimentado cazador de 42 años, murió de sed,  y  al morir deja en la orfandad a 10 hijos; en su memoria se celebrará una misa de cuerpo presente en la Iglesia de la ciudad y posteriormente su cuerpo será velado primeramente en el Sindicato de Maestros y  después en su hogar, y finalmente su cuerpo será sepultado en cementerio municipal. Firmaba la nota el principiante reportero y corresponsal del diario,  Francisco Bautista Pérez, hoy el cronista del Estado”.

Al término de la lectura de la nota, el profesor Ruben Gamboa dijo con voz quebrada y ojos vidriosos: como podrán ver amigos yo fui uno de los que acompañé a mi amigo fallecido en esa trágica y triste aventura por la selva. Y agregó, este hecho impactó tan fuertemente mi vida, que recordarlo me llena el alma de tristeza y pesadumbre, pues fueron momentos de mi vida de gran tragedia, impotencia y angustia que viví. Momentos de  frustración  cuando comenzó  a caer la noche y siguieron las lentas y muy lentas horas de espera, horas de desesperación. Momentos, horas y días, llenos de ansiedad.  Ocho largos días de intensa búsqueda y de intensa movilización, tanto de los elementos del 55 Batallón de infantería, como de gente de monte y de amigos cazadores; momentos en  que nunca dejamos de  buscar con desesperación entre caminos y veredas de aquella espesa selva del sur del Estado.

En ese tiempo Chetumal había alcanzado su mayoría de edad y  pasaba a ser la capital del nuevo Estado de Quintana Roo. Dejábamos de llamarnos Territorio Federal y un nuevo gobierno de quintanarroenses asumía el mando y tomaba las riendas del Estado 30 de la república. Y todos, Pueblo y Gobierno,  estuvimos con el alma en un hilo, pendientes de las noticias, deseosos de escuchar buenas nuevas, y con la esperanza de encontrar con vida al extraviado. Las muestras de preocupación de la gente de la pequeña ciudad se vieron por todas partes. Recuerdo un hecho que refleja esa preocupación colectiva, un gesto noble  de solidaridad y compañerismo: Élios Calderón, compañero cazador, en esos días estrenaba una lujosa camioneta último modelo y al enterarse de la emergencia, no dudó en ponerla a disposición de las brigadas de búsqueda.  No le importaron los daños que pudiera tener el vehículo como consecuencia de recorrer aquellos difíciles y enlodados caminos de la selva.

Y es que amigos, no olvidemos que en esos  momentos de angustia y de preocupación colectiva, siempre afloran los sentimientos más nobles y bellos de las personas, y más aún en esos tiempos en que  la ciudad era un gran familia, que lo la mismo compartía las alegrías que las tragedias, como nosotros compartimos con los nuestros el pan nuestro de cada día.

Pero a pesar de  los esfuerzos de todos, y a pesar de  tantos de mis  ruegos y a pesar de todas mis angustias, con enorme dolor en el alma, dolor que hasta hoy me perdura, acepté la gran pérdida de mi amigo, como hoy acepto con humildad y con fe, aunque no sin dolor, la voluntad divina.

Y así, con ese sentimiento y esa emoción, el viejo maestro concluyó su relato.  La audiencia aún guardaba silencio, mientras que por un momento,  pareció flotar sobre aquel ambiente, un sentimiento de comprensión colectiva, de  tristeza compartida, de fraterna amistad, de aceptación, de paz y de poesía.

Mario.

El Mercado de Payo Obispo

El Mercadito Leona Vicario

En lo que hoy es la esquina  de la Calle 22 de Enero con  la avenida Cinco de Mayo, bajo el mandato del gobernador Siurob,  a principios de los 30s,  se construyó el primer mercado de la ciudad de Payo Obispo, una edificación de madera con techo de lámina de zinc de estilo caribeño, asentada a  orillas de la bahía, y a cien metros  de la casa del gobernador y de la delegación de gobierno del entonces territorio federal de Quintana Roo,

Aquel pequeño mercadito venía a llenar las necesidades, tanto de los pequeños agricultores y matarifes, como las necesidades de consumo de los habitantes de la capital del Territorio. Quiero decir que Payo Obispo estaba formada por una  comunidad de gente sencilla. Esa sencillez característica de aquellas rurales comunidades de nuestro país, sin drenaje, sin agua potable entubada, sin teléfono, sin televisión y sin laptops y Ipads, como tienen los niños y los papás de los niños de ahora. Era gente venida de Corozal, de Mérida y de otras partes de la república, sin faltar los colonos de procedencia árabe y oriental.

Debo decirles también que por aquellos años el abasto de ganado vacuno provenía de pequeños ranchos aledaños como eran los ranchos del Sr. Willoghby, del Sr. Montalvo, del Sr. Terencio Salas, o del Sr. Romero. Con frecuencia el abasto no era suficiente y el ganado se traía por mar en pequeñas embarcaciones procedentes de Centro América, principalmente desde Puerto Cortez Honduras.  Los animales se transportaban vivos y las pequeñas embarcaciones eran de poco calado y de fondo plano como la del rudo capitán Noble, quien saliendo de Honduras pasaba frente a Belice y diestramente navegaba  por el Caribe y por la bahía  hasta llegar al muelle fiscal.

La travesía requería de destreza y conocimiento de las aguas de aquella prístina región, debido al  alto riesgo de encallar en las muy bajas aguas de la bahía de Chetumal. Un buen capitán de barco, como lo era Noble, debía conocer muy bien las rudimentarias balizas  y los canales de navegación, navegando por ellos solo con la luz del día. Buena parte de este recorrido  debía hacerse en aguas pertenecientes a los ingleses, y luego siguiendo la línea divisoria con la colonia inglesa de Honduras Británicas, ahora Belice, pasar frente a “Consejo” y llegar al muelle Nachi Cocom. Hacía muy poco tiempo, a inicios del siglo XX, que el tratado de límites se había establecido y como consecuencia de este hecho el Presidente Porfirio Diaz mandó a Othón P. Blanco a establecerse en la desembocadura del Rio Hondo para vigilar el respeto de la soberanía del país, y como consecuencia final fue que tuvo lugar la fundación del pequeño Payo Obispo de que les hablo.

Por aquellos remotos años entre los principales importadores de ganado se contaban   los hermanos Terencio y Valdemar Salas, quienes surtían de carne de res a los tablajeros del mercadito. La gente del pueblo, si quería alcanzar buena carne,  debía acudir al mercadito muy de madrugada, entre las cuatro y cinco del amanecer. En esos años era costumbre que los señores del pueblo fueran los encargados de hacer la compra de la casa, una veces al mercadito y otras veces al muelle para adquirir su pescado. La venta de pescado fresco se hacía  directamente de los barquitos pesqueros. Era linda la costumbre de aquel pueblito rudo y primitivo, que los señores , en un gesto de solidaridad doméstica, hicieran el mandado, mientras contemplaban el amanecer,  con el  sol naciente  alzándose por bahía,

Y es que el paisaje era hermoso, sentirse en la bocana de un rio,  en los límites de un país, y a las costas de la dorada y chispeante Bahia de Chetumal. Una romántica y bella imagen para el mejor  pintor: Barquitos de vela enfilados, pescadores afanados en arreglar y  vender su pesca, gente en un desordenado  barullo, apiñada sobre las piedras y pujando como en subasta  por el mejor pescado.   Pues bien, así era el payo Obispo de aquellos años aquel selvático e insalubre punto de vigilancia de la soberanía de México de aquellos años. Y es en el marco de este bonito pueblito que les relataré la siguiente historia que me contó  mi buen amigo Efraín Angulo.

