El Camino a CalderitasEra un día como cualquiera en aquella ciudad agreste y tierna de México. Por aquellos años las noticias del mundo exterior llegaban por los escasos medios de comunicación como eran la prensa y la radio. La Unión Soviética había puesto en el espacio, en un experimento de supervivencia sin retorno, a “Laika”, la primera perra astronauta en orbitar la tierra. En respuesta Estados Unidos lanzaría a “Ham” el primer chimpancé que circunvolaría el espacio y regresaría vivo a la tierra. La guerra fría entre las superpotencias, la carrera por poner un hombre en la luna, la lucha por los derechos civiles de Martin Luter King, la explosión de la nave “Apolo”, las pruebas atómicas, el desembarco de Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles en Cuba, eran temas del escenario mundial que a los lugareños de aquella pequeña comunidad de gente simple llenaban de asombro, y de gran preocupación por lo que habría de ser su futuro.

Así transcurría la vida diaria de los hombres, mujeres, jóvenes y niños en aquella pequeña localidad, que a escaso medio siglo de su fundación observaba los acontecimientos mundiales, los adelantos de la ciencia y las transformaciones que muy lejos de su ambiente sucedían. Sucesos que, como consecuencia inevitable, habrían de influir en sus costumbres y su manera de vivir. Mientras el futuro llegaba, aquellos pobladores vivían sus problemas cotidianos, alejados de los lujos y el derroche, en una existencia llena de sencillas dichas, de cálidos amores y de fuertes lazos familiares.
Los hijos de aquella gente, formada en la austeridad, veían en el futuro la esperanza de estudiar y superarse, como un medio para retribuir a sus padres lo que les habían dado a base de privaciones y de grandes esfuerzos. Eran hijos levantados en la cultura del esfuerzo más dispuestos a dar y menos preocupados en recibir, pues eran tiempos en que no había mucho para recibir y si mucho para dar.
En ese ambiente de pequeños logros y grandes satisfacciones la gente convivía en paz, permanentemente agradecida con su suerte y con su vida. No había espacio para albergar sentimientos de reproche o espacio para sentirse víctimas, no obstante la lejanía del centro del país, la estrechez económica, el paludismo, los mosquitos, el intenso calor, los constantes huracanes y las dificultades, esas dificultades que para muchos de los de afuera parecían insufribles. Tal era la adaptación y la armonía con el entorno de los lugareños del Territorio. Para esa aguerrida gente del Territorio el escuchar en aquellas casitas madera, asentadas en zancos sobre el pantano, el crujir de las ranas en las noches de intensas lluvias, resultaba ser un arrullo propicio para un sueño tranquilo, mientras que para los recién llegados procedentes de otros lugares resultaba un verdadero tormento y motivo de insomnio.

Así vivía la gente en aquella pintoresca localidad de mis recuerdos, ciudad que se extendía sobre su principal calle, la del reloj. Calle que nacía en el borde de la bahía, frente a otro país, y se dirigía hacia el norte subiendo por el cerro. La que es hoy avenida de los Héroes, desde entonces continuaba por un estrecho camino de ocho kilómetros de longitud hasta “Calderitas”, aquella pequeña población tan ligada a nuestra capital y tan distintiva de nuestra actual identidad.
El camino a “Calderitas”  tiene relevante importancia en un imaginario recorrido por la historia y por lo que ha sido el crecimiento de aquella comunidad de gente buena, noble y luchadora. Actualmente Calderitas se comunica con la ciudad con dos grandes vialidades: la avenida Centenario y el Boulevard Bahía. Modernas vías terrestres de cuatro carriles, con camellón central e iluminación, que sin duda contribuirán a que muy pronto la ciudad alcance al poblado. El fraccionamiento Andara, la Santa María y Pacto Obrero, son muestras de lo que muy pronto llegará.

Antiguamente, cuando la ciudad solo llegaba hasta la punta del cerro y el aljibe era el límite con el monte, el camino pasaba por significativos lugares como: “El Roble”, “El Pocito”, y ranchos famosos como los de don “Nacho Alcalá”, don “Miguel Amar”, don “Chono Villanueva” y el de los Yeladaqui, entre otros. Principalmente agrícolas, como el rancho de don Dimas en la ribera del rio, los ranchos a lo largo del camino eran también huertos que abastecían de frutas hortalizas y legumbres a la ciudad. Y también eran lugares de paseo y de aventura para muchos de los que vivíamos en ella. Visitarlos era oportunidad de vivir una apasionante aventura, especialmente para los amigos de la escuela. Sus recuerdos aún perduran en nuestra memoria de manera imborrable. Subirse a los árboles pasando de una rama a otra, bajar los mangos, bañarse en el estanque, saborear bajo las sombra los caimitos, caminar con sigilo por las brechas, escuchar canto de las chachalacas, sentir ese calor de medio día en la espesura y el silencio del monte, y cobrar una presa con la resortera, era un experiencia comparable con la del más experto cazador en el mejor de los safaris africanos. Y lo más significativo de toda esa gran aventura es que no costaba dinero, aunque a veces costaba una que otra regañada en casa, pues nos habíamos ido sin permiso, o habíamos regresado demasiado tarde.

