El fuerte de Bacalar

El lugar con más historia, el más remoto  en el tiempo y el más  íntimamente ligado a nuestra identidad sureña  quizá lo sea Bacalar.  Conocer de su pasado es adentrarse en la conquista del Mayab y entender la clase de personas que fueron sus protagonistas. Es también  revivir la sed de conquista y la obsesión por riquezas que condujo a temerarios hombres  por los confines de la selva tropical hasta  la apartada e indígena Bakhalal; aquel  lugar era el más escondido y alejado de la civilización peninsular, situado a orillas de una gran laguna, que colindaba a una bahía  y que mezclaba  sus aguas con las del rio hondo,  ese rio que es frontera y límite de nuestro país, además de ser referente de nuestra identidad sureña, esa nuestra identidad que es producto de una mezcla de usanzas y costumbres,  lo mismo mayas, que inglesas y caribeñas.   Y es que cuando investigamos el pasado de Bacalar volvemos el reloj del tiempo  a momentos  de conquista,  de epopeyas, de rescates y de épicas aventuras, todas ellas acontecidas en torno a  la llamada “La Troya Peninsular”.  Recordar todo lo que ha sido la historia de Bacalar es también recordar que en todos los tiempos y en todas las razas, el hombre, sin distinción de credo,  va dejando a su paso por la historia el testimonio  de lo heróico y lo pirata, de lo noble y de lo  salvajemente cruel, de lo generoso y  de lo egoísta, y de lo virtuoso y lo defectuoso que cohabita en él.

 Porque recorrer  la historia de Bacalar es asomarse a un largo período de la historia de la conquista del mayab, historia   de cruentas luchas, de salvajismo, de dolor,  sufrimiento  y muerte. Y es que hoy al ver Bacalar convertido en cabecera municipal del décimo municipio de Quintana Roo y elevado a la categoría de  “Pueblo Mágico”,  con su bello fuerte, su parque y su espectacular vista hacia una laguna única por sus cristalinas y multicolores aguas, no podemos dejar de recordar   la frase del poéta  Díaz Mirón, en aquel su famoso poema “A Gloria”, que dice: “La perla nace del molusco herido, como  Venus nace de la amarga espuma”.   

 Y es que al hacer un recuento de los episodios de la  vida de  Bacalar como pueblo, nos encontramos que lo mismo tuvo momentos de gran auge como de  desolación. Lo mismo tuvo momentos de victoria como de  derrota; de gran importancia como de imperdonable olvido; de fortaleza como de desamparo; de paz como de zozobra.   Que lo mismo Bacalar es maya, que española,  heróica que monárquica, rebelde que   mexicana,  militar que pirata.  Y es por eso que Bacalar es  un poco de todo lo que somos, como sociedad y como personas, una parte de nosotros es luz y otra son sombras, un día estamos  arriba y otro estamos abajo, y lo mismo tenemos  momentos de bienestar y de sosiego que momentos de gran angustia y desolación.

Cuenta la historia que el primer español que llegó a esta tierra fue don  Alonso Dávila, un temerario navegante español escogido  por Hernán Cortez para conducir a España los tesoros hurtados en el palacio de  Moctezuma. En esa operación transatlántica Dávila fue apresado por un corsario francés que lo despojó de los tesoros, lo trató como esclavo  y lo llevó a Francia. De vuelta a España se encontró con Francisco de Montejo,  quien  en aquel momento preparaba la expedición para la conquista de Yucatán, Aloso  se enroló en sus filas. Fue el Francisco de Montejo, “El Adelantado”, quien lo envía a Bakhalal en busca del oro que tanto codiciaba y que se decía había en abundancia en la remota región del mundo del mayab.

Se desconoce la fecha en que nació Bakhalal como comunidad indígena pues la historia registra su fundación, como localidad de dominio español, a partir del año de 1544, cuando  Gaspar de Pacheco le puso el nombre de “Villa de Salamanca”, en honor del lugar de nacimiento del conquistador don Francisco de Montejo. Después la villa tomaría el nombre de San Felipe de Bacalar y finalmente el de Bacalar, como hasta hoy la conocemos.

