Mercado Miguel Alemán

Costado Poniente del mercado, después del Janet de 1955

Heredero de de las costumbres y las formas de vida de la sociedad payo obispense, el mercado Miguel Alemán fue el segundo gran mercado de la ciudad de Chetumal.  El primero, como hemos dicho en un artículo anterior,  fue el mercado Leona Vicario, construido por el General Siurob.

Ubicado sobre la calle Ignacio Zaragoza, entre Héroes y Cinco de Mayo, el Miguel Alemán fue  un gran centro de abasto, de casi media manzana de extensión, que habría de llenar una gran necesidad y demanda de una población en crecimiento. Se construyó  bajo el mandato del gobernador Margarito Ramírez,  siendo presidente de la república el Lic. Miguel Alemán Valdez, de quien tomaría su nombre. Totalmente construido de mampostería fue inaugurado a finales del  sexenio del presidente al inicio de los 50s. Tenía forma de herradura con una gran entrada principal hacia la calle Zaragoza y dos laterales que daban hacia las otras dos  calles que lo circundaban.

Cubría un área de aproximadamente 5,000 metros cuadrados  con locales comerciales en sus tres lados  y  un gran patio al centro dispuesto para los tianguistas de frutas, verduras y baratijas. En los locales que daban a la calle  contaba con tiendas de granos y abarrotes, y en los que daban hacia el patio se ubicaban negocios  más pequeños, como carnicerías, refresquerías, zapaterías  y fondas.  Contaba con banquetas,  tanto en su parte exterior como en su interior, además de pasillos  y rejas para sus tres entradas. Era un inmueble moderno para  la gente del Chetumal de los 50s y una de tantas obras  que el presidente de la república hacía en el país. Entre esas obras  destacaba la colosal  construcción de Ciudad Universitaria, construida en el Distrito Federal.

Como su antecesor, el mercado habría de llenar toda una etapa de la vida de la ciudad. Aquella sociedad que con el uso de los nuevos adelantos iba transformando sus rudimentarias formas de vida en nuevas costumbres. Éramos como 16,000 habitantes y raro no conocernos e identificarnos entre familias.  La electricidad la teníamos solamente por las noches y los alimentos se consumían frescos,  pues no teníamos refrigeradores caseros.  No teníamos teléfonos, ni  televisión, ni se conocía el papel sanitario, ni los pañales desechables.  No había comunicación por carretera con Mérida y Campeche.

Éramos una comunidad, que en el siguiente medio siglo, crecería diez veces más. Una sociedad que habría también de  transitar, gradualmente, a los adelantos que le habrían de llegar. Éramos también,  una generación que viviría la metamorfosis evolutiva al transitar  del bote de vela, al de motor, de la bicicleta, al automóvil, del cine mudo,  al sonoro, del blanco y negro al color, de la letrina, al inodoro inglés, del carbón,  al gas butano, de la batea, a la lavadora, de la cubeta, a la regadera, del trastero, a la cocina integral, de la vitrola, a la videocasetera, del ábaco a la calculadora, de las ventanas abiertas, al ventilador, del ventilador, al aire acondicionado y de la máquina de escribir, a la computadora.

Hoy, al tomar conciencia de esa gran salto y al hacer uso de los modernos adelantos, esos adelantos tecnológicos como la blackberry, la laptop, la ipad, las páginas web, la internet, y el google,   no puedo dejar evocar aquellos años. Soy parte de esa generación de grandes cambios.  Me siento  feliz y satisfecho de poder disfrutar  de estos adelantos, que en su momento fueron grandes anhelos y ahora son realidades cotidianas. Son herramientas que la vida me da y  no puedo menos que agradecerlas y lo hago al repetirme a diario aquella frase de la canción: ¡Gracias a la vida que me ha dado tanto!

Me pregunto si tendía  yo el mismo sentimiento de gratitud si hubiera nacido con todo esto ya dado.  Me respondo: Creo que no.  Por eso el gran reto para  los padres de hoy es transmitir a sus hijos  los valores necesarios  que les sirvan de contrapeso y les  permitan no perderse en un mundo de grandes adelantos, de grandes comodidades, de grandes oportunidades, pero también un mundo que tiene por doctrina el consumo,  la liviandad y la superficialidad.

