Los parques y la explanadaEste 27 de Septiembre se cumplieron 62 años que Janet marcara historia de Chetumal en un antes y un después. Ya mucho hemos escrito y hablado de aquel trágico día  y mucho hemos contado de sus desgarradoras historias.  En esta ocasión quiero referirme a Janet como un punto de referencia  para hacer una reflexión retrospectiva sobre como era nuestra vida antes de su llegada y como gradualmente, con el paso del tiempo, fuimos adquiriendo nuevas costumbres, y asimilando los nuevos adelantos  hasta transformarnos en lo que somos ahora como ciudad y como personas.

Para  los lugareños de antaño  que vivimos estas dos etapas de la vida de la ciudad, la de antes y las de después de Janet,  y los que crecimos  a orillas de la bahía, en la ribera del Rio,  en el Julubal,  en Barrio Bravo, o viviendo en “Las Casitas”, en Calderitas, o  en cualquier otro  rincón de aquel  viejo Chetumal,  volver a esos  años es entrar en un mundo de magia en el que la mente vuelve al pasado,  ese  pasado que sentimos  nuestro los que nacimos hace más de medio siglo. Un pasado que es sentimiento actual y actuante lo mismo orgullo que sufrimiento, sentimiento que muchos fuereños atacan, desdeñan, critican o no comprenden plenamente;  pero que otros muchos más, por el cariño que tienen a esta tierra, respetan, lo defienden y lo hacen suyo, a veces mejor que muchos nativos.

Muchos que formamos  parte de la segunda o tercera generación de fundadores,  recordar aquellos años es regresar el tiempo a una imaginaria reunión con nuestros abuelos, aquellos que nos dieron identidad, y sentimiento de pertenencia:  Una reunión en familia con el viejo“ Territorio” y  con el abuelo “Payo Obispo”, para  juntos con ellos,  revisar lo que ha sido  nuestra  evolución, cultural, social y política.

Evolución de la que fuimos parte y que revisaremos con motivo del aniversario de Janet. Una revisión de nuestro pasado  ya  sin la incertidumbre y los temores de aquellos duros años, y de aquellos difíciles momentos , una revisión  serena y objetiva  de lo que fue nuestra niñez, nuestra vida de adolescentes, de solteros, de casados y padres con hijos pequeños, con  pocos haberes y muchos deberes.

Revisaremos los años  en los que las preocupaciones y las ocupaciones ocupaban a plenitud nuestro tiempo, y nuestro pensamiento, y en los que  nuestra existencia transcurrió  en un constante caminar cuesta arriba, sorteando los obstáculos propios de aquel nuestro tiempo.

Revisar  aquel   pasado y recordar  los días que con  nuestra  mochila de ilusiones en la espalda  iniciamos nuestra aventura hacia una cima incierta, escalando tan solo  armados  con  escaso y rudimentario  equipo para ello.  Sin GPS ni celulares, esos que hoy  tan comunes,  y casi imprescindibles  de nuestros días. Adelantos que en ese entonces suponías de ciencia ficción.  Recorrer aquellos tiempos de la vieja época en la que  para ubicarnos   debíamos más  elevar nuestra  vista al cielo que de mirar los instrumentos, siempre con los pies de la tierra, sin olvidar la vieja enseñanza: “A Dios Rogando y con el Mazo Dando

Tiempos de bicicletas, no de automóviles, de paredes de tablas,  no de cristal,  de casas de madera, no de concreto; de veredas y caminos enlodados,  no de avenidas de concreto hidráulico, de  hogares, no de mansiones; en fin,  tiempos en los  que importaba más “el realmente  ser que el  parecer”.

Y ahora nos toca ver a  nuestros  hijos  escalar su propia cima,  recorrer  su propios caminos superar  sus nuevos obstáculos, vivir su propia vida. Es  ahora que caemos en cuenta, es ahora que recordamos y revisamos   lo que fue nuestra subida, los que fue nuestra primavera, y lo que hoy es nuestro otoño. Y tomamos conciencia  de lo cambiante de nuestros roles en la familia,  de padres  a abuelos.  Nuestro paso es más lento, nuestra energía es menor y nuestras prisas se fueron yendo con el polvo de los años.  Nuestra  mochila de subida se quedo en la cumbre y  la nueva solo lleva herramientas para el descenso. Aunque nos consuela  que  nuestras cargas,  prisas y quizás obsesiones por alcanzar la cima. Quizás  si nos negáramos a tomar nuestras herramientas de descenso, aferrados a seguir en la escalada, correríamos el riesgo de desbarrancar.

