La Terminal del CaribeNo podemos referirnos a la época del Chetumal de la segunda mitad del siglo pasado sin recordar lo que fueron sus vías de comunicación terrestre. Si bien se dice que el primero de Mayo de 1928 el Gobernador Siurob inauguró los trabajos de la carretera Payo Obispo a Peto, ésta era un camino pedestre para bestias de carga, personas y tropas en el  que se debía pernoctar en campamentos y hatos dispuestos para este fin.

Una de las principales ilusiones de comunicación de los habitantes de aquel Chetumal, que acababa de sufrir el embate del tremendo huracán Janet de 1955, era contar con un servicio regular de transporte terrestre con la ciudad de Mérida. Aquella ciudad de las veletas, la gran metrópoli peninsular,  a la cual,   en busca de auxilio o diversión, debíamos acudir en casos de enfermedades, de paseo o como escala obligada en nuestro viaje por tierra a otras ciudades de la república.

La ciudad de Mérida era, en materia de servicios y adelantos,  el referente más inmediato de lo que ambicionábamos para la nuestra. Era la meca de la medicina. Allí estaban los médicos especialistas y las más equipadas y modernas clínicas. Era la ciudad más cercana que teníamos con escuelas de enseñanza superior, como la Universidad de Yucatán. Era el punto de abasto de productos nacionales; era la ciudad que nos deslumbraba con sus grandes tiendas, sus asfaltadas  calles, sus semáforos, sus edificios coloniales, su bello paseo de Montejo; en fin, con muchas cosas que en nuestro Territorio muy rural no teníamos.

No fue sino hasta finales de los años cincuentas, después del Janet, que se comenzó la construcción de la carretera y la brecha entre Carrillo Puerto y Peto comenzó a ser transitada por vehículos de motor.

Recuerdo que por esos años viajé de Chetumal a Mérida en uno de esos camiones  ingleses de carga marca Bedford; camiones  muy comunes en la colonia de Belice para transportarse entre las aldeas. El camión al que me refiero contaba con una cabina y una enorme cama de estructura de madera techada de lona; en las redilas de sus costados llevaba atravesados de lado a lado grandes tablones que  servían de bancas. Los pasajeros subíamos y bajábamos por una pequeña escalera, también de madera, que tenía a un costado de la cabina del chofer. Del techo, a sus cuatro costados,  caían lonas que eran usadas en caso de lluvia.

No obstante lo precario de las condiciones de nuestro vehículo, no reparábamos en ellas porque estábamos ilusionados con la aventura de ese viaje. Era una aventura que llevaba el incentivo de superar un desafío y una hazaña poco común en nuestro tiempo. Salimos como a las once de la mañana de Chetumal y llegamos a Mérida a la una de la tarde del día siguiente, esto es, 26 horas después. El camino hasta Carrillo Puerto era de terracería. Una interminable vereda blanca que dejaba cubiertos de polvo a los vehículos y a sus pasajeros. Después de Carrillo Puerto comenzaba la brecha. Aquella brecha entre la espesa selva en la que las máquinas  trabajaban día y noche en la construcción del camino. Entramos a la brecha como a eso de las tres de la tarde y estuvimos dando tumbos en ella durante toda la noche hasta el amanecer. Fueron dieciocho horas de rudo andar, salvando troncos, piedras, oscuridad y selva, para salir a Peto, lugar al que llegamos  como a eso de las nueve o diez  de la mañana del día siguiente. Hubo momentos en que, cansados de viajar sobre aquellos duros tablones, de aquel rígido camión con suspensión para carga, nos bajábamos a caminar en la oscuridad de la noche solo alumbrados con la luz de la luna. Las condiciones del camino eran tan adversas para nuestro vehículo  que caminando dejábamos al camión atrás. Después de Peto, hasta llegar a Mérida, la carretera estaba totalmente asfaltada y nuestro viaje fue una delicia en comparación con aquella difícil travesía nocturna a  través de la brecha.

Al paso de los siguientes años esas condiciones del camino habrían de hacerse más confortables, los viajes se harían más frecuentes y el tiempo más corto.  Así, gradualmente, año con año, el camino fue mejorando hasta alcanzar las condiciones de regularidad, tiempo y comodidad actuales.

Con este personal relato, a la vez que quiero describir las grandes dificultades que los pioneros de este servicio tuvieron que enfrentar, pues desde ese entonces el servicio regular de camiones de pasajeros comenzó, también quiero hacer un reconocimiento a tres personajes de aquella época:

Jorge Cárdenas Graniel, el famosísimo “Caloca”,  Antonio Pérez Castillo, conocido como “Chón Pérez y Adrian Onofre. Ellos fueron los primeros choferes, que con aquellos autobuses, sin clima y de ventanas abiertas, arribaban regularmente llenos de polvo, o de lodo, a la antigua terminal de “Pepe Elías”.

A principios de los años 60s, ya estaba terminada la terracería hasta Peto, pues ésta como tal se inauguró el 1º. De Enero de 1958. No obstante lo anterior, en la temporada de lluvias,  había  ocasiones en que los pasajeros tenían que caminar un buen tramo y transbordar a otro autobús, debido a lo intransitable de un tramo de la carretera.

En esos años recuerdo con especial nostalgia, de esa nostalgia que nos recrea imágenes y olores,  la carretera Chetumal-Bacalar, con aquellos sus cerros recién  cortados y su puente de madera en el estero de Chac, o Huay Pix,  donde estaba el campamento de la Junta de Caminos.

