003Celebramos este 12 de Octubre “El día de la Raza”, un acontecimiento que nos hace analizar en profundidad,  el significado que cada ser humano  le da, o le pudiera dar,  a la palabra o al término “Mi Raza”.

En lo que a mí respecta, la palabra “Raza”, más allá de su significado semántico, me hace pensar en lo que  en mi interior, despierta, exalta, y en ciertas ocasiones extrapola en términos de pasión.  Me refiero a mis sentimientos de identidad y de pertenencia, y me refiero a lo que entiendo como algo que auténticamente me defina.

Encuentro que a la  palabra le concedo  un significado muy  parecido a mi nacionalidad, mi México, mi país, mi tierra, mi ciudad, y  mi Estado. Veo que es una palabra que toca sensibles fibras  emocionales e íntimas de mí. Una palabra que  encierra un significado que me  etiqueta y me distingue de los demás, ya sea como ciudadano, como nativo, como coterráneo,  o simplemente, como habitante de un barrio, de una región o del lugar específico de la tierra.

Y al entrar en esta cavilación de ideas, conceptos y pensamientos, observo y analizo lo que para mí significa  el término “nativismo” o sea haber nacido y crecido en esta mi ciudad de Chetumal.  Me doy cuenta que si bien yo sí  nací en este mí Chetumal, este hecho no implica mérito alguno de mi parte pues yo no  escogí la ciudad para nacer y vivir, fueron mis  padres. El mérito, quizá circunstancial, es de ellos. Por tanto entiendo que esta tierra, si bien no es producto de mi elección, si es la esencia de mi  convicción, y se ha convertido en parte de mi corazón y la siento profundamente mía. Es la ciudad, el Estado y la tierra por la que valen la pena todos mis esfuerzos. Es la  tierra donde finqué, donde construí, donde edifiqué una familia, y donde habré de morir. Es la tierra que he escogido amar y en la que me siento unido a mis amistades,  a mis paisanos y a todos los que piensan como yo.

Y al entrar en el análisis de esos pensamientos, de esos lazos de amistad, de esas coincidencias y de esas  afinidades,  pienso en la contribución que al fortalecimiento de esos valores debo a mis padres,  quienes  me enseñaron a amar mi más próximo entorno, a ser solidario y a ser generoso,  y con ello, a formar mí  personalidad.  Y pienso también en tantísima gente que como yo habrá de hacerse  estas reflexiones  respecto de su identidad. Pienso en los  paisanos, en los natos y los no natos, en los  hijos de gente que llegó y se quedó y en la gente que vino y se fue. En la gente que vino a servir y en la gente que vino a servirse. Mi pensamiento es incluyente, sin sectarismos,  pero sin olvidar los oportunismos.

Y también en la gente que si bien por circunstancias tuvo que irse,  su corazón se quedó con nosotros, y  en la gente que no dejó ni un clavo en esta tierra, en la gente sin corazón. Y pienso también en las personas, de todas las condiciones sociales, con virtudes y defectos, con ataduras y sin ellas,  de todas las razas  y de todas las culturas, a los que les estamos agradecidos  porque contribuyeron,  de una forma u otra forma, a lo que hoy somos como Estado y como Ciudad. Pero por encima de todos los nombrados, en mis pensamientos y en mis cavilaciones, destacan aquellos pioneros que llegaron al olvidado Quintana Roo, a aquel apartado Payo Obispo medio salvaje, conocido en ese entonces, por insalubre y en guerra con los mayas insurrectos.

Pienso en los primeros que, a finales del siglo XIX, llegaron a la desembocadura del Rio Hondo,  en aquella expedición comandada por el Teniente Othón Pompeyo Blanco Nuñez de Cáceres,  que desafiando peligros,  llegaron a establecerse y  a fondear el Pontón Chetumal en la desembocadura del Rio Hondo. En los que, cumpliendo órdenes del Presidente de la República, vinieron a establecer un punto de vigilancia, observancia y de respeto a la ley,  de respeto a la soberanía de México,  y de respeto a los recientemente establecidos límites con el hoy país de Belice, entonces Honduras Británicas.