Y así, recordando a Janet   mi  mente viaja por nuestro pasado mientras mi espíritu  vuela cual gaviota en busca de corrientes de libertad. Y en ese volar por el pasado, encuentro disfrute y encuentro paz, viendo como las cosas van quedando atrás.  El viento  del pasado agita mis cabellos y refresca mi memoria.  Llegan a mí mente recuerdos de todo aquello que se ha vuelto antiguo,  que se ha vuelto historia y que también se ha vuelto evocador y romántico. Y sigo pensando y sigo recordando,  y sigo parado en  “Punta Estrella”. Espléndido sitio para recordar.

Veo Consejo, el obelisco,  el muelle  y el manglar.  A lo lejos  veo la vela de un barquito  que imagino  viene  de Xcalak, ese viejo pueblo de pescadores, que igual que nuestros años mozos quedó en el pasado. Es uno de aquellos  botecitos  de vela, que provenientes de Xcalak y de la costa del Caribe,  hacian su larga travesía para surtir  de pescado fresco a aquel mi viejo Chetumal.

Reparo en el  edificio del Congreso, nuestro símbolo de mayoría de edad como estado independiente,  y revivo la imagen de la vieja escuela primaria, la Álvaro Obregón.  Me pregunto que habrá sido de la vida y los anhelos de tantos  amigos y amigas  que allí conocieron  las primeras letras. La escuela Obregón y la Belisario, son  dos escuelas de gobierno a las que tanto les debemos y que fueron alma mater y fuente de saber de muchísimos  chetumaleños. Y es que recordar las escuelas Obregón y Belisario,  es recordar también  al profesor Santana,  al profesor España Cruz, al Profesor Ángel Gonzalez, a la profesora Obdulia, a la profesora Chabelita Medina, a la profesora Socorrito Garma, a la profesora Paulina Mólgora, a la profesora  Rosita Castro, al profesor Yanuario Pech y  otros muchos maestros y maestras que con su trabajo docente sembraron  de gratos recuerdos nuestro pasado.

Y en esta muy conocida y simbólica  punta  de la bahía, la que lleva el nombre de la ciudad, volteo hacia la isla de Tamalcab y recuerdo que a un costado de la casa de don Salomón Mingüer, la misma que no ha cambiado en todos estos años,  había una  bella  construcción de madera donde estaban las oficinas de la forestal, aquella oficina  encargada de dar los permisos para la explotación de  los bosques del viejo Payo Obispo. A aquella bella casona de madera la conocíamos como  “La Forestal”  y en sus alrededores había  pinos, caminos y veredas   las cuales fueron,  para muchos de nosotros, lugar preferido para nuestras correrías  y aventuras de chamacos.  Detrás de aquella vieja casona de estilo inglés, estaban  los campos llaneros de futbol y beisbol, ubicados estos en lo que en años anteriores  fue el campo aéreo Francisco Sarabia. Aquel campo aéreo  del viejo  Payo Obispo que funcionó en el primer cuarto del siglo pasado y que estaba bordeado  por el faro y el cuartel de la  compañía fija.  Fue el mismo  cuartel en el que durante muchos domingos, a muchos de nosotros, nos tocó hacer el servicio militar. Detrás del cuartel, hacia el norte, rumbo a Juan Luis y  Calderitas, estaban los cocales. Entre esos cocales serpenteaba un camino  que pasaba por ranchitos costeros, ranchitos  como el de los Montalvo. Aquel  viejo caminito seguía entre los cocales, pasaba por el poblado de  Calderitas, seguía por “Trincheras” e “Ixpatún”, y terminaba en lo que ahora conocemos como Oxtankah.

Y en ese  ejercicio de volar por el pasado, llego a los años de la explotación del chicle y la caoba.  Veo a los chicleros y monteros bajar de la selva a cobrar el fruto de su rudo trabajo. Los veo  llenar  las cantinas. Los veo dilapidando sus rayas en frenéticas  borracheras y los veo también  haciendo uso de las mujeres de alquiler.  Y sigo en ese largo  viaje viendo  aquellas viejas  gabarras, que cual fieles centinelas fondeaban en la bahía muy cerca de la desembocadura del rio. Eran las  mismas a las que  llegábamos nadando desde el muelle,  en tiempos de arriesgadas aventuras.   No puedo dejar de mencionar a la vieja  gabarra del señor Noverola, aquella que,   cotidianamente,  dragaba arena  del fondo de la bahía para venderla como material de construcción para las edificaciones de aquellos años. Con esa arena se construyeron edificios como el palacio de Gobierno y el estadio Ignacio Zaragoza, entre otros.  Y recorro también  el pequeño Astillero de Mr. Dick que se ubicaba a un costado de la bocana del rio.  En el pequeño astillero subían a reparar, fabricar y calafatear las embarcaciones de aquellos prístinos años. Y en ese largo recorrido, mentalmente,  llego hasta  el viejo rastro, ese que se situaba  donde ahora está el tribunal Superior de Justicia;  allí íbamos con los cuates del julubal a ver la matanza de reses y los cerdos. Los   matarifes  de aquel viejo rastro eran  Edgar Pacheco y el  Indio García, este último por muchos años, junto con doña Ponza, fue  el porrista oficial de  casi todos los eventos deportivos, todavía en tiempos no muy lejanos.

