Naufragio Gonzalo GuerreroLeo con especial interés la parte del libro de Fray Joseph de San Buenaventura relativo al naufragio que trajo a estas tierras a Gonzalo Guerrero, génesis del mestizaje en el continente. Lo hago gracias a la generosidad del ex gobernador doctor Miguel Borge Martín, quien amablemente me lo hiciera llegar. El libro se titula Historia de la conquista del Mayab 1511–1697 y fue editado por la facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Yucatán. La historia resulta fascinante y cobra  importancia por el hecho de que fueron los alrededores de Chactemal, hoy Chetumal, el lugar donde el primer europeo fundió su raza con la raza maya del nuevo mundo.

En razón de esta consideración compartiré en este espacio un resumen de esta historia para lo cual utilizaré un estilo de escritura y un lenguaje más actual, y por tanto más compresible para los lectores, que el español antiguo en  que fue escrito.  No obstante, el relato se apega fielmente a la versión del libro de Fray Joseph de Buenaventura, que a su vez, se ciñe a lo relatado por el propio Gonzalo Guerrero.

Comienza el relato de fray Joseph diciendo que ante la disputa del señor capitán don Diego de Nicuesa, gobernador del Darién, provincia de Panamá, y el capitán navegante don Vasco Núñez de Balboa, en la noche del 15 de Marzo de 1511, a invitación de su capitán Juan de Valdivia, Gonzalo Guerrero, el capitán alférez de montada don Gerónimo de Aguilar y siete de sus soldados, deciden abordar en el puerto del Darién la embarcación Santa Lucía, la que al despuntar el alba partiría con rumbo a la Española, conocida como la isla donde se encuentran la República Dominicana y Haití. Se hicieron a la mar no obstante un fuerte viento de sotavento, proveniente del norte hacia donde  se dirigían, que tenía muy preocupado y temeroso al maestre don Diego Pérez de la Palma.

Así inicia Gonzalo Guerrero su relato: Aquel 16 de marzo mucho temí que la nave se desmantelara y naufragara ante la furia de aquel mar espantoso y aquellas inmensas olas que se partían  en la quilla y el mascarón de proa. La tempestad sacudía toda  la nave y las olas azotaban por encima del castillo de proa, de tal forma, que  rompieron los gratiles altos y dejaron la berlinga o pértiga de la vela, azotándose peligrosamente sobre nuestras cabezas. Y así navegamos durante 6 tormentosos días hasta el 22 de Marzo de ese mismo año, en que encallamos  en lo que hoy se sabe son los bajos de las víboras, o   “Los arrecifes Alacranes”,  a 130 kilómetros de la costa norte de la península.

Con diecinueve hombres, una cubeta de carne salada y un barril con una arroba de agua, abandonamos  la nave y  embarcamos en aquel pequeño bote de atraque. Dejamos atrás, entre la espesa bruma, nuestra nave que, escorada a estribor y crujiendo, lentamente se despedazaba y se hundía hasta perderse en océano. Trece hombres de la tripulación habían desaparecido, mientras, a golpe de remo, tropezando con las piedras que salían del agua,  nuestro bote con 19 personas se alejaba de la Santa Lucía, entre la nublazón y el aguacero.

Fuera del bajo,  ya en mar abierto, sentimos que una fuerte corriente nos arrastraba.  Remar no tenía sentido y avanzábamos propulsados por la corriente. Pensaba en  aquellos  trece hombres faltantes, quizá habían muerto ahogados en el barco pues nada sabíamos de ellos. A poco de navegar sin rumbo a  Ángel Santa Cruz, natural de Marmolejo, le dió un tabardillo con  vómitos y diarrea. Debido a eso permanecía en el borde de popa evacuando y vomitando constantemente. Un golpe de ola nos golpeó y el pobre hombre calló al agua sin que pudiéramos hacer nada por rescatarlo. Ante nuestros atónitos ojos se fue alejando e impotentes  vimos como  los tremendos peces, con su esquilón saliendo del agua, lo devoraron.

