Los parques y la explanadaEste 27 de Septiembre se conmemora un año más del Janet, el terrible huracán que destruyera la ciudad y marcara la historia de Chetumal en un antes y un después.

Bastante se ha escrito y hablado de aquel trágico día  y mucho hemos contado de sus desgarradoras historias.  En esta ocasión  quiero recordar a Janet para hacer un recuento de cómo era la vida y las costumbres en la vieja ciudad; y cómo,  gradualmente, con el paso del tiempo, la ciudad y sus habitantes fueron cambiando y asimilando los adelantos, las nuevas costumbres y los nuevos hábitos de la modernidad.

Recordar a Janet despues de transcurridas más de seis décadas, es volver a un pasado lleno de nostalgia y romanticismo.  Un pasado lleno de vivencias personales que nos dan  derecho de pertenencia a esta ciudad renacida de una catástrofe. Cuando hablo del derecho de pertenencia me refiero más bien a ese derecho adquirido más por el haber renacido de las cenizas  que por el llamado derecho de nacimiento.

Como testigos presenciales de la devastación y como parte de la reconstrucción,  recordar esos años es hacer un repaso por lo que fuimos, atestiguamos, sufrimos y gozamos en el antiguo Chetumal. .

Es hacer un ejercicio mental y un recuento de hechos y acontecimientos que son los que dan forma a lo que ha sido nuestra historia, la que no puede contarse, o recordarse sin revivir cada año esta importante fecha conmemorativa.

Y es que recordar esa fecha conmemorativa, obliga también a hacer un recuento personal de lo que fue nuestra niñez, nuestra adolescencia y nuestra  juventud en la muy pequeña ciudad, es repasar nuestra vida de solteros, de recién casados y de padres con hijos pequeños en tiempos de pocos haberes y muchos deberes, de duro escalar, de lento subir,  de mucha energía, y de muy poca experiencia

Y por todo eso recordar a Janet es volver la mirada atrás a lo que fue nuestra propia aventura en una empinada cima, hacia un incierto destino, sin los modernos navegadores GPS con los que hoy contamos, y sin teléfonos celulares que nos marcarán el rumbo y el destino.

Ahora nos toca ver a los hijos y los nietos escalar  su propia cima en una ciudad más comunicada y más adelantada.  Ahora nos toca verlos  andar  sus propios caminos, superar  sus obstáculos, y dirigirse a  su destino, en esta  ciudad tan diferente de la que nos tocó vivir.

Recordar el aniversario  de Janet es también revisar muchas cosas que se han vuelto antiguas  y se han vuelto historia; muchas cosas que nos dan mayor calidad de vida, esas cosas  que con los adelantos nos llegaron pero con las que perdimos esa paz y tranquilidad de antaño.

Y en ese ejercicio de revisar lo que con el tiempo ganamos, y también perdimos en la ciudad, es que me encuentro caminando por  por el boulevard bahía y me detengo en  “Punta Estrella” a contemplar la belleza del paisaje.

Veo Consejo, el obelisco, el muelle  y el manglar. A lo lejos  distingo también la vela de un barquito  que imagino viene  de Xcalak, ese viejo pueblo de pescadores, que igual que nuestros años mozos quedó en el pasado. Es uno de aquellos casi extintos  botecitos  de vela, que provenientes de Xcalak y de la costa del Caribe, hacían su larga travesía para surtir  de pescado fresco a aquel mi viejo Chetumal.

Reparo en el  edificio del Congreso, nuestro símbolo de mayoría de edad como estado independiente, y recuerdo que en ese mismo lugar estuvo la escuela primaria Álvaro Obregón. Me pregunto que habrá sido de la vida y los anhelos de tantos amigos y amigas  que allí conocieron  las primeras letras. Debo decir que tanto  la escuela Alvaro Obregón como la Belisario domínguez, fueron las dos primarias de gobierno  donde  muchísimos  chetumaleños aprendieron las primeras letras. Y al recordar estas dos antiguas escuelas  de Chetumal es obligado recordar al profesor Santana,  al profesor España Cruz, al Profesor Ángel Gonzalez, a la profesora Obdulia, a la profesora Chabelita Medina, a la profesora Socorrito Garma, a la profesora Paulina Mólgora, a la profesora  Rosita Castro, al profesor Yanuario Pech y  otros muchos maestros y maestras que con su trabajo docente dejaron en nosotros gratos recuerdos.

