Escuela Belisario Donínguez 1933

La primera Escuela Belisario Dominguez 1933

Procedente del puerto de pescadores de Chicxulub, donde millones de años atrás había caído el aerolito que cambió la faz de la tierra y acabó con los dinosaurios,   desafiando la bravura de aquel mar proceloso donde se encuentran las aguas del Golfo de México con el Mar Caribe, “El Marucha”, un bello pailebote de motor y grandes velas,  navegaba con destino al más remoto punto al Sur de la península: Aquel lugar de agreste vegetación del que se hablaba tanto y en el que  se decía había abundante  trabajo para todos. Aquella lejana región del país, frontera con Belice, donde se habían refugiado los mayas  después de terminada la cruenta guerra de castas.  Lugar de espesa selva en la desembocadura del rio Hondo donde, por muchos años,  fue el refugio de  piratas y contrabandistas, que cobijados por un gobierno extranjero, alentaban a los indios que habían puesto en constante jaque a los gobiernos de la península y de la República.

Corría el año de 1933 y a bordo de aquella embarcación viajaba con su familia un hombre de semblante sereno que había estado, después del triunfo de la revolución de Madero, en Chan Santa Cruz de Bravo, cuando ésta había sido devuelta a los indígenas. Allí había expuesto su propia vida, enfrentado al General May en defensa del derecho de los hijos de los mayas de la región a aprender a leer y escribir.  Tratando de impedir  aquella  noble labor, el general May, abiertamente opuesto a la educación impartida por los blancos y el gobierno, en repetidas ocasiones  lo había secuestrado y abandonado en plena selva. No obstante con firmeza y gran vocación había regresado el mismo número de veces  y hecho funcionar su pequeña escuelita.

Tales eran las convicciones y la estatura moral de aquel maestro de primaria  al que se le había indicado trasladarse a Payo Obispo a desempeñarse como maestro y director  de una escuelita en el remoto poblado de “Calderitas”. En compañía de su esposa  y de sus hijos iba en busca de una nueva vida a esa remota región que había sido lugar de castigo de delincuentes  y de gente desafecta al régimen. El viaje  de tres o cuatro días de camino implicaba para el maestro y su familia padecer grandes dificultades.  La  embarcación no contaba con servicios sanitarios ni camarotes para aquellos sencillos y humildes pasajeros que viajaban sobre cubierta expuestos a las constantes lluvias, el inclemente sol del trópico, la humedad  y el sereno. Mientras  con impotencia veía como el vaivén de las olas  hacía estragos en el estomago de su familia, preocupado pensaba en los largos días  de camino que aún faltaban por recorrer.  Sabía que debían navegar  costeando hacia el Oriente, hasta alcanzar Cabo Catoche donde su embarcación tomaría hacia el Sur.  Pasarían por   Isla Mujeres, Cozumel, Tulum, Boca Paila, las bahías de la Ascensión y del Espíritu Santo, Vigía Chico y toda la larguísima costa, sembrada  miles de cocoteros, hasta llegar a Xcalak. Seguirían rumbo al Sur hasta alcanzar aguas beliceñas. En ese punto se internarían en las bajas aguas de la Bahía de Chetumal y navegarían por el canal de navegación hasta llegar a su destino final: la tierra promisoria que le ofrecía trabajo y mejores oportunidades.

Al arribar al muelle de aquel pintoresco pueblito de bonitas construcciones  de madera asentadas en postecitos enterrados en el suelo, con aquellos techos rojos en forma de pico, con corredores y barandales que simulaban casitas de muñecas,   “Rodrigo”, de apenas seis años de edad, fascinado por todo aquello que veía, preguntó a su padre: ¿Donde estamos papá? En tono ceremonioso, con aquella seguridad de quien tiene clara la visión de su futuro, el hombre contestó: Hijo estamos en Payo Obispo, Capital del Territorio de Quintana Roo. “Aquí viviremos, aquí sembraremos, aquí habremos de ver crecer nuestros frutos, y ésta será, a partir de hoy, nuestra tierra”.

Rodrigo pasó a vivir en una de las casitas de muñecas de techo rojo, de pisos y paredes de madera, y de troncos sembrados en la tierra. Nacido en Mérida había crecido con su abuela en una pequeña población de Yucatán donde había aprendido las primeras letras. No le tomó mucho adaptarse a la vida del primitivo pueblito. Contrario a lo que se decía, la gente allí era amable y en el ambiente se respiraba orden y calma, tranquilidad y paz. Con frecuencia acompañaba a su padre a Calderitas, bordeando la bahía por aquellas veredas que serpenteaban entre cocales, y pasaban por el  ranchito de “Juan Luis”.  Le encantaba ir al cine “Juventino Rosas” y admirar, al centro de  la calle del mismo nombre, la torre del reloj,  que se encontraba en el corazón del pueblo.  La escuela, donde cursaría el primer año de primaria era de madera con techos de lámina de zinc. Sus pisos, también de madera,  se sostenían sobre troncos sembrados en el  suelo, en un terreno donde al escarbar 50 centímetros aparecía el agua.  Sus salones eran amplios y estaban frente a un espacioso parque donde los lugareños jugaban beisbol. Lugar  que más adelante, quizá por las características del suelo,  llamarían: “El Parque de los Caimanes”. La escuela tenía en el frente un gran letrero que decía: “Escuela Primaria Belisario Domínguez” y según se supo después, años atrás habían servido para albergar la compañía militar que vigilaba el pequeño puerto en  la frontera de México con Belice.

