Category: Reflexiones


El Arte de Amar Erich FrommEs fácil sentir el amor, como un sentimiento especial en nuestros corazones. Lo difícil, es mantener encendida esa chispa que lo hace permanecer vivo en nosotros.  Le damos alimento, con los detalles: una nota inesperada, una flor, una tarjeta sin motivo alguno aparente, un beso en el espejo, una llamada sorpresa solamente para decir “te amo”, o “estoy pensando en ti”.  Una mirada silenciosa que lo diga todo, una cena especial, algún tipo de locura que lo haga sonreír. Dedícale una canción que siempre que la escuche piense en ti.

Intenta conocer sus gustos, también sus disgustos. Siéntete orgulloso de mostrarte con ella  o con él.   Lo más importante, es no caer en la rutina.  Haz que cada día sea diferente al anterior; a veces es difícil lograr esto, pero poniendo de nuestra parte, aunque se haga lo mismo, se verá diferente.  Aprende a valorar los pequeños detalles que esa persona tiene para contigo, y de igual forma serás correspondido.  En otras palabras: ¡Da rienda suelta a tu imaginación!

Cuando dejamos salir de nosotros, ese mar de sentimientos que nos llena, y lo dejamos fluir hacia ese ser, lo estamos amando.  Cuando lo inundamos con nuestra alegría, con nuestro entusiasmo, con todas esas vibraciones positivas que lo hacen querer estar cerca de nosotros.  No lo inundemos con nuestras tristezas, amarguras, arrepentimientos.  Hay momentos para todo, y la chispa siempre tiene que permanecer encendida.  Por eso: ¡Amar… es un arte!

No importa cuál sea el tipo de amor, ni a quién amamos, el secreto del amor verdadero, está en hacer feliz al otro, haciéndonos felices a nosotros mismos.  ¡Si somos felices, haremos felices a los demás!   Cada uno de nosotros somos artistas en nuestro interior.  La vida es el escenario por excelencia.  Está en nosotros dar el máximo, para que nuestro papel sea bien realizado; aportando nuestro arte al servicio de los demás.

¡Eso es el arte de amar!

Erich Fromm.

Anuncios

El Arte de Amar Erich Fromm¿Es el amor un arte?  En tal caso, requiere conocimiento y esfuerzo. ¿O es el amor una sensación placentera, cuya experiencia es una cuestión de azar, algo con lo que uno “tropieza” si tiene suerte?

Todos están sedientos de amor; ven innumerables películas basadas en historias de amor felices y desgraciadas, escuchan centenares de canciones triviales que hablan del amor, y, sin embargo, casi nadie piensa que hay algo que aprender acerca del amor.  Esa peculiar actitud se debe a varios factores que, individualmente o combinados, tienden a sustentarla. Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar. De ahí que para ellos el problema sea cómo lograr que se los ame, cómo ser dignos de amor.

Para alcanzar ese objetivo, siguen varios caminos. Uno de ellos, (utilizado con mayor en frecuencia por algunos hombres), es tener éxito, ser tan poderoso y rico como lo permita el margen social de la propia posición. Otro, (usado particularmente por las mujeres), consiste en ser atractivas por medio del cuidado del cuerpo, la ropa, etc. Existen otras formas de hacerse atractivo, que utilizan tanto los hombres como las mujeres, dependiendo de lo que el ambiente social valore más en ese momento y lugar. Muchas de las formas de hacerse querer son iguales a las que se utilizan para alcanzar el éxito, para “ganar amigos e influir sobre la gente”.  En realidad, lo que para la mayoría de la gente de nuestra cultura equivale a digno de ser amado es, en esencia, una mezcla de popularidad y sex-appeal.

La segunda premisa que sustenta la actitud de que no hay nada que aprender sobre el amor, es la suposición de que el problema del amor es el de un objeto y no de una facultad. La gente cree que amar es sencillo y lo difícil encontrar un objeto apropiado para amar -o para ser amado por él-. En las últimas generaciones el concepto de amor romántico se ha hecho casi universal en el mundo occidental. En los Estados Unidos de Norteamérica, si bien no faltan consideraciones de índole convencional, la mayoría de la gente aspira a encontrar un “amor romántico”, a tener una experiencia personal del amor que lleve luego al matrimonio. Ese nuevo concepto de la libertad en el amor debe haber acrecentado enormemente la importancia del objeto frente a la de la función.

Hay en la cultura contemporánea otro rasgo característico, estrechamente vinculado con ese factor. Toda nuestra cultura está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. La felicidad del hombre moderno consiste en la excitación de contemplar las vidrieras de los negocios, y en comprar todo lo que pueda, ya sea al contado o a plazos. El hombre (o la mujer) considera a la gente en una forma similar. Una mujer o un hombre atractivos son los premios que se quiere conseguir. “Atractivo” significa habitualmente un buen conjunto de cualidades que son populares y por las cuales hay demanda en el mercado de la personalidad. Las características específicas que hacen atractiva a una persona dependen de la moda de la época, tanto física como mentalmente.

De cualquier manera, la sensación de enamorarse sólo se desarrolla con respecto a las mercaderías humanas que están dentro de nuestras posibilidades de intercambio. Quiero hacer un buen negocio; el objeto debe ser deseable desde el punto de vista de su valor social y al mismo tiempo, debo resultarle deseable, teniendo en cuenta mis valores y potencialidades manifiestas y ocultas. De ese modo, dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio. En una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y en la que el éxito material constituye el valor predominante- no hay en realidad motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema de intercambio que gobierna el mercado de bienes y de trabajo.