Y desde Punta Estrella dirijo la mirada hacia Tamalcab y recuerdo que a un costado de la casa de don Salomón Mingüer, la que no ha cambiado desde entonces, había una bella construcción de madera donde estaban las oficinas de la forestal, aquella oficina encargada de dar los permisos para la explotación de  los bosques del viejo Payo Obispo. Era una bella casona de madera que conocíamos como  “La Forestal” y en sus alrededores había pinos, caminos y veredas las cuales fueron,  para muchos de nosotros, lugar preferido para nuestras correrías  y aventuras de chamacos.  Detrás de aquella vieja casona de estilo inglés, estaban los campos llaneros de futbol y beisbol, ubicados estos en lo que en años anteriores fue el campo aéreo Francisco Sarabia. Aquel campo aéreo  del viejo Payo Obispo que funcionó en el primer cuarto del siglo pasado y que estaba bordeado por el faro y el cuartel de la  compañía fija. Fue en ese cuartel de la compañía fija donde muchos de nosotros hicimos servicio militar. Detrás del cuartel, hacia el norte, rumbo a Juan Luis y Calderitas, estaban los cocales. Entre ellos  serpenteaba un camino  que pasaba por ranchitos costeros, ranchitos  como el de los Montalvo. Seguía el caminito entre los cocales y pasaba por el poblado de  Calderitas, llegando hasta “Trincheras” e “Ixpatún”; terminaba el camino en lo que ahora conocemos como Oxtankah.

Y  siguiendo con los recuerdos del viejo pasado llego a los tiempos de la explotación del chicle y la caoba.  Veo a los chicleros y monteros bajar de la selva a cobrar el fruto de su rudo trabajo. Los veo  llenar  las cantinas. Los veo derrochando sus rayas en frenéticas  borracheras y los veo también  haciendo uso de las mujeres de alquiler.  Mirando hacia la desembocadura del rio Hondo recuerdo las viejas  gabarras, que cual fieles centinelas fondeaban en la bahía muy cerca del muelle Nachi Cocom. A ellas  llegábamos nadando desde el muelle en días de aventura.   No olvido la vieja  gabarra del señor Noverola, aquella que, cotidianamente,  dragaba arena  del fondo de la bahía para venderla como material de construcción en vez del conocido polvo de piedra. En ese tiempo no habían quebradoras. Con arena del fondo de la bahía se construyeron edificios como el palacio de Gobierno y el estadio Ignacio Zaragoza, entre otros.  Recuerdo también  el pequeño Astillero de Mr. Dick que se ubicaba a un costado de la bocana del rio, donde subían a reparar, fabricar y calafatear las embarcaciones de aquellos años. Y en ese largo ejercicio mental,  recuerdo  el viejo rastro, ese que se situaba  donde ahora está el tribunal Superior de Justicia;  allí íbamos a ver la matanza de reses y  cerdos. Entre los matarifes  de aquel viejo rastro estaban Edgar Pacheco que mataba las reses  y el famoso “Indio” García, que mataba los puercos. El “Indio”  junto con “doña Ponza, fueron los porristas, gritones y animadores en los eventos deportivos por muchos años. Hoy ambos fallecidos, quedan en nuestros recuerdos.

