Casitas de pescadores en Banco Chinchorro

Casitas de pescadores en Banco Chinchorro

Era un día de verano y en compañía de un gran  amigo y compañero de escuela me alistaba  a una gran aventura. Con gran emoción me preparaba  para mi primer viaje en un pequeño barco pesquero por la bahía de Chetumal con rumbo al banco “Chichorro”. Aquel arrecife del que había  escuchado historias de mar que en mi mente  tomaban dimensiones fantásticas. La serie aventuras de Chanoc y su viejo padrino Tsekub Balollán en el puerto de Ixtak estimulaban mi imaginación. El  “Cachorro”, como llamaban a Chanoc en el puerto, era un joven y atrabancado pescador de perlas a quien su sabio padrino Tsekub, tremendo bebedor de cañabar, trataba de encaminarlo por el buen camino. Por la similitud entre  Ixtak e Xcalak, dos palabras muy parecidas,  imaginaba esas  historias en nuestras costas del Caribe y ardía en deseos de visitarlas.

El viaje a Chinchorro, saliendo de Chetumal, implicaba navegar hacia el  Sureste por las bajas aguas de la bahía.  Recorreríamos   “El farito”, “Punta Calentura”,  “Cayo Judío”, el “Canal de Zaragoza” y Bacalar Chico,  hasta llegar a aguas beliceñas. Pasaríamos a las espaldas de la Isla de San Pedro y seguiríamos  en dirección a Cayo Jicaco. En ese punto entraríamos  a las azules aguas del Mar Caribe y navegaríamos   hacia el norte  pasando antes, por fuera del arrecife, frente a San Pedro, el Canal de Zaragoza e Xcalak, hasta llegar Chinchorro.

Chinchorro con sus tres cayos: Cayo Lobos, Cayo Centro y Cayo Norte, era un lugar de abundante pesca, de aguas cristalinas, de galeones hundidos y barcos mercantes encallados.  Conocido internacionalmente por ser  una barrera natural  de arrecifes de coral, es parte de la reserva del  gran parque marino  de Xcalak y   también   uno de los atractivos naturales de las costas de Quintana Roo.  Como el atolón más grande de México y el segundo más grande del planeta,  Banco “Chinchorro” era para mí,  lugar perfecto para conocer y vivir momentos  de apasionante  aventura.

Aquel día, con mi corazón que  palpitaba excitado y ansioso, desde la punta de la proa del barco donde viajaba, sentía el revolotear de mis  cabellos y el viento, que al cortarse en mis orejas,  producía un bello sonido. Sonido que presagiaba  grandes aventuras y me hacía  imaginar un viaje fantástico.  La cálida y húmeda brisa del Sureste parecía marcarnos el rumbo por el que debíamos de navegar. Hacía pocos momentos que habíamos salido del muelle fiscal a bordo del Huracán II,  un  barco pesquero a motor capitaneado por un viejo marino: Don Tasio Sansores, papá de Arély,  mi inseparable amigo del alma y fiel compañero de secundaria.  Don Tasio y doña Benita, santa señora,  eran los troncos de una muy querida familia de Chetumal y los papás de Omar conocido como  el famoso Ojitos, Abel, Ruth, Rudy, Luciano y Arély.

El barco, equipado con grandes neveras de almacenamiento de pescado, era propiedad de la cooperativa de pescadores.  Llevaba tambores de combustible y provisiones para los pescadores de Chichorro, quienes en chozas construidas en zancos sobre el agua, vivían durante largas temporadas en el arrecife.

Navegando  a 120 grados SE rumbo  a “Punta Piedra”, lugar de la costa beliceña, pasamos frente a “Sarteneja”, aquella villa de pescadores de Belice que me traía recientes recuerdos. Hacía muy poco que habíamos estado allí con nuestro equipo y tenido un juego amistoso de fut bol con los lugareños. Éramos como 15 muchachos de secundaria invitados a un juego que revestía importancia internacional para nosotros, aunque, contrario a nuestra fantasiosa imaginación,  aquella visita  tuvo  situaciones chuscas, tan inolvidables como inesperadas. A la hora de dormir nos asignaron una cabaña sin luz eléctrica y  nuestras  camas eran de dura madera,  sin colchón y   con ásperas y raídas  velas de barco como sobrecama. Al medio día  nos ofrecieron  un banquete que constaba de abundantes tortillas de harina, un plato con huevos revueltos y frijoles de olla,  y como “Bebida”  un vaso de “Ovaltine” con leche. No obstante nuestra sorpresa por el original menú nos sentíamos agradecidos porque percibíamos que nuestros muy campiranos   anfitriones se sentían felices por nuestra visita y ufanos de atendernos.  Simplemente, con su prístina sinceridad y sencillez, sin dobleces ni falsas posturas,  nos dieron lo que tenían y nos mostraron como era la vida en su pequeña comunidad de pescadores.

