Santa ElenaUna de las singularidades que nos distinguen como nativos o avecindados de esta tierra es nuestra condición de frontera y nuestra vecindad con la antes colonia inglesa y ahora país  de Belice. Aún cuando nuestra lengua es diferente  nuestras  historias se entrelazan y nuestras culturas se funden,  lo cierto es  que  estamos fuertemente hermanados, en muchos aspectos,  con nuestros vecinos beliceños al otro lado de nuestra frontera. Entre esos vínculos está la fusión de la raza maya con la negra y la educación bilingüe de muchas generaciones de beliceños de origen mexicano cuyos ancestros, huyendo de la  guerra de castas, se establecieron en el siglo XIX al otro lado de la frontera. Con ello nació una mezcla cultural que podríamos llamarle la de  los Bel-Mex. Por otra  parte nuestras costumbres mayas y latinas se fueron  fundiendo con muchas de las costumbres  inglesas y caribeñas,   y así, de este lado de la frontera  se fue creando la identidad que hoy nos distingue como fronterizos. Una identidad mezcla de tres culturas: la inglesa, la española y la maya.  Una muestra de esa influencia  se observa marcadamente en nuestra gastronomía, en nuestras preferencias musicales, en nuestro acento, en nuestros ritmos  y en nuestras preferencias etílicas.

Como fronterizos llevamos en nosotros  lo mismo algo de la época revolucionaria, muy mexicana,  que también algo  del arrojo temerario de legendarios corsarios ingleses y españoles del siglo XIX, algo de la rebeldía del  indígena oprimido,   y algo también  de la sabiduría  de los conocimientos mayas en campos como el de la  medicina. Además de ello somos herederos   también de la eficaz medicina  herbolaria practicada en  los campamentos chicleros y madereros. Así resulta que nuestra  particular forma de hablar, de pensar y de actuar,  lo mismo es agrestemente mexicana, que selvática, mayista, marinera, navegante, y caribeña,  que sofisticadamente proclive a extranjerismos. En nuestra cocina vemos muy marcadamente estas influencias. El Rice And Beans, el Light cake, o los Johny cakes están en nuestra mesa al lado de los panuchos, los salbutes, los chilaquiles, el pozole, el escabeche, la paella y el ceviche de caracol.  El queso relleno, que resulta de la mezcla del picadillo, el cool indio el tomate, y el queso Edam holandés, es un guiso de la región que mucho nos describe y nos define, a la vez que nos distingue.

Compartimos con nuestros morenos vecinos  278 kilómetros de los cuales 193 van por tierra y 85 por agua. La línea divisoria que nos limita inicia en el canal de Bacalar Chico, se extiende  en medio de las costas de  la bahía de Chetumal, continúa unos ochenta kilómetros por el Rio Hondo, llega hasta el punto fronterizo entre la Unión y  Blue Creek, y termina en el punto de convergencia con los límites de Guatemala.

Fue el 8 de julio de 1893, cinco años antes de la llegada del comandante Blanco, que se firmó el tratado de límites con Belice y  con ello inició formalmente nuestra vecindad y comenzó nuestra  historia fronteriza. A partir de ese tratado se fueron dando los hechos que habrían de dar lugar a la fundación de dos importantes localidades del territorio, creadas  como bastiones de vigilancia de la frontera sur de México: Payo Obispo en  1898 e Xcalak, dos años después.

Con el  tratado de límites con Belice, además de que se sentaron las  bases de nuestra relación bilateral, también se establecieron muy claramente  cuatro puntos  fundamentales hasta antes no muy claros: El primero fijaba con precisión los límites entre ambos países y remarcaba la condición del Rio Hondo como área de uso común; el segundo establecía el compromiso del gobierno británico de dejar de proporcionar armas a los mayas rebeldes de la región; el tercero formalizaba el compromiso de ambas parte de permitir el libre tránsito de los indígenas de un país a otro, y el cuarto punto establecía la libre navegación de barcos mercantes mexicanos por la bahía de Chetumal en su parte inglesa, manteniendo la prohibición para los barcos de guerra con pertrechos militares.

Pero al hablar de nuestra frontera con Belice no podemos dejar de  mencionar  una pequeña población de la rivera del rio que por muchos años llevó el nombre de “Santa Elena”. Allí  se ubicaba el punto de unión del viejo camino a Corozal donde  una rudimentaria panguita de propulsión manual llevaba vehículos y personas a ambos lados del rio. Allí estaban ubicadas las pequeñas aduanas de ambos países, a partir de ellas se fueron extendiendo los caseríos. El cruce a ambos lados era geográficamente conocido como Santa Elena. Para diferenciar un lado del otro se solía decir: Santa Elena Inglesa y Santa Elena Mexicana. Fue durante el gobierno del General Rafael E. Melgar, a principios de los 30s, cuando se le  cambió el nombre de Payo Obispo a Chetumal, y también se cambió el de Santa Elena por el de Subteniente López. La medida, tomada sin consultar a los pobladores,  fue consecuencia de aquellos tiempos, posteriores  a la revolución de 1910, en los que en el país existió una fuerte persecución religiosa.  Como parte de ese divorcio con el clero a muchas localidades con nombre de santos se les cambió de nombre. Quizá en represalia a la autoritaria e  impopular medida, tanto los lugareños como la gente de Chetumal, le siguió llamando a subteniente López “Santa Elena”.  Hasta hoy desconocemos cual fue el nombre del tal subteniente,  como tampoco sabemos cuáles fueron  sus méritos. Tristemente el lugar  tiene apellido pero no nombre.

En  los años 60s en Santa Elena se instaló la fábrica de triplay conocida como la MIQRO, por sus siglas que resumían el nombre de Maderas Industrializadas de Quintana Roo S.A..  Hasta allí, flotando por el rio, llegaban las trozas arrastradas por los barquitos remolcadores y las gabarras entraban a cargar la madera hecha triplay. Aquel producto terminado del cedro y la caoba  era muy apreciado nacional e internacionalmente.

Santa Elena  es parte de nuestra identidad fronteriza y está muy ligada a lo que han sido los  avatares de Chetumal.  Como nuestra ciudad tuvo sus momentos de gran importancia en la época  del auge del comercio de importación. Con la entrada del país al GAT y posteriormente con el  TLC llegó el ocaso de este auge. En 1994 resurgió nuevamente con el establecimiento de la Zona Libre de Belice. Después de transcurridos casi veinte años,  de nuevo enfrenta una adversidad.   Enfrenta el desvío del flujo de vehículos y personas hacia un nuevo punto de la frontera, donde mejores, más bellas y funcionales  instalaciones aduanales y migratorias, han venido a sustituir a las antiguas. Enfrenta, como todos lo hacemos,  los cambios en el tiempo producto del desarrollo y la modernidad.

Como fue el caso de nuestra capital que resurgió después del agotamiento de su régimen de zona libre,  estoy confiado que la antigua Santa Elena habrá de resurgir impulsada por el trabajo,  la decisión, el carácter y la templanza  de sus hijos impulsados por esa su identidad fronteriza, formada  en tormentosas  adversidades y heredera de lo mejor de  tres grandes culturas.

Mario.

Anuncios