El Hotel Los Cocos

Lugar de la ciudad donde se edificó el “Hotel Los Cocos”

Enclavada en la parte más tropical de México y circundada por aguas dulces de su rio, sus lagunas y su bahía, Chetumal es tierra natural del cocotero. Lo mismo es tierra de tempestades que paraíso de calma y de sosiego. Antes insalubre y agreste lugar de castigo, es hoy sitio preferido por quienes buscan calidad de vida, lejos de la agitación de las grandes urbes. Su imagen de ciudad tranquila está asociada a la costa, las palmeras y los cocos que nos cuentan de su ayer y su presente.

Hay un sitio en especial que nos trae recuerdos: El hotel Los Cocos. Un edificio cuya entrada principal estaba en un segundo nivel, sobre la calle Chapultepec, en la ladera del cerro. Aquel cerro que era el límite de una planicie colindante con la bahía. El hotel, como el hospital Morelos, la Belisario Domínguez y el Palacio de Gobierno, era una de las edificaciones mejor construidas. Lo mismo funcionaba como el mejor lugar de hospedaje de la localidad que como albergue público en época de huracanes. Ocupaba una manzana de terrero, entre Héroes y Juárez, y entre Chapultepec y Lázaro Cárdenas, anteriormente Centenario. Contaba con una gran escalinata de setenta y ocho escalones que descendiendo la ladera comunicaban la recepción con el restaurante, ubicado éste en el nivel inferior. En su parte Oriente colindaba con la avenida del Reloj, ahora de los Héroes, que tenía una gran cantidad de matas de coco de las que tomaba su nombre.

“El hotel Los Cocos” era el referente de la vida y acontecimientos de la época. El lugar en torno al cual se reunían los más prominentes personajes y se hospedaban a los más encumbrados visitantes. Lo mismo recibía a funcionarios públicos, que personajes de la política nacional y a militares de nuestras fuerzas armadas. En sus patios contaba con una cancha de tenis en la que por las tardes practicaban este elegante deporte funcionarios del gobierno del Territorio y personas de la localidad. También tenía un campo de softbol en donde se efectuaban memorables encuentros de la pelota suave. La cancha estaba instalada enseguida del restaurante, a un costado de la de tenis, y sus jardines, el izquierdo, el derecho y el center, miraban a las calles: Lázaro Cárdenas por la Izquierda y a la Avenida Juárez por la derecha. Grandes personajes de la época habrían de pasar inolvidables momentos de sana diversión haciendo deporte en sus instalaciones. Entre ellos no podía faltar, como umpire, don Eyden Azueta, al que cariñosamente sus amigos llamaban “Eneas”.

En el primer tercio del siglo pasado, época en que se construyó el hotel, la ciudad no tenía comunicación terrestre con el resto de la república y contaba con dos líneas aéreas: La TAMSA y la Mexicana de Aviación. Solo había tres vuelos a la semana. La comunicación con México era con escalas en Mérida y Villahermosa. La comunicación terrestre con el resto de la península no llegaría sino hasta finales de los cincuentas. Anteriormente los pequeños aviones aterrizaban en la pista del campo “Francisco Sarabia” ubicado en Barrio
Bravo, a un costado de la bahía.

La comunicación por barco, aunque usual, era muy primitiva pues se hacía en pequeñas embarcaciones equipadas para carga y para pesca. Por los 30s y 40s “El Quintana Roo” era el barco que viniendo de Progreso llegaba con cierta frecuencia al Territorio. No tenía servicios sanitarios y la mayor parte de los pasajeros debían viajar sobre cubierta. El abasto de productos nacionales desde el resto del país era escaso y dificultoso. Por ese motivo el país dispuso de un régimen fiscal de zona libre para Payo Obispo, Cozumel e Isla Mujeres. Régimen que permitió la importación de muchos productos extranjeros con exención de impuestos. Nuestro principal puerto era Belize y la mayor parte de las importaciones venían de allí. Fue así que fuimos distinguiéndonos en la península, y posteriormente a nivel nacional, como lugar exclusivo para la adquisición de ciertos artículos importados. Productos y artículos tradicionalmente prohibidos para el resto del país como la manteca el gordito, la mantequilla australiana de lata azul, el Salt beef, el queso de bola, el queso patagrás, los chocolates y muchísimos productos más. Con especial nostalgia recuerdo aquellas cajitas de palomitas de maíz bañadas con caramelo. Aquellas cajitas de “Cracker Jack”, con su muñequito adentro, que eran una de mis golosinas preferidas. Todos esos alimentos y productos se convertirían en nuestros hábitos de consumo. Lo mismo podemos decir de prendas de vestir, telas, electrodomésticos, licores, cigarros, juguetes, Etc.