Entrando al Caribe de inmediato sentimos el cambio entre la tranquilidad de la bahía y la bravura de las  aguas del mar abierto. Olas de cuatro o cinco metros azotaban a estribor mientras navegábamos  hacia el norte con el gran arrecife de coral a babor.  A la distancia se divisaba el contorno de la costa y oíamos amenazante el rugir de las olas al romper sobre el arrecife.  A la altura de San Pedro el ruido del motor dejó de escucharse y quedamos a la deriva,  a merced de inmensas olas que nos empujaban hacia el arrecife. El capitán de inmediato ordenó izar una  vela de emergencia,  pero  el timón no gobernaba porque el barco tenía mucho peso en la proa. Había que pasar los tambores de combustible de la proa a la popa. El tiempo apremiaba y la maniobra  exigía la participación de todos.  El bamboleo del barco a la deriva me había mareado y un sudor frio corría sobre mi frente,  mientras,  como autómata,   ayudaba a cambiar  los tambores de un lugar a otro.  El viaje de pronto se había convertido en una grave situación de peligro que amenazaba con estrellarnos contra el arrecife. Ya muy cerca de estrellarnos el timón de  nuestra  embarcación comenzó gobernar,  y el barco a avanzar propulsado por el viento de la vela. Don Tasio, con el estoicismo propio de los viejos lobos  de mar, con un mutismo y destreza impactantes, condujo el barco hasta  el  quebrado y lo fondeó enfrente de la Isla de San Pedro.

El alma me había vuelto al cuerpo y lo primero que se me ocurrió fue zambullirme en aquellas cristalinas aguas,  para refrescarme y reponerme.  El rugir del arrecife, aunque ahora era más intenso, resultaba un arrullo ahora que  nuestro barco había atracado en puerto seguro. Después de aquellos momentos de intenso estrés, el bucear a pulmón entre los  peces multicolores,  sintiendo casi chocar con ellos,  fue la experiencia más maravillosa y la mejor medicina para mi estómago y mis nervios.   De nuevo había recobrado la alegría y de nuevo estaba en armonía con el silvestre entorno que de nuevo disfrutaba.

Al caer la noche, las primas de Arély,  quienes  vivían en San Pedro, enteradas de nuestra  llegada, nos mandaron a decir que estábamos invitados a una fiesta de quince años de una de sus amigas.  Nos  dispusimos a vestirnos con lo mejor de la ropa que para la pesca habíamos llevado. La distancia hasta la costa  era como de unos cuatrocientos metros y en una pequeña panguita,  con un par de palancas y un canalete, a favor del oleaje llegamos a la playa. Éramos caras nuevas, mexicanos llegados de fuera y las muchachas del lugar nos trataron de maravilla. Bailamos de cachetito y al ritmo de los más candentes ritmos caribeños, especialmente el Calipso y el rock muy en boga y muy practicado por nosotros. La fiesta se efectuaba en una típica casa de piso de madera asentada en un gran patio cubierto de blanca arena. Los lugareños iban muy bien vestidos,  pero descalzos, con aquellos pies tostados por el sol y con los dedos abiertos por la arena, típicos de los Sampedranos.   Nosotros,  por el contrario, en nuestro afán de elegantearnos, llevábamos ropa rústica de pesca y calzábamos tenis, por cierto no muy limpios,  que apuradamente habíamos metido en nuestro maletín de viaje.

La fiesta habrá terminado como a eso de las doce o quizá en las primeras horas de la madrugada. Regresar a nuestro barco en la panguita en contra del viento y del oleaje, implicaba tener destreza de marineros que no teníamos.  El sueste, como se conoce al viento del Sur Este,  estaba muy fuerte y el oleaje nos devolvía a la playa.   Al cabo de dos o tres horas de lucha, claudicamos en nuestro intento de llegar al barco. Exhaustos por la lucha contra el oleaje decidimos dormir a la luz de la luna,  tendidos sobre  la blanca playa. El frio de la noche y el viento nos calaban pues nuestra ropa estaba mojada de agua salada.   Nos resguardamos  en una vieja embarcación que boca abajo reposaba sobre la arena.  Allí habremos dormido como una hora  antes de que el sol del amanecer nos despertara y nos mostrara  una panorámica inolvidable: un amanecer en la playa viendo decenas  pescadores salir  en sus barquitos en busca de  sus nasas, o trampas de pesca, cargadas de enormes langostas.

Para aquel momento un marinero de nuestro barco había venido por nosotros. Sin mayor problema,  canaleteando con extrema destreza,  en un primer intento, nos puso de nuevo en el barco. Nuestra embarcación  había sido reparada y nuestro viaje habría de continuar sin mayores contratiempos  hasta Cayo Lobos en el mítico Banco Chinchorro. De nuevo en la punta de la proa, mientras el viento azotaba mis cabellos y el sol curtía mi piel, iba dejando atrás la isla y el arrecife. Mis ojos, lagrimosos por la brisa,  el salitre y los recuerdos, miraban a la costa.  Levanté los brazos y agité las manos  en señal de despedida.  Una asociación mental quedaría para siempre grabada mi memoria: el rugir constante  del temerario arrecife y aquellas experiencias en una isla que me había tocado el corazón.

Mario
Febrero 2013

 

 

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