El tercer error que lleva a suponer que no hay nada que aprender sobre el amor, radica en la confusión entre la experiencia inicial del “enamorarse” y la situación permanente de estar enamorado o, mejor dicho de “permanecer” enamorado. Si dos personas que son desconocidas la una para la otra, como lo somos todos, dejan caer de pronto la barrera que las separa y se sienten cercanas, se sienten uno. Ese momento de unidad constituye uno de los más estimulantes y excitantes de la vida. Y resulta aún más maravilloso y milagroso para aquellas personas que han vivido encerradas, aisladas, sin amor. Ese milagro de súbita intimidad suele verse facilitado si se combina o inicia con la atracción sexual y su consumación. Sin embargo, tal tipo de amor es, por su misma naturaleza, poco duradero. Las dos personas llegan a conocerse bien, su intimidad pierde cada vez más su carácter milagroso, hasta que su antagonismo, sus desilusiones, su aburrimiento mutuo, terminan por matar lo que pueda quedar de la excitación inicial. No obstante, al comienzo no saben todo esto; en realidad, consideran la intensidad del apasionamiento, ese estar “locos” el uno por el otro, como una prueba de la intensidad de su amor, cuando sólo muestra el grado de su soledad anterior.

Esa actitud -que no hay nada más fácil que amar- sigue siendo la idea prevaleciente sobre el amor, a pesar de las abrumadoras pruebas de lo contrario. Prácticamente no existe ninguna otra actividad o empresa que se inicie con tan tremendas esperanzas y expectaciones, y que, no obstante, fracase tan a menudo como el amor. Si ello ocurriera con cualquier otra actividad, la gente estaría ansiosa por conocer los motivos del fracaso y por corregir sus errores o renunciaría a la actividad. Puesto que lo último es imposible en el caso del amor, sólo parece haber una forma adecuada de superar el fracaso del amor, y es examinar las causas de tal fracaso y estudiar el significado del amor.

El primer paso a dar es tomar conciencia de que el amor es un arte como es un arte el vivir. Si deseamos aprender a amar debemos proceder en la misma forma en que lo haríamos si quisiéramos aprender cualquier otro arte, música, pintura, carpintería o el arte de la medicina o la ingeniería.

¿Cuáles son los pasos necesarios para aprender cualquier arte?

El proceso de aprender un arte puede dividirse convenientemente en dos partes: una, el dominio de la teoría; la otra, el dominio de la práctica. Si quiero aprender el arte de la medicina, primero debo conocer los hechos relativos al cuerpo humano y a las diversas enfermedades. Una vez adquirido todo ese conocimiento teórico, aún no soy en modo alguno competente en el arte de la medicina. Sólo llegaré a dominarlo después de mucha práctica, hasta que eventualmente los resultados de mi conocimiento teórico y los de mi práctica se fundan en uno, mi intuición, que es la esencia del dominio de cualquier arte.

Pero aparte del aprendizaje de la teoría y la práctica, un tercer factor es necesario para llegar a dominar cualquier arte. El dominio de ese arte debe ser un asunto de fundamental importancia, nada en el mundo debe ser más importante que el arte. Esto es válido para la música, la medicina, la carpintería y el amor. Y quizás radique ahí el motivo de que la gente de nuestra cultura, a pesar de sus evidentes fracasos, sólo en contadas ocasiones trata de aprender ese arte. No obstante el profundo anhelo de amor, casi todo lo demás tiene más importancia que el amor: éxito, prestigio, dinero, poder; dedicamos casi toda nuestra energía a descubrir la forma de alcanzar esos objetivos, y muy poca a aprender el arte del amor.

¿Sucede acaso que sólo se consideran dignas de ser aprendidas las cosas que pueden proporcionarnos dinero o prestigio, y que el amor, que “sólo” beneficia al alma, pero que no proporciona ventajas en el sentido moderno, sea un lujo por el cual no tenemos derecho a gastar muchas energías?
Erich Fromm

Enlace a la Segunda Parte del Arte de Amar

Amar a los animales

Reflexiones(48)La vida es, aún para la ciencia, el más grande de los milagros, pero para la mayoría de los animales, la vida no es vida sino un intenso dolor, sólo por haberles tocado la suerte de compartir el planeta y este tiempo con el hombre, su verdugo más cruel.

Los “animales no humanos”, hay que decirlo de esta manera para expresarse con propiedad de ellos, son seres maravillosos en los que se ve la grandeza de Dios, y la perfección de la naturaleza, pero son tristemente indefensos ante el hombre: su mayor depredador.

Hay quienes afirman que lo que distingue al ser humano de los otros animales, es el raciocinio, pero viendo lo que este hace con su aparente ventaja, es necesario ponerlo en duda, no sólo en su relación con los seres inferiores que están a su merced, sino con el uso inescrupuloso que le da en cada acto a su facultad de entendimiento.

Apenas comprendiendo su ignorancia y confusión, puede explicarse la arrogancia insoportable del que pone su derecho a la vida ciegamente por delante del derecho a la vida de otros seres.  Si somos superiores, sólo esa condición nos agrega un imperativo moral por el cual debemos rendir justificaciones de nuestros actos. Sólo el hecho de que debamos decidir cómo tratar a los animales, hace a nuestra relación con ellos moralmente grave.

Nosotros pensamos, nuestros animales no, por lo que tenemos el privilegio y la carga de hacernos responsables de la relación y el trato con ellos.  Pero nuestra relación con las bestias, sin embargo, es la de las metáforas que las degradan. “Eres un animal”, “Eres un burro”.  Pero mejor sería decir: “eres un hombre torpe”, o “eres una mujer egoísta”.

