Fuerte de BacalarA las tres de la mañana, refiere el historiador don Serapio Baqueiro, iniciaron su ataque los rebeldes con un ruidoso toque de generala por la parte Norte y cargaron sobre los reductos de la línea del Sur, apoderándose de los números 3 y 4. El 1, el 5 y el 6 se sostuvieron con extraordinario valor, sucumbiendo en el 5 gloriosamente el sargento de artillería Cirilo Reyes, al cargar un cañón.

El Mayor General don Ángel Rosado, que al frente de una guerrilla de 40 hombres se dirige al número 3, cae entre el enemigo y recibe cinco balazos que lo derriban al suelo; su gente retrocede de pronto, pero al echar de menos a su jefe, se lanza sobre el enemigo y consigue rescatar al Mayor General Gravemente herido. El Coronel Cetina se dirige a su vez hacia el frente número 1 y ordena al Teniente Coronel González que se haga cargo de la defensa. González llama al capitán norteamericano Samper y lo manda con 25 hombres a recuperar los reductos 3 y 4. Hízolo así el heroico Samper y a los gritos de ¡Viva México!, ¡Viva el Supremo Gobierno!,  Y ¡Viva Yucatán!,  toma de nuevo las trincheras perdidas. La situación se ha salvado.

Los indios no volvieron a intentar otro asalto pero conservaron sus atrincheramientos alrededor de la población. Y el 2 de julio, el querido Mayor General don Ángel Rosado, muere a consecuencia de sus gloriosas heridas, cuando solo contaba 48 años de edad. Don Ángel Remigio Rosado había nacido en la misma villa de Bacalar, el 2 de octubre de 1800, siendo sus padres el señor don José María Rosado, comandante militar de aquella plaza, y doña María Bernardina Estévez, originaria de Guatemala. Su padre, desde la niñez del héroe, lo instruyó en el arte militar y le enseñó la Ordenanza, que el discípulo siempre supo guardar escrupulosamente como militar pundonoroso y celoso del cumplimiento del deber.

Empezó por cadete y continuó su carrera, obteniendo sucesivamente sus grados como premio al valor y lealtad, y demostró no solo sus altas cualidades militares, sino también, según sus biógrafos, los sentimientos más nobles y generosos. Por esa razón fue muy estimado en la Villa de su nacimiento y conocido con el honroso nombre de Ángel de la Villa de Bacalar. Así lo refiere el historiógrafo don Francisco Sosa en su libro “Mexicanos Ilustres”.

Entretanto, prosigue Baqueiro, los sufrimientos de nuestras tropas habían llegado a ser horribles. El agua estancada y corrompida de los alrededores les caía en el estómago como un veneno, muy especialmente de la Laguna, en donde fue preciso poner una guardia para que no bebieran de ella. La lluvia se había desgajado a torrentes desde principios de mayo, de tal manera, que inútiles las pequeñas barracas levantadas en los reductos para precaverse de la intemperie, el soldado tenía que estarse mojando toda la noche, sin el consuelo siquiera de mudarse la ropa al otro día. Nadie dormía, nadie descansaba; no había un solo momento de reposo. Con un enemigo como los indios, tenaces y atrevidos, sin rival, a todas horas las fuerzas avanzadas tenían guardar la más escrupulosa vigilancia. De un extremo a otro de la línea de fortificaciones, podía decirse que todos estaban de centinela, pues los que no tenían esa consigna, y podían entregarse al descanso, y resolvían hacerlo aunque fuera sobre una piedra o entre el fango, inmediatamente tenían que ponerse de pie al grito del centinela que anunciaba al Cabo de Cuatro las rondas y contrarrondas que se multiplicaban.

Después de interminables sacrificios, sin médicos, sin medicinas, destrozados, los 250 hombres, resto de la animosa fuerza de los 700 hombres que habían salido de Sisal en el último tercio de abril de 1849, y habiendo tenido el Coronel Cetina que fusilar a varios soldados por el creciente número de deserciones que se registraban, logró al través de los diarios combates, levantar una muralla de piedra conque ciñó a Bacalar. Obra increíble en aquellas condiciones, que le permitía prolongar la defensa de esa plaza.

Los Colonos Ingleses de Belice y la Sublevación Indígena de 1847

Hacia 1850 fue enviado de México y empuñó las riendas del Gobierno de Yucatán el General Micheltorena quien desplegó un nuevo plan de campaña sobre los indios sublevados. Por esos días el Coronel Cetina envió a Mérida al Teniente Coronel González a implorar auxilios o relevo, habiéndosele enviado 500 hombres, frescos y sanos. El coronel Cetina, antes de ser relevado del mando, organizó una batida por los alrededores de Bacalar y el Rio Hondo, arrollando al enemigo y recogiéndole pruebas irrefutables de la activa injerencia de los ingleses en la Guerra Social de Yucatán y de su decidida protección a los indios.

En junio de 1850 el Coronel D. Patricio O’Horan organizó una nueva expedición de 700 hombres y se lanzó hacia Bacalar para reforzar la plaza, comandada entonces por el Teniente Coronel D. Isidro González, que había sustituido en el mando al Coronel Cetina. Hacía ocho largos meses que esta fuerzas no tenían la menor noticia de la capital. ¿Eran aquellos desgraciados, pregunta con razón el historiador don Serapio Baqueiro,  criminales destinados a sufrir su condena en Bacalar, o beneméritos soldados en defensa de los intereses de la patria?

Así transcurrieron varios años, los gobiernos íbanse sucediendo en Yucatán,  y Bacalar, olvidada a su suerte, veía cumplirse su sino.

El 21 de febrero de 1858, expresa una crónica de época, un horizonte sombrío, negro, aterrador, pesaba sobre Bacalar, sobre las desgraciadas familias y los pocos soldados, que consecuentes con su deber, quizás con sus afectos patrios, permanecían sin emigrar, pendientes de una dulce pero vaga esperanza, la de ser auxiliados; y en el silencio de la noche una fuerza de 1,500 indios, con esa sutileza propia y única del hombre de la selva, cae sin ser sentida sobre los pequeños cuerpos de guardia, los acuchilla, incendia, destruye, y aniquila, y embriagada con el triunfo, arrebata ferozmente, escarnece y mata a las mujeres, tiran y descuartizan a los niños y se ceban en los hombres con todo género de crueldades. Un momento de reflexión salvaje los contiene: piensan tomar vivos a los que quedan guardados en sus casas y otros lugares para utilizarlos como prendas de botín o para mejor saciar en ellos su ardiente sed de venganza: así lo ejecutan y al despuntar la luz de un nuevo día, se encuentran en la reclusión 84 prisioneros de diferentes sexos, edades y condiciones, de los cuales fueron escogidos cuatro niños y cuatro hombres para ángeles de la cruz. ¿Que sucedió con los 76 restantes? La historia lo sabe. Nosotros solo  nos damos cuenta de un triste montón de esqueletos humanos.

Cientos de casas calcinadas, destruidas, monumentos agrietados y ennegrecidos, calles silenciosas invadidas por el boscaje, eso fue lo que en 1901, recuperó la República cuando el General D. José María de la Vega arrebató a Bacalar del poder de los indios mayas, todavía insurrectos aunque en franca y no interrumpida armonía con los colonos de Honduras Británica, que de esta triste suerte, llenaban dos aspiraciones: continuar el usufructo ilegal de nuestros bosques y riquezas naturales, y vengar el ultraje que los españoles les infirieron en 1798 al dispersarles y arrasarles Belice.

Gabriel Antonio Menendez.

 

 

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