Santa Cruz en 1915

Aspecto del día de la salida del General Ignacio A. Bravo de Santa Cruz, 1912.

Hasta el año de 1912, en la persona del General don Manuel Sánchez Rivera, enviado por el presidente don Francisco I. Madero como gobernador de Quintana Roo, llegaron principalmente al desdichado Territorio, entonces a Santa Cruz de Bravo su capital,  los primeros alientos libertarios de la Revolución iniciados el 20 de noviembre de 1910.

El General Sánchez Rivera, militar pundonoroso y hombre de honradez inmaculada, recibió del señor Presidente Madero el encargo de trasladarse a Quintana Roo a liberar del oprobio y la vergüenza de la “relegación” aquella entidad abandonada al capricho del General Ignacio  A. Bravo. Aunque éste y el General Sánchez Rivera  se conocían, mediaba un abismo entre los dos, pues el primero había sido un incondicional del régimen  porfirista, ya derrumbado, mientras el segundo con los señores general Francisco Naranjo y Jerónimo Treviño, fueron vistos  con mucha desconfianza por el dictador tuxtepecano, a quien juzgaban como un detractor de la república.

Durante 35 años el General Sánchez Rivera fue privado del mando de fuerzas, no obstante ser compadre de don Porfirio, así que, al estallar la Revolución maderista, tanto él como los generales Naranjo y Treviño,  se adhirieron  al movimiento, no solo por la amistad  que los ligaba con el padre de la democracia mexicana, sino  por sus hondas y arraigadas creencias cívicas.

Libertad a los relegados.

Transportado a Vigía Chico el General Sánchez Rivera, y a pesar de sus 64 años, de ir acompañado de tan solo 50 hombres de las fuerzas maderistas, mal armados de viejos Remington, pudo hacerse respetar del General Bravo, que con fuerzas de los batallones  26º  y 31º, aunque no se había señalado como enemigo de la revolución naciente, tampoco  parecía muy conforme con el cambio de Gobierno. El General Sánchez Rivera tenía instrucciones terminantes de enviar a la capital de la república al General Ignacio A.  Bravo,  quien,  después de  dos o tres días de conferencias, empeñó su palabra de honor de que se presentaría en la capital. Promesa que cumplió fielmente. Más,  antes de su salida,  el General Sánchez Rivera hizo concentrar en Santa Cruz a todos los deportados y reos políticos,  muchos de los cuales se hallaban en hatos chicleros abriendo brecha en los caminos que conducen a Bacalar y Peto; y aprovechando el aniversario de la Independencia Nacional, pues era el 16 de septiembre de 1912, arengó a los presentes exponiendo que con la Revolución del  señor Madero llegaba la libertad para las víctimas políticas de la dictadura, para lo cual proporcionaría, pasaportes, pasajes y dinero a quienes lo deseasen. Seguidamente, en pleno parque de Santa Cruz,  se sirvió un banquete al cual hizo sentar, sin excepción, a todos los que habían padecido los vejámenes del régimen caído. ¿Cómo relatar el tremendo alborozo de aquellas almas condenadas en vida a soportar las más cruentas privaciones y los despotismos más humillantes, y el júbilo de aquellos hombres esqueléticos,  incrédulos de que la realidad que se ofrecía ante sus ojos era muy distinta de la que esperaban?

Esa Noche,  inolvidable para los relegados, el comandante don Gabriel H. Carvallo,  que era de los más jubilosos, abrazando una vieja guitarra, fue a trovar a las puertas del cuartel en que todavía se encontraba el anciano general Bravo esperando el nuevo día para viajar a Vigía Chico, y de allí a Veracruz. Y le cantaba así: Yo tuve un águila y se me voló, yo tuve un águila y me abandonó. Era sordo y terrible el rumor que se escapaba de todos los pechos. Los  relegados estaban allí libres de cadenas ignominiosas y querían vengar las dolorosas afrentas que la dictadura les había inferido. Pero el señor General Sánchez Rivera, hombre de honor y de corazón bien puesto, no podía tolerar un atentado. Y el general Bravo se fue sin ser molestado por nadie. Se fue de su ciudad. De la ciudad que había hecho maldita,  para no volver más. Pero se fue su cuerpo, se fueron su sable y sus charreteras, porque su alma quedó presa en la malla que el mismo había tejido. Y su alma,  atormentada aún, en vaivén trágico, quizá turbe la paz de los campamentos  de Chan Santa Cruz y haga crujir los grilletes del recuerdo  que lo apresan, con furor epiléptico al pasado…

El señor General Sánchez Rivera, ayudado eficazmente por el entonces Secretario General de Gobierno,  señor  Enrique M.  Barragán, que a pesar de sus  quince años ya era un  muchacho impetuoso,  pero con impetuosidad dinámica y constructiva, se dedicó con ahínco a corregir los graves defectos de que adolecía la administración del general Ignacio A. Bravo. Tuvo acuerdos con el general indígena Miguel Cahuich y con los principales jefes  mayas,  de quienes supo de viva voz,  de la infamia de que no podían estar en paz porque así lo quería el jefe Bravo.  Entonces se comprobó plenamente que la pacificación indígena tenía mucho de fantástico y que el plán preconcebido del señor general Bravo, y perfectamente ejecutado, era el de hacer creer a las autoridades federales que Quintana Roo era un infierno y que solo él, pacificador de los indios, podía mantenerlo a raya.

