El primer faro y reloj de Payo Obispo

El primer faro y reloj de Payo Obispo

Camelo Sóstenes Chin, jovencito que a sus catorce años abandonó su hogar probando suerte llegó a la Isla de Cozumel en el año de1900. El narra en estas sus memorias parte de la vida política, social y económica en la peligrosa selva peninsular del entonces sureste mexicano.

Remembranzas que van de 1900 a 1955. Don Camelo a sus 69 años de edad muere ahogado en Chetumal durante el ciclón Janet, no sin antes haber cumplido su sueño ideal, dar por terminadas sus memorias… “¡MI ULTIMO DESEO!”.

En esta novela, basada en hechos reales, (entrevistas y Archivo General de la Nación) pretende su autor Rubén Hernández Godínez, llevar al lector por la manera más entretenida de enterarse de una parte de los acontecimientos que durante 55 años de historia regional, quedaron atrapados en este libro, que es la única novela que se ha escrito sobre el origen y época del misterioso Territorio Federal de Quintana Roo… ¡Comenzamos!.

Enlutado el sur de Quintana Roo:

“Poco más de cuatrocientos cadáveres humanos regados por toda la Ciudad de Chetumal y sus alrededores. El último reporte de la Sría. de Marina, informa que el ciclón Janet acabó con la tercera parte de la ciudad y sólo les dejó puesto lo que traían encima”… Así fueron las primeros notas periodísticas con lo que todos los mexicanos amanecimos aquel 28 de septiembre de 1955.

— “¿Qué puede haber peor que esto?”, acomodándose entre las orejotas sus eternos lentes obscuros de vidrio y empuñando en su mano izquierda a la que le faltaban dos dedos se cuestionaba el Gobernador Margarito Ramírez Miranda: — “En estos momentos me siento un imbécil, cansado y viejo, sin embargo soy el Gobernador de todos los quintanarroenses… lo he sido por once años y lo seguiré siendo hasta que se me hinchen las ganas”.

Chetumal capital del Territorio de Quintana Roo, cuyas arquitecturas hacían muy especial el lugar pues el 95 por ciento de sus casas fueron construidas con maderas finas de caoba y cedro ciudad de buena madera, pero al fin de madera que el huracán destruyó; aunado a que el agua de la bahía y del mar Caribe se metió llegando con tal fuerza una altura de casi tres metros que a una señora de nombre doña Alicia Delgado Mayorga Propietaria de la Posada Centenario, le fue arrebatada de entre sus brazos a su bebe, la madre desconsolada narraba cómo es que tan sólo se quedó con un bracito de la pequeña infante.

No se podía caminar con tantas puntas de clavos y maderas rotas tiradas por todos lados, filosas láminas de metal; sobre todo gente herida que suplicaba atención médica.

Ese 28 de septiembre muy de mañana ya estaban acomodando los muertitos a las afueras del Teatro Juventino Rosas, ahí comenzaron sobre la banqueta y luego se siguieron hasta pasar por el Teatro Avila Camacho… y así se siguieron rodeando hasta casi completar toda la manzana, y a cuatro cuadras sobre la banqueta de la Iglesia del Sagrado Corazón habían otro tanto más de cuerpos esperando ser identificados.

Muertos que después seguían apareciendo por todos lados, el mal olor señalaba el lugar, lo mismo era debajo de las tablas, que cuerpos atrapados en el pretil de la costera donde al regreso del agua muchos se quedaban atorados. La cantidad real de los muertos jamás se llegará a saber, sobre todo si los datos los manipula el gobierno federal. Hacía un calor endiablado, serpientes y alacranes aparecían por todos lados. Cuanto más pasaban las horas, los perros empezaban a comerse los cadáveres, hubo que incinerar inmediatamente… Por la Av. de los Héroes sólo transitaban carretas llevando amontonados los muertos a la fosa común del panteón, hoyo que medía cinco metros de hondo por seis de largo y tres de ancho.

