El aljibe

Imágen del aljibe referido en este relato

Con los años vamos  viendo cada día las grandes transformaciones y adelantos, lo mismo en las maneras de pensar que de vivir.  Grandes adelantos  que van cambiando  costumbres, diversiones, prioridades y valores.  Nostálgicamente, con esa nostalgia que es bálsamo, tanto para  el alma como  la depresión, que es tan común ahora , nos sentimos   impulsados a recordar tiempos pasados. Tiempos vividos en aquella pequeña comunidad asentada entre la selva y el mar, en la desembocadura de un rio, y en la frontera con otro país, que padecía de grandes carencias y que  como nuestros  ancestros  los mayas,  dependía de la lluvia para sobrevivir.

Me refiero a aquella pequeña comunidad selvática,  fundada por Othón P. Blanco, que a principios del siglo pasado  tenía en prevención de los constantes castigos del Dios Chac una gran cisterna pública de agua. Un aljibe con techo de lámina de zinc, construido el año de 1936  para captar el agua de la lluvia.  Agua implorada con gran devoción al  cielo para mitigar  la sed de los hijos de esta tierra.  Una comunidad sin los servicios públicos de ahora que acostumbraba almacenar su agua en  curbatos de madera.  Depósitos circulares  en forma de  barriles,  fabricados  de tiras de madera, principalmente de cedro, flejadas por  cinchos de metal.  

En aquella primitiva sociedad las largas temporadas de sequía, cuando las  lluvias no llegaban, el pueblo padecía pues conseguir agua para tomar llegaba a niveles de angustia.  Era un problema que año con año se presentaba y preocupaba a todos los hogares y las familias. Acostumbrábamos,  antes de la llegada de las lluvias, limpiar los caños y los techos de las casas, y lavar los curbatos, pues los incendios forestales y la quema de las milpas nos los llenaban de ceniza.  Aquellos  curbatos contaban con una tapa de tela de alambre con la que filtrábamos  las hojas  y demás partículas que el agua arrastraba en su camino. No obstante  ese filtro  en el fondo los curbatos acumulaban  sedimentos de tierra y se infestaban de gusarapos. Era tal el celo y el cuidado con que guardábamos  el agua,  que en muchas casas  las llaves de los curbatos tenían candado, además de   contar en la punta un trapo que impedía que pasaran los gusarapos. 

Como complemento de los curbatos muchos hogares contaban con un pozo en su patio. El agua de pozo se utilizaba para lavar los trastes, lavar la ropa o para bañarse en muchos casos. Algunos   hogares  tenían la precaución de hervir el agua antes de tomarla,  pero  otras familias no tenían esta precaución y  la consumían directamente de la llave,  o del tambo.  Contar con un curbato era signo de cierto estatus económico, y contar con un aljibe de mampostería mucho más.  Para la construcción de los curbatos  se contrataban   carpinteros de ribera  dedicados a la construcción de barcos de madera. Eran carpinteros  venidos principalmente  de la colonia inglesa y de Centroamérica.  Muchas familias, que no contaban con curbatos, tenían sus tambos de agua de lluvia y sus tambos de lejía. La lejía  o hipoclorito de sodio, como se le conoce en términos químicos,  se preparaba caseramente  para lavar la ropa, especialmente  para blanquear la ropa blanca.  La lejía era el blanqueador de la época, pues   en aquellos tiempos no podías ir a la tienda de la esquina por una botella de cloro,  ni de maestro limpio,  ni por una bolsita de detergente. 

Eran escasas las casas con  inodoro inglés, agua entubada y drenaje. No existían las bombas eléctricas para subir agua y se lavaba la ropa en bateas hechas de madera.  Los trastes de la casa  se fregaban en el patio con estropajo o sosquil, o en repisas de madera salidas  de una ventana de las cocinas. Las mesas de madera de las cocinas se lavaban con lebisa. Se usaba mucho la potasa cáustica  para lavar aquellos pisos y escaleras. Era la fajina familiar de los sábados la limpieza del hogar que incluía el lavado de los pisos.  En la mayoría de los hogares había letrinas ubicadas  al fondo de los patios. Esos patios  muy parecidos a  pequeños ranchitos,  con frondosos  árboles, animales de corral,  chiqueros y cerdos. Cebar el  cochino era la costumbre en una cultura familiar en la que economizar y ahorrar era la norma por excelencia. Lavábamos  el chiquero con creolina, bañábamos al cerdo y le rascábamos el lomo con cariño. Aquellos cerdos, alimentados de los desperdicios  de la casa que eran las alcancías y el ahorro para casos de emergencia o de festejo familiar.  Los carniceros del mercado, con aquellas sus básculas de colgar, acostumbraban recorrer la ciudad, casa por casa, buscando cerdos para comprar.   Escuchar en el vecindario los   chillidos  de un cerdo  era señal de que una operación de compra venta se efectuaba, que a un pobre cochino lo estaban colgando,  y que un matarife o comerciante de cerdos  andaba por el barrio.  