“Soy un miserable gusano” decía Friedrich Nietzsche para autodefinirse, cuando lo devoraba la sífilis y expiaba su remordimiento de filósofo porque se acostaba con su madre y con su hermana.  Había muchas culpas humanas en él, pero ¿qué culpa tenía el gusano?

El siglo XX fue generoso y mezquino, bálsamo y letal, fértil para la ciencia y retrógrado para la convivencia entre los hombres.  Sobre su final, mostró una luz de esperanza en el reconocimiento al derecho de los animales en las sociedades civilizadas. Una luz, nada más, pero es mejor algo, que nada.

Los derechos del hombre en la Grecia clásica eran los derechos del ciudadano varón y libre.  Las mujeres y los esclavos eran para la legislación, tan poca cosa como hoy son (continúan siendo) los animales en las comunidades incultas.  Otras formas de discriminación, igual de vergonzantes ha visto la historia: quemar al hereje en la hoguera fue una conducta aceptada, hasta que un día la civilización decidió que era inaceptable.  Todo es cuestión de tiempo.  Llegará el día en que el exterminio irracional de los animales de esta época, en casi todas las sociedades, será un asunto que se exhibirá en museos, a la mirada incrédula de los visitantes.

Konrad Lorenz, el etólogo austríaco, el gran sabio del siglo pasado que en 1973 obtuvo el premio Nobel de medicina, dijo: “el hombre siempre fue bastante estúpido, pero últimamente noto un cambio: está peor”.  Es el mismo médico bondadoso que amaba a los animales y que en otra ocasión afirmó: “De sólo pensar que mi perro me quiere más que yo a él, siento vergüenza”.

Lord Byron escribió para la tumba de su perro, este epitafio: “Aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y todas las virtudes de un hombre sin sus vicios”.

Los animales, salvajes o domésticos, son a la luz de la inteligencia, nuestros compañeros de viaje.  Su sacrificio o sufrimiento inútiles son actos de inmoralidad y barbarie degradantes para quien los provoca.

¿Por qué quererlos?

  • Porque el cuidado de todas las formas de vida nos hace más evolucionados.
  • Por compasión, porque la compasión es una olvidada emoción elevada.
  • Porque matar o hacer sufrir es destrucción.
  • Porque construir es respetar a un Dios todopoderoso y a su acto de la Creación.
  • Porque el hombre civilizado vive de acuerdo con ciertos valores y no hay valores que justifiquen la crueldad.
  • Porque la inteligencia invita a vivir de tal manera que nuestras acciones aporten a la felicidad y no al dolor que hay en el mundo.
  • Porque proveer a la vida y no a la muerte no puede estar pasado de moda, a menos que el mundo esté irremediablemente perdido.
  • Porque no podemos ser indiferentes a la insensibilidad de quien mata a un animal por placer.

 Un amante de las corridas de toros dijo una vez: “los toros de lidia no nacerían si no existiera esa primitiva obscenidad que llaman fiesta, porque estos son criados para la muerte en la plaza”.  Basados en este criterio, también podríamos criar niños para que sean sacrificados frente a cincuenta mil forajidos con boleto pagado. Desde Platón sabemos que educar es formar en la virtud.  Piedad, compasión, amor por la vida de todos los seres, respeto por los demás, son conquistas del hombre de buenas costumbres. No se trata de ser superior, sino de superar a los demás, y de ser capaz de mejorarse a sí mismo.

 ¿Por qué dicen algunos que con relación al hombre, los animales son una especie inferior?   ¿Porque no tienen las mismas “virtudes” que adornan a los hombres, como: el odio, la maldad, la envidia, la venganza, el rencor, el engaño, la traición,  y la soberbia?

Todos los animales, humanos y no humanos, morimos cuando cesan nuestras funciones corporales. Sin embargo, los hombres crueles, mueren mucho antes, aunque no lo noten.

Eduardo Lamazón.

La RanitaRecientemente leía sobre el síndrome de la rana hervida de Oliver Clerc que es una alegoría  que relata que en una ocasión una rana nadaba plácidamente en una olla de agua  fresca. Como la olla estaba sobre un fogón  alguien le puso debajo  unas brazas y el agua comenzó a calentarse. La rana, sin preocuparse por el cambio, siguió  disfrutando complacida del agua tibia sin darle mayor importancia al hecho. Más adelante el agua cambió de tibia a  caliente y su cuerpo únicamente se fue adaptando al calor. En ese proceso la rana cayó en  un estado de somnolencia, de abandono e indiferencia, hasta el punto que  el agua llegó a estar tan caliente  que resultó insoportable para su cuerpo.

Al darse cuenta del peligro la rana quiso salir del agua más se dio cuenta había perdido su capacidad de saltar y las fuerzas para luchar.  Así, la lenta pero persistente subida de la temperatura del agua, había adormecido sus sentidos y su instinto natural de supervivencia, terminando por acabar con la vida de la ranita. Nos queda en la mente la  certeza que si la rana hubiera caído a la olla con el agua  caliente, al momento de sentirla de un salto hubiera salido instantáneamente.

La metáfora nos muestra como el deterioro paulatino de una situación  va nublando nuestra visión de los problemas de largo plazo, y también va acabando con nuestra capacidad de reaccionar ante un inminente peligro. Lo que le pasó a la ranita nos sucede con frecuencia a nosotros  en nuestra vida.  Así el amor inicial de una pareja, gradualmente, poquito a poquito, se va desvaneciendo, se va deteriorando,  hasta el punto de llegar   a la indiferencia completa, al  rencor, a la violencia, y finalmente  a una convivencia insoportable. Y todo porque no supimos atender  los signos de ese gradual deterioro del amor inicial. Así  un niño dulce y tierno se va convirtiendo, poco a poco, en el más cruel, perverso e insensible de los criminales, o en el más sanguinario de los terroristas.  Me pregunto quién será el responsable directo y cómo empezó el proceso de degradación y transformación del recientemente capturado  Miguel Ángel Treviño Morales, el zeta 40, de ser un niño común e indefenso hasta convertirse en el multihomicida más cruel y más temido.