Don Camelo Sóstenes Chin, que desde hacía diez años se había convertido en el mejor amigo de don Margarito Ramírez, ya que ambos todas las tardes se reunían frente al Palacio de Gobierno en el Parque del Maestro con el fin de un partidito de ajedrez o conversar sobre la revolución mexicana, caudillos y esas cosas de los cristeros. Nunca faltaban otras personalidades a las reuniones, pero Camelo Sóstenessin más estudios que la primaria (no había más en el nuevo Quintana Roo) lo mismo sabía de la Revolución Francesa que de la Independencia de México; el gobernador siempre lo tuvo en buena estima: “¡Sóstenes es un hijo de la chingada igualitito a mí, por eso es mi cuate!”, presumía don Márgaro.

Pero Sóstenes que llevaba como 24 horas de haber muerto ahogado, se le encontró abrazando un disco del trovador Guty Cárdenas cuya canción era “FLOR”, junto había también una libreta con manuscritos de sus recuerdos vividos en el Territorio Federal de Quintana Roo, todo envuelto en gruesa bolsa de hule. Margarito fue en busca de su amigo, y recogiendo disco y escritos de aquella libreta le reprochó al cuerpo inerte: “Te lo dije cabrón, que no te quedaras en esta pinche casa pero tú terco dizque querías ya terminar tus memorias”.

Márgaro sentado en una cubeta, dio instrucciones de que sepultaran a su amigo Camelo, y por pura curiosidad se puso a leer los apuntes cuyo titulo le llamó mucho la atención, sobre todo que venia de un recién muerto… “¡Mi Último Deseo!”.

—A la Diosa Naturaleza llamada Salud: solicito un último deseo… poder terminar estas mis memorias que a mi tercera edad es arena del tiempo que se me escapa entre las manos… tercera edad… tercera llamada:

Mi nombre es Camelo Sóstenes Chin, nací un diciembre de1885 en la Villa de Baca, Yucatán.

No conocí a mi papá, y ni falta que me hizo; mi mamá siempre fue algo más que una amiga, que una compañera.De niño viviendo en Baca los vecinos cuidaban de mí, mamá trabajaba en una empresa henequenera en Mérida Yucatán, ya en el último año de mi escuela primaria la fui a terminar en la Benito Juárez de la ciudad blanca, ahí había un profesor que me impresionaba cuando se ponía a hablar sobre la historia de Yucatán, piratas y tesoros del Caribe.

En una ocasión el maestro dijo que tenía la firme convicción de que en la parte Oriente de la Península, el marinero Gonzalo Guerrero había escondido varias monedas de oro. Que la embarcación donde viajaban del Panamá a Santo Domingo aquel año de 1511, jamás se estrelló en los arrecifes llamados “Alacranes” frente a Jamaica. Que todo aquel ladrón que se atrevía a hurtarle alguna riqueza a la Corona Real de España, le eran cortadas como castigo las dos manos. Hernán Cortés refiriéndose a Gonzalo Guerrero dijo: “En verdad que le querría haber a las manos, porque jamás será bueno”.

Bernal Díaz del Castillo, secretario escribano del Capitán Hernán Cortés dice en sus apuntes, que encontrándose Cortés en la Isa de Cozumel mandó buscar a Gonzalo Guerrero que se encontraba viviendo tierra adentro de la Península cuya única entrada se refería a lo que hoy es Chiquilá o Cabo Iglesias; y que para llegar hasta el marinero Gonzalo Guerrero les llevó caminar tres soles y dos lunas, pero que Gonzalo dio un montón de pretextos para no ir al llamado del Capitán Cortés.

Cuando los soldados españoles se llegaban a dar cuenta de las riquezas en metal oro que ellos mismos llevaban, la mayor de las veces estos navíos eran auto robados.

De Gonzalo Guerrero no sabemos absolutamente nada, a su mujer le han inventado gran cantidad de nombres como: Izpilotzama, Axchel, Za-zil o Nicte-há… cuentos e inventos de poetas.

En Cartas de las Indias que existen en archivos de España, hay unas de Hernán Cortés donde da saber al Rey de España que son muchísimos los españoles que se encuentran viviendo entre los indígenas, y que no le era posible rescatar a todos porque urgía salir rumbo a la Gran Tenochtitlan o las lluvias se encargarían de no dejarlos pasar.

Por lo anterior nos queda claro que con tantos españoles en la península yucateca, sabrá la Macarena cual de todos habrá sido nuestro primer papá.

A mí me asombra la calidad de enseñanza de los maestros que habían antes, maestro Peniche del sexto ‘B’ chaparrito caderón con una guayabera toda viejita; de verdad que con don Porfirio Díaz sí que habían profesores de vocación.