Como niños encariñados con aquellos   animales,  esta operación nos resultaba tremendamente  cruel y profundamente triste. Tristeza que era motivo de inconsolable  llanto y muchas lágrimas. El episodio de la venta del cochino era todo un trauma que implicaba decir  adiós a una mascota a la que teníamos cariño, y a la que durante tanto tiempo habíamos alimentado y visto crecer. En casa fue un día de tragedia cuando aquel carnicero,  “El Sarampión”,   fue por  nuestro “Pichirilo”.

En ese ambiente  campirano en que crecimos  también había los vendedores de agua,  personajes  montados en sus carretas jaladas por caballos,  que en tiempo de seca recorrían la ciudad  comprando y vendiendo el vital líquido.  Al lado de la casa había  un gran aljibe  donde  acudían los carreteros a  comprar  agua.  Las carretas, cargadas con sus tambores, cual actuales  pipas,  debían pegar de reversa al aljibe. Esta operación requería que la carreta  tuviera que recorrer un  buen trecho en reversa. Para que la maniobra se efectuara con éxito,  entre el carretero y el animal debía existir sincronización y  buen entendimiento,  condiciones que  en el cuento  que relataré no existían.

El cuento es el  de un carretero que no guardaba una relación cordial con su bestia, pues entre ellos, como entre  algunos humanos, existía una relación de brutalidad o de amor apache.  Para efectuar aquella maniobra de reversa, en cada viaje el  carretero luchaba durante mucho tiempo con su animal. El carretero, haciendo gala del lenguaje propio de su oficio, le repetía al caballo  los más obscenos insultos,  mientras su terco animal se resistía a dar un paso hacia  atrás. Un día de estos, cuando aquella lucha entre el hombre y el animal se llevaba a cabo, pasó por el lugar un hombre y llamando al carretero  le dijo: Si usted me lo permite yo puedo hacer que su animal retroceda.  El carretero, a regañadientes  y con gran escepticismo, accedió a la propuesta de aquel buen samaritano. Ante la expectación del carretero y de todos los presentes  el individuo se acercó al caballo, lo tranquilizó, lo acarició y le musitó  algo al oído.  De inmediato el animal  retrocedió,  aparcó la carreta, y dócilmente se quedó quieto.  El carretero gruñón, asombrado pero sin demostrarlo, se puso de inmediato a jalar agua del aljibe y a llenar los tambores de su carreta.  Aquel buen samaritano, terminado su mágico acto,  tranquilamente y sin decir palabra siguió su camino.  El incidente causó gran inquietud en el  barrio. ¿Que había hecho aquel hombre para hacer cambiar de actitud al terco animal?  Nadie lo supo aunque   nació la  leyenda de   que  aquel hombre era un duende que con mucho cariño le había advertido  al animal que si no retrocedía lo iba a convertir en un burro: ¡Tan torpe y tan bruto como su dueño!  

Volviendo a mi relato en torno del gran depósito de agua construido atrás de la escuela Belisario Domínguez,  la gente iba muy de madrugada al aljibe a hacer fila para conseguir su dotación  de aquel gran tanque.  El agua se racionaba a razón de dos recipientes  por persona y el tamaño de los recipientes era determinado por el peso que cada persona podía cargar.  La mayoría de las gentes llevaba dos latas de veinte litros cada una. Latas que en ocasiones, al salir de la función del cine de la noche, como a eso de las once, enfilaban frente al aljibe.

Así pasaron muchos años hasta que, como en los 60s, llegaría el agua potable  a ciertos puntos ubicados en las esquinas de la ciudad. De la misma forma como acudían a hacer cola al aljibe la gente hacía colas, pero ahora en ciertas  esquinas de la ciudad. Como es de imaginarse, el anecdotario popular registra muchísimas trifulcas, especialmente entre las señoras,  pues muchas dejaban sus latas y se iban, y otras montaban guardia desde horas de la madrugada. Cuando las primeras regresaban, sus latas habían cambiado de lugar y el pleito se armaba con las segundas. Así era la lucha por el agua en aquella comunidad de mis recuerdos.

Medio siglo después,  cuando tomo  agua purificada y cuando siento correr por mi cuerpo el agua cálida de la regadera, vienen a mi mente los tiempos del agua con gusarapos y los tiempos en que nos bañábamos a cubetazos, en el brocal del pozo.

 

 

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