Ambos casos son consecuencia de una degradación progresiva de nuestra capacidad de distinguir lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto y lo peligroso de lo que no lo es. Ambos casos son una muestra de lo que nos  sucede si no activamos a tiempo nuestras defensas  ante los primeros signos de alarma. Este cuento también me lleva a meditar  sobre la correcta  actitud que debemos asumir quienes crecimos en agua fresca.

Entiendo que la vida es un constante cambio y  que debemos adaptarnos, lo más armónicamente posible, sin refunfuñar, a los cambios de los tiempos y las temperaturas que han ido cambiando. Pero también comprendo que no debemos perder nuestra esencial habilidad para distinguir el incremento de las  temperaturas y los peligros del agua hirviendo. Siento que es nuestro deber advertir, por todos los medios posibles,  a los que nacieron en aguas muy calientes, que si bien podemos soportar temperaturas altas,  fuimos creados  para vivir en agua fresca.

Decirles que la frescura es salud,  paz y bienestar. Que no debemos crearnos artificiales necesidades por las que tengamos que estresarnos para conseguirlas. Eso produce recalentamiento. Advertirles, machaconamente, sobre el calor excesivo que nos llega por los medios de comunicación masiva, como la televisión,  que tanta diversión nos brinda, pero que metida en nuestros hogares,  impone nocivos estilos  vida, idolatra lo condenable,  contradice nuestras enseñanzas y  exalta conductas que atizan  el fuego.

Como contraparte a esas señales de peligro también decirles, con optimismo y esperanza, que vivimos lindos tiempos   en los que muchos de los anhelos del pasado se han hecho realidad. Que lo  que por muchos años, para muchos de nosotros,  fueron las más fantásticas  ilusiones, son ahora realidades tangibles y cotidianas  por las que debemos dar gracias a Dios. Porque  el agradecimiento es uno de los gestos más bellos  de la conducta humana. Porque agradecer es signo de una vida plena de luz y buena voluntad,   y porque la edad adulta es uno los mejores tiempos para dar gracias, para crear nuevos lazos, para dejar antiguos lastres y para liberarnos de angustias y pesadumbre. Decir también que el facebook, el twiter, el internet y el correo electrónico, son modernas herramientas de la tecnología actual que están al servicio de todas las generaciones. Que todos: niños, jóvenes y viejos, debemos  usarlas para las mejores causas, viéndolas como potentes  instrumentos amigables  de diversión y comunicación, y no como símbolos  de separación de generaciones.

Cierto que  hay en nuestro ambiente mucha liviandad,  combinada con una reducida visión de lo que son los verdaderos  peligros.  Cierto también que al  comparamos con la ranita del cuento nos damos cuenta que, mientras unos disfrutamos del agua tibia, quiza en un proceso de adaptación al agua caliente,  otros  pensamos  que aprenderemos a vivir en agua hirviendo, y muy pocos estamos  atentos a la creciente temperatura del agua. Pero también es cierto que no debemos dejarnos hervir,  que debemos usar los  adelantos de la modernidad, no para elevar más la temperatura del agua, sino para refrescarla. Decir ya estoy grande para aprender a manejar los teléfonos celulares, las tabletas o las computadoras de ahora, es relegarnos y es también abandonarnos a la suerte fatal, como la ranita. No debemos  dejarle a la tecnología y a los medios masivos de comunicación nuestra función de educadores, formadores y conductores de las nuevas generaciones.

Aislarnos de los ambientes  de la modernidad es también  condenarnos a morir hirviendo, es olvidar que el hecho de haber nacido a orillas de las aguas del manglar, en la placidez de las orillas del rio o en el pantano, implica mayor grado de responsabilidad y compromiso frente a  quienes no conocieron esos ambientes. En  el calentamiento  en que vivimos  todos somos parte del problema como  todos debemos ser parte de la solución. Nadie debe relegarse ni nadie debe  renunciar a aportar su muy necesario  granito de arena.

Mario

José MujicaPepe Mujica, presidente de Uruguay 2010-2015, habló ante una audiencia de mandatarios y periodistas del mundo reunidos en Brasil. La audiencia,  con cierto desgano, escuchó estas tremendas verdades:  

“Autoridades presentes de todas la latitudes y organismos, gracias por su presencia.  Muchas gracias también al pueblo de Brasil y a su Sra. presidenta, Dilma Rousseff, y  a todos los oradores que me precedieron. Estamos aquí para expresar la íntima voluntad que como gobernantes tenemos de apoyar todos los acuerdos que, esta, nuestra pobre humanidad pueda suscribir. Sin embargo, permítasenos hacer algunas preguntas en voz alta.

Toda la tarde se ha hablado del desarrollo sustentable. De sacar a las inmensas masas de la población de la pobreza. ¿Qué es lo que aletea en nuestras cabezas? ¿El modelo de desarrollo y de consumo que queremos es el actual de las sociedades ricas?   Me hago esta pregunta: ¿qué le pasaría a este planeta si los hindúes tuvieran la misma proporción de autos por familia que tienen los alemanes? Cuánto oxígeno nos quedaría para poder respirar?  Más claro: ¿tiene el mundo los elementos materiales como para hacer posible que 7 mil u 8 mil millones de personas puedan tener el mismo grado de consumo y de despilfarro que tienen las más opulentas sociedades occidentales? ¿Será eso posible?  ¿O tendremos que darnos otro tipo de discusión?

