Don Pedro Perez Garrido

Pedro Pérez Garrido 1913-1952

Hoy se cumplen 61 años de la trágica muerte de Don Pedro Pérez Garrido, un destacado quintanarroense que vio la luz un 10 de mayo de 1913. Su valentía frente al poder del gobierno, por encima de sus debilidades humanas, sus defectos y sus pecados, lo hizo pasar a la historia, y a  la leyenda urbana, como un auténtico líder de su pueblo. Su característica temeridad y altivez, lo mismo rompía el silencio medroso, que despertaba el enojo en contra suya. Pero por sobre todas las cosas  era el único que se atrevía a reclamar airadamente y decirle  a los poderosos lo que pensaba,  sin importarle las consecuencias. Don Pedro fue una verdadera piedra en el zapato para  gobernadores del territorio como Rafael E. Melgar, Gabriel R. Guevara y Margarito Ramírez. Gobernantes que a pesar de muchos intentos nunca lo pudieron domar o silenciar.  Un hombre  con los tamaños necesarios  para hacer política de oposición en un escenario totalmente adverso y completamente carente de garantías individuales y de respeto a los derechos humanos.

En los años que don Pedro vivió, los personajes que llegaban a gobernar el territorio eran políticos rudos, poco acostumbrados a los miramientos, a las condescendencias y a las tolerancias. Ejercían el poder bajo estrictas reglas de sometimiento y de escarmiento para quienes tomaran el camino de la disidencia. La aparente paz en la que se vivía en la ciudad, descansaba en el miedo. Eran dolorosos los silencios ante complicidades, intrigas,  perversidades e injusticias. Eran tiempos en que los pobres eran todos,  y los ricos y poderosos, unos cuantos.

Y es por eso que, a 60 años de distancia de su muerte, su figura  sigue siendo recordada como un símbolo de coraje y rebeldía ante la opresión. Es por eso que después de más de medio siglo,  seguimos aún  hermanados con su causa, rindiéndole un sencillo y respetuoso homenaje. Nos guía el deseo de destacar con nuestra presencia la amistad, el cariño  y nuestra  solidaridad con Los Pérez Alavez, su descendencia.

Mi agradecimiento a mi amigo Jorge por invitarme a hacer esta remembranza de lo que fue la vida de su padre. Mi intención al escribir estas líneas es más la de destacar la fuerte figura del ser humano, especialmente dotado para la lucha y el combate, que la figura del político con ideales y objetivos. Me guía en esta tarea un sentimiento de justicia,  y estricto apego  a los hechos. Pretendo  expresar lo que es hoy su legado, haciendo énfasis en la reciedumbre de su indómito carácter que lo hizo vivir al filo de la controversia, entre el aplauso de unos, por su valor, y la incomprensión de otros, por sus formas y actitudes.

Y en ese intento de dar forma a lo que aquí se lee,  me di cuenta que para hablar del legado de don Pedro Pérez no podía dejar de mencionar a una gran mujer; y hablar de la figura de su viuda, doña Mercedes Alavez Medina, su amorosa y fiel compañera, quien en silencio, cuidando de sus ocho hijos, llena de angustia, sufrió a su lado  todas sus batallas. Me imagino lo que debió de ser la vida  de Doña Mercedes, al lado de un personaje constantemente perseguido y al filo del peligro de ser asesinado. Mi corazón se encoje al pensar en el enorme tamaño del corazón  de Doña Mercedes. Me imagino los momentos en que, con su numerosa prole,  tuvo que huir del territorio y recomenzar, en otra parte, una nueva vida. Y en ese imaginarme situaciones de lo que debió ser  su vida y de lo que debió padecer, me pongo a pensar en  las veces que anhelando encontrar paz y sosiego, de vuelta al terruño, los problemas se repetían y las persecuciones a su esposo  continuaban.

Mientras la figura del guerrero indomable crecía en rebeldía, ganando reconocimiento ante los ojos de unos, la figura sencilla, dulce, bondadosa y abnegada de su pareja, se agigantaba ante los ojos de otros.  Para la gente de Chetumal doña Mercedes encarnaba la imagen misma del sufrimiento. La imagen de una mujer que sin reproches llevaba su cruz a cuestas, la imagen de la esposa valiente, y la imagen de una madre de familia con la fuerza de espíritu y la templanza de esos seres nacidos para nobles tareas, siempre al lado del padre de sus hijos. Como dijera el poeta: Doña Mercedes había nacido para ser una paloma para el nido, mientras don Pedro había nacido,  para ser un auténtico león para el combate.

Y  de esa simbiosis y esa sinergia de la unión de dos seres con cualidades especiales, habrían de nacer también seres nobles, valientes y amorosos. Seres sensibles y solidarios como lo son los Pérez Alavez.  No debió ser nada fácil para ellos perder a su padre  cuando Jorge el mayor de ellos tenía 15 años y Aurora, la menor,  estaba en el vientre de su madre. Si bien al quedar huérfanos de padre el destino les había asestado un golpe demoledor, la misericordia divina los había hecho heredar los talentos especiales de sus padres. Talentos que los dejaban especialmente dotados para la vida. Virtudes que los harían salir adelante orgullosos de su estirpe, inteligentes, valientes y generosos. No podía ser de otra manera, pues como hijos de don Pedro y  doña Mercedes, llevan en la sangre el equilibro perfecto de las virtudes de sus progenitores. Con la dosis adecuada de valor,  honestidad, y tenacidad para enfrentar la vida.

Estoy seguro que desde la dimensión  donde hoy se encuentra  Don Pedro habrá de mirarnos  y de sentirse en armonía con el creador y con nosotros. Y con esa nueva concepción  de lo que somos los humanos, desde su estatura  celestial, habrá de revisar su vida de guerrero,  y habrá de recorrer sus aciertos y sus hierros. Y mirando desde arriba la huella de su paso por esta tierra que tanto quiso, habrá de contemplar el fruto de sus semillas, y de decir sin duda:

¡Vida nada me debes, vida estamos en paz!

Mario.

(Discurso fúnebre ante su tumba)

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