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Imagen del puerto en los años 30s.

Continuando con las remembranzas  de lo que fue el viejo Chetumal hoy me referiré  a aquellos años en los que,  a falta de carreteras,  las únicas vías de comunicación de la ciudad con el exterior eran por aire y por agua. La transportación en avión se hacía por las dos únicas líneas aéreas: TAMSA y Mexicana de Aviación quienes volaban dos veces por semana y cubrían las necesidades de transportación de  un reducido número de pasajeros y de carga.

El  manejo de la carga pesada y el abasto de la población se hacía mayormente por agua en  barcos de reducido tonelaje y poco calado, mayormente  gabarras.  El principal producto de exportación era la madera, que en sus especies de cedro y caoba, tenían gran demanda en el mercado nacional e internacional. El segundo producto de exportación era el chicle comercializado por la Federación de Cooperativas Chicleras. Estos dos productos, además de los militares y los burócratas, fueron  por muchos años los  pilares en que descansaba la economía de la de la capital del Territorio.

En la primera mitad del siglo pasado la explotación forestal atrajo a Payo Obispo y luego Chetumal gente de todas partes de la República.  Los campamentos Chicleros y madereros estaban enclavados en  puntos muy profundos de la selva. Tanto  los pequeños comerciantes como las importantes casas comerciales del Territorio veían en el inicio  de las temporadas del chicle y la caoba la mejor época del año para sus ventas.   A los chicleros y caoberos como  a los campamentos se les vendía comestibles, ropa, zapatos, machetes, útiles y enseres. Al fin  de cada temporada, cuando bajaban esos hombres del monte, la ciudad experimentaba mucho movimiento con los  “Los Chicleros”,   como eran conocidos los trabajadores  de los  campamentos,  gente que  después de  largos meses aislados bajaba al pueblo a cobrar su raya y a gastar desenfrenadamente el fruto de su muy rudo y peligroso trabajo. Los salones cerveza y las casas de citas hacían su agosto con aquella gente montuna,  ávida de placeres y diversión, quienes con frecuendia eran víctimas de estafafadores.

Santa Cruz Chico,  situado en la parte más septentrional de la laguna de Bacalar, hoy “Pedro Antonio de Los Santos”, era la bacadilla y el campamento maderero desde el cual, rumbo al Sur, se remolcaban las grandes trozas a lo largo de la laguna de Bacalar. La operación de arrastre se hacía con pequeños, pero potentes barquitos a motor, que remolcaban los flotantes troncos, amarrados por cadenas,  hasta la Laguna Mariscal, donde los remolcadores con su cola de maderos, serpenteaban  por la zona lagunar, pasando por el estero de Chac,  hasta llegar a la confluencia con el Rio Hondo. Remolcadores como “El Fanchote”, procedentes de Saxán  y de Santa Cruz Chico, navegaban rio abajo y llegaban a Santa Elena, hoy Subteniente López, donde  estaba la MIQRO fábrica de triplay y el aserradero de  Aguilar. Allí unos dejaban su carga y otros seguían rio abajo  hasta  la bahía la bahía hasta el aserradero de Asencio..

A lo largo del lado mexicano del rio flotaban, a manera de balsas,  largas filas de trozas  aguardando su turno para ser aserradas y convertidas en tablas. Era tal la cantidad de trozas que caminando sobre ellas se podían recorrer muchos kilómetros. Era diversión y motivo de competencia de los niños y jovenes de la rivera nadar por debajo del mayor número de trozas. No fueron pocos los casos  de ahogados como consecuencia de tan peligrosa competencia.

Muelle de Chetumal2Llegar al puerto desde el rio era contemplar un pintoresco paisaje: Al   lado derecho se veía el manglar y se extendía la costa beliceña con “Punta Consejo” a la distancia. En la desembocadura, como centinelas siempre estaban fondeadas las gabarras que se utilizaban para la transportación de la madera  proveniente de los aserraderos con destino a  puertos como  Jacksonville y Nueva Orleans. Otro fiel vigilante permanente del puerto era una draga que era la encargada de dar mantenimiento al canal de navegación de la bahía.

Había también permanentemente fondeadas en la desembocadura del rio, como parte del paisaje del puerto, dos pequeñas embarcaciones de madera del señor Noverola,  un viejo lugareño llegado del lado beliceño, que comerciaba con la arena escarbada por la draga. Esa arena del fondo de la bahía, en vez de polvo de piedra, era utilizada como material de construcción en las pocas edificaciones de ese material que existian, entre ellas el nuevo palacio de gobierno. Siguiendo el recorrido desde el rio, más adelante estaba el pequeño  muelle de atraco, que a su vez era la  antesala al caserío de construcciones de madera que había comenzado a extenderse por la costa medio siglo atrás desde la llegada del pontón y del teniente de fragata Othón Pompeyo Blanco Nuñez de Cáceres. Construcciones de estilo inglés que albergaban las oficinas del pequeño puerto y las casas los lugareños, comerciantes, campesinos y fundadores  de Payo Obispo, hoy  Chetumal.