Hemos creado esta civilización en la que hoy estamos: hija del mercado, hija de la competencia y que ha deparado un progreso material portentoso y explosivo.  Pero la economía de mercado ha creado sociedades de mercado. Y nos ha deparado esta globalización, cuya mirada alcanza a todo el planeta.  ¿Estamos gobernando esta globalización o ella nos gobierna a nosotros?  ¿Es posible hablar de solidaridad y de que “estamos todos juntos” en una economía basada en la competencia despiadada? ¿Hasta dónde llega nuestra fraternidad?

No digo nada de esto para negar la importancia de este evento. Por el contrario: el desafío que tenemos por delante es de una magnitud de carácter colosal y la gran crisis que tenemos no es ecológica, es política.  El hombre no gobierna hoy a las fuerzas que ha desatado, sino que las fuerzas que ha desatado gobiernan al hombre, y a la vida. No venimos al planeta para desarrollarnos solamente, así, en general. Venimos al planeta para ser felices. Porque la vida es corta y se nos va. Y ningún bien vale como la vida. Esto es lo elemental.  Pero la vida se me va a escapar, trabajando y trabajando para consumir un “plus” y la sociedad de consumo es el motor de esto. Porque, en definitiva, si se paraliza el consumo, se detiene la economía, y si se detiene la economía, aparece el fantasma del estancamiento para cada uno de nosotros.

Pero ese híper consumo es el que está “agrediendo” al planeta.  Y tienen que generar ese híper consumo, cosa de que las cosas duren poco, porque hay que vender mucho. Y una lamparita eléctrica, entonces, no puede durar más de 1000 horas encendida. ¡Pero hay lamparitas que pueden durar 100 mil horas encendidas!  Pero esas no, no se pueden hacer; porque el problema es el mercado, porque tenemos que trabajar y tenemos que sostener una civilización del “úselo y tírelo”, y así estamos en un círculo vicioso.  Estos son problemas de carácter político. Nos están indicando que es hora de empezar a luchar por otra cultura. 

No se trata de plantearnos el volver a la época del hombre de las cavernas, ni de tener un “monumento al atraso”.  Pero no podemos seguir, indefinidamente, gobernados por el mercado, “sino que tenemos que gobernar al mercado”. Por ello digo, en mi humilde manera de pensar, que el problema que tenemos es de carácter político.  Los viejos pensadores –Epicúreo, Séneca y también los Aymaras- definían: “pobre no es el que tiene poco, sino el que necesita infinitamente mucho”, y desea más y más.  “Esta es una clave de carácter cultural” . Entonces, voy a saludar el esfuerzo y los acuerdos que se hagan.  Y lo voy acompañar, como gobernante. 

Sé que algunas cosas de las que estoy diciendo “rechinan”. Pero tenemos que darnos cuenta de que la crisis del agua y de la agresión al medio ambiente no es la causa. La causa es el modelo de civilización que hemos montado. Y lo que tenemos que revisar es nuestra forma de vivir.  Pertenezco a un pequeño país muy bien dotado de recursos naturales para vivir. En mi país hay poco más de 3 millones de habitantes.  Pero hay unos 13 millones de vacas, de las mejores del mundo. Y unos 8 o 10 millones de estupendas ovejas. Mi país es exportador de comida, de lácteos, de carne. Es una penillanura y casi el 90% de su territorio es aprovechable.

Mis compañeros trabajadores, lucharon mucho por las 8 horas de trabajo. Y ahora están consiguiendo las 6 horas.  Pero el que tiene 6 horas, se consigue dos trabajos; por lo tanto, trabaja más que antes. ¿Por qué?  Porque tiene que pagar una cantidad de cosas: la moto, el auto, cuotas y cuotas y cuando se quiere acordar, es un viejo al que se le fue la vida.  Y uno se hace esta pregunta: ¿ese es el destino de la vida humana?  ¿Solamente consumir?

Estas cosas que digo son muy elementales: el desarrollo no puede ser en contra de la felicidad.  Tiene que ser a favor de la felicidad humana; del amor a la tierra, del cuidado a los hijos, junto a los amigos. “Y tener, sí, lo elemental”.  Precisamente, porque es el tesoro más importante que tenemos.  Cuando luchamos por el medio ambiente, tenemos que recordar que el primer elemento del medio ambiente se llama “felicidad humana”.

José Alberto Mujica Cordano

La magia y el deseo

Momentos FelicesEl cuerpo gigantesco del guerrero sumerio estaba arado de cicatrices y su piel curtida por el sol y la nieve.  Su nombre era Jormás, y cuenta esta historia que cierta vez, mientras cabalgaba con tres de sus amigos de una ciudad a otra, sufrieron una emboscada a manos de sus más crueles enemigos.  Los cuatro guerreros combatieron  con fiereza, pero sólo Jormás consiguió sobrevivir, sus tres amigos cayeron muertos durante la lucha.

Ensangrentado y exhausto, Jormás se dio cuenta de que necesitaba descansar, reponer fuerzas y sanar sus heridas.  Miró a su alrededor en busca de un lugar seguro y divisó una pequeña caverna excavada en una montaña cercana.  Casi arrastrándose llegó hasta allí, y una vez dentro de la cueva, extendió sobre el piso su piel de oso y se quedó profundamente dormido.

Horas o días después, lo despertó el hambre, sintió que su estómago reclamaba algo caliente.  Todavía adolorido, Jormás decidió salir a juntar algunas ramas y troncos secos para prender un pequeño fuego en su guarida, y comer así, un poco de carne salada que llevaba consigo.  Cuando la luz de las llamas iluminó el interior del refugio, el guerrero no podía creer lo que veía :  El reducto que había encontrado no era simplemente una cueva, era un templo,  un templo excavado en la roca.  Por las instrucciones y símbolos, el sumerio descubrió que el templo había sido construido en honor del dios Gotzú.

