Barrio BravoSituado en su parte más oriental “Barrio Bravo” es el sitio más legendario y con más historia de la ciudad. Inicialmente  el barrio comenzaba a partir de la  avenida Hidalgo  hacia la bahía y llegaba hasta la ranchería de Juan Luis,  uno de los antiguos cocales a orillas de la bahía. Al dividirse la ciudad en colonias  a la colonia Barrio Bravo  se le establecieron  nuevos límites. Al oriente y al sur se le limitó  con la bahía y al poniente con la calzada Veracruz. De la calzada Veracruz hasta la avenida Héroes se formó la nueva colonia Plutarco Elías Calles.

El faro,  la compañía fija que después fuera el 55 batallón, y el campo aéreo “Francisco Sarabia”, fueron  los primeros  referentes que distinguieron, por muchos años esta parte de la ciudad. Aquella ciudad de casas de madera y lámina con calles no pavimentadas,  cuya principal fuente de ingresos era la explotación del chicle y las maderas preciosas. Posteriormente, al construirse las instalaciones del nuevo aeropuerto, la pista del Francisco Sarabia se convirtió en campo de futbol.  Un poco más adelante se construyó el estadio de beisbol Ignacio Zaragoza del que hablaremos más adelante.

En la primera mitad del siglo pasado  en el barrio vivía gente agreste como su entorno con una mezcla de costumbres, lo mismo heredadas de los mayas, que caribeñas y beliceñas. Había lo mismo descendientes  de antiguos corsarios  que gente llegada al territorio por situaciones  de castigo. Convivían en el sitio campesinos, militares, comerciantes, marinos,  carpinteros y personas venidas de Corozal que a invitación de Comandante Blanco llegaron a poblar Payo Obispo.

Gente ruda viviendo en pequeñas y modestas casas, muy características de una ranchería; todas con grandes extensiones de  terreno. Una verdadera comunidad  de individuos  de ruda personalidad que,  con temeridad y audacia habían llegado a establecerse al territorio, abriéndose paso con  hacha y machete entre la espesa selva tropical. Así había llegado esa gente   y así   habían establecido los límites de sus dominios.

Con la creación del campo de futbol y la construcción del nuevo estadio de beisbol el barrio mejoró y se convirtió en un muy importante centro de actividad deportiva. Este hecho contribuiría a borrar mucho la injusta  fama de zona insegura y riesgosa que sobre el barrio pesaba. Mucha de esta fama venía de leyendas y mitos propios de aquel ambiente pueblerino en el que se vivía. Pero Barrio Bravo habría de ser con el paso de los años el escenario de importantes acontecimientos en la vida social y deportiva de muchísimos de nosotros. Habría de convertirse en lugar de aventuras, de recuerdos gratos, de gente buena, y de diversión sana.

¿Quién no tiene una historia que contar? ¿Quién no guarda un recuerdo del barrio? Bañarse en “Punta Estrella”,  en el faro, o en la forestal; deambular en bicicleta por la escuela “Álvaro Obregón”,  bailar en un Sambay Macho, hacer el servicio militar en el 55 batallón, o ir a las novenas  del Cristo Negro de Esquipulas, eran algunas de las cosas que se vivían con gran intensidad en el barrio.

Otros acontecimientos propios de la vida del barrio era la llegada a los Circos. Entre otros, el Alegría, el Osorio y el Atayde. Aquellos circos y sus personajes llenaron  una gran época y dejaron huella de su paso por el  barrio. Los circos al llegar siempre  formaban su equipo de futbol integrado  con los dueños, los artistas y los empleados,  y nos invitaban a enfrentarlos. Era atractivo jugar y convivir con ellos pues después de esos encuentros nos regalaban pases para sus funciones. Otro hecho destacable de los circos era que al retirarse dejaban corazones enganchados. Muchas veces después de su partida alguna muchacha  del barrio desaparecía; porque se había ido detrás del domador o porque le había fascinado la vida del circo.

En una ocasión llegó al barrio el circo Alegría con un acto espectacular: Un león luchando dentro de una gran jaula contra un toro. Mientras el acto se efectuaba una casa de las del barrio comenzó a incendiarse y por el sonido se informó del incidente. El toro embestía al león y lo arrojaba contra la gran jaula. La gente expectante  seguía los incidentes de la feroz batalla entre las bestias, sin inmutarse por la tragedia del incendio. De pronto el león tomó al toro por el cuello y lo ahogó entre sus fauces. Tarzán,  el domador de los leones, que permanecía apartado de la lucha, entró a la jaula, sometió a león, y como prueba de su gran dominio sobre la bestia,  abrió sus fauces y metió su cabeza. La temeridad del acto era tal que algún tiempo después aquel Tarzán moriría haciendo este espectáculo en otra parte del país.

Mención especial merece el recuerdo  de  las actividades deportivas  que practicamos  en el barrio. Aquel campo llanero, el mismo  que hasta ahora existe dentro de las instalaciones de la Cojudeq, guarda imborrables recuerdos de cada uno de nosotros. Recuerdos de  años de adolescencia,  juventud,  vigor,  sudor y  energía; lugar donde  pasamos   horas enteras cultivando el físico en un ambiente  de amistad, de camaradería y de sana convivencia. Con el  paso de los años vemos  con agrado que el  sitio  sigue siendo un templo al deporte y funciona como verdadero antídoto contra el bandolerismo, el alcoholismos y la drogadiccción, males que amenazan a nuestra juventud.