Don Darío Caballero Sosa, nativo de Ensenada Baja California, era un  funcionario de aduanas a quien sus jefes lo habían comisionado, allá por  la década de los 40s, a venir a la recientemente nombrada Chetumal, antes Payo Obispo, a desempeñarse como subjefe de la aduana. El administrador de la aduana en ese tiempo era Don Jesús el Chapo Salcido.

Don Darío, hombre sencillo, tranquilo y sereno, no obstante su condición de funcionario de aduanas, rento para vivir una casita de techo de palma ubicada en la esquina oriente de  la calle 22 de Enero con 16 de Septiembre, a orillas de la bahía,  sobre lo que ahora es nuestro flamante boulevard y enfrente de lo que ahora es el parque y la Fuente del Pescador,  donde se ubican las letras que dicen: Aquí Inicia México”.

Un buen día don Darío, amigo ya de don Mariano Angulo y don Ernesto Osorio, siguiendo la costumbre de la sociedad Chetumaleña, despertó muy tempranito, tomó su morralito y feliz se dirigió al mercadito. Consciente que los primeros en tiempo son los primeros en derecho, se dirigió a la mesa de la carne de res y le dijo al carnicero:

Buenos días señor, ¿me podría dar un kilo de filete? Aquel abastecedor, con su afilada chaira mano, en la penumbra del amanecer, bajo la luz de una lámpara de gasolina,  se veía muy serio y ocupado en arreglar  su carne y amontonar a un lado las piltrafas. Con desdén y desenfado, esbozando una risa burlona, le contestó a don Darío: Señor usted debe ser nuevo aquí, me imagino, porque veo que no sabe, y debe saber, que el filete solo es para el gobernador, el jefe de sanidad  o el jefe de agricultura. ¡¡ Ellos son los únicos que  aquí comen filete !!

Ante tan lapidaria respuesta del carnicero, don Darío, ahora sí que arrollando su cola, le pidió disculpas, y solicitó le diera lo mejor que tuviera pues quería comer bisteces.

No pasó mucho tiempo, cuando en su carácter de sub jefe de la aduana don Darío debía encargarse de autorizar las importaciones del ganado, que como he dicho,  procedente de Honduras venía por barco y se desembarcaba en el muelle fiscal.

Dado lo largo  del viaje y debido las condiciones de amontonamiento en que viajaban, las reses llegaban cansadas, estresadas y entumidas, por lo que  los ganaderos debían bajarlas de la embarcación a la brevedad y ponerlas en tierra. En tal circunstancia  un hombre se le acercó a don Darío y le solicitó  le permitiera desembarcar su ganado mientras se hacían los trámites para su legal importación.

El taimado de don Darío levantó la mirada, reconoció el  rostro de aquel hombre y le dijo: ¿usted es el amigo de la carnicería del mercado, verdad? Debe acordarse de mí, yo soy el mismo que queriendo comer filete le fue a solicitar comprar un kilo, recuerde bien. Tremendamente apenado aquel hombre miró a don Darío como queriendo registrar para siempre su rostro, balbuceo, y le dijo: ¡Mi jefe, desde hoy usted en este pueblo comerá filete las veces que quiera!

Don Darío exclamó en voz baja, casi para sí mismo, ¡Ah, ese tráfico de influencias no se cuando acabará,  pués todos  lo llevamos, no solo en la sangre, sino hasta en la carne!

Y esbozó una sonrisa que le duró toda la mañana.

Mario

Doña Rosa AbuxapquiMe entero de  la  triste noticia del fallecimiento de Doña Rosa Abuxapqui Abuxapqui, personaje del Chetumal de mi niñez que recuerdo con cariño. Doña Rosa nos  dice adiós y le da también el último adiós  a esta tierra que deja marcada con  la huella de todo cuanto ella fue en su niñez, en su juventud, y en su larga etapa de esposa fiel, viuda y madre amorosa.

Doña Rosa fue de talante enérgico, de mano franca y de corazón generoso. A  ella le tocó sola educar a sus hijos ante la muy temprana partida de su esposo y compañero. A ella el día de ayer la sorprendió un  inesperado   infarto al corazón que  ha terminado con su vida a sus  86 años. Ella con su sorpresiva partida es un miembro más que se va   de una numerosa como antigua  familia,  rica en recuerdos, anécdotas y en historias del Chetumal del ayer.

Una familia conocedora de nuestro génesis,  que fue creciendo, prosperando y arraigándose,  tanto a nuestros  inicios como a nuestros principios. Una familia que como la ciudad se fue moldeando desde aquel  viejo Payo obispo del  agreste Territorio Federal,  hasta  convertirse en lo que hoy es.

Doña Rosa es heredera de una estirpe pionera y legendaria de  gente  que se distinguió por su espíritu, por su trabajo y  por su tesón. Gente que dejó todo y desde remotas tierras vino a dejar todo  y a construir todo.  Doña Rosa  como hija de don Elías y doña Manuela, tomó de ellos lo mejor para integrarse a esta tierra y aquí formar  su propia familia. Así  se unió, a mediados de la centuria pasada, a su señor esposo para formar la familia Espinosa Abuxapqui.

Una familia muy nuestra  formada con los valores de un padre que falleció en un acto de heroísmo, al salvar de la muerte a una criatura,  y de una madre con los rasgos  de carácter y de lucha adquiridos en nuestra tierra.  Ella fue una verdadera guerrera especialmente dotada para la lucha. Hoy los dos, Doña Rosa y su esposo, se han ido, lo mismo que  su hijo Cristian, pero les sobrevive su primogénito aquel niño que durante el huracán Janet de 1955, protegiera entre sus brazos, desafiando el viento en aquella noche de oscuridad, de destrucción, de horror y de muerte. Quería con su niño alcanzar la Escuela Belisario Domínguez, en una angustiosa carrera desde aquella muy antigua juguetería de aquel ya muy viejo Chetumal. Aquella juguetería   era el “Quiosco López”,  ubicado en la Avenida de los héroes. Allí  nos atendía  su propietario y fundador, un viejecito tierno y juguetón que tocaba la armónica y nos enseñaba los juguetes, un hombre de su tiempo y personaje de nuestra infancia  que vivirá por siempre en nuestros muy gratos y muy dulces recuerdos. Aquel Viejito de lentes gruesos y de sonrisa amable era el  amigo de todos los niños y de todos los adultos  de aquel Chetumal de antaño. Don Ángel López había llegado a principios de siglo a la ciudad y comenzó su larga y exitosa carrera de comerciante  vendiendo sobre el camellón de la Héroes baratijas sobre una manta, una manta que  tiraba en el suelo y sobre ella su mercancía. A ese don Ángel  los niños,  y también los adultos,  le decíamos  con  mucho cariño “Don Chile Seco”. Su Juguetería tenía   una leyenda  que acompañaba a  su singular fotografía  que decía; “Este tipo vende de todo”.

Y retomamos la historia de Doña Olga con  su hijo en brazos luchando contra el viento, las láminas de los techos de las casas de madera, la oscuridad casi total, alumbrados  solo por la luz de los relámpagos, sorteando  postes de luz, cables del alumbrado público y zanjas tapadas por el agua de la intensa lluvia. Aquel torrencial aguacero cuyas gotas herían la piel como si fueran  tachuelas. Doña Rosa estaba, acompañada de la familia López y de su hermana Olga, su objetivo  era  alcanzar  la parte alta de la ciudad y refugiarse en la Belisario o en el hotel Los Cocos.