El Profe Peniche defendiendo la clase indígena de nosotros los niños mayas, juraba y perjuraba que nunca existió “el padre del mestizaje”, que lo que en realidad hubo primero fue “madre del mestizaje”, que es muy diferente.

Dada la condición de esclavos, los náufragos españoles no tenían derecho a elegir mujer porque ¡ERAN ESCLAVOS!; si acaso les iba bien y no se los comían, estarían enjaulados muchos años en calidad de esclavos.

A diferencia del Nohoch Tata, que en sus dominios sí le era posible cualquier mujer que él quisiera, no faltaba más para eso era el jefazo de la tribu.

Bernal Díaz del Castillo dice en sus escritos, que el padre Jerónimo de Aguilar le había informado que en el naufragio les acompañaban diez mujeres… españolas, jovencitas, de ojos claros y divinos… por Dios que se necesitaba ser muy tonto para no darse cuenta que el Nohoch Tatich tuvo muchísima tela europea de dónde escoger, y conociendo a mis paisanos yucas, seguramente éste gandaya maya dijo: “¡Que me sirvan la rubia de categoría superior!”… que con toda certeza no hablaba de la cerveza.

Y como los cuentos y chismes no todos tienen que ser igual, mi profe Peniche aseguraba que el primer embarazo no se dio con una indígena, sino con una europea; pero como nos encanta sufrir y ser perdedores, no va a faltar algún político despistado que hasta le levante una estatua al tal Gonzalo Guerrero.

La Real Academia de Historia de Madrid (seguía diciendo mi profe Peniche), tiene un documento que escrito a fines de 1518, manifiesta haber llegado a Sevilla una carabela trayendo desde tierra nueva a seis indios de la misma tierra, y que estos primitivos de Huicata (Yucatán) dicen que allá existen ocho hombres castellanos de Sevilla que llegaron en una carabela y que están allá desde hace 15 o 20 años casados y ricos.

Para ya finalizar esta parte de mi niñez que tanto llamó mi atención, Peniche mi queridísimo maestro ponía en duda que Gonzalo Guerrero haya sido el padre del mestizaje y terminaba diciendo: “Con tanto gachupín en Yucatán, ya ni supe cuál fue mi verdadero abuelo”.

Después de haber terminado mi primaria en diciembre de 1898, siendo hijo único y sin posibilidades económicas para seguir estudiando decidí abandonar el hogar, y me fui al Puerto de Progreso a trabajar como alijador, estaba por cumplir apenas 14 años de edad, pero no aguanté mucho y me embarqué siguiendo la ruta de los tesoros hacia la Isla de Cozumel.

En la Isla me encontré con una prima que hacía como seis años que no veía, era mayor que yo diez años; siempre de niño ella cuidó de mí… me bañaba, me curaba cuando estaba yo enfermo, me hacía mi pastel para mis cumpleaños y como mi madre vivía en Mérida y yo en la Villa de Baca, ella mi prima se dormía conmigo para que yo no tuviera miedo a la obscuridad en ese pueblo donde las almas en pena nunca descansaban.

Mi parienta Flor Nogal Sóstenes, que vivía sola me recibió encantadoramente en su casa, un jacal de palmas cayéndose por los fuertes vientos pero que yo veía como algo hermoso… cuando eres joven todo lo ves hermoso. Mi primita siguiendo su vieja costumbre continuó abrazándome cuando yo dormía, y como era mestiza que no usaba calzón… una noche vino el Diablo y sopló… ¡ aquello fue un verdadero incendio!.

La casa nidito de nuestro amor estaba ubicada cerca del rancho San Remigio, allá por el Cedral; Flor y yo trabajábamos en la Hacienda Colombia, eran plantas henequeneras donde yo laboraba en las maquinarias… esos extranjeros sí que pagaban bien.

Flor cada vez estaba más joven y hermosa, y yo más hombre, sólo queríamos estar haciendo el amor, no sé ni cómo pasaron tres años y no embarace a esta mujer.

La Cía. Colonizadora de la Costa Oriental de Yucatán, S. A., para la que yo trabajaba me pidió que me fuera a tierra firme, precisamente a 65 kilómetros de Puerto Morelos, del mismo Territorio de Quintana Roo, ahí se explotaba el chicle y se necesitaba un capataz.

