Huracanes Q.  RooEl 27 de septiembre de 1955 el huracán Janet azotó Chetumal. Me contaba mi abuelita Cecilia (q.e.p.d.) , que en ese entonces ella tenía 18 años, y ya tenía a mi tío Emisael y a mi tía Magda de 3 años y 2 meses. Ella vivía con mi bisabuela (su suegra) y mi abuelito, quien ese entonces era militar. Ya habían pasado 3 días que anunciaban la llegada del huracán, y la gente ya no creía en los pronósticos. Ese día, desde la mañana, pasaba un carro anunciando con bocinas que se resguardaran, que el huracán entraría en la tarde y que sería mejor que aseguren sus casas. Pero nadie hizo caso, pensaron que era una falsa alarma más.
A mi abuelo lo acuartelaron por precaución, en ese entonces el cuartel militar quedaba en el boulevard bahía donde actualmente está el faro. Mis abuelos, junto con mi bisabuela y mis tíos, vivían en una casa de madera que rentaban en barrio bravo, cerca del cuartel. Esa noche como a las 8, hacia un clima templado, el cielo estaba despejado totalmente y las estrellas brillaban en el firmamento; es por eso que con mucha menos razón se imaginaron la catástrofe que estaba por venir. Para las 9 de la noche se empezó a formar una nubosidad muy espesa y de un color rojizo muy sospechoso, el viento empezó a dejarse sentir fríamente y algunos escépticos empezaron a tomar precauciones. La vecina de mi abuela, su comadre, llego a su casa y le dijo: Comadre creo que sí va a entrar el mal tiempo, ya se empezó a sentir el viento. Vengan aquí a la casa, ya ve que esta nueva y la construyeron con madera de palma y eso nada la tira.
Así que con suegra y chamacos mi abuela jaló hacia la casa de la comadre. Se acomodaron y acostaron a los niños pero la lluvia se soltó y el viento tenía un silbido agudo que las inquietaba. Trataron de tranquilizarse y se dispusieron a dormir. Pero no paso mucho tiempo, cuando a las 11 de la noche el viento era tan fuerte que hacia un ruido como si hubiera aviones o helicópteros en el cielo. El ruido las despertó y el viento era tan fuerte que sucedió lo inevitable: el techo completo de la casa se desprendió como si de la tapa de una caja de zapatos se tratara. Comenzaron a gritar horrorizadas mientras la lluvia las mojaba y el viento revolvía todo y lo sacaba volando por los aires. Mi bisabuela tomo a mi tío Emisael en brazos y mi abuela a mi Tía Magda y salieron corriendo a la calle buscando un lugar donde refugiarse. Se agarraron de las manos y corrieron lo más rápido que pudieron, pero el lodo estaba pegajoso como chicle y los zapatos de mi abuelita quedaron atascados.
Ella siguió su camino descalza, el objetivo era salvarse. Todas corrían buscando llegar a la avenida Héroes y tenían que subir el cerro para llegar a la parte alta de la ciudad, pero una fuerte ráfaga de viento las levantó como si fueran de papel y las aventó por separado. En la oscuridad de la noche no pudieron ver donde quedo una de otra. Mi abuelita cayó hincada lastimándose fuertemente las rodillas. Pero por nada del mundo soltó a su bebe de 2 meses de nacida. Como pudo se arrastró hasta atrás de una barda para refugiarse. En ese momento pasaba un señor que traía cargado a dos niños y luchaba contra el viento para avanzar. La miró y le dijo: Muchacha si quieres salvarte agárrate de mi cinturón bien fuerte. Ella no dudó y se aferró, avanzaron como una esquina cuando de repente 2 señores salieron corriendo de una casa y los ayudaron a entrar. Pero no podían ver bien porque apenas la luz de unas velas les dejaba ver las siluetas de un grupo de 20 personas y un perro que se habían refugiado en ese hogar.
