Cuando estaba solo… solo en mi cabaña,

que construí a la vera de la audaz montaña,

cuya cumbre, ha siglos engendró el anhelo

de romper las nubes… y tocar el cielo;

cuando sollozaba con el desconsuelo

de que mi Pastora – más que nunca huraña-

de mi Amor al grito nada respondía;

cuando muy enfermo de melancolía,

una voz interna siempre me decía

que me moriría

si su almita blanca para mí no fuera,

Le rezaba al Cristo de mi cabecera,

porque me quisiera.

Porque me quisiera.

 

Cuando nos unimos con eternos lazos

y la pobrecita me tendió sus brazos

y me dio sus besos y alentó mi Fe;

cuando en la capilla de la Virgen Pura

nos bendijo el Cura

y el encanto vino y el dolor se fue;

cuando me decía,

loca de alegría,

que su vida toda para mí sería…

¡le rezaba al Cristo de mi cabecera,

porque prolongara nuestra Primavera.

Porque prolongara nuestra Primavera.

 

Cuando sin amparo me dejó en la vida

y en el pobre lecho la miré tendida;

cuando até sus manos, que mostraban una

santa y apacible palidez de luna

y corté su hermosa cabellera bruna,

que en el fondo guardo de mi viejo arcón;

cuando, con el alma rota en mil pedazos,

delicadamente la tomé en mis brazos

para colocarla dentro del cajón;

cuando muy enfermo de melancolía,

una voz interna siempre me decía

que ya ¡nada! me consolaría,

¡le rezaba al Cristo de mi cabecera,

porque de mis duelos compasión tuviera.

Porque de mis duelos compasión tuviera.

 

Hoy que vivo solo… solo, en mi cabaña,

que construí a la vera de la audaz montaña.

cuya cumbre ha siglos engendró el anhelo

de romper las nubes y besar el cielo;

hoy que por la fuerza del Dolor, vencido,

busco en mi silencio mi rincón de Olvido;

mustias ya las flores de mi Primavera;

triste la Esperanza y el Encanto ido;

rota la Quimera,

muerta la Ilusión…

¡Ya no rezo al Cristo de mi cabecera!

¡Ya no rezo al Cristo  que jamás oyera

los desgarramientos de mi corazón…