El general Bravo manejaba a su antojo,  a los hasta ayer insurrectos indígenas mayas,  y así se repetía la historia de los conquistadores hispanos, y después la de los logreros de la política yucateca.  La verdad era,  que a excepción de unas cuantas tribus mayas,  que si guardaban actitud hostil ante los blancos, las demás ya no tenían ánimo de seguir batallando. Ni ánimo ni armas, pues con la recuperación de Bacalar, realizada en los últimos años del siglo pasado por el General José María de la Vega,  luego con la fundación de Payo Obispo por el hoy contralmirante Othón P. Blanco,  los colonos ingleses de Belice,  de ingrato recuerdo histórico,  ya no ejercían el ilegal comercio de armas con nuestros mayas, miles de los cuales ya se habían trasladado,  con todo y bagajes,  a la colonia de Honduras Británica.

Era tal el estado de abandono en que se encontraba Santa Cruz que los médicos militares, a quienes llevo en su expedición el general Sánchez Rivera, entre éstos los doctores José Gómez Arroyo y J. Pérez Castillo, no encontraron una gota de yodo, ni una pizca de algodón, ni una píldora de quinina, en el hospital en cuyo abastecimiento tantos millares de pesos había gastado la nación.

Llamado que fue por el señor Madero, el general Sánchez Rivera embarcó para México, sustituyéndolo el gobierno de Quintana Roo el entonces Coronel, luego General, don Víctor M. Morón, quien luego entregó la administración territorial a un cumplido caballero, el culto, inteligente y dinámico general don Rafael Egula Liz, con quien continuó colaborando como Secretario General de Gobierno el señor Barragán.

También gobernaron Quintana Roo, en distintas épocas y circunstancias, los señores Generales Arturo Garcilazo de La Vega, Carlos A. Vidal y don Armando Aguirre y Santiago, este último fue quien en 1925 produjo un largo y bien documentado informe acerca del Territorio; el coronel Librado  Abitia,  el profesor Librado Garza, el escritor don Antonio Ancona Albertos, y otros políticos cuyo recuerdo no conserva Quintana Roo. En 1917 el primer jefe del Ejército Constitucionalista, don Venustiano Carranza designo Gobernador del Territorio al ya general don Octaviano Solís con estas palabras:  “Ya estuvo usted como relegado en Quintana Roo, ahora va usted como Gobernador”.

El señor Solís gobernó honrada y patrióticamente, procurando con muy buen éxito la amistad de los nativos , y consolidó la relación de estos con el Gobierno Federal. Además logró convencer al entonces principal cacique indígena, el general Francisco May, de que no era hijo de la Rubia Albión sino maya mexicano. Efectivamente, aquel tristemente célebre explotador de sus hermanos de raza, estaba en la creencia de que era súbdito inglés, no obstante ser maya, apellidarse May y no conocer ni una sílaba del idioma  de Lord Byron.

El General May en México.

El General Solís, obrando de buena fe y con sentido revolucionario trajo a la ciuda de México al general Francisco May y algunos miembros de su “Estado Mayor”; lo presento con el primer jefe don Venustiano Carranza, quien le reconoció aquel alto grado, le hizo varios obsequios y le ofreció  una exhibición de la entonces naciente fuerza aérea, hecho que a May y sus lugartenientes les causaron singular impresión. Además el Primer Jefe le obsequió dinero en efectivo.  Los hermanos mayas, mal aconsejados y peor dirigidos en la ciudad de México se contagiaron el gran mundo de la ciudad.

El General May cargó con una mujerzuela, y sintiéndose el hombre más dichoso del mundo, olvidó la dura realidad de sus hermanos que lo aguardaban agazapados en su miseria tropical. Así fue como al llegar al puerto de Vigía Chico con su preciosa carga humana se le rebeló la multitud. May pidió entonces al General Solís “que batiera a sus hermanos mayas y los quemara vivos” pero el mandatario hábilmente  se limitó a solo darle garantías. Poco tiempo después el general May, convencido de que podía costarle la vida tal aventura, abandonó a la joven capitalina, quien acongojada y temerosa se regresó como pudo a la ciudad de México.

Es importante destacar que hasta 1915, Santa Cruz fue una ciudad de importancia cierta, con casi cuatro mil habitantes, numerosas casa comerciales y magnífico porvenir. En dicho año, por disposición del General Salvador Alvarado,  entonces gobernador y comandante militar del estado de Yucatán y el Territorio, la plaza  fue entregada a los nativos, encabezados por el general Francisco May,  quienes destruyeron con dinamita el magnífico aljibe público que había construido el general Bravo; incendiaron los carros de ferrocarril de Vigía Chico a Santa Cruz, descarrilaron las locomotoras, y en su afán de aislarse nuevamente de la Península y la República, destruyeron también todas las líneas telefónicas y telegráficas existentes.

Por entonces, 1915, y a raíz de estos sucesos se habló en Yucatán de una nueva sublevación indígena, circunstancia que motivó la inmediata salida de varios batallones de fuerzas federales de Mérida, rumbo a Santa Cruz con objeto de reprimir cualquier pronunciamiento de los aborígenes.

Gabriel A. Menendez.

 

 

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