Ante la muerte que les amenazaba, en un  acto de desesperación y de angustia, uno de los miembros del grupo familiar  rompió el cristal de una ventana de una de las casa de mampostería que había en el camino. Por el hueco de la ventana hizo pasar a una pequeña niña de meses, el nombre de la  niña era Salma López,  una sobrina de Doña Rosa y prima hermana de su hijo en brazos. Doña Rosa Nunca soltó a su hijo, podría morir antes que desprenderse del fruto de sus entrañas. Finalmente  guiados solo por la luz de la fe en Dios,  y protegidos por la misericordia divina,  la familia entera, aunque sin la niña, alcanzó la escuela Belisario.

Recordar este pasaje de la historia de la vida de doña Rosa, es recrear una de las muchas historias de aquellos duros momentos de nuestra propia  historia que es intrínseca a la historia de nuestra ciudad.  Momentos  de dura prueba y de desafíos,  de coraje, de entrega y de abnegación. Momentos de desdicha y de lágrimas a los que muchos chetumaleños  no sobrevivieron, no obstante su titánica lucha por alcanzar la cima, la cima de aquel cerro que significaba para ellos, y para nuestra ciudad la supervivencia.

Pero doña Rosa sobrevivió, y es ahora,  cuando han transcurrido  60 años que nos dice adiós, después de toda una vida y de una labor cumplida, como hermana, como hija y como madre. Una madre que vio  de cerca la muerte y no sucumbió.   Y pienso que no sucumbió porque  tenía dos  misiones que cumplir, proteger la vida de su hijo entre  sus brazos y levantar una familia que diera testimonio de sus luchas,  una familia de gente buena,  una familia que esparciera esta tierra con sus semillas.

Hoy los hijos de esta noble tierra resurgida de la dura prueba de  aquel terrible huracán, rendimos un respetuoso homenaje a doña Rosa, y presentamos nuestras condolencias a su familia, la familia “Espinosa Abuxapqui”.   Hoy también me pregunto, quién le habría de decir a doña Rosa, en aquellos momentos que luchaba contra el terrible huracán,  que el hijo de sus entrañas, su primogénito, el que como fiera protegía de la furia de los vientos y de la muerte, su hijo Eduardo Espinosa Abuxapqui, en su carácter de presidente municipal, 60 años después de aquella tragedia, estaría  recibiendo las innumerables condolencias de toda la gente de su pueblo, ese pueblo orgulloso del valor de lo nuestro,  que lo mismo que ella se negó a morir, y resurgió de sus cenizas.

Mario Aguilar Vargas.

Los parques y la explanadaEste 27 de Septiembre se conmemora un año más del Janet, el terrible huracán que destruyera la ciudad y marcara la historia de Chetumal en un antes y un después.

Bastante se ha escrito y hablado de aquel trágico día  y mucho hemos contado de sus desgarradoras historias.  En esta ocasión  quiero recordar a Janet para hacer un recuento de cómo era la vida y las costumbres en la vieja ciudad; y cómo,  gradualmente, con el paso del tiempo, la ciudad y sus habitantes fueron cambiando y asimilando los adelantos, las nuevas costumbres y los nuevos hábitos de la modernidad.

Recordar a Janet despues de transcurridas más de seis décadas, es volver a un pasado lleno de nostalgia y romanticismo.  Un pasado lleno de vivencias personales que nos dan  derecho de pertenencia a esta ciudad renacida de una catástrofe. Cuando hablo del derecho de pertenencia me refiero más bien a ese derecho adquirido más por el haber renacido de las cenizas  que por el llamado derecho de nacimiento.

Como testigos presenciales de la devastación y como parte de la reconstrucción,  recordar esos años es hacer un repaso por lo que fuimos, atestiguamos, sufrimos y gozamos en el antiguo Chetumal. .

Es hacer un ejercicio mental y un recuento de hechos y acontecimientos que son los que dan forma a lo que ha sido nuestra historia, la que no puede contarse, o recordarse sin revivir cada año esta importante fecha conmemorativa.

Y es que recordar esa fecha conmemorativa, obliga también a hacer un recuento personal de lo que fue nuestra niñez, nuestra adolescencia y nuestra  juventud en la muy pequeña ciudad, es repasar nuestra vida de solteros, de recién casados y de padres con hijos pequeños en tiempos de pocos haberes y muchos deberes, de duro escalar, de lento subir,  de mucha energía, y de muy poca experiencia

Y por todo eso recordar a Janet es volver la mirada atrás a lo que fue nuestra propia aventura en una empinada cima, hacia un incierto destino, sin los modernos navegadores GPS con los que hoy contamos, y sin teléfonos celulares que nos marcarán el rumbo y el destino.

Ahora nos toca ver a los hijos y los nietos escalar  su propia cima en una ciudad más comunicada y más adelantada.  Ahora nos toca verlos  andar  sus propios caminos, superar  sus obstáculos, y dirigirse a  su destino, en esta  ciudad tan diferente de la que nos tocó vivir.

Recordar el aniversario  de Janet es también revisar muchas cosas que se han vuelto antiguas  y se han vuelto historia; muchas cosas que nos dan mayor calidad de vida, esas cosas  que con los adelantos nos llegaron pero con las que perdimos esa paz y tranquilidad de antaño.

Y en ese ejercicio de revisar lo que con el tiempo ganamos, y también perdimos en la ciudad, es que me encuentro caminando por  por el boulevard bahía y me detengo en  “Punta Estrella” a contemplar la belleza del paisaje.

Veo Consejo, el obelisco, el muelle  y el manglar. A lo lejos  distingo también la vela de un barquito  que imagino viene  de Xcalak, ese viejo pueblo de pescadores, que igual que nuestros años mozos quedó en el pasado. Es uno de aquellos casi extintos  botecitos  de vela, que provenientes de Xcalak y de la costa del Caribe, hacían su larga travesía para surtir  de pescado fresco a aquel mi viejo Chetumal.

Reparo en el  edificio del Congreso, nuestro símbolo de mayoría de edad como estado independiente, y recuerdo que en ese mismo lugar estuvo la escuela primaria Álvaro Obregón. Me pregunto que habrá sido de la vida y los anhelos de tantos amigos y amigas  que allí conocieron  las primeras letras. Debo decir que tanto  la escuela Alvaro Obregón como la Belisario domínguez, fueron las dos primarias de gobierno  donde  muchísimos  chetumaleños aprendieron las primeras letras. Y al recordar estas dos antiguas escuelas  de Chetumal es obligado recordar al profesor Santana,  al profesor España Cruz, al Profesor Ángel Gonzalez, a la profesora Obdulia, a la profesora Chabelita Medina, a la profesora Socorrito Garma, a la profesora Paulina Mólgora, a la profesora  Rosita Castro, al profesor Yanuario Pech y  otros muchos maestros y maestras que con su trabajo docente dejaron en nosotros gratos recuerdos.

