RCN la que le gusta a ustedLa vida transcurría con esa normalidad cotidiana en un día como cualquiera. El ardiente sol del medio día se había ocultado entre la espesura de la selva, la laguna de Bacalar y el Rio Hondo. La brisa de la bahía y aquella noche tibia y húmeda habían llegado  como una bendición para refrescar el tremendo  calor del   sol, que había sobrecalentado las láminas de zinc o de cartón  de los techos de las casas de madera. Pintorescas  casas características de esta región del Caribe Mexicano.  La  ciudad, de pocas calles y  de escasos automóviles, crecía  rumbo al cerro en prevención de los huracanes y de las inundaciones que cíclicamente nos amenazaban. Esos muy terribles enojos  de la naturaleza,  que  habían dejado a su paso, sufrimiento y enseñanzas, y al mismo tiempo habían forjado nuestras costumbres y nuestra  forma  de enfrentar la vida. Una forma costeña de vivir  en amigable armonía  con la fuerza de los vientos,   la furia de las olas, y la adversidad.

Aquella noche  la radio local transmitía su  acostumbrada programación de música y noticias en  la XEROO, aquella estación de Radio Cadena Nacional, famosa por aquel su estribillo musical que de decía: “R C N, la que le gusta a usted”. Ubicada a las afueras de la ciudad sobre el camino a Calderitas,  en efecto era una estación de radio que, como su eslogan decía, nos gustaba a todos los que la escuchábamos. Nos gustaba porque  llenaba un gran espacio de diversión, distracción y esparcimiento. Memorables son hoy, para muchos de nosotros, las novelas de Kalimán  y su pequeño amigo Solín. Aquella inseparable pareja de personajes  de aventuras, de acción, de valentía  y de justicia. Quien de los niños de la época no querría  encarnarlos. Quien no hubiera querido encarnar al hombre del turbante distinguido por ser: “Caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, e implacable con los malvados”.  Tales eran los atributos del mítico personaje.

Otra de las novelas de gran popularidad de aquella época de finales de los 60s fue la de  Porfirio Cadena, “El Ojo de Vidrio”. Estas dos grandes series radiofónicas con sus efectos de sonido hicieron  volar nuestra imaginación y nos transportaron  a escenarios épicos y  fantásticos.  Novelas de la radio que llenaron toda una etapa de la vida de ese tiempo,  en el que no existían  los aparatos de televisión. En cada casa  no podía faltar un radio de transistores, ya sea de corriente o de baterías. Las señoras, desde su batea, tendiendo su ropa o desde su cocina, a eso de las once de la mañana, escuchaban sin faltar, casi religiosamente,  su radio y sus novelas.    Fueron muchos los bebés,   hombres y mujeres de ahora, que  fueron arrullados  con un radio a su lado, escuchando las radionovelas.  Muchos de esos bebés de antaño comentan que solo escuchando a Kalimán se dormían.

Recordar aquella estación de radio es recordar a sus locutores: Enrique Aguilar, Primitivo Alonso, los dos hermanos  Boeta, Herbert Carrillo, Cristóbal Terrazas, el Sr. Rubio, el Popo, Ángeles Contreras y otros que escapan a mi memoria.  Recordar aquella vieja radiodifusora es remontarse y viajar en el tiempo a un pasado carente de los adelantos modernos de hoy, pero con mucha imaginación y sustancia. Tiempos de menos juguetes y gran diversión en los que nuestro  sentido del oído y capacidad de imaginación,  superaba en gran medida la tecnología “blue ray”  o la tecnología de alta definición de las pantallas de televisión de ahora.

Como comentaba inicialmente, la difusora se ubicaba sobre el camino blanco sin petrolizar que conducía a Calderitas. Era una edificación  bien construida  de mampostería  que contaba con  oficinas y cabina  de locutores  al frente, y con una caseta con una planta de luz y con  una muy alta antena de transmisión al fondo. Se extendía en aproximadamente una hectárea de terreno bardeado con alambre de púas que limitaba con el  monte y la maleza. La cabina de locutores contaba con un amplio  ventanal desde el que  se podía ver el exterior.

Aquella noche, Ángeles Contreras, la joven locutora, miembro  de una muy antigua y apreciada familia  de la ciudad, transmitía desde su cabina de locutores. Serían como las nueve de la noche y acababa de llegar el velador del edificio para cumplir con su turno de trabajo hasta el amanecer.  Don Takaminí,  o don Taka, como le decíamos,  era un viejo conocido de todos, padre de una numerosa familia de amigos de apellido Viera Abraham. El señor Viera había trabajado toda su vida como músico en la banda de la policía y era autor de piezas musicales muy en boga y bailadas por todos”. Piezas musicales obligadas en todas las fiestas que eran parte del repertorio de los mejores  conjuntos como “Eli Combo” y “Benito Mercerón”. El señor Viera complementaba su salario de músico como  velador de la estación de radio.

Inesperadamente un hecho inusitado de violencia criminal habría de romper la paz y la tranquilidad en que vivíamos. De pronto, este recinto transmisor de música, noticias y diversión, se convirtió en un infierno: Empezamos a escuchar por la radio la voz  de angustia  de Ángeles, la locutora, pidiendo  desesperadamente auxilio y gritando  al aire que la querían asesinar. Decía con voz jadeante  que acababan de matar a cuchilladas al velador y  que el asesino pretendía  entrar a la cabina a matarla a ella. Mientras salían al aire sus gritos de angustia el asesino luchaba  por forzar la puerta de la cabina y ella también luchaba por salvar su vida.   Mientras todo eso sucedía los habitantes de la ciudad, llenos de angustia, impotencia  y pánico, oíamos  a la distancia sin poder ayudarla.

De un caserío a corta distancia  de la difusora, Rodolfo Loya, un valiente lugareño proveniente de “Nicolás Bravo”, aquel poblado conocido como el kilómetro setenta y uno, oyó por la radio los gritos de auxilio. Loya había vivido muchos años en aquel  poblado cercano a la ciudad famoso por su gente temeraria y aguerrida. Al escuchar los gritos de angustia de Ángeles, en un acto de  heroicidad admirable, acudió al lugar,  enfrento  y sometió al criminal y con ello salvó la vida de la locutora.

Al reseñar este episodio trágico  de la ciudad, quiero a la vez rendir merecido homenaje a un hombre valiente, un hombre del pueblo que dejó para la historia una muestra de  heroísmo ejemplar.

Mario

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