En aquella escuela de madera, donde descubrió su afición al estudio, al deporte y a la declamación, Rodrigo comenzó también a cultivar la vocación, que al igual que su padre, habría de regir su futuro.  Poco tiempo habría de funcionar aquella escuela frente al parque, pues tiempo después, al pie del cerro, el  Gobernador Rafael E. Melgar construyó una enorme  y muy bonita escuela de mampostería con todos los servicios. La nueva escuela  ahora se llamaría: “Escuela Socialista Belisario Domínguez”. Allí Rodrigo se educó en el agrarismo y cultivó  el valor de la solidaridad con las clases más pobres y necesitadas. Allí  cantó a coro con sus compañeros aquello que decía: “Marchemos agraristas a los campos a sembrar la semilla del progreso, marchemos, siempre unidos sin tropiezos, laborando por la paz de la nación”. 

El presidente de la república era el General Lázaro Cárdenas del Rio y recientemente  había devuelto el Territorio Federal de Quintana Roo a los quintanarroenses.  Su simpatía entre la población,  mayoritariamente proletaria, tenía dimensiones de idolatría.  Además de la escuela Belisario, donde  se daban desayunos escolares gratis a los niños más pobres, bajo la presidencia del general también se había construido aquel enorme  aljibe de techo de lámina,  donde se captaba el agua de la lluvia para abastecer a la población en las largas temporadas de seca.

Fue en ese ambiente de cordialidad y simpatía, entre el presidente y el pueblo, que en una de sus visitas el mandatario ofreció a Rodrigo llevárselo a la ciudad de México a continuar sus estudios. Para el profesor, su padre, entonces director de la escuelita de “Calderitas”, el gesto de gran bondad del presidente tenía dimensiones fantásticas. No obstante,  permitir la partida del niño  tenía sus peros. La capital de la República era un lugar muy lejano y tenía muchos riesgos para un niño tan pequeño y campirano como Rodrigo.  Ante el razonable temor de los padres  el presidente le ofreció al niño una beca para estudiar en una escuela normal rural, ubicada en el vecino estado de Campeche.

Fueron muchos los años que pasó aquel jovencito en el  internado hasta casi graduarse de  maestro normalista. Sus estudios se vieron interrumpidos por el llamado al servicio militar obligatorio que inicialmente comenzó en la ciudad de México y lo continuó en el campo militar insurgente “Pedro Moreno”, en la ciudad de Guadalajara, donde lo concluyó finalmente.

De regreso a casa, con la ayuda de su padre,  Rodrigo comienza a dar clases en su primera escuela mientras continua sus estudios en Instituto Federal de Capacitación del Magisterio y obtiene el título de maestro normalista. Ha sido larguísimo el camino que como docente Rodrigo ha recorrido por la geografía del Estado. Estuvo muchos años en Cozumel y ha estado en muchísimas comunidades rurales donde  ha recibido innumerables muestras de cariño. En ellas, además de profesor,  ha sido consejero, juez, médico y guía espiritual. Durante la Campaña Nacional de Erradicación del Paludismo, colaboró con el personal de la Secretaría de Salud tomando muestras de sangre. Fueron muchas las veces que, adentrándose en lo profundo de la selva, llevó, hasta el ranchito más humilde y apartado, “pastillas de quinina”  o de “Aralén” a campesinos contagiados que, abrazados por la intensa fiebre, tiritaban víctimas de la llamada “Malaria”.

Hoy jubilado, a 87 años de su nacimiento, con 43 de servicio ininterrumpido,  y con la gran satisfacción de haber contribuido a formar a innumerables generaciones de estudiantes, Rodrigo cuenta entre sus ex alumnos prominentes personas de la vida social y política del Estado,  y hace unos años recibió el más caro anhelo de su vida: la medalla al mérito docente “Ignacio Altamirano”.

Plateadas sus sienes y con la mente lúcida, Rodrigo vive hoy en compañía de su esposa,  sus hijos y  sus nietos,   disfrutando de una digna  pensión y coleccionando muestras de cariño y de respeto por doquier.   Al conducir su automóvil por las amplias avenidas y disfrutar de los adelantos de la gran ciudad con sus edificios, sus plazas y sus parques, los  ojos de Rodrigo se humedecen y su pensamiento vuela al recordar aquel pueblito de casitas de muñecas. De nuevo parece escuchar la voz de su padre cuando le decía: “Aquí viviremos, aquí sembraremos, aquí habremos de ver crecer nuestros frutos, y ésta será, a partir de hoy, nuestra tierra”.

 

 

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