El mercado era también una comunidad de pequeños empresarios,  muy unida, muy humana y muy representativa. De derecha a izquierda, en relación al frente,  haré un recorrido imaginario por las tiendas y establecimientos que de él recuerdo: Comienzo por la tienda de abarrotes del señor Santín,    luego la de Farid Medina, en la esquina la Casa Medina, seguido la Farmacia  de Don Luis Ocejo, la tienda de doña Ernestina Safra, la entrada principal, la tienda de Cesar Castilla y su esposa, la tienda de Ernesto Chejin, la de don Enrique Ruiz, los almacenes de ANDSA, la de doña Conchita Castillo, la de don Jorge Dacack y la de don Adolfo Iza. En el mismo orden, en su parte interior: doña Isela Sabido y don Antonio Puerto, las carnicerías de los Martínez,  don Cres,  Neto Chejin, el puesto de Maria Chun, los tamales de doña Pola, el puesto de piñatas de doña Leda, la pescadería y la zapatería de don Wilbert Canto.

En el patio, en la zona de los tianguis y los puestos de frutas, verduras, estaba aquel grupo de baratilleros del mercado. Gente trabajadora, tenaz y de lucha que procedentes, en su mayoría de la ciudad de Mérida, habían llegado para establecerse en el mercado. Entre ese unido grupo de comerciantes recuerdo a Juanito Buenfil,   a Panchito Briceño, a don Ruben Darío, al Chesman, a Ravel y al tío Profundo.

Recuerdo también que en una ocasión tomé la bicicleta de mi padre para ir a hacer un mandado a aquel  mercado. Llegué al mismo y dejé, apoyada en el pedal,  muy bien paradita,  la bicicleta sobre la banqueta. Como no estaba acostumbrado a hacer este tipo de diligencias en bicicleta,  al terminar de hacer la  compra regresé caminando a mi casa. Pasadas más de tres horas me acordé que había dejado la bicicleta en el mercado. Oh angustia. Con el alma suspendida, esperando no encontrarla, corriendo me fui en su busca. Para mi buena fortuna allí estaba mi “Rosinante”,  así mi padre le llamaba a su bicicleta en recuerdo del famoso corcel de  Don Quijote de la Mancha, esperando mi llegada. Este incidente refleja el gran ambiente de confianza, tranquilidad y seguridad que por aquellos años se vivía.

La explotación del chicle y las maderas preciosas eran las actividades preponderantes de la economía de la ciudad y la bajada de los chicleros de sus campamentos, como los días de quincena, eran las fechas de mayor  derrama y movimiento comercial. Había en ese entonces una gran demanda de machetes, botas Tempack, hamacas de  hilo y de lona, pabellones  y todo tipo de arreos para aquellos trabajadores de los bosques quintanarroenses. Muchos comercios de la ciudad, como la casa del Campesino, la Casa Villanueva, la Casa Onofre, la Casa Aguilar, la Casa Giménez y la Casa Garabana se ocupaban de proveerlos.

El perímetro libre nos permitía un régimen preferencial de importaciones que nos distinguía con respecto del resto del país. Así, el consumo de manteca del  gordito, las colitas de cerdo, el salt beef, el aceite sensat, los quesos holandeses, el tulip, el spam, la mantequilla de lata azul, el ovaltine, y otras delicias,  nos distinguían gastronómicamente de otras ciudades de la república. Lo mismo sucedía en el campo de los artículos electrónicos, perfumería, artículos para regalo, lencería y ropa. Muchos de aquellos comerciantes del mercado, habrían de dedicarse en los años posteriores al comercio de importación, y habrían, también,  de ser protagonistas destacados del gran despegue de la actividad comercial, actividad que la ciudad experimentó en los años 60s y 70s, al amparo de este especial régimen fiscal arancelario.

Con la entrada del País al GAT y posteriormente con el tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá ese gran auge del  comercio de importación fue disminuyendo y la economía de la ciudad parecía entrar en una etapa de crisis comercial. Contrario a lo que podía pensarse fue a partir de la desaparición de la fayuca, como se le llamó a esa época, que la ciudad retomó una nueva era de crecimiento y desarrollo. La población siguió creciendo con gente que llegada de otras partes del país veía atractiva la ciudad como sitio para vivir. Las grandes cadenas de tiendas  comenzaron a llegar y las plazas a instalarse. Finalmente la ciudad comenzó a ser atractiva y rentable para las grandes inversiones venidas de fuera. Condición que por muchos años se nos negó debido a nuestra escasa población.

Al hacer un recuento de todos estos acontecimientos, ligados a la actividad emprendedora y comercial, no podemos  olvidarnos de  mencionar al mercado Miguel Alemán, que ubicado en el corazón de lo que en su tiempo era la ciudad, fue un semillero de actividad empresarial y un referente del progreso, además de ser un sitio muy representativo que debemos recordar al   referirnos al Chetumal de nuestros días.

Mario.

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