Otro motivo de orgullo de Barrio Bravo es su boulevard costero que lo comunica con Calderitas. A lo largo del boulevard  se localizan un gran número de modernos restaurantes y bares que han convertido el antiguo barrio  en una exclusiva zona de vida nocturna de la ciudad. El centro Bellavista, el  Centro de convenciones y las  instalaciones de la  Universidad de Quintana Roo, vienen a coronar el gran esfuerzo de transformación, modernidad,  belleza  y  progresoque esta parte de la ciudad alcanzó en los últimos tiempos.

Pero me regreso en los recuerdos al  estadio de beisbol “Ignacio Zaragoza”. Un escenario  que fue testigo  del más remoto recuerdo que guarda mi mente.  Debo decir que  pòr aquellos años de mi niñez pasear en automóvil por la ciudad era un privilegioque muy pocos podíamos darnos.  En una ocasión, como regalo de cumpleaños, mis padres rentaron  un automóvil de alquiler para pasearnos. Recuerdo con claridad las imágenes que mi mente captó en aquel inolvidable recorrido. Una de esas imágenes fue la de la construcción del edificio del estadio de besisbol Barrio Bravo, el que llevaría el nombre del General Ignacio Zaragoza.

Recuerdo sus grandes columnas y las cabillas de   su estructura. Me llamó mucho la atención  el gran volado, que cual vicera de una enorme gorra ,cubría  la zona de sombra del estadio. Mi mente de niño pueblerino quedó verdaderamente impactada con lo colosal de aquella construcción.  Después de algunos años, siendo ya un jovencito un buen día, reparé en la placa alusiva a su inauguración. Captó mi atención el hecho de  que en la misma se señalaba que la obra se había terminado en el año de 1950. Me di cuenta que la construcción de ese viejo edificio   era el recuerdo más lejano que registraba mi memoria. Era un recuerdo de cuando yo apenas  tenía tres años.

El  Ignacio Zaragoza fue el sitio por excelencia de la vida  deportiva, social, cívica y política. Fue de éste estadio de donde partió la gran manifestación que culminaría con la renuncia del gobernador Margarito Ramírez,  parte aguas de la historia del Chetumal de ahora. Entre los eventos más significativos del estadio recuerdo la liga peninsular  de beisbol de los años 60s con grandes peloteros de liga mexicana y algunos otros traidos de  Cuba.   El gobernador del Territorio era el ingeniero Arón  Merino Fernández, gran impulsor del deporte.  Fue el  primero en poner  un equipo representativo de Chetumal en una liga de  beisbol profesional. Memorables fueron los encuentros de nuestro equipo contra los equipos de Campeche y Yucatán. Inolvidables fueron aquellos juegos. Tribunas abarrotadas de gente y de personajes de antaño que apoyaban  e impulsaban a nuestro equipo con porras y gritos con sabor a fiesta y a jolgorio.  Al fondo del jardín central, detrás de la barda, estaba un lugar muy conocido por la fanaticada. Era un lugar de niñas dedicadas al oficio más antiguo del mundo, y sitio de iniciación de alguno de nosotros:  “La cantina de Matuch”. Allí pedíamos todos, a gritos y con insistencia,  que  los bateadores de casa  enviaran, de “Home Run”,  la pelota.

Para concluir estas remembranzas del barrio y del estadio contaré un acontecimiento que viene a mi mente: Se presentaba en el estadio un personaje llamado “El fantasma”. En su  espectáculo el “Fantasma”  luchaba a mano limpia,  dentro de un ruedo instalado en los terrenos del estadio, con un toro bravo. Como broche de oro y para finalizar el evento, el fantasma  ofreció un toro de regalo para todos aquellos espontáneos, con ansias de toreros, que quisieran saltar al ruedo. De inmediato saltaron temerarios parroquianos que con gran valor enfrentaron los primeros embistes del brioso animal. Fueron momentos de angustia colectiva y de exclamaciones de alivio mezcladas con risas y carcajadas. Angustiosas correteadas, tremendos  revolcones y peligrosas embestidas hubieron de sufrir aquellos primeros espontáneos antes de cansar al brioso toro.  Después de eso habrían de aventarse muchos espontáneos más. Tal fue la cantidad de personas en el ruedo  que abrumaron  al pobre animal montándolo hasta sobre el rabo. En un momento el pobre toro se desplomó al suelo como diciendo, no puedo con tantos: ¡No se vale, no sean montoneros!  El “fantasma”,  arrepentido, se lanzó  al centro del ruedo, ahora para luchar, no contra el toro, sino contra la turba de parroquianos para poder rescatar a su toro, que estaba  al punto de morir aplastado con tanta  gente encima.

Estos mis recuerdos son solo unos de los muchos  que los que esto leen habrán de tener en relación a este sitio. Vivencias que al ser contadas por sus protagonistas nos dejan un sentimiento de euforia  y de alegría porque  nos recuerdan lo que vivimos y lo que  gozamos  en aquel nuestro legendario  barrio,  de aquella nuestra vieja ciudad. Historias personales que reeditan la historia colectiva  del barrio, y nos hacen viajar por los viejos recuerdos.

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