Maestros Secundaria ALMMi escuela Secundaria, la federal Adolfo López Mateos, la que inicialmente llevara el nombre de  Andrés Quintana Roo, cumplió el pasado 20 de Noviembre 65 años. Recordar su fundación y su historia, para los que en ella estudiamos, es hacer un ejercicio de reflexión  y remembranza.

Y pensando en ello me doy cuenta que los seres humanos somos  esencialmente  el resultado de nuestro  pasado y nuestros recuerdos. Todo lo que somos, desde el lenguaje  que usamos al comunicarnos y todo el bagaje de conocimientos que tenemos, vinieron de los demás. Somos consecuencia y producto de lo que terceras personas sembraron en nosotros y realmente fruto de los afanes y las enseñanzas de padres y maestros, de quienes tomamos ejemplos.  Nuestra vida transcurre aplicando sus reglas, respetando  sus normas, e imitando sus  conductas.  Sus enseñanzas fueron fundamentales  en una etapa de la vida en que todo estaba por aprender y como esponjas absorbimos  de ellos. Con frecuencia me lamento no haber dedicado más empeño a todo lo que de ellos pude aprender.  Muchas cosas, materias y enseñanzas que hoy me parecen apasionantes, en ese entonces me parecieron áridas o tediosas, porque en ese entonces otras pasiones, propias de esa edad, ocupaban mayormente mi mente, robaban mi atención y bloqueaban mi intelecto.  Percibo que fue en la primaria y la secundaria donde aprendí lo más valioso y sustancial de lo que hoy me sirve.  Me doy cuenta  que lo que en esa etapa de mi vida aprendí, después de muchísimos años, a todo momento, aplico en todo momento. Cierto que lo aprendido después me ha servido bastante, pero no de la misma forma. Es como si lo primero fuera de aplicación diaria y lo segundo solo para ciertas ocasiones,  y solamente como libros de consulta. Y es que las reglas de ortografía, la multiplicación, la división, la regla de tres, los quebrados, la aplicación o el cálculo de porcentajes, que aprendí en esa etapa me sirven desde que abro los ojos y donde quiera que vaya. Lo mismo me sucede con los conocimientos básicos aprendidos de historia, geografía, música, y las habilidades aprendidas en los talleres, como los de electricidad y carpintería.

Me doy cuenta también que nuestro estado emocional también viene de lo que fue nuestro pasado.  Si se dice que somos lo que pensamos y lo que pensamos viene mucho del pasado que  vivimos, y de lo que aprendimos,  entonces somos esencialmente consecuencia de un pasado. Mucho de la forma como pensamos ahora está marcado por una cadena de acontecimientos, experiencias  y vivencias  que fueron dejando profunda huella en nuestra forma de actuar. Y en esos recuerdos de lo que fue nuestra infancia y juventud está la estabilidad emocional que pudimos haber alcanzado o haber perdido. Somos de adultos mucho de lo que fuimos de niños y de estudiantes, y también  de lo que quisimos ser como mayores. Y en esos recuerdos entre lo que fuimos, lo que quisimos ser, lo que nos esforzamos en ser,  y lo que resultamos siendo,  está en mucho nuestra actitud positiva o negativa frente a la vida.

Porque solo una actitud positiva  frente a nuestros recuerdos será la que nos permitirá volver al ayer a saborear  con gran alegría los hechos de nuestro pasado formador. Pasado en el que, como es natura, hubo de todo, carencias y abundancia, momentos buenos y momentos malos, momentos de dicha y momentos de angustia. Y es que mirar en retrospectiva el pasado, desde la perspectiva de lo ya vivido,  lo ya disfrutado o lo ya superado, nos hace sabios y nos llena de  tolerancia, y también de perdón, un perdón tanto hacia los demás, como también hacia  nosotros mismos. Es como volver el reloj del tiempo, y desde una muy  elevada visión de las cosas pasadas,  revisar lo vivido, conscientes de que todo lo que en nuestra vida fue, sucedió para bien.

Y es en ese estado de pensamientos en el que entro a una nueva dimensión. Una dimensión de luz y de magia en la cual  me doy cuenta que en mi alma hay agradecimiento y dicha por todo lo que fue; y que mi corazón aún palpita emocionado con las  imágenes que me llegan del pasado, esas que me recuerdan  fechas, amistades, maestros, salones de clase, y tantas y tantas cosas, de un lejano ayer que hoy me llena de alegría. Y embargado por ese sentimiento, color de rosa, realmente siento que mi paso por la escuela, cuando estaba  entre  los doce y  los 16 años, fue la más bella etapa de mi vida.

Y vuelvo a las fotos, y contemplo la  lozanía y juventud de los  rostros de los amigos y de las amigas; la piel se me enchina;  siento  transportarme   a la época en la que nacía a la primera juventud y en la que, sin dejar de ser niño me volví jóven. Supuestamente adulto, pero aún  con  las fantasías  de una  niñez llena inocencia y de ilusion. Y me llegan los recuerdos cuando  junto con mis compañeros queríamos, los unos,  parecernos a James Dean, a Enrique Guzmán, a Cesar Costa, a Chava Reyes o a Garrincha. Y las otras, a Angélica María, la novia de México.  No nos importaba que no estuviéramos en el cuadro de honor, eso era secundario.   Recordar mi escuela secundaria es volver a tiempos de enamoramiento, a momentos en que por primera  dimos un beso de amor,   o a aquellos en los que por primera vez bailamos, palpitando de emoción,  abrazaditos en pareja, o con frenesí al ritmo del rock.

Me imagino que las  generaciones de secundarianos de 1948 a 1959, sin duda habrán de recordar, con gran nostalgia, la casa de madera de los gobernadores, derruida por el huracán Janet en 1955,  así como el improvisado local del Sindicato de Caoberos y la  edificación de la nueva escuela, en lo que fue el primer mercado de la ciudad, el Mercado Leona Vicario. Sin duda que el “Parque Hidalgo”, la “Explanada de la Bandera” y el “Teatro Ávila Camacho” estarán presentes en sus recuerdos, pues ellos fueron testigos mudos de sus andanzas en el entorno más cercano de lo que fue su escuela. Para otros, entre los que me cuento, mi escuela ya tenía nuevo nombre: El de Secundaria Federal Adolfo López Mateos,  situada sobre la calle Lázaro Cárdenas con Héroes. Siempre recordaré con mucho cariño sus funcionales instalaciones, las más modernas  para su época, sus talleres, su alberca, sus canchas deportivas y sus dos frontones; lugar donde tantas horas pasé con los amigos, jugando frontenis con la mano. Aún guardo en mi mente el sabor de las paletas de doña Lula, así como la salida de clases de la Escuela Belisario y mis andanzas por los patios del viejo Hotel de Los Cocos.

Al cabo del tiempo, al llevar a mis  hijos a la misma  escuela que me dio cobijo, aunque ahora situada en una nueva  ubicación, mi mente viaja y mis ojos se humedecen. Nuevamente caigo en la cuenta de los años transcurridos, desde aquellos días en los  que, al  igual que lo hacen  mis hijos,   vibré por las mismas cosas  y con la misma intensidad.

Mario.

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