Otro de esos viejos recuerdos   era el  festejo del primero de Junio, el  día de la marina. En esa fecha se efectuaban regatas de veleros, competencias de palo encebado, carreras de sacos y zancos,  y carreras de bicicletas. Realmente era un día de gran fiesta pueblerina que nos congregaba a todos.  Una  fecha de gran relevancia  en la  que al igual que en las fechas del carnaval, era día de  verbena popular y de  jolgorio. Estas verbenas tenían lugar en los alrededores de la explanada de la bandera, frente al palacio de gobierno y en los tres parques: el de la madre , el del maestro, y el parque Hidalgo.

En años posteriores a Janet, a finales de los 50 y principios de los 60s,  sólo había  un cine, el Ávila Camacho.  En esos años  la policía del territorio, con el mayor Garay al frente, sin contemplaciones, ponía orden en el pueblo.  Tanto la policía, como el mayor y la  “Perrera”, como le decíamos a la patrulla, eran símbolos de terror para chicos y grandes del pueblo.

Pero también recuerdo que no obstante el autoritarismo y el extremo temor a la policía y al gobierno de Margarito Ramírez, un movimiento de ejidatarios, originado en el poblado de Nicolás Bravo, surgió  por aquellos años.  Fue una marcha y un plantón de campesinos ejidatarios frente a palacio. Protestaban por la   la inequidad en el reparto de los beneficios de la explotación de  la madera de los bosques. Finalmente, después de muchos meses de plantón frente a palacio, el movimiento  logró  poner fin al gobierno de Margarito Ramírez y con  ello terminar  con una larga época de  gobernantes broncos y autoritarios. Terminó también una etapa  de nuestra vida como territorio federal en la que nuestra voz fue poco escuchada por nuestros gobernantes,  y nuestra suerte dependía de las decisiones tomadas en el centro del País.

Después  de  Margarito Ramírez vino Aaron Merino Fernández, le siguió Rufo Figueroa,  luego  Javier Rojo Gomez y  finalmente   David Gustavo Gutiérrez Ruiz,  con este último  concluyó nuestra historia como territorio federal. Durante los años, posteriores a la salida de Margarito Ramírez,  aún cuando seguíamos siendo gobernados desde el centro del país,  vimos llegar cierta prosperidad.  Fue durante los gobiernos referidos cuando  vimos la llegada de servicios, como el  teléfono, el agua potable, y la televisión en los hogares;  se abrieron y pavimentaron  calles, se abrió la comunicación por carretera con el resto del país y  Chetumal tomó importancia como zona libre y por lo tanto lugar para adquiirir artículos extranjeros. Fueron tiempos de auge comercial, debido a que muchos de los artículos que aquí se adquirían, su importación estaba prohibida en el resto de la república. Con el auge del comercio de importación y el nacimiento del nuevo Estado de Quintana Roo, en 1974, nos llegó una nueva etapa de progreso, una etapa de autonomía y una etapa de participación cívica y política. Fue realmente  una etapa de modernidad  que abrió nuevos espacios y nuevas oportunidades para muchos de nosotros, tanto lo  laboral, lo comercial, como en lo político .

Y continúo en los recuerdos y observo el obelisco  con el  viejo reloj  de la explanada. Me pregunto  cuantas vueltas desde entonces  han dado esas  viejas agujas que sobrevivieron a Janet, y me pregunto también cuantas veces sus campanas han sonado para anunciarnos  nuevas horas,  nuevos momentos, y nuevos amaneceres.

Su constante tic tac  parece recordarnos que el tiempo no se detiene y que las cosas, por bellas o sufridas que sean, van quedando en el pasado; que como nuestros ancestros y como el huracán Janet, todo va quedando atrás.  Parece recordarnos que el siglo y el  milenio terminaron,  de la misma forma  como  termina  la primavera y llega el verano, y cómo,  después del verano,  llega  el otoño.

Y con esa sensación de nostalgia muy personal,  causada por el otoño de mis años vividos, termino el ejercicio anual de los recuerdos en este aniversario del trágico huracán Janet de 1955. Pido a Dios me conceda vida para repetir este ejercicio el próximo año.

Mario Aguilar Vargas.