Cuando me despedía de Flor, sentí mucho miedo, como si su protección divina me abandonara… ella significaba todo para mí; cuando me daba su bendición me dijo que a mi regreso a la Isla me daría una sorpresa… creo que ahora sí la encontraría panzona.

Apenas habían pasado unos cuantos días y ya en tierra firme se anunció el desarrollo de un huracán, que después pegó a la Isla de Cozumel, y les tardó 24 horas de aquel funesto 12 de agosto de 1903.

La distancia en el Mar Caribe entre Puerto Morelos a San Miguel de Cozumel apenas y son 17 millas casi 32 kilómetros, pero fue un calvario regresar a Cozumel. Cuando por fin llegué vi que los cayucos Magnolia, Cornelia y Vaporcito habían sido destruidos totalmente. El Pailebot Nacional Cozumel del porte de 28 toneladas fue arrojado a la playa a más de ocho metros del litoral, a pesar de haber estado debidamente anclado. Los pailebotes Josefita, Pepito, Unión, Quintana Roo, así como los Balandros Fénix, Aire Libre, San Román y seis botes que estaban abrigados en la Caleta se fueron a pique.

En la playa sur se encontró un timón y por la del norte una vela. En la playa del este se encontraron papas y naranjas dulces en gran cantidad, por lo que se sospecha pudo haber ocurrido algún naufragio cerca de estas costas.

En la Colonia de los prisioneros indígenas, los delincuentes todos se escaparon.

Pero a mí lo que más me interesaba era encontrar a Flor, y yo lo único que veía eran siembras de maíz destruidas, matas de coco reducidas a basura, casas de mampostería desmoronadas; me dijeron que el faro de Punta Celarain estaba tirada en el suelo.

Los más corpulentos árboles habían sido arrancados de raíz, y multitud de ramas de grueso tamaño cubrieron el piso impidiendo el tránsito. Que en el Cedral sólo quedó en pie la casa del C. Arturo Rejón.

En mis prisas por encontrar a Flor, vi en el camino ganados vacunos y caballos muertos aplastados por los árboles… cuando por fin encontré el lugar a donde alguna vez estuvo la casa de palmas, vecinos salieron a mi encuentro para decirme que Flor había fallecido ahogada junto con otros más que fueron aplastados por la casa a donde se habían ido a refugiar… la descomposición de los cuerpos hizo urgente el entierro en una fosa común.

A mis dieciocho años estaba yo sufriendo el golpe más grande de mi vida… prometí jamás volver a Cozumel.

Me fui a vivir a Santa Cruz de Bravo (Felipe Carrillo Puerto), Territorio de Quintana Roo, no había más chamba que la de soldado, y como yo era un mestizo civilizado (un “Cholo”) y entendía bien la maya, que me cuelgan mi rifle y que me ponen a las órdenes de mi General José María de la Vega, Jefe Político del Territorio; nunca imaginé llegar tan alto… limpia botas del primer Gobernador de Quintana Roo.

Todavía existían indígenas sublevados dolor de cabeza para la Secretaría de Guerra, apenas hacía unos cuantos días el 14 de septiembre de aquel 1903, en Bacalar un Capitán de apellido Labastida, que se encontraba colocando cables de teléfonos para comunicar de Bacalar a Santa Cruz de Bravo (115 kilómetros), junto con otros militares fueron asesinados y colgados de los mismos postes no sin antes haberles cortado sus partes nobles.

Pero si hasta entre los mismos generales tenían muy serios enfrentamientos: Ignacio A. Bravo y José Ma. De la Vega, fueron enemigos irreconciliables. Para cuando se creó el nuevo Territorio de Q. Roo en 1902, ya la principal población de los indígenas mayas se llamaba Santa Cruz ‘de Bravo’, porque en Yucatán hacía año y medio (10 de junio de 1901) habían decretado que la población de Chan Santa Cruz, que estuvo ocupada por indios sublevados, llevara el nombre de Santa Cruz ‘de Bravo’, en honor al generalísimo Ignacio A. Bravo, quien como jefe de la campaña de pacificación, había tomado dicha plaza el 3 de mayo de 1901.

