Mercadp Miguel AlemanHace apenas dos días, recibí la invitación de este honorable Congreso del Estado, para expresarles unas palabras en mi carácter de testigo  de una gran tragedia, acontecida en esta ciudad. Una tragedia que partió nuestra historia en un antes y un después, en un casi morir,  pero también,  en un renacer,  un dinámico y esperanzador renacer.

Para referirme a esa tragedia es obligado hacer un ejercicio mental que me sitúe en  aquel remoto día. Aquel remoto día con su larga noche, de un 26 de Septiembre de 1955.  De esto  hace ya 59 años, cuando una tormenta, con la furia de sus vientos,  entró por la bahía y sembró destrucción y muerte. Una tormenta que en forma del huracán Janet,  arrasó  lo que era un pintoresco caserío costeño. Una pequeña ciudad de edificaciones de madera con techos de láminas de zinc.

Como veterano de esa tragedia, a mí me tocó vivir tanto ese antes, como ese después, tanto ese morir como ese renacer. Y también, con el paso del tiempo, me ha tocado ver los grandes cambios acontecidos. Cambios entre  una etapa de la vida de la ciudad que   con el huracán terminó, y  el inicio de una etapa de progreso y de modernidad, que a partir de aquella misma  desgracia, comenzó.

En aquel entonces yo era un niño.  Acababa de cumplir los nueve años. Si bien ese niño ya tenía la  edad suficiente para percibir la angustia reflejada en los rostros de los adultos, también su  corta edad no le permitía,  entender en su exacta dimensión, las consecuencias, los alcances y los peligros de aquella  gran catástrofe que se avecinaba.

En su mente infantil, en aquel niño se mezclaban sentimientos encontrados. Por un lado se sentía contagiado del miedo colectivo y por el otro lado  se  sentía entusiasmado ante   la insólita y trágica aventura que habría de presenciar.

No centraré mi relato en las desgarradoras escenas de destrucción, desolación, angustia y muerte, que nos trajo Janet.  La exposición de fotos de hoy,  nos describe los hechos mejor que mil palabras.

Mi intención es otra. Mi intención, más bien,  es evocar aquellos dolorosos momentos,  desde una perspectiva  que nos  conduzca a revalorar,  lo que ahora somos y lo que ahora tenemos.

Recuerdo con lúcida claridad aquellas  24 horas previas al huracán. Recuerdo a aquella pequeña difusora de la radio local del señor Roque Salvatierra, la cual nos transmitía constantemente las indicaciones de prevención y los reportes del tiempo. Lo mismo hacía  radio Belice que nos daba los reportes del centro de huracanes de Miami.  Recuerdo a los señores con  aquellos radios de onda corta y de bulbos, muy atentos a las noticias de la trayectoria del ciclón y a los reportes de la torre de control del aeropuerto.

El ejército mexicano, como siempre, hacía su noble labor y recorría la ciudad, ayudando  a las personas a acudir a los refugios.  Los oficiales  eran el hospital Morelos, la escuela Belisario, y el hotel los Cocos. También estaba el segundo piso del palacio de gobierno. La Iglesia del Sagrado Corazón, enfrente del parque de Los Caimanes, también era otra opción que ofrecía a la gente la ventaja de tener comunicación más directa con la providencia divina.

En aquel día,  mientras las nubes de tormenta surcaban con rapidez el cielo, empujadas por aquel  viento húmedo que presagiaba mal tiempo, la gente cargaba gasolina en aquella  única y primera gasolinera que había. Era una  estación de gasolina de una sola bomba que se ubicada en los bajos de la casa de don Ángel Aguilar y de doña María Córdoba;  enfrente estaban  los Billares del Ganso y en la misma cuadra estaba la Casa Marrufo. En ese lugar ahora está  la perfumería del Palacio de Las Pelucas,  sobre la Cármen Ochoa de Merino, entre  Héroes y Cinco de Mayo.

Para la compra de víveres y provisiones estaban  establecimientos como: El paso de don Jorge Medina, La casa Villanueva de don Marcelino, La casa Aguilar de don Guadalupe, La Casa Garabana de Don Enrique, La Casa Angulo de Don Mariano, El Corsario Andaluz del Sr. Giménez, La Casa Onofre de don Adrián, La casa del Campesino de don Leonides Onofre, el Tigre de don Vicente Galera, la Casa Abuxapqui,  de don Elías y doña Manuela, y otros comercios, con construcciones mayormente de madera..