Más después al soldado Juan Sánchez Albornoz, natural de Ecija, Andalucía, le pegaron fríos y calenturas que no paraba de tiritar. No podíamos ayudarlo. El  agua entraba producto del golpe de las olas y de la constante lluvia. Al amanecer, bajo un fuerte temporal y un aguacero nadie podía sostenerse en pié. Apurados sacábamos el agua con los casones de lona mientras  Juan Sánchez soportaba estas condiciones tiritando en la borda junto a los remos. Tenía la cara metida entre las manos y los codos apoyados sobre sus rodillas, parecía descansando. Fue don Diego de Palma el que nos dijo que estaba muerto. Nos miramos unos a otros, todos teníamos caras de angustia, caras heridas por el viento y el aguacero. Dijo el capitán Valdivia que ya nada podíamos  hacer por Juan. Lo tiramos al agua, así encogido y rígido como estaba en la posición en que le había llegado la muerte.  Por fortuna las encrespadas aguas se lo tragaron evitándonos ver nuevamente el horrendo festín de los tiburones.

Después de eso el señor alférez, don Gerónimo de Aguilar, quedó pensativo y cabizbajo, se cruzó de brazos y miró largo rato al cielo; bajó la mirada, abrió  los brazos  y comenzó a maldecir. De pronto se fue donde los remos y las espadas, tomo la suya y apoyándola  en el costillar del bote pretendió cruzarse del pecho hasta la espalda. Fueron dos soldados los que lo detuvieron y el capitán Valdivia le hizo prometer no volver a intentarlo.

Y así, la barcaza de 10 varas de eslora y tres de manga, con sus tres ganchos para la boga a cada lado, siguió a la deriva en un temporal horrible que nos  hacía dar de bandazos.  En uno de esos bandazos un marinero, de nombre Baltasar Díaz de la Roda, cayó sobre uno de los ganchos, se clavó las dos espigas en el costado, y se rompió las costillas. Daba horrendos gritos de dolor y de coraje.  Fue don Diego el que hubo  de sujetarlo  y tenerlo en el fondo de la barca. Mientras su sangre tenía de rojo el fondo de la barcaza, nosotros frustrados por la impotencia veíamos impotentes de auxiliarlo. Fueron momentos terribles de muerte, dolor y angustia, en los que solo Dios podía saber cual era nuestro derrotero y cuál sería el fin de nuestro infortunio.

Baltasar deliraba entre gritos de dolor y espanto, veía fantasmas. No duró mucho, al poco rato murió, y apesadumbrados tuvimos también que echarlo al agua.  Todo a nuestro derredor era inmensidad del mar,  ardíamos al sol en una calma en la  que no nos movíamos del lugar en que estábamos. Así pasó mucho tiempo.

Al sexto día del naufragio al cocinero,  Rodrigo Bustamante, quizá por la insolación y el hambre, le dio un fuerte dolor de estómago y mareos. Se agravó con el frio de la madrugada y se fue muriendo poco a poco. Al amanecer, finalmente, murió. Don Diego no quiso que lo tiráramos en esas aguas infestadas de esos tiburones, que cual buitres, nos seguían. Y así, muerto, tuvimos entre nosotros a Juan todo el resto de aquel día, hasta llegar la noche en que lo echamos al agua.

Fue hasta el octavo día que por sobre la proa divisamos una muy lejana manchita, pequeño puntito  que después de un día de más bogar se fue agrandando. Finalmente con gran alegría supimos, con certeza, que no era otra cosa que la  anhelada tierra firme.

Hasta aquí mi relato del naufragio. En una siguiente entrega les contaré sobre el no menos apasionante desembarco y el encuentro de los náufragos con los indígenas mayas de la península. Hasta entonces.

Mario.

Siga esta historia en los enlaces  siguientes:

La Captura de Gonzalo Guerrero

La fuga de Gonzalo Guerrero

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