En las siguientes dos décadas, en los 60s, y 70s, con la apertura de la carretera a Mérida, y posteriormente a Escárcega, nuestra zona libre habría de ser el principal factor de un gran auge comercial y progreso económico. Pero en la época de los 50s, con escasa comunicación con el exterior, la zona libre solo era un paliativo para compensar la falta de abasto de productos nacionales que padecíamos. Paradójicamente hoy vemos a Belize como un importante consumidor de productos y servicios nacionales que contribuye de manera importante a la economía de la ciudad. En aquella época era al revés. Nosotros íbamos en paseo de compras a Belize a proveernos de muchos productos, especialmente ingleses y europeos, que demandábamos. En esos años éramos factor de derrama económica para los beliceños con nuestro 2% de nuestras importaciones en comisiones portuarias a ese país. El linóleum, que utilizábamos en vez de mosaicos para los pisos de nuestras casas de madera, lo íbamos a buscar a Belize. No existía el puente internacional que hoy comunica Subteniente López con Santa Elena. El rio se cruzaba en una pequeña panga con capacidad para un solo vehículo. La cual era propulsada por medio de un cable acerado y una manivela que manualmente hacía girar el panguero.

Si bien “El hotel de Los Cocos” fue el primero en brindar hospedaje confortable y digno de la ciudad, también fue el relevo generacional de aquellos hoteles de madera de principios del siglo pasado, que fueron pioneros de la actividad hotelera que distingue al Estado. Entre aquellos primeros hoteles de madera de Payo Obispo la historia recuerda “El hotel Pejos”, que terminara sus días víctima de las llamas, como la referencia más remota de la hotelería de la antigüedad. Propiedad de la familia Pérez, el hotel se ubicó sobre la Calle del Reloj, hoy héroes, entre Carmen Ochoa y Othón P. Blanco.
Otros de los más antiguos hoteles de Quintana Roo como Territorio Federal son el Hotel Iris y el hotel de la señora Fidelia Willogbi. Más recientemente, después de mediados de siglo, el hotel Campeche, el hotel Manzano y el hotel Jacaranda. En el primitivo Payo Obispo la principal farmacia era la “Voz de Hipócrates” de don Belisario Pérez Falcón y posteriormente le seguirían dos farmacias más: la de don Laureano Pérez Lejeune y la de don Luis Osejo. Los salones cerveza más concurridos de la época eran el de don Nicho Ramírez, el de don Audomaro Andrade y el de don Manuel Ríos. Posteriormente le seguirían los de Doña Enriqueta y doña Fina Muza. Las más famosas casas comerciales de Payo Obispo eran: La Casa Aguilar, La Casa Garabana, La Casa del Campesino, La Casa Angulo, La casa Villanueva, El Corsario Andaluz y La Casa Amar. La principal panadería era la “Invencible” o del “Griego” propiedad del señor Protonotario.

A principios de los años sesentas, con el gobierno de Arón Merino Fernández, el hotel “Los Cocos” fue remodelado y retomó nuevamente su esplendor como centro de reunión y de grandes eventos de la vida de la ciudad. Por aquellos años, como hasta ahora, las fiestas de carnaval tenían relevante importancia en las costumbres y cultura del pueblo. Las reinas del carnaval eran electas por venta de votos y el cómputo final se efectuaba durante un gran baile popular en la explanada de la bandera. El ambiente por llevar al triunfo a las candidatas ponía a competir a los diferentes sectores sociales. En las contiendas participaban, con gran pasión, tanto elementos civiles como militares. El baile de la elección de la reina era realmente un acontecimiento que despertaba el interés de todos los lugareños. Al día siguiente, las noticias y comentarios sobre el baile y sus incidentes, eran tema de conversación familiar entre niños, jóvenes y adultos. Existía una costumbre muy particular de las festividades de Carnaval: El martes, el día de la “Batalla de Flores”, paradójicamente era el día de batallar sin flores. En vez de utilizar flores las personas salían a las calles a pintarse y arrojarse frutas descompuestas y huevos podridos.

En los carnavales de las escuelas comenzaban a pintarse con añil, pero más tarde, corrían por las calles verdaderas multitudes de jóvenes pintados con aceite quemado o pintura de aceite. En muchos casos, a falta de aceite o pintura se usaba lodo. A los jóvenes se les rompían las camisas hasta dejarlos descamisados. A los vehículos se le arrojaban bolsas con pintura. Los soberanos, el rey feo y la reina del carnaval, en sus carros alegóricos, eran parte de los pintarrajeados, animadores del jolgorio y protagonistas de la batalla. Al caer la tarde, después de esta popular costumbre, los jóvenes remataban amistosamente en “Punta Estrella” a bañarse en la bahía. En contraste con aquel evento que por muchos años se llevó a cabo, la noche terminaba con un gran baile de gala. Baile de traje, corbata y vestido de noche, donde tocaba una de las orquestas más cotizadas del país, en la terraza del lugar más elegante y distinguido del pueblo que era el histórico “Hotel de Los Cocos”.

 

 

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