Durante todo aquel día el martillar fue constante mientras los carros de sonido daban indicaciones e  invitaban a la gente a abandonar sus viviendas. Con tablas clavos y martillo muchas personas  pretendían asegurar sus hogares. Así,  muchas personas clavaban las puertas y las ventanas de sus casas de madera, mientras  otras dejaban sus pequeñas casitas de palitos y techo de paja, encomendando todo lo que tenían a la misericordia  de Dios. Finalmente, después del huracán, tanto los unos como los otros,  habrían de perderlo todo.

La luz eléctrica durante todo el día y toda la noche, nos acababa de llegar. La Comisión Federal de Electricidad estaba por inaugurar una  nueva planta de 5 mil kilovatios que prometía introducirnos a la modernidad. Nos ilusionaba dejar atrás largos  años en los que solo tuvimos luz eléctrica de seis de la tarde a once de la noche.

Antes  de la llegada de la CFE, la luz  eléctrica nos la daba el gobierno. Lo hacía con una pequeña plantita de luz la cual  primero estaba atrás del palacio de gobierno y después en los talleres de gobierno. Aquellos viejos talleres ubicados en la esquina de Independencia con Zaragoza. En ese lugar estuvo alguna vez la tienda de la Conasupo y ahora está el estacionamiento del muy moderno y grande hotel Fiesta Inn. El maestro Cuellar era el mecánico. Él era el  encargado  de mantener funcionando aquella planta de luz, y el Sr. Encalada quien se encargaba de las líneas, y de conectar el alumbrado público.

La red de agua potable se estaba construyendo y en  las principales calles de la ciudad,  a manera de trincheras de guerra,  había  zanjas escavadas  para la introducción de las tuberías.  Aquellas  zanjas habrían de ser trampas mortales en el  desesperado intento de la gente por alcanzar los refugios de la parte alta de la ciudad. En plena tormenta, en la oscuridad de la noche, y con el agua a la cintura, la gente intentaba llegar  a la escuela Belisario y al Hotel de Los Cocos, principalmente.

El mercado Miguel Alemán, sólida construcción recientemente construida,  es uno  de los sitios muy asociados a esos mis recuerdos de aquel día.  Estaba ubicado en el cruzamiento de la Avenida Héroes y la Calle Zaragoza. Allí, desde muy temprana hora, la gente acudió a hacer sus compras de  carne, huevos, frutas y verduras.

Recordar aquel día es recordar a algunas personas y comerciantes locatarios muy ligados a aquel mercado. Personas como: doña Tina de Zafra, don Enrique Ruiz, don Ernesto Chejin, don Cesar Castilla, don Valerio Martínez,  don Cres, Sarampión, el Pimienta, Los Martínez, los Cuxú,  don Jorge Dacak, don Antonio Iza, don Farid Medina, don Wilbert Canto, don Juanito Buenfil, doña Leda Vargas,  don Rubén Darío, doña Pola Canul, doña María Chun, doña Conchita Salazar, don Luis Ocejo, don Héctor Santin, don José Antonio Medina, don Pepe Peraza , sin olvidar al buen Pochón el Chácara.

Otro recuerdo de ese día es la carpintería de don Miguel Gamero; aquella donde se hacían las cajas mortuorias  de madera de cedro y caoba; madera que tanto  abundaba y que era muy barata en esos tiempos. Lejos estábamos de pensar en aquel día, que aquella nuestra primera funeraria, con sus pocas cajitas de madera, habría de ser insuficiente para dar sepultura al gran número de muertos que habríamos de tener.

Revivir los recuerdos de aquel día, de aquel mercado, de aquella gente y de aquella tragedia, es dar  gracias a Dios, por todo lo vivido en aquellos años  y poder estar aquí para contarlo.

Finalmente,  hablar de aquel suceso es rebuscar en los  infantiles recuerdos de aquel niño de nueve años. Ese niño que en ese entonces no pensaba en que llegaría a ser un veterano de lo que hoy les cuento. Un niño que no pensaba en que habría de llegar un día en que estaría  en Punta Estrella, en el mismo lugar que ocupó la antigua escuela Álvaro Obregón, y diciendo esto en el Congreso de su Estado.

Un niño que hoy tiene el gran gusto y el privilegio de   estar compartiendo con ustedes, en este especial  día de conmemoración y de aniversario; sus ya muy añejos  recuerdos.

Mario.

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