Pedro InfanteAl tratar de pintar la  acuarela de la vida del Chetumal antiguo, obligado es asignarle un brillante color a uno de los más grandes ídolos de México. Me refiero nada más ni nada menos que al famosísimo actor y cantante de la época de oro del cine mexicano: A Pedro Infante.  Un fenómeno cuya popularidad  trascendió a todo el mundo de habla hispana.

Con su personalidad alegre y carismática, su porte atlético y sus actuaciones pícaras, valientes y viriles, Pedro era para todas las generaciones que lo conocimos la encarnación viviente del héroe urbano. El trovador que surgido del populacho le cantaba, como ningún otro, a su pueblo. El muchacho alegre de la clase trabajadora que con esfuerzo había alcanzado, a base lucha, talento y enorme simpatía, el tope de la  fama.

Siempre sonriente, amable y condescendiente  con todos, hombres, mujeres y niños, era el estereotipo del charro cantor, noble, bohemio, campirano y enamorado. El más grande seductor de masas que México haya tenido.  Todo un galán, cercano a la gente, simpático, generoso, ocurrente y buena onda.  

Nacido en Mazatlán un 18 de Noviembre de 1917, pasó  su infancia en Huamúchil. En la cúspide de su fama escogió a la blanca Mérida para construir su residencia. En ella pasaba largas temporadas. Temporadas en las que se paseaba en su motocicleta Harley Davidson, cultivaba amistades entrañables, y con tenaz disciplina se ejercitaba en su propio gimnasio.   En su carrera como artista participó en más de 60 películas, grabó más de 350 canciones, y su fama alcanzó a toda la América Latina.

Quién habría de imaginar que por aquellos azares del destino, la vida de este encumbrado  personaje  se habría de entrelazar con la sencilla y pacífica vida  del Chetumal de los 50s. Aquella desconocida, apartada y escondida localidad del sur de México, de la que muy  pocos sabían. Pero por aquellos designios de Dios los caminos de Pedro Infante se cruzarían con los nuestros y dejarían, para el anecdotario y para la historia, muy gratos  recuerdos.

Resulta que Pedro, además de todos sus talentos y galanura de artista, era un fanático de la aviación,  actividad a la que dedicaba buena parte de su tiempo y de su vida. Como el “Capitán Cruz”, nombre que en términos de aeronáutica lo distinguía, Pedro había acumulado 3,000 horas de vuelo y volaba regularmente en ruta de carga y pasaje  para Transportes Aéreos Mexicanos S.A. Se cuenta que por la precaria condición de la línea, Pedro de su bolsillo uniformaba a la tripulación.

La TAMSA,  como comúnmente la conocíamos, era la línea aérea que hacia el servicio de México-Mérida-Chetumal y viceversa. En su condición de capitán piloto aviador las visitas de Pedro a Chetumal eran regularmente frecuentes. Él  era muy amigo de la familia Garabana, una prospera familia de comerciantes con grandes negocios en la ciudad.  En casa de ellos solía desayunar cada vez que llegaba. Merry, una negrita originaria de Belice, de dentadura blanca y de amplia sonrisa, era la cocinera que con esmerado empeño y mucho cariño atendía a tan famoso visitante.

Con frecuencia Pedro llegaba a Chetumal  acompañado de la bella actriz de los ojos verdes, Irma Dorantes. En ocasiones  Pedro también trajo a su hijo Pedrito a Chetumal. Como era su costumbre Pedro llevaba a su hijo a desayunar con Merry. El niño quedó fuertemente impactado por la dulce personalidad y la bondad de la buena mujer. Muchos años después, hecho Pedrito un hombre, en una entrevista en la televisión expresó que entre los bellos recuerdos que guardaba de su padre estaba el de sus viajes a Chetumal.  Allí había conocido personalmente, antes que nadie de sus compañeros, a “Merry Baker”, la negrita repostera cuya foto aparecía en las cajitas de los hot cakes.