Y pensar y repensar en todo ello es situarme en esos tiempos y en esas circunstancias de la geopolítica y del régimen Porfirista en México, es ubicarme en un tiempo de épocas extremadamente adversas de salud y sobrevivencia; es dimensionar el grado de valentía y temeridad aquellos pobladores del Payo Obispo, en una época que inicia en el morir del siglo XIX, hasta la segunda mitad del siglo XX; de 1898 a 1974.

Y destaco, y me refiero con mayor énfacis a este especial período de nuestra historia, porque es el período que recorre momentos significativos  como es el arribo del pontón Chetumal en 1898, la fundación de Payo Obispo en 1901, la lucha por la reintegración del Territorio Federal en 1935, el cambio de nombre a Chetumal en 1936, la reconstrucción de la ciudad después del huracán Janet de 1955, y recorre también  los tiempos de los gobernantes efímeros mandados del centro, el gobierno del General Melgar, el  gobierno del General Guevara, el largo período y la salida del gobernador Margarito Ramírez en 1959,  el moderado auge a partir de 1960 con los gobernadores Aarón Merino y David G. Gutiérrez,  y  finalmente,   la erección o constitución del Estado Libre de Quintana Roo en 1974

Y es que fue durante ese tiempo en que se forjaron, se identificaron, y se afirmaron los primeros auténticos sentimientos de identidad con  esta tierra nuestra. Fue durante este período de nuestra historia que los  integrantes de aquel  Comité Pro Territorio de Quintana Roo dieron la primera  batalla contra el Gobierno de Campeche y lograron la reintegración de nuestro Territorio, desmembrado y repartido unos años antes, entre los Estados de Yucatán y Campeche.

Sin duda, aquellos ilustres hombres, a quienes hoy rendimos tributo, fueron los que primero sintieron los sentimientos de identidad y amor a lo que hoy llamamos “Quintana Roo” y a lo que hoy llamamos Chetumal. No olvidar que la gesta histórica, la lucha política, y  las gestiones para  la reintegración del Territorio de Quintana Roo ante el presidente Lázaro Cárdenas, en el año de 1935, se la debemos a la gente  del sur del Estado, a los habitantes de Payo Obispo, hoy Chetumal. Sin tampoco olvidar que en aquellos años el Sur del Estado pertenecía a Campeche y el norte al Estado a Yucatán.

Tampoco olvidar que aquellos  hombres del Comité, con sus familias y con todos los pobladores de Payo Obispo al  unísono, codo con codo,  dieron la batalla como punta de lanza, enfrentando las consabidas  amenazas, intimidaciones y otras artes represivas de la política de aquellos años.

Sin olvidar que  esos años, en nuestro país, 1935-1936, fueron años de asonadas, de presidentes asesinados; años de matar o morir, años  tremendamente  convulsos, y años de la historia en los cuales  las vidas de los  ciudadanos disidentes,  no tenían mayor valor;  y años en los cuales  la Comisiones de Derechos Humanos  no pensaban siquiera nacer.

Y es ahora, en el primer cuarto del Siglo XXI, que como heredero de una raza con sangre  quizá europea,  quizá con orígenes en otro continente; lo mismo me siento Maya que Europeo, lo mismo indígena que colonizador, lo mismo negro que blanco, y  lo mismo Caribeño que Chilango.  Y por sobre todas esas cavilaciones y consideraciones de lo que soy, les confieso que me  siento nativo  y les confieso confieso que me siento indisolublemente unido,  orgulloso, de lo que soy, vinculado a este Estado, y profundamente identificado con esta mí ciudad.

En este 12 de octubre, el día de la raza, reitero mi sentir y mi identificación  con mi  Chetumal, que es   la esencia de lo mejor que guarda mi alma, de mi espíritu y de mi buena voluntad, con todo lo que nos pertenece,  con todo lo que es lo nuestro,  lo que es  de todos, sin distinción de nadie, e identificado con todos los que aquí vivimos y aquí habremos de morir.

MARIO

Anuncios