IracundiaImbécil fue la sola palabra.  Dura, contundente, expresada con un ceño fruncido y gestos ofensivos.  Al reclamo vinieron los hechos. Los dos hombres que en sus vehículos estuvieron a punto de chocar, se apearon y se fueron a los puños. Uno rodó por el suelo. El otro corrió, abrió la guantera de su automóvil, extrajo un revólver y disparó, justo en el momento en que su eventual contrincante intentaba pararse. Y esa palabra “Imbécil”, costó la vida de una persona.

 Días después al escuchar la sentencia de condena a veinticinco años de cárcel, José María sólo atinó a musitar:

-“No quería matarlo, de verdad, no quería hacerlo”.

 De nada valieron sus explicaciones sobre el rapto de ira que lo encegueció. Todos clamaban justicia, y las autoridades obraron conforme a los códigos penales.  Hoy José María purga su condena en un penal, y una y otra vez da vueltas al incidente. Recuerda que frenó al ver cómo se le atravesó otro carro.  Estaban en un cruce de vías.  Iba deprisa para acudir a una cita odontológica, por eso el incidente le molestó. Y lo primero que expresó fue indignación con un sonoro “Imbécil” que el otro conductor interpretó como un agravio y decidido retó para pelearse.

-“Todavía tengo grabada la expresión de angustia cuando me vio con el arma. Esos ojos que no puedo borrar de mi mente parecían gritarme que no disparara.  Pero lo hice. Simplemente no pensé.”

 Es evidente que las palabras ejercen una poderosa influencia en nuestras vidas y en las de quienes nos rodean. Las palabras bien pueden fortalecer una amistad, estimular a la persona amada o destruir a amigos y conocidos.  Y lo grave, es que las heridas más difíciles de olvidar, son las heridas del alma, provocadas por palabras y gestos ofensivos.

 ¿Cuántos matrimonios no terminan en problemas justo porque uno de los cónyuges no guardó silencio?;  ¿cuántos negocios no se echan a perder porque uno de los interesados dice algo que ofende a su cliente?;  ¿cuántas amistades se echan a perder por una palabra dicha en el momento menos indicado y en las circunstancias menos apropiadas?

 Calcular las consecuencias: Cuando evaluamos nuestras actuaciones, lo más probable es que tendremos una sumatoria de problemas producto de no saber decir las cosas. Hablar es todo un arte. Es necesario examinar y medir las consecuencias de cada palabra. Si aprendemos a decir las cosas, de seguro nos evitaremos muchos malentendidos.

 En discusiones, lo más indicado es dialogar, no gritar: Cuando por alguna circunstancia surge una desavenencia, lo más prudente es bajar el tono al volumen de nuestras palabras. Si gritamos al igual que nuestro interlocutor, probablemente terminaremos en una acalorada discusión.  Experimenta este principio de vida:  Cuando alguien eleve la voz, tú conserva la calma, y podrá comprobar que el cruce de palabras no llegará a mayores.

 Es preferible callar para ganar: Una tendencia humana frente a las agresiones de los demás, es reaccionar en igual tono o con mayor irascibilidad. Y actuar así con mucha frecuencia agrava los problemas.  Quien tiene la serenidad para callar, es quien verdaderamente lleva las de ganar en una discusión. Cuando tú guardas silencio, la presión sanguínea y la actitud asumida tienden a la normalizarse, y en casos complejos, lo más indicado es recobrar o conservar la serenidad.

 Pensamiento Positivo. El tratar de revivir el pasado o predecir el futuro, puede impedir lo que va a suceder, o puede impedirme disfrutar el momento presente.  Por tanto, hago el compromiso de vivir en el ahora, con la seguridad y el conocimiento de que DIOS está a cargo y todo está bien.

 Si alguna vez siento que las complejidades de la vida me agobian; recordaré que sólo puedo vivir un día a la vez.  Sé que tengo la fe, la fortaleza y el valor de transformar cualquier reto en una oportunidad de crecimiento espiritual.  No permito que los recuerdos se interpongan en el camino del bien.   Dejo ir el pasado y abro las puertas a un nuevo bien.  Vivo en el ahora, dando gracias por el bien que cada día contiene, hago lo mejor y dejo el resto a DIOS.  ¡Cuánto mejor es la sabiduría que el oro, y el entendimiento que la plata!

 Fernando Alexis Jiménez

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