El puerto tenía también pequeños astilleros para la fabricación y reparación de embarcaciones de madera, éstos se ubicaban a orillas de la bahía.  Recuerdo el de Mr. Dick, que se ubicaba al lado izquierdo de la desembocadura del rio muy cerca del aserradero del señor Carlos Asencio, lugar  donde se aserraba la madera de Santa Cruz Chico. Enfrente del aserradero de Asencio estaba el del señor  Federico Aguilar,  y  siguiendo la costa, entre el muelle y la desembocadura del rio, estaba el rastro público, sitio de la costa donde  la sangre y las vísceras de los animales beneficiados descargaban a la bahía. En ese viejo lugar recuerdo haber caminado sobre un gran tubo de desague que descargaba a la bahía, donde . pululaban miles de bagres. A este rumbo del puerto se le conocía como el barrio del “Julubal”.

Más adelante, en dirección al Este,  estaban los llamados chiqueros: espacios cercados dentro del agua donde  encerraban enormes tortugas y cahuamos descargados por los botes de pesca. La carne y los huevos de tortuga eran comunes en las dietas de muchos de nosotros. Las tripas  de los pescados  y de las tortugas, despues de beneficiados, se arojaban al agua para alimento de otra gran concentración de miles de bagres que permanente había a un costado del muelle. Observar el  frenesí   de esos bigotudos  peces en su lucha por devorar los despojos de los peces beneficiados, era un verdadero espectáculo que uno podía observar por las mañanas,  cuando acudíamos al muelle a comprar el pescado fresco.

Los patios de la aduana estaban en lo que ahora es el parque frente al palacio de gobierno. Allí se apilaban los tambores de combustible y otras mercaderías que no cabían en las pequeñas bodegas de la aduana, bodegas que estaban donde ahora están las oficinas de SAT. En aquellos años que recuerdo llegaban al puerto, provenientes de la Florida,  Nueva Orleans, Veracruz, Puerto Barrios, Progreso  y otros puntos barcos como: El Caomex, con su capitán Cooper, el Curvosier, El Privatier, El Corsario, El Juanita, El Antonio Sánchez, El Melinda, y El Andrés Quintana Roo, entre otros. El pequeño muelle contaba  con una diminuta vía férrea con carritos que alijaban la carga de los barcos a las bodegas de la aduana. Más adelante estas rieles fueron retiradas y el alijo se comenzó a hacer con pequeños camiones  del sindicato de alijadores. Las principales casas comerciales como La  Garabana, La Aguilar y La Angulo, eran los que manejaban el mayor volumen de carga de la época.

La Casa Angulo, con Don Mariano al frente,  tenía la representación de las navieras y se encargaba de la carga de los barcos, los cuales, antes de atracar,  fondeaban a la distancia, a la altura de Consejo. En un botecito  que salía  del muelle, a cada llegada de barco, debía de ir un  representante de la naviera acompañado de los representantes de Migración, Aduana, Salubridad y Capitanía de puerto, a inspeccionar el barco antes de su atraco al muelle fiscal.  Así era como se le daba entrada al puerto a aquellas embarcaciones, mismas que al fondear izaban sus banderas de colores: la bandera  azul,  con líneas blancas, indicaba que el barco estaba completamente detenido y fondeado, la bandera amarilla indicaba que el barco había pasado la inspección sanitaria y dispuesto al atraque. No siempre  el atraque  se podía hacer enseguida, porque en  muchas ocasiones  habia que esperar que el nivel de la marea lo permitiera. Había otras embarcaciones que no atracaban, especialmente  gabarras como la Sana Elena,  que entraban directamente al rio a cargar madera  de los aserraderos ubicados en la rivera del rio, como era el caso del aserradero de Saxán de Caobas Mexicanas, el de los Aguilar en San Elena, y el de la MIQRO.

Con la apertura de las carreteras a Mérida y Campeche, y con  los huracanes que  azolvaron el canal de navegación, el puerto fue perdiendo su dinámica actividad  hasta convertirse en lugar de atraque de muy pequeñas embarcaciones de la armada de México y otras de pesca deportiva. Tiempo después  la aduana se trasladó del muelle al puente internacional de Subteniente López y los productos, importados de diversas partes del mundo, durante el auge del comercio de importación,  se empezaron a hacer por el puerto de Belice. Así fue como el puerto fue perdiendo importancia. Por muchos años quedó  inoperante  como lugar de  carga y descarga de mercaderías. Pero hoy vemos con mucho agrado que comienza a recobrar su antigua importancia  funcionando como punto de atraque de embarcaciones que traen turismo proveniente de la isla de San Pedro Belice.

Para los que fuimos testigos de buena parte de  esos tiempos y esta historia,  ver la reactivación del puerto es recordar esa época con gran nostalgia,  e  imaginariamente regresar a  esos pristinos   tiempos  en los que todo lo nuestro transcurrió  en torno al puerto, al chicle, y  la caoba.

MARIO.

 

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