El lugar más popular para bañarse en el balneario de Calderitas era a la sombra de la mata de uva, a un costado del parque, donde ahora se encuentran los restaurantes. Había en Calderitas un personaje famoso: Don Pascual Cruz, experto en curar las mordeduras de las serpientes venenosas. Muchísima gente venía de muy lejos en busca de don Pascual y sus curaciones milagrosas. También había en calderas un pequeño muelle de madera con un trampolín. El trampolín estaba en un sitio particular de la costa, la casa de don Gil Aguilar. Allí íbamos de excursión con los compañeros de la escuela a bañarnos y a tirarnos como expertos clavadistas. Se ubicaba sobre lo que es el final del Boulevard costero, donde ahora está la casa del ingeniero Mercader. La casa de don Gil, donde vivía Jaime su hijo con su esposa Faride, a orillas de la bahía y enfrente de la isla de Tamalcab, habría de terminar presa de las llamas en un trágico incendio que no dejó ni sus cimientos.

Había una brecha que saliendo de Calderitas continuaba más al Norte. La brecha conducía a “Trincheras” y al rancho de los Marrufo, hoy “San Manuel”, lugar donde posteriormente se descubriría el importante sitio arqueológico de Oxtankah. Oxtankah tiene monumentos, tanto de la civilización maya como de la llegada de los españoles. En el sitio se observa el arco de una antigua iglesia construida con piedras tomadas de centenarias edificaciones de la cultura maya. Allí vivió Gonzalo Guerrero y según cuenta la historia se dio el primer mestizaje por la cruza de Gonzalo Guerrero, un soldado abandonado por un barco español en estas tierras, con una indígena maya.
Actualmente llegar a Calderitas, desde la desembocadura del rio, es recorrer el largo camino de veinte kilómetros por todo el Boulevard. Hacerlo, ya sea caminando, en automóvil o en bicicleta, es disfrutar de una espectacular panorámica y es darse un remanso de paz y tranquilidad recomendable para todos los sentidos. Caminar muy de mañana bordeando la bahía es sentir en la cara la brisa del mar y ver los primeros rayos de luz de un nuevo amanecer, es revitalizarse con el ejercicio, es meditar sobre lo mucho que tenemos, es renovarse espiritualmente, y es inyectarse nuevos bríos para un nuevo día de trabajo y optimismo.

Recientemente una nueva costumbre se ha puesto de moda. Familias completas se dan cita en el balneario de “Dos mulas”, a un costado del club campestre, donde alquilan bicicletas para hacer el recorrido hasta Calderitas. Algunos ruedan sobre el pavimento, mientras otros lo hacen sobre la banqueta en bicicletas para dos personas o tres personas. Pedalean en equipo, en un solo vehículo, hombres, mujeres y niños, o mamá, papá y el pequeño. Un bonito y tierno espectáculo de convivencia familiar.
Otro bonito espectáculo de este camino a Calderitas es el recorrido por barco saliendo del muelle fiscal. Hacerlo es tener una especial visión de lo que hemos crecido y una mejor panorámica que nos permite distinguir las dimensiones de la ciudad y el serpentear del boulevard por la costa. Ver edificios como el palacio de gobierno, la explanada de la bandera, el congreso del estado, la zona de bares, restaurantes y cafeterías, el centro de convenciones y las instalaciones de la Universidad de Quintana Roo. Hacerlo por agua es aún más bello si se hace de noche, donde la iluminación de la ciudad, especialmente en navidad, es todo un espectáculo.

Así es como el legendario camino a la localidad de Calderitas, con su histórica Oxtankah, cuna del mestizaje, se ha ido transformando en el tiempo. Así es como los viejos caminos van cambiando, dejando solo recuerdos, de lo que ayer fue, y así es como vienen a nuestra mente los versos del poeta Antonio Machado cuando dice: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar, y al volver la vista atrás, se ve la senda de lo que, nunca se ha de volver a pisar…”

 

 

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