Y desde Punta Estrella dirijo la mirada hacia Tamalcab y recuerdo que a un costado de la casa de don Salomón Mingüer, la que no ha cambiado desde entonces, había una bella construcción de madera donde estaban las oficinas de la forestal, aquella oficina encargada de dar los permisos para la explotación de  los bosques del viejo Payo Obispo. Era una bella casona de madera que conocíamos como  “La Forestal” y en sus alrededores había pinos, caminos y veredas las cuales fueron,  para muchos de nosotros, lugar preferido para nuestras correrías  y aventuras de chamacos.  Detrás de aquella vieja casona de estilo inglés, estaban los campos llaneros de futbol y beisbol, ubicados estos en lo que en años anteriores fue el campo aéreo Francisco Sarabia. Aquel campo aéreo  del viejo Payo Obispo que funcionó en el primer cuarto del siglo pasado y que estaba bordeado por el faro y el cuartel de la  compañía fija. Fue en ese cuartel de la compañía fija donde muchos de nosotros hicimos servicio militar. Detrás del cuartel, hacia el norte, rumbo a Juan Luis y Calderitas, estaban los cocales. Entre ellos  serpenteaba un camino  que pasaba por ranchitos costeros, ranchitos  como el de los Montalvo. Seguía el caminito entre los cocales y pasaba por el poblado de  Calderitas, llegando hasta “Trincheras” e “Ixpatún”; terminaba el camino en lo que ahora conocemos como Oxtankah.

Y  siguiendo con los recuerdos del viejo pasado llego a los tiempos de la explotación del chicle y la caoba.  Veo a los chicleros y monteros bajar de la selva a cobrar el fruto de su rudo trabajo. Los veo  llenar  las cantinas. Los veo derrochando sus rayas en frenéticas  borracheras y los veo también  haciendo uso de las mujeres de alquiler.  Mirando hacia la desembocadura del rio Hondo recuerdo las viejas  gabarras, que cual fieles centinelas fondeaban en la bahía muy cerca del muelle Nachi Cocom. A ellas  llegábamos nadando desde el muelle en días de aventura.   No olvido la vieja  gabarra del señor Noverola, aquella que, cotidianamente,  dragaba arena  del fondo de la bahía para venderla como material de construcción en vez del conocido polvo de piedra. En ese tiempo no habían quebradoras. Con arena del fondo de la bahía se construyeron edificios como el palacio de Gobierno y el estadio Ignacio Zaragoza, entre otros.  Recuerdo también  el pequeño Astillero de Mr. Dick que se ubicaba a un costado de la bocana del rio, donde subían a reparar, fabricar y calafatear las embarcaciones de aquellos años. Y en ese largo ejercicio mental,  recuerdo  el viejo rastro, ese que se situaba  donde ahora está el tribunal Superior de Justicia;  allí íbamos a ver la matanza de reses y  cerdos. Entre los matarifes  de aquel viejo rastro estaban Edgar Pacheco que mataba las reses  y el famoso “Indio” García, que mataba los puercos. El “Indio”  junto con “doña Ponza, fueron los porristas, gritones y animadores en los eventos deportivos por muchos años. Hoy ambos fallecidos, quedan en nuestros recuerdos.

Otro de esos viejos recuerdos   era el  festejo del primero de Junio, el  día de la marina. En esa fecha se efectuaban regatas de veleros, competencias de palo encebado, carreras de sacos y zancos,  y carreras de bicicletas. Realmente era un día de gran fiesta pueblerina que nos congregaba a todos.  Una  fecha de gran relevancia  en la  que al igual que en las fechas del carnaval, era día de  verbena popular y de  jolgorio. Estas verbenas tenían lugar en los alrededores de la explanada de la bandera, frente al palacio de gobierno y en los tres parques: el de la madre , el del maestro, y el parque Hidalgo.

En años posteriores a Janet, a finales de los 50 y principios de los 60s,  sólo había  un cine, el Ávila Camacho.  En esos años  la policía del territorio, con el mayor Garay al frente, sin contemplaciones, ponía orden en el pueblo.  Tanto la policía, como el mayor y la  “Perrera”, como le decíamos a la patrulla, eran símbolos de terror para chicos y grandes del pueblo.

Pero también recuerdo que no obstante el autoritarismo y el extremo temor a la policía y al gobierno de Margarito Ramírez, un movimiento de ejidatarios, originado en el poblado de Nicolás Bravo, surgió  por aquellos años.  Fue una marcha y un plantón de campesinos ejidatarios frente a palacio. Protestaban por la   la inequidad en el reparto de los beneficios de la explotación de  la madera de los bosques. Finalmente, después de muchos meses de plantón frente a palacio, el movimiento  logró  poner fin al gobierno de Margarito Ramírez y con  ello terminar  con una larga época de  gobernantes broncos y autoritarios. Terminó también una etapa  de nuestra vida como territorio federal en la que nuestra voz fue poco escuchada por nuestros gobernantes,  y nuestra suerte dependía de las decisiones tomadas en el centro del País.

Después  de  Margarito Ramírez vino Aaron Merino Fernández, le siguió Rufo Figueroa,  luego  Javier Rojo Gomez y  finalmente   David Gustavo Gutiérrez Ruiz,  con este último  concluyó nuestra historia como territorio federal. Durante los años, posteriores a la salida de Margarito Ramírez,  aún cuando seguíamos siendo gobernados desde el centro del país,  vimos llegar cierta prosperidad.  Fue durante los gobiernos referidos cuando  vimos la llegada de servicios, como el  teléfono, el agua potable, y la televisión en los hogares;  se abrieron y pavimentaron  calles, se abrió la comunicación por carretera con el resto del país y  Chetumal tomó importancia como zona libre y por lo tanto lugar para adquiirir artículos extranjeros. Fueron tiempos de auge comercial, debido a que muchos de los artículos que aquí se adquirían, su importación estaba prohibida en el resto de la república. Con el auge del comercio de importación y el nacimiento del nuevo Estado de Quintana Roo, en 1974, nos llegó una nueva etapa de progreso, una etapa de autonomía y una etapa de participación cívica y política. Fue realmente  una etapa de modernidad  que abrió nuevos espacios y nuevas oportunidades para muchos de nosotros, tanto lo  laboral, lo comercial, como en lo político .

Y continúo en los recuerdos y observo el obelisco  con el  viejo reloj  de la explanada. Me pregunto  cuantas vueltas desde entonces  han dado esas  viejas agujas que sobrevivieron a Janet, y me pregunto también cuantas veces sus campanas han sonado para anunciarnos  nuevas horas,  nuevos momentos, y nuevos amaneceres.

Su constante tic tac  parece recordarnos que el tiempo no se detiene y que las cosas, por bellas o sufridas que sean, van quedando en el pasado; que como nuestros ancestros y como el huracán Janet, todo va quedando atrás.  Parece recordarnos que el siglo y el  milenio terminaron,  de la misma forma  como  termina  la primavera y llega el verano, y cómo,  después del verano,  llega  el otoño.

Y con esa sensación de nostalgia muy personal,  causada por el otoño de mis años vividos, termino el ejercicio anual de los recuerdos en este aniversario del trágico huracán Janet de 1955. Pido a Dios me conceda vida para repetir este ejercicio el próximo año.

Mario Aguilar Vargas.

 

El Janet y Mis Recuerdos

Mercadp Miguel AlemanHace apenas dos días, recibí la invitación de este honorable Congreso del Estado, para expresarles unas palabras en mi carácter de testigo  de una gran tragedia, acontecida en esta ciudad. Una tragedia que partió nuestra historia en un antes y un después, en un casi morir,  pero también,  en un renacer,  un dinámico y esperanzador renacer.