Pedro llevaba también una muy entrañable  amistad con don Ruperto Prado y  su familia. Don Ruperto era un contratista que tenía la concesión para la explotación del chicle en la zona maya de  Santa Cruz. Don Ruperto   tenía su campamento en lo que hoy es la ciudad de  Felipe Carrillo Puerto. Me contó Rupertito, hijo de don Ruperto, conocido por nosotros sus amigos como “Chan Rup”, que en una ocasión Pedro salió del aeropuerto de Mérida en un pequeño avión informando a la torre que iba a dar la vuelta en los alrededores de la ciudad y regresaría pronto. Después de transcurridas varias  horas, ya cayendo la noche,  la torre de control entró en alarma pues había perdido contacto con la pequeña nave de Pedro. El pánico cundió en el aeropuerto imaginando un trágico accidente.  Felizmente, después de pasar momentos de incertidumbre,  la torre de control se enteró que el buen Pedro se había tomado la puntada de visitar  el campamento de su padrino Don Ruperto. La calma volvió a todo el personal de la torre de control. ¡Pedro había aterrizado y estaba sano y salvo  en Felipe Carrillo Puerto!

Dos incidentes casuales habrían de cruzar la vida de este grande personaje con la del que esto escribe: El primero fue cuando en una ocasión acompañé a mi padre al aeropuerto de la TAMSA a buscar un paquete. Pedro había llegado de su vuelo y le pidió a mi padre le hiciera el favor de llevarlo a la ciudad. Mi padre poseía una  antigua camioneta Chevrolet de palanca al piso de los años 30s. Aquellos vehículos que para arrancarlos se giraba la llave, se pisaba el choke en el piso y enseguida el pedal del acelerador. Papá quería a esa camioneta como a su novia  y la había arreglado y pintado con especial esmero. Recuerdo que Pedro, dirigiéndose a mi padre le dijo: un favorcito más viejito, déjame conducir tu camioncito. Desde luego contesto mi padre, mudo del asombro y gustoso por el honor. Adelante Pedro, adelante.  Con esa jovialidad característica de Pedro montó en la camioneta y al volante de la misma vino cantando aquella canción, que desde ese entonces se convirtió en  inolvidable para mí: Amorcito Corazón”.

El segundo incidente con Pedro fue en otra ocasión, antes del año de 1955, cuando mis padres me embarcaron en el avión de la TAMSA con destino a la ciudad de Mérida. Allí me recibirían mis abuelos y mis tíos. Yo tendría como seis o siete años y mis  padres me encargaron con la sobrecargo.

Recuerdo que la aeromoza me sentó en la primera fila del avión, enseguida de la puerta de la cabina de pilotos. Durante el vuelo subrepticiamente, con esa curiosidad infantil por ver lo que había dentro de la cabina,  abría y cerraba la puerta para ver el tablero de instrumentos del avión y a los dos pilotos de espaldas hacia mí. En una de esas uno de los pilotos volteó hacia mí y asustado cerré la puerta temiendo ser reprendido. Cuando nuevamente volví a abrir la puerta me di de cara con el capitán de la nave quien sonriendo, haciendo  señas, me invitaba a entrar a su cabina.

Lleno el estupor y curiosidad me fui acercando hasta el punto de darme cuenta que el piloto era Pedro Infante. ¡El Pedro Infante de las películas!  Pedro, muy amigablemente me preguntó mi nombre y durante el resto del vuelo me fue enseñando, ante mis azorados ojos y mi corazón henchido de la emoción, para que servían y como funcionaban cada uno de los instrumentos  del avión. ¡Fue la experiencia más fantástica y extraordinaria  de mi vida!

La noticia de su trágica muerte, un 15 de Abril del año de 1957, fue muy triste para mí. Con gran pesar  dije adiós a un gran ídolo de México y a un extraordinario ser humano que había dejado, en mi sensible corazón de niño de once años,  recuerdos imborrables.  De esos recuerdos imborrables que solo deja un gran amigo de la  infancia.

Mario.