La fuente de agua¿Qué clase de ser humano soy?  Menuda pregunta ¿verdad? Comenzó a hacerme cosquillas en el corazón después de leer a Alberto Magno, santo muy antiguo, para quien hay tres plenitudes:

 La del “vaso”, que retiene y que no da nada.

La del “canal”, que da y no retiene.

La de la “fuente”, que crea, retiene y da.

Y entonces comprendí que, hay seres humanos parecidos a un “vaso”, cuya única ocupación es almacenar virtudes, ciencia y sabiduría, objetos y dinero. Son aquellos que creen saber todo lo que hay que saber; tener todo lo que hay que tener, y consideran su tarea terminada cuando han concluido su almacenamiento. No pueden compartir su alegría, ni poner al servicio de los demás sus talentos, ni siquiera repartir sabiduría. Son extraordinariamente estériles; servidores de su egoísmo; carceleros de su propio potencial humano.

Por otro lado existen otros seres humanos que podríamos llamar “canal”.  Son aquellas personas que se pasan la vida haciendo y haciendo cosas. Su lema es: “producir, producir y producir”. No están felices si no realizan muchísimas actividades, y todas de prisa, sin perder un minuto. Creen estar al servicio de los demás en su neurosis productiva, cuando en realidad su accionar es el único modo que tienen de calmar sus carencias. Son personas que dan, dan y dan; pero no retienen. Y siguen dando pero se sienten vacios.

Pero también podemos encontrar otros seres humanos que podíamos llamarlos “fuente”.  Personas que son verdaderos manantiales de vida. Capaces de dar sin vaciarse, de regar sin decrecer, de ofrecer su agua sin quedarse secos. Son aquellos que nos salpican gotitas de amor, confianza y optimismo, iluminando con su reflejo nuestra propia vida.

 

 

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