Botecitos en el muelleLa fotografía que vemos a continuación retrata una tierna  estampa de lo que fue Chetumal. Transcurría  la primera mitad de la  década de los  50s,  y la ciudad, con apenas 18 años y 15,000 habitantes,   después  de haber  sido nombrada  Chetumal,  crecía con la ilusión de alcanzar su mayoría de edad y convertirse en una gran urbe.  No obstante su condición de territorio federal que la limitaba, tenía el afán constante de convertirse en una gran ciudad.  Los sueños de sus pobladores eran grandes en ese sentido,  aunque su vida siguiera  conservando  la sencillez  y las costumbres pueblerinas del viejo Payo Obispo.

Fueron años de muy lento crecimiento  donde   las obras públicas fueron  pocas, la riqueza forestal era explotada sin miramientos  y  la anhelada  modernidad  llegaban a cuenta gotas.   Años en los que  el  pequeño muelle de la bahía era el lugar de encuentro.  Allí  acudíamos todos  en busca de algo nuevo  que nos llegara   de afuera.  Ese era el lugar para  ir a satisfacer nuestra curiosidad y encontrar algo que comentar, en la escuela, en el café o en la casa. Algo que rompiera la monotonía de  la muy tranquila vida de aquel  Chetumal,  muy asociada con el mar, con la selva tropical,  con el calor y  con el paludismo.

Los  barquitos que vemos  en el muelle  eran verdaderos emisarios o mensajeros del exterior,  que lo mismo nos traían cosas nuevas, como era el pescado fresco y algunas   mercancías,  además de nuevos pobladores provenientes de Veracruz o Progreso, que noticias y novedades de allende las fronteras.  Habia barcos  de muchas clases, desde los pequeños veleros con su pesca  provenientes de Xcalak, Sarteneja y otros puntos de la bahía, como los  barquitos de vapor que recorrían  el rio Hondo llevando y trayendo personas, animales de corral,  y víveres.

También llegaban algunos grandes barcos que venían  de puertos tan distantes como  de Estados Unidos. Estos barcos llegaban    con mercaderías para surtir a las principales casas comerciales y llevarse de regreso la madera de los aserraderos. Eran de poco calado y mayormente gabarras.

No había día que no hubiera  frente al muelle una de  aquellas gabarras fondeadas en la bahía. Hasta ellas,  llegábamos  de chamacos  nadando desde la punta del muelle o desde ellas otros se ponían a pescar y otros se tiraban de clavados cuando se iban de pinta o se fugaban de la escuela.

Observar la imagen  del muelle de aquellos años, es volver al pasado y recordar las muchísimas cosas que en su derredor vivimos. Aventuras,  acontecimientos y cosas que sucedieron   en una etapa de nuestras vidas y de nuestra historia, que realmente  fueron  inolvidables. Detenernos en el  detalle de la fotografía es deleitarnos en el pasado,  es viajar  en el tiempo  y es recordar, y no olvidar,  que lo que ahora somos vino  del mar  y que la ciudad  fue creciendo a partir del  muelle. Este mismísimo muelle  que en esta su bellísima  imagen de antaño  viene a contarnos  a unos  y a recordarnos  a otros,  tantas cosas bonitas de nuestra historia.

Mario.

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