Avenida Juarez y Carmen Ochoa de MCon el paso de los años cada vez somos  menos los que guardamos recuerdos de la vida del Territorio. Se aproxima la fecha del 8 de Octubre en la que festejaremos sin duda un año más   de la fundación de Quintana Roo como estado de la  República. Sin duda que habremos de hacer un recuento de lo que  a lo largo de los años, la ciudad, el Estado y nosotros mismos, hemos cambiado. Sin duda que habremos de hacer un imaginario recorrido por el pasado hasta llegar a nuestros días. Seguro que habremos de hacer  un recuento de nuestros activos, de nuestros pasivos y ver lo que fueron nuestras ganancias.

Sin duda que  habremos de recorrer imaginariamente los viejos lugares de la ciudad más asociados a nuestros gratos recuerdos. Lugares como  los barrios, las construcciones, las calles,  los parques, los cines, los teatros y todos aquellos sitios que viven en nuestra mente  revestidos del hechizo encantador del paso de los años. Años, contados por décadas, que dan a esos nostálgicos sitios, y a esos dorados ayeres, una dimensión mágica, solo comparable con los más dulces y fantasiosos sueños de nuestra infancia.

Y en esa dimensión de lo pasado, lo vivido, lo superado y lo disfrutado,  nuestras evocaciones  se confundirán y se mesclarán con la historia, con la imaginación, y con la fantasía. Es así como nuestro pasado se vuelve fantástico y toma ventaja frente a nuestra realidad actual. Es de esa forma como los tiempos pasados se transforman para nosotros en años dorados. Es así como, injustamente,  los tiempos actuales, por mejores  que sean, pierden a nuestros ojos la batalla comparativa frente a los tiempos antiguos.

De la misma forma como el mito vence a la descarnada realidad, así  nuestras vivencias del pasado vencen al presente, porque les sucede lo mismo que a los náufragos, los cuales, como dijera el poeta,  vivos se hunden pero muertos flotan. No importa que nuestro pasado haya sido duro, rudo y cargado de obstáculos y carencias. No importa, porque al recordarlo lo reparamos y lo pintamos de rosa. Es un acto reflejo de gratitud a una época, que nos da la orgullosa    dicha de haber sido sus protagonistas.

Con este preámbulo introductorio quiero iniciar mi personal evocación de cómo era uno de los barrios más antiguos del viejo Chetumal del territorio.  Se trata  del “Barrio del Julubal”, que era, en ese entonces, junto con Pueblo Nuevo, Barrio Bravo, el Cerro y Juan Luis,  uno de los únicos cinco barrios de la ciudad.  Al Julubal  lo limitaba: al Sur, la bahía y la bocana del rio, al Norte, la calle Álvaro Obregón, al Oriente, la calle del Reloj, y al Poniente la calle Francisco I. Madero.

Buena parte de los terrenos del barrio eran terrenos permanentemente inundados  donde las casitas de madera se levantaban sobre sancos. Muchas de esas casitas tenían largos puentecitos construidos  entre el fango para comunicar las casas con el terreno firme. En tiempo de lluvias, por las noches, el  crujir de ranas se escuchaba desde la garita de “Matamoros”, aquella que estaba a la salida de la ciudad, rumbo a Bacalar, hasta la avenida Benito Juárez.

En el barrio habitaban familias tan antiguas como los Garabana, Ramírez, Alpuche, Rivero, García, Hoy, Protonotario, Santín, Marrufo, Medina, Angulo, Martínez, Pérez, Erales, Aguilar, Godoy, Córdova, Muza, Asencio, Amar, Palacios, Estrella, Mingüer, Salgado, Sauri y otras más que sería largo enumerar.

Los sitios más distintivos  del barrio, en la zona del centro, eran el muelle, el reloj, el cine Juventino Rosas, la casa de los gobernadores y la edificación de la delegación  de gobierno. Sitios como el hotel de la señora Willogbi, la mielera, la federación de cooperativas chicleras, el aserradero de Asencio,  el rastro público, el hotel Iris, las farmacias de don Belisario y la de  don Laureano, así como la casa Garabana, estaban más al Poniente.  No podían faltar los salones cerveza o cantinas como la  de Fina y la de Julieta Muza, sitios cargados de anécdotas y sucesos de la época.

Fue precisamente, sobre la avenida Juárez, a las puertas de uno de estos salones cerveza, donde acabó la vida de Pedro Pérez Garrido, el más fiero y valiente opositor del gobierno de Margarito Ramírez. Hecho criminal ejecutado por el doctor Padilla, un médico emparentado con el gobernador, que hasta el día de hoy es considerado como el más sonado crimen político de la vida de la capital del territorio. Pedro Pérez  fue un líder social de aquellos que con su actitud insurrecta, desafiante, bravera y temeraria, mejor encarnó el sentimiento de inconformidad, de frustración y de rebeldía, de un pueblo sometido por un gobierno autoritario, en un tiempo de miedos,  de muchas conductas obsequiosas y completamente ayuno de garantías.

De parecido estilo había también un lugar muy cercano al palacio de gobierno, muy representativo de las etílicas costumbres de la época. Un sitio cargado de anécdotas e incidentes. Este sitio era el “Bar El Marino” al que con mucha frecuencia acudían a departir burócratas, empresarios, contratistas, chicleros, madereros, agricultores, y también tipos pendencieros, desocupados y bravucones;  todos parados y apretujados, codo con codo, frente a una larga y rústica barra, a eso de las dos de la tarde,  en un aporrear constante del cubilete, rifando las tandas con los dados.

Pasados los años, al cumplirse casi 39 años de la conversión del territorio en Estado, entro a la ciudad y veo la bonita panorámica que nos ofrece  la amplia avenida Álvaro Obregón. No puedo evitar hacer comparaciones de lo que antes fue y ahora es la entrada de la ciudad.  Bordeo la glorieta, bajo por la calle Othón P. Blanco y sigo  por boulevard costero. No puedo dejar de pensar en lo que antes fueron y ahora son los terrenos de la expofer. Me sigo y veo el flamante edificio del palacio de Justicia. No puedo dejar de pensar en lo que antes fue y ahora es el rastro viejo de la ciudad. Y sigo en mi viaje y veo  las modernas instalaciones de Villas Manatí, del Portón, de SAM’s Club, y del parque Renacimiento. No puedo dejar de pensar  en todo lo que hemos cambiado y en lo que se ha transformado “El legendario Julubal”.

Me doy cuenta que lo que con asombro observo son los nuevos sitios que ahora distinguen la ciudad. Sitios que cumpliendo las reglas de la vida, llegaron para sustituir a los viejos sitios. De la misma forma como las nuevas generaciones sustituyen a las viejas. Me pongo sentimental. Veo que mucho camino se ha  andado y muchas cosas han cambiado. Algo dentro de mí   me dice que el rio de mi vida ha tomado otro color,  y mucha agua ya ha corrido. Con la brisa acariciando mi rostro pienso que  este nuevo rio también habrá de cambiar, con las refrescantes aguas de las nuevas lluvias que le llegarán del cielo.

Mario.

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