Un 2 de Julio del año de 1800, con tan solo 48 hombres,  el Mayor General nativo de Bacalar don Ángel Remigio Rosado realizó una histórica defensa de la plaza y finalmente sucumbió  después de resistir  gallardamente el sitio de los indígenas. Por esta heróica acción don  Remigio Rosado pasaría a la historia como  el Ángel de la Villa de Bacalar, como lo refiere el historiador don Francisco Sosa en su libro “Mexicanos Ilustres”.

Como punto muy codiciado por los corsarios que infestaban la costa oriental de Yucatán, y debido a  la escasa vigilancia que el gobierno español tenía sobre  la Villa de Salamanca, ésta  fue invadida por un  corsario de nombre Abraham. Este sanguinario pirata, se apoderó de todo lo que encontró en la población,  mató a varios  habitantes y se llevó consigo a todas sus mujeres. Fue un capitán llamado Bartolomé Palomino el que con gran valor y arrojo, salió en su busca del pirata Abraham y  después de una feroz batalla, acontecida en los angostos canales de la laguna  Mariscal,  devolvió a las mujeres a la población.

Un 21 de febrero de 1858, otro  hecho siniestro y desgarrador sucedió en Bacalar.  En una silenciosa y oscura noche, mientras  las familias dormían y los soldados atrincherados en el fuerte aguardaban la vaga esperanza de ser auxiliados por el gobierno, el pueblo entero sufrió la más despiadada embestida de  una turba de 1,500 indios llenos de odio y sed de venganza. Los indígenas irrumpieron en la población acuchillando, incendiando, matando mujeres,  descuartizando niños y torturando, con lujo de crueldad, a los soldados. De este sangriento episodio resultaron 84 prisioneros de los cuales, se supo después, que cuatro hombres y cuatro niños fueron cruelmente sacrificados como ofrenda al “Príncipe de la Cruz”, y que de los restantes 76, entre  hombres, mujeres y niños,  solo quedaron sus esqueletos.

En 1901 cuando el General Vega, partiendo del campamento de “Sombrerete” situado  en el naciente puerto de Xcalak recobró sin resistencia Bacalar, lo que  encontró solo fueron centenares de viviendas calcinadas, ennegrecidos monumentos agrietados, veredas llenas de maleza, y piedras esparcidas por doquier de lo que fuera el fuerte y castillo de Bacalar.

A más de un siglo de distancia de estos hechos, al navegar por el rio, los canales y las aguas de laguna a gran velocidad, siento sobre mi piel el ardiente sol que me quema, la brisa cálida que  acaricia mi rostro,   mis cabellos que flamean sobre mis oídos,  y de mis ojos humedecidos el escurrir de lágrimas  a mis costados.

 Mi mente, a mayor velocidad que la de la lancha, recorre en retrospectiva el túnel del tiempo.  Viajo por  la historia y por los escenarios de las batallas me parece ver de cerca a los corsarios y los terribles hechos de sangre y de muerte de aquellos años. Son  imágenes de la historia de Bacalar que parecen estar en cada rincón que me rodea.  Mi espíritu se eleva y  mi mente vuela. Después de un momento vuelvo a mi realidad. Doy gracias de estar viviendo otra época y gozando de un lugar extraordinariamente bello, que muchos dicen es el paraíso. Mi  vista se fija en el horizonte mientras mi mente recorre caminos de reflexión. Algo dentro de mi me recuerda, que al igual que la legendaria Villa de Salamanca, un día podemos celebrar el  triunfo y otro podemos llorar la más dolorosa  derrota, y que también, después de los más  obscuros tiempos de penurias, debemos siempre de tener  la esperanza de llegar al paraíso, lugar donde reina la paz  y la dicha plena, esa paz y dicha plena  que solo viene de Dios.

Mario

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