Jormás había aprendido a desconfiar de las casualidades, y quizá por eso,  no dudó en pensar que sus pasos  habían sido conducidos hasta la cueva por el mismísimo dios del templo, para poder así,  guardar su sueño.  Concluyó que ésta era una señal.  Desde entonces encomendaría su espada al dios Gotzú.  Se quedaría allí hasta que sus heridas curaran.  Mientras tanto, hizo un gran fuego delante del altar que presidía la inmensa imagen en piedra del dios, y cazaría algún animal al cual sacrificaría en su honor.

Cinco días y cinco noches más estuvo el guerrero en la cueva de la montaña, reponiéndose.  Durante ese tiempo, nunca dejó que se apagara la llama que iluminaba el altar.  Al sexto día, Jormás se dio cuenta de que era hora de seguir su camino, y quiso dejar antes de partir, una ofrenda en señal de gratitud.  Una llama eterna!  -pensó- , pero… ¿cómo conseguirla?  Salió de la cueva y se sentó en una roca al borde del sendero a meditar sobre el problema.

Sabía que un poco de aceite ayudaría a mantener la llama,  pero no era suficiente.  Pensó, por un momento, que quizá debía buscar mucha leña, tanta como para que nunca se consumiera, tanta, que durara eternamente…. pero rápidamente se dio cuenta de lo vano del esfuerzo…. mucha madera aumentaría la intensidad del fuego, pero no la duración de la llama….

Un monje, de túnica blanca que caminaba por el sendero, se detuvo frente a Jormás.  Tal vez de puro curioso,  o quizá por la sorpresa de ver a un  guerrero en tan reflexiva actitud, el caso es que el monje se sentó frente al sumerio,  y quedó inmóvil mirándolo como si pasara a ser parte del paisaje.  Horas después, cuando el sol ya caía, todavía seguía pensando…. Lo ocupaba tanto su problema que no se sorprendió demasiado cuando el monje le habló:

–    ¿ qué te pasa guerrero?   Pareces preocupado… ¿Puedo ayudarte?

–    No lo creo  -dijo el guerrero-  Esta cueva, mi señor, es el templo del dios Gotzú, a quien hace cinco lunas he consagrado como mi protector, el destinatario de mis oraciones, el objeto último de mi lucha.  Pronto deberé partir y quisiera honrarlo eternamente, pero no sé cómo conseguir que la llama que he encendido dure para siempre.

El monje negó con la cabeza, y como si hubiera adivinado el camino que había recorrido el pensamiento del guerrero, le dijo:

–    Para que la llama sea eterna, necesitarás algo más que madera y aceite.

–    ¿Qué cosa?  – se apuró a preguntar Jormás,  ¿qué más necesito?

–    Magia.  -Dijo el monje secamente.

–    Pero yo no soy mago, ni sé de magia.   -Contestó Jormás.

–    Sólo la magia puede conseguir que algo sea eterno.  -Repuso el monje.

–    Yo quiero que la llama sea eterna!  -Dijo el guerrero, y siguió.  Si consigo la magia, ¿me puedes asegurar que la llama para siempre será eterna?

–    ¿Asegurar?  Hace una semana ni siquiera sabías de la existencia de este templo a Gotzú, y hoy quieres para él un homenaje eterno.  ¿Esto es lo que deseas?… ¿Es qué acaso tú puedes asegurar que tu deseo será eterno?

Jormás guardó silencio…

El guerrero se dio cuenta que nadie podía afirmar la eternidad de un deseo.  El monje volvió a menear la cabeza y se puso de pie.  Se acercó a Jormás, apoyándole la mano abierta en el pecho, le dijo:

–    Te diré un secreto: ¡La magia sólo dura mientras persiste el deseo!

Jorge Bucay.

 

 

Le pedí a DiosLe pedí a Dios que me salvara del vicio.
Dios me dijo: No.

Esto no es algo para yo salvarte, sino para tu renunciarlo.

Le pedí a Dios me aliviara el dolor;
Dios me dijo: No.

No me corresponde a mí aliviarlo, sino a ti vencerlo.

Le pedí a Dios me ayudara con mi hijo inválido;
Dios me dijo: No.

Su espíritu está completo y su cuerpo es temporal.

Le pedí a Dios me diera paciencia;
Dios me dijo: No.

La paciencia es la consecuencia de las tribulaciones, no es concedida, es aprendida.

Le pedí a Dios me diera felicidad;
Dios me dijo: No.

Yo te doy bendiciones, la felicidad la tienes que conseguir.

Le pedí a Dios me apartara la soledad;
Dios me dijo: No.

Debes crecer por ti mismo, yo te ayudaré a dar fruto.

Le pedí a Dios que me exonerara del dolor.
Dios dijo: No.

El sufrimiento te aleja de las cosas mundanas y te acerca más a mí.

Le pedí a Dios todo aquello que me hiciera disfrutar la vida;
Dios me dijo: No.

Yo te daré la vida para que disfrutes todas las cosas.

Le pedí a Dios que hiciera crecer mi espíritu.
Dios dijo: No.

Tú debes crecer por ti mismo, pero te voy a podar para que seas fructífero.

Le pedí a Dios me ayudara a amar a los demás como Él me ama a mí;
Dios me dijo:

“Por fin comprendiste la idea”.