Para referirme a esa tragedia es obligado hacer un ejercicio mental que me sitúe en  aquel remoto día. Aquel remoto día con su larga noche, de un 26 de Septiembre de 1955.  De esto  hace ya 59 años, cuando una tormenta, con la furia de sus vientos,  entró por la bahía y sembró destrucción y muerte. Una tormenta que en forma del huracán Janet,  arrasó  lo que era un pintoresco caserío costeño. Una pequeña ciudad de edificaciones de madera con techos de láminas de zinc.

Como veterano de esa tragedia, a mí me tocó vivir tanto ese antes, como ese después, tanto ese morir como ese renacer. Y también, con el paso del tiempo, me ha tocado ver los grandes cambios acontecidos. Cambios entre  una etapa de la vida de la ciudad que   con el huracán terminó, y  el inicio de una etapa de progreso y de modernidad, que a partir de aquella misma  desgracia, comenzó.

En aquel entonces yo era un niño.  Acababa de cumplir los nueve años. Si bien ese niño ya tenía la  edad suficiente para percibir la angustia reflejada en los rostros de los adultos, también su  corta edad no le permitía,  entender en su exacta dimensión, las consecuencias, los alcances y los peligros de aquella  gran catástrofe que se avecinaba.

En su mente infantil, en aquel niño se mezclaban sentimientos encontrados. Por un lado se sentía contagiado del miedo colectivo y por el otro lado  se  sentía entusiasmado ante   la insólita y trágica aventura que habría de presenciar.

No centraré mi relato en las desgarradoras escenas de destrucción, desolación, angustia y muerte, que nos trajo Janet.  La exposición de fotos de hoy,  nos describe los hechos mejor que mil palabras.

Mi intención es otra. Mi intención, más bien,  es evocar aquellos dolorosos momentos,  desde una perspectiva  que nos  conduzca a revalorar,  lo que ahora somos y lo que ahora tenemos.

Recuerdo con lúcida claridad aquellas  24 horas previas al huracán. Recuerdo a aquella pequeña difusora de la radio local del señor Roque Salvatierra, la cual nos transmitía constantemente las indicaciones de prevención y los reportes del tiempo. Lo mismo hacía  radio Belice que nos daba los reportes del centro de huracanes de Miami.  Recuerdo a los señores con  aquellos radios de onda corta y de bulbos, muy atentos a las noticias de la trayectoria del ciclón y a los reportes de la torre de control del aeropuerto.

El ejército mexicano, como siempre, hacía su noble labor y recorría la ciudad, ayudando  a las personas a acudir a los refugios.  Los oficiales  eran el hospital Morelos, la escuela Belisario, y el hotel los Cocos. También estaba el segundo piso del palacio de gobierno. La Iglesia del Sagrado Corazón, enfrente del parque de Los Caimanes, también era otra opción que ofrecía a la gente la ventaja de tener comunicación más directa con la providencia divina.

En aquel día,  mientras las nubes de tormenta surcaban con rapidez el cielo, empujadas por aquel  viento húmedo que presagiaba mal tiempo, la gente cargaba gasolina en aquella  única y primera gasolinera que había. Era una  estación de gasolina de una sola bomba que se ubicada en los bajos de la casa de don Ángel Aguilar y de doña María Córdoba;  enfrente estaban  los Billares del Ganso y en la misma cuadra estaba la Casa Marrufo. En ese lugar ahora está  la perfumería del Palacio de Las Pelucas,  sobre la Cármen Ochoa de Merino, entre  Héroes y Cinco de Mayo.

Para la compra de víveres y provisiones estaban  establecimientos como: El paso de don Jorge Medina, La casa Villanueva de don Marcelino, La casa Aguilar de don Guadalupe, La Casa Garabana de Don Enrique, La Casa Angulo de Don Mariano, El Corsario Andaluz del Sr. Giménez, La Casa Onofre de don Adrián, La casa del Campesino de don Leonides Onofre, el Tigre de don Vicente Galera, la Casa Abuxapqui,  de don Elías y doña Manuela, y otros comercios, con construcciones mayormente de madera..

Durante todo aquel día el martillar fue constante mientras los carros de sonido daban indicaciones e  invitaban a la gente a abandonar sus viviendas. Con tablas clavos y martillo muchas personas  pretendían asegurar sus hogares. Así,  muchas personas clavaban las puertas y las ventanas de sus casas de madera, mientras  otras dejaban sus pequeñas casitas de palitos y techo de paja, encomendando todo lo que tenían a la misericordia  de Dios. Finalmente, después del huracán, tanto los unos como los otros,  habrían de perderlo todo.

La luz eléctrica durante todo el día y toda la noche, nos acababa de llegar. La Comisión Federal de Electricidad estaba por inaugurar una  nueva planta de 5 mil kilovatios que prometía introducirnos a la modernidad. Nos ilusionaba dejar atrás largos  años en los que solo tuvimos luz eléctrica de seis de la tarde a once de la noche.

Antes  de la llegada de la CFE, la luz  eléctrica nos la daba el gobierno. Lo hacía con una pequeña plantita de luz la cual  primero estaba atrás del palacio de gobierno y después en los talleres de gobierno. Aquellos viejos talleres ubicados en la esquina de Independencia con Zaragoza. En ese lugar estuvo alguna vez la tienda de la Conasupo y ahora está el estacionamiento del muy moderno y grande hotel Fiesta Inn. El maestro Cuellar era el mecánico. Él era el  encargado  de mantener funcionando aquella planta de luz, y el Sr. Encalada quien se encargaba de las líneas, y de conectar el alumbrado público.

La red de agua potable se estaba construyendo y en  las principales calles de la ciudad,  a manera de trincheras de guerra,  había  zanjas escavadas  para la introducción de las tuberías.  Aquellas  zanjas habrían de ser trampas mortales en el  desesperado intento de la gente por alcanzar los refugios de la parte alta de la ciudad. En plena tormenta, en la oscuridad de la noche, y con el agua a la cintura, la gente intentaba llegar  a la escuela Belisario y al Hotel de Los Cocos, principalmente.

El mercado Miguel Alemán, sólida construcción recientemente construida,  es uno  de los sitios muy asociados a esos mis recuerdos de aquel día.  Estaba ubicado en el cruzamiento de la Avenida Héroes y la Calle Zaragoza. Allí, desde muy temprana hora, la gente acudió a hacer sus compras de  carne, huevos, frutas y verduras.

Recordar aquel día es recordar a algunas personas y comerciantes locatarios muy ligados a aquel mercado. Personas como: doña Tina de Zafra, don Enrique Ruiz, don Ernesto Chejin, don Cesar Castilla, don Valerio Martínez,  don Cres, Sarampión, el Pimienta, Los Martínez, los Cuxú,  don Jorge Dacak, don Antonio Iza, don Farid Medina, don Wilbert Canto, don Juanito Buenfil, doña Leda Vargas,  don Rubén Darío, doña Pola Canul, doña María Chun, doña Conchita Salazar, don Luis Ocejo, don Héctor Santin, don José Antonio Medina, don Pepe Peraza , sin olvidar al buen Pochón el Chácara.

Otro recuerdo de ese día es la carpintería de don Miguel Gamero; aquella donde se hacían las cajas mortuorias  de madera de cedro y caoba; madera que tanto  abundaba y que era muy barata en esos tiempos. Lejos estábamos de pensar en aquel día, que aquella nuestra primera funeraria, con sus pocas cajitas de madera, habría de ser insuficiente para dar sepultura al gran número de muertos que habríamos de tener.

Revivir los recuerdos de aquel día, de aquel mercado, de aquella gente y de aquella tragedia, es dar  gracias a Dios, por todo lo vivido en aquellos años  y poder estar aquí para contarlo.

