La negritaMuchos en la cuadra la conocen aunque quizá muy pocos la conozcan bien. Es una mujer que a los ocho años, en el año de 1948, durante el mandato de Margarito Ramírez, llegó a Chetumal procedente de Corozal, Belice. Ahora vive en Barrio Bravo con su único hijo en una modesta casita muy cerca del boulevard costero de la bahía. Con su pelo blanco y su andar dificultoso, huellas de su azarosa y dura existencia, a sus 73 años conserva la sonrisa y la lucidez de sus años de juventud. No obstante la renuencia de sus cansadas piernas a sostenerla posee una fuerza interior y una voluntad envidiable para conducirse por la vida. Su imagen, taciturna y serena, transmite a quien la ve un ejemplo de aceptación y optimismo frente a su suerte. Muy pocos saben que su nombre es Ismay y solo le dicen “Ismi”. Es hija de la difunta Merry, aquella cocinera de la familia Garabana que procedente del sur del rio Hondo, a los 25 años, llegó con su pequeña hija al territorio. Merry es la negrita de la blanca sonrisa de la que les hablé en un relato anterior, la misma que junto con su niña, fueran muy queridas por el ídolo Pedro Infante.

He querido contarles de “Ismi” por ser ella uno de esos seres especiales de los que con frecuencia Dios se vale para mandarnos mensajes cargados de enseñanzas y llevarnos por caminos diferentes. También he querido contarles de ella por ser un personaje de aquellos dorados ayeres del Chetumal que me gusta recordar. Ismi no me conoce, porque si bien en esa época en Chetumal todos nos conocíamos, nosotros dos nunca tuvimos amistad. Ella es uno de esos mágicos seres llenos de magnetismo, que sin pretenderlo, desde su muy humilde condición de persona inadvertida, sin fama ni poder, llaman nuestra atención, despiertan nuestra simpatía y nos llevan a la reflexión.

Antes de contarles de Ismi debo decirles que acostumbro practicar ejercicio al aire libre. Tres veces por semana, por las tardes, salgo a hacer un largo recorrido de ida y vuelta en mi bicicleta por el boulevard costero que bordea la Bahía hasta el poblado de “Calderitas”, y siguiendo entre la selva llego hasta la zona arqueológica conocida como la cuna del mestizaje. También decirles que la casa donde vivo dista de la de Ismi como cinco cuadras en línea recta y que en mi ruta de ejercicio debo pasar obligadamente frente a la suya. Una de esas tardes de las que les cuento llamó mi atención la figura de una mujer de cabello blanco y rizado que con dificultad salía de su vivienda. Me sorprendió verla penosamente sentarse en el suelo y con sereno afán cortar la hierba que crecía al borde de la acera. Extasiado contemplé la belleza de aquella estampa digna de un bello cuadro. Parecía que Ismi simplemente acariciaba y platicaba con la hierba. Fue tal el impacto que me causó esa tierna imagen, que durante el largo trayecto de 15 kilómetros hasta la antigua “Trincheras”, conocida actualmente como la zona arqueológica de Oxtankah, no hice más que pensar en ella.

Abstraído en mis pensamientos conducía mi bicicleta sin sentir que pedaleaba mientras el viento húmedo acariciaba mi rostro y la brisa costeña de la bahía, a momentos, me traía el olor de la selva, del mangle, de los cocos y de las palmeras. Tales eran las condiciones ambientales en que viajaba y que acompañaban aquellas mis meditaciones. En un momento sentí haber entrado en un nuevo sendero en el que reinaba la armonía con lo simple y lo sencillo de las cosas, y en contacto más íntimo con la naturaleza.
Pensaba en el goce que podría significar para Ismi sentirse con fuerza para deshierbar y en su estado de satisfacción de ver limpio el frente de su casita. Pensaba en los momentos en los que yo había experimentado satisfacciones semejantes y en los momentos que habrían de venir en los que eso ya no sea posible. Pensaba en su alma sencilla, sin vanidad ni arrogancia. En el mensaje de optimismo, de fuerza, de voluntad y de entereza, que mandaba a toda aquel que la veía. En su actitud valiente, positiva, callada y noble. Pensaba en su paz, en su aceptación y en la sonrisa de su rostro.

Eran muchas las comparaciones que yo me hacía con ella. Me situaba imaginariamente en su posición y comparaba mis fuerzas físicas con las de ella, y también mis preocupaciones y las que podía imaginar en ella. Pensaba en todas las cosas que Dios me había regalado y en todas las cosas de las que ella carecía. Pero quizá en lo que más fuertemente meditaba era en mi grado de humildad, aceptación y tolerancia frente a las cosas de la vida, comparado con la humildad y sencillez de ella.
Por más de una hora de lo que fue un pedalear constante mis piernas no sintieron cansancio. Absorto en mis pensamientos mi actividad respiratoria y  muscular entraron en piloto automático. Durante todo ese tiempo mi espíritu pareció elevarse y anduve por nuevos caminos de reflexión. Por esos caminos en los que raramente solemos adentrarnos. Esos caminos por los que Dios quiere que vayamos y por los que nos negamos a transitar, ya sea por liviandad, por pereza mental, o simplemente por miedo al compromiso.

Ya cayendo la noche, de vuelta de mi recorrido, al pasar por casa de Ismi no me resistí al enorme deseo de platicar con ella. Tenía que platicar con ese ser tan singular que tanto me había impresionado. Ismi platicó serenamente conmigo en un tono de voz tranquila que reflejaba su sencilla personalidad y su perfecta armonía con Dios. A mi pregunta expresa en relación a su grado de estudios, me respondió esbozando una sonrisa que no había estudiado, ni en la escuela Belisario, ni en la escuela Álvaro Obregón, ni con las madres. Que ella había aprendido lo poco que sabía, y que para mí no era poco, pues hablaba y deletreaba perfectamente en inglés y en castellano, con la legendaria doña “Pety Bons”, aquella maestra de color que con severa energía enseñaba las primeras letras en su muy humilde escuelita particular.

Solo con verla frente a mí me dijo muchas cosas antes de que empezara a platicar conmigo. Me dijo que ella, como su madre fue empleada doméstica de los Garabana. Me contó que Pedro Infante tenía un voraz apetito y que comía doce huevos estrellados con la yema bien cocida. Me platicó de Irma Dorantes y de sus esperanzas de casarse con Pedro después de concluidos los trámites del divorcio. Le comenté a Ismi de mi afición por contar historias, de mi intención de escribir una sobre ella y de mi preocupación porque la historia resultara interesante. Me miró fijamente, sonrió, y con esa paz interior nacida de la humildad de quien nada pretende y nada espera en relación al reconocimiento de este mundo, me dijo: “Verás que todo va a salir bien”. Su frase caló profundo en mis oídos y en mi corazón. De inmediato comprendí la filosofía de lo que había sido y lo que era su vida. Montado en mi bicicleta me dirigí a la casa pensando que nuevamente Ismi acababa de enseñarme, sin pretenderlo, una faceta más de lo sabio y lindo de su alma.

Mario.

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