Apenas entraron ellos los hombres tomaron unas maderas y clavaron la puerta para que el viento no pudiera abrirla, con la fuerza brutal que tenia. Como pudieron se acomodaron en la casa a esperar que pasara el huracán; todos comenzaron a rezar para salvarse. Las mujeres y bebes lloraban y todo era desolación en la oscuridad de la noche. Así pasaron varias horas que parecían eternas, hasta que alguien sintió que se le mojaban los pies y prendió una vela e iluminó y vieron como el agua empezó a entrar bajo la puerta como cascada y en segundos empezó a hacerse un remolino por toda la casa. Todos gritaban y se subían a la mesa, las sillas, el estufa y donde fuera posible salvarse. Se acomodaron como pudieron y solo quedaba la esperanza y la bendición de Dios para que se salvaran. Eran las 5 de la mañana, el cansancio, el miedo y la desolación los tenía a todos desesperados. En la mesa había unas 10 personas, las que estaban al centro tomaban por la cintura a los que estaban en las orillas, para evitar que se cayeran. Pero una señora fue vencida por el cansancio y su bebe se le resbaló y murió ahogado; nada se pudo hacer, estaba oscuro y el agua les llegaba al pecho, y eso que todos estaban sobre muebles. Los dueños de la casa tampoco pudieron hacer nada por su perro que también pereció. Como a las 7 de la mañana el agua comenzó a descender y ya pudieron bajarse de los muebles.
Abrieron las puertas y las ventanas y sucedió el milagro. Mi bisabuela junto con mi tío Emisael estuvieron todo el tiempo en la misma casa, otras personas les habían ayudado a llegar hasta el refugio pero la oscuridad de la noche y el estruendo del huracán no les permitió verse ni escucharse. La ciudad era un caos, todas las casas eran un montón de escombros y había cuerpos por todos lados. Las tiendas de la av. Héroes eran saqueadas por sus laterías, frutas y había quien se robaba las joyas esparcidas en la calle. La gente caminaba desolada, llorando y parecían ausentes. Los militares recorrían la pequeña ciudad para congregar a las mujeres y niños que sobrevivieron, pues las llevarían a Mérida en avionetas mientras que los hombres se quedarían a ayudar a reconstruir lo que se pudiera de Chetumal.
Mi abuelo que como comente en un principio, era militar en aquel entonces. Siempre me dijo que los números que manejaron en cuanto a muertos fue mentira pues ellos tuvieron que hacer fosas enormes para echar los cuerpos que eran tantos que tenían miedo de epidemias y les ordenaron quemar los cadáveres. Una de las fosas me comentaba fue hecha en lo que hoy conocemos como Coppel Canadá sobre la Av. Héroes.
Claro que esta información jamás se hizo oficial en aquel entonces. Los militares sufrieron mucho en el proceso pues repartían la comida a la población y solo se racionaban las sobras de galletas animalitos. El agua era escasa. Así que acompletaban con agua y carne de coco para llenarse y aguantar las jornadas pesadas de reconstrucción .Había avionetas que solo llevaban niños huérfanos que se quedaron absolutamente sin nadie en este mundo. Ellos jamás regresaron a Chetumal, pues los dejaron en Mérida en una casa hogar. También hubo mujeres que perdieron a su marido (otras no) que tampoco regresaron pues comenzaron relaciones con los militares del refugio donde llegaron. Mis abuelos perdieron todo en el huracán Janet. Hasta el vestido de novia de mi abuelita, documentos y demás. Solo queda una foto poco nítida del día en que se casaron y que el agua afecto. Fue tal el trauma que mi abuela se alteraba al saber que iba a haber algún Huracán y se preparaba, hacia pan de levadura y tortillas de harina. Resguardaba sus documentos en bolsas. Afortunadamente nunca más volvió a vivir otra tragedia similar (a excepción del huracán Carmen, pero esa es otro capítulo).
Y así fue como la vida de estos chetumaleños se desarrollo y tuvieron 12 hijos, una de ellas mi mami Lucy y aquí estoy yo, contándoles una de las tantas historias. En esta ocasión trágica pero que es importante como parte de la historia de Chetumal. Vivir la vida saberla gozar, vivir la vida estilo Chetumal.
Un Chetumaleño de Buena Cepa.
Ranier Ortega.

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