Finalmente,  hablar de aquel suceso es rebuscar en los  infantiles recuerdos de aquel niño de nueve años. Ese niño que en ese entonces no pensaba en que llegaría a ser un veterano de lo que hoy les cuento. Un niño que no pensaba en que habría de llegar un día en que estaría  en Punta Estrella, en el mismo lugar que ocupó la antigua escuela Álvaro Obregón, y diciendo esto en el Congreso de su Estado.

Un niño que hoy tiene el gran gusto y el privilegio de   estar compartiendo con ustedes, en este especial  día de conmemoración y de aniversario; sus ya muy añejos  recuerdos.

Mario.

Ruben Hernández GodínezLo conocí  hace muchos años, llegó a Chetumal casi al mismo tiempo de la creación del nuevo estado,  a principios  de los 70’s. Era un joven soltero que venía con el equipo de trabajo de Jesús Martínez Ross, nuestro primer gobernador constitucional. Su baja estatura se complementaba  con su firme   carácter, rebelde,  fuerte y combativo,  siempre fiel a sus ideas y a sus principios. Un rasgo de su personalidad me llamó la atención: a pesar de sus  capacidades periodísticas y literarias,  sin arrogancia, y con gran dignidad hacía  los trabajos más sencillos y rudos con tal de  llevar el sustento para los suyos.

Después del gobierno de Martínez Ross, de quien fuera su secretario particular, Rubén se desempeñó en el campo empresarial creando  su propia empresa  dedicada a la renta de mobiliario para eventos,  fiestas y banquetes.  Aquí en Chetumal se casó con su esposa, Lupita Contreras Golib,  hija de Chucho y Morena, miembros de dos muy numerosas  y  antiguas familias que desde el siglo pasado vieron nacer la ciudad y su  transformación: desde el viejo  Payo Obispo hasta el ahora Chetumal, y desde su condición de   territorio federal  hasta llegar a ser el  estado 30 de la República. Tanto los Contreras como los Golib, son referentes al hablar de la historia y las costumbres de la ciudad. De aquella ciudad que a principios del siglo pasado nació y se fue desarrollando a partir de la desembocadura del rio Hondo, hasta ser lo que es ahora. Familias que sin límite de tiempo se entregaron  a esta tierra desde diferentes trincheras y desde diversos oficios. Gente que con trabajo  duro y digno se dieron un nombre. Un nombre y un apellido que hasta el sol de hoy los distingue y los hace respetables  entre nosotros.

Quizá la influencia de su nueva familia contribuyó a hacer de Rubén una persona singular para muchos de los que lo conocimos.  Él fue uno de esos hombres y mujeres agradecidos  que viniendo   de afuera tomó amor y apego a esta tierra, que hizo profundamente  suya. Una tierra  en la que sin alardes, ni triunfalismos, con la conciencia de dar lo mejor de su capacidad, dejó  abonada con su labor  y por la que guardó nobles  sentimientos. Sentimientos  que muchos natos y no natos dicen tener por lo que es nuestro,  aunque que no se les nota.  Unos nativos por circunstancias o  por accidente,  y otros llegados de muchas partes  que muy  bien  han sabido cosechar,  pero que  actualmente tienen su mente,  su residencia, sus anhelos  y sus ansias, en otros lados.

Si bien Rubén   no llegó a ser un acaudalado empresario,  un renombrado político, o un influyente periodista,  su interés y  gran amor a  lo nuestro,  y en especial por la  ciudad, en la que  construyó su vida y dejó su descendencia,  lo hace grande a los ojos  de quienes apreciamos  sus valores.   Rubén es  una de esas  sencillas gentes que después de idas, dejan para nuestro análisis reflexiones sobre lo que es verdaderamente trascendente, sobre lo que significa  el verdadero sentido de pertenencia,  y sobre lo que debe de ser nuestro paso y nuestro legado en esta vida.

Rubén nos deja también con su novela histórica “Mi Último Deseo”,  publicada en cuatro partes en este mismo espacio, un ameno relato, basado en hechos reales,  de muchas anécdotas y  sucesos    acontecidos en diversos puntos del Estado. Con su obra nos cuenta sobre  la historia de Camelo Sóstenes Chin quien a los catorce años,  abandonando su hogar, llega a la isla de Cozumel en el año de 1900. El personaje se hace soldado a las órdenes del General  José María de la Vega,  y de 1900 hasta 1955, que es cuando  fallece con el huracán Janet, nos  relata cómo era la vida social, militar, política y económica en aquel  agreste Territorio Federal, surgido de la  selva tropical, y nacido de  aquel “Campamento Vega”, ubicado  en Punta Allen, que fue el lugar donde se asentó el  primer jefe político de Quintana Roo.  Mi último deseo  comienza haciendo una crónica de los acontecimientos  sucedidos inmediatamente después del  Janet de 1955 y recopila, retrospectivamente,   55 años de historia regional en la que Camelo Sóstenes nos habla  del General Bravo, de Chan Santa Cruz, de  los mayas y su guerra de castas, de dos huracanes que azotaron nuestras costas, del Gobierno de Margarito Ramírez,  del fuerte de Bacalar, de Márgaro su amigo y  de “Flor”,  el gran amor de su vida. Ambos, Camelo y Flor, eran oriundos mayas de esta región,  y ambos sucumbieron ante  la fuerza letal y destructiva de sendos huracanes.  Mi “Último deseo” es una historia rica en detalles, personajes, situaciones que el lector sabe reales, y  que vale la pena leer.

Hoy, en  este mes de Septiembre, en plena temporada de huracanes, cuando uno  de ellos acaba de azotar con gran furia y destrozar Baja California Sur, el estado 31 seguido de Quintana Roo,  nos enteramos del sensible fallecimiento del buen amigo Rubén.   Vaya pues  mi más  sentido pésame a sus hijos, a su esposa y a sus deudos, pensando en su novela  “Mi último Deseo”, en el dolor de su partida,  en lo bonito de recordar nuestro pasado y en los méritos,  que como Rubén, tienen los relatores de la historia.  Descanse en paz Rubén Hernández Godínez.

Mario.

Las Hawaianadas del ChévereTranscurría el año de 1966 y en la selecta, aunque sencilla, sociedad Chetumaleña, la juventud, entre los 18 y 25, vivía esa su etapa de la vida de estudiantes en la cual el cortejo, las fiestas y los bailes eran agua fresca para el sol ardiente que  consumía a esa juventud ávida de diversión.

Eran las vacaciones de verano, Julio y Agosto, y muchos de los jóvenes habían regresado a Chetumal a pasar el período vacacional procedentes de otras ciudades, principalmente de Mérida, donde cursaban sus estudios, después de terminar la secundaria.

El recién remodelado Hotel de los Cocos tenía una nueva alberca, y era el lugar ideal para para organizar una gran fiesta y un gran bailongo que reuniera a todos esos jóvenes. Rafaél Ruiz, “El Cheverito, un buen amigo y excelente pianista nativo de la ciudad, era el hombre indicado.  Su agradable trato y su homosexualidad simpática y sincera, eran atributos que le habían ganado el cariño y el respeto de todos los miembros de la sociedad y especialmente de los jóvenes de ambos sexos en Chetumal.  El Chévere aceptó gustoso la encomienda y organizó aquella memorable Hawaianada que causó sensación y que nos llenaría de recuerdos a todos. Para asistir al baile, el que estaría amenizado por Beny y su grupo y los Cuervos, era requisito ir vestido a la usanza de los habitantes de la isla de Hawaii.

