El Parque de Los Caimanes

Aspecto actual del Parque de los Caimanes

Corría el año de 1958, era un sábado en el parque de “Los Caimanes”,  bajo el ardiente sol del trópico de aquella pequeña ciudad sureña de nuestro México, un grupo de de muchachos, entre los 12 y los 15 años de edad, jugaba su deporte favorito, el futbol,  disfrutando despreocupados de lo que habría de ser su futuro.  

Cerca de aquel campo llanero, enfrente de la iglesia y  a un costado del kínder “Benito Juárez”,  estaba La escuela “Hidalgo”, la de las monjas, la que fuera importante coadyuvante en nuestra educación y en nuestra formación.

Como integrante de ese grupo de adolescentes, mis ilusiones estaban en llegar a ser un gran jugador de futbol, aquel deporte de mis amores que tanto llenaba mi vida. En ese entonces, Salvador el “Chava” Reyes,  el tigre Sepúlveda y el Chololo Días de las “Chivas del Guadalajara”, así como, Alfredo Diestéfano y Garrincha, eran los ídolos deportivos a los que quería imitar. Eran la representación de lo que yo quería ser en la vida. Las clases de la escuela eran para mí simplemente tareas que cumplir para tener derecho a jugar y divertirme. Los estudios me resultaban algo así como una medicina que debía tomar o una responsabilidad que debía cumplir para no defraudar a mis padres, sin que me importaran mayormente. No obstante lo anterior mis calificaciones no eran malas.  

Cursar estudios de preparatoria en aquella ciudad en la que solo contábamos como máximo con la instrucción secundaria, implicaba dejar aquel ambiente lugareño de confort y de familia  que me había dado calor y seguridad, y tener que migrar a otros lugares a vivir circunstancias desconocidas que me causaban cierto temor o incertidumbre. De ese temor e incertidumbre por lo desconocido, muy propio de esa edad de dudas y preguntas. Tal situación, aunada a la interrogante sobre la carrera  que habría de estudiar, como adolescente sin una visión clara y concreta del futuro, me llenaba de aprensión.  

Era un asunto que, por lo árido y difícil de imaginar, no resultaba muy agradable de pensar y debía dejarse para otro momento; quizá era un asunto que el tiempo habría de resolver y no me debía angustiar;  o que quizá correspondía decidir a mis padres. Eran cosas en las que mi mente rehuía pensar pero que pronto habrían que decidir.

Tales eran las tribulaciones  que ocupaban mi mente y me aconsejaban sacarle el mayor jugo al presente que con cada amanecer se presentaba. Estaba, como mis demás compañeros, viviendo una auténtica época de transición y de cambio, dejando la niñez que no terminaba y recibiendo juventud que empezaba a manifestarse en nosotros. Cada día que pasaba era uno menos en la regresiva cuenta del  momento en que cada uno de aquellos amigos tomaría su rumbo y quizá no  volveríamos a vernos. Ante la inminencia de ese adiós,  vivíamos con sana  y primitiva intensidad todo aquello que compartíamos como estudiantes y como amigos.

Edificábamos castillos de felicidad, de dicha y de emoción, con lo más simple que teníamos a nuestro alcance;  no requeríamos  de mucho y nos bastaba con lo simple y rutinario, o con lo más rústico que encontrábamos a nuestro paso. Lo importante para nosotros era el juego, no el juguete. Éramos ricos, no en pertenencias, ni experiencias, pero si en lo poco que necesitábamos para disfrutar. Lo mismo disfrutábamos del trompo, las canicas, el yoyo, la timbomba, y el papagayo, que cantábamos la rama y que jugábamos al balero. Lo mismo correteábamos por los charcos que montábamos caballo y jugábamos a las escondidas. No requeríamos de mucho para reir, ni de mucho para soñar, teníamos lo más importante: las ganas de hacerlo.   Y además de todo eso, teníamos, en aquel  sábado, un balón y dos porterías, formadas con cuatro piedras, y un campo agreste para disfrutar de la vida y de aquella existencia,  sin dinero en los bolsillos, pero llena de energía, de salud, de alegría, de ilusión, y de optimismo.

Quizá por eso, cuando veo en la tele escenas del África negra con niños despreocupados correteando detrás de un balón en los polvorientos campos llaneros, en medio de las asechanzas y peligros de una cruenta guerra civil o  en medio de  la hambruna, me siento en sintonía y creo entender su alegría y el mensaje de optimismo que mandan al mundo.  Percibo la alegría reflejada en sus rostros morenos, cubiertos de barro con muy poco en el estómago, como un llamado a acordarme de mis tiempos. Los blancos dientes y linda sonrisa de esos niños africanos también me dicen mucho y me invitan a revisar mis pensamientos y mis prioridades como adulto. Aquellos niños poseen, en esa su noble e infantil sonrisa,  un tesoro que muchos no tenemos o hemos perdido en el terco deseo de esperar la gran felicidad, dejando pasar o  desdeñando los trocitos de felicidad  con que se construye.