Los métodos de ‘pacificación’ del General Bravo, preocuparon a la Presidencia de la República que tenía informes de que los indígenas mayas estaban siendo quemados vivos, haciendo mayor la venganza entre indígenas y mestizos, no había control.

Llamado ante sus superiores, el General Ignacio A. Bravo se ausentó de la Península Yucateca, quedando al frente de la 10/a zona el también General de División don José María de la Vega, quien correspondió ser el primer Jefe Político con facultades de Gobernador del naciente Territorio Federal de Quintana Roo, cuyo periodo fue del 24 de noviembre de 1902 al 12 de diciembre de 1903, permaneciendo un año ya que el anciano Gral. Ignacio A. Bravo, retornó a la zona como Jefe Político.

La rivalidad entre estos dos Generales era tan obvia, que si uno lograba que Sta. Cruz se le anexara: “de Bravo”, el otro fundó un lugar llamado “Campamento General Vega”.

Todos los documentos firmados por el Gral. Vega decían: Campamento Vega, Territorio de Q. Roo. Cuando regresó el Gral. Bravo, la documentación cambió diciendo: Sta. Cruz ‘de Bravo.

El Campamento Vega que fue temporalmente la Capital del naciente Territorio de Q. Roo se encontraba en Punta Allen, a un par de kilómetros de Vigía Chico (Bahía de la Ascensión) y como a 60 kilómetros de Santa Cruz de Bravo (Carrillo Puerto); campamento Vega donde se establecieron los servicios administrativos, de enfermería, concentración de tropas y sobre todo lugar seguro frente a la hermosa playa para inversionistas que habían sido invitados por el mismo General De la Vega. Punta Allen representaba un lugar seguro a diferencia de Santa Cruz de Bravo que los rebeldes mayas todavía seguían asesinando a los que fueran diferentes a ellos, Punta Allen fue ideal para vivir en paz, yo no lo conocí porque al igual que otros soldados siempre estuvimos al frente cuidando el orden en Santa Cruz.

Por aquel tiempo tuve la fortuna de haber conocido a tres de los generalazos más importantes de la historia quintanarroense: a Vega, a Bravo y Victoriano Huerta, este último muy amigo del Ministro de Guerra el General Bernardo Reyes. Don Victoriano Huerta pidió ingenieros militares y dinero para construir el ferrocarril, se contrató mano de obra afroamericana beliceña para hacer la “chamba” pero no supieron hacer el trabajo y se fueron a la huelga… se tuvo que echar mano de 200 presos mexicanos que finalmente hicieron la obra de Vigía Chico a Santa Cruz de Bravo… trenecito de diez furgones, quince plataformas con sus tres máquinas cuyo combustible era de petróleo, y sus rieles estaban 90 centímetros distanciados uno del otro. El General (ingeniero topógrafo) Huerta fue un hombre muy respetado, sobre todo famoso entre las tropas porque como egresado del H. Colegio Militar, obtuvo las calificaciones más altas, motivo por el cual fue felicitado por el Presidente Don Benito Juárez quien le dijo: “¡Indios como usted y yo, los mexicanos esperan mucho!”… pero como la historia oficial la hacen los intereses de los vencedores…

Nota de Mario:

Al presentar en  este espacio el trabajo  del autor, pretendo a la vez de darle la merecida  difusión a su obra,  rendir un reconocimiento a su trabajo y su talento. He leído novelas históricas de reconocidos autores sobre la guerra de castas y Chan Santa Cruz. Tal  es el caso de  ” La Cruz y la Espada” de Don Serapio Baqueiro. Esta es la primera obra de este tipo que leo de un autor del patio.   Me gusta su mezcla de ficción con   realidad histórica a lo largo de 55 años del accidentado  pasado de esta tierra nuestra (1900-1955). Creo que el autor  logra una obra realmente entretanida, ilustrativa,  didáctica y  meritoria. Esfuerzos como estos deben ser siempre alentados.   A partir de hoy, en cinco capitulos, diariamente, estaremos publicando el contenido de este bonito relato. Que  lo disfruten.

Si desea leer completa esta novela, haga click en los siguientes enlaces:

Segunda Parte de “Mi Último Deseo”

Tercera Parte de “Mi Último Deseo”

Última Parte y final de “Mi Último Deseo”

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