Eran tiempos del regae, el ska, el twist, y el rock y estaban en su momento cumbre la música de Los Aragón. Para bailar de cachetito estaban las melodías y temas  como Amor Indio, Tema de Tracy, Y la amo, Bésame mucho, y otras de trence obligado, y en las que dos corazones, pechito con pechito, se acoplaban de maravilla.

Como era de esperarse el Chévere con su Hawaianada concentró en el Hotel de Los Cocos a todo Chetuma;, en la fiesta nos reencontramos con compañeros y compañeras de la escuela que estaban estudiando afuera y que regresaban a la ciudad animosos de ver a los amigos  y convivir con los suyos. Fue allí, en esa hawaianada, donde comencé a enamorar a aquella preciosa gūerita de mirada tímida con la que comencé bailando pegadito y terminé procreando cuatro hijos. La misma con la que, después de medio siglo, ya sin la lozanía en su rostro, aunque si con esa belleza que le han  dado los años  en el ejercicio de su vocación de madre y ama de casa, continúa envejeciendo conmigo, siempre a mí lado, luchando y gozando codo con codo.

Al volver mi vista a aquellos años y contemplar la fotografía que hoy reseño  observo con nostalgia cosas que en su momento no había percibido cabalmente, la galanura y el derroche de juventud  de mis amigos. Siento que algo bonito recorre mi cuerpo, y mágicamente me hace sentir dichoso de haber vivido esos lindos momentos.  Me quedo contemplando la foto y  mi ánimo se llena de entusiasmo y alegría. Después de algunos momentos de contemplar esos rostros, voy recobrando la calma y un sentimiento de gratitud a la vida me llena. Percibo bienestar por  haber vivido esos momentos y estar todavía con vida, cuando seis de aquellos mis amigos, los que aparecen en esta foto, se me han adelantado y se encuentran ya con Dios.

Contrario a ese  natural sentimiento atemorizante ante la proximidad de tomar mi turno  en la fila de espera siento esbozar una sonrisa de aceptación y de paz mientras sigo sonriendo y sigo pensando,  que en aquellos años “del sol ardientes que nos consumía” no sentía ni pensaba en esas cosas.

En memoria de esos mis amigos fallecidos y de los que aún seguimos sobre la tierra es que publico esta foto y estas letras. Son muchísimos  los amigos que formamos esa generación de jóvenes que dejamos nuestras semillas, nuestras alegrías, nuestro sudor y nuestras lágrimas en aquel inolvidable, viejo Chetumal.

Me siento ufano de formar parte de esa generación que como dice la bella canción de Paul Anka, famosa en la voz de Frank Sinatra, “Amó y disfrutó, quizas no más que otra cualquiera, pero eso si, todo eso lo hizo a su manera”.

Mario.

En la foto aparecen en el orden acostumbrado: Enrique Pérez Padilla, Miguel Angel Avila Morales (+), Antonino Sangri Aguilar (+), Salin Marrufo Juan (+), Diego Rojas Zapata, Marcos Medina Martínez, Alfonso Santin (+), Raúl Angulo Macliberty(+), Elia Elías de A, Cristina Diaz, Sara Muza Simón, Maria de los Ángeles Córdova González(+), Felipa Ramírez A, Cecilia Oliava, La Moza Angulo Macliberty y Rosalinda Ferreiro.

Botecitos en el muelleLa fotografía que vemos a continuación retrata una tierna  estampa de lo que fue Chetumal. Transcurría  la primera mitad de la  década de los  50s,  y la ciudad, con apenas 18 años y 15,000 habitantes,   después  de haber  sido nombrada  Chetumal,  crecía con la ilusión de alcanzar su mayoría de edad y convertirse en una gran urbe.  No obstante su condición de territorio federal que la limitaba, tenía el afán constante de convertirse en una gran ciudad.  Los sueños de sus pobladores eran grandes en ese sentido,  aunque su vida siguiera  conservando  la sencillez  y las costumbres pueblerinas del viejo Payo Obispo.

Fueron años de muy lento crecimiento  donde   las obras públicas fueron  pocas, la riqueza forestal era explotada sin miramientos  y  la anhelada  modernidad  llegaban a cuenta gotas.   Años en los que  el  pequeño muelle de la bahía era el lugar de encuentro.  Allí  acudíamos todos  en busca de algo nuevo  que nos llegara   de afuera.  Ese era el lugar para  ir a satisfacer nuestra curiosidad y encontrar algo que comentar, en la escuela, en el café o en la casa. Algo que rompiera la monotonía de  la muy tranquila vida de aquel  Chetumal,  muy asociada con el mar, con la selva tropical,  con el calor y  con el paludismo.

Los  barquitos que vemos  en el muelle  eran verdaderos emisarios o mensajeros del exterior,  que lo mismo nos traían cosas nuevas, como era el pescado fresco y algunas   mercancías,  además de nuevos pobladores provenientes de Veracruz o Progreso, que noticias y novedades de allende las fronteras.  Habia barcos  de muchas clases, desde los pequeños veleros con su pesca  provenientes de Xcalak, Sarteneja y otros puntos de la bahía, como los  barquitos de vapor que recorrían  el rio Hondo llevando y trayendo personas, animales de corral,  y víveres.

También llegaban algunos grandes barcos que venían  de puertos tan distantes como  de Estados Unidos. Estos barcos llegaban    con mercaderías para surtir a las principales casas comerciales y llevarse de regreso la madera de los aserraderos. Eran de poco calado y mayormente gabarras.

No había día que no hubiera  frente al muelle una de  aquellas gabarras fondeadas en la bahía. Hasta ellas,  llegábamos  de chamacos  nadando desde la punta del muelle o desde ellas otros se ponían a pescar y otros se tiraban de clavados cuando se iban de pinta o se fugaban de la escuela.

Observar la imagen  del muelle de aquellos años, es volver al pasado y recordar las muchísimas cosas que en su derredor vivimos. Aventuras,  acontecimientos y cosas que sucedieron   en una etapa de nuestras vidas y de nuestra historia, que realmente  fueron  inolvidables. Detenernos en el  detalle de la fotografía es deleitarnos en el pasado,  es viajar  en el tiempo  y es recordar, y no olvidar,  que lo que ahora somos vino  del mar  y que la ciudad  fue creciendo a partir del  muelle. Este mismísimo muelle  que en esta su bellísima  imagen de antaño  viene a contarnos  a unos  y a recordarnos  a otros,  tantas cosas bonitas de nuestra historia.

Mario.

Un reconocimiento a su obra por su reciednte fallecimiento en Junio de 2014

Un reconocimiento a la obra del chetumaleño Elio Carmichael con motivo de su reciente fallecimiento en Junio de 2014

Su bisabuelo, John Carmichael, vio aquellas tierras llanas y valorando sus condiciones decidió fundar un rancho que luego se transformó en el pueblo de Corozal, Belice. Después de largas jornadas de fomentar sus acres, un día el espigado John hizo uno de esos repetidos viajes a Inglaterra que duraban hasta seis meses y ya no volvió: murió donde había nacido.

La muerte del súbdito de la Reina Victoria dejó en la orfandad a varios hijos, algunos producto del matrimonio y otros, resultado de esos calores que solamente se conocen en el Caribe. Jesús Carmichael Quijano fue hijo bastardo de John y sin ninguna herencia obtenida tuvo el mérito de ser nombrado por el gobierno de Porfirio Díaz, con documento lacrado y listón rojo, como “carpintero de segunda” para el pontón Chetumal. Fue un eficiente trabajador bajo el mando de otro fundador: Tomás Othón Pompeyo Blanco Núñez de Cáceres, el artífice de la hoy capital de Quintana Roo.