“Para el mundo tu podrás ser una persona, pero para una persona tú podrías ser el mundo”

 

 

Los ladrones de tu energía

LadrónNo dejes que los ladrones  roben tu energía, compártela con tus amigos o alguien que la necesite. Cada uno de nosotros tiene una carga de energía asignada. Es nuestra responsabilidad utilizarla con medida y no desperdiciarla. Pon atención  y combate a los siguientes ladrones: 

Deja ir a personas que sólo llegan para compartir quejas, problemas, historias desastrosas, miedo y juicio de los demás. Si alguien busca un cubo para echar su basura, procura que no sea en tu mente.

Paga tus cuentas a tiempo.

Al mismo tiempo cobra a quién te debe o elige dejarlo ir, si ya es imposible cobrarle. Las deudas no caducan con el tiempo, aunque la ley te proteja; sé responsable, es mejor hacer un plazo de centavo a centavo, que perder tu preciada energía y tu palabra.

Cumple tus promesas.

Si no has cumplido, pregúntate por qué tienes resistencia. Siempre tienes derecho a cambiar de opinión, a disculparte, a compensar, a renegociar y a ofrecer otra alternativa hacia una promesa no cumplida; aunque no como costumbre. La forma más fácil de evitar el no cumplir con algo que no quieres hacer, es decir “no” desde el principio.

Elimina en lo posible y delega aquellas tareas que no prefieres hacer y dedica tu tiempo a hacer las que sí disfrutas.

Aunque no debes de huir de responsabilidades y no todo el tiempo es factible, muchas veces por puro control o por no darnos el permiso, seguimos perdiendo tiempo en nimiedades y abandonando lo verdaderamente significante en nuestras vidas.

Date permiso para descansar si estás en un momento que lo necesitas y date permiso para actuar si estás en un momento de oportunidad.

La naturaleza, tiene ritmos y tu vida también. No actuar en el momento erróneo te quita energía y no parar cuando lo necesitas, también.

Tira, recoge y organiza, nada te toma más energía que un espacio desordenado y lleno de cosas del pasado que ya no necesitas. Uno por uno, toma cada papel, cada recuerdo y hasta cada sueño y elige.

Da prioridad a tu salud, sin la maquinaria de tu cuerpo trabajando al máximo, no puedes hacer mucho.

Toma sol por las tardes, medita, respira, báñate en el mar, haz ejercicio en la naturaleza, escucha tu cuerpo y elimina las toxinas. Haz una cita médica y mira si te faltan minerales o vitaminas. Aliméntate con comidas orgánicas y frescas; trabaja en la prevención para evitar la crisis de una enfermedad. Un cuerpo sin energía, da avisos. Atiéndelos..

Enfrenta las situaciones tóxicas que estás tolerando, desde rescatar a un amigo o a un familiar, hasta tolerar acciones negativas de una pareja; y toma la acción necesaria. Resignarte a una situación y sentirte que no tienes control, sólo conseguirá drenarte.

Acepta.

Aceptar no es resignarse, pero nada te hace perder más energía que el resistir y pelear contra una situación que no puedes cambiar.

Perdona.

Deja ir una situación que te esté causando dolor, siempre puedes elegir dejar el dolor del recuerdo.

Si sentiste  en tí un rayito de renovada energía ,  entonces consérvala y no dejes que te la roben. Recuerda que esa energía de vivir tranquilo es lo más preciado que pueden quitarte.  Que tengas un buen día.

 

 

Los Abuelos

Los abuelos no mueren, viven en la memoria de los nietos

Los abuelos no mueren, viven en la memoria de los nietos

En los últimos 50 años, nuestro estilo de vida familiar cambió drásticamente como consecuencia de un nuevo sistema de producción. La inclusión de la mujer en el circuito laboral llevó a que ambos padres se ausenten del hogar por largos períodos creando como consecuencia el llamado “síndrome de la casa vacía”.

El nuevo paradigma implicó que muchos niños quedaran a cargo de personas ajenas al hogar o en instituciones. Esta tercerización de la crianza se extendió y naturalizó en muchos hogares.

Algunos afortunados todavía pueden contar con sus abuelos para cubrir muchas tareas: la protección, los traslados, la alimentación, el descanso y hasta las consultas médicas. Estos privilegiados chicos tienen padres de padres, y lo celebran eligiendo todos los apelativos posibles: abu, abuela/o nona/o bobe, zeide, tata, yaya/o opi, oma, baba, abue, lala, babi, o por su nombre, cuando la coquetería lo exige.

 Los abuelos no sólo cuidan, son el tronco de la familia extendida, la que aporta algo que los padres no siempre vislumbran: pertenencia e identidad, factores indispensables en los nuevos brotes.

 La mayoría de los abuelos siente adoración por sus nietos. Es fácil ver que las fotos de los hijos van siendo reemplazadas por las de estos. Con esta señal, los padres descubren dos verdades: que no están solos en la tarea, y que han entrado en su madurez.

El abuelazgo constituye una forma contundente de comprender el paso del tiempo, de aceptar la edad y la esperable vejez.

Lejos de apenarse, sienten al mismo tiempo otra certeza que supera a las anteriores: los nietos significan que es posible la inmortalidad. Porque al ampliar la familia, ellos prolongan los rasgos, los gestos: extienden la vida. La batalla contra la finitud no está perdida, se ilusionan.

Los abuelos miran diferente. Como suelen no ver bien, usan los ojos para otras cosas. Para opinar, por ejemplo. O para recordar.

Como siempre están pensando en algo, se les humedece la mirada; a veces tienen miedo de no poder decir todo lo que quieren.

La mayoría tiene las manos suaves y las mueven con cuidado. Aprendieron que un abrazo enseña más que toda una biblioteca.

