La llegada de las lluvias - copiaDos acontecimientos recientes me han llevado a reflexionar  sobre  un tema que a lo largo de la historia ha preocupado a la humanidad.  El tema de “la llegada del agua de las lluvias”. Me he puesto a pensar en lo que el agua puede causar en sus excesos y en su escasez. Situaciones extremas de la vida de los pueblos y de las personas  que debemos estar preparados para enfrentar con valentía,  aceptación, talento y sabiduría. Veo y escucho las noticias de la televisión y percibo la desesperación de la gente del campo del Estado de Sonora, quienes, desafiando el orden establecido, han bloqueando una importante arteria de comunicación del país, como lo es la carretera México-Nogales. Su protesta es por las grandes obras hidráulicas construidas por el gobierno para  desviar hacia las colonias de la ciudad el caudal de las aguas del rio..

Por otro lado también  llaman mi atención las noticias sobre las grandes catástrofes y el sufrimiento causado por el exceso del agua de las lluvias  en otras zonas del país. Zonas con pueblos y comunidades muy humildes donde las inundaciones han dejado desolación, ruina y muerte.  En ambos casos el agua de las lluvias es la causa,  y en ambos casos su llegada y manejo es determinante para el bienestar y el progreso, o para sembrar  muerte y destrucción. Lo mismo que es aplicable al manejo del agua de las lluvias es aplicable al manejo de la belleza,  la salud, las energías, el dinero, la fama o el poder.

El secreto está en saber manejar sus momentos y su llegada. El agua de las lluvias   Dios nos la da en ciertos momentos  de nuestra  vida  para probarnos y ver  como la manejamos. Tanto  en los tiempos de abundancia y dicha, como en los  tiempos de tribulación. Así como después de un sol ardiente llega la  oscuridad, después de momentos de angustia vienen otros  de tranquilidad paz y progreso.

Vienen a mi mente estos pensamientos  cuando veo con orgullo lo que es ahora  nuestra  ciudad escogida por mucha gente  para fincar su residencia. La comparo con aquella pequeña capital del Territorio, rústica y olvidada del progreso; la misma que dos veces estuvo al borde de desaparecer consumida por las llamas. La primera vez fue en 1955, después del huracán Janet, cuando corrió el rumor que iban a quemar las pilas de madera, que era lo que había quedado después de Janet, y la segunda vez fue tres años después, en 1958, cuando por la falta de lluvias los bosques ardieron y el fuego estuvo a punto de llegar a nuestros hogares.

Sobre esta segunda ocasión quiero contarles: Fueron tiempos en los que apenas nos reponíamos de la gran tragedia de 1955. Una tragedia en la que “el agua de las  lluvias”, en combinación con la furia de los vientos, cruelmente nos había castigado. En esta segunda ocasión la falta de lluvias,  el fuego y la furia de los vientos, eran los  elementos que amenazaban con destruirnos.  Valla paradoja: las mismas “aguas de las lluvias” que sin piedad nos habían destruido tres años atrás,  ahora eran imploradas como bendición de Dios  para nuestra  salvación.

Estábamos en la segunda mitad del mes Abril y  los resecos bosques, repletos de hojarasca y árboles derrumbados por el reciente huracán, habían comenzado a arder descontroladamente. El humo llegaba a la ciudad y el calor era insoportable.  Cada día que pasaba  las noticias eran más alarmantes. Las lluvias no llegaban y el fuego  avanzaba hacia la ciudad impulsado por los vientos. El cielo estaba rojo, el sol ardía y la pertinaz caída de las hojas, calcinadas por el fuego,  había dejado sobre los techos, las calles y las banquetas, un grueso manto de cenizas.    La paz de la ciudad de pronto se había convertido en una psicosis generalizada de temor  ante una  inminente catástrofe.

Se hizo un llamado a la población a integrarse a las brigadas ciudadanas  para la construcción de guardarrayas. Las guardarrayas implicaban desmontar cinturones de selva, lo más amplios posibles, entre el fuego y la ciudad, para impedir el avance de las llamas.  Todo individuo en posibilidad física de empuñar un machete o un hacha, debía unirse la tarea. Picos, palas,  barretas, cava-hoyos, azadones y toda clase herramientas eran colectadas y fueron generosamente aportadas por los pobladores.  Muy alentador fue  observar cómo ante el estado de emergencia  afloraron los gestos de solidaridad, de generosidad, de hermandad y de desprendimiento; de pobres y ricos, de jóvenes y viejos, de hombres y mujeres, y de gobernantes y gobernados.   Además del Ejército Mexicano y la Armada de México todas las organizaciones civiles se sumaron y estaban  involucradas en la organización de las brigadas de lucha contra el fuego. Los más altos funcionarios del gobierno del Territorio, antes distantes,  se hermanaron en la lucha y se fundieron con el pueblo. Tal fue  la gravedad de la emergencia que a la misma Escuela Secundaria por Cooperación Andrés Quintana Roo, acudió la autoridad  a pedir la cooperación de los maestros y de los alumnos.

De esa época de mi adolescencia, en la que cursaba el sexto de primaria, un acontecimiento ligado a esos incendios viene a mí mente: la muerte, después de una larga convalecencia de nueve meses en cama, de un muy querido vecino de mi barrio: “Don Polito Moreno”.  Hombre callado y bueno que había sucumbido víctima del cáncer. Don Polito además de trabajar en Obras Públicas del Gobierno era el administrador del cine teatro “Ávila Camacho”. Solía jugar tenis en las canchas del hotel de “Los Cocos” en compañía de un selecto grupo de funcionarios del gobierno del Territorio. Yo y otros amigos, en ocasiones, después de clases, por las tardes, al salir de la escuela Belisario, les servíamos de recoge pelotas.

Fue una noche que al volver con mi padre de los incendios me enteré de su fallecimiento. Era un 20 de Abril si mal no recuerdo. A la misa de su funeral  llegaron apurados aquellos sus amigos funcionarios. Entre ellos el Ing. Castillejos, el máximo jefe de la Secretaría de Agricultura. Venían del combate a los incendios con huellas de fatiga  y tizne. Contrario a otros tiempos de abundancia  y pulcritud, ahora llegaban sudorosos y con ropas de faena. Ahora llegaban revestidos de humildad y sencillez a darle el último adiós a un compañero fallecido y a presentar sus condolencias a sus deudos. ¡Y todo por causa de los incendios  y por la falta del agua de las lluvias!

Aunque el combate a los incendios fue tenaz, solidario y ejemplar, solo la mano de Dios, por medio de “la llegada del agua de las lluvias”, fue la que pudo acabar con el enorme peligro del fuego que nos amenazaba.

Al mirar  hacia atrás, siento esbozar una sonrisa de satisfacción al recordar momentos gratos de mi vida. Momentos  en los que vi como una comunidad, ante el peligro, suele  disfrutar  mejor de “la llegada del agua las lluvias”.

Mario

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