Aquel carpintero que se encargaba de mantener a flote la barcaza, procreó a Jesús y a Maura Carmichael Martínez. Jesús fue un hombre que utilizó la brocha y la pintura para anunciar con sus rótulos a los primeros establecimientos de un nostálgico pueblo de casas de madera. El rotulista fue padre de Edita y de un varón que, sin saberlo, le heredó la habilidad de tomar con finura los pinceles para aplicarle forma y color a la historia de un nuevo estado: Vital Jesús Carmichael Jiménez, mejor conocido como Elio.

Hasta los veintidós años de edad, el joven Elio creció y se educó en Chetumal. Me imagino una niñez y una adolescencia sin mayores sobresaltos, ritmo propio de un somnoliento pueblo que solamente se comunicaba al exterior por mar y por aire. Sin embargo, las fuertes sacudidas del huracán Janet dejaron sin techo y trabajo a muchos pobladores. Los tiempos se tornaron difíciles y ello obligó a que Elio y su familia emigraran a la Ciudad de México “con el anhelo de aprender algo más”. Se fueron a buscar nueva vida aquel día en que Pedro Infante murió.

La benevolencia de un empresario chetumaleño de origen libanés que radicaba en la capital, permitió a la familia tener trabajo por muchos años. Elio se desempeñó como dibujante técnico, haciendo los dibujos de los implementos de aquella industria de sistemas para equipos a vapor. En ese trabajo tuvo una relación intima con una máquina offset, su primer vínculo con la litografía, “ya que ambas se manejan bajo el mismo principio”.

Ingresó a la Escuela Libre de Dibujo y Pintura de Chapultepec; ahí se relacionó con maestros de la Gráfica Popular que lo estimularon a seguir estudiando lo que ya sabía que le gustaba: el arte.

Su arribo a la Escuela Nacional de Artes Plásticas de San Carlos lo obligó a dejar el trabajo y se dedicó de lleno a cumplir con su carga académica. Pronto vio que los bosquejos en el taller de figura humana se le daban bien, no se “acomodaba a las figuras chicas”. Su maestro Luis Sahagún pronto lo hizo su asistente.

En aquellos tiempos San Carlos estaba dominada por la corriente de la Escuela Mexicana. Pintores como Fernando Castro Pacheco y Luis García Robledo eran los maestros emblemáticos que dictaban la vanguardia.

El buen manejo que tenía Elio Carmichael en el dibujo de la figura humana lo llevaba a pensar en obras de ciertas dimensiones: “Me gustaban los grandes espacios”. Aunque también hay que mencionar que la técnica del grabado le apasionaba: “El grabado tiene el fascinante reto de trabajar en forma inversa a lo que se verá al final. En el grabado no hay corrección, no hay marcha atrás”.

Ya con suficientes conocimientos y habilidades aprendidas, Elio imparte cursos en la Sociedad Dante Alighieri y en la galería Proarte; comienza a ganarse el sustento, la obra más difícil de un artista.

Pero la vorágine de la Ciudad de México ya comienza a cansar al artista y su mente recurre a la nostalgia de su origen para compensar la existencia. Era 1978 cuando en la calle se topa con Jesús Martínez Ross, entonces primer gobernante del Estado de Quintana Roo. El político lo invita a regresar a Chetumal para que imparta clases de pintura en la recién creada Casa de la Cultura. Elio acepta, pero no hace las maletas con prisa.

Estando en espera del momento oportuno del retorno, el pintor recibe la invitación del gobierno quintanarroense a participar en un concurso para el diseño del moderno escudo del estado. Sin mayor problema lo gana. Ya no regresa al Distrito Federal.

Con ese primer logro, pronto recibe la propuesta de pintar un mural en el flamante edificio del Congreso del Estado. Era la gran oportunidad de hacer una síntesis de la poca conocida historia de Quintana Roo. Aquel extenso muro convexo acogió el proyecto que llamó “Forma, color e historia”. Lo inauguró en 1981 José López Portillo.

Al mismo tiempo que pintaba el mural del Congreso, Elio diseñó los escudos de cinco municipios del Estado. Son de su autoría los emblemas de Isla Mujeres, Cozumel, Lázaro Cárdenas, José María Morelos y Othón P. Blanco. “El de Carrillo Puerto lo había hecho el pintor Jorge Corona, el de Solidaridad lo hizo una artista extranjera que no recuerdo su nombre y el de Benito Juárez era el logotipo de un fideicomiso que edificó en Cancún y simplemente lo retomaron”.

Ante la posibilidad de crear nuevos municipios en Quintana Roo, el autor del escudo advierte que éste no debe modificarse: ya no deben agregarse más rayos al sol, pues los existentes representan a los municipios históricos, los primeros que se crearon: “Imagínate cuando tengamos quinientos municipios como en Yucatán o en Oaxaca…; además, ¿cómo se va a cuadrar la música y la letra del himno?”.

Elio Carmichael, el pintor que nació en el año en que Payo Obispo se convirtió en Chetumal, realizó obras murales en el Fuerte de Bacalar, en la Casa de la Cultura, en el edificio que albergó el Conasida y esperó, con cierta impaciencia, que algún político firmara el convenio para darle continuidad y pudiera concluir con el mural del Palacio Municipal que inició durante la administración de Enrique Alonso y que luego a nadie interesó: “Te juro que no pienso cobrar lo que cobró el que hizo la Megaescultura”.

El que también participara en la reconstrucción del Teatro al Aire Libre de la escuela Belisario Domínguez, recreando los diseños originales del artista colombiano Rómulo Rozo, comenta que le “gusta la obra de Diego Rivera por su colorido, no tanto el hieratismo de sus formas; me gusta (José Clemente) Orozco por su movimiento y (David Alfaro) Siqueiros por lo grandilocuente que es, aunque es algo pop, algo vacío. Creo que el arte pictórico es un lenguaje perdido, un lenguaje que en su momento fue importante y que a través del tiempo fue sustituido por las palabras. Pero el Hombre debe valorar que es uno de los lenguajes para expresar ciertas cosas que las palabras no pueden decir”.

Una tarde de finales de 1992, la crítica de arte Raquel Rabinovich -mejor conocida como Raquel Tibol-, la especialista en la vida y obra de Diego Rivera y Frida Kahlo, tomaba un té en la casa. En la plática que giraba en torno a los trabajos presentados en una reciente bienal de arte, recuerdo dos cosas: Observaba con interés a mi hijo Carlos: “Me gusta para mi nieta, deberían conocerse”, y también tengo fresco en la memoria el comentario que hizo de la obra de Elio: “Es un buen muralista. Tiene una buena técnica. Me admira cómo pudo resolver ese problema de perspectiva que le presentaba ese muro. Desde cualquier ángulo de observación las figuras no se distorsionan. Es bueno, muy bueno”.

Viniendo ese comentario de una de las mejores y más despiadadas críticas de arte, la obra de Elio debería valorarse más. No creo que haciéndole discursos, sino entendiendo que el arte es esencial para la vida de un pueblo que quiere trascender. Así lo entiende un pintor que, en este caso, dejó que tres generaciones se comieran lo flemático de su origen para dar paso a la atrevida aplicación y enseñanza de la historia a todo color, sin palabras.

Margarito Molina .