Los abuelos tienen el tiempo que se les perdió a los padres; de alguna manera pudieron recuperarlo. Leen libros sin apuro o cuentan historias de cuando ellos eran chicos. Con cada palabra, las raíces se hacen más profundas; la identidad, más probable.

Los abuelos construyen infancias, en silencio y cada día. Son incomparables cómplices de secretos. Malcrían profesionalmente porque no tienen que dar cuenta a nadie de sus actos. Consideran, con autoridad, que la memoria es la capacidad de olvidar algunas cosas. Por eso no recuerdan que las mismas gracias de sus nietos las hicieron sus hijos. Pero entonces, no las veían, de tan preocupados que estaban por educarlos. Algunos todavía saben jugar a cosas que no se enchufan.

Son personas expertas en disolver angustias cuando, por una discusión de los padres, el niño siente que el mundo se derrumba. La comida que ellos sirven es la más rica; incluso la comprada. Los abuelos huelen siempre a abuelo. No es por el perfume que usan, ellos son así. ¿O no recordamos su aroma para siempre?

Los chicos que tienen abuelos están mucho más cerca de la felicidad. Los que los tienen lejos, deberían procurarse uno (siempre hay buena gente disponible).

Finalmente, y para que sepan los descreídos: los abuelos nunca mueren, sólo se hacen invisibles, para seguir viviendo en nuestra mente y en nuestro corazón.

Enrique Orschansky

IracundiaImbécil fue la sola palabra.  Dura, contundente, expresada con un ceño fruncido y gestos ofensivos.  Al reclamo vinieron los hechos. Los dos hombres que en sus vehículos estuvieron a punto de chocar, se apearon y se fueron a los puños. Uno rodó por el suelo. El otro corrió, abrió la guantera de su automóvil, extrajo un revólver y disparó, justo en el momento en que su eventual contrincante intentaba pararse. Y esa palabra “Imbécil”, costó la vida de una persona.

 Días después al escuchar la sentencia de condena a veinticinco años de cárcel, José María sólo atinó a musitar:

-“No quería matarlo, de verdad, no quería hacerlo”.

 De nada valieron sus explicaciones sobre el rapto de ira que lo encegueció. Todos clamaban justicia, y las autoridades obraron conforme a los códigos penales.  Hoy José María purga su condena en un penal, y una y otra vez da vueltas al incidente. Recuerda que frenó al ver cómo se le atravesó otro carro.  Estaban en un cruce de vías.  Iba deprisa para acudir a una cita odontológica, por eso el incidente le molestó. Y lo primero que expresó fue indignación con un sonoro “Imbécil” que el otro conductor interpretó como un agravio y decidido retó para pelearse.

-“Todavía tengo grabada la expresión de angustia cuando me vio con el arma. Esos ojos que no puedo borrar de mi mente parecían gritarme que no disparara.  Pero lo hice. Simplemente no pensé.”

 Es evidente que las palabras ejercen una poderosa influencia en nuestras vidas y en las de quienes nos rodean. Las palabras bien pueden fortalecer una amistad, estimular a la persona amada o destruir a amigos y conocidos.  Y lo grave, es que las heridas más difíciles de olvidar, son las heridas del alma, provocadas por palabras y gestos ofensivos.

 ¿Cuántos matrimonios no terminan en problemas justo porque uno de los cónyuges no guardó silencio?;  ¿cuántos negocios no se echan a perder porque uno de los interesados dice algo que ofende a su cliente?;  ¿cuántas amistades se echan a perder por una palabra dicha en el momento menos indicado y en las circunstancias menos apropiadas?

 Calcular las consecuencias: Cuando evaluamos nuestras actuaciones, lo más probable es que tendremos una sumatoria de problemas producto de no saber decir las cosas. Hablar es todo un arte. Es necesario examinar y medir las consecuencias de cada palabra. Si aprendemos a decir las cosas, de seguro nos evitaremos muchos malentendidos.

 En discusiones, lo más indicado es dialogar, no gritar: Cuando por alguna circunstancia surge una desavenencia, lo más prudente es bajar el tono al volumen de nuestras palabras. Si gritamos al igual que nuestro interlocutor, probablemente terminaremos en una acalorada discusión.  Experimenta este principio de vida:  Cuando alguien eleve la voz, tú conserva la calma, y podrá comprobar que el cruce de palabras no llegará a mayores.

 Es preferible callar para ganar: Una tendencia humana frente a las agresiones de los demás, es reaccionar en igual tono o con mayor irascibilidad. Y actuar así con mucha frecuencia agrava los problemas.  Quien tiene la serenidad para callar, es quien verdaderamente lleva las de ganar en una discusión. Cuando tú guardas silencio, la presión sanguínea y la actitud asumida tienden a la normalizarse, y en casos complejos, lo más indicado es recobrar o conservar la serenidad.

 Pensamiento Positivo. El tratar de revivir el pasado o predecir el futuro, puede impedir lo que va a suceder, o puede impedirme disfrutar el momento presente.  Por tanto, hago el compromiso de vivir en el ahora, con la seguridad y el conocimiento de que DIOS está a cargo y todo está bien.

 Si alguna vez siento que las complejidades de la vida me agobian; recordaré que sólo puedo vivir un día a la vez.  Sé que tengo la fe, la fortaleza y el valor de transformar cualquier reto en una oportunidad de crecimiento espiritual.  No permito que los recuerdos se interpongan en el camino del bien.   Dejo ir el pasado y abro las puertas a un nuevo bien.  Vivo en el ahora, dando gracias por el bien que cada día contiene, hago lo mejor y dejo el resto a DIOS.  ¡Cuánto mejor es la sabiduría que el oro, y el entendimiento que la plata!

 Fernando Alexis Jiménez