Como no recordar su curva del kilómetro 19 en cuyo lugar tantas vidas, de tanta gente muy conocida y muy querida, inesperadamente se cortaron llenando de luto familias enteras de nuestra sociedad. Todo aquello, grabado en mi memoria,  le daba un toque distintivo e inconfundible a aquel camino a Bacalar, el camino de mis recuerdos. Uno de los cuales  habré de contarles a continuación:

Corría el año de 1958, y a todo nuestro salón de clases de sexto año,  en la escuela Hidalgo donde estudiaba, nos tocó un viaje de excursión a la laguna de Bacalar. Íbamos felices por aquella carretera en un gran camión, diesel de gran tonelaje, llamado “El Dalila”. Aquel inmenso camión con  redilas era propiedad de un empresario maderero, el Sr. Ismael Peraza, y servía para el transporte de trosas de madera. Era un sábado, y parados sobre la cama de aquel camión  íbamos cantando a coro cuando de pronto un gran ruido, seguido de un grito desgarrador, nos cimbró de pies a cabeza. El compañero que gritó, intentó levantar su pierna. Ante nuestros azorados ojos vimos como su pierna derecha, totalmente fracturada, giró por completo como si fuera de trapo. ¡Qué había sucedido! Todos alarmados nos preguntábamos.   De inmediato el camión detuvo su marcha y pudimos observar la causa de aquel terrible accidente.

Nuestro compañero viajaba pisando una gran cadena, cadena  que el camión utilizaba en su diaria labor para sujetar los maderos que solía transportar. La cama del camión tenía un orificio por donde la cadena fue deslizándose hasta hacer contacto con la carretera. La cadena había alcanzado las llantas traseras,  y estas,  al montar la cadena, la había jalado abruptamente. Aquel terrible ruido había sido  producido por  el tremendo latigazo de aquella cadena, que de paso había destrozado la pierna de nuestro compañero.

La terminal del Caribe,  de imborrables recuerdos para los que la conocimos, y la utilizamos, fue la primera terminal de autobuses de Chetumal,  estaba ubicada en la calle Othón P. Blanco, entre 16 de Septiembre y Cinco de Mayo. Era una casa de madera de dos plantas propiedad de don José Elías Pérez, empresario de gran visión,  fundador de la empresa Auto Transportes del Caribe, y concesionario de esta naciente ruta de pasajeros.

En aquella casa, habilitada como terminal de autobuses, arriba  vivía la familia Elías Mendoza. En la parte de abajo se vendían los boletos  y al fondo estaba el taller. Antes de la salida del autobús los interventores de la aduana revisaban tus maletas vigilando que no sobrepasaras tu franquicia aduanal.  Como olvidar a don Juanito Cuevas Moisés y a don Alfonso Silva, quienes nos hacían sudar frio a la hora de la revisión de nuestra maleta. Como no asociar con esta terminal los nombres de Edmundo Cruz Garrido, de Elia Elías, y de Carmen Elías,  así como los nombres de: “Monino”,  Renán Soberanis,  Rogelio Castro y el del maestro Hendricks. Los camiones entraban de reversa para permitir a los pasajeros bajar por el lado de aquella rústica terminal de madera.

Eran tiempos en que comercio de importación y la fayuca estaban en su mejor momento. En una ocasión uno de los autobuses, el Rio Hondo,  fue llevado, por personal de la quinta zona aduanal a Progreso, porque se le descubrió un compartimento secreto con un cargamento de cajas de queso holandés.  Fue un gran escándalo y un gran problema que tuvo que enfrentar la naciente empresa para recuperar su autobús. Al parecer todo aquello lo habían hecho los conductores, sin el conocimiento de la empresa.

Las películas que se exhibían en el Cine Ávila Camacho llegaban en el autobús,  procedentes de Mérida. En muchas ocasiones la función de las 6.30 de la tarde se suspendió porque  el autobús se había descompuesto en el camino, o simplemente,  porque en épocas de lluvia, el camión llegaba demasiado tarde en relación a la hora de la función.

La nueva terminal de Autobuses del Caribe,  inaugurada en 1968

La nueva terminal de Autobuses del Caribe, inaugurada en 1968

Como consecuencia de la demanda de pasaje la empresa se vio en la necesidad de inyectar más capital para cumplir con las exigencias de equipo e instalaciones que requería. Fue así que don Pepe Elías ofreció en venta el 49% de las acciones de la empresa. Primero a los empresarios  locales y finalmente a los empresarios de la Unión de Camioneros de Yucatán, quienes las compraron. Como consecuencia de esta operación se habrían de adquirir nuevas y mejores unidades y construir una nueva terminal de autobuses. Esta terminal se ubicó en la parte alta de la ciudad, sobre la Avenida de los Héroes, esquina con la Avenida Efraín Aguilar, precisamente donde ahora se encuentra la plaza Chactemal.

Después de construida aquella nueva terminal pasaría algún tiempo antes de ser ocupada. Parecía que el nuevo edificio se reservaba para un gran acontecimiento antes de su oficial inauguración en el año de 1968. Un acontecimiento de triste recuerdo para todos: el inesperado y fatal fallecimiento del buen don Pepe Elías,  inquieto empresario, fundador  de la línea, a quien el destino había decidido le diéramos el último adiós, precisamente  en las instalaciones de aquel edificio que era el fruto  de toda su dura vida de trabajo.

 

 

Mario

 

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