Pues bien, aquel grupo de muchachos,  que correteábamos tras de una pelota en  aquel parque de pinos, con sus cuatro caimanes al centro, caimanes  del que el parque tomó su nombre, fue interrumpido por tres personas extrañas a aquel barrio, que como los reyes magos nos traían regalos inesperados.

Aquellos fuereños habían venido a reglarnos, como entrada dos balones de futbol, y nos ofrecían a cada uno de nosotros, trajes, pants, rodilleras, zapatos, redes para las porterías,  y todo lo que podríamos  requerir para estar perfectamente equipados. La oferta era tan asombrosa que nos resultaba increíble. ¿Quién podría ser tan rico  para ofrecer tanto?, ¿Qué se nos solicitaría a cambio?

Pero nuestros temores sobre lo que se nos pediría a cambio eran infundados y la realidad superaba la fantasía.  Se nos indicó  que para recibir lo prometido deberíamos únicamente acudir a las oficinas del nuevo edificio del IMSS, ubicadas  en la esquina de Primo de Verdad con la Avenida Hidalgo, donde actualmente se encuentra la biblioteca pública.

Debo decir que desde 1944 se había fundado el Seguro Social en el país aunque sus beneficios médicos y de seguridad social no nos habían llegado al Territorio.  No fue sino 14 años después, hasta ese año de 1958,  siendo director del Instituto el Lic. Benito Coquet, que se comenzó a brindar el servicio médico primeramente en Chetumal. Con tal motivo recientemente se había construido  un nuevo edificio para albergar, la primera clínica y  las primeras oficinas de la delegación del IMSS en nuestra ciudad.

Así, llenos de incertidumbre y emoción, acudimos al lugar indicado en búsqueda de aquellos fabulosos regalos que aquellos tres personajes nos habían ofrecido, descubriendo, para nuestra grata sorpresa, que todo era completamente cierto.  Efectivamente, allí estaba ¡Jauja! Una montaña de material deportivo, en una gran bodega, y todo dispuesto para ser repartido entre nosotros.  Amigos,  deportistas de otros barrios y compañeros de escuela, estábamos atónitos ante tal abundancia. Había bates, pelotas, mascotas, caretas, petos, rodilleras, redes, tenis, zapatos, y todo, todo, como regalo. ¡Qué belleza! Todo era algarabía y no salíamos de nuestro asombro. Solo se veían caras de entusiasmo y alegría. Para nosotros  de verdad que eso era ¡Un regalo de reyes magos!

¿Que se nos pedía a cambio de tanta generosidad? Nada.  Solo se nos solicitaba muy amablemente  que acudiéramos al desfile deportivo, que habría de efectuarse unos días después en el estadio Ignacio Zaragoza. Allí, en ese estadio de beisbol, situado donde ahora están las instalaciones de la COJUDEQ,  con motivo de la inauguración del edificio del Seguro Social, asistiría el Presidente de la República, el Lic. Adolfo López Mateos. Nosotros, como única condición,  debíamos escuchar su mensaje y  desfilar ante su distinguida presencia, con los uniformes y los equipos que nos habían proporcionado. En el discurso durante la seremonia de inauguración escuchamos al director del IMSS decir que: “la seguridad social no sólo es el médico sino que la seguridad social también es diversión, es cultura y es deporte”. Nosotros, por supuesto, estuvimos completamente de acuerdo y con mucho entusiasmo aplaudimos.

En ese significativo acto de celebración celebró el Presidente de la República, el director de Seguro Social, el Gobernador del entonces territorio, y todos los habitantes de la ciudad, que veíamos llegar, después de largos años de espera,  los servicios de Seguridad Social a nuestra ciudad. Servicios de cobertura médica, de invalidez, y de  cesantía,  que con todas las limitaciones, insuficiencias y problemas que actualmente enfrenta este instituto, resultan ser una gran conquista de todos los mexicanos.

El relato de este acontecimiento de la vida de nuestra ciudad pudiera no resultar relevante  para muchos, aunque sí lo es para nosotros, testigos presenciales de este hecho,  porque nos trae recuerdos de las carencias superadas, recuerdos de nuestra adolescencia, recuerdos de un regalo inesperado,  y recuerdos de un gran paso dado hacia adelante, en la historia personal nuestra, y en el progreso de la ciudad en la que hoy vivimos.

 

 

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