Otro de los recuerdos de aquellos años  era el  festejo del primero de Junio, el  día de la marina. En esa fecha se efectuaban regatas de veleros, competencias de palo encebado, carreras de sacos y carreras de bicicletas. Realmente era un día de gran fiesta pueblerina que nos congregaba a todos, un día  en el  que al igual que el carnaval, había una  verdadera verbena popular. Jolgorio que como dije, cada año se realizaba   en los alrededores de  la explanada, frente al palacio de gobierno y en los tres parques: el de la madre , el del maestro, y el parque Hidalgo.

En años posteriores a Janet, a finales de los 50 y principios de los 60s,  sólo había  un cine, el Ávila Camacho.  En esos años  la policía del territorio, con el mayor Garay al frente, sin miramientos ni contemplaciones era la que mantenía orden en el pueblo.  Aquella policía y su “Perrera”,  como le decíamos a la patrulla, eran símbolos   que infundían mucho temor en chicos y grandes.  Lo mismo sucedía con las figuras de Don Márgaro el Gobernador  y del  Lic Amezcua su secretario de gobierno.

Pero no obstante el autoritarismo y extremo temor al gobierno de Margarito Ramírez, un movimiento de ejidatarios ,  originado en Nicolás Bravo, surgió  por aquellos años.  Fue una marcha y un plantón de campesinos ejidatarios frente a palacio.    Protestaban por la   la inequidad en el  reparto de los  beneficios de la explotación de  la madera de los bosques. Finalmente, después de muchos meses de plantón frente a palacio, el movimiento  logró  poner fin al gobierno de Margarito Ramírez y con  ello terminar  con una larga época de  gobernantes broncos y autoritarios.  Terminó también una   etapa  de nuestra vida como territorio federal en la que nuestra voz fue poco escuchada por nuestros gobernantes,  y nuestra suerte dependía de las decisiones tomadas en el centro del País.

Después  de  Margarito Ramírez vino Aaron Merino Fernández, le siguíó, Rufo Figueroa,  luego  Javier Rojo Gomez y  finalmente   David Gustavo Gutiérrez Ruiz,  con  este último  concluyó nuestra historia como territorio federal. Durante los años, posteriores a la salida de Margarito Ramírez,  aún cuando seguíamos   siendo gobernados desde el centro del país,  vimos llegar  prosperidad.  Fue durante los gobiernos referidos cuando  vimos la llegada de servicios, como el  teléfono, el agua potable, y la televisión en los hogares;  se abrieron y pavimentaron  calles, se abrió la comunicación por carretera con el resto del país y  Chetumal tomó importancia como zona libre y por lo tanto lugar para adquiirir artículos extranjeros.  Fueron tiempos de auge comercial puesto que muchos de los artículos que aquí se adquirían, su  importación estaba prohibida en el resto de la república.  Con el auge del comercio de importación y el nacimiento del nuevo Estado de Quintana Roo,  en 1974, nos llegó una nueva etapa de progreso, una etapa de autonomía y una etapa de participación cívica y política. Fue realmente  una etapa de advenimiento a una modernidad  que abrió nuevos espacios y nuevas oportunidades para muchos de nosotros, tanto lo  laboral, lo comercial como en lo político .

Y continúo ensimismado en los recuerdos y mi vista se fija en el obelisco  con el  viejo reloj  de la explanada y me pregunto  cuantas vueltas desde entonces  han dado esas  viejas agujas que sobrevivieron a Janet, cuantas veces sus campanas han sonado para anunciarnos  nuevas horas,  nuevos momentos, y nuevos amaneceres. Su constante tic tac  me recuerda  que el tiempo no se detiene, y que las cosas por bellas o sufridas que sean, van quedando en el pasado,  que como nuestros ancestros nuestro tiempo quedo atrás  y que el  siglo y el  milenio terminaron; terminaron  como  termina  la primavera y llega el verano, y como termina el verano y llega  el otoño.

Y con esa sensación  de veteranía, sintiendo latir con fuerza la sangre por mis venas, con  las huellas del  tiempo y las batallas a cuestas, llevo en mi actual mochila las experiencias, las  alegrías y las tristezas , los triunfos y las derrotas  de aquellos años que me tocó vivir. Suspiro con alivio al saberme  satisfecho, en paz, y  agradecido con la vida, por todo lo  que me prodigó aquel viejo Chetumal de mis recuerdos.

Mario Aguilar Vargas.

Septiembre de 2015

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