Comunidad ChinaUna de las formas que los seres humanos tenemos  de  rendir reconocimiento a la memoria de las personas es recordándolas con cariño y nostalgia. Y qué mejor si al  hacerlo nos desmarcamos  del muy común afán de quedar bien con los demás o de sacar provecho de una situación específica, y solo nos dejamos conducir  por  el deseo de disfrutar de un bonito recuerdo de alguien a quien conocimos y con quien interactuamos.  Es por eso que es agradable y reconfortante  hacer un ejercicio de regresión en el tiempo y  disfrutar de las remembranzas de aquellos momentos  en los que convivimos en armonía con nuestros semejantes, quizá en lugares muchas veces ya desaparecidos, pero en los cuales alguna vez pasamos gratos momentos sin poses de arrogancia, de notoriedad o de poder. Momentos de prístina dicha que  dejaron en nuestra mente  un sabor de plenitud y de dulce  añoranza.

Con este preámbulo introductorio inicio la evocación de los amigos  orientales de aquel Chetumal de mis recuerdos.  Personas que en el siglo pasado  llegaron a sumarse al tenaz trabajo edificador  y constructor del entonces Territorio. De niño me contaron mis padres la historia de uno de ellos. Se trata de la historia del Chino Luis Lam.  Es quizá la historia criminal más remota de uno de los más violentos asesinatos  que sacudieron  a la sociedad del Payo Obispo del siglo pasado, por allá de los años 30s. El Chino Lam era un próspero comerciante que poseía una tienda de abarrotes además de ser un empedernido jugador de póker y dar dinero al interés. Por su condición de jugador y prestamista era solicitado,  lo mismo por personas necesitadas que por tahúres en busca de ganarle su dinero. Un buen día sacudió al pueblo la noticia de que el chino había sido asesinado. Se decía  que una noche anterior estuvo con  desconocidos jugando al póker.  El caso era que el chino no aparecía y nada se sabía de él. A los pocos días se encontraron unas latas semi enterradas con restos humanos en descomposición. Eran unas latas cuadradas con capacidad de 40 libras en las que se empacada la manteca de cerdo proveniente de la colonia inglesa de Belice. Ahora, en vez de manteca, las latas tenían en su interior el cuerpo descuartizado del infortunado chino,  a quien con lujo de crueldad sus asesinos  lo habían enlatado y enterrado  bajo tierra. Las mal selladas latas habrían de explotar y la fetidez alertó a quienes deambulaban por el lugar. Así fue como con gran espanto la gente supo del triste final  del pobre chino Lam. Así quedaría para la historia del naciente pueblo de Payo Obispo un hecho criminal de gran crueldad y sadismo. Así fue como nació una legendaria historia que las madres de la época, en las oscuras noches de cuentos y de historias de espanto,  habrían de contarles a sus hijos.

Pero pasemos a otros recuerdos más agradables de  la comunidad China de antaño. Hablemos de la familia “Kin” quienes fueron  los primeros en montar quizás la más antigua y rudimentaria fábrica de hielo ubicada sobre la avenida 22 de Marzo, hoy Carmen Ochoa de Merino. Era una fábrica que producía hielo de colores.  No sé si como resultado del turbio color del agua de los préstamos que utilizaba, o como consecuencia  del pergamanato que se le aplicaba al agua como desinfectante. Lo cierto es que el hielo servía únicamente para enfriar  gaseosas o cervezas en aquellas neveras hechas de madera, lámina y aserrín, que proporcionaban las agencias de refrescos y cervezas. Recuerdo también que el hielo  se despachaba en trozos pequeños  atados con un mecate y que  en alguna ocasión, llevé mi trozo de hielo a casa para helar los refrescos o para desinflamar el chipote de la cabeza de alguno de los ocho hermanos que éramos. Después de la fábrica de los Kin se establecería la fábrica de los Villanueva, ubicada  a la salida de la carretera. En la nueva fábrica podías adquirir hielo de agua de lluvia y de agua de pozo. Era una costumbre, al salir los domingos de día de campo a Bacalar, pasar por tu cuartito o tu octavo de marqueta y meterlo a tu nevera.

Chinos memorables lo fueron también los Izunza, los chio, los Ley, los Lee,  los Ocman, los Kan, y los Song. Los Kan con su restaurante y café en diferentes sitios de la ciudad, los  Ocman con la antigua tienda de La Mariposa, Los Izunza y los Chio con su tienda y paletería en el corazón de Barrio Bravo, los Lee con la legendaria Nevada, y los Song con su famosísima “Zapatería La Victoria”, que también se llamó Zapatería Llanes.

Personaje muy destacado en la comunidad China lo fue don Florencio S. Llanes,  un dinámico empresario de origen coreano que procedente de Progreso Yucatán llegó al territorio. Por alguna extraña razón prefería destacar el apellido Llanes de su madre, en vez del Song de su padre. Firmaba: Florencio S. Llanes.  Fue muy conocido en la sociedad y era amante de la buena copa, la buena comida, “las buenas damas”, y los buenos amigos.   Además de todo ello era dueño del bar Capri,  un salón cerveza y lupanal de  gran ambiente surgido en los 70s,   muy característico y a tono con la personalidad y el carisma de su propietario.

Quiero terminar mi breve remembranza de lo que fue la comunidad China de antaño, con el especial y sencillo personaje de Maria Chun. Lo hago así por ser uno de esos seres que en su paso por esta vida nos dejan  enseñanzas. María Chun era una delgada y encorvada chinita dedicada al comercio y tuvo  su pequeña tiendita en diferentes puntos de la ciudad. La recuerdo en la esquina de Juárez y Othón  P. Blanco, contra esquina de los billares de la familia Burgos. Luego se trasladó a los terrenos de la familia Alonso, sobre la avenida Álvaro Obregón, casi esquina con Juárez, y después ubicó su pequeñita vivienda en los terrenos de doña Tacha Reyes de Chanona, sobre la calle  Zaragoza, entre Independencia y Madero. Fue también esta chinita una de las primeras locatarias fundadoras del mercado Miguel Alemán, donde vendía principalmente chile seco. Pues bien, a esta singular viejecita la distinguía el hecho de estar permanentemente preparada para su muerte. En su casita tenía   a su lado su féretro  donde se acomodaba en ocasiones para dormir la siesta. Su fúnebre acto de valentía y de tranquila aceptación a lo que sería  su final,   ha constituido para mí una lección en el largo aprendizaje de mi vida,  porque me recuerda, a cada instante, que sin  olvidarme de vivir, debo estar siempre listo para encontrarme con la muerte.

Mario.

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